lunes, 18 de febrero de 2019

Lecturas sin luz: Paz







18 de octubre de 2017

Páginas de El laberinto de la soledad, versión revisada, la entrevista de Claude Fell. La incómoda tierra de nadie del pachuco, la resistencia de Paz ante la hibridez y la impureza que le atribuye al pachuco –no quiere ser estadounidense, pero ya no es mexicano- es semejante al miedo a la mezcla de razas en Faulkner, matizado en el caso de F. por la imagen atroz del incesto, y por la lucidez de no despreciar a sus demonios; de fundirse y confundirse con ellos. No sé qué se salvará de un libro como El laberinto, desautorizado por sus nociones segregacionistas. Aprecio en otros ensayos de Paz un lenguaje capaz de cortes puntuales, precisos, que crean la ilusión de que lo nombrado existe tal como se nombra. También hay un cierto ingenio exhibicionista, magisterial, lapidario, que endurece los juicios.

….

(Hoy, un paisaje gris de árboles esqueletales, el muro de una montaña en el horizonte, lluvia, el clima socava en su constancia inclemente, una vuelta de llave más a la sensación de que vivimos casi en prisión solitaria, excepto cuando salimos a hacer las filas de clientes y consumidores. A un mes después del huracán, la gente se ve reblandecida. A la menor provocación te cuentan intimidades, como la mujer que me habló ayer de la depresión que le provocó quedar encinta de un tercer hijo después de haber parido gemelos.)

domingo, 17 de febrero de 2019

Lecturas sin luz: Faulkner




15 de octubre de 2017

Sobre todo en las noches pasamos el tiempo, intentamos olvidar el tiempo, matarlo y matarnos, leyendo.

Añado títulos a mi lista: Go down Moses; el prólogo a The Portable Faulkner; una biografía de Faulkner; Monk, un cuento jodidamente triste de Knight´s Gambit.

Leí pasajes del libro de Glissant sobre Faulkner. G hace malabares para situar con empatía el racismo del lenguaje de Faulkner - su representación de los negros como personajes míticos, sin profundidad, casi un coro de trasfondo, impenetrables- en los haberes de quien, a su juicio, fue el mejor escritor del siglo XX. Maromas, carantoñas (¿carantoñas? No recuerdo qué significa carantoñas) para apropiarse de una tradición Faulkner, para caribeñizarlo y poder asumirlo. Según G, la lectura de Faulkner no estaría, digamos, completa, sin ellos, esos seres herméticos que abundan en sus libros: they endured. Hay algo familiar en el racismo de Faulkner, que sí lo acerca a las literaturas fundacionales del Caribe: el horror al mestizaje, a la “degradación” de las razas impuras.

Para mi gusto a Glissant se le va la mano en los condimentos de una desmedida admiración a Faulkner. Pero es difícil no pasarse de azúcar leyendo a Faulkner. Su prosa es cálida y absorbente, como la de una cuentera. Un borracho mellow, con las artes hechiceras del cuentero.

No quedan muchos en nuestro mundo de encarnados isleños.

Cuando me despedí de él para leer a otros, extrañé la musa musical del cuentero y acabé echándolo de menos mientras intentaba los primeros cuentos de García Márquez. ¡Qué malos son! Cuánto le debe el García Márquez maduro al fraseo de Faulkner, a las oraciones dilatadas, ¿sedeñas?



jueves, 7 de febrero de 2019

Escribir en las paredes






para Javier Orfón, por Pozuelo

No todas somos tan fuertes como Bessie Smith. No todas somos torres, aunque seamos Torres. Virginia en la Torre de Londres: Prisoners scratched their names very beautifully on the walls. Virginia: When I was mad. La palabra mad es dulce. Silvinia recuerda cuando la locura fue su casa. En el manicomio la obligaban a reposar a fuerza de somníferos y calmantes. Un día la visitó la mujer de su hijo el vendedor de seguros. Era franca. Le dijo, fuiste una mala madre. Tu hijo no te perdonará nunca. Con tus caprichos, con tus teatros vas a arruinar a tu familia. Silvinia no salía del asombro. ¿Tan mala fui? Esa tarde insistió en que la dieran de alta. Le hicieron caso. Ya no tenía dinero para pagar el cuarto, los somníferos y los calmantes. No le contó al hijo ni a la mujer del hijo ni al hombre sobre su otro hijo (¿hija?), el abortado, el que sí sufrió el castigo de una mala madre, el que terminó en las alcantarillas, el feto blanco en forma de nuez que se concibió con un beso y nunca supo de besos.
Le fue más fiel al recuerdo de aquella carne blanca y fofa que a la vida del hijo vendedor de seguros. La víspera del día de todos los muertos soñaba con él (¿ella?). Un hijo sin identidad, una hija sin sexo, carne amorfa de su carne, carne muerta inmortal.
Cuando entraba un rayito de luna en el cuarto del manicomio Silvinia se levantaba de la cama. Persiguiendo la luz se veía y se oía a sí misma dos veces, diciendo y haciendo lo mismo, como en una transmisión digital retrasada. También escribió su nombre en las paredes, very beautifully.
La locura es un lujo que una pobre no puede permitirse, según la nuera. Tiene razón. Es sensata. Si se atreviera le preguntaría cómo terminar el cuento. Pero confianza, lo que se dice confianza, no hay.
Silvinia siente la atracción del desorden, un desmadre empozado en las esquinas de la casa. Una casa de pobre con un lujo: la mesa de maderas del país. ¿Pero es que hay tal cosa como madera de un país? ¿Qué es un país? ¿Tienen país los árboles? ¿Tienen patria los bosques? Una patria es el país del padre, un país es una narración de héroes y de guerras y de traidores y de estatuas, de pasados y futuros. ¿Se podrá narrar un país? Ella no. Sólo cantos de cantos.
Una cucaracha. Parece muerta. La habilidad histriónica de las cucarachas. Las patitas trenzadas. Agoniza o espera un milagro debajo de una de las sillas, rodeada de pedazos de alas que las hormigas devoran. Un cuarto cerrado, una cucaracha, Clarice Lispector. La cucaracha no se mueve, pero habla. ¡Inspector del lector lisp! ¡Ector, plis, rice a erica, clear el rotcepsil y la eciralc! Pedante la cucaracha.
Clarice Lispector: Escritora brasileña que al parecer no se suicidó, pero quién sabe. Larousse: “A la escucha de los sentimientos ocultos, sus narraciones deconstruyen la sintaxis, la cronología y los personajes (ejemplo: La pasión según GH)”.
Silvinia: Por lo pronto, no deconstruir el destino de la cucaracha. Decidir su suerte después. O dejar el cabo suelto. Ahora la convocan las hormigas. La luna y las hormigas se comunican por conducto de su cuerpo. Los adornos de la mesita del teléfono: una vasija de barro sin pintar y un platillo más pequeño, esmaltado en verde, hecho a mano por la hija mayor del hijo. La vasija rebosa resacas marinas. La coronan dos esponjitas, más agujeros que materia sólida, sobre un lecho de almejas abiertas y corales troquelados. Ya no huelen o sí huelen, pero no a cuerpos, sino a polvo. Si pudiera ver, de verdad, y describir los objetos de la vasija y compenetrarse con ellos (como hizo Clarice con la materia blanda de la cucaracha, ¡qué asco!) dejaría a Mítchel el músico y su nota en suspenso, engavetados para siempre.
Pero no puede ver, para eso hay que ver. De modo que habrá que terminar el cuento.
Caminos:
Una salida sentimental. Derrota. Alcoholismo.
Una salida sangrienta. Una ensalada que no alimenta.
Dejarlo así. Dejarlo en cantos. Hemorragia de voces. Dedicarse, mientras le queden palabras, a apalabrar las piezas coleccionadas. Le atrae un objeto del plato de barro: el carapacho de un cangrejo, tres tonos de un anaranjado que podría situarse en una escala entre la caoba bruñida y el rubor de una langosta asesinada. Al dorso quedan granos de arena y lo que fue la boca. Se repite el gesto de las patas suplicantes de la cucaracha, un ademán de momia. O de feto despreciado. En el carapacho ovalado, la miniatura de un árbol de tronco ancho que podría mutar en un pájaro visto por dios desde el firmamento, o en el hongo de una explosión atómica.
Si se dedicara sólo a pensar en la interminable historia de los objetos que pasaron de la naturaleza al plato y después al descuido, viviría. De la arena al huevo, del huevo a la muerte, de la muerte al plato, del plato a la basura acompañando las estampitas de la funeraria, de la basura al polvo, del polvo al vuelo, del vuelo a la luna, de la luna a las mareas, de las mareas a la arena, de la arena al huevo, del huevo a la imitación perfecta de un árbol de tronco ancho, y así al infinito, porque el origen desaparece, pero siempre hay más de lo que es idéntico a sí mismo. La vida pasaría y ella podría verse pasar con ella. Dos veces. Como un fantasma que no se sabe fantasma.
Once mad always mad? Mentira. Es remendona, pero llorona jamás. ¡Cómo va a estar loca, si vende enciclopedias!

De El fantasma de las cosas, 2010, Terranova Editores

lunes, 4 de febrero de 2019

Linderhof


Es primavera en Linderhof, y en el invernadero del palacio los aprendices del maestro van transplantando los hijos del tilo centenario que da su nombre al lugar, tenues en la luz lechosa filtrada por los cristales y un insoportable olor a lirios. Carl Adalbert Binder, el  favorito del maestro, ha cumplido diecisiete años y es, a su vez, maestro de aprendices. La mayoría de los jardineritos jamás se acercarán al rey. Hans Carl no estaba predestinado, por ser algo así como un monstruo, a ver al rey. Para un naturalista, un monstruo es alguien que se aleja del tipo, y Hans Carl, con sus espaldas estrechas y palidez excesiva, se aleja del tipo rubicundo y levemente estúpido de los aldeanos comedores de grasa de puerco. Sin embargo, hay monstruos cuya existencia para los humanos se toma como un presagio; son monstruos incorruptibles e intocables. Hans Carl recibió de los labios resecos del rey Ludwig de Baviera la misión de encontrar la planta que no puede describirse.
Fue un día de aquella primavera, en 1886, cuando Franz asperjaba los helechos del vivero. El rey entró solo, todavía en bata de casa, con un pañuelo sobre la frente. Se levantaba tarde, de noche no dormía, la noche era el infierno, morada del fascinante horror de la música que escuchaba hasta que lograba lo que quería, que los músicos tocaran dormidos y el oído impusiera un orden distinto. De día dormía con las ventanas cerradas, reclinado en almohadones firmes, sobre sábanas que se dejaban en remojo durante noches de luna creciente, muy lejos de la vista del señor, en un claro del bosque.
Hans trató de mantener su postura de siervo invisible. No tenía por qué sospechar que el rey le dirigiera más de una pregunta. Podía ser:
–¿Por qué se deshojaron en el camino las margaritas que envié a mi prima Sissie?
Podía ser:
–Busco al maestro.
Hans Carl no pudo imaginar lo que saldría de aquella boca que el rey se cubría con un pañuelo.
–Eres el sobrino de mi quinta cocinera, ¿verdad? Extraña fruta.
Ni pudo imaginar su propia respuesta.
–La más extraña y la más fiel, señor.
El rey escupió sangre y examinó al muchacho con una mirada ausente. En ese momento entró sin darse mucha prisa, con deseos de jugar, el edecán principal. El rey se sentó en el área común de los jardineritos, ordenó la primera botella de champaña del día y le pidió a Hans Carl que no se moviera del lugar donde estaba, entre bulbos de lirios y de tulipanes.
El Rey abrió un abanico. En esas islas tan exploradas y explotadas, pero a la vez cerradas por la autoridad de una reina muy fea, seguramente hay una planta que no ha sido nombrada. El mundo se precipita por los caminos del lucro y el comercio y el destrozo de la vida, y es por eso que Ludwig, cuyos lujos cuestan vidas y guerras que aborrece, se intoxica de champán y de opio.
Ludwig habla en tercera persona de sí mismo. Es un privilegio real, o una tara real, porque el yo les está prohibido a los reyes, que no son jamás átomos sino soles alrededor de los cuales rotan sus súbditos.
Hans no ha levantado la vista de los bulbos. A Ludwig lo siente por la voz
Y es por eso que ya no tiene consuelo, porque el opio termina por ser un infierno. Pero Ludwig sabe, porque lo ha leído en algún libro antiguo, o porque se lo dicen los espíritus del lago, que en el nuevo mundo hay otra planta, una especie solidaria, que brinda paz y alegría. Y es la planta que irás a buscar porque los tontos son buscadores por excelencia. Eres puro, le dijo Ludwig, de tan feo que eres debes ser virgen, y eso es indispensable. Serás mi emisario. No tienes pinta de héroe. Nadie sospechará de ti. Pasarás desapercibido y despreciado. Hans ni admitió ni negó si era virgen, porque en cierto sentido sí lo era, había derramado su semilla entre el heno del establo y era abundante y gruesa como un escupitajo de enfermo, lo que le sorprendió un poco, como le sorprendía que el Rey no se diera cuenta de su propia fuerza de hombre corpulento.
Y esa planta, la última, la que todavía no tiene nombre, la que encierra las oscuridades del sol y el fulgor de la sombra, no se esconderá de ti, pequeño monstruo.  Tu misión la escribo aquí: Encontrar una planta de la felicidad que no haya sido manchada por la avaricia de los conquistadores. El catalogo de plantas narcóticas y alucinógenas se está agotando. Esa planta sembrará castillos en esta tierra. La compartiré con los pobres culos que pasan la vida sentándose en bancos como este. Esa planta la usarán los soldados para soltar las armas, las mujeres para dejar de parir becerros, los campesinos para levantar la vista de la tierra. Rubrico y firmo con el sello de este anillo.
(El anillo del rey rasgó el papel que el maestro había olvidado sobre la mesa, uno de los papeles donde se colocaban los bulbos arrancados, los papeles de disecar especímenes. El edecán lo recogió, no sin antes mirar a Hans con una expresión equívoca: eres un privilegiado, lárgate, no te demores más.)






domingo, 3 de febrero de 2019

Hammarby







Para Vicente Quevedo

En la casona grande de Hammarby, Lineo decoró su dormitorio con grabados de plantas. Algunas ilustraciones provienen de la colección Plantae selectae, publicada en Nuremberga, con imágenes de un renombrado ilustrador de apellido Ehret, que además, dibujaba exquisitas pornografías, eso decían sus enemigos, porque los tuvo, como todo el mundo, y en la especie humana, tan aficionada a los espejos y al miedo, los enemigos adornan con mentiras los escasos haberes de las personas. Hammarby: dormitorio empapelado con imágenes florales. Desquicio de la estricta pureza taxonómica. Las flores cuelgan viciosas, como si las corolas abiertas fueran pezones. Eyaculan semillas. Hammarby: lujo, calma, voluptuosidad. Los poetas flacos parisinos que no tenían para comprar opio de primera y compartían el láudano de los obreros, pensaban que el lujo, la calma y la voluptuosidad moraban en los trópicos. Se engañaban. Quizás no sabían que los trópicos, cundidos de miseria, eran lugares más malditos que ellos.
Pero qué dices. El empapelado de Hammarby también exhibía los escasos lujos florales del trópico, enhiestos, erguidos. No es inexplicable que siendo sueco y formado en los paisajes de invierno, donde  predominaban un color y dos líneas, a Lineo le diera por excitarse con imágenes de flores calientes. Él también había escuchado los relatos de los trópicos donde se producía azúcar y tabaco y pimienta y oro. Él si conocía las carnes de las lecheritas de Hammerby y, por antítesis, las carnes de las esclavas de campo de Brasil. Él sí había visto a los mozos enredados con gallinas rojas y vacas blancas. Él si sabía que ni las carnes animales, blancas rollizas ni las carnes negras macilentas podían superar el deseo de la flor púrpura, erizada, del banano, la crencha enhiesta de la piña, y al lado, como no ocurre en la naturaleza, esa flor de pétalos blancos y amarillos, como plumas de pájara. Cuando en invierno dejaba los bifocales sobre la mesa contigua a la chimenea, se acercaba al dormitorio donde no entraban los niños, ni siquiera la doncella, se quitaba las pantuflas, la bata de casa, la peluca que dejaba sobre la cabeza del maniquí, los pantalones de estar, y después de lavarse los genitales y afeitar los pelos púbicos de Teresa, su esposa, amante de juventud y de vejez, se metía debajo de los edredones, era esa la planta que le levantaba el ánimo y el asta.

Tampoco es extraño que Lineo conjugara la calentura constante de la cama donde hacía niños enfermizos con el ascetismo, ni que le diera por poner orden en el salvaje mundo de las plantas. Pero sí es curioso que para él la comunicación entre humanos fuera posible sin anclajes culturales. Que un úcar y un árbol de la geometría no sólo son un mismo árbol, sino que puedan reducirse a un solo nombre, y que ese nombre, para ser entendido por todos, debe imponerse a la planta (que no necesita el lenguaje humano para enredarse con lascivia) en una lengua que nadie habla.


domingo, 27 de enero de 2019

Sangre vieja (un capítulo de "Sobre mi cadáver")



Hablar de mi familia materna me entusiasma menos que a mis primas, pendientes del árbol genealógico hasta mediados del siglo 19, cuando el primer Tremols llegó a la isla con las manos vacías y una cruz de ruda al cuello. De ahí hacia atrás el linaje es de villanos sin nombre. Conviene que te enteres para que comprendas el extraño caso de Josefina. Y un poco más, que también te interesa. Te cuento, pues. O mejor te leo unos apuntes que escribí hace tiempo. Son cuatro párrafos sin descendientes.

La historia de Guayama –con sus casonas de largos balcones balaustrados y barriadas de brujos– se relaciona directamente con los Tremols, residentes en la región desde la llegada del muchacho de la ruda, hacia 1857; acaparadores de terrenos y hacendados cañeros en la década siguiente; dueños de caballos de paso fino, coleccionistas de arte y enemigos del sol. Mis parientes fueron, y son,  portadores de un mal gusto ineludible de indianos privados de los objetos hermosos, los rituales y las costumbres que a lo largo de los siglos prodigan barnices culturales. Cierta degradada justicia poética les impuso la maldición de ser prisioneros del privilegio. Su condición de blancos en una ciudad isleña con mayoría de negros les vedó un acercamiento público a la gente “de orilla”, los mismos artesanos descendientes de esclavos y de pardos libres de quienes dependía su ilusoria prepotencia. Esa, desde luego, era la fachada; sí hubo relaciones de concubinato y encuentros fugaces que sumaron al banco genético del país sus cromosomas de aldeanos venidos a más. 

Pero fueron incapaces, ante tantos vacíos y desarraigos, de fundar una tradición propia. Soñaban con regresar a la “península” forrados de dólares para comprar abolengos. Necios. A pesar de las relaciones del hermano mayor, el empresario franquista, cuando mis parientes pasaban temporadas en la “madre patria” hacían el ridículo. Nadie los había echado de menos. El dinero les compraba insignificantes títulos de nobleza. El mundo pintado con nostalgia por sus abuelos desaparecía en las Españas que anticipaban la muerte del dictador y una vocación democrática.  

Estudié Historia de la Medicina en Barcelona y Psiquiatría en Boston University School of Medicine.  Ese doble juego –que un colega exagerado describió como paranoide esquizofrénico– parece haber sido también la situación vital de Alberto, el hermano segundón de Josefina y de mamá. Recuerdo su porte erguido, su aliento a tabaco, alcohol y otras emanaciones. No se apeaba, con su gabán de dril blanco, los olores de un cuerpo sucio.

Otra era la imagen de una fotografía suya. Hasta hace poco me inspiraba cierto cariño. “Bertie en el patio de la Casa de América en Barcelona, Méndez Vigo, 1911”, se leía al dorso. Para que no hubiera duda alguna de quién era, una flecha dorada trazada con plumilla de punta oblicua apuntaba a la cabeza de “Bertie”, el apodo familiar de Alberto. Bertie se exhibía de perfil, la expresión desdeñosa, el pelo planchado con brillantina, el bigote de brocha abundante, las piernas abiertas, las manos sobre los muslos, las polainas blancas, sentado ante una mesa con botella de champagne, en compañía de un joven sonriente y de un hombre mayor, un vejete parecido a Mefistófeles.

Es un trueno este muchacho, decía mamá, con el humor escandalizado de las mujeres de su época, hermanas, esposas e hijas de truenos. Los vieron decaer y morir, apoyados en bastones de empuñaduras de plata, mientras ellas morían de viejas. Aquellas mujeres se hacían notar por la pisada fuerte y la voz vibrante, siempre con un grito, un chiste, una barbaridad a flor de labios. Sabían encarrilar a sus hombres desde los planos secundarios de una fotografía de costumbres.



jueves, 20 de septiembre de 2018

Un año después (segunda parte)





Un mes después

La anatomista abre el cuerpo del difunto y descubre la prótesis que sostenía las pulsaciones del corazón. Alguien que escarba, desnuda, pone al descubierto la relación amorosa (amor conflictivo) entre el marcapasos y una de las células del corazón, la máquina corazonada y la célula presa de sus deberes. De igual manera lo más oculto en la espesura de un paisaje social, de una sociedad natural, queda al descubierto por acción de vientos huracanados e inundaciones feroces.

Ha pasado un mes y el monstruo ya es un recuerdo borroso en nuestros alrededores. Los árboles que conservan una punta de raíz reverdecen. Los troncos reverdecidos sin ramas parecen poodles recortados. Hay mucha miseria cercana, clandestina, pero aunque ha pasado un mes más allá de nuestros alrededores y de una excursión a San Juan, no hemos visto imágenes de los pueblos distantes, que en otro país, liberado de las escalas de una isla pequeña, serían casi inmediatos. Más imágenes deben haberse visto en Moscú. Sin leer un periódico, porque al centro del pueblo llega uno que se distribuye gratis y un compueblano emprendedor, como los que nos pone de ejemplo la ética de la libre empresa,  los recoge (se los roba dirán algunos no creyentes en la libre empresa) y los vende. Vivimos a la sombra, recluidas en formas de vida comparables a las de aquellas prisiones legendarias que se construían en islotes rodeados de océanos feroces. Las horas regidas no por la voluntad de quien tiene acceso a la luz artificial, sino por el reloj del sol y por el clima – poco sol, mucha lluvia, en el mejor de los casos sol con ventiscas de polvos del Sahara– sin mensajes, confiando en que las cartas que hemos enviado por correo no irán a parar al cementerio de cartas atrasadas que narró García Márquez.

Vivir así, expulsadas del mundo que llegaba a los aparatos receptores, ilustra, mejor que la maestra más elocuente, la subjetividad del tiempo, la realidad del peso mortal de la vida natural, que con desdén despacharon la ciencia y el humanismo. Se olvidará, por desgracia, lo que hemos aprendido: la insignificancia de los paraísos cibernéticos para gente pobretona. Restablecer la internet al estado anterior a la primera ráfaga de la tormenta, antes de que cayeran las mil torres que se han tragado las selvitas de la isla. La solución de cubrirnos como a vacas yermas con los globitos experimentales de Google vale para una campaña de ventas de la Iglesia Fuente de Agua Viva.

Paso el día buscando dónde cargar la batería de la computadora.  Recojo cuentos, cariño, a veces antipatía. A toda hora se compite por los enchufes del estadio municipal, donde han instalado a lxs funcionarixs de FEMA y una cafetería que ofrece desayunos.  Hay mucho que contar.


La rutina cotidiana debe parecerse un poco, porque tan grave no es, a la vida que va despertando en un territorio después de una batalla. 

Desespera saber que estamos encadenados, a merced y capricho de funcionarios incompetentes y casquivanos y de la metrópoli que engendró los moldes que produjeron a esas especies de zombis insulares.

Me consuela pensar el día en forma de las estaciones de un libro de horas, acomodarme a la luz y a las tinieblas con instinto de gallina madrugadora, y saber que pude haberme muerto sin pasar por esta inmersión en una realidad semejante a las circunstancias de la inmensa mayoría de las sociedades humanas, cuyo tiempo, por ser muy pobres, se les va en gestionar los medios de vida que les infunden el aliento que tendrán que invertir en gestionar al día siguiente los medios de vida esenciales, en un circulo agotador con, quizás, algún tiempo muy breve para el arte, la alegría, la fiesta.

Una minoría ha decretado que es posible vivir felices si se accede a una conexión rápida de internet, ese grado cero que hasta ayer no más se evadía del peso de los cuerpos. Ahora los cuerpos buscan “señales” del cielo, siempre inestables, pues sustituir las mil torres va más allá de la tarea mecánica. Acaso en los análisis de costos y beneficios de las compañías no vale la pena volver a instalarlas, en vista de las caravanas del éxodo y la misteriosa cifra de cadáveres. Se desconoce la cifra de muertas y muertos. Ante tantos cadáveres desvanecidos, la senadora de Massachusetts, Elizabeth Warren, ha pedido un informe de muertos. Es Antígona.

En Estados Unidos transmitieron noticias que en la isla no vimos, real news, fake news y variaciones. En nuestra comarca, entre ratas portadoras de plagas, miles de casitas destechadas, hospitales y morgues sin energía, no vimos esas imágenes.

Intentar escapar del calabozo que es la isla presidio (más ensimismada que nunca) es  deber de la atrapada. De manera que escribo esto para publicarlo dentro de un año en el blog, como aquella mujer que escribió las coordenadas de su encierro con su propia sangre en una piedra (jamás faltan piedras en los calabozos primitivos). La prisionera lanzó la piedra hacia la playa, a través de un hueco entre los barrotes de la celda. El mensaje cayó a los pies de un pescador que no sabía leer.  El hombre acumuló toda una colección de piedras escritas. Pasó el tiempo. Una de las hermanitas del pescador aprendió a descifrar letras y a leer la escritura de las piedras. A saltos y gritos sacudió al pescador: “nuestra madre está presa, si queremos salvarla vamos, rápido”. El pescador miró el montón de piedras escritas con sangre desvaída y quemó la cartilla de la hermanita, para que olvidara las letras que solo traen locura y desdichas.


Dos meses

Setenta días después nuestro estado no es ya de resignación, mucho menos de paciencia sino de indiferencia e incluso de algo parecido a la arrogancia. En casa no tenemos planta generatriz de gasolina, pero los vecinos sí. Algunos han instalado placas solares. Ya no se juntan a la orilla del camino en espera de que pase algún militar de Estados Unidos para saludarlo y que vea que algunos hablamos inglés, y que somos simpáticos y simples y agradecidos. Ya no miramos a los ociosos brigadistas de Cobra y de Whitefish. Son invisibles

(Continuará)


Primeros párrafos

Recuerdo cuando recibí el envío de mi sobrina. Leí su letra en una nota breve: quizás me interesaría conservar aquellas cartas. No pensé en ...