miércoles, 17 de diciembre de 2008

Tres colores


Esta novela de Angélica Gorodischer podría leerse igual si la trama fuera otra. Su escritura, eufónica y eufórica, remite más a la música que a la relación de acciones, a ciertas armonías poco estudiadas más cercanas al oído que a la vista, a una eclosión de los sentidos cuya figura más seductora es la sinestesia:

“Don Leonel apreciaba la belleza de su casa y de su parque bajo el sol y el aire, pero tenía sus propias voces, las que le dictaban todo lo que habría que hacer para que las comidas resultaran inolvidables, eso es, inolvidables. Las voces de los olores y los colores de los ingredientes; las voces de las especias guardadas en estantes sombríos; las voces verdes de las hojas frescas y húmedas con las que acompañar las carnes; las voces saladas de los pescados cuidadosamente limpios y refrigerados; las voces heladas del chocolate y la crema rusa y el caramel; las voces calinas de los licores.”

Hay personajes y pasiones culinarias y tropiezos personales, pero la gracia suprema del erotismo desciende sobre una lengua desarraigada y sensual, cuyo registro alto, vibrante, parece hecho de aire. Más que una celebración de la vida placentera y omnipotente de los ricos de fábula, Tres colores es una comedia, es decir, la búsqueda del punto exacto donde la tragedia de la muerte visible en los alimentos se asimila de otra manera. El parlamento final, con su elogio de la cocina y menosprecio del fast food, recuerda las salidas didácticas de las comedias shakesperianas. Qué lindo darse el lujo de escribir así.

(Tres colores. Buenos Aires: Emecé, Cruz del Sur, 2008)

sábado, 6 de diciembre de 2008

Borrador


Mi madre andaba descalza cargando una paloma muerta en una bolsa de papel; Salinas Hardy estudiaba griego. Los aproximo en una oración porque sin conocerse ni ser capaces de adivinarse son inseparables. Ella me parió, a él lo encontré en un salón de New York University, en el dilapidado Northern Hall donde están las ruinosas oficinas del Spanish and Portuguese Department.

Ella tiene venitas negras en los pies. Nació sin uñas en los dedos pequeños. Cuando era niña dormía en un saco relleno de hojas secas, pero dice que al principio era feliz.

Menos esperanzados suelen ser los estudiosos que han sobrevivido a su tiempo, a la guerra, al exilio, poseídos por demonios de vaga y dura presencia. Sobrevivir mientras el mundo propio se muere es un presagio de ese desinterés que sienten los espíritus condenados a no alejarse del lugar donde se desprendieron de sus cuerpos, los cuales, sin embargo, deben parecerles tan absurdos como trajes comprados en baratillo.

Se llama Nuncia, un nombre improbable para quien carga una paloma muerta en una bolsa de papel, un obsequio que la hermana mayor -casada con un hombre rico- enviaba a su madre enferma. Caminar descalza por caminos pedregosos, cruzar quebradas, acompañada por el delirio de los ruiseñores; si mi madre niña fuera la vieja neurasténica que es hoy, los hubiera oído cantar en griego.

Su madre no murió de un cáncer fulminante, sino de parto. Ella no lo sabe. Sólo yo sé que murió de parto y que acaso por eso su hija, mi madre, siente una pasión extraña por los niños.

Ve a casa de Virginia, no Woolf, y tráeme una paloma para hacerle un sopón a Mina.

Esta oración, metida en el borrador de una novela nonata, le fascinaba a Salinas Hardy.

A ratos, desordenadamente, pretendía ser un lingüista aficionado y un adicto lúcido. Se había hecho de una personalidad comprada en baratillo, a tono con los protocolos de New York University. Las palabras de mi madre, salidas del poso de un lenguaje muerto, le complicaban el placer de la heroína.

Todo ensayo de escritura apuesta a evadir de algún modo la estupidez y siempre fracasa, decía con sorna. Es imposible escribir con inteligencia. Escribir es un acto de ingenuidad -de ignorancia, hablando en plata, platita de periquito real- que sólo reivindica la hipocresía del arrepentimiento.

(Fragmento de novela nonata)

martes, 2 de diciembre de 2008

Bessie y las madres (páginas de una novela)



Allá la madre con sus lamentos. Allá las muertes de las madres. La madre merece una novela. Será una novela larga. Pero este cuento es de Bessie Smith. No recuerda cómo supo de Bessie Smith, qué la llevó de la garganta de Mítchel a la garganta de Bessie. Un golpe de sangre sería. La sangre de Bessie es parte de las aguas universales que son las mismas desde el principio del mundo.

Bessie Smith murió desangrada. Viajaba en automóvil por el Deep South y tuvo un accidente. No quisieron admitirla en un hospital de blancos. O sí, la admitieron, pero no había sangre de negros y los médicos se negaron a hacerle una transfusión de sangre blanca. Dejaron que se desangrara. Hasta que derramó la última gota con un suspiro espantoso. Después los enfermeros echaron la sangre al río y desinfectaron el quirófano. Antes de morirse nació en Chatanooga, en un barrio abundante en las pestes de la pobreza. Fue en 1892, dos años antes del alumbramiento de Silvinia Baker en Milparinka, Australia. Bessie andaba descalza. Se limpiaba las plantas de los pies en el agua que su hermana botaba después de lavar varias veces los tres platos de latón que constituían la vajilla familiar. Lavaba en agua de lluvia su único traje, que se le fue encogiendo encima. Era un trajecito con cuello de marinero, no se lo quitaba nada más que para lavarlo. Su padre, un religioso fogoso, murió predicando la palabra. Su madre se apagó con él.

Bessie y sus hermanitos quedaron al cuidado de una hermana mayor. Sus hermanos la violaron más de una vez. No se daban cuenta, dormían juntos. La niña aprendió a abortar y a cantar como otras niñas aprenden a ser niñas.

Cantando y abortando pasó de las calles a los cabarets. Se casó con un hombre y amó a varias mujeres. Compró un tren. Si pudiera llegaría a la puerta del Cotton Club en su tren decorado de rojos terciopelos, pero apenas tiene cabida frente al club la alfombra roja por donde su garganta se desliza. Es gorda, un pajarón en zapatillas. Le sigue su amante, la quinceañera, Diva.

Para Bessie la injusticia es más habitual que la loción de estirarse las pasas. A diferencia del musculito de Mítchel, su corazón es enorme. Cuando abre las compuertas sale un diluvio capaz de limpiar la mierda de 3,000 establos. Para ella todos los días son de culto dominical, como si acabara de cerrar los ojos de los muertos y todavía le sobrara aire para seguir cantando.

(De Lunáticos, novela inédita)

domingo, 30 de noviembre de 2008

Corazón


Desde hoy es también la fruta de María Zambrano, la filósofa que tenía fama de “mujer difícil”. Según el maligno y siempre vivo Francisco Ayala, María tenía unas piernas “muy bonitas” y maltrataba a José Lezama Lima, el ídolo de las ménades habaneras. Lezama Lima la adoraba.

María Zambrano escribió sobre la visión del corazón:

“Al lado de la metáfora de la luz intelectual ha vivido otra de destino bien diferente: su continuidad no parece haberse mantenido, de tal manera que hemos de echar mano de otra metáfora: la del río cuyas aguas se esconden, absorbidas por el tiempo, para reaparecer… El paso del tiempo parece encubrir muchas cosas que han muerto y que prosiguen su vida secretamente, casi clandestinamente… Una de esas metáforas, nada actual, se refiere a cierta forma de vida y conocimiento. Se trata de una metáfora en que la luz juega un papel importante, la luz y la visión, pero referidas a otro órgano distinto del pensamiento, a ese olvidado, relegado al folklore: el corazón.”

En latín es Annona reticulata. La familia de las anonáceas es anonadante, es decir, sorprendente. La piel del corazón sugiere la retícula de una ciudad ideal. Sus semillas son oscuras y lustrosas como… piedras de río. Aunque debería tener la pulpa roja tiene entrañas de algodón de azúcar. Además de ser la fruta de María Zambrano a mi abuela le encantaba.

La fruta de la foto no es un corazón, pero pertenece a la familia de las anonadantes.

sábado, 29 de noviembre de 2008

Bloody Friday


Go shopping, he said. Its patriotic.
Los mercados se parecen a los prostíbulos. Compras los cuerpos del trabajo con unas monedas que no valen nada. Eres soldado de infantería. Las bolsas bajan, Michigan se muere. A comprar o muerte. El viernes negro se libra la batalla decisiva. Los accionistas de Wall Street observan tus despliegues de furia y patriotismo.(Los accionistas de Mumbai libran otra guerra). Esperas desde la noche antes a que abran las puertas de la tienda. Los juegos electrónicos, los televisores plasma, todo lo que no necesitas está en remate y al alcance de la mano. La masa se impacienta, la masa es más que tú, la masa te empuja. Cuando el muchacho sonriente abre las puertas lo aplastas con la caballería pesada de tus sueños.
Así murió Jdimytai Damour, empleado de Walmart, en Valley Stream, Nueva York, el viernes 28 de noviembre de 2008, haciéndole frente a un ejército de patriotas. ¿Quién es el héroe de esta guerra?

martes, 18 de noviembre de 2008

La novela del mallorquín (cuento)




Abro las páginas de un periódico abandonado. Es el New York Review of Books. La fecha no importa. Todo me llega tarde, la ropa la comida, una cama, el tiempo mismo. Es diciembre. Hace calor. El otoño apenas se despide en el nerviosismo de las ardillas. Recogen nueces, colillas, papeles. Lástima. Para no darle ventajas al hambre trato de leer. Parece imposible leer en estas condiciones, pero siempre hay un más allá de lo posible. De modo que mientras espero mi turno o el fin del mundo, lo primero que pase, estiro la página. Hay una novela de autor mallorquín recién traducida al inglés. Por lo visto alguien confió en la calidad del autor o en la pertinencia de los mallorquines. Leo, releo. Alcanzo a entender que la novela del mallorquín consta de varias tramas. Unas historias se comunican con otras como los afluentes que alimentan los ríos sin darse prisa por llegar al mar. Excesos estilísticos opina el crítico, y ridiculiza párrafos que a mí no me disgustan, acaso porque las palabras son dulces y además alguien me ofrece una taza de café aguado que sabe a gloria. Casi con gusto leo que Joan baja al mercado por las calles empedradas de Sóller cargando una canasta de cruces de ruda tejidas por su madre. Tiene la encomienda de entregárselas a una mujer que a cambio le dará una garrafa de leche de cabra para el hermanito menor, aquejado de un mal misterioso.

El tufo a mejunjes y sangre en una casa de mujer recién parida es más intenso que los olores del mercado. Sí le impresionan los colores y las voces. Los puestos amontonados bajo toldos verdes, rojos y blancos componen un laberinto espeso. Preguntando a los campesinos huraños da con la vieja. Es una bruja que trafica en cruces de ruda. Él es un niño revejido, pero se le antoja, a pesar de su dureza, como quien se permite un lujo, liberar una sonrisa. La cabrera lo mira con desprecio. Le llena la garrafa hasta la mitad. Le da la espalda. Joanot, le escupe la sombra y se aleja abochornado. Al voltear por el callejón que lo llevará de vuelta a su casa se acuclilla bajo un alero. Se bebe la leche. Lame los bordes de la garrafa. Sabrosa. Después se asoma a una ventana abierta. Le llama la atención una sala vacía y, al fondo de una puerta velada por una cortina que se mece en la brisa, la frescura de un patio interior. Junto a la ventana hay una mesa cubierta por un tapetito blanco; sobre el tapetito una jarra de cristal llena de agua. Agarra la jarra, se bebe el agua y escapa corriendo. En el mercado le ofrecen una moneda cobriza a cambio de la jarra. Con ella compra un pasaje en uno de los veleros que en tiempos afortunados transportaban la fruta de los huertos de Sóller a puertos lejanos y que en el tiempo del relato hacían el viaje entre Sóller y la capital. Horas más tarde el muchacho recorre las calles de Palma por primera vez. Como en un sueño se acerca a un barco. Sin pensarlo mucho se embarca. Paga en carne al custodio de la bodega donde vive en estado de hibernación. Ha pasado hambres, sabe que se puede vivir así. Además conserva una de las cruces de ruda, talismán contra el mal de ojo.

Una mañana ve la isla. Bruma turquesa, montañas negras. En lugar de seguir a La Habana decide desembarcar en Puerto Rico. Se encumbra hacia la cordillera central por unos caminos de mulas en la sierra enmarañada. Joanot, le gritan las voces interiores, pero él no responde. Tampoco duerme, trabaja con frenesí en las más rudas faenas,
talando montes a golpes de pico y azada,
cargando mulas con sacos de carbón y café,
resistiendo fiebres en soledad y arrogancia,
despreciando el lenguaje de los insectos y el color de las flores, enajenado de los olores que exhuma cuando hunde las manos en la tierra. Sobrevive a huracanes, a epidemias de cólera y de viruela. A solas, en su lengua, maldice el calor. Penetra con furia a las muchachas que encuentra en la recogida del café. Se viene en la tierra para no preñarlas. Sólo concibe un desenlace: la salida de la isla de los jíbaros escuálidos. El retorno a Sóller. Todo lo justifica Sóller, todo lo merece la familia lejana, con quienes se comunica escribiendo unas cartas desbordantes, sin puntos ni comas, y de quienes recibe noticias en las cartas de la hermana menor, esas sí medidas con corrección. La niña, que lee con dificultad la mala letra del hermano y no entiende bien sus angustias. Es hija de los buenos tiempos y aprendió a escribir en un convento de monjas. Ha sobrevivido a cinco de sus siete hermanos, entre ellos don Jaume, el niño de la leche robada, que, en efecto, ya no forma parte del mundo de los vivos. Ella desconoce la causa de la muerte, pero le comunica a Joanot que la santa madre de ambos vivió largos años por la gracia de Dios y que la primera remesa de dinero de Joanot le sirvió para pagar una misa por la paz del alma de don Jaume.

Así termina el primer capitulo. Me gustaría leer el resto por aquello de no darle ventajas al hambre, aunque sea una novela mala, pero no puedo comprarla, de modo que invento el resto de la historia de Joan a partir de los comentarios confusos del crítico. Qué gracia. El café me ha hecho llorar de alegría, la partida se prolonga y el fin del mundo no figura en los planes de las ardillas. Me basta que el hambre se recoja como los moribundos que interrumpen su agonía para dormir con el descuido de los niños.

Esa tregua y una palabra. Joan tenía una palabra. Como no la sé le presto mi palabra y por ella se va a Sóller a casarse con una paisana. Seguramente volvió con su mujer a Puerto Rico, donde siguió acumulando el tiempo necesario para salir enriquecido del país. Sin tocar un libro educó su inteligencia en el principio cardinal del colonialismo: la explotación del hombre por el hombre. Empezó a acaparar tierras y negocios, chiringuitos donde vendía productos peninsulares. Los criollos, descendientes de negros, de canarios y andaluces que se habían establecido en la isla siglos atrás, eran para él bestias anémicas. Idolatraban el oropel, el alcohol, las escasas evasiones de la pobreza. Los pequeños propietarios se endeudaban gracias al crédito fácil que les suplía el mallorquín. De antiguos terratenientes pasaban a ser sus peones. Alguno perdió su finca por no poder pagarle los quince pesos de un bocado de hierro platinado que había comprado para adornar una jaquita cubierta de lamparones. Otras tierras se hipotecaban a cambio de cacerolas de hierro estañadas o de un par de botas que no podían calzar los pies deformes y que aún cuando pudieran ponérselos se deshacían al primer contacto con los caminos enfangados. Todo eso está clarísimo, por ahí debe habers ido una parte de las mil páginas.

Con el tiempo don Juan fundó una compañía de exportación de café. Cultivaba café y chinas, el nombre local de sus añoradas taronges. Cuando bajaba a la costa avizoraba el Caribe por el lente deseado del Mediterráneo. Vivía en una isla dentro de otra isla, idiotizado en la infelicidad del deseo. Solamente una vez fue feliz, pero ese día no tiene por qué contarse. Si yo fuera un novelista mallorquín no lo hubiera contado.

Cuando los yankis invadem Puerto Rico y los antiguos peones se entregan a la quema de las casas de los españoles, Joanot regresa a Mallorca. Avaro y amargado, sus luces son pocas. Más ciego que esa ardilla ciega. Le falta un ojo, sería una pedrada.
En Sóller quedó viudo sin que su mujer le hubiera dado hijos. En Sóller envejeció sin que sus sobrinos se atrevieran a abrazarlo.

En la tarde de un domingo la hermana letrada del viejo invitó a los primos a un almuerzo dominical. Pusieron una mesa junto a un patio semejante al que Joanot había visto sesenta años atrás, el domingo de su huida de Sóller. Una sobrinita flaca tocaba al piano una sonata de Dvorak. Otro sobrino se acercó al indiano. Lo hizo con cautela. Aquella figura morena, de dedos callosos y agrietados, olía raro. A leña como el otro abuelo, pero de otros árboles. Oyó que murmuraba, Marueña, Marueña. Nombre de mujer o de mariposa, pensó. El viejo despertó ante la mirada azorada de su pariente.

Al otro día lo vieron empacando, pero no le prestaron más importancia que la debida a un maniático voluntarioso. Caminó hasta la estación del ferrocarril. En el tren, que bajaba lentamente entre naranjales y olivares, musitaba. Al llegar a Palma se orientó rumbo al puerto, las turistas desnudas, los veleros, el olor negro de las frituras. Parecía un fantasma olvidadizo. Lo rodearon los curiosos admirando la pátina de la ropa gastada. Marueña, dijo una vez, una sola. Mirueña, debe ser de Mirueña, dijo un guardia. El viejo se subió el cuello de la chaqueta y se puso a temblar. Entonces se vació el pueblo, dijo otro. Este debe ser el último.

Su sobrino lo recogió en la comisaría. ¿Quién es Marueña? No sé, un disparate del viejo, dijo el muchacho, que era taciturno. Los parientes no habían errado en su aprecio de que el viejo sería fácil de rescatar, pero tampoco pensaban que llegaría tan lejos. Convencieron al médico de la necesidad de encerrarlo. Don Juan ya no era el hombre vigoroso que hablaba poco y escupía con fuerza. El médico le prohibió el café y el mar. La hermana lo encerró en la casa pueblerina con patio interior. Allí el viejo desahogaba sus rabias, golpeando las baldosas y los tiestos con un bastón. A veces tenían que amarrarlo. Marueña fue su última palabra, la que cruzó el Atlántico, se disolvió en el oído de los suyos y luego en un espejo y finalmente en un estanque de agua fría. Ahí se esconde, en el pozo, al fondo de una sala, entre las sombras de un patio interior.

Hasta hoy. Así son las palabras. Marueña se instala en un banco de Washington Square Cae del árbol. Es una nuez. El tesoro de las ardillas.

Siento que la atmósfera se oscurece como en un eclipse sobre un pozo. La mano negra brilla. En una falange tiene un anillo con la cabeza emplumada de un indio apache. En las uñas, mugre. La mano negra rinde su rey. Ahora me toca a mí. Me siento a la mesa. La reina negra está gastada por los bordes. Otro toma el periódico abandonado pero lo deja caer. No le interesan las reseñas de libros.

Ya no huelo mi propio olor. Huelo como los demás, a casa de mujer recién parida, a leña mojada. Viví solo un tiempo, hasta que me descubrieron en el sótano y botaron mis cosas a la calle. Estuve a punto de congelarme. Entonces los encontré. Nos encontramos. Nos agrupamos. Vivimos en el parque. Somos uno. Nos borramos con dignidad.

Mi rival gana rápidamente la partida. Es el más listo. Cedo mi espacio. Respiro inquieto, un perro débil al amparo de la manada.
Yo atesoraba lo que otros abandonaban. Como las ardillas que furiosamente recogen provisiones y basuritas para enfrentarse al invierno, tenía libros desencuadernados, botellas translúcidas, máquinas muertas. Ahora no tengo nada, bueno, sí algo conservo. No recuerdo qué. La luz de la isla donde nací ya no me hace falta. Siempre he vivido en islas. Todas son crueles.

sábado, 25 de octubre de 2008

Ala y mordaza



Vamos a celebrar la publicación de mil páginas de poesía. En nuestros países no es común publicar grandes volúmenes de poesía. Ha disminuido el alcance de las casas editoriales latinoamericanas, y es cada vez más tenue el esplendor de otras épocas, evocadoras de países ricos, pozos petroleros y danzas de los millones. Si algo caracteriza hoy a la industria editorial independiente de los grandes grupos es la fragmentación. Los apetitos del mercado determinan el rumbo de las decisiones editoriales. La precariedad es un obstáculo a la difusión. Hay grandes poetas desconocidos como mares incontemplados, y los encuentra uno por azar, y duele cómo se disipan las voces creadoras. No obstante, a pesar del tono de los tiempos, los editores universitarios sabemos que en materia de libros el peor negocio puede ser el mejor. No hay que rendirse ante la fragilidad que caracteriza a esta profesión incomprendida, ni dejarse deslumbrar por el lujo del libro de venta instantánea y vida fugaz.
Tampoco me parece que la labor del editor universitario en nuestra época y lugar consista en encuadernar las alhajas del orden público o en producir libros feos y cerrados como epitafios, de esos que asustan a la vista. Consiste, más bien, en unir puntos luminosos. Al difundir la obra del poeta desconocido completamos una esquina de la figura de un continente interior que conocemos sólo en parte. Entonces, la publicación de estas mil páginas de poesía no obedece al descubrimiento de un pozo petrolero, ni siquiera a un afán ingenuo de ostentación, sino a un sentido muy preciso del papel que juegan los libros en nuestro tiempo. A fin de cuentas, sin conciencia cultural es imposible la riqueza auténtica. Las comunidades abrumadas por el accidente y el desconcierto ahí quedan. En las sociedades con culturas reverberantes y curiosas todos los libros y todas las empresas parecen posibles.
Los editores de la Universidad de Puerto Rico recibimos un proyecto de libro iniciado por Isabel Freire, la compañera del poeta. Una labor de amor en el sentido menos sentimental de la palabra, y en el más limpio. Nos tocó en suerte publicar a uno de los poetas mayores de la lengua, autor, por añadidura, de más de doscientos títulos. La mera cifra ha oscurecido la lectura de su obra, como si fuera un exceso irreflexivo, cuando la cantidad misma es condición de lectura. En la estética de Francisco Matos Paoli, lo nacional y lo trascendente que dan nombre a este coloquio no agotan el sentido profundo de una rarísima vivencia de la actitud poética.
Matos Paoli experimentó los años más duros y contradictorios de nuestra historia insular moderna. Fue encarcelado en la década de los cincuenta por violar la llamada ley de la mordaza, una privación de la libertad de expresión empleada para arrestar a los nacionalistas y los comunistas. Ese es el contexto de las siguientes palabras de su libro Diario de un poeta: “Nos cubre un silencio ominoso en que somos víctimas de una mudez colectiva basada en la tiranía sin escrúpulos”.
Arrancarse la mordaza fue para Matos Paoli el inicio de un desbordamiento. Liberar la voz, llenar el vacío con brotes de exasperación y  belleza. Cuando el poeta hablaba del abuso al que se somete la palabra en un territorio colonial se adelantaba tal vez al lamento de Calvino en las propuestas para un nuevo milenio: la perdida de fuerza de la palabra degradada a sus formas “más genéricas, anónimas, abstractas”,  las que apagan “cualquier chispa que brote del encuentro... con nuevas circunstancias.”
Liberar la voz, revitalizar las palabras, puede ser una acción política. En las interpretaciones habituales de la obra de Matos Paoli advertimos una especie de eclipse sobre el sentido orgánico de su trabajo, cuya aspiración sobresaliente fue vivir en poesía. De ahí no sólo la constancia del poeta, el haber sobrepasado con creces la meta de “ningún día sin una línea”, sino la particular cadencia de la voz, del espacio abierto por la voz.
Yo diría que estas mil páginas de poesía celebran la caída de la mordaza, y en consecuencia, una manera de asumir la deslumbrante familiaridad con la poesía como forma de vida. Más aún, como construcción de un entorno habitable, algo así como una atmósfera cifrada en el registro musical de la palabra. La muestra escogida por el antólogo Luis de Arrigoitia demuestra la coherencia y la lucidez de una vida liberada por la escritura. Son corrientes las lecturas centradas en los episodios de locura, apenas un dato en la vida del poeta. No son pocos los lectores perdidos ante su alegado hermetismo. La publicación de esta antología pondrá en duda la persuasión de esos acercamientos cerrados, invitará a reconocer que Matos Paoli fue quizás nuestro miglior fabbro, nuestro mejor artífice del lenguaje, y uno de los más lúcidos y consecuentes.
En adelante el lector ocupará el espacio del escritor. Esa es la irradiación de que hablaba Matos Paoli, semejante a los efectos del trabajo gustoso que proponía Juan Ramón Jiménez, “el trabajo completo que nos lleva a nuestro propio centro”. Mil páginas de poesía se ofrecen, entonces, como un espejo trabajado con tanta intensidad, con tan laborioso gusto, que leerlas removerá inevitablemente en los lectores, para citar fuera de contexto unas palabras de Juan Ramón, “el tesoro desconocido de su propia belleza”. Si existe mejor justificación para un libro, no la conozco.
Concluiré con una anécdota sobre la relación entre don Paco y Juan Ramón Jiménez. Sucedió hace medio siglo, en Puerto Rico, cuando la nación negada se reconstruía desde los libros. Los libros habían sido parte de un acervo elitista, de la biblioteca clandestina privada de los intelectuales perseguidos por dos regímenes coloniales. En los años cincuenta con las primeras gestiones de la Editorial Universitaria y del Instituto de Cultura Puertorriqueña, cambiaría el papel social de las letras. El libro formó parte de campañas populistas de difusión cultural.
En aquel tiempo, justamente cuando se colocan las piedras angulares de esas instituciones pensadas para liberar la palabra, se encarcela a Francisco Matos Paoli por pronunciar tres discursos. El poeta sigue escribiendo en las paredes de la cárcel y en pedazos de papel que envía a su esposa. Al cabo de un tiempo lo recluyen en el manicomio, donde es objeto de tratamientos oscurantistas: electrochoques, quimioterapias y psicoterapias. En la casa del director del mismo manicomio donde Matos Paoli convivía con los pobres enfermos incurables, se alojaba otro huésped. Allí  pasaba temporadas de neurastenia feroz el andaluz universal, Juan Ramón Jiménez, asistido por legiones de médicos y representantes del régimen que le rendían las voces y homenajes a él debidas.
Los dos sufrientes ante observadores o lectores situados entre la maquinaria de la destrucción que apuntaba al uno y la provinciana idolatría inspirada por el otro. Hoy vuelven a encontrarse, pero esta vez en el paraíso de los libros, don Paco en esta antología y Juan Ramón visto en la intimidad por su esposa Zenobia, cuyo diario puertorriqueño se presentará pasado mañana. Hoy traemos al calor del afecto a dos mujeres talentosas e intensas, Isabel Freire, escritora también, y Zenobia Camprubí, nacida en España de madre puertorriqueña, que supo pasar por el fuego de la poesía, quemándose, sí, pero no en vano, sino para irradiar la viva simpatía que el poeta asociaba con la isla de los ancestros de ella.
Nos complace que la primera salida de Raíz y ala sea fuera de la isla y, sobre todo, que la ocasión nos revele cómo se lee desde acá a Puerto Rico, en sus libros. Dejamos la palabra a dos lectores que además son estudiosos, editores y poetas. Demasiadas coincidencias afortunadas para no celebrar.
Jorge Orendáin nació aquí, en Guadalajara. Estudió la maestría en Literaturas del Siglo XX en la Universidad de Guadalajara. Ha sido profesor de literatura en el ITESO, en el Tecnológico de Monterrey, en la Sociedad General de Escritores de México y en la Universidad de Guadalajara. Además, ha laborado como editor, locutor, reportero y coordinador operativo en diversas instituciones. Es autor de los siguientes libros de poemas: Animalías, Por demás la lluvia, Telescopios de papel y Ciudad a cuatro ríos. Su obra aparece en varias antologías de poesía, tanto locales, nacionales e internacionales. Sus poemas se han traducido al inglés, esloveno, italiano y francés. Actualmente trabaja como editor en la Editorial Universitaria de la Universidad de Guadalajara, coordina un taller de poesía en la Sociedad General de Escritores de México y es miembro de la galería virtual Galí y del consejo editorial de Ediciones Arlequín.
Raúl Aceves también nació en Guadalajara. Labora en el Departamento de Estudios Literarios de la Universidad de Guadalajara, donde se especializa en investigar acerca de poética y poesía hispanoamericana e indígena y aforismos. Sus libros de poemas son Cielo de las cosas devueltas, Expedición al Ser, Las arpas del relámpago, La torre del jardín de los símbolos, Lotería del milagro, Dislocaciones y travesías, Caja de islas, Oficios mexicanos y La mirada del camaleón.
(Palabras leídas por Marta Aponte Alsina en la presentación del libro Raíz y ala: antología poética, de Francisco Matos Paoli, Feria Internacional del Libro, Guadalajara, noviembre de 2006.)



Primeros párrafos

Recuerdo cuando recibí el envío de mi sobrina. Leí su letra en una nota breve: quizás me interesaría conservar aquellas cartas. No pensé en ...