lunes, 31 de mayo de 2010

Rocas en el agua, esa que las rodea y gira


por Juan Carlos Quiñones

(del Libro de las apariencias)


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Sunday, April 4, 2010 at 2:20pm | Edit Note | Delete

“Perdón”. “Gracias”. Alrededor de estas palabras gira toda posibilidad real de lo humano, como gira el agua alrededor de una piedra (la imagen no es mía, es de Paul Celan). La ausencia de estas palabras deja tras de sí, debajo de sí, un hueco enorme. No es idéntico al agujero que deja el ser en su retirada (Heidegger) ya que este último es el hueco que algo deja en su partida, mientras que los primeros dos son los cráteres de un espacio que debía ocupar alguna cosa que nunca estuvo, los receptores de algo que debía pero nunca fue ocupado, que nunca recibió lo que siempre esperaba. Pero su efecto es igual de devastador, igual de abismal y catastrófico para el espíritu. Yo no oigo el sonido de esas palabras pronunciarse, acaso no resuenan en mí, porque no están en mí acaso, nunca estuvieron, aunque comprendo su sentido, o digamos, escribamos que lo presiento. Yo las pronuncio, algunas veces hasta el cansancio, pero no las escucho. Mi oído no las recibe de la voz precisa de la que las espera. Puede que esa ausencia conjunta y gemela, sea el nombre del infierno. Al menos así se siente, así lo siento: dolor infinito. Porque sin ellas reina el polemos más tóxico, personal e irreversible, contra uno mismo y contra el otro, sin posibilidad de reparo, total y devastante. Porque de eso se trata: “perdón” es un gesto triunfal en contra de la entropía, porque permite la suspensión, la puesta en epoche del mal pasado, esto es, la posibilidad de un rumbo distinto del desastre. “Gracias” es un gesto triunfal de la presencia del bien, porque implica que no pasa desapercibido. El bien se presenta, viene a ser en el lenguaje gracias al “gracias”, y solo así. Esto salva, porque implica que es posible un rumbo distinto del desastre; o mejor, que el desastre, una vez el bien es en el lenguaje, ya no es posible. Una falacia, un disparate: el bien es bien aunque nadie lo perciba. El bien es bien solamente si lo percibe el otro, porque solo hacia el otro se dirige el bien, nuna hacia sí mismo. Esse es percipi dijo, escribió Berkeley.

¿Qué será peor en este mundo o en cualquiera otro: que yo no escuche estas dos palabras, que no oiga el ruido dulce de su inmersión en el agua porque esa voz única (de la que hablé, de la que escribí) no las pronuncia nunca en su acepción más radical (esto es, la única que importa), o que dicha voz las pronuncie en un lenguaje que yo no comprendo? La primera, si es cierta, es dolor infinito porque implica la inhumanidad del otro, su radical monstruosidad, pero es reversible, ya que el otro siempre puede sorprender pronunciando esas palabras en cualquier momento. No sabemos, no conocemos al otro, y esta ignorancia es redentora, nos salva de la total desesperación, porque en esa ignorancia radica otra palabra fundamental, otra roca rodeada de agua: esperanza. La segunda, si es cierta, es dolor infinito, pero irreversible porque implica la propia inhumanidad, la propia radical monstruosidad. Y la sensación de que algo sí sabemos de lo propio, del disparate del yo, y de que por lo tanto sospechamos que nunca entenderemos las palabras, torna este modo de la desesperación en una de tipo insoportable.

Es la sensación que roza la certeza de que nunca comprenderemos el lenguaje, de que las dos bellas palabras han estado ahí siempre, y de que nuestra incapacidad de comprenderlas nos vuelve monstruos andando por el mundo. Digo, escribo, debo escribir me vuelve, porque esto es un asunto mío, radicalmente mío aunque implica al otro radicalmente. Aún así, la primera duele más, porque permite la ilusión de que amamos y no nos aman, y nada duele más, ni la muerte del otro amado, que de algún modo siempre deseamos (“amar”, he ahí otra palabra imprescindible, otra roca lanzada al agua produciendo bellos círculos concéntricos. “Amar”, que conste, que no “amor”, quien es un dios, y por lo tanto algo despreciable). Aun así, prefiero la segunda. Prefiero la humanidad en el otro aunque esta esté ausente de mí, como aquellas palabras, porque amo al otro. Prefiero ser un monstruo en el mundo rodeado de humanos que un humano en el mundo rodeado de monstruos.

miércoles, 26 de mayo de 2010

De estudiantes y poetas









DECLARACIÓN DE APOYO


A LOS ESTUDIANTES EN HUELGA


DE LA UNIVERSIDAD DE PUERTO RICO


7mo Festival Mundial de Poesía de Venezuela



Los poetas del mundo, reunidos en el 7mo Festival Mundial de Poesía de Venezuela, apoyamos a los estudiantes en huelga de la Universidad de Puerto Rico y su lucha para disfrutar de una educación pública de excelencia y que ésta esté sustentada en procesos democráticos, que cese el uso y presencia de la Policía para lidiar con la situación de la huelga y que el gobierno garantice los derechos humanos y civiles de todos los sectores involucrados. Del mismo modo que los poetas puertorriqueños han dado en recitales su voz para unirla a la esperanza de sus estudiantes universitarios, desde Venezuela los poetas del mundo despliegan los trazos de sus nombres para que juntos, como una sola caligrafía —porque todos fuimos, y todavía seguimos siendo, estudiantes—, llegue nuestro abrazo solidario.



En Caracas, Venezuela, a 24 de mayo de 2010




Gonzalo Ramírez – Venezuela


Luis Alberto Crespo – Venezuela


Marcos Silber – Argentina


Floriano Martins – Brasil


Alvaro Miranda – Colombia


John Curl – Estados Unidos


Juan M. Rodríguez Tobal – España


Mariella Nigro – Uruguay


Rei Berroa – República Dominicana


Sigfredo Ariel – Cuba


Roger McTair – Canadá


Keith Ellis – Jamaica


Bill Hmut – Escocia


Edward Baugh – Jamaica


Merle Collins – Grenada


Gloria Martínez – México


Jorge Campero – Bolivia


Pablo Penacho – Panamá


Mónica Piscitelli – Venezuela


Judith Migeot-Alvarado – Francia-Venezuela


Francois Migeot – Francia


Enrique Hernández-D´Jesús – Venezuela


Jacobo Rauskin – Paraguay


Malú Urriola – Chile


Rosa Chávez – Guatemala


Pablo Benítez – El Salvador


Marie-Delie Agnant – Haití-Canadá


Arnold Itwaru – Guyana


Rocío Silva-Santisteban – Perú


Jeannette Amit – Costa Rica


William Osuna – Venezuela


Vanessa Droz – Puerto Rico



(Foto: Frank Vélez Quiñones)

domingo, 23 de mayo de 2010

Eric Darton, cronista de Nueva York




Eric Darton, Notes of a New York Son: 1995-2007, volume I: Things Fall Together



Para Marithelma Costa



God guard me from the thoughts men think


In the mind alone;


He that thinks a lasting song


Thinks in a marrow-bone…



The Thinking Body, Mabel Todd




Análogo a la gran ciudad es el sistema digestivo. Martí enflaqueció en las entrañas y las escribió. En Ulises la identidad ciudadana de Leopold Bloom se asocia con la ingestión de vísceras y la defecación del exceso. La viñeta popular de Nueva York es una fruta monstruosa. Imposible comprenderla sin rendirse al pánico, pero se puede intentar mondarla, morderla.


En este libro de Eric Darton, Nueva York, en una de sus escalas, es un mapa de comidas: las frutas que venden Abu, Basry y Kesban en un carrito con sombrilla en la esquina de la 23 y Octava Avenida; el pastel de cerdo y manzana que se consigue en una tienda de productos ingleses en Horatio Street; la carne cecina y el café con leche de La Taza de Oro; la granita de limón que es la especialidad de Dante, en el Village; la lubina que se sirve en el restaurant del edificio Condé Nast, estructura de los años noventa que para el autor ilustra un estilo “terror-chic”; el agujero negro de la exhibición del planetario, donde la fuerza de gravedad derrota la luz. Para hacerle a la ciudad un hueco en el estómago hay que ponerse en el umbral de lo tóxico.


Empecemos por el principio: quién es Eric Darton. Pero antes digamos dónde vive. Es en Penn South, Chelsea, un conjunto de edificios de apartamientos cercanos al ruidoso Fashion District. Se construyeron en los sesenta bajo los asupicios de un sindicato de trabajadores. No tanto milagrosamente como contra viento y marea han sobrevivido a los intentos de privatización y demolición en medio de un parque bellísimo. En Penn South viven familias nuevas y ancianos sabios sobrevivientes de las luchas políticas de otro tiempo. Una de ellas es Ruth, vecina de Darton, quien la describe con palabras que podrían ser un autorretrato mínimo del autor: “Nothing has dulled her engagement with the world. Which makes her an unimpeachably sincere booster of all she finds of value”.


Darton es autor de dos novelas: Free City, (publicada en inglés por W.W. Norton, y en traducción al español, Una ciudad libre, por Debate) y Orogene. Periodista, crítico cultural, conferenciante, maestro, editor, diseñador gráfico, “habitante de la dúctil y vivificante república de las ficciones”, dentro y fuera del libro. Este “New York son” explora los residuos de la ciudad de la infancia, porque aunque en la ciudad moderna no hay monumentos (Benjamin) Nueva York sí está poblada de memorias personales y colectivas, de hitos fundacionales que ocupan una franja frágil. Ante todo, un residente pensante de la ciudad, que hace suyo el epígrafe de Mabel Todd, “thinking in a marrow bone”. Se mueve por una Nueva York de piedra y carne, en una baja frecuencia propia, en plan de marginado voluntario del mundo de los medios, ese máximo devorador que ha suplantado a las ciudades, instalándose en los cuerpos, en las orejas, en el tuétano de los autistas cibernéticos. Darton no es más ni menos que un hombre sin ataduras a instituciones, sin pretensiones de intelectual dominante; un pensador sensato en tiempos de desvarío. Para no enajenarse “to the point of no return”, tiene que obligarse de vez en cuando a ver televisión en dosis homeopáticas. Frecuenta un café donde no te apuran con la cuenta y hombres solitarios de chaqueta y corbata escriben con pluma fuente. La diferencia está en la densidad de los cuerpos, en la velocidad de los cuerpos.


En los años noventa Darton devoró documentos y libros de historia para proponer en síntesis una teiría de la morfología de Nueva York. El monstruo ha sido siempre un gran mercado de bienes raíces. Sólo que antes también era un gran puerto, donde se traficaba con objetos materiales. Desde hace décadas se trafica ante todo en valores volátiles. El producto de la investigación de Darton se publicó en el libro Divided We Stand: A Biography of NYC´s World Trade Center, una historia de los desaparecidos edificios que fueron emblemáticos de la ciudad. Tras el 9/11 el libro se convirtió en best-seller. El autor, súbitamente elevado a celebrity, otorgó más de 100 entrevistas en un mes a los medios distractores.


A la par con el libro inició un cuaderno de notas de observaciones de la vida cotidiana para poder entrar y salir del aura de las torres y sus sentidos: “In retrospect I was attempting, in the face of what seemed an overwhelming and potentially soul-engulfing project, to deal with actualities at a human scale and to ground myself in the here and now”. A la ciudad siempre le han sobrado cronistas: Dickens, en sus notas de viajero fugaz, Martí, EB White, Djuna Barnes, Bernardo Vega, John Dos Passos, James Baldwin, Piri Thomas, Tom Wolfe, decenas de observadores. Sin embargo, este libro es distinto y revelador. Escritos en segunda persona, los apuntes de Darton alumbran visiones de la ciudad en su declinante madurez, a sabiendas de que el lugar de la enunciación es ahora un imperio en decadencia, pero sin pesimistas fanfarrias de fin de mundo.


Las Notes se extendieron hasta 2007 y alcanzaron un millar de páginas que Darton publicó en su portal de Internet. En febrero de 2010 comenzó la publicación en papel. Notes of a New York Son, volume I Things Fall Together, sondea acontecimientos en la historia doméstica del autor al cumplir los cincuenta años y en la historia de la ciudad en el umbral del ataque a las torres, que más allá de la tragedia, representó la destrucción de elementos inasimilables; lo que concebido desde el narcisismo depredador provoca el odio malsano, y a lo que debe responderse con anticuerpos devoradores, enfermar de sus efectos, describirlos.


Uno de los observatorios es otro café ya abandonado, en la Novena Avenida. Allí se ordenaron los retratos de los turistas, las excéntricas, el misántropo de la cuadra y los insufribles yuppies de la burbuja del dot com; allí se apuntó el desconcierto ante actos de violencia posteriores al Desfile Puertorriqueño, y escaramuzas territoriales en el subway. Allí el ojo memorioso, el ojo que olvida: “Nor does it take long for your mind to unbuild the structures you can no longer see”. Es una prosa de lúdicos sentidos, de juegos de palabras que se inventan mientras el monstruo se recorre. La ciudad existe, es reconocible: está hecha de esquinas y de calles que se identifican por sus personajes, por sus árboles, por sus perros, por la caída de la luz y los enigmas del viento. Esta ciudad que nunca fue humana ahora ya no puede dejar de serlo; ya no es el centro del mundo, pero está más viva que nunca. Es objetiva: la segregación social se vive públicamente, descaradamente, en las cocinas de los restaurantes, en las nodrizas colombianas que arrastran los cochecitos de los herederos. La ciudad es una maestra. La palabra quisiera su energía, disminuir su ritmo, decir la indecible experiencia de un anonimato devorador de ilusiones y protecciones.



November 1 – Late Afternoon


Uptown 23rd Street subway platform. Three young women, office workers, wait for the train to take them homeward. Where to –upper Manhattan? Queens? One talks louder than her mates, more energetically, something about the Halloween goings-on in her neighborhood. You´re only half-listening, but one line cuts through. “Why would ya throw a toilet off the roof? That´s something you´re going to need later!”.



January 18 – Dr. Johnson´s Office – Midafternoon


Chief among the charms of this place is that Dr. J. hasn´t knuckled under to post-modernity. Taking pride of place in the waiting room, a huge, empty fish-tank, its tin top askew, glass sides streaked with a violently green, organic-looking substance –dessicated since who knows when. And the wall paneling is of the sort you associate with uncle Mike´s suburban basement “den” and the Rutland, VT unemployment office – a material from another era that tries half-heartedly to convince you it´s wood.



December 2


Pull quote for an article by Jane Smiley in the Times Magazine: “The pictures of Afghan women that we have been seeing in the last few days have been beautiful, moving and an unequivocal good thing”. Each day official language presses further into the territory of unmeaning. Does someone write such a sentence – its grammatical torture so evident– in full possession of their will? Can this prose represent the thought process of a free person speaking her own will? Or is it, like the veiling of the face, an act of ritualized submission?



El registro, en escalas variables, de objetos, de voces, de estilos, de escrituras, de una oficina, de un edificio, de una cuadra, del panorama, del cielo, traslapa formas análogas: “Symbols aplenty in the naked city, so who knows which one truly signifies?”; “Grafitti on subway wall; GHANDI WUZ RITE “; “Sign taped inside window of an electronics shop on Fifth Avenue and 27th Street: YES! WE SPEAK ANDORRAN!”; “The caprices of the wind are a great mystery. Along some streets it rips awnings down, on other streets one hardly feels it”; “How do you know you live in today´s city and not in one of the many Manhattans of the past? Because as you walk you navigate a labyrinth of scaffolds”; “You suddenly get a sense that this few square miles of Manhattan Valley culture constitute the park preserve of a race in the borderline of survival”; “Take your freedom as you find it. You always have”.


Para mí la belleza del libro de Darton está en la restauración de cierta sintaxis de la belleza. Una escritura flexible, aforística sin dureza. Cuando Marithelma me envió el enlace de su página con muestras del "work in progress" del autor, “Scroll of Wonder”, pensé que era un poeta Neorrican, por sus experimentos de escritura bilingüe. El “tono exacto” de una frase hecha a la medida del oído que la compone, del oído que la recibe. No es consolación y engaño esta música; si acaso obstinación en el deseo de otra especie de libertad. Un recorrido por Francia, país regido por la cultura de la letra y de lo literal (“One thing you love about France is their utterly literal brand of WYSIWYG”) establece por contraste la adicción urbana del residente pensante. Pero no tanto, porque en el Museo del Louvre:


Pei used the same strategy in post-modern Paris as Yamasaki did in late modern New York. Both spaces induce a disconcerting sense of nowhereness. Both do away with the ritual of crossing a meaningful threshold. Instead they position the visitor half in the grave, half out of it, bathed in a weirdly brilliant light. Both architects create illuminated nether wells – waiting rooms for a people unsure whether they´re alive or dead, trapped in a culture that, as the saying goes, doesn´t know whether to shit or go blind.


Si han tenido la generosidad de leer hasta aquí olviden todo lo anterior menos las citas. Vayan a la fuente. Hay libros que son libros. No pueden asimilarse y desecharse sin más. Así es éste. La ciudad que tantos amantes y detractores tiene en todo el mundo, cuenta con pocos familiares como Eric Darton.


(Para información sobre el libro y el proyecto editorial del autor: www.ericdarton.net)


lunes, 17 de mayo de 2010

Juan Carlos Quiñones sobre la universidad


La universidad no tiene afuera

Por Juan Carlos Quiñones


La universidad no es un lugar. Al menos, no es meramente un lugar, o es un lugar meramente en último lugar. Tampoco es meramente un modo de pensar, ni meramente un estilo de vida, ni meramente nada. Digamos, escribamos que el lugar geográfico, la ubicación material de esa cosa, esa institución que convenimos en llamar universidad, es una dramatización o una materialización de una modalidad humana, muy occidental. Chévere. No todo lo occidental es malo. Igual que la ubicación espacial de la institución dramatiza y concretiza una cosa mental (pienso en Hegel, en cierto despliegue material de la conciencia), los conflictos que vive la universidad (sí, también es un organismo, también vive y respira y recula y también muere) dramatizan en condensado una trama más universal.


No voy a explicitar esa trama, porque soy, como tú y como cualquiera, parte de ella. Es el mundo. Es Puerto Rico. Sí creo en los síntomas, como se cree en los demonios. La inquietud, el encojonamiento de los estudiantes no es distinto a una inquietud, un encojonamiento social no tan fácilmente articulable. Precisamente, el síntoma es lo que no puede expresarse de otro modo. Sino reventando. Esto no debe sorprender a nadie, y menos a los estudiantes. Digamos, que de todas esas cosas que la Universidad no es, una sí es: un experimento constante, continuo, aunque muy parable. No solo los laboratorios, las aulas, las bibliotecas, lo que podríamos denominar “zonas universitarias”, son áreas de experimentación, sino que la universidad misma es una zona de experimentación del estado, de las ideologías, del poder en sus diversas manifestaciones, en las fantasías de poder en todas sus manifestaciones. Esto suena muy abstracto, pero solo hay que ver a la fuerza de choque frente a la universidad o sufrir un macanazo para sentir la contundencia, lo concreto de esta cosa. O ver estudiantes enmascarados como en una intifada, ready para la guerra, cuando uno diría que ese no es el lugar de un estudiante, no es la guerra (ironía: ¿puede estudiar significar un acto bélico?, definitivamente).


Creo, sin ninguna humildad, que si la universidad, esa universidad, es un campo de experimentación, debe serlo para todos los involucrados. Si es un lugar (voy a proponer que es, que debe ser, para salvarla, un no lugar) para pensar, que haya al menos la oportunidad de todos pensar. Esto no es un clisé democrático, aunque lo parezca. Modo de salvar la universidad: ¡Al carajo la Universidad! Si el dogmatismo la quiere, quiere ese espacio, ese lugar, démoselo. Como un templo, un museo, una tumba. Yo digo que cada pulgada del territorio, de éste, sea la universidad. Es difícil acordonar el país entero. No imposible, pero difícil. Que la universidad sea todo Puerto Rico, y su matrícula sea la población entera. Así, le regalamos la torre a quien quiera que sea interino, para que disfrute o sufra con el eco que produzcan sus alaridos. Así, en la parada de la guagua, en la barbería, en Plaza las Américas, yo estoy en la Universidad. Que se haga una Universidad permanente, constante, como la escuela invisible de los rosacruces, que nadie, repito nadie, le pueda quitar a nadie, porque no dependería de nadie dependiendo de todos. Digo, todos a los que les interese. En último caso, que la universidad sea, como en la novela de Orwell, un lugar en la mente de cada uno de nosotros. Así, imposible aniquilarla. Imposible. O que lo intenten.

(Foto: Frank Vélez)

jueves, 13 de mayo de 2010

Malena Rodríguez Castro lee La nave del olvido


La nave del olvido o la imposibilidad del naufragio


Malena Rodríguez Castro

Departamento de Literatura Comparada

Universidad de Puerto Rico


La escena, entrañable para mi generación, guarda el aura de aquello imborrable, precisamente por irrepetible. En 1970 un joven José José canta “El triste” ante un público cautivado en el II Festival de la Canción Latina en México. Su fino oído, formado en la música clásica heredada de sus padres, se fusionaba con el canto melancólico del bolero que ya había hecho su entrada triunfal en la industria cultural de masas, notablemente el radio y la televisión. Una década después “El príncipe” era ya una referencia obligada. Una canción sería su impronta en toda América: “La nave del olvido”. En esos mismos años un joven narrador impactaba nuestra literatura y los modos de registrar la cultura urbana con la publicación de dos crónicas: Las tribulaciones de Jonás y El entierro de Cortijo. En ellas, como en aquellos boleros, la muerte –incitación del olvido– ahuecaba la letra y el tono, forjados tanto en la rectitud de una educación marianista y una universidad benitista como en una disposición por la fonda, el trago y los traseros. En ellas, como en sus novelas, la memoria, indeleble derrame de la tinta sobre el papel, hacía rescate. Imposibilitaba el naufragio.

Hoy se trata de escuchar esas voces convidadas por La nave del olvido de Edgardo Rodríguez Juliá. Como El cruce de la bahía de Guánica estas crónicas ensanchan e iluminan, a jadeo y brazada, diversos tiempos, lugares y experiencias. Todos los aquí reunidos hemos leído estas crónicas en sus versiones completas o en distintos montajes, así como en los cambiantes contextos culturales e históricos a lo largo de los 22 años de su periplo, ya cumplida su mayoría de edad. En esa lectura su imán fue la fuerza icónica de la crónica, su captación de un evento singular que, bajo el ojo inquisidor y empático de un flaneur indiscreto, se abría al fulgor de un evento compartido. En esta edición otro es el efecto. Como los camarotes del navío, cada uno portador de su propia trama, a la sincronía, captación de un instante que irradia múltiples cruces y sentidos, la emplaza la diacronía, una disposición metonímica que va asociando estos textos al modo de una novela. De ese nuevo cuerpo, hecho de retazos, se podría decir recurriendo a la manida sentencia de Rimbaud: Yo soy otro invitando al recorrido de su proa y de sus interiores. En la yuxtaposición de fragmentos que, en su lectura particular, hicieron del presente y de lo efímero una exploración sobre el propio sujeto y sobre las varias y no siempre coincidentes creencias y hábitos de una cultura, La nave del olvido aparece como aquellos buques fantasmas, justo en este cruce de milenio y en el ámbito de la globalización y la informática, tan sospechosas del ver y el escuchar no mediatizados por la alta tecnología o tan adeptas a la borradura de cualquier seña de identidad. Nos oferta encaminarnos a la nave del olvido, perderse tras sus fotos y sus palabras para encontrarnos, quizás, con la ciudad propia, tan singular y múltiple, propia y ajena, como la aquí se ofrece. Esta presentación incita a ese viaje.


"En las civilizaciones sin navíos los sueños se secan, y el espionaje toma el lugar de la aventura y la policía el de los piratas”. Espacios otros, Michel Foucault.

Al explicar la heterotopía como lugares otros, espacios reales pero que ponen en crisis, desvían o confirman la realidad, Michel Foucault destaca un modo - la literatura- y tres figuras: el navío, el espejo y el cementerio. Propongo abordar esta nave del olvido, trazar su bitácora de paso, siguiendo ese compás. De la crónica, escritura híbrida por excelencia cuyo saber y sabor se nutre de las múltiples fronteras discursivas que incorpora, destaca su impaciencia, su inclinación por el flujo y la heterogeneidad, incluso en aquellas que antecedieron las ciudades modernas: las de las conquistas, la de los viajeros. En las de Rodríguez Juliá, como en las de otros cronistas contemporáneos, el paisaje es la ciudad. En esta colección ese ir y venir se metaforiza en la figura del navío, un espacio flotante, un lugar sin lugar que existe por sí mismo, cerrado y abierto a su vez a la infinidad del mar. De puerto a puerto se lanza al misterio de lo desconocido en lo conocido: una antillanía entre las dos orillas textuales y geográficas que surca con el primer encuentro con los dos vates de las utopías modernas y su fracaso: Luis Muñoz Marín Muñoz, en San Juan en 1978, y Fidel Castro, en La Habana en el 2000. En El cruce de la bahía de Guánica asiste otro vate. Aquel cuya sueño de ciudad sólo hizo morada en la poesía, Juan Antonio Corretjer en un 25 julio que condensa, para algunos, la llegada a puerto seguro y, para otros, el naufragio. Para algunos, la impunidad del estado, para otros la sangre vertida en el Cerro Maravilla. Así, cruzar a nado es aquí más que la venganza del intelectual que aspira a la medalla deportista; es cruzar lealtades y afectos, cruzar de un imperio a otro, de una lengua a otra.

Múltiples son los cruces aquí, los contagios. De ese friso de padres del nacionalismo cultural y político, cifras de una era que ya partió, estas crónicas anticipan los nuevos héroes. La cultura mediática en el culto a las estrellas: del espectáculo como Iris Chacón, del deporte como Peruchín Cepeda y Roberto Clemente. Del sujeto que juzga y reflexiona al que degusta hecho sentidos menores: olfato, tacto y sabor de Elogio de la fonda y sus sabores prohibidos por la sensatez que aconseja un cuerpo sano en mente sano. De poses e inflexiones, como si de camarote a camarote el cronista adecuara su voz. Así, en Las tribulaciones de Jonás las preguntas retóricas y los reclamos acompañan la perplejidad de un incipiente cronista formado en novelas de factura barrocas, de una “rectificación íntima” que ajusticie la historia. En El entierro de Cortijo la otredad marca al “bebé Carnation” del entierro del patriarca. Asume la forma de la cercanía intolerable de los cuerpos de Maelo y Cortijo, de una “jeringonza privada a una sola voz entre dos capitanes del mandinga soneo mayor”. En “Una noche con Iris Chacón” su contundente trasero, ese ojo ciego y abismal, se domestica en el preámbulo documental, más cerca del cronista de Indias que del mirón enmascarado tras la fascinación absorta de Eduardito. “Nueva York y otras sonrisas” imposta un diálogo atrapado en las reflexiones del cronista. En “Mi hijo el rapero” priva la consolación de una complicidad masculina enmarcada en el entorno ominoso de la domesticidad de la convivencia. En San Juan ciudad soñada, la literatura vence al artífice de ficciones, confunde las voces de la ciudad con la de sus personajes de novela. En Caribeños, notablemente en “Cenando con Nietzsche y Fidel”, la voz alcanza su frontera límite. Esta crónica que bien pudiera llamarse “Cena en familia” reordena las anteriores. Si la primera foto del libro presenta al Vate Muñoz con peloteros, ésta última es el Vate Fidel con intelectuales. La voz que se había prestado a otros ahora se recoge, regresa a su cuerpo original. Aquí el reclamo es otro: la imposibilidad de escuchar. Cito de las palabras adjudicadas a Fidel: “No he aprendido nada en esta conversación. A mí me gusta escuchar para aprender.” Al exceso de la enunciación, el cronista adelanta la complejidad de la escucha. Podemos ver, escuchar la historia, nos preguntamos. ¿O sólo sus ecos, sus auras? ¿O, se trata de una fallida y obsesa persecución, como la de los marinos a las sirenas?

Y, en todo ese trayecto, como en un juego de espejos, allí donde estoy estando ausente, desde la proa y desde sus entrañas, desfila el ojo curioso e indiscreto, por tramos desengañado, desconcertado o melancólico de un cronista con vocación de panóptico quien, igual se disimula tras la pose de una foto desde una azotea, como la de los inmigrantes a Nueva York a quienes se dota de una biografía interesada en “Nueva York y otras sonrisas”, o se exhibe sin pudor desde el promontorio del bar “The Reef” en San Juan, ciudad soñada. Y es, que, afirma el cronista, “Hay algo que tiene la azotea… Ahí evitamos esas miradas indiscretas que reconocen nuestra extranjería. En la calle seríamos testigos perfectos.” Un cronista desdoblado en sus espejismos sobre todo en esa trama familiar que organiza la cultura entre el padre y el hijo. Hijo tanto de próceres y letrados como de músicos mulatos y peloteros. De un padre, el de Aguas Buenas, habitando al hijo, el que recorre Isla Verde, ambos perseguidos por un temporal a dos tiempos. Un padre desdoblado en los hijos de su sangre, Pablo y Alejandro, y en el de sus indiscreciones, Eduardito.

Orhan Pamuk, otro extraordinario cronista contemporáneo, en otra lengua y en tierras distantes, escribe en Istanbul, Memories and the City sobre el huzun, una melancolía que imanta, a su vez, un sentido de nostalgia asociado al sujeto en la sociedad occidental, como también de honor, de afirmación de vida: como si se tratara de un ánima que permea la ciudad y que, en vez de singularizar, acerca. No de lo perdido para siempre, o del deseo incumplido, sino de aquello que impregna y se adhiere a las cosas y a la gente. Ahí resta su presencia, apenas insinuada, no en la bilis negra de los humores sobre los que escribiera Burton, sino en un vaho triste y gozoso que acerca comunalmente a los habitantes de su ciudad permitiendo ver en cada gesto u objeto un indicio de una pertinencia a una cultura, a una atmósfera.

Luis Muñoz Marín, Rafael Cortijo, Iris Chacón, Peruchín Cepeda, Fidel Castro. Un adolescente desplegado, espejeado en padres e hijos, fisgoneando asombrado aquello que aún no le es o no le será dado. O, tal vez las ruinas siempre elocuentes de una ciudad, San Juan, sitiada por sus propios sueños de modernidad. O, de La Habana “rodeada de los fantasmas de la ciudad que pretendió ser.” ¿Qué queda después de la muerte? ¿Qué sobrevive a los entierros o la contemplación de aquellos? Si el rito está moribundo (como afirma el cronista espejuelado que asiste a cortejos fúnebres reales o imaginados), quizás, por sobre el llanto y el rumbón, de la algarabía de una fonda o un estadio de béisbol, o el silencio forzado de la pose que mandata la foto tomada en la azotea o en la entrada al subway de esa otra ciudad que habitamos, resta un eco rumoroso y diligente que dibuja un gesto, una intención. ¿Será el del nombre propio, familiarizado en un Muñoz, Cortijo, Iris, Fidel? ¿De aquellos atributos que le adjudicamos? ¿Qué queda tras la letra que hace de ese nombre propio, ficcional o no, propiedad de la memoria de una cultura, de sus varias tribus como reclama esta crónica hecha de crónicas? Acaso la imposibilidad del olvido; esto es, una nave tan nuestra y tan suya como la que ha armado Edgardo Rodríguez Juliá. Una nave que aún no ha partido, que no condena al naufragio lo vivido y que reincide en zarpar surtida de melodías para darnos.

(Presentación de La nave del olvido, de ERJ, Argentina, Beatriz Viterbo, 2010. La Tertulia. 24 de febrero, 2010)


miércoles, 12 de mayo de 2010

Un cuento de Vanessa Vilches



Neurobiótica


Vanessa Vilches Norat

Cerca del 80% de nuestro día a día está ocupado por rutinas, que a pesar de tener la ventaja de reducir el esfuerzo intelectual, esconden el efecto perverso de limitar el cerebro. Al romper la rutina diaria se activan nuevas conexiones cerebrales mejorando la actividad cerebral integrada. El aeróbico cerebral produce las sustancias llamadas neurotrofinas que fortalecen las conexiones entre las neuronas y ayuda a las dendritas a mantenerse jóvenes y fuertes. Existen datos aportados por las imágenes funcionales de las zonas del cerebro que muestran un cambio en la magnitud de una zona particular cuando el sujeto realiza alguna tarea o experiencia por primera vez.

En 1999 los neurocientíficos Lawrence Katz y Mannning Rubin publicaron el libro How to Keep Your Mind Alive. En él esbozaron la nueva disciplina de la Neurobiótica que considera el cerebro como un músculo al que hay que tonificar. La rutina cotidiana, la apatía, el televisor y la mala alimentación deterioran la materia gris de la misma forma que la inactividad afecta al físico. Sus investigaciones reflejan que una manera eficaz de combatir el envejecimiento mental y el Alzheimer es activar las neuronas con gimnasia mental. Los científicos desarrollaron un innovador plan de ejercicios para provocar nuevos patrones de actividades de las neuronas. Con la neurogimnasia se utilizan los cinco sentidos de maneras inusuales.

Animada por una internauta amiga, Doña Luci decidió poner en práctica el plan de Katz y Rubin para tonificar su cerebro. Vivía angustiada con perder la cabeza y molestar a sus hijos en la vejez. Quería mejorar su concentración, entrenar la creatividad y la inteligencia. Confiada en la capacidad extraordinaria que tiene el cerebro de crecer y mudar el patrón de sus conexiones neurológicas y esperanzada con mantener su cerebro ágil y saludable, se dio a la tarea de modificar su vida. Como no tenía presupuesto para un entrenador personal, decidió ella misma diseñar su rutina de ejercicios. Con la máxima “fuego a la lata, lo que no se usa se desbarata”, se armó de valor para hacer de su vida cotidiana un gimnasio neuróbico. Era tan fácil como contrariar su rutina, obligando al cerebro a trabajar más. Siguió a pie juntillas los siguientes consejos: 1- Involucre uno o más sentidos en un contexto nuevo. Para realizar una tarea anule el sentido que utiliza generalmente y use uno nuevo; 2- Combine dos o más sentidos de una manera extraordinaria; 3- Rompa la rutina de una manera inesperada.

Para utilizar los sentidos de manera innovadora, decidió imponerse serias alteraciones a su rutina. Comenzó a bajarse de la cama con el pie izquierdo, a lavarse la boca con la mano izquierda de espaldas al espejo, y a usar el reloj pulsera en la mano derecha. A la hora de vestirse, lo hacía con los ojos cerrados. Naturalmente, eso implicaba escoger las piezas de ropa por el tacto y no el color, lo que hacía de su vestimenta el punto de chacota de todos. Quiso también estimular el paladar con sabores diferentes; la avena la sazonó con comino, las habichuelas con vainilla. Si el tiempo le daba para más, caminaba por la casa de espaldas, a pesar de la frecuente preocupación de sus familiares por las abruptas caídas que empezó a sufrir. Ni los moretones, ni los chichones amainaron el ánimo de la mujer por revitalizar su memoria. “Mis hijos me lo agradecerán”, se repetía constantemente. Ya en la primera semana de neuróbicos, había logrado la meta de no perder las llaves del carro ni una sola vez. No es poca cosa, no es poca cosa.

El día que rodó escaleras abajo, Doña Luci se levantó más lúcida que nunca y pudo repetir sin fallar todos los números telefónicos de la familia sin ayuda del celular. Esa tarde, mientras el ortopeda le colocaba el yeso, contaba llena de felicidad a todos en la oficina sobre los prodigiosos resultados. Sólo le faltaba llegar al último nivel del plan de ejercicios: romper de manera inesperada su rutina.

La mañana en que determinó alcanzar el punto máximo de los ejercicios, Doña Luci se levantó más temprano que nunca. Logró hacer su nueva rutina tan sólo en cuarenta y cinco minutos y se ofreció a llevar a su hijo a la universidad: “Así me obligaré a cambiar de camino”, le comentó. Una vez en el carro, el hijo notó a una madre muchísimo más alerta en la carretera y se asombró de la lúcida y divertida conversación que tuvieron. Hablaron de la investigación sobre microbiología del muchacho, de las placas tectónicas, de los premios Oscar y hasta de la última película de Tarantino. El primogénito se asombró del cambio en su madre que esta vez se refería a los actores, directores y productores con nombres y apellidos. Incluso, podía recitar sin ninguna dificultad las nominaciones en cada categoría. Antes de llegar a la universidad, la señora le contó del plan innovador para ese día: transformar por completo su cotidianidad. El hijo felicitó a su madre por el admirable progreso y la conminó a continuar con el plan de ejercicios: “Adelante, mami, nos quedan muchísimos años de salud cerebral”. No presintió el hijo que él también formaba parte de ese plan.

Ésa fue la última vez que algún familiar vio a la mujer.


(Ilustración: Retrato de Georgia O´Keefe, Don Worth)

sábado, 8 de mayo de 2010

En la memoria de los elefantes: un libro de Mara Pastor



El libro se llama Candada por error y lo publicó Atarraya Cartonera en 2009, en Puerto Rico. Gracias a Mara Pastor por aceptar la invitación de la bruja Angélica.



la deliberada creación del error, Anne Carson


El otro día nos volvimos a ignorar

con indiferencia

como si nunca nos hubiéramos


hablado dragones torcidos al borde

de la cama y sus fogatas.


Desconfiar de mí me cansa más que salir

a la calle, que ir a la yoga, que hacer

el amor y llegar a morir en el intento.


Llevo tantos días encerrada

que el buzón abandonó a "Buenas noticias"

y mi bicicleta se ha olvidado de las flores

que prometí engancharle en el manubrio

todas las mañanas. La literatura


me ha podrido la vida que soñé de niña

y le ha hecho una casa sin ventanas,

la literatura me tiene de rehén mirando

hacia la casa, lamentándome.



Te quiero porque te gustan

las imperfecciones


Un lunar tan grande

como el cráter de un desierto rojo.

La carencia de una morusa

misteriosa y espía.

Las encías, las grietas

en mi ceño, las órdenes

interminables como el calor

que entra por la ventana

con el ruido de los trabajadores.



Te envié una carta


Sé que se tardará un poco en llegarte,

pero me parece un buen remedio

para la impaciencia.

Hacía mucho que no escribía a mano.


Seré breve. El futuro es pensar como se escribe,

y me has acompañado aunque no lo parezca, hemos ido juntos


adonde me ha llevado la palabra.



La memoria igual que el amor


Mi abuela tenía un biombo grande.

Indio. Comprado a unos chinos

en una tienda de la capital.

Nosotras nos sentábamos

en el balcón todas las tardes

a saludar vecinas que salían de la parroquia

en frente de la casa. Yo miraba

los elefantes en el biombo y a las señoras.


Un día mi hermana heredó

el biombo, los elefantes.

Los puso de cabecera en la cama.


Otro día tú y yo hicimos el amor junto al biombo

mientras mi hermana estaba en la India

visitando a su primer amor que no veía

hacía siete años.


Todo como si flotáramos desde entonces

en la memoria de los elefantes.





miércoles, 5 de mayo de 2010

Sencilla mente Carlos


Sótano Editores acaba de publicar Sencilla mente, primer poemario de Carlos Vázquez Cruz, autor de una novela, un libro de cuentos y una colección de ensayos críticos. El libro, que forma parte de la colección "Las zapatillas de Dorothy", se presentará en la Librería Mágica el próximo 12 de mayo de 2010, a las 7:30 PM. Angélica publica una selección de textos de este libro inteligente, donde la palabra libre juega.


2]


raída la caperuza roja

había una vez…

un viejo lobo

de mar navegaba de sueño bajo los

(…y dos, son tres)

cedritos despertaron su capricho mis

olores en cesto a panecillo

o a manjar recién des(em)bocado

ofreció granos

si subía a la planta gigante

de sus pies

tomé la llave de barba azul

miré de cerca los huevos

de oro enano sin aliento

ante la blanca

nieve ante la tiznadura cenicienta

ante la zapatilla de cristal

soplado

juego de niños

tradición oral


[3]


él, más negro que la noche

buena, menos bueno que la yerba

buena, menos brujo que la yerba

bruja, pero embrujador como la noche

yo, más claro que el agua

bendita, la aguja en el pajar

manipulando, asiéndole costillas en el aire

fresco, reparando el delito de su cuerpo

boca con boca-bulario

en el doble filo, sus hojas azules

punta de iceberg

como pie forzado a pie de página

asoma a mis acuíferos

descalza

estoy por irme

y el negro porvenir


Anónimo


Esta será mi venganza:

que un día llegue a tus manos

el libro de un poeta famoso

y leas estas líneas que el autor escribió para ti

y tú no lo sepas.

–Ernesto Cardenal, “Epigramas”

o sea

resumiendo

estoy jodido

y radiante

–Mario Benedetti, “Viceversa”


te jodiste

desde hoy serás literatura

no creas que te hago un favor

no creo que te hago un favor

vagarás

el deteriorable filo de la hoja

acertijo palabreado

a merced de mercenarios

que ofrecerán en la idea

lo que jamás como persona fuiste

vida

eterna

para que te desmembren

hígado de Prometeo

destinado a una vida destinada a la muerte

te quiero

no te equivoques

pero te saco en plumas

las mismas que me amargaste

serás anonimato

inmortal desconocido

merecedor de una detestable pieza

un poema

miserable

todo fuiste

y así como te amé ayer

hoy

te jodiste


Tus palabras


Tus palabras no son como las otras palabras. Son vida desnuda, torrente del alma buscando asilo en mis oídos. Son cereza (así, despacio, suavecito), fuego lento que inunda mis adentros. Es tu “o” un beso que se cierra en beso, y escucharte sólo es mi silencio abierto a tus palabras.

No son como las otras palabras. Tu abecedario es mi mantel de estrellas, el rosario solemne de mis fantasías, el desfile de hormigas al terrón de azúcar de esos sueños contigo. Son “la calle”, “el alumbrado”, “el abrazo”, “la mirada”....palabras ordinarias en boca extraordinaria. La procesión ritual de la lengua en la lengua, de la lengua contigo en tu asedio de mí. Son tus palabras. No son como las otras.

Palabras sustantivas conjurando conjunciones. Palabras adjetivas sugerentes del verbo. Pronombre insustituible detenido en mi memoria, envuelto en todos los adverbios de modo y cantidad hacia la eternidad. Tú y yo, y, entonces, tus palabras son siempre diferencia. Son, en mi voz pasiva rendida ante tu boca, bandada de pasiones asaltándome el pecho.