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lunes, 21 de agosto de 2017

Eclipses




William Sturgis Hooper Lothrop cometió la infamia de morirse antes de tiempo. Nació el 19 de junio de 1870 y falleció el 5 de abril de 1905, el mismo año, en los mismos días de la huelga general de obreros y obreras de la industria de la caña, que se extendió por todo el litoral de Puerto Rico, de norte a sur. La causa de la muerte fue una apendicitis de la cual no se recuperó tras una intervención quirúrgica realizada en Ponce. Una pena que el William de este libro mío no sea el William auténtico. Es otro William, mi personaje, el que se me presenta, toma asiento, se rasca la cabeza, cruza las piernas frente a mí en una silla tan imaginaria como él. Dura, de espaldar parecido a un coral de abanico gigantesco. Su amargura no es tanto el efecto de genes heredados, ni de la crianza dura y machista de Harvard y de su padre. Es más bien el producto de un misterioso dolor abdominal que William alivia con sal de Picot.
En 1899 el padre de William escribió la biografía de William Henry Seward, miembro del gabinete de Abraham Lincoln, para “American Statesmen”, una serie en treinta y dos volúmenes publicada por la editorial Houghton Mifflin and Co. Además, editó la autobiografía de su padre, Samuel Kirkland Lothrop, quien a su vez había editado una memoria autobiográfica del suyo. La memoria de Samuel Kirkland Lothrop empieza así: “I have a decided opinion that very good blood flows in my veins”. Era frecuente que el varón bostoniano de familia dominante asumiera ante la historia de la ciudad y de la nación un deber: escribir la biografía de hombres ilustres, con frecuencia la biografía de su propio padre.
A William no le dio tiempo de continuar la cadena de biografías familiares. Tampoco escribieron sobre él sus hijos.
¿Escribirá alguien la biografía del auténtico William Sturgis Hooper Lothrop?  ¿La reclama ese heredero de biógrafos y memorialistas? Su abuelo Samuel Kirkland fue un ameno escritor costumbrista.  Su prosa tenía la vitalidad aromática de las frutas que en el trópico saben a invierno, como la manzana y la pera; de las flores que empiezan a brotar tras el sueño de la escarcha. Dejó escenas vivaces protagonizadas por señores que parecen salidos de una página arrancada por Nathaniel Hawthorne a una página de Charles Dickens. Describió la modesta casa de su tío John Lothrop Kirkland, uno de los presidentes de Harvard University, hombre de trato distante. Samuel seguía el plan de estudios que entonces hacían los sobrinos modestos de presidentes modestos. Para facilitar a su sobrino Samuel el ingreso en la Universidad que presidía, Kirkland contrató a un tutor joven estudioso y ensimismado, que trascendería dejando en la sombra a su afable discípulo.  Ralph Waldo Emerson, según este, no prestaba mucha atención a las lecciones. Prefería leerle a Samuel sus propios ensayos y poemas. Samuel, que llegaría a ser el principal ministro de la iglesia Unitaria, misma que sería casi deshecha por las críticas de Emerson, escribió para las futuras generaciones sobre la poca fe que le inspiraba su maestro de latín.
En sus memorias, el abuelo Samuel recupera estampas de la nación recién nacida. Cuenta de sus visitas a una Casa Blanca que aún era un espacio doméstico, llevada con mentalidad de familia extendida en pueblo chico. Apunta que las medias del descuidado John Adams, vestido con pantalón blanco hasta poco más abajo de las rodillas, se le rodaban hasta los tobillos. El presidente Andrew Jackson, hombre bárbaro de la bárbara frontera, tenía buenos modales y una voz agradable.  A propósito de fronteras, el abuelo Kirkland de Samuel fue misionero en las tierras de los pueblos indígenas y también, ya se ha dicho, escribió un libro de memorias:  



La tradición de la hagiografía paterna –los hechos del padre- parece haber sido uno de los deberes del varón burgués bostoniano. La escritura de la biografía del padre, algo tendrá que ver con la identidad de una sociedad que abre las puertas del mundo a la vez que se encierra en su mundo. La biografía traza fronteras entre su protagonista y el resto del mundo. ¿Será que escribían para blanquear e idealizar su historia, ellos, que iban sembrando empresas en al menos tres continentes? ¿Cómo puede ser de abolengo una cultura de apenas 200 años? ¿De dónde la prematura nostalgia? ¿Por qué el vértigo ante el mundo que, con sus intervenciones, iban abriendo desde la China hasta el Caribe, desde los barrios pobres de Sicilia hasta las plantaciones de guano en el Perú? Los barcos de Forbes y Perkins transportaban esclavos negros y culis chinos a Cuba y a Perú. Alejandro Tapia escribió sobre los culis y la industria tabacalera como quien se acerca al fondo de la depravación. No conoció Tapia, no hubiera sido admitido, sin pasaporte y salvoconducto, a pesar de sus ojos azules, en el salón donde el coronel Perkins, uno de los “merchant princes” de la ciudad, celebraba la Navidad con sus hijos y nietos. O tal vez sí, si hubiera llevado un informe de la hacienda Cortada, propiedad  de los Cabrera, que al cabo de medio siglo sería adquirida por los cuatro compradores  de Aguirre.
Un comentarista de la sociedad bostoniana, un hijo pródigo, dio nombre a la  tradición de sumar biografías al panteón de las primeras y mejores familias: Boston´s Graveyard Eulogy School. El hijo que no tuviera talento literario contrataba a un escritor, o a un estudioso tedioso. En ocasiones tocaba a los padres solicitar a un autor de peso que escribiera la biografía de un hijo prematuramente muerto. Henry Adams dedicó un libro a George Cabot Lodge,  el poeta que izó la bandera estadounidense en Ponce. Henry James escribió a regañadientes, pero con decoro, la biografía de William Wetmore Story, un escultor irremediable. Pero nadie escribió sobre William Sturgis Hooper Lothrop. Su muerte no mereció el epitafio de una biografía. Ninguno de sus hijos escribió sobre él. Su muerte fue vergonzosa, sucia, comido por gérmenes en un país salvaje. No fue digno de su linaje, ni dejó escrito un diario de sus hazañas porque era todavía un niño cuando cometió la infamia de morirse.

Lamento que las menciones de la muerte de William en los documentos sean tan apresuradas. En el informe del secretario de la clase graduando de 1890 publicado en 1915 se informa: “In connection with his business he made many trips to Porto Rico and other southern points. The firm of Lotrop, Luce and Company succeeded the firm of DeFord and Company in 1904. After a severe attack of appendicitis he was operated upon at Ponce but failed to recover”. En la página 85 del libro de su suegra, Louisa Crowninshield se lee: “Sturgis Lothrop died in Porto Rico, April 5th, 1905. It was a terrible blow to us all, as we had no idea he was even ill. Alice went there at once, but too late”. A más de un siglo de distancia, cuando escribo esto, veo su muerte sin sombra escrita sobrepuesta a un mar de acontecimientos igualmente olvidados por quienes como él y sus socios se beneficiaron con las ganancias de la Central Aguirre. La enfermedad de William coincidió con la primera gran huelga de los trabajadores de la caña en la isla de Puerto Rico. La huelga comenzó en el norte y ya para abril se extendía su llamarada por los cañaverales del sur. La plebe amarilla, los descendientes de esclavos, los enfermos, las criaturas que vivían en chozas indignas de animales, soltaron los machetes y azadas, y se unieron para pedir un aumento de salario de unos centavos. Sin saber leer ni escribir, aprendieron a escuchar algo más que el zumbido del sol en las orejas, que el débil llanto de niños anémicos, que las tareas interminables de cocinar una miseria para el varón de la casa. Empezaron a escuchar palabras y a reproducirlas como periódicos parlantes. Nunca antes les habían visto las caras a tantos semejantes de la montaña, de las islas, negros amarillos y amarillos negros. Eran tantos que llenaron la plaza de las retretas, donde según cita Félix Córdova de las memorias de un sindicalista, el domingo 16 de abril de 1905, cuando el cadáver de Lothrop se pudría en las picadas aguas del Atlántico, o quizás cuando Alice aún no había logrado completar los trámites para el traslado del cuerpo y, a la vista del balcón de su casa, legiones de obreros harapientos y de mujeres descalzas marchaban hacia la Plaza las Delicias. Provenían, cuenta Córdova de los barrios de Ponce y de otros municipios y de las colonias que suplían cañas a la central Aguirre. A eso de las 4:30 de la tarde la Policía  arremetió a tiros y macanazos contra la  multitud de trabajadores. Hirieron gravemente a decenas de hombres, mujeres y niños. No he encontrado un registro con los nombres de los muertos.
(Capítulo de mi libro inédito "3 Invernazo Aguirre")

miércoles, 30 de noviembre de 2016

The spy who loved us




Para Oscar Lamourt Valentín, in memoriam

Para conversar con Oscar, que ya no respira la atmósfera de los encarnados, voy a la playa, subo unos escalones. Nos sentamos en el balcón de un negocio en ruinas. Hay libros apilados cubiertos de arena en lugar de polvo, pero el mar se ve como un cristal limpio, y el oleaje constante y apacible modula una respiración de sueño tranquilo. De Oscar me impresionó siempre su mundo secreto, le digo. Si algo ha sobrevivido en este país como pie o referencia es lo oculto, lo que ha logrado mantenerse invisible, callado; tan sutil que hay que estar medio muerta para captarlo. 

Tengo fotocopias de varios ensayos de Oscar. No puedo evaluarlos, no sé si fue un gran escritor de leyendas, un demente o un brillante estudioso ocultista, ninguneado por la tiranía de las academias. Es mi interlocutor  ahora, en esa casa de playa,  no  tanto por el contenido de sus estudios, como por la impureza de su español intervenido por el inglés, el misterio de su formación, y los fonemas que explicaba con el aplomo de un gran conocedor de lenguas indígenas, 

La historia de Samuel Kirkland Lothrop empezó aquí, en esta playa de Jobos, le digo.  No digas, me dice.      

Samuel Kirkland Lothrop nació en Milton, Massachusetts, el pueblo donde veraneaban sus abuelos y sus padres. Estudió en Groton, una escuela preparatoria de alumnos destinados a Harvard. En apuntes biográficos se menciona que Samuel se crió entre Boston y Puerto Rico, donde su padre fue uno de los propietarios de la central Aguirre. Sus temporadas en la isla, presumo, serían puntuales, a intervalos regulares, coincidentes con los viajes de su madre, puede que al comienzo de la zafra, en enero, cuando el invierno bostoniano soñaba paraísos, o quizás en algún verano de vacaciones. En la isla comenzaría su aprendizaje del español.

There was a wild streak in Samuel, le digo a Oscar. ¿Really otro arqueólogo loco?. En alguna visita a la colonia, mientras los mayores se hacían fotografiar con botas y pantalones de montar, sobre un fondo de cortinajes de cañas que les doblaban la estatura, monstruos de la agricultura científica, Samuel sintió que alguien le halaba la manga. Era un negrito tan sucio, tan percudido, tan descalzo, que ya no olía a mugre. Olía a pastos y era gracioso. En una mano de Samuel dejó caer una cabecita de barro, de ojos hundidos, orejas puntiagudas y boca abierta. Un asa de vasija, dice Oscar, y me acepta una tacita de café. Nunca fue bebedor de alcoholes.

Manuel, que así se llamaba el niño, recorrió un camino entre cañas con Samuel pisándole los talones. Lo llevó a un área cercana, rodeada de árboles espinosos. Ahí, mira, ahí hay más.

Soruma, pendejo, dice Oscar. Tan lucío, como si el otro fuera a respetarlo.

No seas tan duro, respondo. Era un niño.

La cabeza de barro no protegió a Samuel del picotazo de una garza. El niño le enseñó un nido, con dos huevos. Samuel se acercó al trofeo. Entonces miró hacia  el cielo, y sintió una punzada antes de desmayarse. No perdió el ojo, pero la vista sí.

 El ojo lacerado lo excusó de alistarse en el ejército de Estados Unidos. Al menos eso cuenta la abuela de Samuel en su diario. Del nieto comenta que no participó en la guerra por el accidente que sufrió en Puerto Rico. He had only 25% visión in one eye. La asociación parece inevitable: el brazo ausente del capitán Ahab, el ojo picoteado de Samuel Lothrop. No encuentro al momento de escribir estas líneas, testimonios fehacientes sobre la personalidad de Lothrop, descrito llanamente como un bon vivant aficionado a navegar veleros. Imagino que la fiebre aventurera del joven antropólogo de la Universidad de Harvard algo se alimentó del rencor de las pérdidas súbitas, inesperadas, como no se espera la mordida de un animal doméstico. Un padre, un ojo; ojo por collar de piedra, padre por diente.

En 1915, Samuel Kikland Lothrop regresó al lugar de la cabeza y el picotazo. Excavó huesos de un enterramiento en las cercanías de Aguirre. Hay fotos del campo deslindado durante sus excavaciones. Para esa época, Lothrop estudiaba arqueología en Harvard. Los huesos y cerámicas de los ancestros se almacenan en el Museo Peabody, de la Universidad de Harvard.

No basta con poseer, hay que hacer el cuento, dice Oscar, levantándose como una bandera de humo, impaciente con esta historia.

La labor del espía no es solo dar noticia de los peligros, acechanzas y rebeldías. Su labor es narrar. A fin de cuentas el poder sin espejos, sin tramas, coartadas y códigos morales, carece de sentido. Cómo entender sin asideros letrados las cualidades del mundo que por derecho natural, si no divino, y deber moral, si no dogmático, depende de la buena gestión del buen señor. 

No se oculta la doble profesión de Lothrop como espía y arqueólogo e incluso diplomático durante las guerras contra los alemanes, la primera y la segunda. Fue en México, en los años de la revolución, cuando se temía  la insurrección de los pueblos mestizos, que Samuel Kirkland Lothrop, arqueólogo, se hizo espía. Lo reclutó otro arqueólogo llamado Sylvanus G. Morley, para la Office of Naval Intelligence en 1917. Usaban, se alega, jeroglíficos mayas para codificar mensajes.  John Alden Mason, el folklorista que hizo trabajo de campo en Puerto Rico, también fungió como espía, aunque se dice que renunció arrepentido.

¿Y Harvard? ¿Y el Peabody? ¿Qué rol tienen en la expoliación de objetos clasificables, almacenables, narrables? Me obligas a cuidar lo que tú no cuidas. Esas lánguidas señoritas de abanico y balcón, esos señores decadentes, enfermizos, lascivos,  marcados por su lujuria indisciplinada, son responsables de que yo me haga cargo de los legados de la especie. Si no fuera por Harvard y el Smithsonian se hubieran hecho polvo esas piezas.

El daño está hecho, me dice Oscar, que ha vuelto a hablar, con la tranquilidad de los muertos alargados. Se sienta frente a mí, las piernas cruzadas. Conversamos sobre agentes y espías. Él conoce ese mundo, él lo vio en todas partes.

El campo deslindado por Lothrop, las poses de sus asistentes, análogas a las de los batidores de las cacerías, evoca a una bestia muerta a los pies del cazador. Hay otras fotos, de la entrada de Aguirre y del puerto de Arroyo, que a pesar del tiempo conservan la finura de las luces, la precisión del enfoque. 


La colección que lleva su nombre en el Museo Peabody abunda en cerámicas, dujos, collares de piedra y fotografías.  Ásperas, sin el refinado esplendor de los objetos que por esa época se extirpaban de las pirámides egipcias. Sin embargo, sobre el mutismo del barro, la piedra y la madera, planea la relación casi inmediata entre el trozo de concha y su función de herramienta manida, la intensa conjunción entre las piezas y la sal, la arena, el sol y las tardes deslumbrantes de las marismas. 


La isla fue una temporada en una carrera que lo llevó a excavar vasijas en la selva nicaragüense y en Costa Rica. Se conoce a Lothrop por su investigación de un gran enigma de la arqueología centroamericana, el sentido de las esferas de piedra. Las descubrió Doris Stone en terrenos de la United Fruit Company que pertenecían a su padre. En Argentina, Samuel exploró el delta del Paraná y visitó sobrevivientes de los pueblos fueguinos en la Patagonia. Más que las piezas mismas su obra fue la trama etnográfica.


 La relación entre antropología y espionaje es directa, contamina la ilusión de objetividad. Escribir a los pueblos requiere el balance del entendimiento apoyado en una generosidad irónica que corrija la inevitable limitación del intérprete. Irónicamente, el acto de espiar con fines que pasan por el egoísmo, la componenda e incluso la traición es el mecanismo central de la literatura. La literatura, incluso la más lírica y subjetiva, es un parásito. La autora es un parásito.

Sugerir una narrativa viable, verosímil, de las culturas precolombinas en naciones como las centroamericanas; esa potestad de escribir la historia del otro, es una labor de inteligencia encubierta, la más perdurable. El espía describe: mide extensiones lineales y geométricas, caracteriza las formas de los territorios. Las medidas fijan linderos, son puntos de propiedades y reservas naturales. Es el orden cuantitativo del capitalismo de mercado. La interpretación de la historia de objetos desgarrados del tiempo recayó en un descendiente de ministros unitarios y aventureros bostonianos, habituados a protegerse de la tuberculosis, testigos de la muerte, herederos de matadores de indígenas. 

Lothrop viajó y escribió en ocasiones subvencionado por el American Indian Museum, Heye Foundation. El libro, The indians of Tierra del Fuego, se publicó en 1928 y es el décimo volumen de la serie “Contributions from the Museum of the American Indian”. El hijo de Alice Bacon y William Sturgis Hooper Lothrop visitó a los sobrevivientes escasos de los pueblos Ona y Yaghan. Reconoció la existencia de una enorme cantidad de fuentes secundarias. El viaje puede concebirse como intento de alcanzar un límite geográfico. En la búsqueda de un pueblo agonizante, del que quedaban menos “ejemplares” vivos que los seneca y oneida del Norte, leo, además, una propuesta  filosófica. El contacto con los últimos ejemplares de un enigma: cómo y de dónde llegaron esos pueblos;  por qué rutas. La cuestión formaba parte de una antropología propia: el estudio sobre el origen de la "raza angloamericana".

Según Lothrop, la isla grande del Sur se asociaba con la “terra australis” de las literaturas europeas, sede del purgatorio en la Divina Comedia. Su latitud del ecuador hacia el sur, hace juego con la de la Gran Bretaña Central, del ecuador hacia el norte. Nuestro espía se pregunta cómo es posible que pueblos con condiciones ambientales parecidas hayan evolucionado de maneras tan distintas.

domingo, 25 de noviembre de 2012

15


 
 
Hay cosas que no le dije a Gabriel. No le hablé, para qué, de la inquietud que me provoca volver a las sombrías alturas de Jájome por el antiguo puente de hierro que cruza el río Guamaní, rumbo a la quinta donde pasé los días raros de mi infancia. Papá nos dejaba los viernes en Guayama, en la casa que fue de los abuelos, y que seguía siendo la residencia principal de Alberto y Josefina. A primera hora del día siguiente subíamos por la carretera 15. Siempre ha sido solitaria, pero ahora más. La construcción de la autopista la fijó en ámbar como a un insecto prisionero del asombro. El silencio, la soledad, la velocidad moderada que imponen las curvas, permiten una marcha a la medida del cuerpo. Cortada a pico al contorno de la montaña, la carretera atraviesa una variedad de microclimas. Casi a nivel del mar, los árboles menos sedientos: almácigos, quenepos, algarrobos centenarios, bayahondas, flamboyanes. Abandonados, muestran deformaciones grotescas. Más arriba, yagrumos y alguna ceiba majestuosa. En la altura húmeda, lechos de piedra y saltos de agua, tierras dormidas donde crecían en mi niñez las fresas silvestres. Por todas partes, los perros realengos sarnosos y las gallinas, que son las reinas del mundo.  

Primeros párrafos

Recuerdo cuando recibí el envío de mi sobrina. Leí su letra en una nota breve: quizás me interesaría conservar aquellas cartas. No pensé en ...