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sábado, 3 de diciembre de 2011

Marta, es Fernando Cros, llámame

Me llamaba para proponer empresas descabelladas que nos harían ricos, para invitarme a almorzar en alguna fonda, para anunciarme con un chiste el envío de poemas.

Varias veces me habló de Girona, de las carpas que se multiplican en los canales de la ciudad, de la leyenda del sabio Isaac el Ciego.

Según Fernando en la tapia del huerto de Isaac había una puerta secreta que comunicaba con un barrio oculto, la judería, donde los conversos vivían en estado de suspensión animada: practicaban los restos de la fe de sus mayores, estudiaban, de otro modo, la cábala, conversaban con sus muertos. Después, como una invasión en esta Girona “medieval” de tres imágenes, se me coló la figura de algún relato de Bolaño situado en las afueras, en una casa en ruinas, atenta a las luces parpadeantes de la ciudad.

Cuando por una de esas vueltas inesperadas viajé a Girona, y por otra vuelta afortunada conocí a Gemma Carbó, Benet Coll y Mireia Tresserras, les hablé de Isaac el ciego y el barrio secreto. Sí, por supuesto, y nada más. Entonces mencionaron un museo del cine, fundado por ellos, un museo que no pude visitar.

Quizás en ese museo, a la sombra de los fantasmas de Gloria Swanson y Dolores del Río, se encuentre una de las puertas comunicantes con el barrio hermético.

Fernando, Gemma, Bolaño, Benet, Mireia. La Girona de Isaac el ciego, esa que Fernando vislumbró antes de su partida el 5 de diciembre de 2010.
Quien dude, lea:

Enemigo rumor

Hay un mundo que naufraga en el misterio.
Su sentido es muy oscuro; se parece al de una hilacha
Sostenida por el soplo de la brisa en la orilla
de un abismo…
Nadie levantará su velo; solamente se insinúa
En las gotas de escritura que han marcado
Un cielo ardiente
Con el golpe alucinante de la llama.




(Fernando Cros, Fragmentos del habla, Editorial de la Universidad de Puerto Rico)

miércoles, 5 de enero de 2011

El otro círculo de Praga



El narrador –dice Walter Benjamin– toma lo que cuenta de la experiencia propia o ajena, y lo convierte en experiencia propia de los que escuchan su historia.
Antonio Jiménez Morato

…

Hoy se cumple un mes de la muerte de Fernando Cros. Una oración como ésta sólo puede escribirse desde la distancia que la literatura otorga. El espacio de la literatura es parecido al de la muerte. Ambos dan forma a la vida, y le confieren cierta trascendencia. Las palabras son la marca del vacío. Donde están ellas falta lo que ellas designan. Creo que esa insuficiencia fue el tema obsesivo de Fernando. Su poesía bordea el abismo, la necesidad y el fracaso de nombrar.

Sin embargo, el Fernando que conocí era la antítesis de la melancolía: brillante, irónico, elocuente, rebosante de anécdotas que me contaba sabiendo que mi papel de escucha era callar, registrarlas y alguna vez, que es ya el presente, compartirlas. Sus memorias nunca fueron una relación de hechos. Evocaban una atmósfera irreal. Los personajes y acontecimientos más aburridos seducían cuando él los contaba.

Fernando y su esposa Deledda vivieron unos años en México. Varias tramas del anecdotario tienen como protagonista a un narrador: José Luis González. Una de ellas se da el lujo de incluir como personaje al excéntrico escritor jalisciense Juan José Arreola.

La historia de González y Arreola es el relato de un viaje y fue un regalo de viaje que Fernando me hizo. Creo que lo escarbó de la memoria y me lo regaló cuando lo visité en el hospital, en julio, y le comenté que tenía la ilusión de aprovechar un viaje a España para visitar Praga.

El cuento es más o menos el siguiente. Lo recobro empobrecido, sin el talento y la feroz ironía de mi amigo, pero recordando su voz entrañable.
…

En alguna ocasión José Luis González viajó con su familia a la antigua Checoslovaquia. Arreola se enteró del viaje y, antes de que José Luis partiera, le hizo un encargo. La petición era frecuente en otros tiempos; los viajes eran acontecimientos poco comunes y los viajeros se convertían en mensajeros entre mundos distantes y casi fabulosos en el imaginario de cada extremo. Tratándose de Arreola, el encargo no podía ser ordinario. Acorraló al viajero en ciernes y le dijo:

“José Luis, por lo que más quieras, visita el cementerio donde está enterrado Kafka y tráeme alguna piedrita que encuentres cerca de su tumba”.

“Claro que sí”, balbuceó José Luis, que si no recuerdo mal era gago, así que seguramente tartamudeó la respuesta. Pasó el tiempo –entonces las estancias se extendían hasta que maduraban como una fruta que cae del árbol por su propio peso–, y llegó el momento inevitable de abandonar Praga, esa ciudad que con tanto embeleso describen los que la conocen. José Luis y los suyos regresaron a México.

Un día González fue a visitar a su colega Arreola. Justo antes de tocar a la puerta recordó, golpeándose la frente, que había olvidado por completo la encomienda del otro, el regalo mínimo y a la vez precioso de una piedrita encontrada junto a la tumba de Kafka. José Luis, que además de escritor era hombre sensato, y para colmo materialista y espiritista a un tiempo, es decir, capaz de integrar el arte con la sociología, y el realismo social con el humor, recorrió el jardín de la casa de Arreola. Le llamó la atención una piedra pequeña. Esa piedra le dijo algo; si no, hubiera escogido otra. La guardó en el bolsillo del pantalón y tocó la puerta.

Entonces, cuando se abrió la puerta, tras el abrazo de rigor, le regaló a Arreola la piedra kafkiana sin que el dueño de la casa pareciera sospechar que provenía de su propio jardín.

Así terminaba el cuento, con el círculo perfecto de un abrazo y una piedrita enaltecida, que a partir de aquel momento se hizo visible y mágica, y nunca más fue pisoteada.

viernes, 31 de diciembre de 2010

La piel de la nostalgia


Ángel M. Aguirre, La piel de la nostalgia, Obsidiana Press, 2010

Los libros se dejan leer en el momento propicio. Hace casi un año recibí La piel de la nostalgia, de Ángel Aguirre, a quien conocí en la Sala Zenobia y Juan Ramón Jiménez, entre los recuerdos del poeta, custodiados por el simpático y brillante Ricardo Gullón y la juanramoniana más ferozmente leal del reino, Raquel Sárraga. Leí La piel de la nostalgia, me atrajeron las fotos, la poesía sincera, coloquial, directa, pero ahora que este año de profundas conmociones está a punto de largarse, encuentro el momento propicio para la lectura intransferible, esa que me corresponde, cuando los libros leídos se funden con los objetos y espacios personales. Este libro se me ofrece como una capilla de altares a los muertos y una inocente y altiva declaración de repudio a la muerte. En las últimas horas de un año que termina con la muerte de otro poeta, Fernando Cros, encuentro en el claroscuro de sus altares un espacio reconocible.

Altares de una capilla desaparecida, de la que quedan las fotos de seres retratados en vibrantes momentos de belleza: la imagen del propio autor niño, la de su prima, las de su tía abuela y sus tías. Esos altares que Ángel levantó en honor de sus muertos me guiaron hacia una lectura pendiente, la del cuento “The Altar of the Dead”, de Henry James, y al recuerdo de una película de Truffaut, La chambre verte, sugerida por el cuento de James.

El protagonista de James dedica su vida a la muerte, es decir, a recordar a sus muertos. En una iglesia oscuramente evocada por el narrador –en el caso del filme de Truffaut en la capilla de un cementerio- mantiene encendido un infierno de velas votivas, cada una en memoria de alguno de sus muertos. Solo falta el amigo más entrañable, a quien no le perdona una traición. No recuerdo el final del filme pero el cuento de James apunta a una reconciliación con el espíritu del adorado enemigo y con la muerte propia, y a una continuidad de la tradición del culto de los muertos.

Un final macabro y gélido, que contrasta con el carpe diem que a manera de “Fórmula para ahuyentar la saudade”, cierra el libro de Ángel Manuel Aguirre. Porque un carpe diem es siempre una invitación al olvido, un reconocimiento de la otredad infranqueable de la muerte y una exaltación de la vida; no de una vida sola, sino del aliento compartido por las especies vivas. Así leo el libro de Aguirre, y las velas votivas dedicadas a sus muertos, como un brindis por la vida nueva. Despido al año terrible de 2010 con unos versos suyos:

Vivir en un mundo
callado y cerrado
y oscuro de niebla
donde no haya gente
ni blanca ni negra,
ni ciega injusticia.
Donde no haya amor,
odios ni prejuicios,
ni tampoco madres
ni tonto egoísmo.
Ni espejos ni lunas
de absurda ternura.
Tan solo mis huellas,
mis huellas desnudas,
perdidas, a tientas,
por nueva orillas.
¡Qué dicha, la vida!
¡Mi vida, qué dicha!

Primeros párrafos

Recuerdo cuando recibí el envío de mi sobrina. Leí su letra en una nota breve: quizás me interesaría conservar aquellas cartas. No pensé en ...