domingo, 16 de junio de 2013

 
 
 
 
 
Audioeuforia

En el cine no es verosímil un disparo sin el sonido del disparo. La imagen se hace innecesaria, el estruendo esencial. Esa calidad imprescindible de lo que entra por el oído, o de lo que la mente guarda como dispositivo al re-conocimiento es el motivo central de un libro rico en matices, contrapuntos y propuestas audaces: Audioeuforia (Terranova Editores) la colección de ensayos que acaba de publicar Félix Jiménez, profesor de estudios culturales en la Universidad del Sagrado Corazón. Hace medio siglo este volumen hubiera invadido con escándalo la sagrada familia de los ensayos de “interpretación nacional”, avalando la cita de Benedict Anderson que sirve de epígrafe a una de sus secciones: “Communities are to be distingushed, not by their falsity/genuineness, but by the style in which they are imagined”. Siempre y cuando se entienda que en Audioeuforia prevalece la imaginación sonora, valga la sinestesia.

Se diría que el horror al silencio ocupa los resquicios de nuestra sociabilidad, aquella que provocó un ensayo de Fernando Picó, una empatía que ahora parece extinta o diluida en las redes sociales.  Sobre “nuestro retoricismo” escribió Pedreira, y Palés le dedicó versos al sonido que escapa del sentido por exceso: “aristocracia de dril/donde la vida resbala/sobre frases de natilla y suculentas metáforas”, o aquella “jaula de loros tropicales/politiqueando entre los árboles”.

No obstante sus parcelas de soledad, esta sociedad que aprende y repite de oído, que tuvo una fuerte tradición oral por todas sus vertientes, articula el interés común en ocasionales brotes de  generación espontánea, con frecuencia de manera inesperada, en reapariciones sorprendentes que recuerdan una cita de Nancy incluida por el autor: “Lo visual persiste hasta que reaparece; lo sonoro se manifiesta y se va extinguiendo hacia su permanencia”. Es curioso que la etimología de noise (náusea) no arroje mucha semejanza con la de ruido (rugir). Sin embargo a poco que se piense, las dos raíces son síntomas de exceso, ambas definen nuestro entorno aural, el ventriloquismo de quien cae en trance y se deja arrastrar por las luces que lleva dentro.

Sabemos que bajo el barniz de caos, ingobernabilidad y desacuerdos la vida en la isla sigue unos rituales inalterables. Según Jiménez se trata de “ceremonias de repetición que constatan la capacidad de absorción y manufactura del ser que, al sonar, se sintoniza y se transmite a la vez”. Es un nivel invisible del poder y de las resistencias al poder. Jiménez menciona cómo la música se ha utilizado para construir la "ciudadanía músical" de los franceses, por ejemplo, y de los israelíes. Aquí los intentos van y vienen como aves migratorias.

Recuerdo una marcha silenciosa. Recorrimos las calles de San Juan confundiendo a los transeúntes, pues para colmo de silencio ni carteles llevábamos. Tan intervenidos estamos por el ruido que su ausencia derrumbaba paredes y reescribía callejones. La marcha pasó al olvido, no recuerdo ya contra qué protestábamos.

Jiménez acota el territorio ocupado por el horror al silencio y nos entrega un libro de inagotables sugerencias, de registros minuciosos. Los usos publicitarios (aquel icónico anuncia de las pinturas Harris que se proyectaba en los cines con su jingle amoroso al verde quenepa y al azul de los adoquines); el ruido moneda, la publicidad, el fanatismo deportivo, el abucheo planificado, el totalitarismo de un estado cuya legitimidad se olvidó; la imposibilidad del silencio, la tiranía del ruido de los altoparlantes de las sectas cristianas; el tema del ruido en la literatura (Hunter Thompson y Luis Rafael Sánchez; yo añadiría la oreja gigantesca inscrita en La noche oscura del niño Avilés, de Rodríguez Juliá); la caída estrepitosa de la orquesta del pabellón de Sevilla; las voces que oía Lolita Lebrón en su celda. La isla experimental, asediada por objetos voladores no identificados que responden a los ruidos del observatorio de Arecibo es un campo de fuerzas, como expresa la hermosa metáfora de Juan Carlos Quintero Herencia: “una fruncida superficie montañosa, una suerte de esponja levantada”.

Adorno  a propósito de Stockhausen: “la música avanzada no tendría otra verdad que la de ser tan espantosa como el mundo en que es escrita”. Quizás de la cacofonía de nuestros cuerpos sónicos se desprende una música intemporal que invita a interpretarla. Aquí se fundó una de las primeras estaciones de radio; aquí existen 112 estaciones de radio en 10,000 kilómetros cuadrados. Lo escrito se lanza a su suerte en una isla donde el libro es casi una afrenta, una humillación, e incluso un talismán espantador de ladrones, útil para dejar abiertas las ventanas del automóvil sin temor a que se lo roben. Y sin embargo, Audioeuforia es libro, ese artefacto inquisidor que despliega en un movimiento descriptivo y enlaza en el haz de una teoría unificadora lo fascinante y temible de nuestras voces, las que demasiado pronto se rinden ante la música de las propuestas totalitarias o gregarias, mientras se cierran a la escucha de registros más finos. En Félix Jiménez hay un oidor sin autoritarismo, cuyo entusiasmo de nombrar y sonorizar no establece jerarquías; un analista pionero de ondas sonoras y síquicas, una enciclopedia del sonido y sus ámbitos: desde la a de las aceras hasta la z de Zizek.