viernes, 31 de diciembre de 2021

Espacio teselado, desde el café Evergreen

 


Marta Aponte Alsina


Una antología poética de Haroldo de Campos lleva por título Hambre de forma  (Veintisiete Letras,  2009).En una poética vanguardista autorreflexiva la forma se busca en la descomposición del lenguaje habitual; deshaciendo el lenguaje para revelar sus elementos y funciones.

Aurea Sotomayor Miletti es una escritora extraordinaria, una de las grandes autoras latinoamericanas y caribeñas. Lo es por la constancia de un trabajo abundante, prolijo y sostenido que no pierde líneas fundamentales de continuidad y calidad desde su primer libro, Soñando mi sueño de madera, y porque ha escrito ensayos sobre autoras y autores, como quien se acerca a la biblioteca para encontrar interlocutores y adversarios. En sus ensayos críticos asume la lectura no solo como tarea de visibilización y reconocimiento de la otra, sino como una disciplina que desarma, examina y rearma poéticas.

El registro es prolongado: los poemas de juventud, melancólicos; el erotismo decadentista, refinado, durasiano de Rizoma. El rizoma mismo como mapa de un proceso engañosamente espontáneo, pulido, trabajado eufónicamente. El monumental libro de ensayos críticos Femina faber; incisivo, mordaz, alejado de los lugares comunes de la crítica, compone una serie de ensayos semejantes a alegatos legales; rigor demoledor de cierres habituales, de lugares comunes;sus estudios sobre poesía puertorriqueña.

Seguir su trayectoria de crítica y poeta es seguir algunas marcas del mapa de la literatura puertorriqueña. En este su libro más reciente, el desafío a la forma, a la arquitectura del poema, a la geometría del verso, al diseño del ala, exhibe el violento y ominoso presente de la especie humana y sus dominios, su voracidad, su hambre no ya de forma, sino de muerte. La muerte es eso, pérdida de la forma. Y la búsqueda de forma en la violencia tiene también una dimensión viral, de tristeza, con rastros del desastre. El cadáver de una mujer en el desierto. Los cadáveres de niños muertos. La destrucción de pueblos como moneda de intercambio en el mercado de poderes y pesos. Y la luz de un café Evergreen que podría ser una casa de espantos o un paraíso artificial.

Lo impresionante de la voz poética es que sin evadir la desolación, la soledad y las cumbres enrarecidas del mundo académico, se sostiene aplomada y muy presente sin sentimentalismo, como testigo de atrocidades. Hay nombres que ya son significantes en más de una lengua, George Floyd, Ebenezer Church, la iglesia donde ancianos negros acogieron a un demonio fabricado de obsesión blanca. O la sinagoga de Pittsburgh, la ciudad de otros hábitats de la autora. Pittsburgh con sus guetos, sus bosques y una librería de viejo. Y la residencia de sus padres en Puerto Rico, donde el jardín no acaba de perder la forma que le impartieron las manos de la madre, y sobrevive.

Ahí queda el registro de la mirada del guardián adiestrado como un perro monomaníaco para evitar el acercamiento a las obras del museo Frick, mansión neoyorquina de quien fue uno de los máximos explotadores de los cuerpos que trabajaban en sus fábricas en Pittsburgh. “Robber baron” a la manera de  los Carnegie, de un puñado de fundadores de fundaciones que aspiran al libertarismo del privilegio:  desmantelar el estado, instalar la caridad a cuenta gotas. Anarquistas a su manera prepotente, porque fue la lucha de las mayorías, reconocida por la ley, la que les opuso unas reivindicaciones mínimas. A poco más de un siglo de la guerra contra los trusts, vuelven por sus fueros de robber barons del siglo XIX.

En ese contraste entre el aplomo del ojo que ve, la piel que recibe y la memoria que apalabra, está el envío. La poesía persigue el rastro de la luz, la fijación del instante pasajero que esa mirada humana registra y traduce. La lección de la maestra está en la forma, en la experiencia captada y transformada a pesar de. Es la paciente insistencia en dar forma al dolor de morir y ver morir, al caos, a la fugacidad. Será que la belleza de canibalizar, descomponer, perseguir y rearmar unas formas es lo realmente  humano. No el coleccionismo de objetos inaccesibles y apresados en el museo deformado por el devorar, sino en lo instantáneo y fugaz que reaparece y se pierde, librándose del ansia de poseer. 

La poesía de Áurea Sotomayor Miletti no cabe en una reseña de unos versos de uno de sus libros. Merece un libro cuidadoso, desde múltiples miradas lectoras. No necesita esta reseña.

Cierro con uno de los poemas breves del libro, en estos días de luz húmeda que marcan el umbral entre años, y añado el recuerdo de otras navidades, y una imagen recurrente que también evoca una ocurrencia de la poeta, quien comparaba el ejercicio de la crítica necesaria con la agilidad del atleta:

Fibras

No se trata tan solo de la cosa

es decir, del lagarto y de su ciclo;

el encadenamiento de visiones

y el pasto seco sobre el que reposa

 

Es decir, que la luz repara

las protuberancias de sus cortes

en contraste con la zona del suelo,

las entradas en la visión desde esa forma,

las sucesivas emanaciones

que allí pasan.

 

Estaba el sol en su cenit.

(Fibras, en Espacio teselado, 2021)

 

Y desde esa forma cíclica, saltar a otra punta del rizoma, compartiendo un poema escrito en la luz de otro año viejo:

glosas de lagartijo

la gravedad, o sea la gravedad

el lagartijo,o sea, la quimera


Si un lagartijo perdiera su rabo,

ese equilibrio maravilloso

donde el abismo se niega a caer

y se soporta en peso,

en frágil piel de aguja.

Si entonces le cesaran la verja,

el alambre donde hace de su vida

apoyo

donde habita

retando las normas del vacío:

la gravedad que para él es solo

un espejismo

un fragmento de ilusión

cortado con su látigo.


(No sabe que la posibilidad es un apoyo

y es también la imperfección de una peca).


Si luego decidiera alambrarse

vivir no improvisándose,

fijarse en su estatura

e inflexible,

negarle a su cuerpo su retórica.

Su maravilla cesada,

¿se reconocería en gravedad,

y ya en el centro mismo

transformaría su horizonte

en algo demasiado firme?

(No sabe que las preguntas son respuestas,

que luego son quimeras).

(glosas de lagartijo, Velando mi sueño de madera, 1980)

 

 

 


domingo, 31 de octubre de 2021

luz y silencio

 



La historia de los jardines botánicos es inseparable de las historias del colonialismo, de las historias de la ciencia y de las biografías de los mecenas fundadores. Y de la historia del deseo de belleza.

El papel de los mecenas se ha destacado tanto o más que la valentía de les recolectores, hombres y mujeres que trabajaban por encargo.La trinitaria, buganvilia, flor de papel, o flor de Santa Rita, como se la conoce a lo largo de las Américas, llegó a ser mercancía, aunque sin provocar el delirio extravagante de los tulipanes. Pero igual debe haber sido puro asombro la primera vez que un europeo centró su mirada sobre esa planta nativa del inmenso Brasil, tan generosa en su paleta de colores florales.

En una visita a Vista Farms en Juana Díaz, cerca del mediodía, vimos mariposas amarillas y blancas. Son las polinizadoras, nos explicó nuestra guía Naomi. En esa cuna de trinitarias y amapolas establecida hace treinta años trabajan unas cincuenta personas. El ambiente de un cromatismo múltiple y el silencio de campo abierto suavizan el ánimo. En los viveros hay decenas de plantitas que viajarán por carga aérea a mercados tan distantes como Hawaii, Canadá y algunas ciudades europeas o tan cercanos como los comercios de Puerto Rico. La amable tocaya Martita nos enseñó la lista de especies y sus procesos. 




Yo les prometí esta nota, y la escribo bajo los efectos de la luz silenciosa del recuerdo del jardín multicromático y, sobre todo, del marco histórico de ese jardín, el llano costero, tan alterado desde hace siglos por el monocultivo de la caña de azúcar. Se me ocurre que si en cada espacio público se dedicaran unos lugares adecuados a sembrar colores y aromas, algo respondería en nuestros cuerpos, adormecidos por los golpes de la violencia; primero, alegría; y tal vez la conciencia de la continuidad que une nuestros órganos vitales al hambre de belleza. Porque la belleza es ante todo un estado del ser. El objeto incitante, afinado en la tónica del cuerpo, solo lo provoca.

Luz y silencio es la calidad de esos llanos costeros del sur. Fueron colonias cañeras y ahora espacios intervenidos por empresas agrícolas o poblados por comunidades amantes del silencio. Silencio elocuente, pues tras las tonalidades del verde, de las sombras azulosas y los fulgores amarillos del verde, abundan los insectos y las aves en sus fases evolutivas: gusanitos, orugas, turpiales, ruiseñores, guineas, huevos, larvas, mariposas. El silencio blando del paisaje del secano, que despliega sus variaciones del verde tras las lluvias de la temporada, atrae especies animales con toda la fuerza de la tierra que sostiene sus raíces. De la belleza que alegra los sentidos, de la vista, el tacto y el olfato, dependen.

La leña de la espinosa bayahonda tiene un aroma que contagia los objetos quemados. Las flores de malezas y arbustos perfuman el aire al día siguiente de nuestra visita al jardín de las trinitarias. La cuna de las trinitarias y el campo abiero de un sector de Salinas: dos paisajes del sur que sugieren las riquezas de las entrañas de la tierra, de los acuíferos, de las milenarias formaciones de las cavernas.


Como todo lo que pasa por el fuego y retiene su forma, rastros de esos lenguajes no humanos quedan en las piezas de barro de Javier Orfón. Me permito aproximar esta imagen de una obra suya al escándalo festivo de las trinitarias.




martes, 14 de septiembre de 2021

Tinta, agua y luz: La última testigo

 


Marta Aponte Alsina

Los géneros góticos y la novela histórica alentaron la industria del libro en Europa y sus colonias culturales. Se leían incluso en el San Juan de Tapia, que menciona a Ann Radcliffe en sus memorias. Dieron vida al desajuste de la fantasía gozosamente engañada. El terror atrapado en una página desata placeres morbosos y aumenta el aprecio al círculo doméstico de la casa protectora.

Hace unos años estuvieron de moda las carnes más crudas del gótico. Ahora Lovecraft, el padre literario de ciertas corrientes delirantes, ha trascendido a las teleseries, cercanas en su estética a las revistas populares que publicaron sus relatos hace un siglo.

En La última testigo (2021, La Secta de los Perros), de René Duchesne Sotomayor, se trazan nuevas derivas del gótico. Los relatos de La última testigo se afinan en el temperamento claramente  desengañado de este tiempo. Una manera de leerlos es pensando en lo que Josefina Ludmer hubiera llamado los procesos constructores y Piglia los núcleos de los textos. La figura podría ser una antítesis: la casa y sus atmósferas y el exterior desamparado dominado por la mala muerte. De la casa se desprenden dos versiones: la propia, construida para el placer del juego o la defensa contra un mundo exterior deseoso de invadirla y la casa de unos abuelos, solar de una familia extendida.

La casa de los primeros cuentos del libro pretende ser hermética. Engaña con la utilería de la arquitectura gótica en sus representaciones literarias: trampantojos, puertas escondidas, funciones alteradas, muros cegados, una ventana que nunca se abre. Asegurada contra invasiones, que podrían ser benignas o atroces, termina devorando a sus habitantes, porque el personaje solitario siempre es más de uno. No hay asideros en el mar sin orillas de los sueños. No hay costas donde naufragar ni salidas de una casa en dos dimensiones, pues entre las palabras y los dibujos arquitectónicos que ilustran el libro se tiende una correspondencia. La casa se cuenta, y también nos cuenta. Tras el punto final, cuando asimile lo que acaba de leer, la lectora de este libro verá una ventana como pocas veces ha visto una ventana. La ventana enmarca la visión trunca del mundo exterior, siendo a la vez motivo de seducción y misterio para quien la ve desde afuera. Las páginas del libro son análogas a  las hojas de una ventana. El libro es un objeto seductor en movimiento. 

La otra casa que se cuenta, la de los abuelos, está rodeada de un patio tropical fértil. La excesiva vitalidad del entorno y la distribución interior de la casa se recuerdan entre las voces de la abuela que contaba sus experiencias infantiles misteriosas, como todas las madres y abuelas que yo recuerdo. La casa familiar no lo es del todo, pues alberga los silencios y enigmas de los mayores. Están los lugares sellados por la muerte, el árbol mutilado por la inquina de los vecinos, las llaves perdidas, la reinita extraviada en su interior, la conexión vibrante con la tumba del abuelo.

La personificación de la casa es un tópico de la literatura de horror. En La última testigo la casa de los primeros cuentos es obra de una restauración reciente, que parte de un deseo: conservar el misterio de sus interiores. Protegerla. El desconcierto de los intrusos potenciales es una medida del éxito de la casa. Hay que pensar que una casa es un descaro, una cara que pretende tener derecho a una presencia y a la vez ser la defensa de una intimidad. La colocación de una ventana basta para que un ojo enterado crea que entiende la distribución de los espacios personales; la intimidad de sus habitantes. Por eso en las casas de este libro se alteran las funciones tradicionales de los espacios y el sótano se llena de luz y el lugar del cuarto de juego se desplaza y se comunica con un cuarto de cuna. Si una de las ventanas se cierra siempre, la casa se hace indescifrable.

Con la lógica precisa de los cuentos de Poe se va tejiendo la verosimilitud de las obsesiones. Todo en regla, no se admiten desvíos, pues los desvíos no tienen fondo, como los extremos de la vida: nada y muerte. Hay en la sobria construcción de un relato en forma de casa y de un libro como paraje poblado de casas y rodeado de enigmas, toda una poética de la lectura. El tono controlado e inquietante seduce y desconcierta. Se reescribe a Poe sin concesiones al melodrama, valiéndose de dos medios visuales inmóviles, que componen un monólogo vestido de diálogo entre ambas formas y una atmósfera irónica (¿decimos kafkiana?), pues la perfección tiene sus errores que no dejan de guiñar. La casa, como en aquella genial película de Buster Keaton, puede abocar a la autodestrucción. O al eterno retorno de la vida sencila, como en el final del mismo corto de Keaton.




La continuidad entre los relatos encadena una secuencia de miradas, desde el interior, desde el exterior y en el desamparo de los lugares abiertos, las calles, los bosques, el vecindario. En las afueras está el mundo atroz que nos hemos fabricado como especie: la destrucción de ciudades, el salvaje exterminio de inocentes, las deudas que se pagan con la vida. A propósito del enemigo interior: en las afueras de otras casas, aquella invadida de Cortázar, o la casa de Usher y desde luego la del aleph, la forma de la casa tomada es también una representación de la soledad.


La hermosa práctica de ilustrar los relatos, recuerda viejas ediciones, y también al arte del cómic y la novela gráfica. En esta época de la plaga de imágenes y la reproducción digital no se trata ya de ilustrar palabras sino de situar dos medios en un solo soporte.




Desde la casa cerrada el libro asume el riesgo del lenguaje que se atreve a publicarse, a ser leído. El final es un envío a lectoras, y lectores: la condición humana, no obstante sus vacíos, merece memorizarse y compartirse. El breve “Tinta, agua y luz” deja la impresión de una soledad compartida en esta casa libro que deben frecuentar muchos lectores, pues se trata de una literatura “sobre lo que nos mira” (Rafael Acevedo) y que añade valor a una nueva generación de narradores jóvenes: “ahora estas palabras provenientes de tiempos y espacios remotos o extintos, sirven para echar luz sobre esos mundos marchitos que el azar le entregó al vacío.”

Un libro tan sugerente y bien escrito como La última testigo enriquece una de las marcas de la literatura boricua y caribeña actual: la que se corresponde con la literatura misma y sus revelaciones; la que con su sola existencia llama a la protección de la vida que nos sustenta.

jueves, 9 de septiembre de 2021

y dejar que lo aprendido suene y suene

 



Marta Aponte Alsina


No ha tenido un momento de paz la poesía puertorriqueña desde sus primeros brotes. Se ha sumergido, se ha transformado, le han declarado la guerra y ese conjunto de palabras encuadernadas o lanzadas al aire no da señales de despedirse. Antes bien se extienden sus rizomas sin grandes cortes generacionales recientes, en las obras de Áurea Sotomayor y Vanessa Droz, y voces más cercanas, logradas la madurez de su expresión, tales Mara Pastor y Nicole Cecilia Delgado. Sin  dejar caer la complejidad de ritmos que repica, esa poesía sigue extendiéndose.

Xavier Valcárcel ha publicado libros desde muy joven. Cuenta con una serie de obras que son, para usar sus palabras, “trabajos de poesía”. Es cierto que ante el letargo de editoriales institucionales y comerciales, las pequeñas impresoras (tanto en libros hechos a manos como digitales o en combinación de métodos) han recogido esos frutos que caen de los árboles vigorosos,

Se diría que el carácter catastrófico de estas décadas ha provocado esa masa de respuestas como reacciones estridentes si no fuera porque en Valcárcel se nota el trabajo de una voluntad crítica que no acaba en el grito. Hay en los poemas de este libro suyo que comento (Fe de calendario, 2016) una sabiduría de golpes asimilados, pensados y usados. La confluencia de acercamiento y distanciamiento, la precisa expresión del dolor que siendo tan suyo es de su generación y su tiempo, dan un tono elegíaco a estos trabajos de autor joven. Es como si de un envejecimiento prematuro naciera una poesía con luminosidad de tiempo no perdido, una especie de elegía primera como cierre necesario para retornar mientras haya vida: enriquecido el don de adivinar, vislumbrar , proponer y predecir. Se trata de un aparador de voces y escenas cotidianas, en versos de un tono menor, cercano al de Ángela María, cuya materialidad rescata y privilegia la insignificancia para, de pronto, asombrosamente, formar con ingredientes humildes, esferas luminosas.

Las piedritas que, sin distinción de objetos mágicos, llegan a serlo porque se les reconoce como guías y estabilizadoras, componen lienzos de paredes. Cuando se desprenden de una obra en ruinas, su ciclo se ralentiza, pero no acaba.  Que el objeto inerte guíe todo un método de composición, que se reconozca la cercanía semiconsciente de los árboles y de las plantas de la botica familiar, hacen del libro una casa adonde refugiarse del entorno y reparar quiebres mentales sin falsos consuelos. Compartiría muchos versos descontextualizados. Son piedritas que me acompañarán si logro memorizarlos y creo que sí lo haré. Pero no sería bueno sacarlos del contexto donde anidan.

Agradezco la existencia de este libro acompañante.


viernes, 30 de julio de 2021

We had never seen such people before: Puerto Rican literature and the writing of the other (segunda parte)

 



Puerto Rico had been a colony of the Spanish Empire since 1493. The sense of a local literature and a creole specificity is older, but during the 19th century there was, in spite of censorship and political persecution, an emergent literature written in Spanish, nurtured by cultural institutions established in the last third of the century and by a number of periodicals and literary journals that had networks of contributors in Latin American countries such as Argentina, Chile and México, as well as connections with publishing houses, journals and newspapers in the United States. New York, for example, was a major publishing center for Spanish language books, and the literary events of the city were known and reviewed in Puerto Rican literary journals.

The construction of a national or regional identity was a complex issue. ‘Pureza de sangre’, institutionalized racism, was an infamous practice. Slavery was abolished as late as 1873. Many authors did not write or speak from a “we” that included peoples of color, although the best writers, the more aware and cultivated people, were advocates for the abolition of slavery and for women´s rights.

In the early twentieth century the complexities of national identity and the factors of gender, race and class were present in the literature written by black working class writers and by women, socialists and labor agitators like Tomás Carrión Maduro and Luisa Capetillo, but they hardly entered the canonic corpus of writers studied at the university and the schools. I guess the same is true of American literary studies,

Black slavery is one of the threads that connects cultural spheres between the Caribbean and the United States. Derek Walcott in the poem Omeros, follows the thread from the Caribbean to a Georgia plantation. The Harlem Renaissance was inspired by Caribbean intellectuals like Marcus Garvey and the Puerto Rican Arturo Alfonso Schomburg.

But back to Osuna, who is buried with his wife, in the neighboring town of Orangeville. He was obviously an intelligent young man and was offered a scholarship to study in the United States in the year 1901. Due to his naiveté and his youth, he sharply experienced the sensation of being an alien. 

His trip to the United States was inserted in the educational policies of the United States government toward the population of the island. The first decades were marked by a strong emphasis on radical and swift transculturation (la americanización) and the need to train native teachers who would be fluent American English speakers. Osuna was not prepared to even envision the atmosphere of his destined school, Carlisle. As some of you may know, I am referring to the Carlisle Indian School. Carlisle was established in 1879 on a former military base. (Other Puerto Ricans, were sent to the Booker T. Washington The Tuskegee Negro Normal Institiute at Tuskegee, Alabama, which seems to have followed similar pedagogical goals.)

Decades later, Osuna still remembered his culture shock. About his reaction Pablo Navarro Rivera wrote:

Juan José Osuna arrived at the Carlisle Indian Industrial School (CIIS) in Carlisle, Pennsylvania at six o'clock on the morning of May 2, 1901. He was fifteen years old, stood four feet six inches in height, and weighed just 80 pounds. Osuna, who would become a noted Puerto Rican educator, wrote of his arrival at Carlisle: “We looked at the windows of the buildings, and very peculiar-looking faces peered out at us. We had never seen such people before. The buildings seemed full of them. Behold, we had arrived at the Carlisle Indian School! The United States of America, our new rulers, thought that the people of Puerto Rico were Indians; hence they should be sent to an Indian school, and Carlisle happened to be the nearest.

Of course Osuna was “seeing and feeling” from the false consciousness of his own racism and prejudices, the despicable “pureza de sangre” heritage, but nevertheless his displacement was the result of a trial and error policy. About sixty other Puerto Ricans were also subjected to the experiment at Carlisle, which closed in 1918. Carlisle was a trade school and its stated objective was the radical transculturation of children from first nations that had been secluded in reservations. Its founder Richard Pratt surely saw himself as a liberal, enlightened educator when he wrote: “A great general has said that the only good Indian is a dead one, and that high sanction of his destruction has been an enormous factor in promoting Indian massacres. In a sense, I agree with the sentiment, but only in this: that all the Indian there is in the race should be dead. Kill the Indian in him, and save the man.”

From Carlisle, Osuna was sent to Orangeville, near Bloomsburg, as an apprentice to the house of a person named Mira Welsh. The Welsh family is an old local family, according to the book Historical and Biographical Annals of Columbia and Montour Counties. In this environment he learned English and seems to have developed a passion for this region and its history as well.

Osuna returned to Puerto Rico where he was a Dean at the University. In 1923 he wrote his dissertation. In it he he denounced the absurdity of imperial educational policies that could be described by the Carlisle mission statement. “Kill the Puerto Rican to save the Puerto Rican.” And the truth is that these policies were defeated in practice while continuing to create havoc and confusion for decades to come, sometimes as comically absurd as the  decisions documented by Osuna in his dissertation.


miércoles, 28 de julio de 2021

We had never seen such people before: Puerto Rican literature and the writing of the other (primera parte)

 


                                                                                                         Marta Aponte Alsina

A Pablo Navarro

What could the literature of Puerto Rico share with the very distinct culture of this region in Pennsylvania, itself a crossroads of peoples and cultures? Usually connections are subtle or hidden underground, like the roots of trees or the waters of underground rivers. According to certain mythologies there is a father or a mother river from which other rivers spring. There is also a tree whose roots embrace the earth. Narrations and myths are related since prehistory, when as you know, people gathered to hear stories.

In spite of their antiquity myths are very much alive. They survive and thrive in pop culture. The science of ecology also reveals the interaction between all regions of the earth. However, the cultural history of nations seems to have moved in the opposite direction, stressing difference. But we don’t have to look back into mythic origins to find a unifying story between this region of the Susquehanna River and the literature of an island in the Caribbean Sea, between the Appalachians and the Valley of Caguas, Puerto Rico.

When professor Hidalgo told me about Juan José Osuna I thought that in spite of Kipling´s verse, east and west do mix. East is East because a capitalist adventurer decided that West is West. Rather the West is one and the other, and the East is also one and the other. The same failure of binary opposition holds true for North and South. They have always mixed, in economic and cultural geography, even though the borders are policed and the lines are drawn.

This common story between a Caribbean island and Bloomsburg begins in the last decade of the 19th century. Caguas, Puerto Rico, was a sugar cane and tobacco producing region. An orphaned young man served as an apprentice at a tobacco warehouse. You can imagine his waking and sleeping hours pervaded by the acrid smell of dry tobacco leaves and cigars. He was an orphan and had to work to help support his family, a fate typical of families and communities all over the world. What was not typical was a destiny imposed by territorial imperative. In 1898 the US Army invaded the island and substituted a very short lived autonomic government under the Spanish Empire for a military government and later for a mixed electoral system with the governor appointed by the president of the United States until 1948. Cuba and Puerto Rico were the last territories in America under the Spanish flag. They also were the first territories South of Texas to be invaded by a power that still sees itself in official discourses as exceptional, according to a historian Jackson Lears, and that after its civil war, embraced its “redemptive responsibilities in the drama of world history” (Jackson Lears, Divinely Ordained, London Review of Books, 19 May 2011, p. 3). Redeeming Cubans and civilizing Puerto Ricans was part of a “manifest destiny”. Taking over the island as a coaling station and stepping stone in the control of Central and South America was, of course, seen as a right.  

But the US could not accept without doubts its imperial role. There was then the need to create an empire without seeming to do so, while carrying out a civilizing mission for countries “not prepared for democracy.” How could this be accomplished? The story was written by the judges of the Supreme Court. According to scholar Amy Kaplan, from the University of Pennsylvania, the so called insular cases, which defined Puerto Rico as an unincorporated territory that belongs but is not part of the US, “turned the space of Puerto Rico into a buffer zone, a blurred borderland between the domestic and the foreign onto which project the threats of hybridity… of a phantasmic invasion of the US. The ambiguous space of Puerto Rico as “unincorporated”, as “foreign to the United States in a domestic sense”, both embodies and allays these fears of foreign bodies” (Kaplan, The Anarchy of Empire, Introduction).

But this intricate political novel of the insular cases is not the common story I would like to share with you. The historical personage who was Juan José Osuna has, to my mind, a more immediate pertinence to our exchange. Osuna´s story is worth telling. Here, at Bloomsburg, we are at the university that received his papers, part of his legacy and that is remarkable. Moreover his story sets the stage for a look at the relationship between literature and its place of enunciation or the place –geographical and cultural and ideological- from where a writer writes and the mode of her or his writing the other.


domingo, 11 de julio de 2021

PR 3 Caribe, inventarios del archipiélago




Un condensador de sentido, un imán de papel: eso es el monumental ScientificSurveyof Puerto Rico and the Virgin Islands (1913 a 1970). Encuentra un lugar en este libro sobre mi padre por analogía. Así como el terror a la deslealtad engendra la mirada policial, el amor propietario pretende abarcarlo todo con los instrumentos del saber. Las islas imantan al deseoso de conquista. Cuando volví a casa tras haber vivido en continentes la mayor parte de lo que llevaba de vida, cuando regresé al pueblo donde nací, quise saberlo todo de este lugar, no menos la composición de los suelos que la textura elemental de las plantas, las corrientes de agua, la antigüedad de los líquenes. Casi un inventario como el poema de Corretjer, que no es palabra lírica sino definición de una manera corriente de sentir cuando se sale de encierros, de un exilio hostil, de una depresión. 

No adquirí con paciencia conocimientos que me hubieran desviado hacia una vida en las escalas mayores del tiempo. Ahora se disuelve la forma de algunas imágenes. La revelación de la intensidad de los colores se evapora en el olvido. Privilegio y dolor de la mirada que pierde el respaldo de la memoria. Pero persisten las ganas de saber fuera de mapas coloniales, con la facultad de imaginar adiestrada en la observación de lo mínimo y la evocación de sus correspondencias distantes, con cautela de espía y prisa por apuntar, mirar, tocar, oler, escribir, ante la nostalgia prematura de la agonía.

Esa linda pasión de hablar sola, dando voces a las cosas que me rodean, tal vez sea la mejor manera de cumplir con los días y noches que me restan. Pero espiar no necesita encarnaduras animistas. También puede alzarse sobre el deseo de poseer. Entonces el espionaje de la naturaleza se hace sistemática labor de asedio. Para darle un principio de conocimiento al móvil que ha regido los destinos políticos del Caribe en el siglo veinte puede aplicarse una etiqueta de especie: Destino Manifiesto. No,sé si la corona española o la inglesa infestaron el mundo con su codicia desde la creencia en que era ese el papel que Dios les reservaba, o si les bastó el placer de la crueldad. Merece estudio el origen de esa certeza. Acompañar el poder político asumiéndolo como deber moral, y saber que ese deber moral requiere las labores del investigador, del catalogador, del taxonomista. 

Desde el deseo de saberlo todo de los territorios apropiados se concibió y se emprendió, durante décadas, el Scientific Survey. En palabras de Nathaniel Lord Britton, uno de sus fundadores: “The completion of the work will make the geology and natural history of Puerto Rico and the Virgin Islands, insular possessions of the US, the key to the natural knowledge of the West Indies.” En el tono se reconoce la aspiración de contener el mundo en una nuez, y tragarse la llave, como si, en efecto, las posesiones insulares no hubieran sido  ya territorios asimilados por archivos  y bibliotecas.



Nathaniel Lord Britton fue el más destacado de los fundadores del New York Botanical Garden. Era neoyorquino de vieja estirpe, descendiente de moravianos de Pennsylvania que antes del siglo 19 se habían establecido en Staten Island. Esa islacercana a Manhattan sería entonces un remanso para naturalistas. En su zona más antigua ubica el cementerio de los moravianos, donde están enterrados Britton y Elizabeth, su esposa y colaboradora por mérito propio. A veces se descubre justamente lo que ni se buscaba ni se anticipaba. Dejo aquí una pista para otras lectoras. La iglesia moraviana se distinguió en los procesos de cristianización y educación de los pobladores de las Islas Vírgenes cuando eran colonias danesas. 

Espionaje, propiedad, acceso controlado. Llave y antesala. Puentes.

La empresa de Britton, como la empresa de los reyes católicos y la empresa de los demás imperios aventureros en los primeros años de la ocupación europea del Caribe, fue auspiciada por capitales privados. Es cierto que el discurso de la conquista, de “our new possessions” fue sostenido por la ocupación militar y por nativos como mi padre pero, desde los primeros años del contacto, la participación de fundaciones (y antes de compañías privadas de inversionistas) fue parte de la alianza entre gobierno y poder económico.




Espacio teselado, desde el café Evergreen

  Marta Aponte Alsina Una antología poética de Haroldo de Campos lleva por título Hambre de forma   (Veintisiete Letras,   2009).En una poé...