domingo, 11 de julio de 2021

PR 3 Caribe, inventarios del archipiélago




Un condensador de sentido, un imán de papel: eso es el monumental ScientificSurveyof Puerto Rico and the Virgin Islands (1913 a 1970). Encuentra un lugar en este libro sobre mi padre por analogía. Así como el terror a la deslealtad engendra la mirada policial, el amor propietario pretende abarcarlo todo con los instrumentos del saber. Las islas imantan al deseoso de conquista. Cuando volví a casa tras haber vivido en continentes la mayor parte de lo que llevaba de vida, cuando regresé al pueblo donde nací, quise saberlo todo de este lugar, no menos la composición de los suelos que la textura elemental de las plantas, las corrientes de agua, la antigüedad de los líquenes. Casi un inventario como el poema de Corretjer, que no es palabra lírica sino definición de una manera corriente de sentir cuando se sale de encierros, de un exilio hostil, de una depresión. 

No adquirí con paciencia conocimientos que me hubieran desviado hacia una vida en las escalas mayores del tiempo. Ahora se disuelve la forma de algunas imágenes. La revelación de la intensidad de los colores se evapora en el olvido. Privilegio y dolor de la mirada que pierde el respaldo de la memoria. Pero persisten las ganas de saber fuera de mapas coloniales, con la facultad de imaginar adiestrada en la observación de lo mínimo y la evocación de sus correspondencias distantes, con cautela de espía y prisa por apuntar, mirar, tocar, oler, escribir, ante la nostalgia prematura de la agonía.

Esa linda pasión de hablar sola, dando voces a las cosas que me rodean, tal vez sea la mejor manera de cumplir con los días y noches que me restan. Pero espiar no necesita encarnaduras animistas. También puede alzarse sobre el deseo de poseer. Entonces el espionaje de la naturaleza se hace sistemática labor de asedio. Para darle un principio de conocimiento al móvil que ha regido los destinos políticos del Caribe en el siglo veinte puede aplicarse una etiqueta de especie: Destino Manifiesto. No,sé si la corona española o la inglesa infestaron el mundo con su codicia desde la creencia en que era ese el papel que Dios les reservaba, o si les bastó el placer de la crueldad. Merece estudio el origen de esa certeza. Acompañar el poder político asumiéndolo como deber moral, y saber que ese deber moral requiere las labores del investigador, del catalogador, del taxonomista. 

Desde el deseo de saberlo todo de los territorios apropiados se concibió y se emprendió, durante décadas, el Scientific Survey. En palabras de Nathaniel Lord Britton, uno de sus fundadores: “The completion of the work will make the geology and natural history of Puerto Rico and the Virgin Islands, insular possessions of the US, the key to the natural knowledge of the West Indies.” En el tono se reconoce la aspiración de contener el mundo en una nuez, y tragarse la llave, como si, en efecto, las posesiones insulares no hubieran sido  ya territorios asimilados por archivos  y bibliotecas.



Nathaniel Lord Britton fue el más destacado de los fundadores del New York Botanical Garden. Era neoyorquino de vieja estirpe, descendiente de moravianos de Pennsylvania que antes del siglo 19 se habían establecido en Staten Island. Esa islacercana a Manhattan sería entonces un remanso para naturalistas. En su zona más antigua ubica el cementerio de los moravianos, donde están enterrados Britton y Elizabeth, su esposa y colaboradora por mérito propio. A veces se descubre justamente lo que ni se buscaba ni se anticipaba. Dejo aquí una pista para otras lectoras. La iglesia moraviana se distinguió en los procesos de cristianización y educación de los pobladores de las Islas Vírgenes cuando eran colonias danesas. 

Espionaje, propiedad, acceso controlado. Llave y antesala. Puentes.

La empresa de Britton, como la empresa de los reyes católicos y la empresa de los demás imperios aventureros en los primeros años de la ocupación europea del Caribe, fue auspiciada por capitales privados. Es cierto que el discurso de la conquista, de “our new possessions” fue sostenido por la ocupación militar y por nativos como mi padre pero, desde los primeros años del contacto, la participación de fundaciones (y antes de compañías privadas de inversionistas) fue parte de la alianza entre gobierno y poder económico.




sábado, 10 de julio de 2021

Between St. Thomas, USVI, and Cayey

 



           La erección de torres de telecomunicaciones en el interior montañoso de la isla grande del archipiélago boricua fue uno de los giros transformadores ocurridos en 1917. Aquel fue el año de la entrada de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial y, sin el beneplácito de los jefes políticos representantes de los indígenas, de la imposición de una citizenship, (esa cuyo deseo abarrota las filas en las fronteras). Fue, además, el año de la compra al gobierno de Dinamarca, por 20 millones de dólares, de tres de las islas vírgenes −St. Thomas, St. Croix y St. John− además de cayos e islotes adyacentes. Al integrarse bajo un solo propietario pudieron haberse estrechado aún más las relaciones entre las islas de Puerto Rico y las Islas Vírgenes. Pero la integración distendida no figura en los paranoicos protocolos militares.

Volviendo a la estación de telecomunicaciones, descubro que como buena máquina de guerra fue objeto de una personificación sentimental. La nostalgia de los soldados de mar (un tanto solitarios en el destierro, como otros oficiantes marinos) les incita a la humanización de sus barcos, e incluso a la humanización heroica de aparatos como las torres, que funcionaron hasta 1932:

However, it remained to equip Puerto Rico with a high power radio station. In 1916, the Department of the Navy submitted a preliminary budget for its construction in the town of Cayey, “mainly to be used in naval operations.” The following year, the Naval Funds Act allocated the amount of $40,000 for this project. By 1918 the construction of Cayey´s naval radio station was being completed “which would not only guarantee communication with North American possessions in the West Indies, but would also provide a transatlantic service. This station was one of the 67 constructed by the Department of the Navy during the course of the war and one of the 5 transoceanic wireless stations in the United States. Puerto Rico had become part of a vast communications network that spanned the globe. (NAVCOMMSTA Puerto Rico – NAU).

La estación de telecomunicaciones construida en el pueblo de mi padre y de mi abuelo, pertenecía al mismo complejo militar que gobernaba en las Islas Vírgenes. El título oficial de la sede del gobierno era St. Thomas US Naval Station. Los pormenores que comparto forman parte de un cartapacio que, según recuerdo, subió a archive.org una sociedad genealógica de las Islas Vírgenes. Cuando intenté recuperar otros archivos que, me parece, formaban parte de esa fuente documental, no pude localizarlos. De modo que los datos siguientes, en una lista o inventario, quedarán como piezas desconectadas de otros documentos de la serie. El nombre del cartapacio comprende la década del gobierno militar en las Islas Vírgenes: Indexof Files Jackets for the years 1917, 1918, 1919, 1920, 1921, 1922, 1923, 1924, 1925, 1926, 1927, 1928. En las páginas que siguen anoto una lista de archivos y temas, con algún comentario.

Para no perder el hilo entre las torres que impresionaron a mi padre y a mi abuelo, parto de una mención del pueblo de Cayey en el índice del expediente, a propósito de una pelea entre borrachos. En la reyerta de cafetín participaron varios soldados, allá por el año de 1922. De hecho, en el índice se anotan varias muertes relacionadas con borracheras (“alcohol investigation”). Pienso que tras dar con este expediente, el único de la serie que pude copiar antes de perder el acceso, no procede volver a desterrarlo en la nube. Me parece más respetuoso copiar los nombres de los muertos a casi un siglo de su mala conducta. Es un homenaje a hombres y nombres irrecuperables, fuera de la memoria de algún descendiente tan desconocido como ellos, anzuelos lanzados al azar en un mar sin referencias, a ver si este libro les llega:

W S Hand, Corporal, USMC, 1922 (muerto)

Matt Colby, Private, USMC, 1924 (herido)

Foster Cohen Cook, no se indica rango, 1926, (muerto)

Kenneth Ivan Curtis Private USMC, 1926 (muerto)

Frank E. Warner, Captain USMV, 1926 (muerto)

Wallace, C.V., Cox  USN (herido por civiles en la estación de St. Thomas)

Wander New, atropellado por el camión USN 2819, 1929

Además se menciona un incidente de “disorderly conduct” (¿conducta impropia, o ese calificativo es privilegio de la élite militar?) de militares en Charlotte Amalie en 1919. Nada vi sobre esas muertes en los expedientes, pero encontré detalles sobre una máquina naval. Si es cierto que los hombres de infantería cuidan a sus caballos para que luzcan la gallardía que raras veces caracteriza a los humanos que los montan, los de las fuerzas navales (“marines and navy”) también se dejan seducir por sus embarcaciones.



En el expediente que contiene el índice de documentos que no pude consultar, se cuentan detalles de la aventura caribeña de un barco. Debe haber más de un libro dedicado al amor de los hombres a los objetos mecánicos. En ese libro cabría la maquinografía de la USS Grebe. El barquito fue, en principio, un barreminas. Durante los años veinte del siglo veinte, y mientras duró su misión en las Islas Vírgenes, desempeñó la labor de ferry que cada semana transportaba viajeros no identificados entre St. Thomas y St. Croix, ida y vuelta.

Esa labor de obrera contrasta con el uso de la Grebe como yate de ociosos. El 15 de abril de 1929, se la comisionó para transportar a maestras estadounidenses residentes en la isla grande, como invitadas a un baile de soldados en St. Thomas:

The Grebe will make trips to Fajardo on Wednesday and Saturday this week, leaving here (St. Thomas) at 0800, leaving Fajardo at 1300 hours. On the Saturday trip she will bring back some American school teachers to attend the dance of the Enlisted Men´s Club Saturday night. These teachers will probably be sent back to Fajardo by the Grebe the next day, Sunday, leaving here at 0900. 

La investigadora se acerca a este documento y su riqueza con curiosidad. ¿Acaso se ha escrito una historia abarcadora, general, sobre las maestras y los maestros “importados” de Estados Unidos? El documento citado sugiere que los hombres de mar blancos, para no desorientarse en tierra de pieles negras, necesitaban acercarse a mujeres de pieles blancas. Salta a la vista una curiosa interpretación de géneros. La Grebe se humaniza con pronombre femenino, es una “she”. Las maestras, se deshumanizan como paquetes o artículos prestados que como tales se devuelven en ese “sentback”.







viernes, 21 de mayo de 2021

Principio estrella



De pronto veo la forma de la estrella y el número 5. Tener números favoritos es una tontería, pero al número 5 me lo encuentro desde la infancia. Y ahora en las figuraciones de una estrella de mar, la que conduce al mar, que es la transformación del fuego en una liquidez donde la vida se gestó de manera inexplicable. De ahí a la relectura del libro de Rachel Carson: de cuando el planeta se desprendió del sol con un estornudo de fuego que tardó millones de años en enfriarse un  poco, hasta que otro estornudo desprendió de ella un costado que llegaría a ser la cuenca del océano mayor.

Carson recuerda que las sustancias de la sangre y del agua de mar son semejantes. Cientos de millones de años, porque no hay fábrica más lenta que la de la vida, no han deshecho esa continuidad. Tampoco han deshecho los parentescos entre cuerpos humanos y organismos invisibles vivos. Ante esa escala cronológica, ante esas semejanzas entre lo invisible por exceso de corpulencia o por micro presencia, una persona viva es más pequeña que la puntada de uno de aquellos trajes hechos a mano que dejaban cicatrices en los dedos de las costureras y los sastres. Hablar de vidas grandes parece tan absurdo como hablar de grandes obras. Todo lo que existe es pequeño.

El lenguaje es la obra engañosa de nuestra especie. El yo que escribe es una ilusión de importancia.  Saberse parte de una literatura pequeña impone el tono. La fragilidad de nuestras ilusiones no puede esconderse. La fragilidad de la vida se ampara en la pequeñez. Rachel Carson habla de las criaturas microscópicas que alimentan cuerpos que se fueron haciendo grandes a lo largo de los siglos, tan grandes, que no sobrevivieron. A la postre más frágiles que las maternales criaturas microscópicas.

Acercarse desde una tradición de literatura pequeña, esa que se compromete con la fuga de unos pueblos desarmados de soberanía, debería desanimar una empresa que puede parecer colosal. Sin embargo, esa empresa colosal también es poca cosa. Tan poca cosa, o tanta cosa, como los organismos invisibles. Nunca saldrán nuestros cuerpos de la ignorancia. La belleza formal y moral de las grandes obras humanas nos resulta incomprensible incluso a las humanas. En todo caso algunas humanas se acercan a los bordes de la especie, para demostrar que son accidentes.

No puedo escribir el libro cuya forma ni siquiera adivino, de modo que me propongo escribir la crónica del libro imposible.

¿Qué mejor móvil, para animarse a escribir que la ignorancia del lugar que ocupo y me ocupa? Es posible escribir engañosas frases contundentes y flotar sobre ellas hasta ese momento de la muerte, que imagino acompañada de alguna conciencia de falsedad. A veces la muerte acompañante te roza, pero no te escoge.

Empiezo a escribir este libro un mes después de haber previsto y abandonado la ruta que me llevaría a su forma. La forma entendida como fijeza, como estructura cerrada, rectangular, libresca. El Caribe es una biblioteca. Una amplia biblioteca, nimia en la escala temporal de las especies invisibles.  

He viajado poco en mi isla y a las islas. He pisado suelos caribeños, Cuba, Jamaica, Haití, Dominicana, Aruba, Trinidad, St. Thomas, Martinica, St. Croix. Pero  la duración de la suma de esos viajes y sus recuerdos fue breve.

De manera que me propuse visitar con pocos recursos, las islas cercanas del Caribe oriental. Lecturas, no siempre suficientes, pero indicadoras, apuntaban a un campo desalentador por lo numeroso: escribir un libro de conexiones entre el Caribe oriental y el archipiélago donde reside mi cuerpo.  Cuando empiezo a escribir estas primeras páginas aún no escojo entre varias entradas.  Sin embargo, mientras miro unas ramitas florecidas de una enredadera de jazmín de río colocadas en un florerito sobre el escritorio, y veo cómo se hacen visibles en la luz indirecta las flores mínimas y complejas, con sus estambres delicados y recios, sus pétalos verdosos, alguna semillita que comienza a escaparse, se me ocurre que el principio de un relato raras veces se muestra tan evidente como el principio de este. (abril del 2020)



lunes, 22 de febrero de 2021

Larry: los contratos

 


 

Este amor salvaje es una maldición, dice en voz alta Megan, y Larry le acaricia la cabeza. Le aburre la pasión inerte de su mujer. Es como si el tiempo fluyera hacia abajo. Es como si las horas, en vez de desvanecerse, se desplomaran; como si un relato, en vez de complicarse y progresar, se hundiera. Si por lo menos metiera mano con el mexicano la trama se complicaría. Pero en algo está de acuerdo con ella. La culpa es del director. Miguel es un intérprete sin brillo; una pérdida de tiempo hacer que Megan se enamore hasta el delirio de un mortal con juanetes. Sin embargo no hay nada que hacer. No puede romperse el sortilegio inútil. Habrá que esperar. Violar el contrato los arruinaría, pleitos interminables, acaso el fin de la carrera de Megan.

Un contrato más, como si no bastaran las obligaciones naturales e históricas. Como si no fuera suficiente su lealtad, innecesaria y poco lucrativa, al país de origen de su bisabuela Matilde Beggino de Trevelyan, nacida en una ciudad que comparte la latitud de Milparinka, más o menos.

Rosario, Argentina.

Matilde fue la hija natural (¿?) de una poeta anarquista. Cuando en 1900 el calor y la peste bubónica azotaron Rosario, y madre e hija escaparon hacia Buenos Aires, no hubiera sido capaz la pequeña Matilde de imaginar que nunca volvería a su patria chica, que en vez de retornar a la ciudad en la ribera del Paraná su madre decidiría regresar a Europa, y que de ahí emigrarían a Australia, donde Matilde se casaría con un albañil de pies regordetes. Mucho menos hubiera podido concebir que en el siglo 21 su bisnieto Larry Trevelyan leería, con disparatada fidelidad, los libros del nieto de una señora en cuya pensión porteña Matilde y su madre habían fregado pisos durante una breve temporada, antes de embarcarse rumbo a Nápoles.

Matilde nunca dejó de hablar español con acento napolitano, y así se lo enseñó al abuelo del padre, y el padre a Larry, observando una incorrección caprichosa que fue convirtiendo la lengua decantada en una especie de pacto doméstico que sólo los Trevelyan honraban sin entender bien lo que oían y decían. Quién sabe por qué, la bisabuela, el abuelo y el padre acumularon una bibliotequita de autores del otro lado del Pacífico, una humilde colección de libros que Larry heredó de sus ancestros.

Larry no ha visitado Rosario. Teme que ya no quede ni el nombre del barrio natal de su bisabuela, con sus barberías y plazas. Sin embargo, ha ido acumulando una biblioteca propia de autores argentinos, y los lee a su manera.

A propósito de los contratos de toda índole, un problema acuciante vuelve a lastimarle la conciencia: ¿a quién legará su biblioteca? Sus hijos no son lectores.

(De El fantasma de las cosas, Terranova, 2010)


domingo, 14 de febrero de 2021

La maldición de una red cantada, o el camino de las hormigas

 


Safariss

 

Al otro día Dugald los recoge en una limosina tan deslumbrante en lujos que la diva parpadea. La fama y la fortuna, en su caso, son un engaño, una conspiración de sus productores. Sus pertenencias cabrían en un rincón de la limosina de Dugald. Al cruzar los portones y salir a la carretera desierta ven un cobertizo techado con retazos mugrientos. Un viejo maldice y reparte su peso entre una lanza y una pierna.

Meriendan en un pent-house de blancura monacal, alquilado y decorado expresamente para deslumbrar a la pareja, ante una mesa donde se presentan con fingida sobriedad botellas de agua de los glaciares de Islandia, vinos y una docena de quesos artesanales franceses y españoles. El agua, los manjares, el champán, los claretes, se degustan de cara a la Bahía de Sydney. Larry, que come con el apetito antiecológico de un gigante, echa de menos unas lascas de jamón. Megan, abstemia con tendencias bulímicas, apenas mastica un queso cáustico con vetas azulosas, criado en un humilde hogar por unas manos envejecidas de trabajo y envejecido él mismo en una caverna enseñoreada por murciélagos bonachones.

Who was he, pregunta Dugald.

We call him Gumpilil, it´s a joke, we might as well call him Dugald.

Call me Dugald, ja, ja, dice Dugald.

Y nos maldice, susurra Megan con voz temblorosa, cada vez que cruzamos el portón. Nuestro parque ocupa una red de líneas cantadas. La songline de sus ancestros, el ant dreaming. Los Trevelyan interrumpen la línea de las hormigas. Desde luego, no sabíamos que al comprar la casa sellábamos una profanación, dice Larry con la boca llena. Olvidamos sumar los consejos de un encantador a los cálculos de los agrimensores. Hoy también lo maldijo a usted, murmura Megan.

Me encantan las maldiciones, me encantan los rituales. El proyecto que les propongo es un ritual, ataca Dugald.

Larry no disimula un bostezo. Ya conocen el concepto, esperan que el director aclare las condiciones restantes, discutido ya el asunto de los honorarios. ¿O es que le parece excesivo el precio de los actores?, pregunta Larry. Dugald se ofende. Él no piensa nunca en dinero, tiene TODO el dinero del mundo. Si quisiera podría vaciar los bancos de Suiza y le sobraría efectivo para comprar un planeta. No se le ocurre hablar de dinero, no sabe lo que es el dinero. Sí tiene la impresión de que a Megan le gustará la isla. Es una maravilla. Megan es otra maravilla; mujer e isla tienen que encontrarse.


martes, 19 de enero de 2021

 


Javier Sáez de Ibarra

"Vida económica de Tomi Sánchez"

Madrid: La Navaja Suiza, 2020

La paternidad. La novela del padre. Asedios a la figura del padre. Novela alegórica, personificación o animación de ideas. Arte de interpretar fragmentos.

¿Qué es "Vida económica de Tomi Sánchez"? En cada novela buena se lee la historia del género y sus transformaciones, pero Marta se niega a quedar atrapada en la cuestión de la identidad del artefacto. La deuda de la lectora es leer.

Artefacto sí, pero la palabra es fría y el libro no. En todo caso aquel reloj que al darle cuerda se mantiene en movimiento perpetuo y admite tantas variaciones y adiciones como aliento tengan autor y lectores.

Novela colectiva no sé si es, pues su autor es uno. Sí es coleccionista de voces y objetos encontrados. Aunque pensándolo bien tampoco es del todo la novela del autor. En ocasiones parece que el autor fue algo así como un médium, una hidra sensible poseída por voces que ocupan el aire en cualquier parte del mundo que conocemos, cotidianas, vacías, más bien ruidosas.

En la contraportada se lee que "Tomi" es una novela coral, es decir, social. De acuerdo, y cambia de tonos como un objeto se transforma, a lo largo de las horas, a la luz natural. Hermosa porque no parece del todo humana. Su forma abierta (podrían añadirse o quitarse capítulos casi al infinito) me recuerda los objetos que encuentro cuando paseo frente al mar Caribe, en una playa del sur de Puerto Rico. Tienen nombres comunes: caracoles, esqueletos de cangrejos, pedazos de corales, erizos. Admiten nombres porque tienen forma. Estructuras complejas que han tardado más años de los que yo tengo en fundarse, un poco al azar y otro poco por el comportamiento inevitable, aunque involuntario, de aquello que no es humano: el mar, la lluvia, el sol, las arenas, animales, vegetales. Geometría fractal, como el tema de Luis Othoniel Rosa. No las distinguen tanto las semejanzas sino las variaciones que raras veces notamos en las formas constantes.

Esta novela despega desde la fuerza de los libros anteriores del autor, y la multiplica. Tomi Sánchez, el protagonista, muere despedazado en los primeros capítulos, no sin antes dedicar buena parte de su tiempo a intentar cumplir su vocación auténtica: ser padre. Es un personaje casi marginal de su propia existencia, instrumento de un montón de trabajos y quehaceres: obrero, oficinista, escritor de aforismos, enamorado serial. "Vida económica de Tomi Sánchez" tiene varios ejes: es la novela del padre, la novela del dinero, la novela del capital, la novela del trabajo enajenante, la novela de la guerra, la novela de un visionario.

La novela del padre es un relato de heroísmo. Tomi pasa las noches deshaciendo lo que sus hijos e hijas aprenden en la escuela. Los lleva a recorrer las calles de la ciudad y los invita a ver e interpretar sin los lentes de la pedagogía bancaria. Ejercer la paternidad, en su caso, es lo contrario de aceptar la ley brutal del padre autoritario, porque Tomi se empeña en revocar los miedos, idioteces, limitaciones y docilidad que los niños han aprendido fuera de su órbita. Es padre de alegorías. Sus hijitos se llaman: Vigor, Libertad, Pasión, Energía, Salud, Voz. Figuras libertarias que provienen de una ética de tradición radical.

La alegría de los niños abre respiraderos en el infierno de una trama de horrores que pasan por normales: el asedio sexual a una joven en un cóctel de autores y editores; el accidente del obrero que pierde un brazo y se enfrenta a la mezquindad de la poca importancia de sus derechos ante las instituciones, como si lo peor de morirse fuera que una buena muerte es imposible.

"Vida económica de Tomi Sánchez" me recuerda otra novela: "La troupe samsonite", de Francisco Font Acevedo. Impresionan las coincidencias entre dos libros rarísimos, incluso por el contraste de un rasgo que las distancia: en la novela de Francisco la orfandad de unos niños abandonados por el padre; en la novela de Javier las inquietudes de la responsabilidad paternal.

El cuerpo del padre, trabajador de día, desfacedor de entuertos en los paseos nocturnos, miembro de una brigada clandestina que es más bien una brigada de artistas insurrectos, padece de agotamiento, aunque la sexualidad sigue siendo posible los fines de semana cuando no hay fútbol. Por la novela desfilan sus numerosas parejas. Cuando se cansan de sus vuelos imaginarios y su poca atención al orden doméstico, se liberan de él, sin dejar de apreciar alguna virtud suya. Mujeres y amigos pagan la cremación del cadáver de Tomi en un capítulo donde el animal de una barbacoa se confunde con los restos del hombre. Escena que, como muchas del libro, cruza umbrales entre tonos de historia sagrada, tragedia arcaica y comedia contemporánea de la imbecilidad humana. No hacen falta los caballos parlantes de Orwell para representar la granja de animales domésticos que el régimen del capital engendra y devora. Ser padre también sirve a la máquina. Proletario es quien tiene prole, el que alimenta la máquina del trabajo con sus carnes.

Parecería que la novela desconfía y se ríe de la literatura, de la moralidad frágil de sus personajes, de la cultura de la biblioteca y de la cultura toda, desplazada como un niño que, asfixiado por su cordón umbilical, no ve la luz. Incorpora textos descontextualizados de su apacible sueño en la cultura letrada, como un poema de Vicente Aleixandre en el capítulo de las operaciones de una brigada clandestina que hace obras de belleza, mientras denuncia la precariedad del "sistema"; o la cita intervenida de una elegía de Rilke (donde decía ángel se dice dinero, o poder). Víctor Serge, Vallejo y Joyce pasan a saludar, e incluso Juan Ramón Jiménez invoca a la inteligencia, que jamás podrá dar con el nombre exacto de las cosas.

Pueden deslumbrar un lirismo de salmo, o una alucinación visionaria, cuando no se liberan las voces animales de una gritería en familia, o los lugares comunes de cualquier reunión de humanos que matan el tiempo aunque sea lo único que tenemos, pero ya se sabe que matamos aquello que no sabemos querer. Y siempre con esa calidad que junta el sentido común con lo onírico en una especie de traducción a la inversa; y es así porque desmontar la figura del padre o las pretensiones del obrero que quiere ser padre, o el culto feroz al dinero en seres que apenas alcanzamos a ver el celaje del dinero, equivale a desmontar la cultura occidental, digamos que al menos esa.

Tomi, padre de alegorías, es un personaje de relato bíblico, con una conciencia de la que carecen muchos de su grupo, pero capaz de atrocidades en cuanto el deseo de poder lo domina. No obstante, su círculo de amigos y cómplices y mujeres agobiadas reconocen cierta excepcionalidad en él: su ternura.

Será esa ternura extraña una antagonista del deseo de muerte. Se advierte en las luchas de todo tipo, las que nunca se transaron: la igualdad entre géneros, la derrota del privilegio, y de la explotación de la naturaleza. En todo caso Tomi, el ordinario, no es ordinario. Es un sujeto que admite formas plurales, pues toma de, o se deja tomar, por fantasmas de los clásicos, de las vanguardias, del comunismo, de la patrística, de una fe religiosa imposiblemente católica, puesto que no reconoce autoridades.

Novela episódica, novela mural y moral, de muchas voces, sin falacias patéticas. Novela situada en su lugar y tiempo. Se escribe en la España de la segunda década del siglo XXI y desde el gran escenario político de la calle. La calle es escuela de masas y granero de alegorías. Es por eso una novela de múltiples adherencias, casi como un objeto natural al cual se suman transeúntes, un caracol sagrado y sufrido, lleno de trazos de fósiles que el mar fabrica y devuelve. Un enigma, una puerta a lecturas alegóricas, ese género tan antiguo y tan moderno. La novela es posible cuando da forma a nuestras maneras de organizar, malgastar o entender y sacrificar lo poco que tenemos: la vida en el tiempo.

A propósito del final: escojo otro, porque me parece que el principio de construcción del libro me lo permite y si así no fuera tendría que imponerse la voluntad de la lectora. Sé que a pesar de sus transgresiones formales el libro es ya un objeto sólido, un soporte, y que merezco el dolor de la nota cruel por mi excesivo sentimentalismo y afición a los finales, si no felices, al menos resistentes. Por eso escojo otro final, tomado del libro mismo.


Eso no quiere decir que el final determinado por el autor no sea perfecto. Lo es, es el cierre perfecto. Sobresalta. Qué más se puede pedir de un final.

Pero yo escojo otro final. O dos. O tres. El personaje que entra en una onda de conciencia dilatada llamada dios en su mínima terraza de barrio pobre; el capítulo de los abuelos combativos, viejos comandos que se vengan contra las injusticias y echan alas, pues a su edad la cárcel no es para tomarla en serio (aunque siempre lo es); los paseos nocturnos del padre de alegorías.

Bienvenida sea la áspera belleza de un objeto trabajado con la intensidad de las fuerzas marinas. Se puede leer alterando el orden,, como los libros que se armaban encuadernando manuscritos de diversos orígenes. Cabría añadir capítulos, o dejarlo quieto, que repose. Celebrarlo como una novela de su tiempo, tan propicio para alegorías literarias; libre de hipocresías y paños tibios, violenta, pero sin el abuso de la violencia como moneda de cambio, puesto que en este libro el dinero se ha expulsado del templo. Existe porque su autor ha querido y podido disfrutar del gozo de escribir en un tiempo liberado por él y por los suyos.

Marta Aponte Alsina

Puerto Rico, 18 de enero de 2021


sábado, 7 de noviembre de 2020

El bello nombre de Bloomsbury

 


La única criatura genial del círculo Bloomsbury fue Virginia Woolf. Supongo que se trata de un consenso rayano en dogma. Basta ver imágenes de las obras de Vanessa Bell, o Duncan Grant, acercarse de lejos a los libros de Lytton, no haber leído los libros de Leonard y negarse a incluir al economista. ¿Falta alguien? Ella jamás se permitió un descenso al mundo bárbaro, sin dejar de ser una lectora maravillosa de los libros de su esfera. Borges, imperfecto, llamó desesperante al Orlando, y atribuía la traducción, que él firmó, a su madre. Tlon da vueltas.
Victoria Ocampo, millonaria argentina apasionada de las letras, invadió la casa de Virginia. La Woolf la interrogó sobre paisajes y mariposas, "como si yo fuera una cosa y no un ser viviente", recordaría Victoria. No hubo acercamiento entre dos frecuencias dispares, separadas por el prejuicio, el desconocimiento, el desinterés, los orígenes de clase y casta. Leemos a Virginia pero ella no hubiera podido leernos, ni a doña Victoria ni a ustedes, ni a mí, ni a Bad Bunny.
Virginia era inglesa insularista, de los reductos de la tertulia doméstica y el conocimiento archivado de universidades centenarias cerradas a las mujeres, quienes no obstante se dejaban sentir en grupos con recursos suficientes para cultivar el ocio y permitirse algunas incursiones experimentales en las tinieblas de la época. ¿Qué supera en valor de influencia los escritos feministas de Virginia? No obstante, la dura invasión de Ocampo al mundo de Virginia dejó huellas en la serie fotográfica de Giselle Freund, auspiciada por doña Victoria.


PR 3 Caribe, inventarios del archipiélago

Un condensador de sentido, un imán de papel: eso es el monumental ScientificSurveyof Puerto Rico and the Virgin Islands (1913 a 1970). Encu...