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miércoles, 8 de octubre de 2014

San Juan en la literatura (6): Canales, Zeno, Vicens, Lair, Vientós


 
Nemesio Canales, fue uno de los comentaristas más lúcidos de la vida cultural de San Juan en las dos primeras décadas del siglo. Su visión de la capital contrasta con la del gran centro urbano que hacia la segunda mitad del siglo rememoró Emilio Belaval, quien caracterizara al San Juan de entre siglos como “la gran ciudad... que siempre han visualizado los artistas y pensadores de todos los pueblos como la gran sede de la espiritualidad nacional”.[1]  Para Canales, por el contrario,  San Juan, lejos de encantada, era “una ciudad condenada...sosa, aburrida y fúnebre”.[2] Otros cronistas se centran en una visión nostálgica o pintoresca de la ciudad en notas publicadas en revistas como Puerto Rico Ilustrado o Alma Latina (v.g. Pérez Lozada, Paniagua Serracante, José Alegría, Ramos Llompart).

También merece destacarse la publicación seriada en periódicos. Una de las novelas importantes del primer cuarto de siglo, Redentores, de Manuel Zeno Gandía, se publicó por entregas en el periódico El Imparcial en 1925. En Redentores la forma de la ciudad asume la ambientación de un escenario neogótico siniestro, donde medran las pasiones rapaces y los oscuros pasajes de las calles y zaguanes reflejan la avaricia humana, mientras los fenómenos naturales se asocian con esa máquina devoradora, el huracán “un infierno alado, concéntrico, desolador”. Redentores recupera uno de los tópicos de la literatura naturalista del 19, la visión de una sociedad enferma trasladada del hábitat primitivo de la ruralía hacia un ámbito urbano inquietante, aura que profundiza el alejamiento respecto a las imágenes de la isla ciudad al uso en el siglo 19. Suplantada tanto la isla doncella que fijó Gautier como la doncella encantada de Santos Chocano y Olivares, descuella la ciudad como sede del mal, rota su ancestral simbiosis con la naturaleza. La novela también se incauta de un tema anunciado en Vida nueva: la incursión en el texto literario del gran villano de la urbe: la máquina rodante, el automóvil del seductor, que dinamiza distancias y mesmeriza a sus víctimas con su encanto de alcoba portátil.
 
Un aspecto propio de la literatura urbana es la incorporación de las escritoras, como si la isla doncella se desencadenara de su condición de objeto pasivo del deseo para hablar con voz propia. Julia de Burgos es un paradigma, pues en su voz se unen el canto por la liberación personal, de patria y de clase, sin claras fronteras entre el cuerpo de la mujer y la geografía urbana:
Marcha de anhelos partidos
pica la calma desnuda
donde recuesta su inercia
la adormecida laguna.[3]
 
La presencia de la mujer también irradia desde el espacio de la tertulia doméstica; la anfitriona, como el personaje de la portera en las novelas francesas del 19, se entera, incluso sin tener que moverse, de lo que pasa en buena parte de su mundo. La tertulia en la tradición masculina de los lugares públicos representó una cristalización de la bohemia, un vivero de ideas y formas creativas. La tertulia doméstica fue el cuerpo entero del cenáculo, desde las reuniones de artistas y conspiradores en el hogar de Lola Rodríguez de Tió, hasta las tertulias literarias de Nimia Vicens en la calle Sagrado Corazón de Santurce y las célebres de Nilita Vientós en la calle Cordero.

Vicens fue poeta de poca obra publicada y de depurada conciencia intelectual, contertulia de Palés, Tomás Blanco y Sylvia Rexach, viajera entre Santurce y España, donde, en su piso madrileño, también formó tertulia: densidad y proximidad de la palabra dicha, biblioteca parlante, pero sobre todo escritura en la memoria. Dictó los versos de su tragedia Medea mientras guisaba, como hubiera querido Sor Juana que laborara Aristóteles. En su “Ars poética” reclama una poesía nimia como su nombre, con la gracia, semejante a la de su admirada Emily Dickinson, de acomodar el universo en una nuez.
No escribo sin vivir
por esto cuanto escribo
si es que se forma
en verso lo vivido
verso de vida es
que no lo escribo.
 
Mas
 
En la esencia fina
que mana de la flor
sobre su espiga
ya no está la raíz.
 
Gloria Madrazo Vicens recuerda cómo Clara Lair le legó a Nimia Vicens el cetro de la poesía escrita por mujeres en una barra de la calle Loíza. Para Clara tuvo su precio la libertad asumida respecto a la posición de la mujer en un medio urbano que empezaba a manifestar la impersonalidad característica de las sociedades industrializadas, aunque con un matiz propio del subdesarrollo colonial. Su poesía es pareja de cierto lamento palesiano, aunque en ella predomine el ennui en lugar de la piedad, dándole la espalda despectivamente al pobre pueblo moribundo de nada, con el gesto aristocrático de la paria que viaja alrededor de su habitación perdiéndose en el destierro voluntario de la intimidad, mientras denuncia oblicuamente la miseria explosiva de la pobreza:

A veces soy tan lejos, lejos de todo esto.
A nada me acomodo, en nada me recuesto.
Las palmas, los coquíes, son sonido, paisaje...
Yo siempre estoy ausente, yo siempre estoy de viaje.[4]

La relación entre mujer y ciudad, tan cercana a la contradicción entre liberación personal y emancipación sociopolítica, es uno de los temas soterrados de la literatura urbana puertorriqueña. No es raro, entonces, que dos mujeres, desde distintos polos de gestión cultural, se dedicaran a tender lazos entre el ámbito urbano sanjuanero y el exterior. Concha Meléndez, catedrática del Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras, fue tan influyente como Antonio Pedreira, aunque su figura de intelectual se haya estudiado menos, quedando pendiente de plena valoración y continuidad su obra fundadora de estudiosa de escritores representativos de las letras hispanoamericanas en ensayos críticos que por su peso abrieron conexiones entre la San Juan y Río Piedras y la ciudad letrada latinoamericana. Contraparte de Meléndez al margen de la academia fue Nilita Vientós Gastón, cuyos artículos publicados en la columna periodística “Índice Cultural” prescribían juicios tan disidentes como “correctos” desde el punto de vista de una inteligencia rectora convencida, tanto por temperamento como por afinidad con los valores del modernismo internacional, de que un pueblo se forma por “el valor orientador de sus minorías”. Desde el ambiente casero de la tertulia santurcina, que convocaba una red de colaboradores dispersa por el mundo de la sensibilidad,  extiende sobre la cultura letrada una mirada influyente en el gusto y la orientación, construyendo una extraordinaria nómina de autores para sus revistas, como lo hiciera en el XIX Manuel Fernández Juncos, sin dejar de tomarle el pulso a las instituciones culturales, al tiempo que aboga, denuncia y patalea en defensa de una ciudad respetuosa de la locura iluminadora de sus artistas e intelectuales.



[1]. La ciudad-capital empezaba ya a ser la gran ciudad... que siempre han visualizado los artistas y pensadores de todos los pueblos como la gran sede de la espiritualidad nacional, donde están los monumentos históricos, los organismos del Estado, la Secretaría de Bellas Artes, la Catedral, la Universidad, el Ateneo, los mejores teatros, los más pródigos mecenatos. A pesar de su ceño español de plaza artillada, de sus castillos medievales, de sus decanatos mercantiles todavía en manos de los españoles, de su poderosa sociedad española, aún usufructuaria de las prerrogativas de la corona y de los últimos residuos americanos de la economía mercantilista, San Juan Bautista de Puerto Rico era la puerta abierta a todos los espíritus selectos y laboriosos que se habían rebelado contra la tutela de los patriarcas o contra la aritmética de los nuevos ricos. Jíbaros letrados nacidos en Barranquitas, en Bayamón, en Arecibo, en Aguadilla, en Mayagüez, en San Germán, en Ponce, en Guayama, en Humacao, en Fajardo, en Vieques, habían penetrado por la brecha para apoderarse del dominio de la antigua capitanía general. San Juan Bautista empezó a constituirse en lo que, sin duda, es hoy el punto de reunión de la nacionalidad puertorriqueña. Además, era el gran puerto abierto a la cultura española, a la exportación española, norteamericana y europea, al tránsito poético hispanoamericano. (Emilio S. Belaval, 1972: 9-10)
[2]. Nemesio Canales. “El encantamiento de San Juan”. (1974):110-111.
[3]. Burgos, Julia de. “Desde el puente de Martín Peña”. (1961):88.
[4]. Lair, Clara. “Angustia”. (1956): 21.

lunes, 6 de octubre de 2014

San Juan en la literatura (5): entre siglos


 
 
En la última década del siglo 19, se regionaliza la vida política y cultural del país en su dimensión antillana. Desde Cuba, donde vivió exiliada, escribe Lola Rodríguez de Tió, a quien Rubén Daríollamó “hija de las islas”, sus versos más celebres, si exceptuamos la letra del himno nacional. [1]  Por otra parte, tras la invasión de las tropas estadounidenses en 1898, se consolidan los lazos de intercambio comercial y cultural con el Norte y la inevitable resistencia del pueblo invadido, centrada tanto en la ininterrumpida fábrica de la cultura popular como en la gestualidad de los sectores letrados, promotores de un iberoamericanismo cultural evidente en los discursos grlorificadores de una “raza” latina abocada a la extinción o a prevalecer ante la pujanza avasalladora del nuevo imperio anglosajón.
El ojo del viajero se manifestó, en la crítica coyuntura de entre siglos, en abundantes testimonios sobre la ciudad. Uno de los más pintorescos, ubicable como el de López de Haro, en los registros de la maledicencia literaria, es el del periodista José Olivares, redactor de un monumental panorama en dos volúmenes Our Islands and Their People:
San Juan has never been accredited with any such degree of commercial importance as is enjoyed by other local municipalities of half her proportions. Aside from the slight political haze which will periodically hover about her gubernatorial edifices, the first disturbing element that was ever known to mingle with her drowsy atmosphere was when two of Sampson’s thirteen inch shells simultaneously entered the city, one of which knocked a corner of Morro castle, while the other rent an unsightly chasm in the stuccoed facade of her regimental barracks. It took all this to arouse the city from her prolonged siesta, and then she merely turned over and went to sleep again.[2]
 
La tendencia del discurso de Olivares se manifiesta en una fábula alimentada por la propaganda de guerra, que el autor intercaló en sus impresiones, afirmando que se la había narrado un residente de la capital. Es el breve relato de la desgraciada hija de un noble español, a quien su padre castiga encerrándola en un calabozo cuando la “princesa” se enamora del hijo del pirata Barba Negra. No menos tachonado de imágenes mil y una nochescas, si bien más inteligente y atento en su registro minucioso de la vida cotidiana y de las costumbres de las mujeres de la burguesía, es el testimonio de Margherita Arlena Hamm.[3] 

Tras los vistazos de los cronistas del Norte, a fines de la primera década del siglo 20, pasó una temporada en Puerto Rico un fabulador del Sur, José Santos Chocano, poeta peruano que rivalizó por su dramática proyección de bardo continental con la figura de Darío, al menos en la estima de sus contemporáneos. Su visita corresponde a su amistad con Llorens Torres y a las relaciones americanas de este último como editor de la Revista de las Antillas. Llorens le publicó al prolífico vate un libro dedicado a San Juan, donde curiosamente reaparece la imagen de la bella cautiva idealizada por el gringo Olivares:
Noble ciudad, que yaces encantada
firme con el vigor de una promesa
un castillo ante el mar cuida tu entrada
como un dragón guardián de una princesa.[4]
 
La ciudad en compás de espera: para unos, pendiente del aldabonazo libertador de los “caballeros de la raza”; para otros, de la entrada en una modernidad tecnológica, establecida al amparo de derechos e instituciones calcados del Norte; la ciudad de entre siglos, en fin, es el escenario de varias novelas admirables por la precisión con que sitúan la realidad de la ciudad y sus suburbios. Un Santurce parecido al que Tapia había descrito en La leyenda de los veinte años es el escenario de Luz y sombra, publicada por la líder feminista y polígrafa Ana Roqué. Aunque las novelas de Carmen Eulate Sanjurjo se sitúan en ciudades españolas, comparten con las del modernismo latinoamericano una ambientación citadina, amén de minuciosas descripciones de la vida social y doméstica como escenario de tragedias modernas, donde la fatalidad del carácter ocupa el lugar del destino. Afín, aunque más ambiciosa en su inclusión del gran teatro de las clases sociales, es Vida nueva, de J. Elías Levis, una historia invadida por los tópicos del determinismo en voga y ambientada en los suburbios santurcinos, con escenas vivaces de las barriadas y chalets de Santurce, el hipódromo y las tiendas del “casco” de San Juan:

En la esquina de la calle, un caserón pintado de amarillo levantaba su espalda de cuartel sobre el laberinto de casas humildes. Un vocerío inarmónico, golpes, gritos, lloros, carcajadas, torbellino de cosas humanas, lanzaba por sus puertas la mole de madera. Era un hacinamiento de carne, apretado, oprimido allí, en aquellos cuartuchos a lo largo de los balcones. La ropa chorreando agua se balanceaba sobre los cordeles y el sol hundía su luz hasta las camas. Alguna vez un acento de cólera dominaba el eterno murmullo; era la disputa, el grito, la frase como un rayo trotando hiriente, salvaje. De aquella atmósfera donde latía el vaho de la carne y el mal olor de los trapos brotaba de pronto un murmullo solemne, interrumpiendo el sonar de las guitarras, las locas carcajadas y el lloro de los chiquillos desnudos que corrían a lo largo de los balcones con el rostro manchado, lleno de pringue. Era el rezo, el último tributo al que se va, sorprendido por el cansancio de la vida.[5]
...
Toda la brillante exhibición tras los cristales le produjo un malestar extraño. Los bellos abanicos, los chales, los perfumes, la enloquecedora riqueza, los brillantes, los trajes, las ricas telas, los enormes sombreros cuajados de flores y lazos; la fiebre a los elegantes abrigos en la última moda, toda la incitante exhibición del Paris Bazar, Las Novedades, González Padín y la Casa Géigel. A lo largo de la calle de San Francisco la gente se agrupaba en las aceras. Una lluvia menuda de invierno reflejaba sobre el empedrado los chorros de luz que brotaban de las tiendas, y los tranvías eléctricos pasaban con los cristales salpicados por la lluvia, mientras la lámpara de la cabezota iluminaba el agua fangosa que se hundía con estrépito en las cloacas. [6]
 
Otro novelista contemporáneo de Roqué y Levis, Ramón Juliá Marín, escribió una ambiciosa novela mural que recoge los primeros efectos de la migración de puertorriqueños hacia Hawaii y la vida social en un pueblo de la isla, además de abordar el choque entre las antiguas tradiciones de la hacienda patriarcal y la economía de la máquina, traduciendo, de paso, a la literatura puertorriqueña, uno de los tópicos de la literatura europea de la urbe industrial: la ciudad como reducto antinatural dominado por industrias donde habitan monstruosas máquinas deformantes.

Estas novelas conforman una literatura social y socialista, con el oído puesto en las realidades urbanas, que además encuentra un eco en la literatura de la metrópoli; baste mencionar una novela contemporánea de La gleba: The Jungle, de Upton Sinclair, aplastante denuncia de las condiciones de trabajo en los mataderos de Chicago. En este panorama internacionalista de las primeras décadas del siglo, cuando se plantea una relación nueva entre la ciudad, sus pobladores y el entorno, evocadora de una nueva economía del paisaje, cabe recordar al escritor cubano puertorriqueño Pablo de la Torriente Brau, nieto del historiador y sociólogo Salvador Brau, y al “transplantado” Alfredo Collado Martell, cuentista, periodista y poeta, hijo de padre puertorriqueño y madre dominicana.




[1].Cuba y Puerto Rico son
De un pájaro las dos alas
Reciben flores y balas
Sobre el mismo corazón...
¡Qué mucho si en la ilusión
Sueña la musa de Lola
Con ferviente fantasía.
¡De esta tierra y la mía
Hacer una patria sola!
[2].Olivares (1899): (257)
[3]. Hamm, Margherita Arlina. (1899)
[4]. José Santos Chocano. “La ciudad encantada”. En Franco Oppenheimer. (1972): 239.
[5]. J. Elías Levis. (1910): 155
[6]. Ibid.: 172

Primeros párrafos

Recuerdo cuando recibí el envío de mi sobrina. Leí su letra en una nota breve: quizás me interesaría conservar aquellas cartas. No pensé en ...