lunes, 21 de septiembre de 2009

A propósito de gramática y censura: un cuento de Isabel Molina Vidal


(Isabel Molina Vidal nos envía un cuento que añade una pizca de humor al debate de los libros censurados.)


El imperativo me pone

Extracto del discurso de inauguración de las I Jornadas de Gramática Pornográfica. Barcelona 8 de julio de 2008. Por Otelo Coma. Costa Rica.

Quien iba a imaginar que las polémicas declaraciones de nuestra estimada autoridad en gramática pornográfica Marisa Lida habrían de hacerse realidad.

“Tienes que introducirte mucho en la lengua para darte cuenta de que no todo está chupado.” Marisa Lida

Sergei (26) odiaba los verbos irregulares, sobre todo los de cambio vocálico porque, como él solía decir, no te los ves venir. Al estudiar el presente, Sergei no opuso mucha resistencia por ser esta la primera vez que se enfrentaba a este tipo de verbos. El tema de los verbos reflexivos irregulares tipo acostarse o vestirse, ya empezó a irritarle considerablemente y, cuando llegamos a los verbos pronominales irregulares, concretamente, a los verbos doler y molestar, Sergei ya no lo pudo soportar más. Su animadversión hacia el cambio vocálico era un hecho indiscutible.

Tras una semana de vacaciones, el grupo volvió a reunirse con energías renovadas, esta vez para acometer el estudio del multifuncional imperativo. Yo, que llevo una observación rigurosa de los estudiantes, temía que el imperativo irregular fuera la gota que colmara el vaso de la paciencia de Sergei y que estallara con furia descontrolada. Así es que enfoqué el tema paso a paso, empezando por los imperativos regulares y continuando por los imperativos regulares de los verbos reflexivos. Durante las dos primeras sesiones en las que practicamos el imperativo con tareas que exigían un uso de la forma en su función más cordial, a saber, ofrecimientos, sugerencias e instrucciones, Sergei se mostraba relajado y totalmente ajeno a lo que se le venía encima. Aún así, su forma de formular ofrecimientos en los ejemplos “come, come un plátano para evitar las agujetas” o “entra, entra por la puerta de atrás y nadie te verá”, llevaban una entonación un tanto lasciva.

En aquel momento no sospeché nada. Pero llegó la tercera sesión. Durante la explicación del imperativo con cambio vocálico en verbos reflexivos y no reflexivos, observé atentamente las reacciones de Sergei. Para mi sorpresa, no sólo no se mostraba nervioso ni iracundo como en otras ocasiones, sino que incluso parecía concentradísimo y apasionado por el tema, puesto que se mordía el labio inferior en un gesto que yo interpreté de máximo interés.

Tras la explicación hicimos un par de ejercicios controlados de rellenar huecos con las formas apropiadas de imperativo. Sergei mostró un notable interés por las formas acuéstate y muerde. A esta última forma le añadió un pronombre de objeto directo en primera persona “me”, que no estaba incluido en el ejercicio, pero que yo entendí como un paso importante en su proceso de adquisición.

En la quinta sesión y después de haber estudiado todas las formas posibles del imperativo y sus combinaciones con complementos de objeto directo e indirecto, propuse la realización de una tarea final. Los estudiantes deberían organizar en pequeños grupos una fiesta, redactar un decálogo con las instrucciones para los invitados sobre qué llevar a la fiesta y ciertas normas de conducta sobre lo que se podía hacer o no en dicha fiesta. La tarea incluía asimismo el diseño de una invitación que, a modo de anuncio y empleando el formato publicitario, intentara persuadir a la gente para que asistiera al evento.

Explicada la tarea, los estudiantes se pusieron manos a la obra. No habían pasado ni dos minutos y ya había un grupo enzarzado en acaloradas discusiones. Se trataba, por supuesto, del grupo de Sergei. Por lo visto Sergei había propuesto la organización de una orgía sadomasoquista y en su diálogo eran numerosos los “muerde”, “pega”, “arrodíllate”, así como los “come” con sus respectivos complementos de objeto indirecto “se” y directo “la”.

Sin duda el manejo de Sergei de todas las formas y combinaciones del imperativo era fascinante, pero los ejemplos seleccionados habían desatado el escándalo entre sus compañeros. Intenté poner orden, pero los “cállate”, “piérdete” y “vete a la...” volaban en todas direcciones. No sabía si sentirme orgullosa por el uso adecuado que del imperativo estaban haciendo los estudiantes o si salir corriendo. A todo esto, Sergei se mantenía como en éxtasis, con la mirada perdida, las mejillas sonrosadas y una sonrisa de satisfacción, a la que sólo le faltaba como complemento un humeante cigarrillo en la mano.

Llamé a la ambulancia. Se llevaron a Sergei retorciéndose como una lombriz y jadeando. El informe del hospital decía que Sergei estuvo dos días enteros articulando imperativos a diestro y siniestro, entre otros, el informe incluye los más recurrentes: “pégame”, “entra, entre maldita”, “domíname” y “muérdeme el hipotálamo”.

Llamé a Marisa Lida, afamada sexóloga lingüística, para ver si ella podía arrojar alguna luz sobre el caso. Su diagnóstico fue rotundo: “sin duda Sergei ha establecido una relación sadomasoquista con el imperativo”. Le di las gracias a la doctora Marisa Lida por su ayuda. Sin duda el imperativo había dominado a Sergei, pero Sergei por fin había dominado los verbos irregulares de cambio vocálico.


(Isabel Molina Vidal -1977, Alicante, España- hizo la carrera en Traducción e Interpretación por la Universidad de Alicante. De 2001 a 2003 fue becaria en la Universidad Humboldt de Berlín, donde asistió a cursos sobre traducción, literatura y censura. Ha trabajado como traductora de los idiomas inglés y alemán al español. Actualmente imparte clases de español para extranjeros en Alicante.)

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Contra la censura


Manifiesto DE LOS ESCRITORES DE PUERTO RICO AL GOBERNADOR Y AL PAÍS

Nosotros, escritores puertorriqueños, rechazamos la política de censura del Departamento de Educación de Puerto Rico que, bajo ridículas acusaciones impropias de una sociedad democrática, elimina del currículo de las escuelas públicas prestigiosas obras de autores del país y del extranjero perfectamente adecuadas para la enseñanza a nivel superior.

Una decisión de esa naturaleza, que condena por alegado «lenguaje burdo y soez» obras tan meritorias como «El entierro de Cortijo», de Edgardo Rodríguez Juliá; «Aura», de Carlos Fuentes; la antología «Reunión de Espejos», donde están representados importantes narradores del patio, así como «Mejor te lo cuento» de Juan Antonio Ramos y "Antología personal" de José Luis González, es una afrenta a la cultura y una movida propia de sociedades represivas, con gobiernos dictatoriales e ignorantes.

Motivada por un puritanismo trasnochado, que demoniza las referencias "sexuales" y los vocablos del habla cotidiana usados con fines estrictamente literarios, la determinación del DE margina y penaliza a voces críticas y comprometidas que abogan por la justicia y la libertad.

Exigimos al gobernador Luis Fortuño que le explique al pueblo si la política educativa del País va a seguir respondiendo a criterios oscurantistas que, en épocas no tan lejanas, justificaban la persecución del pensamiento disidente. La excusa de que no son libros apropiados para grados superiores pero sí para universidad no se sostiene. Los jóvenes necesitan estar expuestos al estímulo intelectual y la riqueza imaginativa que les provee la buena literatura.

Que los escritores tengan que salir en defensa de su propio trabajo es una vergüenza para cualquier país que se respete. La quema de libros simbólica avalada por el gobierno pretende convertir en cenizas no sólo las obras prohibidas sino también la cultura puertorriqueña que ha difundido, con tanto brío, nuestra literatura.

Firmamos:

Luis Rafael Sánchez
Ana Lydia Vega
Edgardo Rodríguez Juliá
Mayra Montero
Magali García Ramis
Juan Antonio Ramos
Mairym Cruz-Bernal
Mercedes López Baralt
Elsa Tió
Ana María Fuster
Ivonne Belén
Roberto Ramos Perea
María Ostolaza
José Manuel Solá
Rafael Franco Steeves
Lilliana Ramos Collado
Vanessa Droz
Lourdes Vázquez
Marcos Reyes Dávila
Tina Casanova
Efraín Barradas
Sofía Irene Cardona
José Delgado Costa
Yiara Sofía Blanco
Johanny Vázquez Paz
Alberto Martínez-Márquez
Beatriz Santiago Ibarra
Vanessa Vilches Norat
Mari Mari Narváez
Zuleika Pagán López
Jorge Ariel Valentine
Abdiel Echevarría
José E. Santos
Eric Landrón
Moisés Agosto Rosario
Adal Maldonado
Pedro López Adorno
Xavier Valcárcel de Jesús
Juan López Bauzá
Marcelino Canino
María Ostolaza
Rey Andújar
Marithelma Costa
Sergio A. Rodriguez Sosa
Josué Santiago de la Cruz
Pedro Cabiya
Mario R. Cancel
Edgardo López Ferrer
Leticia Ruiz Rosado
Marta Aponte Alsina
Marioantonio Rosa
Eugenio Garcia Cuevas
David Ortiz Anglero
Alex Samuel Vélez
Magaly Quiñones
Maria Juliana Villafañe
Robert Villanúa
Yolanda Arroyo
Hugo Rios-Cordero
Manuel Carrion
Mayra Santos-Febres
Carlos Roberto Gomez Beras
Yván Silén
Yvonne Denis
Etnairis Rivera
Emilio del Carril
Daniel Torres
Danny Rivera
Edgardo Nieves Mieles
Herminia M. Alemany Valdez
Mirna Estrella Pérez
Maribel Sánchez-Pagán
Mayda Colón
Hiram Sánchez Martínez

Ileana Cidoncha

Silverio Pérez

Arturo Echavarría

Néstor Barreto

Luz Nereida Pérez

Aurea María Sotomayor

Jonathan J. Berríos

Carmen Zeta

Carlos Vázquez Cruz

Nelly Jo Carmona

Iris Miranda

Juan Flores

Caridad Sorondo

Angel L. Matos González

Ángel Darío Carrero

Maria D Laracuente

Dra. Ana C. Rodriguez Colon

Kino García

Osvaldo Torre Santiago

María Teresa Guzmán de Celis

Juanmanuel Gonzalez Rios
Alfredo Villanueva Collado

Daniel Martes Pedraza
Nydia E. Chéverez Rodríguez
Américo Boschetti
Angel Antonio Ruiz-Laboy

(a 16 de septiembre de 2009)

lunes, 14 de septiembre de 2009

El derecho a la imaginación


Malena Rodríguez Castro comparte una carta de Gabriela Tineo, que en sus aulas argentinas difunde ciertos libros nuestros. (La ilustración reproduce un documento del siglo 19: el nombramiento de un desconocido al cargo de censor de libros y periódicos.)


Querida Malena:

Lamentablemente no me sorprende que existan personas que se arrogan el derecho de dirimir la conveniencia de textos para enseñar en las escuelas públicas. En mi país bien sabemos de esas cosas. Tu mensaje me retrotrajo a los tiempos en que la dictadura militar, en los setenta, ejerció una censura implacable sobre obras maravillosas, configurando "listas negras", sospechosos elencos de autores y textos peligrosos, subversivos. Nombres de autores y obras que no podíamos mencionar ni siquiera en voz baja pues si orejas vigilantes nos oían hasta nuestra propia vida poníamos en riesgo. "Velar por la integridad de los jóvenes", lenguaje soez, burdo. Cómo resuenan en mis oídos esas expresiones mesiánicas y con qué intensidad me actualizan la intolerancia del período más oscuro de la vida de mi país. Aquí borraron textos de losprogramas. Y ese borramiento tuvo, además, un correlato visible que los medios reproducían agigantando eficazmente el terror: la quema de libros. Pero no sólo ellos "desaparecieron". Los designios del estado providencial, también "desaparecieron" a alumnos, profesores, hombres y mujeres, niños, 30.000 argentinos.

Perdoname, Malena, que lleve a estos extremos mi pensamiento. Sé que los contextos son distintos. Es que la resolución del departamento de educación avivó una herida que marcó mis años de estudiante universitaria, y me estoy dejando llevar por lo que siento.

Debería saber el funcionario que responde (aunque no le importe y de nada sirva) que yo sí he leído los textos censurados, desde la primera palabra hasta el punto final. Los he leído y admirado. Qué diría si supiera que no sólo en la universidad enseño "El entierro", "La guaracha" o textos de González sino que en la escuela media leo con mis alumnos adolescentes "Jum" y "Aleluya negra" de L. R. Sánchez. ¿Qué diría? Que estoy condenada, diría. Que leer en voz alta palabras que designan los genitales femeninos y masculinos o tantas otras que nombran bajezas, perversiones, degeneraciones, impurezas y desvíos me llevan derechita al infierno. En fin, que no se preocupe el funcionario, que lejos de resultarnos difícil trabajar con esos textos, a través de ellos no sólo concedemos el derecho a la imaginación que los jóvenes merecen, además enseñamos a reflexionar sobre la violencia, la discriminación racial, sexual, social, ideológica, el abuso del poder, la corrupción y hasta sobre el sexo mismo; incluso enseñamos algo que se llama adecuación lingüística y que, sospecho, ignora el funcionario.

Pero si tu mensaje trajo a mi memoria el oscurantismo de la dictadura también actualizó momentos fulgurantes: los que vivíamos con mi profesora de literatura latinoamericana quien, desobediente -y a veces en la clandestinidad más cómplice y luminosa- persistió en hacernos leer grandes textos de nuestros grandes escritores.

Habrá que batallar, Malena. Mi profesora lo hizo y salió triunfante. Mientras tanto, a la distancia, yo no batallo. Sigo haciendo oír mi amado Puerto Rico a través de su literatura y los alumnos, agradecidos.

Un beso,

Gabriela

jueves, 10 de septiembre de 2009

Bonsai (final)



No acostumbro recibir mensajes del más allá. No creo en el más allá. No puede haberlo porque la muerte cabal es imposible, por razones puramente biológicas. Aunque no tuve hijos, los de mi hermana sobreviviente son casi idénticos en el orden genético al pobre carapacho que lleva mi nombre. De modo que lo único que desaparecerá cuando estire la pata será esta conciencia precaria atrapada en un cuerpo achacoso. No se perderá gran cosa.


Sin embargo, los viejos espiritistas me estremecieron. Empiezo a entender por qué.


Claro que sé quienes son Anselmo y Carla. Él era mi hermano, a ella la quise siempre.


Carla, mi mujer. Todavía resiento la separación inesperada, precedida de unos síntomas inocuos, un dolorcito en el costado cuando se levantaba de arrancar las hojas secas de los geranios, el reflejo de un tumor maligno que descubrimos porque insistí en el médico sabiendo que no podía darme el lujo de perderla. La culpa es mía. Hubiera vivido más si no me hubiera dado con ponerla en manos del muy carnicero.


En el hospital sufría tanto que ya no soportaba que la tocaran, pero no quería irse.


–Háblele –me dijo la enfermera. Abrí la boca y dejé que la lengua improvisara sin apelar a la razón. Le recité unos poemas de la poetisa amiga de papá. Hizo una mueca. Le dije que cuando volviera a casa encontraría los geranios florecidos. Grito espantoso. Entonces le conté que su tamarindo cuajaba unas vainitas del tamaño de granos de arroz y liberó dos lágrimas finas y dejó de respirar. Le cerré los ojos, estrellé contra el piso el vaso del agua con que había humedecido sus labios. Dejé que se pudrieran los geranios.


Quizás su muerte la salvó de un dolor infinito. Carla se crió aquí, en la calle Las Iglesias de Santurce, esta vía sin salida, un retazo de aldea rodeado de autopistas, solares baldíos, negocios abandonados, ruinas invadidas por árboles viejos, muros revestidos de arbolitos enanos que hunden sus raíces en las paredes derrumbadas. No hubiera tolerado el desalojo. Las casitas de los pobres estorban por más brillo que se les saque. Me imagino a los blanquitos que ocuparán los nuevos edificios observando desde sus amplias terrazas un techo mohoso, con asco, ellos, los que no pueden vivir fuera de sus casas refrigeradas. Me imagino a la madre que los parió y los maldigo.


En contraste con el aire de abandono que ha provocado la partida de los vecinos – casi todos vendieron sus casitas– nuestra casa se ve como nueva. Está pintada de amarillo. La retoco en marzo y en noviembre, aunque no lo necesite, y también repaso con pintura los bordes de las aceras, la piedra del jardincito y el tronco del úcar. Me gusta que las cosas brillen, es una manía que tengo, la aventura del desorden se la dejo a los poetas.


Al rato de irse los viejos añadí un poco de jalea a una tostada y trabajé en el vivero. Es un espacio destinado a las plantas y al Ford que ya no manejo, ni me ocupo en mantener, pues dedico mis atenciones solitarias al cuidado de los bonsai. Carla, una negra corpulenta, me decía bonsaicito y es verdad que si fuera por mi estatura tendría que compararme con los verdores que corto y obligo manejando pinzas, tijeras, prensas, tenazas y alambres. Los animales me gustan más que las personas, pero menos que las plantas enanas.


Soy el creador de dos flamboyanes, cinco limoncitos, una docena de trinitarias y un roble de treinta años, más pequeño que un niño chiquito, todos pasables, pero mi obra maestra es el tamarindo de Carla, recién transplantado a una jarra rectangular color café con leche. Hice dos, uno para mí y el otro para ella. El de Carla tiene las flores más claras, el mío el tronco arrugado y un lecho de musgo


Tuve tres ocupaciones: querer a Carla, entregar cartas y reducir árboles. En los ratos libres leía los restos de la biblioteca de papá, desde Aristóteles hasta Zola con un vistazo ocasional a los estatutos. Ahora, cuando me acosa la frustración de una vida gastada en tan pocas experiencias, me recupero diciéndome que abandonados a la naturalezas mis arbolitos ya habrían muerto. Construyo utopías para hormigas, repúblicas prósperas para microinsectos, raíces de corteza suave hinchadas como manos reumáticas, sometidas al rigor del corte, a salvo del desamparo. “La forma de un bonsai se descubre entre el instinto y el pensamiento”. Esa frase (único fruto de mis meditaciones) le gustó tanto a Carla que la anotó en el calendario de la cocina el último día que pasó en casa.


Hay personas que les platican, yo no. Hablo poco, me acostumbré a escuchar a Carla, que era más inteligente que yo. Algo me dice que Anselmo hubiera tenido mejor pinta y más labia, no en balde es el preferido de la familia y de las viejas momias de la Casa de las Almas.


Anselmo nació muerto. No puede ser un espíritu, no llegó a respirar. O acaso nunca dejó de ser un espíritu, me es indiferente la distinción. Lo cierto es que sin aventurarse a nacer tuvo padres y abuelos que jamás lo olvidaron; a mí, su gemelo, me hicieron sentir que si no me hubiera tardado tanto en encontrar la salida de la cueva, quizás él viviría.


Ando siempre de prisa y ocupado. Incluso en mi jubilación no dejo de moverme. El poco tiempo que me queda lo he destinado a las visitas mensuales al médico, al pago de las facturas de luz y agua, al diálogo matutino con el cartero que me ha sustituido en la ruta, al cuidado de los bonsai, a la siesta después de almorzar sardinas con papas rociadas con aceite de oliva, al paseo a las cuatro de la tarde. Cuando Asunción está le alabo los olores que salen de su cocina. Rechazo sus invitaciones, le río los chistes, ella me ríe los míos, con ella es fácil reír. Después recorro las calles elevadas de Santurce hasta el cansancio. Antes de volver a casa despacho seis cervezas en el billar. A veces me dan ganas de tocar la puerta de Asunción.


De modo que me sorprendió que el eco de las palabras leídas por el viejo me dieran la bienvenida todas las noches, a la vuelta del billar, cuando, eructando los vapores de la cerveza, subía la cuerda del reloj de péndulo, una antigüedad colocada junto al librero de tomos encuadernados que reconstruye un rincón de la oficina de mi padre. Las oí claritito, como si el viejo hubiera dejado su eco…


Manuel, dont let me die


Antes no era feliz, pero al menos me quedaba el consuelo del orden. Aunque valiente orden el que se disolvió de pronto, en la noche brutal de las pesadillas. Sufrí espantosamente hasta que el teatro de los esperpentos provocados por las palabras de Dionisio se me fue haciendo habitual e incluso cómico. Soñaba con el feto de Anselmo y el coño de Carla como si fueran dos muñecos de carnaval, cuando no me perseguían los versos de la amante del desorden o alguna frase de Stendhal traducida al inglés, declamada por Dionisio el aeropagita. Kardec salmodiaba unas líneas del código napoleónico. Malditas sean las pesadillas cultas. Era como vivir con una espina alojada en la garganta, de esas que en el mejor de los casos se disuelven antes de engendrar tumores.


O los engendran, como el que apareció en mi vida conciente. Un olvido de la noche.


Lo encontré una mañana, cuando regresaba de la oficina del médico. Tenía las hojas finas. Olía a salitre, no sé cómo pudo prosperar enquistado en la pared de la casa abandonada. Sorprende que los amantes de la naturaleza, enemigos de coartar el crecimiento salvaje de los árboles, sean indiferentes a los que subsisten abandonados en las paredes de las casas en ruinas.


Me lo traje con un pedazo de la pared y le corté una de las ramas principales para que pareciera un árbol hendido por un rayo. Entonces, sin pensarlo mucho, le acodé una ramita de mi tamarindo grave y arrugado, un experimento atrevido de mezcla de especies, pero nada nuevo para mí, ya que sin alardes he logrado injertos magistrales. Con un alambre fino le doblé las ramas flexibles hasta hacerlas rozar las piedritas del suelo y añadí a la criatura, que ya presagiaba en su porte la morriña de una planta sufrida, una dosis de hormonas. Exhausto, como si hubiera tenido que podar una especie gigantesca, dediqué un buen rato a admirar la sombra que proyectan los bonsai más viejos, los que cuido desde antes de conocer a Carla, los enanos que consumieron la tercera parte de mi vida.


La noche del trasplante bajó la temperatura. Dormí como un animal, tanto que desperté con dolor en el cuello y una plácida sensación de descanso. Al afeitarme me sorprendió la tersura de mi cara en el espejo. Salí al patio y comprobé que la tierra estaba húmeda. El tamarindo de Carla había perdido unas hojas, lo coloqué más cerca de la verja del lado de Asunción, por donde no sopla el viento. El toldo que protege a las plantas del sol se veía triste, necesitaba una limpieza. Examiné la herida del arbolito nuevo y para no deprimirme rechacé la idea de que no me alcanzaría el tiempo para impartir los sucesivos cortes y trasplantes encaminados a su forma definitiva.


Eché una siesta sin almorzar. Me despertaron los truenos y la lluvia que entraba por la ventana. Saludé a las manchas familiares del techo, los nudos de la madera y la resina reseca de las paredes. Pensé que si la isla se hunde las plantas me sobrevivirán hasta que alguien se haga cargo de ellas. Si yo sobrevivo a la isla, las llevaré conmigo, como los antiguos cargaban las efigies en miniatura de sus ancestros. Amamantándome con esa imagen consoladora volví a dormirme.


Desperté alborotado por el olor de la cocina de Asunción. Sentí hambre en un lugar olvidado del cuerpo. Ante el espejo solté una carcajada. Un pelo negro en una cabeza de canas. Desde luego que sin espejuelos y enfrentado a un vidrio opaco es imposible percibir una imagen exacta. Tampoco me hice muchas ilusiones con la erección. Abrí la nevera y sólo encontré el frasco de jalea.


Había dejado de llover. Me puse los tennis de caminante. Una mirada al espejo antes de salir reveló al Maneco de siempre: el cuerpo de alfeñique, los labios fruncidos.


Caminé riéndome solo, pensando en la magia simpática, en la ilusión de que la herida del arbolito era una puerta que se me abría a otro tiempo, largo, risueño y oscuro, oculto en las entrañas del espejo. Mentiras piadosas. Si el pobre sobrevive al trauma del injerto, llegará a formar su propio nudo en el tiempo, ese que se revela cuando el corte de una rama nos deja adivinar el ritmo y la dirección de su renacimiento.


Las puertas de la Casa de las Almas estaban abiertas. Por una de ellas se asomó la mensajera de Dionisio, armada con unas tijeras, una regadera y una sonrisa interminable. No me reconoció o se hizo la loca. Me dio la espalda. Se puso a cortar las ramas secas de las trinitarias y a rociar las plantas.


Vi las casas del vecindario, saludé a los viejos que todavía se arraciman en algunos balcones. Desde aquí no se ve el mar, pero se siente. Si de mí dependiera sólo salvaría esta loma.


A la vuelta del paseo me atreví a tocar la puerta de Asunción.


Trato de no recordar mi vida sin ella.


– Anselmo Manuel– me dijo hace unos días, tu hermano también se llamaba Anselmo. ¿Tenía otro nombre?


–Manuel. Se llama Manuel Anselmo -dije –. Para qué desperdiciar un nombre. Él no nació y su nombre me tocó a mí.


Me ríe los chistes. Yo le río los suyos. Es una ilusión, claro. Viajamos en barcos que se alejan en direcciones opuestas. Ya no me asusta tocar a su puerta. Dejo que ella me recorte y me pinte el pelo. Le cuento mis pesadillas y ella me lee en Hola los chismes de la duquesa de Alba. Devoro sus alimentos. No me importa saber si su amor es una perversidad, un gesto de misericordia o una obra de arte.


martes, 8 de septiembre de 2009

Bonsai (cuento)




“Estar muerto es menos fácil de lo que puede parecer.”


Italo Calvino, El señor Palomar


Eran dos, pero parecían una muchedumbre. Su presencia acortó aún más el espacio breve de mi refugio. Él se quitó el sombrero para saludarme, ella me extendió una mano suave. Él se alzó los pantalones antes de posar las nalgas en el sofá, ella se sentó con las rodillas juntas. Los dos me miraron sin pestañear, dibujando sonrisas tan marcadas que tropecé con un nudo oculto en el tiempo.


Decidí no ofrecerles café.


–Ustedes dirán– dije con voz seca. De inmediato me sobresaltó un recuerdo de papá.


Papá y Stendhal. Cada uno es imprescindible para mi entendimiento del otro. Stendhal leía el código civil napoleónico cuando completaba la redacción de una novela. Papá raras veces leía el código civil napoleónico. Se sentía más inclinado a visitar amigas que a memorizar leyes o redactar escrituras. Ojalá hubieran sido buenas hembras, pero no. Su afición al esperpento explica que aquella mujer fuera uno de sus amores. Una mañana nos recibió vistiendo una bata raída, mal abotonada. Con movimientos flotantes sacudía el enjambre de un pelo impenetrable. Me regaló bombones derretidos pegados de la envoltura. Antes de despedirnos se acercó y casi me tumba el aliento a alcohol. De lejos parecía una muchacha, de cerca una vieja maloliente.


–Maneco – susurró– la única aventura que me queda es el desorden.


Había sido una poetisa legendaria. Creo que ahora tengo la edad que ella tenía cuando papá y yo la visitábamos. Yo con las medias estiradas hasta las rodillas y los pantalones cortos color vino del colegio, frente a ella y papá. Destilaban el olor agrio de la gente usada.


Los usados del momento eran limpios sin exageraciones de maquillaje y tintes. Justo cuando la mujer cruzaba las piernas la radio daba cuenta de un escándalo: guardias de las Naciones Unidas destacados en la República del Congo compraban “favores sexuales” a mujeres y niños a cambio de alguna botella de agua, tan apreciado el recipiente como el líquido. Con una mano doblada por la artritis, las venas en relieve y sobre los huesos una piel de nata, el viejo sacó un papel del bolsillo de la chaqueta.


–Don Manuel, no se imagina las ganas que teníamos de conocerlo. Estas no son horas de visita, pero pasábamos frente a su casa y pensamos que a nuestra edad le quedan pocas horas al cuerpo físico y todos los momentos del día son iguales. Mi hermana y yo somos madrugadores.


–Nos gusta el friíto mañanero –prosiguió ella, estirando el parlamento del otro.


–Seré breve –dijo él. Usted desconoce una realidad in-quie-tan-te.


- Peor que la muerte misma es que ya nadie tenga tiempo para pensar en los muertos. La muerte ya no es lo que era. Nadie la toma en serio.


–Muy lamentable- prosiguió él o ella, imposible distinguir quién hablaba. Empezaba a aburrirme aquel juego de cabezas injertadas. Bostecé, me acaricié la barba.


–Perdonen, pero tengo un compromiso y se me está haciendo tarde. En qué puedo servirles.


La frase hipócrita les provocó dos sonrisas.


–Mi hermano es un hombre muy desarrollado. Hace años un fuego destruyó nuestros archivos. Hemos tenido que rehacerlos. Estamos realizando decenas de experimentos. Recibimos mensajes de todo el universo.


–Uno de ellos nos trae a esta casa.


–Es la palabra de uno de los siete sabios universales. Se trata de...


–Dionisio el aeropagita– reveló él, sin que le temblara un pelo del bigote.


Con que esas tenemos, pensé. Los visitantes revelaban su procedencia sin mencionarla. Eran emisarios de la Casa de las Almas.


El papel que el hombrecito puso en mis manos me recordó los olores tenebrosos de la poetisa amiga del desorden. Estaba tan arrugado que tardé un rato en descifrar la línea. Pero no llegué a leerla en voz alta, se me adelantó él, pronunciando de memoria las palabras escritas en el papel con un acento digno de una madama de las islas.


Manuel, don’t let me die…


Desbordé una reacción vulgar, algo así como “no sabía que Dionisio hablaba inglés”. El varón, picado, me arrancó el papelito de las manos.


–Óigame Sagardía, su nombre surge en las últimas semanas con una insistencia alarmante. Unos seres muy cercanos a usted no alcanzan la paz, ni la alcanzarán mientras usted se obstine en olvidarlos.


–Sabemos que no es creyente –gimoteó la mujer.


–Eso no tendría la menor importancia si además de ateo no fuera tan insolente –encadenó el viejo, engolando la voz de galán con sombrero–. Pero allá usted con su conciencia. Nuestro deber es advertirle que tiene muy abandonados a sus muertos. Lástima, pues de usted dependen ciertas secuencias cósmicas.


Tengo poca paciencia. A veces la pierdo sin remedio.


- Caramba, pues se jodió el universo. La astronomía no es mi fuerte.


No diré que la expresión los sobresaltó. Sí que los obligó a poner todas las cartas sobre la mesa. En sentido figurado, claro. En la vida real sólo se movieron un poco en el sofá. Él carraspeó, ella abrió y cerró el broche de la cartera.


–Usted sabrá quién es Anselmo –dijeron ambos a dos.


–Y quién es Carla-dijo sólo él.


Bájé la cabeza para asimilar el golpe, un boxeador noqueado por el asombro. El viejo no me dio tregua.


–Ningún lugar es más frío que el parque abandonado de un hombre insensible.


–El parque de un hombre es el corazón. Parece mentira que un jardinero como usted no lo reconozca.


Me dejó sin aliento el descaro de quienes habían entrado en mis dominios desbordando cordialidad. ¿Cómo se atrevían a saber tanto de mí estos dos portavoces del otro mundo? Les devolví la hostilidad poniéndome de pie.


–Señores ustedes deben estar locos, pero no tanto como yo, puesto que tan bien me conocen. Quedo advertido –dije, mientras les señalaba la puerta.


- Piénse en lo que hemos dicho Sagardía- y ambos a dos me extendieron las manos antes de girar maquinalmente sobre las puntas de los pies.


Cruzaron el portón sin mirar atrás. Se movían por la calle, que empezaba a desdibujarse en la luz intensa de la mañana, con una rapidez aprendida de su trato con los fantasmas. Los odié hasta el escalofrío, sentí el quebranto de una fiebre fulminante, me derrumbé.


(Continuará)

jueves, 13 de agosto de 2009

Luis Fortuño Burset: novela por entregas 4


Arturo Pérez Reverte no es un parricida. Su literatura de exploradores y espadachines significa un regreso casi reverente a los territorios del padre del folletín gordo, el incansable Dumas. Además, según la Real Academia de la Lengua Española, tiene estatura de venerable. Ocupa en la RAE la silla donde asentó sus posaderas don Benito Pérez Galdós, diputado cunero por Guayama, Puerto Rico.

Pérez Reverte no, es pues, un parricida, pero sí ha sido y sigue siendo, cuando le ha dado la gana, un maestro en la basta retórica de la parresía. La parresía es el arte de la franqueza injuriosa que el injuriado recibe como una caricia. Pocos lo manejan con la saña de Pérez Reverte, diestro en pasar de la dureza al insulto excremental: un alquimista al revés.

Una vez -y dos son tres- el presidente del Instituto de Literatura Puertorriqueña y el presidente de la Gran Universidad Lelolai Privada (GULP) invitaron al tremebundo académico – suya es la custodia de la letra T mayúscula en la Academia de la Madre Patria- a leer en Puerto Rico una conferencia magistral sobre el tema de su elección.

El presidente de la GULP, que es contable, cree firmemente que al enseñar cualquier tema hay que exponer tres versiones del mismo: una a favor, otra en contra y ninguna de las anteriores. Es por eso que, sin encomendarse a nadie, y puesto que era él quien pagaba los honorarios de Pérez Reverte, invitó al presidente del Senado de Puerto Rico, Thomas Rivera Schatz, para que respondiera al discurso del académico español. Entre el presidente de la Gran Universidad Lelolai Privada y el presidente del Instituto de Literatura se repartirían la defensa de la nada.

Ya en la mesa de los conferenciantes, picado por la organización del acto, que tomó como una emboscada, Pérez Reverte, cundido, para colmo, de malas pulgas y mal dormir, decidió repetir sin modificaciones su diatriba contra los diputados españoles. Rivera Schatz, que había escrito para la ocasión una composición de dos páginas titulada “cómo pasé las vacaciones” y que lee sólo los periódicos y eso para informarse sobre las carreras de caballos, se iba poniendo blanco como una tiza oyendo las injurias del académico:

“Van pavoneándose graves, importantes, seguros de su papel.
Oportunistas advenedizos que cada mañana se miran al espejo para comprobar que
están despiertos y celebrar su buena suerte. Diputados, nada menos. Sin tener,
algunos, el bachillerato. Ni haber trabajado en su vida. Desconociendo lo que es
madrugar para fichar a las nueve de la mañana, o buscar curro fuera de la
protección del partido político al que se afiliaron sabiamente desde jovencitos.”

Rivera Schatz no puede contenerse. Se levanta de la mesa y amenaza con el micrófono a Pérez Reverte.

-Canto e zángano, a ti quién te da derecho a venir a insultar a los servidores públicos de este país y llevarte una purruchá de chavos. Todavía te gustan los dólares, verdad so europeo. Seguro que te contrató una de esas mujeres machúas de la Cámara de Representantes. Yo pensaba que los escritores eran gente tranquila, de palabras bonitas, pero tú eres un boquisucio y un títere. Si quieres guerra, la tendrás, Pérez Reverte, so sabandija.

Pérez Reverte, que antes de ser académico fue corresponsal de guerra, estaba a punto de echarse a reír o de defecarse en la progenitora bávara de nuestro senador, pero la hostilidad de su semblante mudó en expresión beatífica.

–¿Qué dices, qué palabra usaste hijo de la mala leche?

–¿Cómo, so extranjero apestoso? Vete a bañar.

–Oí mal, bribón, o usaste la palabra sabandija.

–Sí sabandija, cucaracha, polilla, populote, cobarde, gatillero a sueldo, fumador de tabaco malo, mira, se te nota el sudor en los sobacos, sufre, sucio.

–Infeliz, me has hecho un regalo con tu ignorancia.

–El regalo te lo habrá hecho tu madre.

–No, senador, usted es una especie en vías de extinción, un español de pelo en pecho, un ultramarino de otros tiempos. Si supiera cuánto me interesa esa palabra.

–¿Cuál? ¿Títere, sabandija, güevón o maldita sea tu estampa? Tengo otras para tipos como tú y Luisito Fortuño, embustero, mamao, mongo, vente si eres macho, que lo dudo, vamos pa fuera.

Pérez Reverté estudió la situación. Pensó: este patán tiene dos guardaespaldas. Mejor me voy a la piscina del hotel, donde siempre se pesca algo, así sin despedirme.

Y se fue como llegó, pisando los talones del chofer del Presidente de la Gran Universidad Lelolai Privada.

Él español se hizo sal y agua, pero ni presidente de la GULP ni el presidente del Instituto de Literatura Puertorriqueña pudieron evadir a los guardaespaldas de Rivera Schatz, que los redujeron por la fuerza y los arrastraron hasta los baños, al son de bimblines y medallitas. Ya estaban a punto del waterboarding cuando apareció Rivera Schatz y los perdonó con creces, como el buen cristiano que profesa ser.

Esa tarde, en la piscina del hotel, Pérez Reverte narraba su aventura reciente a una chica muy maja.

–Estoy haciendo un estudio etimológico de la palabra sabandija, una voz en vías de extinción, de origen incierto, y cada vez que la oigo, me excito. Pardiez, no me divertía tanto desde que Alatriste atravesó a veinte negrazos de un solo golpe a bordo de la polacra Trafalgar.

–Sa-ban-dijjja –murmuró la otra al oído del bronceado académico.

Piensan algunos retóricos que el insulto es un género literario. Lo han empleado escritores puertorriqueños para calificar a otros escritores puertorriqueños, vivos y muertos; vano empeño. El insulto entre escritores turba nuestro apacible devenir y cuando algo se sale de cauce se le aplica el tratamiento predilecto del boricua: dejarte hablando solo, ningunearte, apagarte el fuego.

De nuestro pintoresco presidente del Senado podríamos aprender el poder de las palabras insultantes. Impresiona el desajuste entre la estatura del injuriante y la crudeza de su lenguaje. De ese distanciamiento (el brechtiano verfrendung) proviene la eficacia de las porquerías que libremente defeca su boca, y que contra toda expectativa, le han ganado miles de adeptos y servidores. También habría que estudiar a fondo la afición de nuestro diputado a la hermosa palabra sabandija, cuya amplia resonancia de ala de murciélago evoca una danza renacentista, al dios de los metales, y los desmanes de una reina en el desierto, para no hablar de los dijes de un pirata militarizado con bigotito y mano al aire, que para desgracia nuestra no se parece mucho a Johhny Depp.

(Continuará)

Primeros párrafos

Recuerdo cuando recibí el envío de mi sobrina. Leí su letra en una nota breve: quizás me interesaría conservar aquellas cartas. No pensé en ...