martes, 30 de octubre de 2012

Gotham


 
La ventana del refectorio da al cementerio de los sefardíes. Las lápidas derrumbadas, la hierba que arropa la vereda, el estado herrumbroso de la verja, proclaman el más inútil abandono. Quizás los dueños de esta ciudad de comerciantes no saben que de los muertos también se extrae algún beneficio.

Antiguo, lo que se dice antiguo, no lo es tanto. Este, el tercer cementerio de los españoles y portugueses, se fundó en 1824. En cuanto al refectorio me gusta llamarlo así, aunque sea una salita comedor donde en ocasiones, cuando éramos al menos dos, nos reuníamos.

No me desagrada la pequeñez de los pisos de esta ciudad, ni la anchura brutal de sus avenidas, aunque echo de menos los callejones de Toledo y las habitaciones que ocupaba la Orden frente al costado de la catedral. Pero mi nostalgia no se compara con la sabiduría de los padres que alquilaron este piso colindante con un lugar propicio para el cultivo de la planta. Aquí soy invisible, puedo trabajar en paz. Cuando salgo a la calle es muy raro que alguien se fije en mí. Son miles los transeúntes. Cada uno lleva un disfraz que lo protege de la mirada ajena, si bien en ciertos días del mes el giro de la brisa provoca encuentros.

No sé bien cómo contar esta historia ni para quien la escribo, sin desconocer que mi destino depende de quien lea estos apuntes escritos al vuelo, como si ya el cuerpo se me hubiera acostumbrado al ritmo de la ciudad, que tiene más misterios de los que ostenta su fachada de urbe funcional alejada de todo lo que no sea la idolatría del dinero. Si me atreviera a cultivar también la esperanza anhelaría que esta relación de antecedentes, más que una defensa, obrara como un candil de esos que colocados al dorso de un pergamino van revelando al trasluz las tintas de una escritura secreta.

De mi madre aprendí todo lo que sé. De mi madre y de mi hermana. Los tres nacimos en Toledo; madre a mediados del viejo siglo, mi hermana el año de la muerte del caudillo, yo cuando España ya se había ido al infierno. Me parece que vivo desde siempre. Quien conozca Toledo entenderá lo que digo cuando hablo de sus habitantes; esa expresión que algunos tildarán de desvarío, pero que yo prefiero describir como una respiración mística, y que se traduce en miradas brillantes, en una forma de sonreír, en una expresión de dientes desnudos que puede parecer obscena cuanto más espiritual es su fondo.

Siendo yo el varón de la familia era el llamado a sustituir a mi padre, que murió poco antes de que yo naciera, de causas desconocidas. Soy alto y fuerte. Pude haber aprendido el oficio de papá, pero madre quiso que fuera fraile. Desde pequeño me vestía con una sotanita negra. Cuando llegaba de la escuela me obligaba a usarla. Ella y mi hermana me enseñaron las ocupaciones que son útiles en una comunidad de hombres. No me daban tregua hasta que hacía la cama perfectamente, las sábanas tensas, con todos sus dobleces. Aprendí a teñir telas y a mezclar soluciones para limpiar los cristales de las ventanas. Se me revelaron los misterios que guarda la botica doméstica. El hombre que no sepa lo que es un hogar y los secretos de su manejo será siempre una bestia callejera; carecerá de la delicadeza imprescindible para confeccionar un postre o rematar un zurcido. La bestia callejera no se imagina es que todas las artes del horror y de la guerra están contenidas en el manejo de una casa.

Los conocimientos de mi madre debieron haber pasado a mi hermana, pero la Olvido nos salió rebelde. En su juventud escapó a Madrid con un novio que se perdió por ella. Volvió cinco años después, sin niños ni honra. Madre ya me había hecho el heredero de su legado. Tras la vuelta de mi hermana se verificó mi ingreso en la Orden de San José de la Planta, Patrón de la Bella Muerte. Fue todo tan rápido que hasta ahora no había tenido un instante para mirarme al espejo y descubrir quién soy. Estoy seguro de que madre acordó mi ingreso en la Orden, quién sabe si a cambio de alguna suma que gastaría en velas para sus promesas. Nunca me trató con ese amor excesivo y desvergonzadamente injusto con que otras madres tratan a sus hijos varones, aunque ciertas caricias suyas me marcaron a fuego, para siempre.

Ya, no me quejo. Mi oficio es un privilegio. Son pocos los frailes que lo practican. Además de preparar la materia prima, también bordo las casullas; es decir, de mis manos salen los materiales y el producto final que vendemos a sacerdotes pudientes en todo el mundo. Lo proclamo, por si el lector -sea quien fuere- gusta de comprar una casulla, un diván tapizado o una alfombra.

Para despejar el aire de las maledicencias me trasladaron a esta ciudad, donde no me alcanzan las miradas suspicaces de las vecinas que pertenecían a la cofradía de mi madre. La ciudad de los rascacielos le hace honor a su otro nombre: Gotham. Hay más iglesias que en Toledo, y más tumbas. En esos cruces radica, para mí, su magia profunda. El cementerio que se ve desde la ventana queda a pocas cuadras del Empire State Building. A pesar de la lejanía he notado, en ciertas noches, cómo los resplandores de las luces azules y rojas de la torre hacen juego con la lividez de las lápidas.

Al principio me sentía a gusto en espera del cambio de semáforos, viendo pasar a quienes salen a pasear sus perros a media mañana o de noche. Era feliz ejerciendo con sencillez mi oficio. Despedí a tres frailes mayores y bordé unas casullas primorosas.

Todo cambió cuando llegó Fray Ignacio de la Sagrada Herida del Costado Luminoso. La muerte y el desamor lo acompañaron desde su nacimiento. Era casi transparente. Tenía el pelo del color de una zanahoria podrida. No había cumplido treinta años y era una ruina. Una ruina feliz, para colmo. Tanta alegría me pareció una obscenidad. Verlo soltar risotadas que salpicaban sangre no me provocaba piedad sino todo lo contrario, la exacerbación de una violencia incomprensible. Lo abracé, nunca había sentido tanto amor. Ese sentimiento se mezcló de inmediato con el horror y el asco. Ignacio era un desvergonzado. Poniendo los ojos en blanco musitaba que si eso formaba parte del tratamiento tanto mejor. Era impúdico y bueno hasta cuando se entregaba al pecado con alegre ferocidad.

Yo, que tantos moribundos acompañé, no he podido aceptar la pérdida de Ignacio. No sé describir el placer que me causaba abusar de su cuerpo enfermizo y cariñoso. Nadie me exigió la casulla de sus carnes. Pretexté que la debilidad del joven, su constitución enfermiza, no daban para mucho. Me creyeron o no les importó. Además, como tantos hermanos que habían recibido mi asistencia para morir bien, no tenía parientes que reclamaran su cuerpo.

La calidad moral de los jóvenes habitantes de esta ciudad no ha variado mucho a lo largo del tiempo. Los de hoy, como los de hace un siglo, profesan el culto de la muerte, pero no tienen idea de sus primores. Una noche me siguió el primero, atraído por el vuelo de mi manto. Saltó la valla del cementerio y se acercó al rincón donde cultivo la planta que sólo prospera entre muertos. Se me insinuó. Le arrojé la luz de la linterna sobre la cara y descubrí su delgadez provocada por el vicio y la anorexia, las uñas de los dedos y los labios pintados de negro, el pelo erizado a fuerza de laca, su olor nauseabundo. Le dije que era el guardián del cementerio y que prefería trabajar de noche para no ser interrumpido por niños curiosos, pero que su atrevimiento me había quitado las ganas de trabajar. Lo invité a tomar una copa.

Dominado por la impaciencia alteré el protocolo. Añadí al vaso de cerveza la dosis pura. Quería volver a ver los ojos en blanco de Ignacio. Por lo general toma unos días la reducción del hálito vital. Esa lentitud de gota no hace sino acrecentar la sensación placentera del letargo que finaliza en el primer y único encuentro con Dios, el resplandor irrepetible de la bella muerte. Dudo que algo de eso sintiera el muchacho, en la rápida y dolorosa agonía que culminó con un vómito sangriento, perdido en la noche de mi sotana.

Hace meses que no me envían a un fraile moribundo para que lo encamine por el sendero de la muerte misericordiosa, asistido por los destilados de la planta. Sin embargo, han sido varios los encuentros con jóvenes indiscretos, así que no me aburro. También he aprendido a recuperar la paciencia, madre de todas las artes. Ante todo, el placer, puesto que mis cuidados lo prodigan. La planta no crece mucho. Sus hojas son menudas. Sus flores amarillas, más chicas que granos de arroz. La semilla, que viajó conmigo desde una de las criptas de la catedral de Toledo, germina sin dificultades en este cementerio neoyorquino de judíos españoles.

Me han dicho, pues no consumo mis remedios, que la primera dosis es muy superior en sus efectos a las sucias drogas callejeras. Al cabo de unos días la piel se va secando y el pecho uniéndose a la espalda, hasta reducir el cuerpo a dos dimensiones. Las orejas, dependiendo del azar, pueden quedar a la altura del ombligo. Tras el último suspiro se acelera la sequedad y el cuerpo, que ya no conocerá los horrores de la putrefacción, parece obra de gusanos de seda. Entonces extiendo la piel, la corto, la bordo, destaco las bondades personales de cada muerto en una obra primorosa.

Esta semana he dormido bien. Me anunciaron que el lunes llegará un nonagenario. Mientras lo espero escribo estas notas sin tener idea de quién las leerá. La vida solitaria tiene placeres incomprendidos. ¡Qué diría madre de mi poca atención a la tensión de las sábanas, de los trastes sucios que se acumulan en la cocina! Los viernes tomo una copita, fumo un cigarro, me distraigo en la contemplación de mi colección personal. Completé una casulla divina. Alrededor del copón bordé los destellos de la Santa Eucaristía con hilos color zanahoria.

Me miro al espejo. Reconozco las facciones de Olvido en mi propia imagen, sobre el diván donde reposo envuelto en un manto de anchos vuelos. Qué maja estás, le digo, y acaricio con la lengua, como ella lo haría, los relieves del respaldo: los ombligos como pozos sabios que hablan de la historia familiar de cada uno; las bocas negras que se abrieron con inocencia al nacer; las orejas abismales, las narices glotonas, los testículos disecados.

Mi oficio es la clemencia. Lo he visto cuando los jóvenes, machos y hembras, en lugar de persignarse y pedir socorro, me suplican que los inmortalice. La belleza los reclama desde ese lugar que en cada uno confunde el dolor con la alegría. Si no fuera porque pongo a Dios por delante en todo, dejaría la Orden y me dedicaría al comercio lucrativo. Tú también, Olvido, y madre, recibirían el derrame de mi riqueza. Pero eso ya no es posible. Ya no sufren en este valle de lágrimas. Tan devotas, tan piadosas, tan nacidas para adornar casullas.

 

 
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viernes, 26 de octubre de 2012

Circular






Vicente Luis Mora (Córdoba, España, 1970) es poeta, narrador, ensayista y profesor universitario –ahora  en Brown University– y ha sido director del Instituto Cervantes en Marrakech y Albuquerque. Cuando tenía 33 años publicó la primera edición de Circular, (Plurabelle, 2003) un libro imposible de ubicar en un género literario que no sea el libérrimo de la novela y en un subgénero muy particular; el de las novelas sobre ciudades –espacios reales que son, a su vez, los lugares literarios por excelencia.
Entre ciudad y novela, entre mapa y libro, hay abundantes conductos, que remiten a géneros anteriores, como la épica, que sin ciudades –o paisajes míticos– y batallas no podría pensarse. El paradigma moderno fue el Ulises de Joyce, con su vasto registro paródico de las voces de Dublín. Tampoco hay que olvidar el homenaje a Nueva York en los montajes de Manhattan Transfer, de John Dos Passos, una novela contemporánea del Ulises y también de las primeras versiones de otra rarísima novela ambientada en Nueva York: En babia, del puertorriqueño J.I. De Diego Padró.

Antes de pisar las calles de Circular vale decir que en estos años de remixes, reduxes, splicings, montajes; en fin, de la tecnificación de los juegos experimentales de las vanguardias de principios del siglo XX, Vicente Luis Mora consumó el hoax de Quimera. El número 322 de septiembre de 2010 lo redactó él, plagiando estilos de colaboradores y usando 22 seudónimos y nombres de varios autores que lo consintieron. De manera que el humor sin crueldades irreparables parece ser una marca de este autor que tiene el don de la música y se divierte escribiendo. Simpatizo con el temperamento que describe el narrador de Circular cuando levanta la vista de un libro leído en un tren, (“el medio literario de transporte por excelencia”):“estado nimboso, lisérgico y poco razonable”.

Por lo mismo que escribir divierte, no puede desprenderse de una inquietud sobre el propósito, aunque ninguno sea más válido que otros, ni haya dominantes entre las muchas inclinaciones de un autor, desde el juego de palabras hasta la propuesta más radical: intervenir en lo real. Circular, en la primera edición, la que leí, interviene en lo real para intercalar en el libro el retrato del artista joven, la crónica de una vocación y sus giros; ese autor que a veces habla y que con frecuencia se transforma en alguien que otro ve: “el chaval de negro que escribe”.

El “callejero” del libro tiene tres secciones: Las afueras, Paseo y Centro. Cada sección consta de fragmentos llamados por nombres de calles o sectores. Mi familiaridad con Madrid es mínima, de modo que no puedo juzgar la relación entre la identidad de un lugar y los textos que se le asocian en un dechado de escrituras: más de doscientos relatos breves, poemas, pasatiempos, citas de textos literarios, chistes, ensayos cortos, anuncios publicitarios, columnas combinatorias, acertijos y espacios en blanco.

Dos páginas en blanco siguen a una reflexión sobre la cámara anecoica, un espacio totalmente sellado donde solo se escucha el sonido del propio cuerpo. Comprobé que esa página en blanco “funciona” como estación de recogimiento y descanso de la letra. Sin mayores alardes en diseño grafico, Circular quiere insinuar desde el papel la simultaneidad y conectividad del híper texto, pero en clave profunda. La milenaria tecnología del libro demuestra su eficacia cuando la pantalla vuelve a ser página, no de la manera ostentosa que exploró el Julio Cortázar tardío en sus artefactos bibliográficos (La vuelta al día en ochenta mundo, Último round, el cómic Fantomas y los vampiros multinacionales) sino en la tesitura de Rayuela: la simulación de tridimensionalidad desde el plano; o en la gozosa parodia del viaje de aventuras que escribieron Cortázar y Carole Dunlop, Los autonautas de la cosmopista, apuntes al margen de las predecibles rutas vacacionales de los franceses de clase media.

 “Así pues, Circular no tiene estructura, pero sí sistema”, escribe el autor en el epílogo. “Este libro se presenta más bien como un intento de superación de la posmodernidad al más cervantino modo: la parodia… Hacer un libro donde se defiende, deslinda, acota, profundiza y glosa la idea de centro…  No sabemos todavía el nombre de lo que hay después de la posmodernidad, pero intento escribir ya desde ese territorio innominado”.
El círculo es imagen de fijeza en el movimiento como el libro es imagen de intertextualidad y ruptura. Circular incluye un doble homenaje: a los escritores mayores y a la “escritura de oído”. Juan Ramón Jiménez, Francisco Umbral, Cixous, John Cage, cronistas de ciudades, poetas de talante filosófico, Paz, El mono gramático, uno de los referentes literarios más importantes. Calvino está presente en las calles mágicas. Reflexionar sobre el lenguaje, dice el autor, es otro de los fines de este libro que es, a la postre, un libro de voces.

Para mí que la distinción entre estructura y sistema tiene que ver con el lugar del observador. Cuando la voz narrativa se sitúa en la inmediatez y se confunde con los acontecimientos que cuenta –esa técnica mimética, del discurso indirecto es la del Ulises-  encarna el caos de la materialidad inmediata. Otro lugar es el de la convención del relato cerrado “bien hecho” y predecible, que remeda una falsa unidad orgánica muy alejada del realismo auténtico. La escala del observador narrador en Circular es oscilante. Hay un plano regulador abstracto, como si se observara la ciudad desde una altura satelital: es la escala del cartógrafo. No obstante, el pulso del relato breve, casi siempre armado con diálogos, le permite (al portador de la cámara que registra) acercarse y tomar muestras en la carnalidad de un momento climático –la angustia de la soledad – o en un retrato instantáneo de la banalidad del mal y del bien.
También puede invocarse la metáfora del mapa para articular los nudos del espacio textual y hacer visibles sus relaciones estructurales. No se trata de tramas subordinadas a un puñado de tramas dominantes -la imagen circular por fuerza evoca el universo dantesco con sus tres círculos concéntricos, pero sin jerarquías totalizadoras- ni hay unas relaciones de causalidad evidentes, al modo de la definición que hace E.M. Forster de una trama. Sin embargo, en literatura, donde hay un mapa hay un misterio, que puede ser un crimen o algo más enigmático. En todo caso debe ser un misterio que incite a leer, a pasar a la siguiente estación, a la siguiente calle, sin prisa por llegar ni curiosidad de saber el desenlace.

Circular aprovecha la adicción al asombro que es virtud del cuento breve. Sobre todo, evoca la aventura iniciática del aprendizaje de la lectura. Se aprende a leer un libro como se aprende a leer la forma de una composición musical exótica. O, más bien, se recuperan formas olvidadas de lectura, y esa recuperación lúdica seduce. Una vez “se le coge el compás” a este libro se puede optar por lecturas salteadas. O leer como hice yo: del salto a la lectura lineal; disminuir la velocidad de la autopista y entrar en una de esas barras oscuras y genéricas donde la parada forzosa y la sordidez obligan a tomar conciencia del tiempo, de la inutilidad de la vida, del automatismo: “Durante esos seis años pasaron por delante de su barra doce mil quinientas personas que … no le veían, porque tenían ya los ojos puestos en Madrid, en Valencia, en los kilómetros por recorrer…”;  o leer en la parada Museo Reina Sofía, un collage sobre “patologías mentales”; o compartir el sexo urgente y distante en el asiento trasero de un automóvil, mientras en un restaurante del centro, “hay dieciocho mesas y apenas setenta personas, pero caben todas las posibilidades”.
Patrones y ritmos, motivos recurrentes. Abunda un escenario: alguien pretende alquilar un piso, alguien se suicida en un piso, alguien es expulsado de un piso, a alguien le cuentan la historia del inquilino anterior de un piso. Son relatos que evocan al Auster más cautivador y al Calvino que elogia la levedad entendida como “disolución de la compacidad del mundo, en percepción de lo infinitamente minúsculo y móvil y leve (pues) la verdadera realidad de esa materia está hecha de corpúsculos invisibles… La mayor preocupación de Lucrecio parece ser evitar que la materia nos aplaste”. Recuerdo el relato del coleccionista de entradas de conciertos que no se habían celebrado, de hojas en blanco, de fotos de mujeres muertas, porque “adora las cosas que no ocurrirán jamás y las hermosas a las que nunca tendrá acceso”; el diálogo sobre una mujer buena y hermosa cuyas perfecciones provocan el odio de sus vecinos; el homenaje a las series de suspense en torno a un hombre incapaz de dormir y de moverse, pues solo escucha “la música de la vida” en los  apartamentos de su edificio y la violencia de la calle; la cómica desubicación de los informes burocráticos de los urbanistas; el mercado donde se pierden las palabras con los objetos que designan (palabras como esquife, garrocha, mandil, miriñaque, crespón); y, para mí, el pasaje más desgarrador del libro: “La canción del olvido. Contenedor de basura”, una enumeración atroz.

Otra nota podría dedicarse a las advocaciones de Madrid, propias y ajenas: plano a escala de todo; ciudad archipiélago; ciudad hermosa, cruel, deshabitada; ciudad absurda, brillante y hambrienta; ciudad global; ciudad de más de cinco millones de cadáveres; ciudad género literario; un universo hacia el big crack; ciudad imposible, como Jerusalén, pero que existe, como Jerusalén; ciudad libro de citas; ciudad como un libro: nueva, llena de vías a estrenar.
A propósito del Ulises, Hermann Broch hizo el cálculo de que “dieciséis horas de vida descritas en 1,200 paginas equivalen a 75 páginas por hora, es decir, más de una página por cada minuto, o sea, aproximadamente una línea por segundo” (“James Joyce y la época actual”). Uno de los personajes dialogantes de Circular, lamenta la operación inversa, esa compresión de la experiencia que parece ser la condena del presente: “… el realismo no puede ser total, tiene que ser selectivo. No puedo escribir un libro sobre una ciudad y reproducir en las dos horas y media que llevará leer el libro dos horas y media de la vida de Madrid, cualquier día”.

Hay un lado oscuro, trágico, del fragmento; el vacío que llega a rodear sus escalas dispares, indefensas ante el tiempo devorador. Pero Circular promete ser “interminable”. Sobre la segunda edición (2010) informa el autor, “el libro se ha hecho más global y aparecen más ciudades, más países. Una tercera parte completa sucede en Marrakech. En las últimas versiones se ha ampliado el castellano utilizado y aparecen más culturas. Hay también microrrelatos en inglés y en francés”.  
A diferencia de tantas escrituras crepusculares de la “posmodernidad tardía” (que dan cuenta de la mediocridad de la especie y de la vulgaridad de sus postrimerías, o que se ahogan umbilicalmente en la encerrona de un “hombre fino” condenado a vivir en una sociedad de inferiores), Circular me comunica solidaridad, nervio, lucidez y la hermosa probabilidad de que cuando yo me vaya los pájaros seguirán cantando y autores como Vicente Luis Mora seguirán escribiendo.

 

 

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domingo, 21 de octubre de 2012

Secretos del ARTISTA





Los conquistadores vieron en el manatí un cercano pariente de las sirenas antes que una nueva especie animal. Largos años imperó la sirena como fragmento de la realidad sin que ello estorbase –lo idealista no quita lo oportunista– la carnicería de manatíes. Lo mismo les pasa a los críticos con la figura de Herminio Concepción Rucabado. Les estorba, se les sale de serie; muy pocos mencionan su nombre olvidado en las zarzas de frases machaconas.

Nuestra historia es un gato tapiado por una sarta de embustes; quien entienda a Concepción tendrá el oído fino del iniciado, sin tapia que valga.
A escondías leía vorazmente, abreviando estancias en la fábrica analéptica del sueño. Influencias que no ha compartido, excepto con su compadre el viejo verde galán de putas, y ahora con la niña querida.
Papeles amigos: Darío, Poe, Hyeronimus Bosch, Nietzsche, Tapia, Flammarion, Michelet, Oscar Lamourt, Teophrastus von Bombast. Elena, la rusa de ojos verdes. Madame, reúnes en el haz de luz de tus pupilas la erudición soterrada.
 
INVENTARIO DE LAS OBRAS DEL ARTISTA

Dios creó el mundo en seis días.
Concepción crea el mundo en siete pinturas. Siete princesas.
Siete, escúchenme bien, tan solo en apariencia.
Cuando escribe estas líneas su trabajo manifiesta la plenitud cenital de un atardecer majestuoso que derrama tesoros incógnitos en una playa virgen del humano contacto. Aunque no dejan de evolucionar, ya pueden describirse, claro está que engañosamente:

LA MONSERRATE: Dibujo que data de la prehistoria del ARTISTA. La intención de esta obra primeriza - abrir la cartera del abuelo con el obsequio de una imagen sagrada - le hizo pensar alguna vez en quemarla. Pero, no obstante la bajeza del propósito, el ARTISTA intuye que la tela retiene los efluvios íntimos de la diosa, antigua y omnipotente como jamás lo fue el dios macho de los mercaderes. La virgen negra –que en una mano sostiene al niño y en la otra un globo– es Sofía. So1o espera el hálito fecundante del creador para, mediante el acclivitas profundo, recuperar la unidad del origen. Antes de calmar el hambre del niño con la leche que le mana generosa, la negra repite las dieciocho asanas de la maternidad, reflejadas en la expresión facial y los ademanes corporales que el ARTISTA sigue variando con la desesperación palpitante del niño que ha perdido el camino de regreso. También ha cambiado en infinidad de ocasiones el color del manto de la virgen. La versión actual es más fiel a la primera que a las posteriores, pero eso no debe interpretarse en el torvo sentido de que, agotada su paleta, piense el artista en volver a empezar, y mucho menos por el principio.

MUERTE DEL HOUNGAN MAYOR: (Muerte, portal de la vida): Homenaje a Octavio Cienfuegos de la Luz. Pequeña tela del tamaño de una de esas monedas españolas llamadas perras prietas, enmarcada en un monóculo sin lente adquirido hace una friolera de años. Dos círculos concéntricos nos hablan de las fuerzas pugnaces de la naturaleza, la centrípeta y la centrífuga, figuración reminiscente del broche que adorna el manto sagrado del Cristo que pintó en su mejor momento mi hermano hacedor de diablos Hyeronimus Bosch. Representación del andrógino universal, materia prima de la creación que apenas se vislumbra en la sexualidad de ciertas criaturas proscritas. A ellos tiendo en un gesto fraternal mi mano de varón adorador de mujeres. No por ser carnívoro exijo la muerte de los vegetarianos. Este homenaje se desdobla con el siglo, sufriendo la lenta evolución que en los cielos refleja el paso de las constelaciones. Ni siquiera me atrevería a comentarlo si no urgiera una respuesta honorable a las imbecilidades de mi vecino, el doctorcillo Cabrera, cuando advierte en esta obra maestra del minimalismo un solapado requiebro a los churros que Mary, mi beata mujer, elabora, fríe y vende con la lúgubre intención de engordar el patrimonio de los curas blenorrágicos.

APOLOGÍA DEL SOFRITO: No se trata, por Dios, de arte folklórico, según piensa el mediocre de Abelardo Cabrera, el mediquito rebanador de callos. Quien tan pocas luces trajo al mundo confundiría la piedra filosofal con un cálculo del riñón. Tampoco es arte sagrado. Soy alquimista, pero no me nubla el entendimiento la parafernalia de aquellos divinos locos ni dejan de divertirme las mierdas que echaban en la retorta para asegurar, con el aire apestado y el caldo de los sesos rezumante de excremento, que habían creado oro.

El verdadero reino de este mundo está en el caldero de Ramona: Centro de la Tierra, Santo Grial del Pimiento, semilla metálica que al germinar nos devuelves a las sendas familiares, arrullados por el canto de vida y esperanza del asopao sustancioso, capaz de resucitar al cadáver más muerto. Tan prieto como el carbón de su culo, donde el aceite rubio chisporroteante recibe el rayo de sol del ají campanero, el llanto subterráneo de la cebolla, la media luna oculta del ajo enemigo. El tomate enano es una variante solar que aleccionó a los italianos seductores. La poderosa hoja de la paz es el cilantro del monte, que aquí en mis campos llaman recao, porque posiblemente acompañaba las cartas que se enviaban a los parientes pueblerinos, escritas con trazos como rizos. A este maridaje de esencias rindo pleitesía en una tela para la que fabriqué pigmentos preciosos con esencias terrenales y corporales. El efecto es semejante al de la pared de una cueva subterránea. El pimiento de Weston pasado por un pilón haitiano para honra eterna de la musa.
Periódicamente renuevo los fluidos, imitando el gesto del sumo sacerdote egipcio cuando reponía los bálsamos conservadores de las momias sorprendentes.

(De Angélica furiosa, 1994, Marta Aponte Alsina)

domingo, 14 de octubre de 2012

Guayama, 1886


 
 
Guayama, 14 de octubre de 1886

Aunque usted no quiera saberlo se lo voy a contar, corazón, no te molesta que te llame así, ni que te diga cojito,  ni que te encuentre gracioso, Hans con miedo. Siempre como si hubieras visto al diablo. Yo sí lo veo, es el hombre que me crió y yo soy su aprendiz. Cada mañana el viejo Homero me pide que vaya a entregarle sus medicinas a la viuda del teniente Pavía y yo localizo en un santiamén el compuesto vegetal Lydia E. Pinkham, lleno una botella azul con una dosis del láudano que ayer preparamos mezclando diez gramos de opio, una cucharada de miel, una raja de canela y medio litro de ron oro, una receta de las islas, dice Homero, de Santo Tomás, donde se cuecen mejores brujerías que aquí, añade, con una pausa para el recuerdo de todas las brujerías que ha hecho, y salgo antes que el viejo verde podrido me apriete los pezones con sus manos huesudas y frías, porque a un pie de la tumba está el viejo maldito, como quien dice mi padre, él me enseñó todo lo que sé, eso se lo agradezco, aunque no es mucho y buena parte es pura porquería, como sus pensamientos desde que empecé a desarrollar, no quiero que me toque me dan asco esos dedos verdosos, la telita del pellejo transparente, las uñas sucias, los nudillos cubiertos de pelos y además siempre están heladas y no quiero que las tetas se me acatarren, no quiero que supuren flema y mocos y estornuden mis tetitas, así que lo dejo babeándose y salgo corriendo. La botica queda atrás, oscura de sombras, con un olor a limo, porque en las canaletas de desagüe del callejón hay bosques de limo, quiero decir que abunda el limo, aunque afuera la calle arda. Te habrás fijado que el limo es bonito, Hans, y lo mejor que tiene es que es insignificante, casi nadie se fija en el limo. Cruzo la plaza, todavía no calienta el sol, camino despacio, siento que me miran desde la acera del frente, son los hombres que toman la parva en la Fonda del Indio, viajantes de comercio en su mayoría y algún fotógrafo de bodas y bautismos. Cuando entro al zaguán de la casa de la viuda me lanzan zarpazos los gatos que ella alimenta con las sobras que dejan en sus platos los huéspedes de la pensión, ustedes mismos, que aunque se harten como puercos siempre desprecian alguna migaja. Por ser protectora de los animales dicen que es la mujer más generosa del pueblo, aunque yo bien podría dar fe de lo contrario, así de raras y miserables son sus propinas, pero ella dice que valen más sus consejos, pues es la regente de la academia de los gatos y de los gatos se aprende todo lo que vale la pena aprender, dice ella con palabras que no entiendo, que si el placer, la astucia, la inagotable paciencia, la escuela de la agonía y de la muerte, sospecho que así hablaba alguien que ella no ha podido olvidar, pero que su voz verdadera no es esa, sino la chillona que le regatea a la sirvientita cada grano de arroz, cada cucharadita de azúcar. Ojala se casaran Homero y ella, son tal para cual. Fíjate en cómo mueren los gatos, dice, y sabrás que es un arte, que han perfeccionado mucho antes de que el tiempo fuera tiempo. Está loca, pero es la viuda de Pavía y dueña de la pensión donde vives, alemancito. Aprende el lenguaje de los gatos, dice, los sientes si aguzas el oído arañando las maderas de las casas, el cinc de los techos, y a veces se les oye el sueño. La interrumpo, tengo otros recados, de modo que no me interesa saber cuál de sus gatos enseña baile, cuál matemática. Ella me examina con sus ojos pequeñitos, achinados, y me pregunta con un retintín de malicia por el viejo Homero, ese demonio francés, y algún día me contará cosas, dice. Te estás desarrollando con una rapidez que da miedo, los huesos se te estiran de un día para el otro, y de eso yo sí sé porque aquí donde me vez hubo hombres que se bebían los vientos por mí.

Beberse los vientos, no entiendo. Beberse los vientos, tonta, es perder la voluntad, es convertirse en un canto de carne que huele los peos de una mujer hermosa y ama todas sus cochinadas. Los gatos no se beben los vientos de nadie, prefieren morir a comer mierda.

No me interesan los gatos.

Hans, así dicen que te llamas, aunque vives en la pensión de la viuda seguramente ni te has fijado en el lugar. Dicen que eres un sabio enamorado de las plantas y que solo tienes ojos para las hojas y las semillas. Son bellos, del color del cielo cuando hay buen tiempo, si me hicieras caso me largaría contigo, pero ahora quiero contarte más de la pensión, el lugar donde vives sin fijarte en él.

La cocina es pequeña, el fogón calienta lo que el sol termina de cocinar azotando el techo y abochornando las viandas, y ahí todo tiene un manto de olores y colores, donde se mezcla el recao con las cebollas, tan picantes que entre el humo y el zumo dan ganas de llorar, pero no importa porque la comida es sabrosa. Sobre el fogón hay una olla renegrida donde todos los días se prepara un cocido de tasajo con guineos verdes y yautía. Ese cocido es lo mejor de Guayama, dice la viuda. Que si el pueblo desapareciera de la faz de la tierra y solo quedara la receta de ese cocido, no se perdería gran cosa. La sirvientita, una niña de mi edad que a la vieja le regalaron en el campo, tiene el delantal y los dedos manchados con la pegajosa mancha del guineo verde, la veo y se me quitan las ganas de quejarme. No sabe leer ni escribir, parecería que la echaron al mundo frente al fogón, por lo tiznada que está siempre y solo sale los domingos, a la iglesia, sirviéndole de bastón a la vieja. Se llama Rosa, pero más que rosa parece flor de cadillo y duerme, me ha dicho, en la misma cocina, eso sí, está bien alimentada pues lo que los huéspedes dejan y lo que queda en el fondo del caldero es de los gatos, y de ella.
(Páginas de una narco novela histórica.)

domingo, 7 de octubre de 2012

Madame Bovirtual


 
 
Willy: No puedo creerlo. Sé que es cosa de mujeres, (risa) tener una amiga inseparable. Que para ustedes nada existe (carcajadas varoniles) si no se le cuenta a otra mujer, lo sé y lo acepto. Acepto la perfidia de las mujeres, los impuestos y la muerte (carcajadas histéricas). Lo que no te perdono es que le hayas contado lo nuestro a una ¡ESCRITORA! Los escritores machos hunden la pluma en la letrina del alma, las hembras son más crueles. Qué asqueroso eso de prestarle nuestras fantasías a una escritora como si fueran toallas sanitarias, no sé qué decirte, mierda, sí lo sé: hemos terminado...

María: HORROR (sollozos). Perdóname por no estar a la altura de tus sueños. Resiento ese comentario sobre la letrina del alma, pero me fascinas, hubiera querido que nuestra relación durase más que las otras, más que el chat con el japonés canadiense o el affaire con el fumador de chicharrón de jabalí en polvo, perdóname...

Willy: No hay nada que perdonar, María, así son las mujeres. Adieu...

.....

Willy: Hola, María. ¿Estás ahí?...

Carlos: Maríííaaa, say it loud and there´s music playing...

Willy: Me encuentro en el aeropuerto de Frankfurt, pasé el fin de semana en Escocia. Otro congreso de mierda. Los mismos programas de cable TV, las mismas mentas en la almohada, lo único que cambia en este mundo son los virus informáticos, la realidad es pura nostalgia, en el futuro nadie echará de menos la pesadez del cuerpo. Hablando de nostalgia, me alojé en el castillo donde el Dr. Frankenstein hizo penitencia. Lo han transformado en un aburrido hotel de cinco estrellas, pero en los alrededores descubrí una taberna donde sirven platos sanos, naturales, ¡salvajes!. Liebre azafranada ahogada en cerveza, los perdigones le añaden el zest, escupí dos...

Carlos: Qué puerco...

Willy: Me tragué un montón, te extrañará que a un ingeniero le encanten las ruinas, le maraville el silencio, el vacío de los páramos...

Carlos: Jesus Christ fucking shit, qué nerdo...

Willy: y la carne roja. Prófugo de hoteles de cinco estrellas, de la esterilidad de tantas alfombras que nunca ven la boca de una aspiradora, me enardece...

María: ¿¿¿¿Willy???? Qué sorpresa, qué...

Willy: ... seguir las rutas de la liebre, sorprenderla cuando está a punto de refugiarse en su madriguera, matarla de una salva de perdigones...

Carlos: Dale con los perdigones, qué atraso...

María: ... alegría, jamás pensé que volverías a escribirme, hace dos días que no sé de ti. Después de aquel sermón (suspiro, pausa)...

Willy: Dos días, una eternidad (asombro), ¿con quién hablo? Creo que me equivoqué de María. Hay demasiadas Marías en este planetita. Deberían eliminar ese nombre para que nadie más lo use... ni una sola María más, ni una Mary, ni Míriames, ni Maríes, ni Mierdíscolas.

María: Qué bueno que te equivocaste. Aunque me gustaba más quién eras hace dos días, un propietario de cabras lecheras residente en Wundowie, suena a viento y maravilla. Esa foto tuya, calvo, con la mano en la cintura, ese cielo de cinco lunas, las plantaciones de lavanda, el zigzag de los cuernos de las cabras. Sí, te equivocaste de María, por cierto, mi amiga la escritora adora tus cartas...

Willy: Horror, la María indiscreta, he vuelto a caer en la misma trampa, adiós, au revoir, goodbye, hasta nunca....

María: QUERIDO WILLY (GRITO DESTEMPLADO), foc a tu egoísmo. Siempre estás de carrerita, cagando fino en la letrina del alma, qué sabes tú de liebres ahogadas en cerveza. Confiesa que cocinas en microondas...

Carlos: ¿Microondas? Hola María. Quiero chatear contigo. Debes ser rubia y un poco bizca. Tus lentes, gruesos. Debes ser rubia como la orina de las liebres. ¿Tienes novio?

Willy: Carlos, who the fuck is Carlos?...

Carlos: Un macho, pa que tú lo sepas...

María: ¿De veras? Me recuerdas al popcorn, si el popcorn hablara usaría palabras como ESAS...

Carlos: Quiero comerme tus palabras, quiero comerte, eat you, mami...

Willy: Y yo beberte... Soy catador de vinos. Me la paso haciendo buches, metiendo la nariz en copas cerradas, escupiendo. Papá decía que ser catador es un desperdicio, como ser ginecólogo. El catador de vinos es un bebedor triste, el ginecólogo un sobón impotente. Odio al viejo, lo envenené hace unos días, con arsénico, un veneno culto. Vivo en un pueblito junto a un puente de piedra, hay buena pesca de truchas, para no hablar de un millón de liebres, tus palabras me suenan a niña, pero de ahí a compararte con la orina de un animal hay unas distancias que el decoro no cruza. Más bien con uno de esos chocolatitos M&M de color amarillo (sonidos lujuriosos)...

María: ¿Eres tú Willy? (risas). Así que has vuelto. De nuevo. Ya te había olvidado. Te has puesto más artesanal. Acaba de entender que chatear no es compatible con ese estilo comemierda de vendedor de antigüedades. Me sorprende tu inocencia, soy María, la indiscreta, volviste a caer en mi trampa. No he cumplido 18 años, no soy gruesa ni blanca ni amarilla. Nunca he comido liebres ni truchas. Soy joven, mi dieta es otra (sonrisa). No te vayas, tu turno, Carlos...

Carlos: Ni catador de vinos ni experto en computadoras: estudiante de medicina nuclear, bichita mía. Eso sí, puedo darle lecciones de fidelidad a este viejo que cambia tanto como una partícula subatómica. Apuesto a que tiene por lo menos 25 años. No se puede confiar en alguien que ha sobrevivido en este planeta la friolera de 25 años...

Willy: ¿María, la María amiga de la escritora? Mujer falsa y vulgar, cloaca de la falsedad, vagina cancerosa apestosa, arpía, yo desconozco la prisa, mis horas se alargan bajo la sombra virgen de un eucalipto centenario sobre una llanura donde el sol no se pone nunca. Víbora, tus amos, las ratas de Wall Street, no liban en mis horas inodoras. Pero tú no respetas al Poeta, ni al estado del tiempo, ni a la cloaca de tu madre. Ayer eras una de esas vaqueras apestosas de Texas que cuando se quitan las botas siembran muerte y desolación. Hoy eres una muchachita flaca y prieta (trompetilla). Adiós María, detesto tus trampas. Ese Carlos es un idiota, te merece...

María: QUERIDO WILLY, ESTOY HARTA DE TI. Me cago en tu estilo, espero que no vuelvas a cruzarte en mis chats...

Te regalo unos pensamientos de mi amiga la escritora...

La biodiversidad es el negocio del futuro...

La selva lacandona es un banco genético...

A Dupont le interesa conservarla...

Willy: Qué barbaridad, no soporto lo que escriben las mujeres... ¿Quo cohaerentia?

.....

Carlos: Ahí viene, ahí viene...

Willy: Ahí viene, ahí viene...

Carlos: No grites, coño. Se ve explotá, acabará con nosotros...

Willy: Es una webmistress sensible. Nos leerá antes de matarnos. Con tal de que copie mi receta de liebre azafranada ahogada en cerveza...

Carlos: Qué asco. Se ve a la legua que es una tipa cool, no le gustarán tus porquerías. Prefiere los chocolatitos M&M...

Willy: Silencio...

Regresa a su estación de trabajo tras fumar en compañía de Leo, el ocupante del cubículo vecino. Además de inhalar un montón de substancias tóxicas se ha llenado la vista de belleza. En un día claro de octubre, a las tres de la tarde, alrededor de la agencia, los campos de Virginia destellan los rubores del otoño, revuelcan la nostalgia del cuerpo, evocan los encantos cuestionables de una vida rústica, la aburren hasta más no poder.

 Acaba de sentarse cuando le llegan por e-mail las instrucciones precisas, un mensaje breve y cínico: “¿Qué haces que no trabajas, centella? Inventa un nuevo sistema para atrapar asociaciones pertinentes. In other words, escribe otro cuento”.

Ella escribe cuentos que sirven de señuelo para cazar terroristas y luego los lanza a los chats, esos foros sin ley donde todo el mundo miente. El otro aspecto de su oficio consiste en analizar las respuestas recibidas y distinguir las fantasías peligrosas con don de replicarse de las imposturas infértiles.

La última ronda había tenido resultados decepcionantes, aunque aquella mención de la liebre en cerveza podía ser un código secreto para nombrar un arma destinada a llevarse por el medio el aeropuerto de Frankfurt. Archivaría solamente ese mensaje de Willy.

En cuanto a los otros, acababa de recibir unas instrucciones despiadadas: exterminar los que no pudieran asociarse, más allá de toda duda, con la mentalidad pantanosa de los terroristas. El jefe le daba más importancia a organizar la fiesta de navidad que a  las miles de historias atrapadas en los chats.

Pensó en Willy, con pena.

De Carlos ni siquiera se acordó. Era un pobre hombre.

Un olvido imperdonable, que tendría consecuencias incómodas días después, ya que el patán de Carlos, hacker rencoroso, les devolvería un virus creado por los programadores de la Agencia incrustado en un poema dedicado a ella: “Amor de mis amores, sangre de mi alma, regálame las flores de la esperanza, bicha, te vua matal”... El virus se alojará en los sistemas desprevenidos, devorará decenas de cuentos y miles de poemas. En esta aburrida tarde otoñal a ella no le pasa por la mente la posibilidad de una catástrofe semejante.

Suspiro, eructo, puñado de M&M. Adiós para siempre a Willy y a sus identidades infinitas. Un golpe de tecla los hace nada. Clic. Siente frío, se pone la bufanda, cierra los ojos.

No ha aprendido a resistir el encanto de las palabras ajenas, mucho menos el de sus propias palabras. A cambio de un sueldo cómodo y de un círculo amplísimo de lectores le vendió su alma al diablo y el diablo la hizo Dios, es decir, escritora bien pagada y anónima.

A veces recuerda las casitas rosadas y verdes de Santa Isabel. Malditas.

Para dar forma al cuento del día partirá de una idea verosímil, pero no tanto: en un laboratorio de la CIA se inyectan ejemplares de una especie amenazada de liebres híbridas a fin de rastrear en sus frágiles organismos los efectos secundarios de una cerveza belga elaborada con cilantro. Un buen anzuelo que morderían, hundiéndose en las listas de sospechosos elaboradas por la Agencia, un par de ambientalistas ingenuos, de esos que bien manejados y a la menor provocación pueden tornarse en individuos peligrosos.

Empieza a golpear las teclas, a derramar el cuento de las liebres en las aguas del chat. Esta vez se arriesgará un poco más. Ya no usará el seguro apodo de María, sino un seudónimo peligroso, muy cercano a su propio nombre.

Emma Bovirtual: Hola, compañero. ¿Estás ahí? Me llamo Emma, nunca he participado en estos chats, soy desconfiada por naturaleza, pero me envenenan las injusticias. Lee lo que sigue y dale forward. Susy lapinus, una rarísima especie de liebre manipulada genéticamente por la compañía nigeriana Atacalaquellacae y abandonada luego a su suerte en las rocosas praderas de Escocia, asoladas por cazadores y especuladores sin principios, se está inoculando como conejillo de Indias, o más bien liebre de Escocia, para satisfacer la vanidad de unos científicos corruptos, de unos mercenarios bien pagados por los servicios de inteligencia del capitalismo seductor...

Está prohibido fumar en los cubículos, pero el jefe está más ausente que nunca y tanto ella como sus compañeros saben desconectar los detectores de humo. Fumar alivia cuando se padece el insoportable tiempo de la espera en la trama  amenazadora de una red de palabras rodeada de vacíos abismales. Media hora después nadie ha respondido. Leo la invita a tomar un trago y pasar la noche en un motel cercano y aunque le gusta el pelo rizo del muchacho y su desastrada forma de besarle, morderle y lamerle los pies hasta llevarla al paroxismo, le dice que prefiere terminar el cuento. Desliza los dedos sobre el teclado dispuesta a seguir inventando atrocidades sobre la cerveza y las liebres.

Aburrida con su propia escritura, se le ocurre que el tema de las liebres no le interesa a nadie. Demasiado fino, excesivamente culinario, espantosamente banal. Como escritora soy una farsante, se angustia. Dejando a un lado la horrorosa conciencia de su falta de talento, piensa que siempre hay que probar las trampas de la seducción por aquello del control de calidad y nadie más indicado para hacerlo que quien las tiende, aunque sea para ilusionarse con la estupidez de que ningún cazador las construye más peligrosas.

Temblando recuerda a uno de sus terrores, al hombre que desde su frágil condición de criatura de papel la provoca hace más de un siglo, un personaje siniestro capaz de quitar el aliento y dar la muerte con un beso. No ignora el peligro que corre cuando echa a volar los dedos sobre el teclado. Olvidando la historia de Suzy lapinus, escribe el nombre del hombre, copia las palabras de amor que quisiera leer.

Al instante recibe una respuesta que le provoca un espanto voluptuoso.

Rodolfo: Emma, Emma, apuesto a que aquellos ojos negros se te han puesto amarillos como la orina de las liebres. Al fin me encuentras, bicha...

Emma: ¿Leíste mi carta? No culpé a nadie, ni siquiera a ti.

Rodolfo: No recuerdo, han pasado más de 150 años, tenías una letra feísima, prefiero el teclado a la mano.

Emma: ¿De veras? Antes no te disgustaba que usara las manos. Te llamé para saber qué opinas sobre la biogenética.

Rodolfo: Es una buena hembra, pero tampoco sabe acariciar. Oye, no me hagas perder el tiempo. Estoy muerto, pa que tú lo sepas, bicha.

Emma: Te compadezco, no vales más que los otros. Pues lo siento, ni eso te salvará de caer en mis redes antiterroristas.

Rodolfo: ¿Terrorista yo? Estás loca, yo inventé a los terroristas...

Emma: Me da igual. Para mí eres un nombre en una lista. Escribo para engordar mi cuenta bancaria.

Rodolfo: Una cuenta que yo sabré despedazar de un plumazo. Eres una lesbiana reprimida, como todas las hembras voluntariosas. Yo te hice mujer y ahora me injurias por un motivo miserable. Aquella tarde no tenía los tres mil francos, pero ya que tanto te interesa el dinero estoy dispuesto a autorizar una transferencia electrónica por esa suma, ni un franco más ni uno menos, a cambio de que disfrutes una noche de amor con mi cadáver.

Emma: El polvo enamorado de un canalla.

Rodolfo: Tuya es la última palabra, decide.

Emma: ¿La última?

Rodolfo: Lo que oyes, la última.

Emma: Clic.

(Continuará...)