jueves, 11 de marzo de 2010

Metempsícosis


Jesús Serrano Belmonte (Crevillente, Alicante, 1982), es licenciado en Ciencias Ambientales, estudiante de Historia “por puro placer” y representante de grupos musicales. Esta conjunción de saberes y prácticas se ha decantado hacia la puerta estrecha de la escritura. Su primer libro, Metempsícosis (Barcelona, Ediciones Oblicuas, 2009), es un homenaje al padre del cuento moderno, Edgar Allan Poe, y un recordatorio de que hay algo maligno, un rastro de magia transgresora, en las artes que, para citar mal a Borges, multiplican el mundo de los hombres.

El relato “Metempsícosis” lleva un epígrafe de la canción “Baker Lake”, de la cantautora de género country-indie rock Sera Cahoone. El texto de Serrano compone una alegoría en torno a un ser caído que podría ser Ícaro sin alas, una criatura fabricada en un laboratorio de monstruosos experimentos genéticos o quizás el ángel benjaminiano de la Historia que recorre un mundo en ruinas. El narrador es un hijo nonato que desde el vientre toma la palabra para acusar a su madre. Otro relato, “Diecinueve fragmentos de una cronología de horror”, reduce a breves momentos de suspenso una cadena de escenas que podrían eslabonarse hacia otro desenlace, pero que vistas desde el final se mueven con la fatalidad de una equivocación absurda. El narrador de “Conciencia” es excepcional. Se trata del cuento mismo, la obra en proceso que toma voz para denostar a quien intenta escribirlo, como otra criatura que condena al padre.

Un motivo central de estos cuentos es la escritura como encierro laberíntico del escritor. El efecto claustrofóbico, a la manera de “Continuidad de los parques”, de Cortázar, da forma a “Lienzo en blanco”. El libro es la trampa que atrapa al lector-creador que lo protagoniza. En este caso se trata de una escultora, madre de “trescientas cuarenta y cuatro figuras en mármol blanco y dos ilusiones que volaron juntas durante nueve años. Ambas muertas”. Poe en maridaje con Mary Shelley: de nuevo la criatura que se rebela contra su creador o creadora, el espanto de lo entrañable que nos devora, y que en lugar de salir se deshace en el terror a lo oscuro e informe.

Los cuentos de Metempsícosis se caracterizan por una atmósfera hermética, por una tensión construida sobre el horror de la ceguera, la comprensión entre sombras de lo que apenas se palpa, como en “The Pit and the Pendulum”, de Poe, o la alegoría platónica de la caverna. Son cuentos de espanto, pero se cuidan del efectismo del morbo chocante, tan manido en buena parte de la escritura actual. Y no es que dejen de apelar a los recursos del thriller, de la fantasía o del juego electrónico. Si Poe escribiera hoy, esos serían sus recursos, como en su tiempo lo fueron las cadenas chirriantes, los fosos y los castillos de la novela gótica. En el mundo de Belmonte los paisajes urbanos acumulan piedras podridas y cristales rotos. Después de todo vivimos en escenarios de postrimerías y el modelo catastrofista más optimista predice que sobreviviremos al 2012, pero que para el 2050 el Planeta ya no tendrá recursos para sostener a la especie humana.

La poesía eficaz, que imparte capacidad expresiva a la trama del relato, es esencial en la creación de atmósfera y poderosa síntesis en estos cuentos que atraen porque invaden las estancias del horror sin perder la capacidad moral de compadecerse con la grandeza de los sufrientes. El deleite de los sentidos se define, en una de las historias, como un “fin sagrado”. En la extrañeza habita la belleza.

Y es cierto que la escritura es un oficio pavoroso y el libro un artefacto que puede contener el maleficio de la seducción y el engaño. “No reveles la verdad en un mundo donde triunfa la blasfemia”, propone Hatem, especie de maestro espiritual del relato “Las bifurcaciones de la duda”. Otro personaje aprende a mirar a los ojos a la felicidad. Pero en general el protagonista de Belmonte –poeta, empresario, o criminal– es un ser frágil, patético y desconcertado, como si se encontrara “viviendo la vida que alguien verdaderamente destinado a ella se hubiera negado a disfrutar”; y sin embargo digno de piedad cuando se le mira como en estos cuentos, desde otra escala de la conciencia. Llanto por el amor muerto o exhortación a la especie humana agonizante, estos escritos vibran con esa esperanza loca que nos invade en la antesala de la separación irrevocable.

domingo, 28 de febrero de 2010

Violencias

El periódico Diálogo, en su edición más reciente (enero-marzo de 2010), publica una documentada serie de artículos sobre el Corredor del Noreste, firmados por Dalila Rodríguez Saavedra. Hay que leerlos. Como debe saberse, el gobernador de Puerto Rico, mediante orden ejecutiva, le abrió la puerta a la destrucción del corredor para construir hoteles en serie, campos de golf sedientos y marinas recoletas. Este acto de violencia es una réplica (o acaso una "replicant") de la violencia imbécil que vive el país en sus esquinas, en sus puntos de drogas, en sus familias.

Cuando la violencia se enseña desde los lugares de autoridad, es difícil conjurarla. No se puede ser pueblo de paz haciendo la guerra en todos los frentes: a la naturaleza, al "enemigo", al vecino. Pero hay más. Aquí se reproduce la violencia cuando se les enseña a los niños que un yate vale más que un pájaro. El yate perecerá, y también el pájaro; pero sólo uno de ellos canta.

Para colmo, la destrucción ni siquiera genera ganancias útiles. Se enriquecen dos o tres imbéciles y el resto quedamos reducidos al desasosiego del nuevo imperativo histórico: such is life. Nos lo merecemos, sólo un animal imbécil destruye su guarida.

El 9 de marzo continúa la vista en el tribunal de Hato Rey en solicitud de un interdicto que detenga, aunque sea para reponernos del golpe, la violencia de la orden ejecutiva. La abogada del “pueblo de Puerto Rico” interrumpió la primera vista con un “tecnicismo”. Da pena esa mujer joven e inconsciente. Por más ambiciosa que sea, nadie le garantizará las credenciales que le autoricen a posar sus callosos pies en uno de los yates albergados en una de las cuarenta marinas clandestinas que poseen los cuarenta ladrones vinculados, como buenos y discretísimos burgueses, a nuestro renglón económico rentable: el tráfico narco.

viernes, 5 de febrero de 2010

El discreto encanto de la burguesía


Anoche volvimos a ver El discreto encanto de la burguesía, casi cuarenta años después: pesadillas y banalidades, violencia y small talk. Me trajo el olor de la muerte. Los golpes militares en Chile y Argentina, los miles de desaparecidos, los mejores jóvenes asesinados. Comparo el volver a verla con el desandar por los caminos de la vida propia que en los campos de Puerto Rico emprendían los agonizantes.

Buñuel destiló esta obra maestra de la crítica venenosa en los tiempos de las dictaduras autóctonas inspiradas desde los centros de poder militar y cultural: los declinantes imperios europeos y el colosal imperio estadounidense. En escena y entredicho quedó el discreto cinismo de esos regímenes totalitarios que todavía, en total impunidad, cosechan sus frutos. Aquí, en Puerto Rico, con todo y “democracia” electoral, estamos resintiendo esas tempestades alimentadas por los vientos de la dependencia, el oportunismo y la cobardía; la "buena vida" despatarrada a la sombra del presupuesto del gobierno colonial.

"Nuestra" burguesía no conocerá la ciencia del buen gobierno, ni será espejo de inteligencia, cultura y moral, pero sí sabe de vinos caros y de relojes carísimos y de colecciones de arte y de joyas espectaculares. ¿Pasarán? Está por verse. Siempre es posible luchar por la libertad y envenenarles los sueños a los burgueses discretos.

martes, 2 de febrero de 2010

El Nuevo Día: de fotos y palabras impropias


Ana Lydia Vega publicó hoy una lúcida columna en El Nuevo Día sobre el "escándalo" de las fotos de los médicos puertorriqueños publicadas en facebook. Me gustó tanto que me "registré" (con dificultades y a regañadientes) en ENDI para comentarla. Me censuraron dos veces el comentario porque según la máquina censora de ENDI el mismo contiene "palabras impropias". Lo copio con la tenue esperanza de que no lo censure Google:

“La lucidez de este escrito de Ana Lydia Vega ilumina un espacio público enmarañado por la desorientación, el oportunismo y la dispersión social. Nada hay que añadir, aunque la entrada en el tema me sugiere un comentario. La sociedad del espectáculo de la cual facebook se nutre y en la cual se sacrifican los espacios de intimidad es madre y espejo de la inconciencia. En esta ocasión expuso la cruda realidad de una profesión, la médica y una condición: la del paciente. En Haití y en Santurce, con grados de diferencia en cuanto a la precariedad, subsisten médico y paciente entre el afán de lucro, el derecho a la salud, la vocación de servir y la impotencia.”

Un premio a quien encuentre la palabra impropia que provocó la censura de ENDI.

jueves, 7 de enero de 2010

Un libro de Graciela Aletta da Sylvas sobre Angélica Gorodischer


La aventura de escribir: la narrativa de Angélica Gorodischer

Buenos Aires: Ediciones Corregidor, 2009

Autora: Graciela Aletta da Sylvas


Este libro es el primero de una sola autora que se dedica a la escritura de Angélica Gorodischer. Tras la publicación de más de una veintena de novelas y colecciones de relatos, está claro que Gorodischer es una de las figura mayores en el panorama de la narrativa hispanoamericana de entre siglos, y una de las mejores prosistas contemporáneas en lengua española, sin distinción de género. Graciela Aletta da Sylvas, profesora de la Universidad Nacional de Rosario, ejerce una crítica rigurosa, fundamentada en corrientes teóricas actuales -feminista, post-estructuralista, psicoanalítica, filosófica- sin ceñirse a fatigados moldes discursivos que no hubieran captado, como lo hace este libro, un acercamiento a la razón de ser de la vibrante escritura de Gorodischer, una escritura que, en opinión de Guillermo Saccomano, es a la vez espacio de goce y transgresión.

La aventura de escribir es un admirable ejercicio de síntesis a propósito de una escritora que la crítica llama “proteica”, pues no sólo es vasto el cuerpo de sus narraciones, sino que además se trata de una mujer de palabra y acción, promotora cultural, figura pública respetada, mujer de afectos familiares y amistades entrañables. Esa actividad prodigiosa y múltiple se transmite a todo lo que toca, y para María Rosa Lojo es uno de los motivos que ameritan la lectura del estudio de Aletta:

Entre los muchos méritos de este libro, cabe destacar por lo menos dos. Uno es haber logrado deslindar y asediar los problemas centrales y los hilos conductores de una obra vasta y variada, que transita la novela “de género” (policial, ciencia ficción) pero que no es encasillable en esos compartimientos… Su libro sienta un valioso precedente como obra de consulta para todas las futuras indagaciones sobre la inventora y exploradora de tantos mundos imaginarios que están dentro de éste. (13)

Aletta da Sylvas organiza el corpus de la escritura de Gorodischer en varios ejes temáticos, divididos, a su vez, en apartados: las circunstancias de una vida y el contexto de producción (antecedentes biográficos y situación de Gorodischer y su obra en el campo literario argentino); la presencia formativa de sus lecturas en los géneros de ciencia ficción, maravilloso y fantástico; las intersecciones entre la construcción de género, delito y escritura (mujer y trasgresión; mujeres que matan; identidades transgresoras; la ciudad escenario del delito); y la escritura como el oficio de leer y escribir. La representación de escenas de violencia desde las primeras publicaciones de Gorodischer apunta no sólo a la impronta de la barbarie en el particular contexto de la autora (los años de la dictadura militar) sino a la presunción de que el oficio de escribir es para una mujer siempre marginal, que se ejerce desde el “exilio” y que, al no enraizar en tierra firme, de algún modo se aboca siempre al ensayo, a la experimentación, a la transgresión y al juego. En una sección sobre los personajes de las mujeres que matan, se señala que, sin importar el móvil o el crimen, “todas abandonan el papel de víctimas… para asumir un protagonismo fuerte y decidido de autoras de delito. De esta manera el delito se convierte en figura fundante de la identidad”. (142) En este trabajo seminal, uno de los más sólidos del libro, la crítica acude a una rica bibliografía en las materias de filosofía del derecho y criminología crítica, para concluir ponderando una afirmación de Gorodischer: “La marca de género… es la exclusión del poder y de la palabra. Por eso no hay lugar cómodo para hablar/escribir de las mujeres”. (178)

El análisis de textos cierra con una exposición en torno a la obra que con Prodigios, debe ser una de las cumbres del arte de Gorodischer, la bellísima novela Tumba de jaguares:

Verdadera apoteosis de la escritura, de la que se exhibe toda una poética Tumba de jaguares constituye una variante más dentro de la extensa y compleja producción de Gorodischer, quien demuestra su placer en el uso del lenguaje y la elección de cada palabra: “… y las palabras sí que le entran por los ojos, y los oídos y los dedos y los dientes…”. (250)

Al filo del poder, donde se descubre la violencia como marca de la historia, la sutileza es una virtud, ese espíritu de fineza que delata tanto a la buena crítica como a la buena literatura de indagación y experimentación formal. Maestra de la ironía, dueña de una capacidad deslumbrante para la invención de mundos alternos y verosímiles, permanentemente inconforme con lo que ha hecho, octogenaria vigorosa y productiva más allá de las prisiones octogonales de la existencia, la autora y su obra cuentan ahora con algo más penetrante que un vademécum unitario, o repertorio de claves para su lectura, en este valioso libro. Eso sí; tan astuta es la narradora, y tal es su compromiso libertario con la ruptura de todo orden predecible, que ya estará fraguando obras soprendentes que provoquen nuevas lecturas, aunque difícilmente podrán superar en alcance y esmero estas de Graciela Aletta da Sylvas.

jueves, 24 de diciembre de 2009

Un libro de Marta Ortiz


(A propósito de Diario de la plaza y otros desvíos, Ediciones El Mono Armado, Buenos Aires, 2009)


A Marta Huidobro, viva en el recuerdo

A Dalidia Colón, lectora de poesía


La ciudad natal, la casa y el paisaje sustentan desde siempre el diseño de la poesía. Obras humanas, son extensiones metonímicas de la voz. Si bien el hablante lírico nunca ha sido del todo equivalente al escritor de carne y hueso, es a partir de Baudelaire que se profundiza la distancia entre el yo lírico (máscara desrealizada, sujeto retórico) y el “yo individual del escritor, cargado con su historia personal, con su estado social, y con su psicología… ”. (Combe, 149)[1]

Diario de la plaza y otros desvíos, de Marta Ortiz, es ejemplo de cómo ese sujeto lírico rebasa el testimonio autobiográfico. Conocer la entrañable relación de la escritora con los lugares de su ciudad (Rosario, Argentina) los datos de su biografía y el perfil de sus afectos familiares es privilegio de sus amigos y conocidos. La escritura de este diario poético, no obstante, renueva tropos de sólida tradición en la narrativa y la escritura y es a partir de ellos que se configuran las imágenes estelares de la constelación que es el libro.

Se trata de una autora que saca brillo a las palabras con voluntad de orfebre. Su oficio impecable no busca sumirse en la oscuridad o la representación del caos sino iluminar las cosas familiares y la melancolía que provoca su desgaste, como si el trazo pretendiera fijar el rastro de esas pérdidas.

El Diario consta de cinco secciones: “Goteo”, “Diario de la plaza”, “Mapa, “Contexto” y “Periplo”. La primera da cuenta de la chispa que incita a escribir: los objetos atesorados en la memoria, los sentidos deseantes. La segunda encierra en el libro el universo, como otra versión del aleph; magia reductora que construye un modelo en miniatura de la plaza, con sus árboles transformados en otra superficie de escritura. “Mapa” es el rastro del cuerpo en sus deseos y patologías y también una relación de las vocaciones: la escritura, el canto, el arte, la simpatía cultivada. “Contexto” y “Periplo” se refieren a un entorno dominado por la influencia mediática global con su equívoca ilusión de proximidad, cuando su mecanismo radica en reproducir lo efímero mediante un abandono del yo , semejante al de la zona estéril de los aeropuertos, donde los pasajeros esperan, tras someterse al examen de sus pertenencias, el traslado a otras coordenadas.

El título del poemario des-cubre uno de sus principios dinámicos. El prefijo des se repite a lo largo del libro. La poesía es cortina de sonidos, de aliteraciones, de ritmos: desvío, desmenuzo, des-aireado, des-enterraban, deslíe, des-pintada. Uno de los significados de des, justamente el sentido que cobra en la palabra desvío, comunica la vivencia de apartarse. Esa distancia que se acentúa al revisar lo escrito separa el dolor inefable que se siente de su fantasmal destilado poético.

El prefijo homófono, de apunta a otro concepto: la posesión. Además, relaciona las palabras destello y destilar. En su des-usado origen, destello significaba gota (stilla) que chorrea y brilla. Destilar – purificar - refinar – gotear – destellar. “Goteo" de la tinta que destila, destella y deslumbra.

El oficio de Ortiz, la limpieza del trazo en poemas breves, intensos y precisos, es tan libre y disciplinado como la pericia de quien atrapa una mariposa con un solo movimiento de la red. Arte de la escritura miniada, afín a la magia simpática que al reducir domestica y posee. Los tropos dominantes aluden a las pérdidas y a la gracia de amar en medio de las ruinas: el musgo, las grietas, el óxido, la humedad, el olvido, la familia, la memoria, el gesto que se repite, el revoque descascarado, el vagabundo, las madres de Plaza de Mayo, los libros de la infancia, la casa perdida, la cajita de hojalata donde se guardan objetos banales que nadie más valorará en su secreta memoria, de esos que a la hora de nuestra muerte recobrarán su destino de vagabundos desamados. Esa caja de recuerdos me evoca el arte de Joseph Cornell, maestro del assemblage apreciado por los surrealistas, fabricante de cajas de objetos que en el encuentro fortuito revelan su magia des-atada. Cornell, citando a Nerval, llamaba metafísica de lo efímero al aura de las cajitas deslumbrantes.

Para despedir un año que contó entre sus raras bondades la publicación de Diario de la plaza y otros desvíos, me doy el lujo compartir el primer poema de este libro de lujo. La poesía buena ayuda a respirar.


Persistencia

resiste

esta memoria de palabras

como líneas

de celestes nomeolvides

crepita

en el mimbre del sillón desvencijado

al lento fuego

de mis vanos devaneos

(sombras grises deshilan

cielos rasos

de telas de araña)


persiste

esta lengua y esta letra verosímil

en la trama

de las telas

sepultaban la piel suave de mi madre


y en la curva de voces como ríos

voces de viento

en sobremesas

noche a noche censuradas


perdura

canto primario

tacto a mapa antiguo

-tiempo y gubia-

en la corteza del ciruelo

y habría que ver

resiste creo

en el vaho aquel amarillento

olor naranja terroso

color grieta papel viejo

del viejo libro de cuentos

de Perrault


[1] Dominique Combe. “La referencia desdoblada: el sujeto lírico entre la ficción y la autobiografía”. En Teorías sobre la lírica. Fernando Cabo Aseguinolaza, editor. Arco Libros: Madrid, 1999.

domingo, 13 de diciembre de 2009

Devolver la mirada


(A propósito del libro Puerto Rico en fotos: la colección menonita, 1940-1950, de Libia M. González López)

Cuando se presentó este libro en la Fundación Luis Muñoz Marín hace un mes yo no me encontraba en Puerto Rico. La Dra. Malena Rodríguez Castro leyó una versión de estas palabras. Ahora que me encuentro en PR, no pretendo repetir todo lo que Malena leyó a la perfección. Más afortunado sería entrar al libro por otra puerta. Esto que acabo de decir, el planteamiento de encontrarse o no encontrarse a sí mismo en un lugar -expresión de lógica extraña- bien podría ser esa puerta.

El Mennonite General Hospital de La Plata servía a los campamentos y a los vecinos de los pueblos adyacentes. En aquel hospital, una barraca de madera que aparece en varias fotografías del libro, me practicaron una tonsilectomía.

Quién sabe si la fascinación con la parcela de higienismo donde perdí las amígdalas, en el verde agreste del Río La Plata, me anticipó, como en un juego de espejos acuáticos, el encanto seductor de Castañer, la colonia laquista donde otra comunidad religiosa fundó otro hospital en torno a otro resettlement project. Para bien y para mal, la isla ensimismada y desposeída se “prestaba” para llevar a término operaciones radicales y soñar utopías delirantes. Utopías y espacios distópicos donde podemos o no encontrarnos: bases militares, laboratorios, hospitales, comunidades marginales, parques industriales en ruinas, accesos descontrolados, resistencias inesperadas.

Ante el ojo que nos examina con curiosidad clínica -ya sea en la mesa de operaciones o en la mirilla de un rifle o una cámara- se nos va formando la mirada. Buena parte de lo que mueve a escribir y a investigar es el deseo de mirar a quien nos mira. Esa devolución de la mirada puede obedecer a un intento de confundirnos con el otro que cree conocernos y de aspirar, asimismo, a conocer al otro que nos mira.

Puerto Rico en fotos añade una dimensión inédita al acervo de las fotografías de Edwin Rosskam y Jack Delano, los fotógrafos oficiales que documentaron el proyecto de La Plata. Las fotos, a todo color, fueron tomadas por misioneros menonitas miembros del elenco de observadores participantes que allí vivieron y formaron familias. Quizás por esa razón el alcance de este libro no es puramente local. No conozco otras publicaciones donde se mire el territorio colonial desde afuera y a la vez desde adentro, en la cotidianidad de las familias de allá y de acá, en las rutinas y los oficios. En las relaciones imperiales de Estados Unidos ha dominado el principio de la mutua invisibilidad, una especie de don´t ask don´t tell a escala territorial. Libros como este no sólo enriquecen la historiografía de Puerto Rico sino que iluminan la historia profunda de Estados Unidos. Este libro, que representa la devolución de una mirada y que, por decisión de los editores se publica en dos idiomas, debe recorrer más de un camino de lectores, debe circular en los lugares de todos sus protagonistas y autores.

Los editores se propusieron “divulgar la labor fotográfica y misionera de los menonitas en Puerto Rico a partir de los años cuarenta”. Objetivo esencial, pues la fotografía, como afirmó Barthes, es un mensaje cuyo sentido queda determinado por el texto que lo encuadra. Además, como fusión positivista de arte y ciencia, reafirma la ilusión de un espacio liso, homogéneo, externo.

Las fotos tomadas por los menonitas, esas diapositivas que pasaron de los baúles familiares al libro por vía de la Internet, encuentran aquí unas coordenadas de lectura que invitan a valorarlas en más de un sentido. A primera vista, lo que las distingue de las fotografías “oficiales” de Rosskam y Delano es la figura del observador participante. En efecto, los fotógrafos forman parte del elenco de personajes que ocupan la escena. Algo retienen estos documentos del sesgo etnográfico que registra el estado “primitivo” de las familias pobres con sus cuadros de hijos, en una mirada de salvamento a especies en vías de extinción, pero el registro no se detiene nostálgicamente ahí. Propone, a la par, el imaginario de nuevas formas comunitarias.

Puerto Rico en fotos provocará más de un comentario, más de una lectura, más de una interpretación. Se hablará de los encuadres y planos, de las fotos posadas en contraste con las fotos instantáneas, de las tipologías que el fotógrafo casero reproduce, acaso con mayor candor y menos fortuna que el fotógrafo avezado, pero siempre con la pretensión de objetividad propia de la fotografía documental. Se hablará de los sujetos y las comunidades que la mirada construye desde su subjetividad invisible, y de cómo el fotógrafo se retrata a sí mismo en el proceso de fijar los objetos que le atraen. Fascinarán los modelos anónimos, las imágenes ejemplares de bodas colectivas, deportes y “vida sana”. Chocará la frialdad de la mirada clínica. Provocará asombro la batalla entre la enfermedad fecunda y la esterilidad saludable. Se analizarán las manifestaciones del trabajo y los encantos de la naturaleza, que luciría tan seductora como pródiga en fuentes de enfermedades. Se hablará de las familias de aquí y de las familias de allá; del antes y el después. Del nuevo papel social de las mujeres; de filantropía, turismo y arrabales.

Se comentará un descubrimiento de la editora: el importante libro de Justus Holsinger, uno de los misioneros. En su testimonio, Serving Rural Puerto Rico, Holsinger habla de “los niños haraposos y descalzos, pero orgullosos y felices”, y de un momento de gracia en Castañer, cuando sintió que era posible “en hogares pobres y enfermos, en medio de la ignorancia, encontrar una gran alegría”.

Este libro tiene el aire feliz de lo que estuvo a punto de no ser, de lo que estuvo a punto de perderse para este presente nuestro, tan desconcertante. Fragilidad azarosa la del esfuerzo personal para rescatar lo que había quedado al margen de la historiografía.

La historia de cómo se hizo este libro daría para otro libro. Primero, el descubrimiento del archivo por los investigadores de la Fundación Luis Muñoz Marín. Luego, los viajes a Indiana y Ohio. La doctora Libia González recogió testimonios e impresiones en Goshen, un poblado de 30,000 habitantes en el norte de Indiana, localizado “en una hermosa planicie verde”. Este poblado, quizás el doble “Main Street” de La Plata, contiene, a su vez, imágenes de otros espacios y personajes replicantes. El archivo de los menonitas conserva fotos y documentos de las misiones de la secta en Asia, África y América. Desde sus inicios históricos, la tradición pietista alemana, de la cual descienden los menonitas, construyó misiones en las fronteras coloniales. En Estados Unidos las comunidades de Moravianos, Hermanos y Menonitas intentaron cristianizar a los indígenas, proponer la asimilación como una vía que los integrara a la república federada y evitara el despojo de sus tierras. Vano empeño el de los pietistas. La expulsión de las naciones indígenas, la solución final, se ejecutó implacablemente en el éxodo desde Tennessee y Alabama hacia el oeste. El imperio se extendió haciendo invisibles no sólo a sus antagonistas evidentes, sino clausurando y expulsando de su conciencia los espacios híbridos donde se iba construyendo. Para cerrar los huecos del caos se fue forjando una comunidad imaginaria, homogénea y excepcional, que no corresponde con la experiencia histórica de violencia, migraciones, negociaciones, fusiones e intercambios y que ayer no más proclamaba, en el enrevesado discurso de su comandante en jefe, la vigencia de la doctrina del destino manifiesto: es decir, el derecho, por mandato a todas luces divino o acaso darwiniano, a ser el modelo universal de cómo hacer la guerra e imponer la felicidad a la fuerza.

Lo contrario de todo lo anterior no es menos cierto. Parte de nuestra historia caribeña en sus infinitas extensiones y enlaces pasa por la planicie verde de Goshen, por la ruta visionaria de los primeros hermanos pietistas. El insularismo mental que nos sigue afligiendo sucumbe ante la materialidad de las conexiones. PR en fotos nos acerca a esas redes comunicantes, a los caminos largos hechos de mínimas historias locales que constelan un universo en el libro, esa caja memoriosa donde a veces nos encontramos. Nos invita a salir de sus márgenes en busca del otro que se encontró a sí mismo mirándonos. Nos invita a devolver la mirada.

Texto: Marta Aponte Alsina

Foto: Edwin Rosskam

Primeros párrafos

Recuerdo cuando recibí el envío de mi sobrina. Leí su letra en una nota breve: quizás me interesaría conservar aquellas cartas. No pensé en ...