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martes, 19 de enero de 2021

 


Javier Sáez de Ibarra

"Vida económica de Tomi Sánchez"

Madrid: La Navaja Suiza, 2020

La paternidad. La novela del padre. Asedios a la figura del padre. Novela alegórica, personificación o animación de ideas. Arte de interpretar fragmentos.

¿Qué es "Vida económica de Tomi Sánchez"? En cada novela buena se lee la historia del género y sus transformaciones, pero Marta se niega a quedar atrapada en la cuestión de la identidad del artefacto. La deuda de la lectora es leer.

Artefacto sí, pero la palabra es fría y el libro no. En todo caso aquel reloj que al darle cuerda se mantiene en movimiento perpetuo y admite tantas variaciones y adiciones como aliento tengan autor y lectores.

Novela colectiva no sé si es, pues su autor es uno. Sí es coleccionista de voces y objetos encontrados. Aunque pensándolo bien tampoco es del todo la novela del autor. En ocasiones parece que el autor fue algo así como un médium, una hidra sensible poseída por voces que ocupan el aire en cualquier parte del mundo que conocemos, cotidianas, vacías, más bien ruidosas.

En la contraportada se lee que "Tomi" es una novela coral, es decir, social. De acuerdo, y cambia de tonos como un objeto se transforma, a lo largo de las horas, a la luz natural. Hermosa porque no parece del todo humana. Su forma abierta (podrían añadirse o quitarse capítulos casi al infinito) me recuerda los objetos que encuentro cuando paseo frente al mar Caribe, en una playa del sur de Puerto Rico. Tienen nombres comunes: caracoles, esqueletos de cangrejos, pedazos de corales, erizos. Admiten nombres porque tienen forma. Estructuras complejas que han tardado más años de los que yo tengo en fundarse, un poco al azar y otro poco por el comportamiento inevitable, aunque involuntario, de aquello que no es humano: el mar, la lluvia, el sol, las arenas, animales, vegetales. Geometría fractal, como el tema de Luis Othoniel Rosa. No las distinguen tanto las semejanzas sino las variaciones que raras veces notamos en las formas constantes.

Esta novela despega desde la fuerza de los libros anteriores del autor, y la multiplica. Tomi Sánchez, el protagonista, muere despedazado en los primeros capítulos, no sin antes dedicar buena parte de su tiempo a intentar cumplir su vocación auténtica: ser padre. Es un personaje casi marginal de su propia existencia, instrumento de un montón de trabajos y quehaceres: obrero, oficinista, escritor de aforismos, enamorado serial. "Vida económica de Tomi Sánchez" tiene varios ejes: es la novela del padre, la novela del dinero, la novela del capital, la novela del trabajo enajenante, la novela de la guerra, la novela de un visionario.

La novela del padre es un relato de heroísmo. Tomi pasa las noches deshaciendo lo que sus hijos e hijas aprenden en la escuela. Los lleva a recorrer las calles de la ciudad y los invita a ver e interpretar sin los lentes de la pedagogía bancaria. Ejercer la paternidad, en su caso, es lo contrario de aceptar la ley brutal del padre autoritario, porque Tomi se empeña en revocar los miedos, idioteces, limitaciones y docilidad que los niños han aprendido fuera de su órbita. Es padre de alegorías. Sus hijitos se llaman: Vigor, Libertad, Pasión, Energía, Salud, Voz. Figuras libertarias que provienen de una ética de tradición radical.

La alegría de los niños abre respiraderos en el infierno de una trama de horrores que pasan por normales: el asedio sexual a una joven en un cóctel de autores y editores; el accidente del obrero que pierde un brazo y se enfrenta a la mezquindad de la poca importancia de sus derechos ante las instituciones, como si lo peor de morirse fuera que una buena muerte es imposible.

"Vida económica de Tomi Sánchez" me recuerda otra novela: "La troupe samsonite", de Francisco Font Acevedo. Impresionan las coincidencias entre dos libros rarísimos, incluso por el contraste de un rasgo que las distancia: en la novela de Francisco la orfandad de unos niños abandonados por el padre; en la novela de Javier las inquietudes de la responsabilidad paternal.

El cuerpo del padre, trabajador de día, desfacedor de entuertos en los paseos nocturnos, miembro de una brigada clandestina que es más bien una brigada de artistas insurrectos, padece de agotamiento, aunque la sexualidad sigue siendo posible los fines de semana cuando no hay fútbol. Por la novela desfilan sus numerosas parejas. Cuando se cansan de sus vuelos imaginarios y su poca atención al orden doméstico, se liberan de él, sin dejar de apreciar alguna virtud suya. Mujeres y amigos pagan la cremación del cadáver de Tomi en un capítulo donde el animal de una barbacoa se confunde con los restos del hombre. Escena que, como muchas del libro, cruza umbrales entre tonos de historia sagrada, tragedia arcaica y comedia contemporánea de la imbecilidad humana. No hacen falta los caballos parlantes de Orwell para representar la granja de animales domésticos que el régimen del capital engendra y devora. Ser padre también sirve a la máquina. Proletario es quien tiene prole, el que alimenta la máquina del trabajo con sus carnes.

Parecería que la novela desconfía y se ríe de la literatura, de la moralidad frágil de sus personajes, de la cultura de la biblioteca y de la cultura toda, desplazada como un niño que, asfixiado por su cordón umbilical, no ve la luz. Incorpora textos descontextualizados de su apacible sueño en la cultura letrada, como un poema de Vicente Aleixandre en el capítulo de las operaciones de una brigada clandestina que hace obras de belleza, mientras denuncia la precariedad del "sistema"; o la cita intervenida de una elegía de Rilke (donde decía ángel se dice dinero, o poder). Víctor Serge, Vallejo y Joyce pasan a saludar, e incluso Juan Ramón Jiménez invoca a la inteligencia, que jamás podrá dar con el nombre exacto de las cosas.

Pueden deslumbrar un lirismo de salmo, o una alucinación visionaria, cuando no se liberan las voces animales de una gritería en familia, o los lugares comunes de cualquier reunión de humanos que matan el tiempo aunque sea lo único que tenemos, pero ya se sabe que matamos aquello que no sabemos querer. Y siempre con esa calidad que junta el sentido común con lo onírico en una especie de traducción a la inversa; y es así porque desmontar la figura del padre o las pretensiones del obrero que quiere ser padre, o el culto feroz al dinero en seres que apenas alcanzamos a ver el celaje del dinero, equivale a desmontar la cultura occidental, digamos que al menos esa.

Tomi, padre de alegorías, es un personaje de relato bíblico, con una conciencia de la que carecen muchos de su grupo, pero capaz de atrocidades en cuanto el deseo de poder lo domina. No obstante, su círculo de amigos y cómplices y mujeres agobiadas reconocen cierta excepcionalidad en él: su ternura.

Será esa ternura extraña una antagonista del deseo de muerte. Se advierte en las luchas de todo tipo, las que nunca se transaron: la igualdad entre géneros, la derrota del privilegio, y de la explotación de la naturaleza. En todo caso Tomi, el ordinario, no es ordinario. Es un sujeto que admite formas plurales, pues toma de, o se deja tomar, por fantasmas de los clásicos, de las vanguardias, del comunismo, de la patrística, de una fe religiosa imposiblemente católica, puesto que no reconoce autoridades.

Novela episódica, novela mural y moral, de muchas voces, sin falacias patéticas. Novela situada en su lugar y tiempo. Se escribe en la España de la segunda década del siglo XXI y desde el gran escenario político de la calle. La calle es escuela de masas y granero de alegorías. Es por eso una novela de múltiples adherencias, casi como un objeto natural al cual se suman transeúntes, un caracol sagrado y sufrido, lleno de trazos de fósiles que el mar fabrica y devuelve. Un enigma, una puerta a lecturas alegóricas, ese género tan antiguo y tan moderno. La novela es posible cuando da forma a nuestras maneras de organizar, malgastar o entender y sacrificar lo poco que tenemos: la vida en el tiempo.

A propósito del final: escojo otro, porque me parece que el principio de construcción del libro me lo permite y si así no fuera tendría que imponerse la voluntad de la lectora. Sé que a pesar de sus transgresiones formales el libro es ya un objeto sólido, un soporte, y que merezco el dolor de la nota cruel por mi excesivo sentimentalismo y afición a los finales, si no felices, al menos resistentes. Por eso escojo otro final, tomado del libro mismo.


Eso no quiere decir que el final determinado por el autor no sea perfecto. Lo es, es el cierre perfecto. Sobresalta. Qué más se puede pedir de un final.

Pero yo escojo otro final. O dos. O tres. El personaje que entra en una onda de conciencia dilatada llamada dios en su mínima terraza de barrio pobre; el capítulo de los abuelos combativos, viejos comandos que se vengan contra las injusticias y echan alas, pues a su edad la cárcel no es para tomarla en serio (aunque siempre lo es); los paseos nocturnos del padre de alegorías.

Bienvenida sea la áspera belleza de un objeto trabajado con la intensidad de las fuerzas marinas. Se puede leer alterando el orden,, como los libros que se armaban encuadernando manuscritos de diversos orígenes. Cabría añadir capítulos, o dejarlo quieto, que repose. Celebrarlo como una novela de su tiempo, tan propicio para alegorías literarias; libre de hipocresías y paños tibios, violenta, pero sin el abuso de la violencia como moneda de cambio, puesto que en este libro el dinero se ha expulsado del templo. Existe porque su autor ha querido y podido disfrutar del gozo de escribir en un tiempo liberado por él y por los suyos.

Marta Aponte Alsina

Puerto Rico, 18 de enero de 2021


domingo, 8 de diciembre de 2013

Bulevar





Para un taller de cuento yo escogería como lectura principal Bulevar, de Javier Sáez de Ibarra (Vitoria, 1961). Sáez de Ibarra ha publicado en Páginas de Espuma sus cuatro libros de cuentos. Antes fue editor y, desde hace años, profesor de historia y literatura en un liceo de Madrid.

En el origen de este libro hay una invitación de Guillermo Samperio a participar en una antología en homenaje a Raymond Carver. La estética Carver funda una paradoja, pues su reticencia lleva a un punto de tensión la capacidad de síntesis del género socavando al mismo tiempo la estructura dramática que suele apuntalar la fórmula. La lección de Carver, bien aprendida por otra maestra, Alice Munro, descubre la posibilidad de pasar por el cedazo de la literatura las zonas perdidas de esas terribles vivencias cotidianas que se borran de la memoria, la vida tediosa de seres ordinarios bajo una luz que revela tanto la vulgaridad como la grandeza del gesto banal e irrepetible. Ante esa honestidad rebuscada sobra cualquier amago de nota falsa.

La lectura de Carver es evidente en Bulevar, y sin embargo, en un taller, yo comentaría que el arte del cuento deja la impresión de que cada vez que algo se cuenta se renueva la forma. En las especies de Bulevar hay momentos de tensión, incluso de suspenso, que hibridan el iceberg carveriano. Cómo bajar una escalera hacia la nada con un bebé en brazos para responder a la llamada telefónica de un marido impaciente se convierte en un tour de force de suspenso. En otro corte, un hijo responde con lugares comunes asfixiantes a la cruel terquedad del padre. O en lugar de una puñalada sicótica nos sorprende la epifanía del mínimo espacio de belleza que de cada persona dimana (la gracia de una vendedora en la sección de cosméticos de una tienda perdida en un caótico centro comercial). Pero antes, unos obreros migrantes que hacen mudanzas recorren con la mirada el lugar privilegiado de un mundo paralelo, el zoológico de los ricos, que se cierra con una tapia alta de ladrillo, sobre la que hay una reja rematada con espirales.

La brutalidad frontal de algunos relatos anteriores del autor no marca la tónica de este libro. Pero sí hay registros de la materia bruta que recoge de oído y de vista en las calles de su ciudad, una región de la Europa actual que se debate entre la mediocridad rastrera, el cinismo, la desesperanza y la precariedad que no acaba de tocar fondo, quizás porque las torturas del fondo están todavía en las tierras más miserables del planeta  (no siempre las padecen los humanos) y los ciudadanos del “primer mundo” llegaron primero a la fila de repartición de las consolaciones. Uno de esos cuentos, hecho con pedazos de lo que una sociedad produce y  descarta es "Una historia reciente", que en su paso de libro escolar a ready made sufre una metamorfosis, de tediosa letanía memorizable a propuesta irónica, ferozmente didáctica. Un libro roto de cierta manera, o hecho para romperse, juntando, como ha dicho el autor, “cuentos de otro estilo, más imaginativos, más fantásticos, quizás más conceptuales”.

Sáez de Ibarra sorprende siempre por la forma de conjugar sus visiones con la renovación en los acercamientos. Escribe mucho, pero no hace literatura fácil. Intuyo que no puede dejar de escribir, pero desconfía de la tradición cultural que hemos arrastrado hasta aquí. Confrontarla para comprenderla, sin dejarse obnubilar por el pantallazo de una red social hecha de redes sociales, vigilada.

Una literatura en guerra contra el estatuto que le reconoce un espacio inofensivo busca escapar del libro como el arte de las vanguardias escapó de los museos (o los descolocó) mientras pudo hacerlo.  Pero escapar del libro en el sentido que solo el libro, independientemente del soporte, permite.

En un taller yo diría que un libro puede ser la posibilidad de una convergencia: pensar lo que nos toca vivir a unos viejos que nos creímos nuestros delirios, traicionamos, o permitimos traiciones  y claudicamos ante los deberes hipotecarios; pensar la encrucijada de nuestros contemporáneos, los jóvenes que nacieron en la época más deslumbrante del consumo para caer en una tachadura de toda opción democrática y en la desvalorización banal, (¿Arendt?) de la persona, echando abajo el contrato social para volver a los lugares primitivos sin los soportes de los saberes antiguos y de las redes comunitarias. Estamos ante la boca de un totalitarismo sin concesiones, y del cual nos toca dar cuenta a nosotros, los que podamos colocamos entre la resistencia y la complicidad (¿Arendt?) en tierras movedizas, sin aliados geográficos, pues el salvajismo viene de todos los depredadores del globo, a la par con el empobrecimiento de la experiencia (¿Benjamin?) compensada por un exceso de estímulos artificiales.

Nosotros no es uno, pero cada uno cuenta. Y de cada uno se aprende. Por eso las narraciones vuelven a ser importantes.  Aún en circunstancias que bordean lo extremo, cabe una mirada pensante que descubra en cada gesto el espacio significativo que el arte posibilita. Y un aire de tragedia, entendida como la dignidad que reviste la más común de las vidas. Trascendiendo la ñoñería y el regodeo en lo trivial, en la vana degradación que marca tantas propuestas formalistas actuales –porque formalistas son el arte de explotación del narcocorrido y del reguetón, además de cierta literatura falsa de explotación sexual y de la violencia- es posible retomar los fines inquietantes de la escritura no utilitaria, esa que desarma el poder que la penetra. En la traición a la belleza del simulacro y al formalismo huero radica el interés de estos relatos. En esa conciencia de lo que significa escribir centraría yo mi lectura y relectura de estos cuentos. En el taller.

-El colofón de Bulevar lee así: "Esta primera edición de Bulevar, de Javier Sáez de Ibarra, se terminó de imprimir el 4 de noviembre de 2013, día en que un hombre dijo "hasta aquí hemos llegado" y dio un paso al frente."

(Javier Sáez de Ibarra, Bulevar, Madrid: Páginas de Espuma, 2013, 241 páginas)

Primeros párrafos

Recuerdo cuando recibí el envío de mi sobrina. Leí su letra en una nota breve: quizás me interesaría conservar aquellas cartas. No pensé en ...