jueves, 30 de junio de 2016

A special relationship: Aguirre



Aquí hay influencia francesa, y hasta holandesa, comentó, como si les leyera el pensamiento. Pasó a explicarles las diferencias entre los encajes: Este que ven es un sol de Naranjito, una versión más sencilla del sol de Maracaibo. Las mejores familias han transmitido sus conocimientos ancestrales – fueron muchas las que huyeron a Puerto Rico para escapar de los bárbaros comandados por Bolívar. Las labores de aguja se enseñan en los asilos, en las escuelas públicas y en las particulares. Alice conoce bien a la señora Francisca, dama ilustre que dirige la escuela pública superior de una ciudad llamada Ponce. Abre el baúl, Sturgis. Estas señoras han visto lo que el ingenio puede imaginar, pero no el prodigio. Esta pieza que Alice les explicará, no tiene igual en la faz de la tierra. Abre el baúl, Sturgis, pero no lo toques. Tus manazas no se hicieron para acariciar exquisiteces.  
Tenía razón Mary Crowninshield: las señoras no habían visto nada igual. El soporte del prodigio era un rectángulo de seda tornasolada que reflejaba tonos de azul, desde el celeste hasta el marino, vacilante trasfondo que acogía hilos simuladores de la sombra de un árbol de flores rojas como brasas, menudos puntos de cruz en seda. La casa grande,  sobre un promontorio de hilos reticulados, reflejaba, por las capas de su hechura, las imposibles tonalidades del blanco. El conjunto evocaba la central Aguirre, con su chimenea, mansión señorial bajo árbol de fuego, mar de las Antillas. Escamas de peces insinuaban el humo nacarado; caracoles minúsculos, la arena de la costa. Para formar las crines de los caballos que pastaban en la llanura junto a las casuchas, y el rabo del perro rubio, se habían empleado hilos más gruesos que la seda, pero igualmente lustrosos. Sturgis donó los restos de un recorte, dijo Alice, mirándolo con arrobamiento. Las damas no disimularon su asombro ante la imprudencia de la muchacha que había puesto en manos salvajes un mechón de la cabeza del marido. Las Forbes, las Leland, las Cabot-Lodge, descendían de reverendos quemadores de brujas. El descuido de Mary Crowninshield, el no haber advertido a su hija sobre las consecuencias, les pareció lamentable. Cómo no me di cuenta, piensa Alice. Aquella mujer se enamoró de mi Sturgis, Juana, la muy bruja. 
Para las labores de aguja hechas por las manos de las huérfanas y solteronas ponceñas sí  había un mercado excelente. No hay temor que nuble el cielo de una buena ganancia. Doña Mary sacó de su bolsa la ficha ganadora, unos planos muy bonitos. Los desplegó sobre su falda antes de colocarlos en la mesa. Eran diseños de trajes adaptados a la vida veraniega en las bulliciosas costas de Newport, o Martha´s Vineyard, patrones para vestidos de algodón e hilo.  Son sencillos, los propone una amiga de Alice, la señora Carmen de Infiesta. En los puños y alrededor del cuello y sobre el pecho llevarán encajes bordados y tejidos por mujeres puertorriqueñas. Ya ordené uno para mí. A manera de broche, en el cuello, añadiré una broma, un guiño, una exquisita miniatura. Ya verán cuando lo estrene.

El presidente McKinley mostraba interés en las servilletas y los manteles hechos en Puerto Rico, concluía la señora, guardando el plano, antes que la de Forbes lo tocara con sus dedos amarillentos. Unos años después, el presidente Roosevelt, -con pareja imprudencia  escribía libros o tomaba por asalto promontorios dominados por pérfidos españoles degenerados y liberaba señoritas desfallecidas- auspició el proyecto de los trabajos en aguja de las damas ponceñas, encajes para cuellos y puños, tapetitos y manteles. Ordenó, cuenta doña Mary en sus Reminiscences, un juego de manteles y servilletas para la Casa Blanca: la auténtica Casa Blanca. El diseño mostraba “a special design of an eagle, suggesting the United States insignia”. Puede que en algún depósito de Washington DC se conserven las águilas de encaje. Según la cronista, la mantelería cosida en la isla “became popular in Washington, and was purchased quite generally among government officials”. Crowninshield tenía talento para el dibujo y sensibilidad de modista. Cuenta que se vendían bien los trajes diseñados por ella, hechos en Puerto Rico. En su casa de veraneo en Mattapoinset abrió “a sort of shop”. Un verano vendió $4,000 en labores de aguja. Antes que el mundo llevara la indeleble marca de propiedad de los descendientes de las Forbes y las Cabot-Lodge,  Mary Crowninshield hizo pininos de empresaria global : “One design I made for the Porto Rico work, for a centre-piece, proved also very popular, especially with our family, as it had a crown with a shield on it. I met with one of these in England, at Sheen, Lady Wood´s house”. El negocio filantrópico prosperó hasta la muerte de Sturgis, cuando el mundo de Alice se detuvo en una parada de rencor hacia la isla.