viernes, 30 de septiembre de 2016

Turner en Aguirre






Alice Hooper le atribuía virtudes espirituales. De cómo la imagen de una matanza puede asimilarse a la elevación espiritual describe la sensibilidad de la señora y de su tiempo. No se lo dejó en herencia a su hermana, sino al marido de esta, Thornton Kirkland Lothrop.
Cuando el cuadro de Turner pasó a  la residencia de los Lothrop, venciendo la inquietud de los sirvientes y la incomodidad de la mujer de la casa, William Sturgis Hooper Lothrop era un niño. Su infancia transcurrió al margen de la pintura que su padre contemplaba con un trago de bourbon en  mano y la chalina desajustada. Los males de nervios de la señora  coincidían con los traslados al desván, o el sobresalto de verla de nuevo sobre la chimenea, o en el comedor, o en el dormitorio del marido. La carne negra es más apetecible para los tiburones, esa es la lección moral de los trópicos, muchacho.
Quizás como regalo de bodas del padre, William recibió en herencia la pintura más notoria de Boston. Las hay más emblemáticas y entrañables, pero ninguna la supera en extrañeza. El título mismo no puede ubicarse en un mapa de miradas alentadoras: “Slavers Throwing Overboard the Dead and Dying – Typhoon Coming In (The Slave Ship)”.


William se casó con Alice Bacon en 1890. Cabe imaginar que “Slave Ship” se exhibió en la residencia del matrimonio joven, a unos pasos de la habitación donde nacieron los hijos de William y Alice. Sonsacado de las dimensiones poderosas de la casa del viejo Thornton, en Commonwealth Avenue, el cuadro de Turner duplicó la fuerza alucinante que sedujo a su primer propietario, el criticó John Ruskin. Invadió con sus luces el respaldo de las butacas, la mesa de nogal fabricada en el Salem de las brujas que la madre de Alice, coleccionista de antigüedades americanas y descendiente de una familia ilustre, les había regalado con ilusiones de abundancia. No la quiero en esta casa, dijo la madre de Alice. Sobrada sensibilidad tenía para captar la relación entre los objetos que con absoluta ignorancia y desafortunada inocencia formaban la colección doméstica de los muchachos. Esa pintura arrastra una maldición. No le veo nada edificante, solo sangre, crueldad y el muslo desnudo de una desgraciada. En nuestra familia siempre hemos sido antiesclavistas, aunque no abolicionistas, y mucho menos gente disoluta. Ustedes son un matrimonio moderno, William es banquero y hacendado, la época es un sol que amanece para todos, esta imagen es de cuando el diablo andaba suelto. 
William exploraba oportunidades comerciales en Puerto Rico. Alice, afectada en su sensibilidad por las aprensiones de la madre, detestaba la prepotente tiranía del cuadro en la sala pequeña. En uno de sus viajes ocasionales a Boston, William recordó las amargas diferencias de sus progenitores. No olvidaba que su madre lo reclamaba como herencia, porque solo la más injusta de las leyes podía decretar que su marido tuviera más derecho que ella a heredar una obra que había pertenecido a su hermana, una mujer libre. William se propuso resolver la situación sin dilemas sentimentales. La época no era auspiciosa para conservación de antigüedades, sino propicia para inversiones útiles. Tras consultar al padre, que le expresó su consentimiento en silencio, William vendió la pintura al Boston Museum of Fine Arts por  la suma de $60,000. Cabe imaginar que el producto de la venta le permitió aumentar su participación en una modalidad distinta de la explotación azucarera. Los terrenos de la Central Aguirre fueron abonados por la desconcertante obra de Joseph Mallord William Turner. 

Tuve un encuentro con ella el 8 de noviembre de 2015. Ese día me reuní en el Boston Museum of Fine Arts con Dolly Vázquez, una amiga que reside hace años en Worcester. Recuperamos durante el almuerzo escenas de nuestra niñez. Hablamos de la muerte de mi hermana, de la enfermedad de una de sus hermanas. Nos despedimos. El Boston Museum of Fine Arts se me impuso como una mansión repleta de objetos sin mapa que permita ubicarlos. Luego supe que no se le dotó de presupuesto para contratar guías que orientaran al público y velaran por la integridad de las piezas. Nunca he estado tan cerca, a un cuerpo de mutilarlas, de tantas cosas insustituibles. En la multitud de espectadores, algo me arrastró hacia una joven que me guió, subiendo escaleras y atravesando una serie de galerías decoradas con imágenes de muertos y de sus mundos, hasta que, al voltear una esquina me encontré de frente con el cuadro. Qué blanco es, qué blanca es esa luz, qué blancos los tonos, algo así le comenté a la muchacha, que desapareció llevándose la sonrisa.  

sábado, 24 de septiembre de 2016

Barriles chinos






Esta semana, entre luces y apagones, me di una vuelta por Aguirre. Es el escenario de la novela que escribo. Le debo lealtad, le tengo cariño. Pasé por el campo de golf. Uno de los trabajadores me dijo que sintió la explosión que causó la avería en la termoeléctrica. Otro comentó que ya tenían luz, y que el ruido de la planta, que a mí se me hace insoportable, a la gente del barrio ya no les molesta. Tampoco le hacen mucho caso al humo. Pasé luego por la placita Kennedy. Le pregunté a un señor si en el árbol parlante que le daba sombra anidaban loros, y me dijo que sí. También me comentó que años atrás, cuando se fabricó la planta, entre los técnicos que la construyeron había un grupo de japoneses. Cuando la planta prende el ruido que hace es como cuando le ponen nombre a un bebé chino, me dijo. Echan a rodar unos barriles y según el sonido que hagan, escogen el nombre. Había cambiado de japoneses a chinos sin escrúpulo alguno. Con pareja fluidez retomó a los personajes japoneses y comentó que quienes construyeron la termoeléctrica habían enterrado un Buda para que dejara de llover, porque en Aguirre llovía demasiado y eso atrasaba las obras. Hay que encontrar ese Buda y desenterrarlo, me dijo. Ahora no llueve nunca. Esto es un desierto.



lunes, 19 de septiembre de 2016

Henry James







(Comienzo de un capítulo de la novela que escribo sobre la central Aguirre. En ese capítulo, el personaje Henry James visita Aguirre por el año de 1903).

.Comparto el culto jamesiano de Nilita Vientós Gastón, autora de Introducción a Henry James. Recuerdo que Nilita lo pronunciaba Jane y que lo había leído con esmerado fervor. Busqué el libro de Nilita en la biblioteca universitaria de Cayey el día de una asamblea de estudiantes.  Se palpaba la inminencia de un paro. Como quien tiene derecho a opinar, expresé que la situación no era para menos. Amenaza de huelga es amenaza de movimiento en una atmósfera social de manifiesta apatía e impunidad, que replica en esta otra colonia los efectos del “olvido prolongado” advertido por Glissant en su isla natal de Martinica.
Nilita vivió en años de confrontaciones armadas y persecuciones que se prolongan en el olvido; la insurrección del 30 de octubre de 1950, el arresto de miles de nacionalistas. Parecía otro país sin serlo. La condición de pueblo esclavizado que hoy ya no puede ocultarse se disimulaba entonces en escenarios retocados para la representación de un artificio.
El libro de Nilita fue publicado por la Editorial Universitaria en 1956.  Supongo que ella misma tradujo párrafos de las novelas, de los cuadernos, de los prefacios de James. Es lo que el título indica: una síntesis de lecturas, un panorama expresivo y amable, escrito en prosa llana y con timbre firme. Cultivar a James no requiere más propósito que el de adentrarse en una escala de tonos medios, tan sutilmente afinados en su singular frecuencia como las menudas distancias que capta un oído absoluto. Respondiendo a textos escritos en su propio registro de empatía, Nilita se situó frente al autor con la sencillez de quien reconoce a un interlocutor, mostrando una disposición que tuvo desde niña y conservó siempre (la infancia es patria de los lectores, acaso más que de los poetas) y que ella reconoce en James: un “asombrado entusiasmo”. Inmediatez quizás algo provinciana, sí, pero ajena al mal gusto de los nuevos ricos que medraban al amparo de la buena vida de entonces y lejanísima de la flaccidez mental de los criollos “de casta”. Tal desenfado, impensable en críticos de enrarecidos cenáculos patricios en otras capitales latinoamericanas, medió en sus lecturas del novelista con quien compartía el esnobismo que podía permitirse: el escandalizado horror que le provocaban las tendencias anti intelectuales de la sociedad estadounidense, las que denunciaría Richard Hostadter en su libro Anti-intellectualism in American Life. La familiaridad con que Nilita hizo suyos temas contemporáneos de la alta cultura modernista, su prolongada presencia en el periodismo cultural inteligente, la revista que armaba sin dinero, el rol de maestra universitaria y ateneísta, en nada evocan la melancolía del intelectual de país pequeño, pobre, e intervenido, de escasas riquezas mal repartidas.


No sorprende que Nilita citara la opinión de James sobre el presidente Theodore Roosevelt, como quien suscribe la visión del “americano” bárbaro, repetida por aquellos años en la puesta en escena de Los soles truncos, de René Marqués. Entre Roosevelt  y James había diferencias de clase y temperamento. Roosevelt heredó de sus padres una fortuna acunulada a la par con el crecimiento de la ciudad de Nueva York. También heredó una salud frágil, superada por una voluntad de aventurero con vocación de naturalista, explorador y cazador asesino. A Henry James lo tildaba de “amanerado” y “miserable little snob”. James, que vivía de lo que ganaba con la venta de sus libros, confeccionaba sus insultos a la medida, pero en su caracterización de Roosevelt se atuvo a la denuncia política, al referirse al Presidente como “a dangerous and ominous jingo”. (Edith Wharton, a Biography p. 144).
Comparto con los maestros Nilita y James una tesitura peligrosa (en mí, no en ellos) de cuerda floja tensada sobre la falla entre lo sublime y su “vecino íntimo” (la frase es de James). Nilita quiso ser cantante de ópera. Entiendo el gusto por la escritura musical de grandes pasiones desenfrenadas. James, sin embargo, escribió acerca de pasiones superadas, inolvidables, selladas con discreción.  Nadie ocupó mejor que él, sin rendirse al melodramatismo, los espacios (recorridos con nostalgia y nobleza de espíritu) que evocaban la figura extinta de la solterona curtida en el ejercicio del emersoniano “self-sufficiency”, mujer leal a una pasión imposible, a un principio más deseable que el placer. 



En la primera década del siglo XX, James recorrió varias ciudades de su país natal, de norte a sur: Newport, Boston, Concord, Salem, Nueva York, Filadelfia, Baltimore, Washington, Richmond, Charleston y Jacksonville (Florida). Las crónicas del viaje se publicaron en un libro: The American Scene. Tal vez por ser obra menor, el artista que construía múltiples miradas para caracterizar a sus personajes centró el lente en su propia sensibilidad al descubierto. Los espectros de experiencias anteriores en los lugares reencontrados tamizaron su mirada. La veladura suele ser decepcionante y melancólica, salvo el caso de espacios sagrados por la elemental manera de ser originales, dignos en su candidez (como la inalterable villa de Concord, la de la célebre batalla revolucionaria, la del célebre Emerson).
A James se le tenía por traidor a la patria a causa de su exilio voluntario, sobre todo tras la publicación de su exquisita biografía de Hawthorne, que solo salvaba al novelista de los siete gabletes por la transparencia de cierta ingenuidad encantadora en el campo de una literatura nueva, cruda y rústica. Marion Hooper Adams (la esposa de Henry Adams, parienta del malogrado Sturgis Hooper Lothrop, la fotógrafa, a quien James distinguía con una particular simpatía, y que para consternación del círculo de los Adams, se suicidó con los líquidos de revelar de su cuarto oscuro) criticaba el anti patriotismo de Henry en cartas a terceros.



Justo para la época en que el imperio de las franjas y las estrellas ocupaba los territorios donde no se pone el sol, se dio el reencuentro del expatriado Henry con los Estados Unidos. En una escala del viaje, en  un hotel de Charleston donde el conserje negro (“negro porter”) “put in the mud the dressing-bag I was obliged a few minutes later, in our close-pressed company, to nurse on my knees“, desenredó un hilo nostálgico del amasijo de impresiones que guardaba en la memoria. A Henry le choca la aparente incapacidad del sirviente, al confrontarla con las estampas del desaparecido sur de plantaciones señoriales, donde los negritos competían por el honor de cargar las maletas del amo blanco. El racismo de James, la cordialidad de James, cómo desenredar los hilos y calibrar las correspondientes reverberaciones. Alguna clave debió proponer James Baldwin, quien leyó mucho a Henry, como deben leer los escritores a ciertos monumentos. Además de la genealogía del expatriado, Baldwin admiraba el oído perfecto de James. El solitario Henry no hubiera imaginado la simpatía de Nilita Vientós Gastón, ni la importancia de sus novelas para un autor negro nacido en Harlem. En una de las numerosas entrevistas que otorgó, Baldwin añadió una clave insólita al enigma de la lección del maestro: “I think I really helplessly model myself on jazz musicians and try to write the way they sound. I am not an intellectual, not in the dreary sense that word is used today, and do not want to be: I am aiming at what Henry James called «perception at the pitch of passion».”


miércoles, 14 de septiembre de 2016

Principios





(Fragmento mínimo de una entrevista que me hizo Paz Balmaceda en 2010. Se publicó en el libro 18 novelistas latinoamericanos. En Puerto Rico hay dos ejemplares de ese libro.)


Quisiera que conversáramos un poco sobre la escritura. ¿Desde dónde planteas una novela? ¿Cuál es el punto de partida?

El punto de partida de una novela no es un punto. En todo caso es una convergencia, o una constelación. Ahora, mientras concluyo este intento de respuesta, a las 11:47 a.m. del 25 de julio de 2010, ratifico la metáfora de una constelación de cuerpos que se corresponden. Esa metáfora elige definir la escritura (y por supuesto la lectura) como un lugar de encuentros, al que nos lleva el deseo de integración –regresivo, pueril- que le adjudicaba Walter Benjamin al instinto mimético. El comienzo de un relato es la entrada en esa convergencia.

Una de sus corrientes, quizás la más engañosa, es la biografía del autor. Podría decir que me planteo una novela desde el lugar de una mujer que nació en un pueblito del interior de una isla caribeña el día en que comenzaron los juicios de Nuremberg. Eso es para ponerle los pelos de punta a cualquiera, la imagen de mi madre, casi una niña, pariéndome en un hospital de un sitio irrelevante donde además había una base militar de los Estados Unidos, el día que comenzó el proceso cuyas revelaciones, según Adorno pondrían fin a la poesía. Por suerte, al margen de ese espanto, transcurría la celebración del fin de una guerra.




La isla es una colonia “clásica”, un país totalmente dependiente, donde la estética Disney esconde violencias. Un incoherente enclave colonial que se concibió como “escaparate de la democracia”, como puente invisible entre el Norte y el Sur, y que con el tiempo colapsó como modelo y ahora forma parte de otra red global: la economía del narcotráfico. Este estado colonial, tan premonitorio de lo que pasaría con las culturas nacionales en la economía global, ha sido una prisión, y también una cantera para una escritora que, además, maneja una lengua literaria que no es la lengua viva de su país, situada en un momento del mundo, en una literatura menor, a la sombra de literaturas mayores. Ella vivió la euforia de las contraculturas de los años sesenta, una corriente crítica de resistencia cultural. La marcaron la herencia de los modernistas, la cultura pop y una fe candorosa en la autonomía relativa de la literatura.

Esos contextos de la enunciación son lugares conjeturales para plantearse la escritura de una novela. Orientan el trazo que nunca llega a completarse, como en la parábola de Calvino, un escritor cuyas propuestas han tenido validez profética en cierto modo de entender la literatura.

¿Cuál es tu punto de partida? Lo que se pierde. Lo que se olvida. El olvido es parte del pacto de escribir. Las novelas de un novelista son una sola novela con variaciones. La novela que alguien es capaz de escribir está hecha ya, como el código genético y los condicionamientos de la historia, pero sólo un dispositivo es capaz de exteriorizarla. Ese dispositivo es un texto primitivo, un estímulo inquietante, un enigma, una provocación, una irritación, un deseo, una realidad entrevista. 

Desde esa clave se plantea una novela.

Si recuerdo sus efectos, esa clave tiene una frecuencia alta, extática. El camino de la escritura es la vía de la impotencia, pero el principio siempre es el gozo. Incluso cuando se plantea con la necesidad urgente que causa un desgarramiento, una experiencia dolorosa o devastadora, la clave de entrada está en una frecuencia alta, en un ritmo vivaz. Algo muy parecido a esa sensación de amparo que muchos niños no sienten nunca.

Hay relaciones entre la música y la escritura de una novela. No sólo en la estructura, aunque se hayan compuesto piezas musicales conforme a la estructura dramática, novelas sinfónicas y novelas que son piezas para un solo instrumento. Reviso la imagen de la constelación para añadirle música y movimiento.

Esto no tiene que ver con la magia, aunque parezca mágico y en cierto modo lo sea. Las modalidades de la conciencia tienen correlatos neurofisiológicos. La actividad del cerebro, que es un hacedor de ficciones, marca frecuencias de tono y ritmo. Narrar, disponer acciones en el tiempo, es una de sus funciones, un modo de organizar la experiencia. El placer engañoso de las ficciones es otra. El cerebro es un gran seductor, el poeta camaleónico de Keats.

El lugar de partida de una novela es una invitación a recuperar el principio del placer, que a la postre se estrella contra la realidad doliente de su insuficiencia. Afasia, fracaso, recurrir a una lengua escrita, inerte. Ese principio del placer es una máscara que encubre el entorno miserable, que lo sustituye con la esperanza del conocimiento, de la comunicación. Lo que queda de ese momento, el libro, es el fósil de lo que fuera una experiencia vibrante. Siempre hay algo patético en ese libro, las huellas de una componenda. Pero su principio olvidado deja una resonancia en el texto.

Uno de los riesgos de la escritura es la propensión a la utopía, la consolación escapista (Bataille). Otro riesgo es su contrario aparente, la estridencia efectista. Veo en la mejor escritura una mezcla de distanciamiento y rigor, de compasión y frialdad insobornables, o que en todo caso sólo puede sobornar la arrogancia, la ilusión del éxito. Entonces, paradójicamente, aun al precio de disolver esa unión con el otro, es preferible destruir lo hecho, ocultar lo que no debe asimilarse, degradarse, sobornarse. Desde esos lugares extraños todavía puede plantearse una novela. 


jueves, 1 de septiembre de 2016

Borinquen Fields




Quizás por mi edad, y por la vuelta al 1898 (la experiencia que una junta dictatorial nos regala, ubicándonos en una máquina del tiempo, en viaje de regreso a la época de las colonias clásicas y las escrituras de Kipling y Stevenson, venerados por Georgie Borges) he tenido la experiencia, paseando ayer por el pueblo, de que me encontraba en los años cincuenta del siglo anterior, cuando las mujeres familiares eran flacas, pequeñas, ajadas, con melenitas hasta los hombros, caras largas de pómulos salientes y sonrisas acogedoras. 

Hoy desperté buscando archivos de novelas no natas, de proyectos abandonados. Encontré ocho páginas de Borinquen Fields, un relato que hubiera intentado reconstruir la comunicación triangular que existió durante la segunda guerra mundial entre la base Ramey de Aguadilla, la ciudad de Recife en Brasil, y Dakar, en Senegal. Comparto las líneas iniciales de dos capítulos ambientados en Dakar,  mismos que me había propuesto escribir a imitación de la novelista Amina Sow y el cine de Sembene. Dedico el corte minimalista a Bruno Soreno.  

Capítulo III
Qué feos son los mendigos, piensa Amina, y qué raro que los festejen tanto hoy y que los desprecien tanto el resto del año. Para que se cumpla el destino de tu padre es imprescindible agasajarlos. Sólo merece la riqueza quien es generoso en sus dádivas. Pero nosotros no somos ricos, ni comemos tan bien, responde Amina. En el bautismo de Kia no se consumieron golosinas ni arroces con carne y mucho menos estas cantidades de nueces de kola. Justamente, niña. No hables más y sirve.
El calor acentuaba la espesura impenetrable de los cuerpos. La casa había dejado de ser invisible por espaciosa y familiar para hacerse irreconocible.  

Capítulo VI
En Senegal hubo un santo capaz de escribir varios poemas distintos de un solo trazo de la mano. No es necesario decir su nombre.