sábado, 1 de mayo de 2010

La palabra en pasarela



El primer escritor que recuerdo haber visto, René Marqués, era guapo, prepotente, intimidante. ¡Qué manera de hablar como quien pisa fuerte! Imposible poner en duda su sitial de jefatura en la especie, para mí admirable, de los hacedores de libros.

Marqués debe haber sido el único escritor bello de su promoción. Los demás (para no hablar de los antecesores - Laguerre, Tomás Blanco, José Luis González) no hubieran ganado un concurso de galanes. Entre las mujeres las había no más agraciadas ni menos arrechas; por no herir sensibilidades sólo nombraré a Marina Arzola.

A juicio de la nerda, estofona, lectora enviciada y poco agraciada que fui y sigo siendo, a los escritores les interesaba el privilegio de la soledad. Un cuartito propio protegido por la intransigencia hacia cuanto apestara a falta de autenticidad –la pose era otra cosa, y algunos feos la manejaban magistralmente. No es que me reconociera en los destilados autoritarios de los padrotes de nuestra literatura de los cincuenta y los sesenta, pero sí rescato de ellos una imagen de lealtad al oficio.

Las esperpénticas e insobornables figuras de Sartre, Onetti, Woolf, Highsmith, vinieron a corroborar esta visión del lobo, o más bien del dodo estepario, confinado al calabozo del cuarto de trabajo, donde con dificultad y obstinación iba articulando una voz crítica capaz de decirle la verdad al poder. El maridaje entre falta de gracia y escritura no era constante (vg. el guapísimo Rafael Alberti, el lindo Vargas Llosa, la hermosa Clarice Lispector, el apuesto Luis Rafael Sánchez), pero siempre cabía reconocerse en un cuento de Benedetti sobre la nobleza de los feos, además de convertir en íconos de la intelligentzia la nariz de Neruda, con su soporífera voz pastosa, y el corpachón de Pedro Salinas.

Toda esta estética de la fealdad corporal, el desaliño y la dislocada sociabilidad del autor ha quedado atrás, barrida por el aire renovador de los premios, las maestrías en creación literaria, y ahora, los festivales literarios. Martín Caparrós, uno de los invitados “internacionales” al Festival de la Palabra de Puerto Rico declara en un artículo publicado en La Nación de Buenos Aires, que acepta las invitaciones a estos eventos

“para juntar millas” y agrega que lo pasa muy bien. “Y creo es más importante que vender libros. En tres o cuatro días que dura un festival, te encontrás con gente interesante, que tenés ganas de ver, que te trata bien, y además conocés lugares y comés rico, que es una instancia superior del turismo”. Subraya el autor de A quien corresponda que los festivales “produjeron un cambio radical. Antes los escritores se reunían en congresos cerrados. Ahora se convierten en espectáculo. Se presentan con la lógica del espectáculo, por lo que se requiere una habilidad que no es literaria, sino teatral. Se vende al autor y no su obra”.

No sé si la mayoría de los autores que escriben en español tienen habilidad teatral, o si valoran, en efecto, ese circuito exhibicionista, pero ¿por qué no aprovecharlo? Es poco probable que vivan de la venta de sus libros, a la manera de los autores de éxito en países más inclinados a la lectura y dominantes en el comercio editorial. Los festivales literarios, además de ser esa plataforma chic donde se reina por unos días, representan, como confiesa candorosamente Caparrós, la posibilidad de viajar. Si para ello la avinagrada figura del escritor tiene que trocarse en la del autor capaz de hablar en sound bits y fotografiarse con los fans, eso no debe conmover a nadie en el ya antiguo tinglado del mundo espectacular. Supongo que los escritores que viajan más escriben en los vuelos transcontinentales, es decir, en el aire, el lugar por excelencia para variar rápidamente de escala.

Festejar en tiempos de guerra y miseria no carece de cierta picardía seductora e incluso desafiante. Nadie me quita lo viajado, bailado y devorado.

Lo que en vez de seducir repugna es la mano de capota y pintura que se ha dado a la situación política del territorio donde se realizará el Festival de la Palabra de Puerto Rico. En una carta de José Manuel Fajardo, director de Programación del F de la P de PR, a los editores invitados, se lee lo siguiente:

Por sus características únicas (es la primera vez que un festival de este tipo se va a celebrar en Puerto Rico y es también el primero de semejante amplitud que se organiza en territorio estadounidense con la declarada pretensión de constituirse en punto de referencia de esa circulación triangular de ideas y literaturas entre Estados Unidos, América Latina y Europa), estamos convencidos de que el Festival de la Palabra de San Juan de Puerto Rico puede resultar del interés de la editorial____. Es una plataforma ideal de entrada de la literatura en lengua española en Estados Unidos… Puedo asegurarte que la expectativa generada en todo Puerto Rico por el Festival de la Palabra no tiene precedentes y contamos, además, con el apoyo de las principales instituciones políticas y civiles de la isla, desde el propio Gobernador, la Alcaldía de San Juan y la cámara de representantes, hasta la Asociación Nacional (sic) de Maestros, las universidades públicas y privadas y señaladas entidades bancarias.

Por la misma línea va el artículo "La isla puente", de Karla Suárez:

Con una cultura mixta, Puerto Rico tiene una ventana abierta hacia Estados Unidos y otra hacia América Latina. Es una isla en la que se cruzan diferentes mundos, pero muchas veces sin tocarse. Por eso se ha creado el Festival de la Palabra de San Juan… Gracias al Festival de la Palabra Puerto Rico se convertirá en el punto de encuentro que es por su propia naturaleza… Todas estas palabras dichas, junto a los debates de los escritores y a las canciones que traerán los músicos, y sobre todo, junto a la palabra escrita que llegará con los libros, harán de Puerto Rico un puente de comunicación entre nuestras distintas culturas en un momento en que, y esto no hay que obviarlo, la nueva Administración del presidente Obama intenta promover el diálogo internacional. Ojalá que el libro y la palabra sean, efectivamente, los protagonistas del necesario diálogo del siglo XXI.

La mención de Obama no merece comentario de ser pensante, pero sí cabe una apostilla a la imagen del puente. La ancestral metáfora es un refrito de la primera época del ELA, cuando Puerto Rico fue lugar de encuentro del Punto Cuatro y recibía visitantes de países tercermundistas que se formaban en esta “vitrina de la democracia” junto a militares y agentes de inteligencia latinoamericanos. Ya en la década de los sesenta la vitrina estaba rota y el puente que tantos pisaran quedó clausurado en la década de los noventa con los tratados internacionales de libre comercio.

Desde Puerto Rico no se exportan libros a ninguna parte. No se exporta ni siquiera la sombra de una realidad superada por el devenir histórico. Salvo en esa década de la vitrina, cuando la cara
fea y seductora de Muñoz adornó la portada de Time, la nuestra es una sociedad invisible. La variante estadounidense de imperialismo se ampara en pactos de silencio suscritos en complicidad desde aquí. El manto de invisibilidad no es de factura reciente. Concha Meléndez usó en 1940 una expresión que lo describe: Puerto Rico es una “tierra inadvertida en Hispanoamérica”.

Se me dirá que superar esa condición propia de la casi última colonia de un imperio santurrón, ciego y sordo es uno de los propósitos del F de la P. Conozco a la promotora del festival hace años y recuerdo que coincidimos en Nueva York en un encuentro tradicional de escritoras, allá por el 96 del 20. Ya entonces ella ambicionaba que Puerto Rico fuera sede de encuentros. Bien dotada está para este tipo de iniciativas. Lo que ha logrado en cuanto a la proyección de su persona y de su proyecto no hubiera sido posible sin carisma, talento, empuje y una ambición poco común en esta isla de quejumbrosos aplatanados.

Todo eso es plausible, siempre que no dependa de suscribir mentiras, como el interés de Santini y Fortuño en la cultura y de Lucé en El Quijote, o la imagen de Puerto Rico como plataforma de lanzamiento editorial o hipotenusa en la triangulación entre Estados Unidos, América Latina y Europa.

Vaya, en contraste, una enumeración de los crímenes de lesa humanidad y lesa cultura del gobernador que ofrecerá un desayuno protocolar a los caminantes de la alfombra roja. Comenzaron desde el momento mismo en que usurpó el poder con la ausencia de legitimidad de un golpista, armado con un discurso fraudulento y una engañosa mano suave. De inmediato confirmó su desparpajo desmantelando el Gobierno sin estimular la economía, decretando impuestos adicionales, desprotegiendo la reserva natural del Corredor del Noreste, eliminando como se aplasta una mosca molestosa al Fideicomiso del Caño Martín Peña, abriendo las arcas públicas a las “comunidades de fe” y a los consejeros intrigantes, encabezando una administración de mediocres corruptos y censores de libros, amparando narcolegisladores, descabezando al Festival Casals, intentando apagar cualquier amago de inteligencia en la UPR, administrando mal lo poco que queda y manteniéndose a flote con la misma frialdad imperturbable que lo llevó al poder.

Es irónico que de todos los gobernadores que hemos padecido sea este señor que no tiene palabra quien auspicie un magno festival de palabras. Quizás lo juzgamos mal y en verdad no se trata de un seso hueco insensible; después de todo le gustan el jazz y las ensaladas.

Los escritores de afuera llegarán, deslumbrarán con su talento histriónico (los que lo tengan) y se irán. Los de aquí no tenemos por qué conformarnos con ser feos solitarios de manos limpias, pero si algo deberíamos entender por virtud del oficio es la relación entre palabra y poder; lo mal que queda retratarse en esos espacios prime, a la sombra de los viajeros famosos, acaso ingenuamente, como el idiota de la familia, mientras el país colapsa.

martes, 20 de abril de 2010

Una estética de la fuga




(Cartas a Datovia, de José Rabelo Cartagena. Isla Negra, 2010)

Las presentaciones de libros deben ser breves y comedidas, apenas unas bendiciones a la criatura. Pero aunque respeto las virtudes de la brevedad y la prudencia, algo tengo que decir -a riesgo de acentuar mi personalidad de jíbara pueblerina- que si no lo digo yo quizás a nadie se le ocurra. Comparto con José Rabelo Cartagena un lugar de origen: Cayey, la aldea de Cayey, como dice una amiga envidiosa. Aunque él, como muchos cayeyanos jóvenes, nació en otro pueblo, es de rancia estirpe cayeyana y se crió en la patria chica de Miguel Meléndez Muñoz, Bernardo Vega, Jesús y Joaquín Colón, Julio César López, Eugenio Fernández Méndez, Ramón Frade y José Ramón Piñeiro, además de una galería de tipos populares que fueron y siguen siendo los querendones del pueblo.

Es la primera vez que reflexiono sobre las marcas de la natalidad cayeyana, acerca la singularidad de un terruño que desde tiempos de España y durante buena parte del siglo pasado fue la sede de un cuartel militar; colindante con montañas que la religiosidad popular considera santas; sede de una residencia veraniega del poder civil y de una finca donde los nacionalistas hacían ejercicios militares con bala viva; escenario de crímenes horrendos y del avistamiento de platillos voladores. Se trata de un lugar para encuentros cercanos de muchos tipos, donde es muy fuerte la imantación entrañable de la tierra. Este es un país histérico, es decir, muy apegado aún al útero materno. Lo contrario es también comprobable: la poderosa fascinación excéntrica de otros mundos, la necesidad del vuelo hacia las antípodas. Ramón Frade, además de niños descalzos, reses, flamboyanes y madonas, pintó obsesivamente escenas venecianas; el sociólogo y novelista Meléndez Muñoz se nutrió de las lecturas de los socialistas y anarquistas rusos; el narrador José Ramon Piñeiro escribió sobre un viaje en globo, a la manera de Julio Verne, y elevó a los cielos a personajes pintorescos del pueblo; el maravilloso poeta Julio César López leyó en la figura y escritos de Hostos los horizontes intelectuales de América Latina y Bernardo Vega y los hermanos Colón fueron cronistas relevantes de la colonia puertorriqueña en Nueva York. Creo que los cayeyanos de viva imaginación compartimos un deseo de trazar distancias, de evasiones y de viajes. En eso José y su familia me aventajan, porque planifican sus viajes al Báltico y a la Patagonia con una fidelidad admirable. Sospecho que cuando Rabelo planea esas rutas vacacionales investiga en libros de historia natural y política tanto como en los mundos paralelos de artistas y poetas, y que sus viajes son también peregrinajes a lugares de la imaginación.

Creo que esa tendencia cayeyana al musarañeo da pie a una estética de la fuga, cuyo fin, sin embargo, puede ser la toma de perspectiva antes que la dispersión; el querer captar desde el aire los lineamientos de esa tierra natal que es tan poderosa en sus atracciones. Si nos extendemos por la ruta de Jájome y nos apropiamos de la región toda, hasta Guayama, entramos en el Carite dulce del soñador de los reinos de las Quimbambas, Luis Palés Matos. Algo de esa estética percibo en esta novela breve de Rabelo, y también, en sus escritos anteriores, arraigados en el cuento popular de origen incierto, perdido en las tinieblas de la leyenda, y en el cuento infantil y de fantasía. El autor, que quiso ser cineasta y algún día lo será, tiene un ojo que no sólo se expresa en palabras sino en imágenes plásticas, como puede verse en las estampillas de Datovia que adornan la contraportada del libro. De esa manera, arma mundos cuyos artefactos y personajes no tienen equivalente real en la tierra y que sin embargo no se desprenden todavía de ella.

Ojeando El diccionario de lugares imaginarios, de Alberto Manguel y Gianni Guadalupi, me detuve en varias entradas. Meccania, una ciudad donde no se puede respirar, semejante a un hormiguero, burocratizada y autoritaria. Frívola, una isla donde todo es superficialidad y pereza. Utopía, la isla concebida por Tomás Moro, un territorio en forma de cangrejo, en la costa de América del Sur, donde prevalecen la sensatez, la libertad y el placer, frutos de una fe a ultranza en la bondad de la naturaleza humana. Perinthia, una de las ciudades imaginarias de Calvino, que responde a un diseño malogrado de buenas intenciones, pues el sueño de la razón engendra monstruos.

Toda ficción es un lugar imaginario, pero algunas lo son más. En el libro de Manguel y Guadaluppi se distinguen varias categorías de lugares imaginarios: el que propone una alusión en clave o seudónimo de lugares existentes; el que asienta sus solares en el futuro o en otro planeta; los que demuestran que sus autores “leyeron paisajes reales e instalaron en estos sus propios paisajes y personajes”; los que jamás podrán asociarse con un domicilio fijo, es decir, domesticarse.

Datovia: un dato, algo dado, un regalo. El regalo que José nos entrega en este libro es la mirada de un lector. Un lector viajero que nos visita para purgarse del exceso de lecturas y seguir una carrera científica, aquí, donde la ciencia ha instalado varios laboratorios en la pesadilla de la historia. Una mirada matizada por el humor cayeyano contra los presuntuosos porque así eran y siguen siendo las aldeas, donde todo el mundo sabe de qué pata cojea su vecino. Una escritura tocada por la levedad, que puede revelar atrocidades sin deleitarse en el morbo. La antípoda desde donde se mira un país que se nos escapa, y que necesita nuestras miradas para constituirse.

No es necesario decir más. Sé que ustedes disfrutarán la lectura de esta novela que nos incitaba en algún momento de su gestación, cuando su padre le hacía el mapa de sus ciudades y la genealogía de sus héroes y villanos. Vamos a celebrar estas Cartas a Datovia, lanzadas desde un Puerto Rico que parece una ficción y que exige a sus autores que lo sigan escribiendo.

Marta Aponte Alsina

12 de marzo de 2010

jueves, 11 de marzo de 2010

Metempsícosis


Jesús Serrano Belmonte (Crevillente, Alicante, 1982), es licenciado en Ciencias Ambientales, estudiante de Historia “por puro placer” y representante de grupos musicales. Esta conjunción de saberes y prácticas se ha decantado hacia la puerta estrecha de la escritura. Su primer libro, Metempsícosis (Barcelona, Ediciones Oblicuas, 2009), es un homenaje al padre del cuento moderno, Edgar Allan Poe, y un recordatorio de que hay algo maligno, un rastro de magia transgresora, en las artes que, para citar mal a Borges, multiplican el mundo de los hombres.

El relato “Metempsícosis” lleva un epígrafe de la canción “Baker Lake”, de la cantautora de género country-indie rock Sera Cahoone. El texto de Serrano compone una alegoría en torno a un ser caído que podría ser Ícaro sin alas, una criatura fabricada en un laboratorio de monstruosos experimentos genéticos o quizás el ángel benjaminiano de la Historia que recorre un mundo en ruinas. El narrador es un hijo nonato que desde el vientre toma la palabra para acusar a su madre. Otro relato, “Diecinueve fragmentos de una cronología de horror”, reduce a breves momentos de suspenso una cadena de escenas que podrían eslabonarse hacia otro desenlace, pero que vistas desde el final se mueven con la fatalidad de una equivocación absurda. El narrador de “Conciencia” es excepcional. Se trata del cuento mismo, la obra en proceso que toma voz para denostar a quien intenta escribirlo, como otra criatura que condena al padre.

Un motivo central de estos cuentos es la escritura como encierro laberíntico del escritor. El efecto claustrofóbico, a la manera de “Continuidad de los parques”, de Cortázar, da forma a “Lienzo en blanco”. El libro es la trampa que atrapa al lector-creador que lo protagoniza. En este caso se trata de una escultora, madre de “trescientas cuarenta y cuatro figuras en mármol blanco y dos ilusiones que volaron juntas durante nueve años. Ambas muertas”. Poe en maridaje con Mary Shelley: de nuevo la criatura que se rebela contra su creador o creadora, el espanto de lo entrañable que nos devora, y que en lugar de salir se deshace en el terror a lo oscuro e informe.

Los cuentos de Metempsícosis se caracterizan por una atmósfera hermética, por una tensión construida sobre el horror de la ceguera, la comprensión entre sombras de lo que apenas se palpa, como en “The Pit and the Pendulum”, de Poe, o la alegoría platónica de la caverna. Son cuentos de espanto, pero se cuidan del efectismo del morbo chocante, tan manido en buena parte de la escritura actual. Y no es que dejen de apelar a los recursos del thriller, de la fantasía o del juego electrónico. Si Poe escribiera hoy, esos serían sus recursos, como en su tiempo lo fueron las cadenas chirriantes, los fosos y los castillos de la novela gótica. En el mundo de Belmonte los paisajes urbanos acumulan piedras podridas y cristales rotos. Después de todo vivimos en escenarios de postrimerías y el modelo catastrofista más optimista predice que sobreviviremos al 2012, pero que para el 2050 el Planeta ya no tendrá recursos para sostener a la especie humana.

La poesía eficaz, que imparte capacidad expresiva a la trama del relato, es esencial en la creación de atmósfera y poderosa síntesis en estos cuentos que atraen porque invaden las estancias del horror sin perder la capacidad moral de compadecerse con la grandeza de los sufrientes. El deleite de los sentidos se define, en una de las historias, como un “fin sagrado”. En la extrañeza habita la belleza.

Y es cierto que la escritura es un oficio pavoroso y el libro un artefacto que puede contener el maleficio de la seducción y el engaño. “No reveles la verdad en un mundo donde triunfa la blasfemia”, propone Hatem, especie de maestro espiritual del relato “Las bifurcaciones de la duda”. Otro personaje aprende a mirar a los ojos a la felicidad. Pero en general el protagonista de Belmonte –poeta, empresario, o criminal– es un ser frágil, patético y desconcertado, como si se encontrara “viviendo la vida que alguien verdaderamente destinado a ella se hubiera negado a disfrutar”; y sin embargo digno de piedad cuando se le mira como en estos cuentos, desde otra escala de la conciencia. Llanto por el amor muerto o exhortación a la especie humana agonizante, estos escritos vibran con esa esperanza loca que nos invade en la antesala de la separación irrevocable.

domingo, 28 de febrero de 2010

Violencias

El periódico Diálogo, en su edición más reciente (enero-marzo de 2010), publica una documentada serie de artículos sobre el Corredor del Noreste, firmados por Dalila Rodríguez Saavedra. Hay que leerlos. Como debe saberse, el gobernador de Puerto Rico, mediante orden ejecutiva, le abrió la puerta a la destrucción del corredor para construir hoteles en serie, campos de golf sedientos y marinas recoletas. Este acto de violencia es una réplica (o acaso una "replicant") de la violencia imbécil que vive el país en sus esquinas, en sus puntos de drogas, en sus familias.

Cuando la violencia se enseña desde los lugares de autoridad, es difícil conjurarla. No se puede ser pueblo de paz haciendo la guerra en todos los frentes: a la naturaleza, al "enemigo", al vecino. Pero hay más. Aquí se reproduce la violencia cuando se les enseña a los niños que un yate vale más que un pájaro. El yate perecerá, y también el pájaro; pero sólo uno de ellos canta.

Para colmo, la destrucción ni siquiera genera ganancias útiles. Se enriquecen dos o tres imbéciles y el resto quedamos reducidos al desasosiego del nuevo imperativo histórico: such is life. Nos lo merecemos, sólo un animal imbécil destruye su guarida.

El 9 de marzo continúa la vista en el tribunal de Hato Rey en solicitud de un interdicto que detenga, aunque sea para reponernos del golpe, la violencia de la orden ejecutiva. La abogada del “pueblo de Puerto Rico” interrumpió la primera vista con un “tecnicismo”. Da pena esa mujer joven e inconsciente. Por más ambiciosa que sea, nadie le garantizará las credenciales que le autoricen a posar sus callosos pies en uno de los yates albergados en una de las cuarenta marinas clandestinas que poseen los cuarenta ladrones vinculados, como buenos y discretísimos burgueses, a nuestro renglón económico rentable: el tráfico narco.

viernes, 5 de febrero de 2010

El discreto encanto de la burguesía


Anoche volvimos a ver El discreto encanto de la burguesía, casi cuarenta años después: pesadillas y banalidades, violencia y small talk. Me trajo el olor de la muerte. Los golpes militares en Chile y Argentina, los miles de desaparecidos, los mejores jóvenes asesinados. Comparo el volver a verla con el desandar por los caminos de la vida propia que en los campos de Puerto Rico emprendían los agonizantes.

Buñuel destiló esta obra maestra de la crítica venenosa en los tiempos de las dictaduras autóctonas inspiradas desde los centros de poder militar y cultural: los declinantes imperios europeos y el colosal imperio estadounidense. En escena y entredicho quedó el discreto cinismo de esos regímenes totalitarios que todavía, en total impunidad, cosechan sus frutos. Aquí, en Puerto Rico, con todo y “democracia” electoral, estamos resintiendo esas tempestades alimentadas por los vientos de la dependencia, el oportunismo y la cobardía; la "buena vida" despatarrada a la sombra del presupuesto del gobierno colonial.

"Nuestra" burguesía no conocerá la ciencia del buen gobierno, ni será espejo de inteligencia, cultura y moral, pero sí sabe de vinos caros y de relojes carísimos y de colecciones de arte y de joyas espectaculares. ¿Pasarán? Está por verse. Siempre es posible luchar por la libertad y envenenarles los sueños a los burgueses discretos.

martes, 2 de febrero de 2010

El Nuevo Día: de fotos y palabras impropias


Ana Lydia Vega publicó hoy una lúcida columna en El Nuevo Día sobre el "escándalo" de las fotos de los médicos puertorriqueños publicadas en facebook. Me gustó tanto que me "registré" (con dificultades y a regañadientes) en ENDI para comentarla. Me censuraron dos veces el comentario porque según la máquina censora de ENDI el mismo contiene "palabras impropias". Lo copio con la tenue esperanza de que no lo censure Google:

“La lucidez de este escrito de Ana Lydia Vega ilumina un espacio público enmarañado por la desorientación, el oportunismo y la dispersión social. Nada hay que añadir, aunque la entrada en el tema me sugiere un comentario. La sociedad del espectáculo de la cual facebook se nutre y en la cual se sacrifican los espacios de intimidad es madre y espejo de la inconciencia. En esta ocasión expuso la cruda realidad de una profesión, la médica y una condición: la del paciente. En Haití y en Santurce, con grados de diferencia en cuanto a la precariedad, subsisten médico y paciente entre el afán de lucro, el derecho a la salud, la vocación de servir y la impotencia.”

Un premio a quien encuentre la palabra impropia que provocó la censura de ENDI.

jueves, 7 de enero de 2010

Un libro de Graciela Aletta da Sylvas sobre Angélica Gorodischer


La aventura de escribir: la narrativa de Angélica Gorodischer

Buenos Aires: Ediciones Corregidor, 2009

Autora: Graciela Aletta da Sylvas


Este libro es el primero de una sola autora que se dedica a la escritura de Angélica Gorodischer. Tras la publicación de más de una veintena de novelas y colecciones de relatos, está claro que Gorodischer es una de las figura mayores en el panorama de la narrativa hispanoamericana de entre siglos, y una de las mejores prosistas contemporáneas en lengua española, sin distinción de género. Graciela Aletta da Sylvas, profesora de la Universidad Nacional de Rosario, ejerce una crítica rigurosa, fundamentada en corrientes teóricas actuales -feminista, post-estructuralista, psicoanalítica, filosófica- sin ceñirse a fatigados moldes discursivos que no hubieran captado, como lo hace este libro, un acercamiento a la razón de ser de la vibrante escritura de Gorodischer, una escritura que, en opinión de Guillermo Saccomano, es a la vez espacio de goce y transgresión.

La aventura de escribir es un admirable ejercicio de síntesis a propósito de una escritora que la crítica llama “proteica”, pues no sólo es vasto el cuerpo de sus narraciones, sino que además se trata de una mujer de palabra y acción, promotora cultural, figura pública respetada, mujer de afectos familiares y amistades entrañables. Esa actividad prodigiosa y múltiple se transmite a todo lo que toca, y para María Rosa Lojo es uno de los motivos que ameritan la lectura del estudio de Aletta:

Entre los muchos méritos de este libro, cabe destacar por lo menos dos. Uno es haber logrado deslindar y asediar los problemas centrales y los hilos conductores de una obra vasta y variada, que transita la novela “de género” (policial, ciencia ficción) pero que no es encasillable en esos compartimientos… Su libro sienta un valioso precedente como obra de consulta para todas las futuras indagaciones sobre la inventora y exploradora de tantos mundos imaginarios que están dentro de éste. (13)

Aletta da Sylvas organiza el corpus de la escritura de Gorodischer en varios ejes temáticos, divididos, a su vez, en apartados: las circunstancias de una vida y el contexto de producción (antecedentes biográficos y situación de Gorodischer y su obra en el campo literario argentino); la presencia formativa de sus lecturas en los géneros de ciencia ficción, maravilloso y fantástico; las intersecciones entre la construcción de género, delito y escritura (mujer y trasgresión; mujeres que matan; identidades transgresoras; la ciudad escenario del delito); y la escritura como el oficio de leer y escribir. La representación de escenas de violencia desde las primeras publicaciones de Gorodischer apunta no sólo a la impronta de la barbarie en el particular contexto de la autora (los años de la dictadura militar) sino a la presunción de que el oficio de escribir es para una mujer siempre marginal, que se ejerce desde el “exilio” y que, al no enraizar en tierra firme, de algún modo se aboca siempre al ensayo, a la experimentación, a la transgresión y al juego. En una sección sobre los personajes de las mujeres que matan, se señala que, sin importar el móvil o el crimen, “todas abandonan el papel de víctimas… para asumir un protagonismo fuerte y decidido de autoras de delito. De esta manera el delito se convierte en figura fundante de la identidad”. (142) En este trabajo seminal, uno de los más sólidos del libro, la crítica acude a una rica bibliografía en las materias de filosofía del derecho y criminología crítica, para concluir ponderando una afirmación de Gorodischer: “La marca de género… es la exclusión del poder y de la palabra. Por eso no hay lugar cómodo para hablar/escribir de las mujeres”. (178)

El análisis de textos cierra con una exposición en torno a la obra que con Prodigios, debe ser una de las cumbres del arte de Gorodischer, la bellísima novela Tumba de jaguares:

Verdadera apoteosis de la escritura, de la que se exhibe toda una poética Tumba de jaguares constituye una variante más dentro de la extensa y compleja producción de Gorodischer, quien demuestra su placer en el uso del lenguaje y la elección de cada palabra: “… y las palabras sí que le entran por los ojos, y los oídos y los dedos y los dientes…”. (250)

Al filo del poder, donde se descubre la violencia como marca de la historia, la sutileza es una virtud, ese espíritu de fineza que delata tanto a la buena crítica como a la buena literatura de indagación y experimentación formal. Maestra de la ironía, dueña de una capacidad deslumbrante para la invención de mundos alternos y verosímiles, permanentemente inconforme con lo que ha hecho, octogenaria vigorosa y productiva más allá de las prisiones octogonales de la existencia, la autora y su obra cuentan ahora con algo más penetrante que un vademécum unitario, o repertorio de claves para su lectura, en este valioso libro. Eso sí; tan astuta es la narradora, y tal es su compromiso libertario con la ruptura de todo orden predecible, que ya estará fraguando obras soprendentes que provoquen nuevas lecturas, aunque difícilmente podrán superar en alcance y esmero estas de Graciela Aletta da Sylvas.

Primeros párrafos

Recuerdo cuando recibí el envío de mi sobrina. Leí su letra en una nota breve: quizás me interesaría conservar aquellas cartas. No pensé en ...