miércoles, 30 de noviembre de 2016

The spy who loved us




Para Oscar Lamourt Valentín, in memoriam

Para conversar con Oscar, que ya no respira la atmósfera de los encarnados, voy a la playa, subo unos escalones. Nos sentamos en el balcón de un negocio en ruinas. Hay libros apilados cubiertos de arena en lugar de polvo, pero el mar se ve como un cristal limpio, y el oleaje constante y apacible modula una respiración de sueño tranquilo. De Oscar me impresionó siempre su mundo secreto, le digo. Si algo ha sobrevivido en este país como pie o referencia es lo oculto, lo que ha logrado mantenerse invisible, callado; tan sutil que hay que estar medio muerta para captarlo. 

Tengo fotocopias de varios ensayos de Oscar. No puedo evaluarlos, no sé si fue un gran escritor de leyendas, un demente o un brillante estudioso ocultista, ninguneado por la tiranía de las academias. Es mi interlocutor  ahora, en esa casa de playa,  no  tanto por el contenido de sus estudios, como por la impureza de su español intervenido por el inglés, el misterio de su formación, y los fonemas que explicaba con el aplomo de un gran conocedor de lenguas indígenas, 

La historia de Samuel Kirkland Lothrop empezó aquí, en esta playa de Jobos, le digo.  No digas, me dice.      

Samuel Kirkland Lothrop nació en Milton, Massachusetts, el pueblo donde veraneaban sus abuelos y sus padres. Estudió en Groton, una escuela preparatoria de alumnos destinados a Harvard. En apuntes biográficos se menciona que Samuel se crió entre Boston y Puerto Rico, donde su padre fue uno de los propietarios de la central Aguirre. Sus temporadas en la isla, presumo, serían puntuales, a intervalos regulares, coincidentes con los viajes de su madre, puede que al comienzo de la zafra, en enero, cuando el invierno bostoniano soñaba paraísos, o quizás en algún verano de vacaciones. En la isla comenzaría su aprendizaje del español.

There was a wild streak in Samuel, le digo a Oscar. ¿Really otro arqueólogo loco?. En alguna visita a la colonia, mientras los mayores se hacían fotografiar con botas y pantalones de montar, sobre un fondo de cortinajes de cañas que les doblaban la estatura, monstruos de la agricultura científica, Samuel sintió que alguien le halaba la manga. Era un negrito tan sucio, tan percudido, tan descalzo, que ya no olía a mugre. Olía a pastos y era gracioso. En una mano de Samuel dejó caer una cabecita de barro, de ojos hundidos, orejas puntiagudas y boca abierta. Un asa de vasija, dice Oscar, y me acepta una tacita de café. Nunca fue bebedor de alcoholes.

Manuel, que así se llamaba el niño, recorrió un camino entre cañas con Samuel pisándole los talones. Lo llevó a un área cercana, rodeada de árboles espinosos. Ahí, mira, ahí hay más.

Soruma, pendejo, dice Oscar. Tan lucío, como si el otro fuera a respetarlo.

No seas tan duro, respondo. Era un niño.

La cabeza de barro no protegió a Samuel del picotazo de una garza. El niño le enseñó un nido, con dos huevos. Samuel se acercó al trofeo. Entonces miró hacia  el cielo, y sintió una punzada antes de desmayarse. No perdió el ojo, pero la vista sí.

 El ojo lacerado lo excusó de alistarse en el ejército de Estados Unidos. Al menos eso cuenta la abuela de Samuel en su diario. Del nieto comenta que no participó en la guerra por el accidente que sufrió en Puerto Rico. He had only 25% visión in one eye. La asociación parece inevitable: el brazo ausente del capitán Ahab, el ojo picoteado de Samuel Lothrop. No encuentro al momento de escribir estas líneas, testimonios fehacientes sobre la personalidad de Lothrop, descrito llanamente como un bon vivant aficionado a navegar veleros. Imagino que la fiebre aventurera del joven antropólogo de la Universidad de Harvard algo se alimentó del rencor de las pérdidas súbitas, inesperadas, como no se espera la mordida de un animal doméstico. Un padre, un ojo; ojo por collar de piedra, padre por diente.

En 1915, Samuel Kikland Lothrop regresó al lugar de la cabeza y el picotazo. Excavó huesos de un enterramiento en las cercanías de Aguirre. Hay fotos del campo deslindado durante sus excavaciones. Para esa época, Lothrop estudiaba arqueología en Harvard. Los huesos y cerámicas de los ancestros se almacenan en el Museo Peabody, de la Universidad de Harvard.

No basta con poseer, hay que hacer el cuento, dice Oscar, levantándose como una bandera de humo, impaciente con esta historia.

La labor del espía no es solo dar noticia de los peligros, acechanzas y rebeldías. Su labor es narrar. A fin de cuentas el poder sin espejos, sin tramas, coartadas y códigos morales, carece de sentido. Cómo entender sin asideros letrados las cualidades del mundo que por derecho natural, si no divino, y deber moral, si no dogmático, depende de la buena gestión del buen señor. 

No se oculta la doble profesión de Lothrop como espía y arqueólogo e incluso diplomático durante las guerras contra los alemanes, la primera y la segunda. Fue en México, en los años de la revolución, cuando se temía  la insurrección de los pueblos mestizos, que Samuel Kirkland Lothrop, arqueólogo, se hizo espía. Lo reclutó otro arqueólogo llamado Sylvanus G. Morley, para la Office of Naval Intelligence en 1917. Usaban, se alega, jeroglíficos mayas para codificar mensajes.  John Alden Mason, el folklorista que hizo trabajo de campo en Puerto Rico, también fungió como espía, aunque se dice que renunció arrepentido.

¿Y Harvard? ¿Y el Peabody? ¿Qué rol tienen en la expoliación de objetos clasificables, almacenables, narrables? Me obligas a cuidar lo que tú no cuidas. Esas lánguidas señoritas de abanico y balcón, esos señores decadentes, enfermizos, lascivos,  marcados por su lujuria indisciplinada, son responsables de que yo me haga cargo de los legados de la especie. Si no fuera por Harvard y el Smithsonian se hubieran hecho polvo esas piezas.

El daño está hecho, me dice Oscar, que ha vuelto a hablar, con la tranquilidad de los muertos alargados. Se sienta frente a mí, las piernas cruzadas. Conversamos sobre agentes y espías. Él conoce ese mundo, él lo vio en todas partes.

El campo deslindado por Lothrop, las poses de sus asistentes, análogas a las de los batidores de las cacerías, evoca a una bestia muerta a los pies del cazador. Hay otras fotos, de la entrada de Aguirre y del puerto de Arroyo, que a pesar del tiempo conservan la finura de las luces, la precisión del enfoque. 


La colección que lleva su nombre en el Museo Peabody abunda en cerámicas, dujos, collares de piedra y fotografías.  Ásperas, sin el refinado esplendor de los objetos que por esa época se extirpaban de las pirámides egipcias. Sin embargo, sobre el mutismo del barro, la piedra y la madera, planea la relación casi inmediata entre el trozo de concha y su función de herramienta manida, la intensa conjunción entre las piezas y la sal, la arena, el sol y las tardes deslumbrantes de las marismas. 


La isla fue una temporada en una carrera que lo llevó a excavar vasijas en la selva nicaragüense y en Costa Rica. Se conoce a Lothrop por su investigación de un gran enigma de la arqueología centroamericana, el sentido de las esferas de piedra. Las descubrió Doris Stone en terrenos de la United Fruit Company que pertenecían a su padre. En Argentina, Samuel exploró el delta del Paraná y visitó sobrevivientes de los pueblos fueguinos en la Patagonia. Más que las piezas mismas su obra fue la trama etnográfica.


 La relación entre antropología y espionaje es directa, contamina la ilusión de objetividad. Escribir a los pueblos requiere el balance del entendimiento apoyado en una generosidad irónica que corrija la inevitable limitación del intérprete. Irónicamente, el acto de espiar con fines que pasan por el egoísmo, la componenda e incluso la traición es el mecanismo central de la literatura. La literatura, incluso la más lírica y subjetiva, es un parásito. La autora es un parásito.

Sugerir una narrativa viable, verosímil, de las culturas precolombinas en naciones como las centroamericanas; esa potestad de escribir la historia del otro, es una labor de inteligencia encubierta, la más perdurable. El espía describe: mide extensiones lineales y geométricas, caracteriza las formas de los territorios. Las medidas fijan linderos, son puntos de propiedades y reservas naturales. Es el orden cuantitativo del capitalismo de mercado. La interpretación de la historia de objetos desgarrados del tiempo recayó en un descendiente de ministros unitarios y aventureros bostonianos, habituados a protegerse de la tuberculosis, testigos de la muerte, herederos de matadores de indígenas. 

Lothrop viajó y escribió en ocasiones subvencionado por el American Indian Museum, Heye Foundation. El libro, The indians of Tierra del Fuego, se publicó en 1928 y es el décimo volumen de la serie “Contributions from the Museum of the American Indian”. El hijo de Alice Bacon y William Sturgis Hooper Lothrop visitó a los sobrevivientes escasos de los pueblos Ona y Yaghan. Reconoció la existencia de una enorme cantidad de fuentes secundarias. El viaje puede concebirse como intento de alcanzar un límite geográfico. En la búsqueda de un pueblo agonizante, del que quedaban menos “ejemplares” vivos que los seneca y oneida del Norte, leo, además, una propuesta  filosófica. El contacto con los últimos ejemplares de un enigma: cómo y de dónde llegaron esos pueblos;  por qué rutas. La cuestión formaba parte de una antropología propia: el estudio sobre el origen de la "raza angloamericana".

Según Lothrop, la isla grande del Sur se asociaba con la “terra australis” de las literaturas europeas, sede del purgatorio en la Divina Comedia. Su latitud del ecuador hacia el sur, hace juego con la de la Gran Bretaña Central, del ecuador hacia el norte. Nuestro espía se pregunta cómo es posible que pueblos con condiciones ambientales parecidas hayan evolucionado de maneras tan distintas.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Invernazo






para Ivonne Acosta Lespier

Sobrevivo a mi hermana, la pequeñita solitaria y dura. Escribo este libro sin la ayuda de su portentosa memoria. Su Puerto Rico fue el de nuestra infancia, la isla escaparate que recorríamos de punta a punta con nuestros padres y abuelos paternos. De los pasajeros quedo yo. Este libro parte de aquel recorrido en un automóvil donde nos acomodábamos dos niñas con la madre, la abuela, el padre y el abuelo.
Aquellos paseos, lo apretados que viajábamos, como nos acomodábamos, las niñas hacia adelante, los mayores con las espaldas recostadas, como nos peleábamos el asiento del frente junto al padre o al abuelo, cómo luchábamos por las ventanas.  Abuelo, no sé si por acuerdo de autoridad, era el conductor en nuestras excursiones a los pueblos cercanos. A Salinas en busca de mangós llamados cubanos; al pueblito del Carmen, en la carretera 15, en busca de mangós sin gentilicio. En una ocasión visitamos el sector de Las Mareas, en Salinas, uno de los barrios comunicados por la PR 3. En Las Mareas  había colonias azucareras que suplían al coloso de la central. Algunos habitantes buscaban sustento en el mar, en las faenas de la pesca, durante el invernazo.
En la región se dice invernazo por decir tiempo muerto, los seis meses sin trabajo para los picadores que seguían a la zafra. La hermosa palabra, que combina la noción extraña de un invierno tropical con el aumentativo doblado en dos vocales fuertes que la zeta reduce lijándoles las asperezas, es, parece, un puertorriqueñismo o dominicanismo. En los seis meses del invernazo la central no pagaba ni para el café que enardecía músculos en la siembra, el abono y la tala de caña, pero no se habían olvidado las destrezas de algunos abuelos que se hacían a la mar, en el tiempo muerto, ni el deseo de saber lo que la mar traía. Y por ahí llegaban los peces de nombres creados por algún poeta: colirrubias, pargos, jareas. También llegaban las historias de terror de los naufragios, los cuentos de la gente que como todos los ancestros, llegaron de otros países. En esa costa nadie era, desde el principio, de aquí. Esa costa es la más joven del mundo.
No sé cuándo mis abuelos y mis padres adquirieron el apetito de comer langostas.  En casa se comían bacalao seco, arroz con calamares de lata, las tripitas pequeñas fritas llamadas cuchifritos, patas de cerdo. Eso en los días mejores, cuando no nos salvaba el arroz blanco con las sardinas en salsa de las mesas de las mujeres cuyos hombres estaban en Corea, cuyos hermanos y primos emigraban del campo a los arrabales o a las urbanizaciones o a Chicago y de allá mandaban algunos pesos.  O las “raciones” que le sobraban a papi de los ejercicios o maniobras militares. Mantequilla decente y jalea en latas del color verde olivo que coincidía con el de los uniformes de camuflaje.
Las langostas de la isla no son como las de Maine. Son, quizás, langostinos gigantes. El caso es que mi abuelo las compraba a buen precio. Las echaban en un saco de estopa, y luego pasaban a la olla en el monstruoso acto que implica ejecutar una langosta. David Foster Wallace escribió sobre la crueldad de ese acto. La última vez que lo hice me curé de ese acto de violencia injustificable.  Pero entonces a mi hermana y a mí las langostas nos fascinaban, con sus carapachos espinosos, que cuando se desprendían de la carne eran el doble invertido de la forma exterior, una superficie blanca, porosa, que tenía la cualidad gestora de los moldes, los mismos moldes que nos habían regalado en alguna navidad para que hiciéramos figuritas de yeso. Sus antenas de cucaracha eran menos atractivas. Nunca cuestionamos los asesinatos, la crueldad de las ollas. Éramos ya un poco más que sobrevivientes. Comíamos langostas, y algún juey con corales, es decir con descendencia; nos comíamos a los hijos del cangrejo.
Los banquetes nada refinados son la zapata de la memoria. Cuando regresé a la carretera después de una estación fuera de la isla, volví a sentir el asombro del paisaje. Me acercaba al sol con la mirada exterior de haber pasado inviernos crudos, teñida de tópicos icónicos y literarios. La franja de carretera y los campos a lado y lado eran  sabanas africanas; cabras realengas y algún negro imponente sentado frente a un ventorrillo, inmóvil. Las lecturas descubren paisajes nuevos en los sitios vistos, sin que por ello desaparezca alguna huella del pasado. Las cabras, el hombre y, por supuesto, la palabra ventorrillo. Un paisaje menos patético que el de los jíbaros anémicos de Palés y Julia, un paisaje polvoriento de nobleza desleída en el tiempo. Y sé, ahora, que el regreso constante a Guayama y a esa carretera, es algo tan entrañable, tan profundo, tan metido en la memoria celular, como aquellas comidas viscerales. Por eso Palés es puro olor. Por eso la memoria primitiva, atávica, es sabor a asaduras, olor a marisma.  A sangre. Las cabras son animales hieráticos, es decir, sagrados. Leche, excreta, sangre, olores de parto.  
En otro tiempo la carretera se me planteó como un enigma. El aura de la permanencia de una cabra hierática, de un paisaje atávico. Es una carretera esdrújula, entonces. Porque la carretera no pertenece al paisaje mítico, o solo pertenece en una percepción imposible del tiempo inmóvil. La carretera es sede de industrias que fueron, en su tiempo, paradigmas de modernidad tecnológica. Como la isla fue, hace décadas, post moderna. Antes del postmodernismo, la isla fue postmoderna. Cuando Antonioni filmó El desierto rojo, la isla celebraba la más sucia fuente de energía. Así como la costa tiene otras maneras de formar mapas, que siguen otras rutas, las refinerías petroleras pertenecen a esta serie.


El paisaje de la costa entre Salinas y Guayama no se deja leer con claridad, pero sigue siendo legible. La carretera es una línea que, a su vez, es una puntada en una red. Puede leerse de este a oeste, como los compases de una hoja de música, o a la inversa, como las letras de los lomos de los libros, que tienen una orientación distinta según el lenguaje de sus páginas. Puede leerse de afuera hacia adentro, del presente hacia atrás. Es posible arrancarla de su contexto y hacer con ella una transparencia que, traslapada, cruce las zonas de un parque en Boston, o una imagen de Tierra del Fuego, o de la costa del Pacífico centroamericano. Todos esos lugares tienen que ver con vidas que pasaron por esa carretera, se relacionan con las historias de la carretera, enlazan historias. Tienen que ver con ella, que tan aislada e intrascendente se percibe en la soledad de sus habitantes.

No obstante esa universalidad de la carretera, sus enlaces, sus redes, no se comunican. Los vecinos de las barriadas que cruza se sienten aislados. La carretera es una nube sobre la cual los automóviles corren a gran velocidad, sin detenerse.

(Sí: otro pasaje del libro que escribo).

domingo, 27 de noviembre de 2016

Francis Dumaresq





 Para Richard Rosa

Los varones bostonianos de buenas familias y rentas modestas se formaban como abogados, contables, médicos o ingenieros. Los varones bostonianos de buenas familias herederos de grandes capitales no tenían la obligación de llevar libros de contabilidad ni expedientes legales. La idea de la buena familia como refugio del varón bostoniano abrumado por el turbulento mundo de los negocios es de Henry James. O quizás no, pero la leí en un libro suyo.
Francis Dumaresq se graduó de abogado en 1875. Es poco lo que sobre él se divulga en el primer informe de su grupo de ex alumnos de la Universidad de Harvard. “Spent some time abroad after graduation; engaged in mercantile pursuits at present in Boston.” Otros condiscípulos ya se habían distinguido más que Francis, entre ellos Jesse Walter Fewkes. Doctorado en 1877, Fewkes estudió zoología en Leipzig, y fue aprendiz de investigador de campo bajo la dirección de Alexander Agassiz en Cayo Hueso y las Bermudas. Formó parte del conjunto de estudiosos que arribaron a la isla poco tiempo después de las tropas invasoras. En 1907 publicó  un estudio fundacional: Aborigines of Porto Rico and Neighboring Islands.
En los primeros informes de la clase de 1875, las necrologías de los estudiantes prematuramente fallecidos ofrecen más detalles que las noticias de los vivos comunes. El anuario los embalsama en un compás de juventud eterna, diezmados en la flor de la edad por enfermedades pavorosamente contagiosas: pleuresía, tuberculosis, fiebre gástrica.
En algún informe se comparan los jóvenes de la clase de Dumaresq con alumnos de otras clases, no ya por sus ejecutorias académicas sino a partir de rasgos antropométricos: las estaturas – la altura promedio 5 pies y 7.6 pulgadas; el alumno más bajo medía 5.2,  el más alto 6.327– las magnitudes de bíceps y tórax. No hay marcadas diferencias entre los indicadores corporales de la clase de 1875 y las cifras de clases de años anteriores. 
Dumaresq obtuvo un segundo premio en oratoria. A sus datos se suma una dirección postal: al cuidado de Mr. Henry W. Nelson, City Exchange, Boston. 
En 1905 se publicó el octavo informe de la clase. Al fin, valga la redundancia, la vida de Dumaresq se cuenta en sus páginas con los pormenores propios del género necrológico: 
"Hijo del capitán Phillip y de Margaretta (De Blois) Dumaresq, nació en Roxbury, Mass., el 19 de julio de 1854. 
Se preparó para su ingreso en Harvard en la escuela latina de Boston. Después de la graduación y un viaje al extranjero, se hizo hombre de negocios en Boston, siendo al momento de su muerte un miembro de la firma de DeFord & Co. La empresa comercializaba azúcar sin refinar. Cuando Puerto Rico se adhirió (sic) a los Estados Unidos, la firma estableció una gran plantación y una central (Aguirre) para extraer el azúcar de la caña cultivada en la plantación y en terrenos circundantes. También estableció oficinas bancarias en San Juan y Ponce, y fue nombrada Agente Fiscal del Gobierno de Estados Unidos en la isla.
Quebrantada su salud, Dumaresq se sometió a una operación quirúrgica en octubre de 1901. La operación como tal tuvo éxito, pero no dio con las causas de su enfermedad. Debilitado, aunque sin experimentar grandes sufrimientos físicos, murió en Brookline, Massachusetts, el 23 de febrero de 1902. En 1905 se instaló un vitral en su memoria en el presbiterio de la Iglesia Episcopal en San Juan, Puerto Rico, costeado por sus compañeros de clase y otros amigos.”
(Brevísimo pasaje de la novela que escribo sobre la PR 3 y la central Aguirre.)

sábado, 26 de noviembre de 2016

La historiadora de Aguirre





para José Claudio

Supimos de doña Rosita Ramos por José Claudio, que la llama la historiadora de Aguirre. La entrevistamos en sus gloriosos 87 años. El adjetivo no es un  elogio empalagoso. Rosita ha conservado la brillantez de la niña que superó una infancia rodeada de riesgos y cuidados. Su madre quedó viuda joven, tras parir cinco hijos, pero no son cuatro sus hermanos, sino catorce. El padre tuvo hijos de otras parejas y la madre de Rosita les enseñó a los suyos que los 15 eran hermanos y como hermanos debían tratarse. La madre era una “mujer de su casa”. Visitaba casas ajenas solo si había alguien enfermo. Parece que los oficios de la muerte y la enfermedad, cuando se asumen con lucidez, no matan la alegría. Desde pequeñita, dice, a Rosita la acostumbraron a hacer el rosario de difuntos, el novenario. Nueve rosarios en nueve noches corridas, aunque en el último día se rezaban tres.
En la atmósfera onírica de Aguirre, donde hay espacios para el mundo en transición de los espiritistas, suspendido entre imágenes reconocibles, frecuencias luminosas del misterio y sombras frías, alegra que esté tan viva una mujer que trabajaba cuando yo era una niña, y que esté en estado de salud, y que sea una persona de pueblo, sin taras clasistas, elegante y fina. La llamé por teléfono, mencioné a José Claudio, y nos dio audiencia. Voló el tiempo, y nos encontramos una tarde, después del mediodía, frente a una de las casonas grandes de Aguirre, de césped amplio y reseco, como si la potencia de la tierra se la hubiera chupado el caobo que marca el punto medio entre la colindancia y la casa, tan viejo que de sus ramas cuelgan barbas parásitas.  Se repite la jardinería al estilo de Aguirre, siembras en tiestos, vasijas y cántaros de cemento, pintados del color del barro oscuro.  En los tiestos subsisten especies de palmas enanas y helechos y otras plantas de follaje verde.  Bordeando la casa, una especie resistente, sembrada directamente en la tierra: cruz de malta amarilla y roja.
Si se observan bien, los escalones de la entrada cargan el rastro memorioso de quienes subían por ellos para acceder a la consulta del médico que fue el ocupante anterior de la casa, el doctor Bellaflores. La alfombra de limpiarse los pies cuelga de la baranda.  Se siente el vago trajín de las manos que construyeron la casa, y de las manos que trabajaban en la fábrica donde se hicieron los dos números que la sitúan: 81. Cada presencia alborota un enjambre de ausencias. Sobresale el alero generoso que en sus años de madera nueva marcaba la frontera excluyente de los trabajadores que lo construyeron, carpinteros y pintores de brocha gorda, como en aquellos relatos donde al concluirse la construcción de un palacio se ordenaba la muerte de los peones, para que no divulgaran los secretos de sus defensas.
La señora nos recibió con gentileza a dos viejos extraños, que, aunque parezca mentira, podríamos ser sus hijos; los descendientes de una madre de aspecto más joven que el nuestro. Nos dijo que escogiéramos dónde preferíamos conversar, la casa es grande, y decidimos sentarnos en la veranda protegida con tela metálica, que le da vuelta a tres cuartas partes de la casa, tan espaciosa que es toda una segunda residencia.
Nos acomodamos en un sofá y dos butacas tapizadas con una tela de franjas verdes y azuladas que se alternan sin corte abrupto, como una geología de matices. Entre las dos butacas hay una mesa ovalada con tope de cristal y sobre ella un adorno de yeso o de metal dorado, un angelito. En la esquina, otro juego de muebles de balcón, de metal, pintados de blanco con la mesita correspondiente, un florero pequeño en forma de barril recortado, del color del barro oscuro, con lirios azules de tela o de papel, entre los cuales hay, hincada, una pequeña bandera de Puerto Rico.  
La primera sensación fue la de ganarnos el premio del acceso. Tantos años viendo las casas, imaginándoles las vidas, y ahora veíamos el mundo desde adentro hacia afuera.  Esta casa, dice, tiene más de cien años. La veranda no es un lugar de transición entre el afuera y los interiores, sino el espacio común más grande. Contiene más de un juego de muebles. Incluso, como los cuartos abren al porche, cada uno cuenta, con su propio balcón, amueblado de forma individual.
Doña Rosita llegó a Aguirre recién graduada de la escuela superior de Coamo, el 11 de noviembre de 1948. Tenía 20 años, un diploma de escuela superior y sabía inglés. La refirió una amiga que trabajaba en el correo. No le pregunto por aquel primer día, pero puedo imaginarlo. Su madre era costurera, o, en justicia, modista, de aquellas que podían copiar los trajes de moda con precisión y rapidez, a cambio de una remuneración que no les hacía justicia. Entre sus clientas se destacaban las mujeres de la familia de los García Padilla de Coamo. Para la primera entrevista de trabajo quizás vistió a su hija con un traje sastre de tela azul. La revista Vogue circulaba en las casas de las familias pudientes y en los talleres de costura.
Es una mujer diminuta, discreta, que casi no ocupa el aire. Con las manos en la falda, sin cruzar las piernas, con un sombrero y guantes, así la imagino. Sabía inglés. Se trataba de una oportunidad de empleo poco común: trabajar en la primera oficina con servicios de IBM en Puerto Rico. Recuerda el nombre del entrevistador, el jefe de personal Bob Chandler. La entrevista satisfizo al funcionario de la central. Rosita Ramos se ganó la plaza y se enfrentó casi de inmediato a lo que sería su trabajo de toda la vida, con variaciones. “Key punch operator and verifier”. Hacer marcas en tarjetas, registrar las cifras de producción y los cheques para el pago de nóminas, una vida de números, en torno al eje de producción de la central.
En paridad con los buques de la marina de guerra que destrozaron media ciudad de San Juan y entraron al puerto de Ponce vitoreados por los comerciantes que ya tenían vínculos con empresas estadounidenses, se multiplicó la presencia de las máquinas en las carreteras y las fábricas en los campos cañeros. La joven oficinista no tuvo tiempo de maravillarse ante aquellas máquinas de la central, que llenaban el aire de ruidos martilladores, ni de paralizarse ante la máquina propia, que ordenaba y vomitaba tarjetas a golpes de baraja.
Las máquinas contables utilizadas en Aguirre eran sorteadoras y reproductoras. Se llevaba la cuenta de lo que se producía en las colonias de la central, con sus nombres inalterables desde el siglo 19, e incluso antes, que se extendían hasta Santa Isabel y Juana Díaz: Algarrobo, Josefa, Reunión, Adela, Potala, Amelia, Paso Seco (la caña se transportaba en los vagones del tren y también, cuando provenía de Maunabo y Patillas, en camiones). También se contabilizaban las nóminas de los obreros del campo, los que laboraban cortando caña, regando semillas y sembrando nuevos surcos. Ya hacia el final de su carrera, Rosita preparaba las nóminas de todo el personal: 300 empleados, que cobraban semanal o quincenalmente. Los cheques se imprimían en la central. Sin embargo, incluso en las labores clericales de la nómina, se practicaba la segregación: la nómina de los empleados gerenciales no la preparaba ella, sino su jefe.
Así tomó su rumbo la vida de una mujer que no oculta lo que piensa sobre la sociedad donde le tocó vivir. La lógica de los oficios contabilizados en nóminas segregadas impera en la segmentación del paisaje. El mundo de los americanos, la nómina que ella no veía era un mundo aparte. En la segunda sección tenían residencia los empleados clasificados: médicos e ingenieros, algunos nativos. Casi no se veían americanos en la plaza del poblado. Incluso en las oficinas administrativas había segregación: los americanos en la planta alta y los puertorriqueños, excepto algunos "clasificados", en la planta baja. En el cine se distribuía el espacio de la mima manera: los americanos arriba, los puertorriqueños en la planta baja.
¿Saben cómo les decían a los niños de las familias pobres? Los patidescalzos. En Aguirre las jerarquías contrastaban con la modernidad del sistema de producción. En principio había tres clases, tres castas. Los americanos, los profesionales y técnicos puertorriqueños y los parias. En los barracones, sucios, asquerosos, de paso, vivían los obreros de menos jerarquía. Una injusticia que no ha sido compensada.
Ella recuerda que fue ganándose la confianza de los jefes, y un respeto que le autorizaba a intervenir para ayudar a los menesterosos. Muchos obreros se valían de ella cuando necesitaban algún favor del administrador. Entonces Rosita subía la “acera especial” de la casa grande, esa donde nadie, ni los empleados blancos, podían entrar sin invitación, y tocaba a la puerta. “Buenas noches, Mr. Rice, esta persona me está pidiendo que lo traiga para ver si le asignan cama en los barracones.”


¿Por qué le dicen la historiadora de Aguirre?, pregunto. Desde que hicieron un documental y me entrevistaron. La forma en que tú relatas la historia de Aguirre es lo verídico, le comentó alguien, y así fue reconocida como la historiadora de Aguirre. Historiadora y sacristana de la casa, y de las memorias familiares y comunitarias. Rosita nos muestra la casa como el sacristán muestra las capillas de su iglesia, como mi tío Ángel Luis nos mostraba las capillas de la iglesia católica que custodiaba con infinita tristeza, en el South Bronx. El mundo se deshace a la vista de las personas longevas, pero en esta casa bien cuidada no se mantiene el orden bárbaro de la central como explotación de tierras y de obreros, sino los cuidados minuciosos que exige una abeja reina, fruto del sacrificio del trabajo. La sacristana accede a un mundo que los visitantes de paso no vemos ni comprendemos.
A sus manos llegan, formando un archivo de documentos misceláneos, recortes y fotografías y fotocopias. Álbumes de familia, de grupos escolares que celebran sus graduaciones con retratos formales, de agrupaciones cívicas. Par una foto posaron niñas negras y niñas blancas, con lazos al cuello, y varones blancos y negros encorbatados. Se enfrentaron a la cámara sin una sonrisa, con una seriedad casi áspera. Las niñas al fondo, sentadas o de pie en la fila más distante. Los varones más pequeños posaban arrodillados o en cuclillas, un gesto masculino, dolorosa posición de militar. Una pierna más alta que la otra, sobre la que cae el brazo, mientras el otro brazo, así como el peso del cuerpo descansa sobre la otra pierna flexionada, paralela, casi al ras del suelo. 


Hay nombres escritos en el borde de alguna foto: Lucas Pérez,  clase de sexto grado de 1939. En los pies calzados de las muchachas no hay un par igual a otro; algo tan tierno como un zapato que el cuerpo deja atrás, sandalias de pobre, con los dedos al aire, sandalias blancas elevadas en el talón, zapatos escolares con cabetes cerrados, zapatillas, zapatos parecidos a sandalias.  En la foto titulada “clase de sexto grado de 1939” alguien escribió los nombres de los niños y las niñas sobre las cabezas de cada uno. Claudia, Salvador, Nano, Gladys D., Lucas, Eduardo, Luis. Otros ilegibles. La maestra, Miss Guelb… Vemos una foto de la tropa 65 de niños escuchas. Tiene un nombre escrito a mano,  un grito estridente. MI PAPÁ CAYITO, SCOUTMASTER. De la cabeza de un hombre joven sale una flecha hacia el  grito.
A veces la memoria que creemos propia es solo un imán de las memorias del otro. Esa continuidad entre eslabones distantes se lee en el mobiliario de la casa, donde se juntan muebles nativos y exóticos, de manos artesanales y de fabricación en serie. Se confirma el gusto por los ribetes dorados, paradójicamente elegantes, quizás porque no desentonan, solo contrastan, con la sencillez de las paredes blancas, relucientes: el espejo vertical del baño, las cortinas que no se hicieron pensando en los efectos  del agua, porque la tela exterior es de encaje igualmente blanco, la toallita blanca de hilo para secarse las manos, el patrón de las conchas doradas de las jaboneras, que se repite en el espejo.  El cortinaje del dormitorio, de tul rosado y transparente, un pierrot de ojos hipnóticamente abiertos sobre la cabecera de  la cama de una plaza.

Un medio punto separa la sala del comedor. El juego del comedor es una antigüedad exótica, de madera negra. Rosita la compró en una tienda de antigüedades, en Estados Unidos. La luz de la tarde entra matizada por las cortinas amarillas y dispensa una atmósfera de reposo a la inmovilidad de la mesa con seis sillas y chineros repletos de copas, vasos y platos de cristal. A un costado el chifforobe, donde estarán engavetados los juegos de manteles y servilletas. La mesa está cubierta con un mantel de hilo. Sus calados forman bordes de rectángulos que enmarcan flores. Sobre uno de los chineros, descansan cuatro candelabros de bronce y, colgados de las paredes, platos decorativos. Hay dos relojes de bronce: de mesa uno y en la pared el de péndulo. La enumeración o inventario de objetos de este comedor, escenario de sucesivas familias y ceremonias, llenaría más de una página. Lo asombroso es que todo “caiga en su sitio” sin dejar una impresión de horror al vacío. Es una instalación pensada para que no se note su orden trabajoso.

Tomamos el café en la cocina, casi tan amplia como el comedor. Dada la ubicación de la casa, con su fachada hacia el este, la cocina se calienta un poco en las tardes, y es mejor que así sea, porque el calor la pone soñolienta. De otro modo no dejaría de repetir las tantas palabras y tantos cuerpos que han entrado en ella desde la infancia de la casa. 


(Pasaje de un capítulo sobre la central Aguirre, que forma parte de mi libro sobre la carretera PR 3).