viernes, 30 de diciembre de 2011

2011



Eso de hacer listas de los mejores libros del año debería ofender tanto a los incluidos como a los excluidos, si se piensa bien el asunto.

Para mí el mejor libro es el que disfruto hoy, ahora, y tengo la suerte de que sea un "libro viejo", Austerlitz, de Sebald: "Nuestra dedicación a la historia... era una dedicación a imágenes prefabricadas, grabadas ya en el interior de nuestras mentes, a las que no hacemos más que mirar, mientras la verdad se encuentra en otra parte, en algún lugar apartado todavía no descubierto por nadie."

Sustituir la palabra historia por otras palabras (listas, temores, poder, o algún sinónimo convincente), y funciona igual.

Y esta idea, y otras, y otras, se trenzan en una escritura de veras rizomática, de enredadera paciente, con la descripción de uno de esos rincones que rozamos sin mirarlos:

"Me admiró en aquella habitación, la sencilla belleza de las tablas de distinta anchura del techo, las ventanas insólitamente altas, cada una de ellas dividida en ciento veintidós rectángulos de vidrio rodeado de plomo, por los que en otro tiempo apuntaban telescopios hacia las oscuridades del sol y de la luna, la intersección de las órbitas de las estrellas con la línea del meridiano, la lluvia de meteoritos de las Leonidas y los cometas que con sus colas volaban por el espacio".

WG Sebald (1944-19 de diciembre de 2001).

sábado, 3 de diciembre de 2011

Marta, es Fernando Cros, llámame

Me llamaba para proponer empresas descabelladas que nos harían ricos, para invitarme a almorzar en alguna fonda, para anunciarme con un chiste el envío de poemas.

Varias veces me habló de Girona, de las carpas que se multiplican en los canales de la ciudad, de la leyenda del sabio Isaac el Ciego.

Según Fernando en la tapia del huerto de Isaac había una puerta secreta que comunicaba con un barrio oculto, la judería, donde los conversos vivían en estado de suspensión animada: practicaban los restos de la fe de sus mayores, estudiaban, de otro modo, la cábala, conversaban con sus muertos. Después, como una invasión en esta Girona “medieval” de tres imágenes, se me coló la figura de algún relato de Bolaño situado en las afueras, en una casa en ruinas, atenta a las luces parpadeantes de la ciudad.

Cuando por una de esas vueltas inesperadas viajé a Girona, y por otra vuelta afortunada conocí a Gemma Carbó, Benet Coll y Mireia Tresserras, les hablé de Isaac el ciego y el barrio secreto. Sí, por supuesto, y nada más. Entonces mencionaron un museo del cine, fundado por ellos, un museo que no pude visitar.

Quizás en ese museo, a la sombra de los fantasmas de Gloria Swanson y Dolores del Río, se encuentre una de las puertas comunicantes con el barrio hermético.

Fernando, Gemma, Bolaño, Benet, Mireia. La Girona de Isaac el ciego, esa que Fernando vislumbró antes de su partida el 5 de diciembre de 2010.
Quien dude, lea:

Enemigo rumor

Hay un mundo que naufraga en el misterio.
Su sentido es muy oscuro; se parece al de una hilacha
Sostenida por el soplo de la brisa en la orilla
de un abismo…
Nadie levantará su velo; solamente se insinúa
En las gotas de escritura que han marcado
Un cielo ardiente
Con el golpe alucinante de la llama.




(Fernando Cros, Fragmentos del habla, Editorial de la Universidad de Puerto Rico)