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miércoles, 10 de enero de 2018

Final





El género musical más antiguo afincado en los llanos de Aguirre y sus alrededores, de Guayama a Jobos y Salinas, debe ser la bomba. En réplica a los tambores, la gestualidad de la danza, las voces y las letras se dio una cultura del adorno en el vestir, del buen porte y el éxtasis. Fue música de esclavos insumisos, que rescataron de la mercancía que eran sus cuerpos la compatibilidad de la alegría con el derecho a no dejarse morir. Fue y sigue siendo, además, una cultura de fuerte, y poco estudiada, impronta femenina. A esa genealogía ha dedicado sus anhelos de investigadora Melanie Maldonado.
Melanie vive en Nueva York. Forma parte de lo que a falta de una palabra más cercana a la particular experiencia puertorriqueña hemos llamado “la diáspora”, ese exilio nuestro que desde otra atmósfera le ha sumado varias islas al archipiélago boricua. La dedicación a los estudios bomberos de investigadores como Melanie, y antes que ella Emanuel Dufrasne, Ángel Quintero et alii, es ejemplo de cómo ocurren la desaparición y la resurrección de especies culturales.
Mi tramo de la carretera 3, sus sectores y barrios se ha ido vaciando al son de la caída de bases económicas que se movían en el tablero de los mercados globales. Sus gentes fueron expulsadas al exilio, llevando en sus equipajes los instrumentos y algunas claves de los saberes antiguos. Un ejemplo de esa fuga de expresiones es la ruta de la bomba, el campo de investigaciones de Melanie, y también de la poeta e intérprete Julie Laporte.
Julie sentía la bomba y se preguntaba por qué en los sectores populares del Sur no se transmitía la enseñanza de la constelación de roles que componen el género, legado de padres y madres a hijas e hijos. Una explicación remite al sangramiento de poblaciones. En el Sur guayamés y salinense las recesiones de la base económica provocan, dice Julie “que la gente comience a irse, que se embarquen”. Los que quedan simplemente sobreviven. Algo semejante ocurrió en Ponce: “los hijos de Archi no están”. Esa huida al Norte, que parece interminable, tiene su contrapeso: el relativo auge reciente de la bomba y sus escuelas puede atribuirse al trabajo constante de grupos y musicólogos residentes, reflejado entre grupos de comunidades residentes en Estados Unidos.
Además de ser cantadora principal y colaboradora de los grupos Bomba del Sur y Escuela de Bomba de Ponce, Julie forma parte de un colectivo recién fundado: Umoya. Julie aclara que la palabra proviene del swahili y signfica Unidad. Al amparo de esa corriente se han enlazado dieciséis personas que pertenecen a varios de los grupos de bomba, conjuntos y escuelas, que se multiplican en el archipiélago. El colectivo se dedica a la investigación para ir construyendo un archivo de saberes y cartografiando manifestaciones del género bomba: variaciones, orígenes, intérpretes, anécdotas que, apreciables como los depósitos de cualquier ateneo del mundo, pero abandonados a su suerte, silvestres como los tesoros del pobre, irán publicando en una plataforma digital. “Aprender es la piedra angular de lo que hacemos”, dice la maestra Julie, que cultiva el oído y la voz, y compone letras, y añade a los fines de Umoya el documentar las actividades de sus propios miembros.
El campo geográfico acotado por Laporte para sus investigaciones coincide con los límites que me propuse traducir a letras en más de un libro sobre la carretera 3. Este,  el primero de una seria que tal vez no será, ya busca un cierre. Uno de los grandes polos del legado topográfico que apenas se menciona en este libro es el antiguo barrio llamado Jobos. Según Julie, el barrio se divide en dos: Puente de Jobos y Puerto de Jobos, por uso y costumbre de los vecinos. En ese sector ha entrevistado a bomberas y bomberos y sus parientes, entre ellas la indispensable historiadora comunitaria, por determinación de un consenso tácito, Marta Almodóvar, maestra del clan o “raza” de los Villodas. Laporte ha encontrado que las historias se validan entre ellas, y que hay relaciones que abarcan toda la región, desde Arroyo hasta Ponce. “No se puede investigar la historia de la bomba sin descubrir nuestra historia como pueblo”, dice Laporte, abriendo todo un campo de reflexiones sobre cada palabra: historia, bomba, pueblo, descubrir.
La diáspora que abrió un vacío también potenció el redescubrimiento, dice Julie, sin escrituras, con eslabones rotos y anécdotas. ¿Que significa buscar raíces, forjar identidades? “El encuentro con otras culturas nos motiva a expresar la nuestra.” Además se descubren rasgos comunes, las hibridizaciones que caracterizan a los géneros musicales vivos, dominantes, cuando se encuentran con los músicos afroamericanos, cubanos, africanos.
Se enciende la chispa de una discusión interminable sobre el fervor de recoger las señales que alguien dejó en los márgenes de un país destrozado y ver qué puede hacerse con ellas. Bomba y cuerpo; gestualidad, mimesis y memoria; ganchos desarraigados que encuentran parentelas y prenden en otra parte. De pronto, cuando escribo esto, a fines de 2017, se nota un vacío, una carencia, añoranzas de un tiempo de luchas y respuestas, conciencia de las muertes, traspaso de deberes. Son las estaciones de la historia. El abismo sin mapas de un presente sin provisiones. ¿Será así la muerte, una galería de espejos cubiertos con paños negros?

La gente deja monumentos que quizás se recojan en papeles, pero que en todo caso quedan escritos en los cuerpos de sus gestores. Esos cuerpos desaparecen a diario. El mercado de la información para consolidar la tristeza del lucro ha cruzado fronteras impensables, aunque las versiones del capital hoy se parezcan en tono y oportunismo a las de los científicos políticos y economistas que alumbraron el camino para la misión del hombre blanco en el trópico, Lothrop, Dumaresq, Luce y DeFord. De modo que los cuerpos de los resistentes, donde está inscrita la historia sin bibliotecas, e incluso las crónicas pueblerinas y este libro, desaparecerán. Es así, pero no importa, porque los cuerpos desaparecerán como la flor en sus semillas, y el aliento de mapas nuevos será inevitable cuando una mujer curiosa o un niño preguntón se acerquen a un edificio vacío, a los cimientos de una casa quemada, a los restos de una bibioteca y se pregunten: ¿qué es esto, qué fue, qué pasó aquí?






sábado, 16 de diciembre de 2017

La abeja reina






Hubiera terminado la historia de la casa y de su heredera y guardiana sobre un fondo invariable de azul celeste, en la fijeza de un libro más, esa especie comparable a las cajas: ataúdes si enmohecen por olvido, musicales si se abren y suenan. Lástima que las obras de amor sean frágiles. Terrible que las vidas memoriosas sobrevivan a los lugares de sus recuerdos, o al resplandor fugaz de una sensación cuyo origen ya no se piensa. En septiembre de 2017, un año y varios meses después de nuestra conversación con Rosita, visité Aguirre, temiendo encontrar los restos de casas despedazadas, la extinción definitiva del poblado, y con él la base material en la cual se apoya la razón de ser de este libro, que sin ella disminuye a relato de fantasmas desleídos. El huracán derrumbó alguna pared de la casa grande, a la que pude subir por primera vez, sin que lo impidiera la verja que la rodeaba. Me acompañaba Menta, una de las perras de casa, y a las dos nos aburaron los mosquitos, pero el temor a la plaga no dañó el asombro de estar en el terreno de la casa grande. Desde el promontorio donde se encuentra, se traza una perspectiva de círculo perfecto, que une tierra y mar, la bahía de Jobos, el manglar de Punta Pozuelo, el valle amplio que fue cañaveral sobre telón de piemonte y cordillera. No entré en la casa. Los perros de unos vecinos, dos animales imponentes de raza de guardianes, se nos enfrentaron cuando bajábamos y pensé en una muerte dolorosa y sangrienta, pero la ferocidad de los animales había quedado en desamparo, al igual que las casas sin techo, cubiertas de ramas caídas. El baobab era un tronco enorme sin hojas. No solo nos dejaron pasar, sino que huyeron con un alarido.
La casa de Rosita, la casa abeja reina, tiene perforado el techo del espacio central, donde se encontraban la sala y el comedor, cámaras de resonancia de miles de pasos políglotas dispersados por el torbellino de las ráfagas a quién sabe qué regiones del limbo. Ella tendrá que acostumbrarse a otros lugares, donde se exige un acomodo a horarios y movimientos incomprensibles. Sobrevivió el porsche acogedor de diferencias. Ojalá pudiera reconstruirse la abeja reina, con un techo nuevo, podado de fantasmas, tanto los de los muertos de Aguirre como los rastros de quienes usaron los muebles comprados en casas de antigüedades de Nueva Ingaterra y transportados al trópico en barcos mareantes.
Antes de salir de Aguirre me detuve a hablar con unos vecinos que recogían escombros. Según un aguirreño de crianza y propietario de una residencia, el gobierno tendría que revisar el reglamento de la zona hisórica que impide alterar las casas del poblado y construir en hormigón. Diferir de su opinión hubiera sido casi obsceno, como defender la calidad de los servicios de salud en un velorio. Callar me hubiera parecido más respetuoso, pero irresponsable. Me atuve a comentar anomalías. Tratándose de un poblado en ruinas, el daño no había sido total: paredes pulverizadas, maderas desenclavadas, desencoladas, desfiguradas. Por razones inexplicables para mí, le dije al aguirreño, algunas ruinas de casas abandonadas habían resitido mejor que la casa grande y que la cuidada casa de doña Rosita. Seguian siendo ruinas reconocibles. Además quedaba en pie la casita contigua a las ruinas del cine. Aguirre conservaba las líneas borrosas del poblado que resistió memorias y desastres. Ellos siguieron apilando escombros. Ese día no visité las ruinas de la sala de máquinas de la central.          





Primeros párrafos

Recuerdo cuando recibí el envío de mi sobrina. Leí su letra en una nota breve: quizás me interesaría conservar aquellas cartas. No pensé en ...