martes, 20 de marzo de 2018

"Mangle rojo": un libro de Sabrina Ramos Rubén




Esta isla no es un país, es un paisaje. La frase, que se atribuye a Antonio Martorell,  podría ser el lema de buena parte de la poesía del primer siglo y medio de la literatura puertorriqueña. La naturaleza imaginada desde una subjetividad exterior, la conversión de la isla en cuerpo distante y deseado, llena la poesía de José Gautier Benítez. Ese cuerpo visto desde lejos es comparable a un litoral de arenas purísimas.
En la poesía de Luis Palés Matos el litoral se oscurece en paisaje interior, se trastorna en atmósferas fétidas, descompuestas, malsanas. En la de Julia de Burgos se dejan atrás las orillas de la forma y el mar ocupa el espacio infinito del amor y de la muerte.
Proyección, reflejo, deseo insatisfecho: en esos paisajes poéticos se marca una distancia, a la vez que un encierro angustioso de la voz humana. En contraste, la sensibilidad del último medio siglo marcó un alejamiento de la oposición binaria entre naturaleza y cultura. Casi se diría que la naturaleza como baúl de imágenes dio paso a la noción de un mundo maldito por las marcas de la especie, un mundo de paisajes artificiales del fin de los tiempos. La voz poética ya no puede situarse con privilegios ante una naturaleza pasiva.
La sensibilidad actual revierte la tendencia del pensamiento humanista a situar al hombre en el centro del mundo y a justificar su dominio de otras especies. La jerarquía del señor de las cosas y sus soledades y distancias, muta en continuidades y participaciones; sugiere homologías, metamorfosis, equivalencias, entre la observadora y su lugar en el mundo. Esa actitud, que nos parece propia del ecologismo, tiene antecedentes en el animismo de los mitos antiguos.
Como diseño de palabras, el libro de Sabrina me ha sugerido la entrada. Está armado como si sus partes fueran estaciones de un solo poema largo. En ese espacio la  subjetividad es mutante y palpitante. Entre cuerpo humano y cuerpo del paisaje, la distancia es mínima. El cuerpo, tan disuelto en sus fronteras, podría ser un cuerpo animal, o una formación geológica, o un papel anfibio. Río y cañada, sequía: “El sol desvistió el cauce del río”. Naturaleza y cuerpo, sequía y ausencia, estrías, grietas, zonas yermas.
Quizás por la biografía de la autora, mi compueblana, me parecen familiares los escenarios de Mangle rojo (La secta de los perros, 2017). Pienso en la costa del sur, entre Guayama y Salinas, que se ve desde alguna altura cayeyana. Es la región pintada en palabras por un poeta mayor, Luis Palés Matos. El paisaje de ese litoral del sur está presente a lo largo de los escritos de Palés; representado como solar morboso, estéril, enfermo, palúdico. “Sal, aridez, cansancio”. La tierra estéril y madrastra.
El ámbito de Mangle rojo es un delicado y sobrio saludo a ese desolado paisaje palesiano. Que la autora haya pensado en el haiku, una forma japonesa, y no sé si directamente en Palés, es un indicio de la humana desconexión y de cómo se potencian los puntos de vista y las formas diversas cuando se aproximan. En Palés también hay alguna japonería, escrita en endecasílabos, así como en la topografía de Mangle rojo hay esterilidad y desamor.
Se han publicado  estudios fascinantes sobre la vida de los árboles, misteriosos y asombrosos. Los árboles inmóviles dotados de sistemas de comunicación a largas distancias; los árboles longevos que responden a una escala del tiempo incomprensible. Para muchos pueblos sin archivos ni escritos, el bosque del manglar es una figura tan poderosa como las manzanas del paraíso para los pueblos de las escrituras;  una vegetación enmarañada que con sus criaderos de insectos y animales defensores se oponía al paso de los aventureros, a la colonización y a la economía capitalista de extracción. Al día de hoy sigue siendo fuente de ingresos y alimentación para algunos pueblos pobres. En torno al mangle rojo la densidad metafórica aumenta. Es singular  la figura de un árbol anfibio, una especie polimorfa que además de ser el hábitat de otras especies, de portar sustancias curativas y de germinar plántulas en las vainas de sus semillas, detiene la erosión y añade espesor a la costa. Es resistente.
Y así se decide que el libro sea tan frágil y poroso, tan firme y tan viajero como las semillas del árbol múltiple. De pronto es el cuerpo reproductor o el vientre vacío. De pronto una memoria, una estampa de ese páramo desolador y con ella como una especie de medallón o talismán, la visión de una mujer “que vive con sus hijos junto al mar”.  En otro paisaje, en el río seco, recala un anfibio de papel en el cauce ceniciento.  El tú a quien se dirigen varios de los poemas es pelirrojo como las raíces de la planta, y, sobre todo, una figura capaz de contar cuentos de lugares exóticos, como el de los pescadores del lago de Malawi, un país sin acceso al mar. Por el cuento entra el anecdotario familiar y la sensación de que la familia extendida es una familia de seres expulsados. Los migrantes sirios, espantados de su tierra, como los migrantes boricuas, también convergen en el libro, paisaje de pasajes.
(Como apunte marginal, vaya aquí un recuerdo de temas afines en la pintura: el mangle majestuoso de Myrna Báez; la Manglaria de Rafael Trelles y Francisco Font; el hombre que sueña en azul, pero es negro y verde, de Arnaldo Roche Rabell.)
El tú pelirrojo y cuentero del libro de Sabrina interpreta el comportamiento de los pájaros. Solo le asiste su cuerpo y le basta para hacer y desbaratar nidos, liar cigarrillos y tejer redes, es decir, relatos. Eso es resistencia. El recuerdo es resistencia. Cuánto más cuando no se distinguen los cuerpos en función de jerarquías,  y los cuerpos humanos y sus frutos solo son. La unidad de Mangle rojo radica en ese terreno suelto y mojado de analogías y símiles que se agrupan en la imagen del árbol como casa resistente. Una casa marcada por las estaciones de la vida y la  muerte. Una casa mutilada en sus raíces, y, sin embargo, viva. Es una casa muy material y espectral, como las casas aparentemente desocupadas. En esa casa árbol que es el libro, las palabras se juntan en cadenas o guirnaldas de poemas, en una continuidad donde solo uno de los textos lleva título, y algunos manchan la parte superior de la página, y otros comienzan o están diagramados a la mitad, como olas en movimiento, que reflejan una rica escala cromática: zapatos, labios, y pavimentos azules; grietas, luz y polillas grises; pestañas naranja, barba bermellón o cinabrio; troncos negros.
El libro es un espacio melancólico y, sin embargo, vibrante, un escenario para la representación de la pérdida y la despedida serena de seres y sentires muertos.
Hay un poema crudo, casi un relato breve, una imagen cotidiana en las vivencias de un pueblo saturado de violencia, que lee así:
¿Como entender el cadáver repentino en una /caja/alumbrado por luces fluorescentes?/¿La respuesta está en los sábalos diurnos con/bocas enormes/hambrientas de hojas y pan?/Quizás en la casa de la mujer que vive con sus/hijos frente al mar/o en el seco tronco/ de grietas abiertas/ por la sal.
El cuento de la mujer del mar es aquí una imagen expresiva de la espera, del amparo y la dependencia, y asimismo de la franja de participación con lo otro, donde radica tanto el peligro de perder la vida como la esperanza de prolongarla. Más que la personificación del mundo natural quizás se representa la metamorfosis del cuerpo en agua salada, en luto lento, vegetativo. El tono de sobriedad y distanciamiento como montura de imágenes poderosas es lo que me queda de varias lecturas de este libro engañosamente breve. Cada palabra carga otras palabras, cada denotación abre otras redes, y la pesca de palabras continúa en el interior de las cuevas, en los ríos cubiertos de brea, en las gargantas de las viejas que cantan boleros, en la muerte que quiebra talones, en la voz enmascarada del yo que escribe para ver y para verse, y escribe así: “En mí lo más cercano a la ceguera es la ausencia de las palabras. “


sábado, 17 de marzo de 2018

Parcelera






El 24 de marzo de 1936 Miss Enriqueta Vázquez, con dirección de remitente en el 108 W. 91 Street de la ciudad de Nueva York, envió una carta escrita en inglés a los propietarios de la Hacienda Aguirre. A Miss Vázquez le interesaba saber los nombres de los últimos dueños de una plantación que había sido propiedad de su padre y de la única hermana de éste, la esposa de un abogado español llamado, según ella, Modesto Lafuente. Mencionaba la posibilidad de que Aguirre hubiera sido vendida por el esposo de alguna de las hijas del matrimonio de su tía, es decir, por una de sus primas.
Para reclamar linajes de hispanidad Miss Vázquez escribía en inglés. La  correspondencia en inglés cruzada entre criollos trae a la memoria todo un clima de veneraciones “hispánicas” en Estados Unidos: la creación de departamentos de “hispanic studies” en ciertas universidades, la fundación de la Hispanic Society no muy lejos de la zona donde residía Enriqueta, la ideología panamericanista como  potenciadora del entendimiento entre Norte y Sur. Incluso el domicilio de Enriqueta Vázquez refleja la expresión material de su identidad “hispanic”. Es un edificio de estilo neorenacentista diseñado en 1927, nueve años antes de la fecha en que se escribió la carta, por la firma de arquitectos Gronenberg y Leuchtag.  Todavía está en pie. Se anuncia como “boutique bulding” de nueve pisos y 38 unidades.
Le respondió Marcelo Obén, administrador de Aguire, con una carta escrita también en inglés. En ella informaba los nombres de los firmantes del documento de compraventa del 10 de febrero de 1899. Miss Vázquez le contestó con una segunda carta donde consta el testimonio de oídas de la solitaria descendiente de una familia española o criolla, que había sido propietaria de terrenos en la isla, el paisaje en hilachas de los afectos de una vieja, tejido con los retazos de imprecisas grandezas.
Enriqueta tenía una escritura lenta y grande; recta, trazada con la regla de una postura señorial y letras iniciales adornadas con rabitos. Según ella el Edgardo Vázquez mencionado por Obén y firmante de la escritura era hermano de su padre, pero solo por el lado materno, lo que no explica la coincidencia de apellidos paternos. Como quien va sugiriendo la presencia de algo turbio en la transacción realizada por Edgardo Vázquez, comparte una anécdota: “Also I would like to further state that in 1903, or thereabouts, I visited Guayama and found the family of Mr. Edgardo Vázquez in evident penury, which seems incomprehensible in view of your statement. But I do not know the year of his mayorship, a still unverified information. Reconsidering, I am led to believe that he and the other gentlemen held powers of attorney conveyed from Spain, the family absenting themselves due to the change in government.”[1]Parientas pauperizadas, a semejanza de las mujeres de las mejores familias que despertaron la caritativa simpatía de Alice Bacon.
¿Quién fue el padre de Enriqueta, a quien ella no menciona por nombre, aunque reclama que había sido el dueño de Aguirre, una propiedad íntegra e indivisible? Todo indica que fue Enrique Vázquez y Aguilar, el hermano de Antonia Decia, heredero de un predio adyacente a los terrenos de su hermana. El predio hipotecado pasó de un hacendado a otro –fue propiedad de Amorós Hermanos, A. Hartman y Co., Gerardo Cautiño Vázquez y Gaspar Palmer. Tras numerosos trámites de hipotecas y saldos llegó a ser propiedad de Ignacio Rodríguez Lafuente, esposo de Antonia Decia y cuñado del padre de Miss Vázquez. Si lo anterior coincide con las escrituras de compra y venta de Aguirre, queda en el aire la identidad de Edgardo Vázquez y Aguilar, el tercer firmante de la escritura de venta a Henry DeFord. ¿Pariente de Antonia Decia y Enrique, no mencionado antes en las escrituras, y que Enriqueta relaciona con el lado materno, con el título de Alcalde de Guayama y con la miseria de su familia?
La confusión más sugerente de Miss Enriqueta la lleva a reclamar un parentesco político con el historiador y poeta español Modesto Lafuente. Sin embargo, el Lafuente que aparece en los documentos era, vale repetir, Ignacio Rodríguez Lafuente, casado con Antonia Decia y padre de Ignacio Rodríguez Vázquez, el abogado joven que firmó las escrituras de venta a Henry DeFord en representación suya y de sus hermanos y hermanas menores de edad. El mismo Ignacio Rodríguez Vázquez a quien doña Enriqueta no conocía a pesar de ser su primo hermano.
De cómo se coló en la trama de Aguirre la figura del historiador y periodista español Modesto Lafuente quizás se explica por el clima de los tiempos, aunque tampoco hay que descartar la posibilidad de un parentesco que Enriqueta Vázquez reclama con donaire: “Of course you surely know that the historian Modesto Lafuente has a niche in annals of literature,” le escribe a Obén, intuyendo que el destinatario solo sabe algunas cosas sobre el cultivo de la caña y que en lo tocante a linajes era cerrado de entendimiento. Marcelo Obén no debe haberse ofendido por la airosa ironía de la vieja, porque le importaba un pepino no haberse enterado de la fama añeja del historiador Modesto Lafuente, a quien ella confundía con Ignacio Rodríguez Lafuente, su tío político. Valdría la pena seguirle la pista al hilo de doña Enriqueta, pero Obén no tenía tiempo para leer ni un pasaje de la Historia general de España, país achacoso. Él era el administrador nativo de Aguirre, todo un destino. Si se escribiera la biografía novelada de Obén, habría que contarla al ritmo de la evolución de la compañía donde trabajó desde joven. Ya en 1919 Charles Crehore, el compañero de clase de William Sturgis, que aparece involucrado en transacciones de compraventa de los terrenos desde 1905, el año de la muerte de William, le otorgó un poder de representación a Marcelo Obén en una transacción de venta de terrenos a Luce and Company, Sociedad en Comandita.
Marcelo Obén tuvo la gentileza de despachar a Miss Enriqueta Vázquez con una carta donde comentaba que no se podía hablar con precisión de Aguirre, pues había más de un sector con ese nombre, y que las transacciones eran más de una. La multiplicación de los sectores llamados Aguirre provoca el asombrado sarcasmo de Enriqueta: “You wish to call my attention to the fact that there are other Aguirre plantations”. Da lástima pensar en la vieja que llega a Puerto Rico en busca de parientes, y quizás de las glorias de su padre y encuentra unas mujeres empobrecidas que no le dan pistas sobre la identidad de sus primos, los hijos e hijas de Antonia Decia, la  heredera de Aguirre. Dudo que Obén se tomara la molestia de contestar a su fantasiosa segunda carta, y no solo por desinterés, sino por astucia leguleya. Es normal que la imaginación de una vieja interesada en el estudio de una herencia paterna despierte la suspicacia de un administrador malicioso. Con todo, no se puede negar la cortesía de su escueta respuesta a la primera carta. Obén reconoció que Enriqueta era una doña.
El administrador de Aguirre no tuvo la misma deferencia con otra vieja apellidada Vázquez, sin la letra grande, recta y aplomada de doña Enriqueta. La segunda vieja no sabía escribir, y aún así había heredado un pedacito de terreno en los predios de Aguirre, el cantito de tierra que quizás añoraba la señorita Enriqueta cuando azotaba sus ventanas la ventisca de los inviernos neoyorquinos. La segunda vieja, Juana Vázquez, no sabía de letras ni de historiadores. El documento que lleva su nombre no lo escribió ella, aunque los detalles suenen a su voz. Además de firmar con una equis la obligaron a dejar las flacas huellas de sus dedos pulgares, identificados como tales: pulgar izq. y pulgar der. Ese documento no puede resumirse.  Hay que leerlo:[2]
Yo, JUANA VÁZQUEZ, bajo el más formal y solemne juramento, digo:
Que soy mayor de edad, soltera y vecina de la finca Aguirre de Salinas, P. R.
Que hace mucho tiempo heredé de mi padre, Ricardo Vázquez, una casa forrada y techada de zinc en la finca Aguirre, propiedad de Luce & Co., S. en C., cuya casa la construyó mi citado padre con el consentimiento de los dueños de dicha finca Aguirre y además heredé y posteriormente sembré, cerca de dicha casa, una finca de guineos y otras matitas y unos árboles que hay allí sembrados.
He decidido vender dichas siembras, plantaciones y árboles y desbaratar la referida casa y llevarme los materiales de la misma, lo que hice en el día de hoy, por lo que hago constar por el presente documento que vendo, cedo, enajeno y traspaso a Luce & Co., S. en C., la referida finquita de matas, plantaciones y árboles de todas clases sin excepción de clase alguna que puedan existir en el referido sitio de la finca Aguirre y que me pertenecieran por herencia o por haberlos yo misma sembrado, contrato de compraventa que efectúo por la suma de $100.00 (cien dólares), cantidad que recibo en este acto del Sr. Marcelo J. Obén, en buena moneda de curso legal americana, actuando dicho señor en representación de Luce & Co. , S. en C.,  por cuya suma le otorgo la más formal, eficaz y cumplida carta de pago conocida en derecho, comprometiéndome a jamás edificar casa alguna o sembrar cosa alguna en dicha finca de Aguirre o en cualquier otra finca propiedad de o arrendada a Luce & Co., S. en C., ya que reconozco que dicha entidad no quiere ni desea que terceras personas edifiquen casas o hagan siembras de clase alguna en su finca.

Y para que así conste, juro y firmo este documento en Aguirre, P. R., hoy día 5 de diciembre de 1945.




[1] “También quisiera indicar que en 1903, aproximadamente, visité Guayama y encontré a la familia del Sr. Edgardo Vázquez viviendo en la miseria, lo que me parece incomprensible a la luz de lo que usted informa. Pero desconozco el año en que fue Alcalde (de Guayama) un dato pendiente de verificación. Pensándolo bien, me inclino a creer que él y los demás caballeros tenían poderes suministrados desde España, adonde se había mudado la familia debido al cambio de gobierno.” La carta original está depositada en el Archivo de Arquitectura y Construcción de la Universidad de Puerto Rico.
[2] El documento original firmado por doña Juana, así como las cartas de doña Enriqueta Vázquez, están depositadas en el fondo de la Central Aguirre, en el Archivo de Arquitectura y Construcción de la Facultad de Arquitectura, Universidad de Puerto Rico, Río Piedras.

miércoles, 31 de enero de 2018

Epílogo con mapa






La vida pasa arrimada al borde de los caminos, espiándoles el movimiento, sin transiciones, escondiéndose, torciéndose hacia un mundo interior precario. Eso me dicen las casas campestres en Puerto Rico, que con sus fachadas enrejadas, silencios y  misterios, se construyen, sobre todo las modestas, muy cerca de las carreteras.
Hacer un mapa precisa de una misteriosa operación mental. El deseado cuerpo del camino se disuelve en la ejecución del mapa. Sería imposible un mapa que con sus nódulos, redes de vías y códigos de colores reprodujera el mundo en escala estrictamente equivalente. Semejante mapa ocuparía todo el planeta, pero torpemente. No comprendería todo el planeta, no sería jamás el doble exacto del planeta.  Un mapa no es una equivalencia del mundo, sino el esbozo de algunas relaciones entre un número limitado de cosas, percibidas por una inteligencia más limitada aún. 
Incluso desprendiéndose de toda proyección en el tiempo, es decir, sacrificando las voces del pasado que todavía percibe en sus claves el oído afinado, no es posible abarcar ni en un mapa ni en un libro la realidad múltiple de un espacio transitado: el pavimento y sus componentes, las criaturas minúsculas invisibles, los granos de polvo, las piedras incontables, la vegetación en cada brizna, los tonos de voz sordos, los colores de las casas y cada variación en las manchas que la lluvia y el sol han prestado a esos colores, la curiosidad afable de las cabras, las actividades económicas, desde el trajín de cada día hasta la ruta de las mercancías que fluyen de grandes distancias, cada objeto de cada casa de cada una de las barriadas, cada olor, cada escándalo, cada canción disuelta en el aire y la basura.
Se han escrito libros donde se vertebran regiones a lo largo del eje de una ruta. En esas cartografías letradas, el viajero, la viajera, escogen, saltan, asocian. La libertad de asociar y de asociarse sirve para nombrar un principio del derecho ciudadano de la modernidad, así como la misteriosa virtud de concebir relaciones de afinidad y oposición entre las cosas, según las deslindan las afinidades y los prejuicios de la observadora. Pude haber escrito un ensayo, o una colección de ensayos, o una novela episódica, donde cada segmento del tramo de la carretera correspondiera a un capítulo igual a los demás en extensión, con el mismo número de páginas y observaciones. Pude haber escrito un poema descoyuntado, porque no soy poeta, pero se puede escribir el poema de una carretera, como Juan Laurentino Ortiz escribió un inmenso poema dedicado al río Paraná. Pude haberme propuesto no escribir una línea hasta haber recorrido a pie, más de una vez, el tramo de nueve kilómetros. Pero perdí la lección de la línea, que hubiera sido menos mía, menos convencional, y me detuve.
No me resigno a esa pérdida.  Quizás por eso escribo un epílogo con el resumen del libro que no fue: un mapa apalabrado de un tramo de la carretera PR 3, conocida como el antiguo camino real, que se une a otros para formar una ruta de circunvalación que va desde Salinas hasta el norte de la isla. Ese tramo de la PR3, unos nueve kilómetros, debe ser uno de los caminos más antiguos de Puerto Rico, trazado ya por los primeros pueblos, entre los puertos y los manglares, entre las Salinas y Guayama, formando un triángulo con el Coamo de los baños termales. Se pregunta una quién hace y nombra los caminos en un territorio cuyos pobladores más antiguos según la huella arqueológica recorrían las aguas del mar cuando las sandalias de Cristo levantaban el polvo en los desiertos. Qué voluntades y deseos forman los caminos, cómo nos alejamos de ellos. Qué es cobrar un sentido de pertenencia al lugar de nacimiento y, casi a la par, sentir la necesidad de huir de él; cómo sucede la fuga necesaria de la casa, la expulsión al mundo. Cómo se trazan los caminos antes de incorporarse a los mapas oficiales, a fuerza de ser las rutas más usadas sin permiso. Escojo la salida 83 de la autopista que lleva un apellido notorio: Monsanto. Me desvío hacia la carretera 7707, cuya densidad es atosigante, aunque el nombre traiga recuerdos musicales: carretera Johnny Albino. A lo largo de esa carretera y sus desvíos se alínean instalaciones sombrías.  
(Foto: posiblemente el camino de entrada a Aguirre c. 1916, fotografiado por Samuel Kirkland Lothrop.) 

miércoles, 10 de enero de 2018

Final





El género musical más antiguo afincado en los llanos de Aguirre y sus alrededores, de Guayama a Jobos y Salinas, debe ser la bomba. En réplica a los tambores, la gestualidad de la danza, las voces y las letras se dio una cultura del adorno en el vestir, del buen porte y el éxtasis. Fue música de esclavos insumisos, que rescataron de la mercancía que eran sus cuerpos la compatibilidad de la alegría con el derecho a no dejarse morir. Fue y sigue siendo, además, una cultura de fuerte, y poco estudiada, impronta femenina. A esa genealogía ha dedicado sus anhelos de investigadora Melanie Maldonado.
Melanie vive en Nueva York. Forma parte de lo que a falta de una palabra más cercana a la particular experiencia puertorriqueña hemos llamado “la diáspora”, ese exilio nuestro que desde otra atmósfera le ha sumado varias islas al archipiélago boricua. La dedicación a los estudios bomberos de investigadores como Melanie, y antes que ella Emanuel Dufrasne, Ángel Quintero et alii, es ejemplo de cómo ocurren la desaparición y la resurrección de especies culturales.
Mi tramo de la carretera 3, sus sectores y barrios se ha ido vaciando al son de la caída de bases económicas que se movían en el tablero de los mercados globales. Sus gentes fueron expulsadas al exilio, llevando en sus equipajes los instrumentos y algunas claves de los saberes antiguos. Un ejemplo de esa fuga de expresiones es la ruta de la bomba, el campo de investigaciones de Melanie, y también de la poeta e intérprete Julie Laporte.
Julie sentía la bomba y se preguntaba por qué en los sectores populares del Sur no se transmitía la enseñanza de la constelación de roles que componen el género, legado de padres y madres a hijas e hijos. Una explicación remite al sangramiento de poblaciones. En el Sur guayamés y salinense las recesiones de la base económica provocan, dice Julie “que la gente comience a irse, que se embarquen”. Los que quedan simplemente sobreviven. Algo semejante ocurrió en Ponce: “los hijos de Archi no están”. Esa huida al Norte, que parece interminable, tiene su contrapeso: el relativo auge reciente de la bomba y sus escuelas puede atribuirse al trabajo constante de grupos y musicólogos residentes, reflejado entre grupos de comunidades residentes en Estados Unidos.
Además de ser cantadora principal y colaboradora de los grupos Bomba del Sur y Escuela de Bomba de Ponce, Julie forma parte de un colectivo recién fundado: Umoya. Julie aclara que la palabra proviene del swahili y signfica Unidad. Al amparo de esa corriente se han enlazado dieciséis personas que pertenecen a varios de los grupos de bomba, conjuntos y escuelas, que se multiplican en el archipiélago. El colectivo se dedica a la investigación para ir construyendo un archivo de saberes y cartografiando manifestaciones del género bomba: variaciones, orígenes, intérpretes, anécdotas que, apreciables como los depósitos de cualquier ateneo del mundo, pero abandonados a su suerte, silvestres como los tesoros del pobre, irán publicando en una plataforma digital. “Aprender es la piedra angular de lo que hacemos”, dice la maestra Julie, que cultiva el oído y la voz, y compone letras, y añade a los fines de Umoya el documentar las actividades de sus propios miembros.
El campo geográfico acotado por Laporte para sus investigaciones coincide con los límites que me propuse traducir a letras en más de un libro sobre la carretera 3. Este,  el primero de una seria que tal vez no será, ya busca un cierre. Uno de los grandes polos del legado topográfico que apenas se menciona en este libro es el antiguo barrio llamado Jobos. Según Julie, el barrio se divide en dos: Puente de Jobos y Puerto de Jobos, por uso y costumbre de los vecinos. En ese sector ha entrevistado a bomberas y bomberos y sus parientes, entre ellas la indispensable historiadora comunitaria, por determinación de un consenso tácito, Marta Almodóvar, maestra del clan o “raza” de los Villodas. Laporte ha encontrado que las historias se validan entre ellas, y que hay relaciones que abarcan toda la región, desde Arroyo hasta Ponce. “No se puede investigar la historia de la bomba sin descubrir nuestra historia como pueblo”, dice Laporte, abriendo todo un campo de reflexiones sobre cada palabra: historia, bomba, pueblo, descubrir.
La diáspora que abrió un vacío también potenció el redescubrimiento, dice Julie, sin escrituras, con eslabones rotos y anécdotas. ¿Que significa buscar raíces, forjar identidades? “El encuentro con otras culturas nos motiva a expresar la nuestra.” Además se descubren rasgos comunes, las hibridizaciones que caracterizan a los géneros musicales vivos, dominantes, cuando se encuentran con los músicos afroamericanos, cubanos, africanos.
Se enciende la chispa de una discusión interminable sobre el fervor de recoger las señales que alguien dejó en los márgenes de un país destrozado y ver qué puede hacerse con ellas. Bomba y cuerpo; gestualidad, mimesis y memoria; ganchos desarraigados que encuentran parentelas y prenden en otra parte. De pronto, cuando escribo esto, a fines de 2017, se nota un vacío, una carencia, añoranzas de un tiempo de luchas y respuestas, conciencia de las muertes, traspaso de deberes. Son las estaciones de la historia. El abismo sin mapas de un presente sin provisiones. ¿Será así la muerte, una galería de espejos cubiertos con paños negros?

La gente deja monumentos que quizás se recojan en papeles, pero que en todo caso quedan escritos en los cuerpos de sus gestores. Esos cuerpos desaparecen a diario. El mercado de la información para consolidar la tristeza del lucro ha cruzado fronteras impensables, aunque las versiones del capital hoy se parezcan en tono y oportunismo a las de los científicos políticos y economistas que alumbraron el camino para la misión del hombre blanco en el trópico, Lothrop, Dumaresq, Luce y DeFord. De modo que los cuerpos de los resistentes, donde está inscrita la historia sin bibliotecas, e incluso las crónicas pueblerinas y este libro, desaparecerán. Es así, pero no importa, porque los cuerpos desaparecerán como la flor en sus semillas, y el aliento de mapas nuevos será inevitable cuando una mujer curiosa o un niño preguntón se acerquen a un edificio vacío, a los cimientos de una casa quemada, a los restos de una bibioteca y se pregunten: ¿qué es esto, qué fue, qué pasó aquí?






sábado, 16 de diciembre de 2017

La abeja reina






Hubiera terminado la historia de la casa y de su heredera y guardiana sobre un fondo invariable de azul celeste, en la fijeza de un libro más, esa especie comparable a las cajas: ataúdes si enmohecen por olvido, musicales si se abren y suenan. Lástima que las obras de amor sean frágiles. Terrible que las vidas memoriosas sobrevivan a los lugares de sus recuerdos, o al resplandor fugaz de una sensación cuyo origen ya no se piensa. En septiembre de 2017, un año y varios meses después de nuestra conversación con Rosita, visité Aguirre, temiendo encontrar los restos de casas despedazadas, la extinción definitiva del poblado, y con él la base material en la cual se apoya la razón de ser de este libro, que sin ella disminuye a relato de fantasmas desleídos. El huracán derrumbó alguna pared de la casa grande, a la que pude subir por primera vez, sin que lo impidiera la verja que la rodeaba. Me acompañaba Menta, una de las perras de casa, y a las dos nos aburaron los mosquitos, pero el temor a la plaga no dañó el asombro de estar en el terreno de la casa grande. Desde el promontorio donde se encuentra, se traza una perspectiva de círculo perfecto, que une tierra y mar, la bahía de Jobos, el manglar de Punta Pozuelo, el valle amplio que fue cañaveral sobre telón de piemonte y cordillera. No entré en la casa. Los perros de unos vecinos, dos animales imponentes de raza de guardianes, se nos enfrentaron cuando bajábamos y pensé en una muerte dolorosa y sangrienta, pero la ferocidad de los animales había quedado en desamparo, al igual que las casas sin techo, cubiertas de ramas caídas. El baobab era un tronco enorme sin hojas. No solo nos dejaron pasar, sino que huyeron con un alarido.
La casa de Rosita, la casa abeja reina, tiene perforado el techo del espacio central, donde se encontraban la sala y el comedor, cámaras de resonancia de miles de pasos políglotas dispersados por el torbellino de las ráfagas a quién sabe qué regiones del limbo. Ella tendrá que acostumbrarse a otros lugares, donde se exige un acomodo a horarios y movimientos incomprensibles. Sobrevivió el porsche acogedor de diferencias. Ojalá pudiera reconstruirse la abeja reina, con un techo nuevo, podado de fantasmas, tanto los de los muertos de Aguirre como los rastros de quienes usaron los muebles comprados en casas de antigüedades de Nueva Ingaterra y transportados al trópico en barcos mareantes.
Antes de salir de Aguirre me detuve a hablar con unos vecinos que recogían escombros. Según un aguirreño de crianza y propietario de una residencia, el gobierno tendría que revisar el reglamento de la zona hisórica que impide alterar las casas del poblado y construir en hormigón. Diferir de su opinión hubiera sido casi obsceno, como defender la calidad de los servicios de salud en un velorio. Callar me hubiera parecido más respetuoso, pero irresponsable. Me atuve a comentar anomalías. Tratándose de un poblado en ruinas, el daño no había sido total: paredes pulverizadas, maderas desenclavadas, desencoladas, desfiguradas. Por razones inexplicables para mí, le dije al aguirreño, algunas ruinas de casas abandonadas habían resitido mejor que la casa grande y que la cuidada casa de doña Rosita. Seguian siendo ruinas reconocibles. Además quedaba en pie la casita contigua a las ruinas del cine. Aguirre conservaba las líneas borrosas del poblado que resistió memorias y desastres. Ellos siguieron apilando escombros. Ese día no visité las ruinas de la sala de máquinas de la central.          





viernes, 1 de septiembre de 2017

De regresos y recobros, una novela de María Benedetti







para Alicia, estudiosa y activista; 
para Merari, Isabel, y sus compañeras y compañeros de la Huerta Resiliencia 


Dolores y milagros: una historia para la inocencia
María Benedetti
Botanicultura, Cayey, 2016

El despoblamiento actual de Puerto Rico tiene antecedentes cercanos. A mediados del siglo veinte más de un millón de puertorriqueños abandonados por la isla se vieron obligados a emigrar. Digo abandonados porque entre las causas del gran exilio conviene recordar una política de gobierno: fomentar la inversión de capital extranjero en la industrialización y promover la partida de los pobres. Exilio es una palabra más precisa que diáspora cuando se considera excedente a todo un sector desplazado por la actividad económica.
Nuestros exilios solían ser cíclicos.  El retorno a la tierra podía ocurrir tras la ausencia de varias generaciones. María Dolores Hadosy Benedetti regresó al país de donde partieron al exilio miembros de su familia materna en otro ciclo, el primer tercio del siglo XX. En los años ochenta Benedetti se propuso regresar tras el eco de unas voces que se llevaba el viento; rastros de unas formas de vida imperfectas, injustas como todos los sistemas de saberes  (incluso la ciencia pura, sujeta al poder y las supersticiones del lucro) pero también portadoras de conocimientos y afectos.
Las ficciones centradas en la recuperación de quienes no dejaron memorias escritas tienen un lugar de privilegio en la literatura de mujeres. Algo parecido intenté hacer en mi primera novela, Angélica furiosa (1994). En aquel tiempo María ya había publicado su primer libro, el ya clásico, ¡Hasta los baños te curan! Plantas medicinales, remedios caseros y sanación espiritual en Puerto Rico, que, para citar a la autora,
… retrata y celebra la tradición de medicina verde y sanación espiritual del pueblo borincano tal cual era hasta la década de 1980. Curanderos de buena voluntad, amas de casa, cosmetólogas, agricultores, consejeras espirituales y una partera-santiguadora comparten conocimientos, historias, recetas y filosofías mediante inolvidables conversaciones con la autora. 
Luego vinieron Sembrando y sanando en Puerto Rico, El buen tabaco y Doce árboles amigos, hermoso y sustancioso como pocos libros didácticos. Antes de la vuelta al barrio de los Benedetti, María ya se había acercado a la belleza de la lengua materna estudiándola en contextos formales, como uno de los personajes de este nuevo libro,  Dolores y milagros.
Comenta la autora  que Dolores y milagros es una “micro novela”. Cada capítulo se sostiene como cuento, pero también forma parte de una trama mayor. La novela se basa en testimonios que se transforman en ficciones y van armando una red de experiencias.  
El tono intenso de la narración comunica experiencias dolorosas y también vivencias de los placeres que el cuerpo oculta. Apalabrar experiencias que por naturaleza tienden a lo inefable es el oficio de una escritura poética. El libro roza lo real maravilloso sin dejarse invadir por fórmulas. Su instrumento es una prosa extraña, quizás porque se establece al filo de la otredad, en contacto con el mundo sin adentros ni afueras de las plantas, así como en la frecuencia de los ensalmos y conjuros, de palabras arcaicas y restos flotantes de voces dispersas.
Los dolores que el libro narra son durísimos. Hay partos en abandono, huracanes que provocan muertes y encadenan almas, adicción a las drogas del narcotráfico,  violencia contra la mujer. Si el dolor es intenso, no obstante se cuenta de manera apasionada, quizás porque los afligidos acceden en su degradación al mismo impulso vital y don de recuperación que exhibe la naturaleza, y que aflora en los humanos al derrumbarse los artificios del yo y liberar en el cuerpo formas de comunicación e inteligencia reprimidas. El camino no pasa por la separación de alma y cuerpo, ni por la represión del deseo, sino por el descubrimiento del cuerpo mismo y sus centros sensibles.
Esa mirada singular se apoya en formas de espiritualidad: santería, curandería, sabiduría de las “santas abuelas y divinidades boricuas”, prácticas tradicionales exóticas y religiones de la naturaleza. Reconocimientos de la muerte y la vida como ciclos; aproximaciones a un ambiente incomprensible, del cual somos partícipes excluidos. Son los retazos de una ciencia centenaria acumulada  en la marginalidad: la de la esfera el ser de las plantas, transferida simbólicamente a los lugares del éxtasis.


Los temas a los cuales se ha dedicado la estudiosa Benedetti nunca han sido tan actuales. En el país de los personajes de estas historias se ha visto la cara más siniestra, (por lo engañosa) del colonialismo. Esa misma tierra maltratada y envenenada es hoy el escenario de un retorno a prácticas por parte de agricultores nuevos. En ese espacio de renovada producción agrícola y cultural la literatura, las crónicas, los saberes viejos, las nuevas vivencias, el testimonio de los mayores, han ido formando una biblioteca alternativa importante. Ejemplos de cómo, en situaciones catastróficas, las culturas todavía remiten a la naturaleza, ese vínculo que se perdió en la arrogancia de las doctrinas del crecimiento económico basado en la explotación violenta de los recursos planetarios y que intentan recuperar los pensadores y las pensadoras de corrientes como “plant thinking”, ecologismo, animalismo, economía feliz. La autora dedica el libro a varios colaboradores y amigos, y también a unos seres tan corrientes que casi no los vemos: “A los árboles papel. A los árboles cobija. A los árboles aire puro, sombra y frescura. A los árboles mesas y lápices, camas y cajas, pisos y nidos, paredes y platos”.  Ciencia práctica comparable con la pasión arbórea de Hope Jahren, otra autora capaz de unir lirismo con ciencia pura.


Los personajes de Dolores y milagros sienten, padecen, obran: la madre, valiente, señora de su propio parto es también la esposa sobreviviente de una brutal paliza del marido; la mujer cuyo cuerpo entumecido despierta al toque de unas manos; el horror eterno de la adicción; la muerte, pero no ya como espectáculo horrendo sino en continuidad de traspaso; los cangrejos encandilaos, el chivito del sacrificio, tan inocente como la mujer de los masajes cuando se desnuda y desanuda; los corillos infantiles, la sacralidad corporal del juego. Memoria autobiográfica, memorias familiares, memorias encarnadas.
Otra clave es el estado de extranjería de “la americana”, que intenta acceder al “nuevo mundo de la barriada cuya música, cultura botánica y calor humano ella amaba tanto” y donde se siente como una fantasma. Por su propia condición excéntrica es ella quien aprecia y valora más que nadie, de otra manera, los oficios, los banquetes, la fiesta comunitaria, las desgracias comunes, “el vecindario ancestral”. Y es ella quien mejor reconoce la belleza de las palabras corrientes: hay números bonitos y números feos, hay protecciones, resguardos, guarapillos, bruquenas, cadenas, remedios, regresos y recobros. A la carambola de unos números, se deben las claves de entrada en la confianza: “En ese mismo instante, cruzó el portal que se abre sólo a los iniciados, a los que pertenecen, a los nuestros.“  Desde luego, esa extranjería no es prerrogativa de la “americana”. Es el lugar de la diferencia; es la rareza de los diferentes aunque hayan nacido en el corazón de la barriada.
El bucle de relatos cruzados se cierra con una ceremonia de sanación sincrética. Es casi una performance donde se juntan los personajes y se echa mano de panteones y fervores múltiples con la intención de devolver la inocencia a la criatura que la madre valiente parió en el primer capítulo del libro. La inocencia no es tanto un estado de ingenuidad como de restitución de la disponibilidad previa al incidente traumático, el cual también se asume como si su huella en el cuerpo fuera un talento más. El final ceremonioso parece más bien principio. Pero el objetivo de la curación ritual no es solo el personaje de la novela. Se diría que es todo el país que la autora aprendió de los relatos de sus viejas y que luego adoptó en su origen personal y en el destino de la comunidad elegida como archivo y cuerpo de saberes. El país que no sana del trauma de un proceso en el tiempo, de una pérdida de protecciones:  
Valeria caminó por la fosa abierta de los conocimientos legados de tantas generaciones: la trágica pérdida de los frutos de tantos diálogos logrados entre los ancestros boricuas y las criaturas y las plantas, las piedras y las aguas, las fogatas y las estrellas. Presenció y sintió en su cuerpo el enorme hueco formado por el desvío de tantas sabidurías que permiten y guían el sano desarrollo de un pueblo. (p.143)

El don narrativo de María Benedetti construye estructuras dramáticas vertiginosas, un lenguaje fuerte y vivaz en la relación de escenas, preciso y extático en la vibración erótica, con boleto de ida y vuelta entre vivos y muertos. Algún muerto regresa a la vida y es el amante perfecto, pues no tiene noción del tiempo ni sabe lo que es apropiarse de una persona, ni es capaz de sentir miedo. 

Marta Aponte Alsina

lunes, 21 de agosto de 2017

Eclipses




William Sturgis Hooper Lothrop cometió la infamia de morirse antes de tiempo. Nació el 19 de junio de 1870 y falleció el 5 de abril de 1905, el mismo año, en los mismos días de la huelga general de obreros y obreras de la industria de la caña, que se extendió por todo el litoral de Puerto Rico, de norte a sur. La causa de la muerte fue una apendicitis de la cual no se recuperó tras una intervención quirúrgica realizada en Ponce. Una pena que el William de este libro mío no sea el William auténtico. Es otro William, mi personaje, el que se me presenta, toma asiento, se rasca la cabeza, cruza las piernas frente a mí en una silla tan imaginaria como él. Dura, de espaldar parecido a un coral de abanico gigantesco. Su amargura no es tanto el efecto de genes heredados, ni de la crianza dura y machista de Harvard y de su padre. Es más bien el producto de un misterioso dolor abdominal que William alivia con sal de Picot.
En 1899 el padre de William escribió la biografía de William Henry Seward, miembro del gabinete de Abraham Lincoln, para “American Statesmen”, una serie en treinta y dos volúmenes publicada por la editorial Houghton Mifflin and Co. Además, editó la autobiografía de su padre, Samuel Kirkland Lothrop, quien a su vez había editado una memoria autobiográfica del suyo. La memoria de Samuel Kirkland Lothrop empieza así: “I have a decided opinion that very good blood flows in my veins”. Era frecuente que el varón bostoniano de familia dominante asumiera ante la historia de la ciudad y de la nación un deber: escribir la biografía de hombres ilustres, con frecuencia la biografía de su propio padre.
A William no le dio tiempo de continuar la cadena de biografías familiares. Tampoco escribieron sobre él sus hijos.
¿Escribirá alguien la biografía del auténtico William Sturgis Hooper Lothrop?  ¿La reclama ese heredero de biógrafos y memorialistas? Su abuelo Samuel Kirkland fue un ameno escritor costumbrista.  Su prosa tenía la vitalidad aromática de las frutas que en el trópico saben a invierno, como la manzana y la pera; de las flores que empiezan a brotar tras el sueño de la escarcha. Dejó escenas vivaces protagonizadas por señores que parecen salidos de una página arrancada por Nathaniel Hawthorne a una página de Charles Dickens. Describió la modesta casa de su tío John Lothrop Kirkland, uno de los presidentes de Harvard University, hombre de trato distante. Samuel seguía el plan de estudios que entonces hacían los sobrinos modestos de presidentes modestos. Para facilitar a su sobrino Samuel el ingreso en la Universidad que presidía, Kirkland contrató a un tutor joven estudioso y ensimismado, que trascendería dejando en la sombra a su afable discípulo.  Ralph Waldo Emerson, según este, no prestaba mucha atención a las lecciones. Prefería leerle a Samuel sus propios ensayos y poemas. Samuel, que llegaría a ser el principal ministro de la iglesia Unitaria, misma que sería casi deshecha por las críticas de Emerson, escribió para las futuras generaciones sobre la poca fe que le inspiraba su maestro de latín.
En sus memorias, el abuelo Samuel recupera estampas de la nación recién nacida. Cuenta de sus visitas a una Casa Blanca que aún era un espacio doméstico, llevada con mentalidad de familia extendida en pueblo chico. Apunta que las medias del descuidado John Adams, vestido con pantalón blanco hasta poco más abajo de las rodillas, se le rodaban hasta los tobillos. El presidente Andrew Jackson, hombre bárbaro de la bárbara frontera, tenía buenos modales y una voz agradable.  A propósito de fronteras, el abuelo Kirkland de Samuel fue misionero en las tierras de los pueblos indígenas y también, ya se ha dicho, escribió un libro de memorias:  



La tradición de la hagiografía paterna –los hechos del padre- parece haber sido uno de los deberes del varón burgués bostoniano. La escritura de la biografía del padre, algo tendrá que ver con la identidad de una sociedad que abre las puertas del mundo a la vez que se encierra en su mundo. La biografía traza fronteras entre su protagonista y el resto del mundo. ¿Será que escribían para blanquear e idealizar su historia, ellos, que iban sembrando empresas en al menos tres continentes? ¿Cómo puede ser de abolengo una cultura de apenas 200 años? ¿De dónde la prematura nostalgia? ¿Por qué el vértigo ante el mundo que, con sus intervenciones, iban abriendo desde la China hasta el Caribe, desde los barrios pobres de Sicilia hasta las plantaciones de guano en el Perú? Los barcos de Forbes y Perkins transportaban esclavos negros y culis chinos a Cuba y a Perú. Alejandro Tapia escribió sobre los culis y la industria tabacalera como quien se acerca al fondo de la depravación. No conoció Tapia, no hubiera sido admitido, sin pasaporte y salvoconducto, a pesar de sus ojos azules, en el salón donde el coronel Perkins, uno de los “merchant princes” de la ciudad, celebraba la Navidad con sus hijos y nietos. O tal vez sí, si hubiera llevado un informe de la hacienda Cortada, propiedad  de los Cabrera, que al cabo de medio siglo sería adquirida por los cuatro compradores  de Aguirre.
Un comentarista de la sociedad bostoniana, un hijo pródigo, dio nombre a la  tradición de sumar biografías al panteón de las primeras y mejores familias: Boston´s Graveyard Eulogy School. El hijo que no tuviera talento literario contrataba a un escritor, o a un estudioso tedioso. En ocasiones tocaba a los padres solicitar a un autor de peso que escribiera la biografía de un hijo prematuramente muerto. Henry Adams dedicó un libro a George Cabot Lodge,  el poeta que izó la bandera estadounidense en Ponce. Henry James escribió a regañadientes, pero con decoro, la biografía de William Wetmore Story, un escultor irremediable. Pero nadie escribió sobre William Sturgis Hooper Lothrop. Su muerte no mereció el epitafio de una biografía. Ninguno de sus hijos escribió sobre él. Su muerte fue vergonzosa, sucia, comido por gérmenes en un país salvaje. No fue digno de su linaje, ni dejó escrito un diario de sus hazañas porque era todavía un niño cuando cometió la infamia de morirse.

Lamento que las menciones de la muerte de William en los documentos sean tan apresuradas. En el informe del secretario de la clase graduando de 1890 publicado en 1915 se informa: “In connection with his business he made many trips to Porto Rico and other southern points. The firm of Lotrop, Luce and Company succeeded the firm of DeFord and Company in 1904. After a severe attack of appendicitis he was operated upon at Ponce but failed to recover”. En la página 85 del libro de su suegra, Louisa Crowninshield se lee: “Sturgis Lothrop died in Porto Rico, April 5th, 1905. It was a terrible blow to us all, as we had no idea he was even ill. Alice went there at once, but too late”. A más de un siglo de distancia, cuando escribo esto, veo su muerte sin sombra escrita sobrepuesta a un mar de acontecimientos igualmente olvidados por quienes como él y sus socios se beneficiaron con las ganancias de la Central Aguirre. La enfermedad de William coincidió con la primera gran huelga de los trabajadores de la caña en la isla de Puerto Rico. La huelga comenzó en el norte y ya para abril se extendía su llamarada por los cañaverales del sur. La plebe amarilla, los descendientes de esclavos, los enfermos, las criaturas que vivían en chozas indignas de animales, soltaron los machetes y azadas, y se unieron para pedir un aumento de salario de unos centavos. Sin saber leer ni escribir, aprendieron a escuchar algo más que el zumbido del sol en las orejas, que el débil llanto de niños anémicos, que las tareas interminables de cocinar una miseria para el varón de la casa. Empezaron a escuchar palabras y a reproducirlas como periódicos parlantes. Nunca antes les habían visto las caras a tantos semejantes de la montaña, de las islas, negros amarillos y amarillos negros. Eran tantos que llenaron la plaza de las retretas, donde según cita Félix Córdova de las memorias de un sindicalista, el domingo 16 de abril de 1905, cuando el cadáver de Lothrop se pudría en las picadas aguas del Atlántico, o quizás cuando Alice aún no había logrado completar los trámites para el traslado del cuerpo y, a la vista del balcón de su casa, legiones de obreros harapientos y de mujeres descalzas marchaban hacia la Plaza las Delicias. Provenían, cuenta Córdova de los barrios de Ponce y de otros municipios y de las colonias que suplían cañas a la central Aguirre. A eso de las 4:30 de la tarde la Policía  arremetió a tiros y macanazos contra la  multitud de trabajadores. Hirieron gravemente a decenas de hombres, mujeres y niños. No he encontrado un registro con los nombres de los muertos.
(Capítulo de mi libro inédito "3 Invernazo Aguirre")

Primeros párrafos

Recuerdo cuando recibí el envío de mi sobrina. Leí su letra en una nota breve: quizás me interesaría conservar aquellas cartas. No pensé en ...