viernes, 16 de mayo de 2014

En la sombrerería




Raquel no se imagina que dará a luz a un poeta en 1883. Alice le ha leído las cartas y el demente Ludovico le ha contado sus sueños eróticos. Sabe que está llamada a grandes cosas, pero presiente que las grandes cosas serán obra suya, no de un hijo. Ha visto que algunas mujeres pintan y lo hacen con el reconocimiento que los pintores les otorgan. Ha visto algunos cuadros de Berthe Morisot y Mary Cassat, no desconoce que son mujeres adineradas, pero no le preocupa demasiado, porque ella está en París, el centro del mundo, y su maestro la elogia diciéndole que su venenosa mezcla de verde parís es insuperable. Hoy, además, piensa en la Exposición Universal que acaba de inaugurarse en Trocadero.  Y sueña con sombreros.
Casi sin transición, como para intentar lavar las calles de la sangre de 30,000 muertos, París se transgenera en la ciudad más femenina del mundo. De capital de revoluciones y matanzas, pasa a ocupar el sitial de reina de la moda. Donde se quemaron panaderías y talleres se levantan tienditas donde trabajan muchachas rozagantes, campesinas de piel de leche, que se frotan las manos encallecidas y ulceradas por las labores previas con ungüento  Genevieve:

Aceite de oliva   240 gramos

Trementina  80 gramos

Cera amarilla 40 gramos

Alcanfor 15 gramos

Sándalo rojo  10 gramos

El sombrero es el nuevo emblema alegórico de la ciudad que modernizó las decapitaciones como escenarios de justicia. Cada sombrero guarda su diferencia de auténtica obra de arte. Los elementos son pocos, las combinaciones numerosas. El molde donde se coloca el fieltro o el casco de paja tiene forma de cabeza cortada. Los sombreros terminados se exhiben en torrecitas de madera, como se mostraba la cabeza cercenada de un noble en la punta de una pica. La guillotina, fabricante de sombreros ausentes, se anunciaba como un artefacto aséptico de la revolución industrial. Casi un siglo después de las decapitaciones, la Plaza de La Bastilla se llama Plaza de la Concordia. Las cabezas cortadas adornan vitrinas.

La sombrerera es una mujer, aunque el propietario de la sombrerería pueda ser un caballero perfumado con esencia de lavanda. Antes de confeccionar un sombrero, la artesana tiene alguna idea de lo que le irá bien a la clienta y acceso a materiales: la base redonda, que se coloca sobre el molde ajustado a las dimensiones de la cabeza exigente, puede ser de terciopelo de seda; ristras de festones enrollados de donde cortar cintas anchas, maleables, azules, doradas, anaranjadas; cajones de madera, generosos como la alacena de un botarate, repletos de cortes de tul liviano con que forrar la paja olorosa o formar flores de pétalos pesados; plumillas de ganso o faisán, plumas teñidas.

Alice Monsanto decide que el oficio de sombrerera le conviene a Raquel. En el tiempo que lleva viviendo con sus primos ni siquiera se he echado un novio que la saque a pasear en domingo. Tiene aires de grandeza, quiere ser artista. Gana medallitas en la Académie, pero no se decide a empeñarlas. Alice apenas alcanza a evitar que Ludovico preñe a la primita y a la sirvienta. Porque tienen doncella los Monsanto de Bretaña y Saint Thomas. Alice la trata a patadas. Las doncellas solo sirven bien si se las trata a patadas, eso lo aprendió Alice sin ser gran señora.

 

Alice conoce a una sombrerera y un día va con Raquel al lugar donde trabaja. La sombrerera es una pintura de Tissot: cara larga, llena, rizos rubios recogidos en un moño, ojos del color de la albahaca en proceso de deshidratación, con un reflejo de tristeza, diadema del tono albaricoque natural de sus labios, sonrisa discreta y cálida cuando despide a una clienta con afabilidad sin olvidar el lugar que le corresponde por destino de nacimiento. Hasta hace poco era una mujercita del campo, que llegó sin idea de dónde estaba el Sena. De cómo Alice la conoció revela bien el temperamento señorial de las francesas criollas. Fue en el mercado, donde la futura sombrerera picaba cabezas y raspaba agallas de pescado. Alice notó que en vez de un pañuelo, como los demás, lucía una gorra de fieltro bordada. La hice yo, dijo la muchacha. Usted tiene talento, comentó Alice, que algo sabía de artistas. La próxima vez la vio a través de una vidriera, muy bien puesta, con el pelo limpio, como si la hubieran estregado bien y puesto a secar. La mujer no solo la reconoce, sino que le da las gracias por confiar en ella y les pide que pasen a la trastienda.

Determinar la anchura del ala, pensar que la cara más insignificante, así pequeña como la tuya, Raquel, puede hacerse enigmática al sesgo del ala ancha del sombrero. En tu caso, discreción ante todo, asegura Alice. Templanza al escoger los adornos. Muy pocos, llenarte de adornos sería como apilar torres sobre un dedal, eres pequeña. Pudor, silencio, dignidad, los adornos de la pobreza respetable. El arte del sombrero puede ser más peligroso que el arte de manejar abanicos. Los abanicos no se hicieron para ti. Tus manos no son hermosas, que pena de manos. Palmitas anchas, deditos cortos. (El hijo poeta estará de acuerdo: her ungainly hands.) Una cara pequeña, sin duda una gran inteligencia. Tienes las uñas manchadas. Soy estudiante de pintura y asistente de pintor, dice Raquel. Lo que tienes que hacer es pintar un paisaje con playa y palmeras, dice Alice, para que traigas pan a la mesa. Aquí somos artistas, todo lo hacemos a mano, dijo la sombrerera. Esas máquinas de hacer sombreros, industriales, ya las  verás, ¿ya fuiste a la exposición?, parecen prensas de carpintero.

Raquel se interesa en lo que dice esta muchacha de manos resecas que habla con más sensatez que la primita. Sabe cómo tolerar la crueldad de Alice, sin malicia, porque sobrevivir no es malicia sino mandato de la naturaleza.  En París se viene a estudiar y a hacer grandes obras. Su maestro pensará que el verde parís es el destino venenoso de la isleña. Ella sabe que la ceguera es el destino del maestro. El maestro no ha salido jamás de una ciudad capaz de matar a sus hijos con frivolidad. El maestro todavía puede enseñarle algo, pero no mucho. En cambio esta muchacha algo tiene en común con ella, no obstante el hecho de que los padres de Raquel fueron propietarios de esclavos y la muchacha es descendiente de siervos. Es cierto que el mundo tiene medidas. Minúsculas o lejanas, da igual. Quien toma la medida de una cabeza tiene la misma obsesión del que toma la medida del mundo, o la medida de una línea llamada verso. Ajustar, encajar, ponderar, es decir achicar, sobrevolar, reducir al tamaño de una mano lo que no es posible entender.

Esto no acabaría de comprenderlo Raquel hasta los intentos de escapar de su prisión de vieja en Rutherford. Sí le inspiró simpatía la situación de la muchacha que le tomó la medida de la cabeza. El descubrimiento fue mutuo. La muchacha no sabía leer, pero su amante sí. Su amante era una mujer que se ganaba la vida alargando las esperanzas de las tenderas. Leía manos, palpaba cabezas. En la cama con la muchacha se reía de las palabras que hacían llorar a las esposas de los carniceros. La sombrerera se sintió inspirada. Les dijo que con lo que sabía de cabezas podría ser frenóloga. Palpando las depresiones y protuberancias de Raquel adivinó un talento para las palabras. Si te las tragas mueres, dijo. Te equivocas, dijo Alice, celosa. Esta muchachita sabe algo de dibujo y de música. Cuando pinte un paisaje con palmeras nos sacará de pobres. Pero si apenas habla. Solo toca el piano. Vamos a perder el piano si no se despabila. Y si vieras las muecas que hace. Es nativa de una isla, Puerto Rico, donde abundan los monitos.

Monos no, dice Raquel. Frutas sí, y más sabrosas que las ciruelas. De veras, dice la chica. A ver, muéstrame. Raquel dibujó frutas que la sombrerera no conocía y no tan solo porque su familiaridad se inclinaba al oficio previo de vendedora de peces y frutos de mar, sino porque las frutas que dibujaba aquella mujercita graciosa eran de un lugar tan preciso que no viajaban bien. El sabor del mamey se parece al del albaricoque, pero el de la quenepa no se parece nada más que al paraíso.  La quenepa tenía el tamaño justo para adornar sombreros parisinos. La muchacha guardó los dibujos e incluso diseñó para la duquesa de Abrantes un sombrero campestre con quenepas. A Raquel le prometió un sombrero y una carrera si se hacía su aprendiz. Pero tu verdadero talento no está en las cabezas de los demás, sino en la cabeza propia, persevera en la pintura y quizás algún día podrás ilustrar las novelas de Zola. ¿Pero te gusta Zola, ese depravado? No le hagas caso, Raquel.

No le faltaba a Alice una pizca de razón. La persona más equivocada siempre tiene una pizca de razón. Entre limpiar las brochas de Carolus-Duran y exponerse a la muerte por envenenamiento con verde parís o estudiar un oficio que llevaba el signo ascendente de los tiempos, ni siquiera había que pensarlo. Las burguesas no salían a la calle sin sombrero, era el velo árabe de la opulencia, la manifestación enarbolada del poder de sus maridos. Las muchachas trabajadoras y las estudiantes como Raquel hubieran hecho bien en servirse de la fiebre sombrerera. A ella misma le asombró su respuesta. Sueño con ser una gran artista, dijo, con tan inusitada seguridad, que Alice se tragó las palabras. Con el tiempo y en contacto con la economía capitalista más adelantada de la historia, como decía William George con leve ironía, Raquel descubrió que una mujer puede ser más pequeña que su sombrero. Para ir a la iglesia o de tiendas no se puede prescindir del sombrero. Su favorito –alargaba el contraste de su gracia entre bastas anglosajonas– era una cascada de encajes negros.      
 
(De mi novela Raquel en Rutherford, en proceso.)