Hablar
de mi familia materna me entusiasma menos que a mis primas, pendientes del
árbol genealógico hasta mediados del siglo 19, cuando el primer Tremols llegó a
la isla con las manos vacías y una cruz de ruda al cuello. De ahí hacia atrás
el linaje es de villanos sin nombre. Conviene que te enteres para que
comprendas el extraño caso de Josefina. Y un poco más, que también te interesa.
Te cuento, pues. O mejor te leo unos apuntes que escribí hace tiempo. Son
cuatro párrafos sin descendientes.
La
historia de Guayama –con sus casonas de largos balcones balaustrados y
barriadas de brujos– se relaciona directamente con los Tremols, residentes en
la región desde la llegada del muchacho de la ruda, hacia 1857; acaparadores de
terrenos y hacendados cañeros en la década siguiente; dueños de caballos de
paso fino, coleccionistas de arte y enemigos del sol. Mis parientes fueron, y
son,portadores de un mal gusto ineludible
de indianos privados de los objetos hermosos, los rituales y las costumbres que
a lo largo de los siglos prodigan barnices culturales. Cierta degradada justicia
poética les impuso la maldición de ser prisioneros del privilegio. Su condición
de blancos en una ciudad isleña con mayoría de negros les vedó un acercamiento público
a la gente “de orilla”, los mismos artesanos descendientes de esclavos y de
pardos libres de quienes dependía su ilusoria prepotencia. Esa, desde luego,
era la fachada; sí hubo relaciones de concubinato y encuentros fugaces que
sumaron al banco genético del país sus cromosomas de aldeanos venidos a más.
Pero
fueron incapaces, ante tantos vacíos y desarraigos, de fundar una tradición
propia. Soñaban con regresar a la “península” forrados de dólares para comprar
abolengos. Necios. A pesar de las relaciones del hermano mayor, el empresario
franquista, cuando mis parientes pasaban temporadas en la “madre patria” hacían
el ridículo. Nadie los había echado de menos. El dinero les compraba
insignificantes títulos de nobleza. El mundo pintado con nostalgia por sus
abuelos desaparecía en las Españas que anticipaban la muerte del dictador y una
vocación democrática.
Estudié
Historia de la Medicina en Barcelona y Psiquiatría en Boston University School
of Medicine. Ese doble juego –que un colega exagerado describió como
paranoide esquizofrénico– parece haber sido también la situación vital de
Alberto, el hermano segundón de Josefina y de mamá. Recuerdo su porte erguido,
su aliento a tabaco, alcohol y otras emanaciones. No se apeaba, con su gabán de
dril blanco, los olores de un cuerpo sucio.
Otra
era la imagen de una fotografía suya. Hasta hace poco me inspiraba cierto
cariño. “Bertie en el patio de la Casa de América en Barcelona, Méndez Vigo,
1911”, se leía al dorso. Para que no hubiera duda alguna de quién era, una
flecha dorada trazada con plumilla de punta oblicua apuntaba a la cabeza de
“Bertie”, el apodo familiar de Alberto. Bertie se exhibía de perfil, la
expresión desdeñosa, el pelo planchado con brillantina, el bigote de brocha
abundante, las piernas abiertas, las manos sobre los muslos, las polainas
blancas, sentado ante una mesa con botella de champagne, en compañía de un
joven sonriente y de un hombre mayor, un vejete parecido a Mefistófeles.
Es un trueno este muchacho, decía mamá, con el humor escandalizado de las mujeres
de su época, hermanas, esposas e hijas de truenos. Los vieron decaer y morir,
apoyados en bastones de empuñaduras de plata, mientras ellas morían de viejas.
Aquellas mujeres se hacían notar por la pisada fuerte y la voz vibrante,
siempre con un grito, un chiste, una barbaridad a flor de labios. Sabían
encarrilar a sus hombres desde los planos secundarios de una fotografía de
costumbres.