
sábado, 1 de mayo de 2010
La palabra en pasarela

martes, 20 de abril de 2010
Una estética de la fuga

(Cartas a Datovia, de José Rabelo Cartagena. Isla Negra, 2010)
Las presentaciones de libros deben ser breves y comedidas, apenas unas bendiciones a la criatura. Pero aunque respeto las virtudes de la brevedad y la prudencia, algo tengo que decir -a riesgo de acentuar mi personalidad de jíbara pueblerina- que si no lo digo yo quizás a nadie se le ocurra. Comparto con José Rabelo Cartagena un lugar de origen: Cayey, la aldea de Cayey, como dice una amiga envidiosa. Aunque él, como muchos cayeyanos jóvenes, nació en otro pueblo, es de rancia estirpe cayeyana y se crió en la patria chica de Miguel Meléndez Muñoz, Bernardo Vega, Jesús y Joaquín Colón, Julio César López, Eugenio Fernández Méndez, Ramón Frade y José Ramón Piñeiro, además de una galería de tipos populares que fueron y siguen siendo los querendones del pueblo.
Es la primera vez que reflexiono sobre las marcas de la natalidad cayeyana, acerca la singularidad de un terruño que desde tiempos de España y durante buena parte del siglo pasado fue la sede de un cuartel militar; colindante con montañas que la religiosidad popular considera santas; sede de una residencia veraniega del poder civil y de una finca donde los nacionalistas hacían ejercicios militares con bala viva; escenario de crímenes horrendos y del avistamiento de platillos voladores. Se trata de un lugar para encuentros cercanos de muchos tipos, donde es muy fuerte la imantación entrañable de la tierra. Este es un país histérico, es decir, muy apegado aún al útero materno. Lo contrario es también comprobable: la poderosa fascinación excéntrica de otros mundos, la necesidad del vuelo hacia las antípodas. Ramón Frade, además de niños descalzos, reses, flamboyanes y madonas, pintó obsesivamente escenas venecianas; el sociólogo y novelista Meléndez Muñoz se nutrió de las lecturas de los socialistas y anarquistas rusos; el narrador José Ramon Piñeiro escribió sobre un viaje en globo, a la manera de Julio Verne, y elevó a los cielos a personajes pintorescos del pueblo; el maravilloso poeta Julio César López leyó en la figura y escritos de Hostos los horizontes intelectuales de América Latina y Bernardo Vega y los hermanos Colón fueron cronistas relevantes de la colonia puertorriqueña en Nueva York. Creo que los cayeyanos de viva imaginación compartimos un deseo de trazar distancias, de evasiones y de viajes. En eso José y su familia me aventajan, porque planifican sus viajes al Báltico y a la Patagonia con una fidelidad admirable. Sospecho que cuando Rabelo planea esas rutas vacacionales investiga en libros de historia natural y política tanto como en los mundos paralelos de artistas y poetas, y que sus viajes son también peregrinajes a lugares de la imaginación.
Creo que esa tendencia cayeyana al musarañeo da pie a una estética de la fuga, cuyo fin, sin embargo, puede ser la toma de perspectiva antes que la dispersión; el querer captar desde el aire los lineamientos de esa tierra natal que es tan poderosa en sus atracciones. Si nos extendemos por la ruta de Jájome y nos apropiamos de la región toda, hasta Guayama, entramos en el Carite dulce del soñador de los reinos de las Quimbambas, Luis Palés Matos. Algo de esa estética percibo en esta novela breve de Rabelo, y también, en sus escritos anteriores, arraigados en el cuento popular de origen incierto, perdido en las tinieblas de la leyenda, y en el cuento infantil y de fantasía. El autor, que quiso ser cineasta y algún día lo será, tiene un ojo que no sólo se expresa en palabras sino en imágenes plásticas, como puede verse en las estampillas de Datovia que adornan la contraportada del libro. De esa manera, arma mundos cuyos artefactos y personajes no tienen equivalente real en la tierra y que sin embargo no se desprenden todavía de ella.
Ojeando El diccionario de lugares imaginarios, de Alberto Manguel y Gianni Guadalupi, me detuve en varias entradas. Meccania, una ciudad donde no se puede respirar, semejante a un hormiguero, burocratizada y autoritaria. Frívola, una isla donde todo es superficialidad y pereza. Utopía, la isla concebida por Tomás Moro, un territorio en forma de cangrejo, en la costa de América del Sur, donde prevalecen la sensatez, la libertad y el placer, frutos de una fe a ultranza en la bondad de la naturaleza humana. Perinthia, una de las ciudades imaginarias de Calvino, que responde a un diseño malogrado de buenas intenciones, pues el sueño de la razón engendra monstruos.
Toda ficción es un lugar imaginario, pero algunas lo son más. En el libro de Manguel y Guadaluppi se distinguen varias categorías de lugares imaginarios: el que propone una alusión en clave o seudónimo de lugares existentes; el que asienta sus solares en el futuro o en otro planeta; los que demuestran que sus autores “leyeron paisajes reales e instalaron en estos sus propios paisajes y personajes”; los que jamás podrán asociarse con un domicilio fijo, es decir, domesticarse.
Datovia: un dato, algo dado, un regalo. El regalo que José nos entrega en este libro es la mirada de un lector. Un lector viajero que nos visita para purgarse del exceso de lecturas y seguir una carrera científica, aquí, donde la ciencia ha instalado varios laboratorios en la pesadilla de la historia. Una mirada matizada por el humor cayeyano contra los presuntuosos porque así eran y siguen siendo las aldeas, donde todo el mundo sabe de qué pata cojea su vecino. Una escritura tocada por la levedad, que puede revelar atrocidades sin deleitarse en el morbo. La antípoda desde donde se mira un país que se nos escapa, y que necesita nuestras miradas para constituirse.
No es necesario decir más. Sé que ustedes disfrutarán la lectura de esta novela que nos incitaba en algún momento de su gestación, cuando su padre le hacía el mapa de sus ciudades y la genealogía de sus héroes y villanos. Vamos a celebrar estas Cartas a Datovia, lanzadas desde un Puerto Rico que parece una ficción y que exige a sus autores que lo sigan escribiendo.
Marta Aponte Alsina
12 de marzo de 2010
jueves, 11 de marzo de 2010
Metempsícosis

Jesús Serrano Belmonte (Crevillente, Alicante, 1982), es licenciado en Ciencias Ambientales, estudiante de Historia “por puro placer” y representante de grupos musicales. Esta conjunción de saberes y prácticas se ha decantado hacia la puerta estrecha de la escritura. Su primer libro, Metempsícosis (Barcelona, Ediciones Oblicuas, 2009), es un homenaje al padre del cuento moderno, Edgar Allan Poe, y un recordatorio de que hay algo maligno, un rastro de magia transgresora, en las artes que, para citar mal a Borges, multiplican el mundo de los hombres.
El relato “Metempsícosis” lleva un epígrafe de la canción “Baker Lake”, de la cantautora de género country-indie rock Sera Cahoone. El texto de Serrano compone una alegoría en torno a un ser caído que podría ser Ícaro sin alas, una criatura fabricada en un laboratorio de monstruosos experimentos genéticos o quizás el ángel benjaminiano de la Historia que recorre un mundo en ruinas. El narrador es un hijo nonato que desde el vientre toma la palabra para acusar a su madre. Otro relato, “Diecinueve fragmentos de una cronología de horror”, reduce a breves momentos de suspenso una cadena de escenas que podrían eslabonarse hacia otro desenlace, pero que vistas desde el final se mueven con la fatalidad de una equivocación absurda. El narrador de “Conciencia” es excepcional. Se trata del cuento mismo, la obra en proceso que toma voz para denostar a quien intenta escribirlo, como otra criatura que condena al padre.
Un motivo central de estos cuentos es la escritura como encierro laberíntico del escritor. El efecto claustrofóbico, a la manera de “Continuidad de los parques”, de Cortázar, da forma a “Lienzo en blanco”. El libro es la trampa que atrapa al lector-creador que lo protagoniza. En este caso se trata de una escultora, madre de “trescientas cuarenta y cuatro figuras en mármol blanco y dos ilusiones que volaron juntas durante nueve años. Ambas muertas”. Poe en maridaje con Mary Shelley: de nuevo la criatura que se rebela contra su creador o creadora, el espanto de lo entrañable que nos devora, y que en lugar de salir se deshace en el terror a lo oscuro e informe.
Los cuentos de Metempsícosis se caracterizan por una atmósfera hermética, por una tensión construida sobre el horror de la ceguera, la comprensión entre sombras de lo que apenas se palpa, como en “The Pit and the Pendulum”, de Poe, o la alegoría platónica de la caverna. Son cuentos de espanto, pero se cuidan del efectismo del morbo chocante, tan manido en buena parte de la escritura actual. Y no es que dejen de apelar a los recursos del thriller, de la fantasía o del juego electrónico. Si Poe escribiera hoy, esos serían sus recursos, como en su tiempo lo fueron las cadenas chirriantes, los fosos y los castillos de la novela gótica. En el mundo de Belmonte los paisajes urbanos acumulan piedras podridas y cristales rotos. Después de todo vivimos en escenarios de postrimerías y el modelo catastrofista más optimista predice que sobreviviremos al 2012, pero que para el 2050 el Planeta ya no tendrá recursos para sostener a la especie humana.
La poesía eficaz, que imparte capacidad expresiva a la trama del relato, es esencial en la creación de atmósfera y poderosa síntesis en estos cuentos que atraen porque invaden las estancias del horror sin perder la capacidad moral de compadecerse con la grandeza de los sufrientes. El deleite de los sentidos se define, en una de las historias, como un “fin sagrado”. En la extrañeza habita la belleza.
Y es cierto que la escritura es un oficio pavoroso y el libro un artefacto que puede contener el maleficio de la seducción y el engaño. “No reveles la verdad en un mundo donde triunfa la blasfemia”, propone Hatem, especie de maestro espiritual del relato “Las bifurcaciones de la duda”. Otro personaje aprende a mirar a los ojos a la felicidad. Pero en general el protagonista de Belmonte –poeta, empresario, o criminal– es un ser frágil, patético y desconcertado, como si se encontrara “viviendo la vida que alguien verdaderamente destinado a ella se hubiera negado a disfrutar”; y sin embargo digno de piedad cuando se le mira como en estos cuentos, desde otra escala de la conciencia. Llanto por el amor muerto o exhortación a la especie humana agonizante, estos escritos vibran con esa esperanza loca que nos invade en la antesala de la separación irrevocable.
domingo, 28 de febrero de 2010
Violencias

El periódico Diálogo, en su edición más reciente (enero-marzo de 2010), publica una documentada serie de artículos sobre el Corredor del Noreste, firmados por Dalila Rodríguez Saavedra. Hay que leerlos. Como debe saberse, el gobernador de Puerto Rico, mediante orden ejecutiva, le abrió la puerta a la destrucción del corredor para construir hoteles en serie, campos de golf sedientos y marinas recoletas. Este acto de violencia es una réplica (o acaso una "replicant") de la violencia imbécil que vive el país en sus esquinas, en sus puntos de drogas, en sus familias.
Cuando la violencia se enseña desde los lugares de autoridad, es difícil conjurarla. No se puede ser pueblo de paz haciendo la guerra en todos los frentes: a la naturaleza, al "enemigo", al vecino. Pero hay más. Aquí se reproduce la violencia cuando se les enseña a los niños que un yate vale más que un pájaro. El yate perecerá, y también el pájaro; pero sólo uno de ellos canta.
Para colmo, la destrucción ni siquiera genera ganancias útiles. Se enriquecen dos o tres imbéciles y el resto quedamos reducidos al desasosiego del nuevo imperativo histórico: such is life. Nos lo merecemos, sólo un animal imbécil destruye su guarida.
viernes, 5 de febrero de 2010
El discreto encanto de la burguesía

Anoche volvimos a ver El discreto encanto de la burguesía, casi cuarenta años después: pesadillas y banalidades, violencia y small talk. Me trajo el olor de la muerte. Los golpes militares en Chile y Argentina, los miles de desaparecidos, los mejores jóvenes asesinados. Comparo el volver a verla con el desandar por los caminos de la vida propia que en los campos de Puerto Rico emprendían los agonizantes.
Buñuel destiló esta obra maestra de la crítica venenosa en los tiempos de las dictaduras autóctonas inspiradas desde los centros de poder militar y cultural: los declinantes imperios europeos y el colosal imperio estadounidense. En escena y entredicho quedó el discreto cinismo de esos regímenes totalitarios que todavía, en total impunidad, cosechan sus frutos. Aquí, en Puerto Rico, con todo y “democracia” electoral, estamos resintiendo esas tempestades alimentadas por los vientos de la dependencia, el oportunismo y la cobardía; la "buena vida" despatarrada a la sombra del presupuesto del gobierno colonial.
"Nuestra" burguesía no conocerá la ciencia del buen gobierno, ni será espejo de inteligencia, cultura y moral, pero sí sabe de vinos caros y de relojes carísimos y de colecciones de arte y de joyas espectaculares. ¿Pasarán? Está por verse. Siempre es posible luchar por la libertad y envenenarles los sueños a los burgueses discretos.
martes, 2 de febrero de 2010
El Nuevo Día: de fotos y palabras impropias

Ana Lydia Vega publicó hoy una lúcida columna en El Nuevo Día sobre el "escándalo" de las fotos de los médicos puertorriqueños publicadas en facebook. Me gustó tanto que me "registré" (con dificultades y a regañadientes) en ENDI para comentarla. Me censuraron dos veces el comentario porque según la máquina censora de ENDI el mismo contiene "palabras impropias". Lo copio con la tenue esperanza de que no lo censure Google:
jueves, 7 de enero de 2010
Un libro de Graciela Aletta da Sylvas sobre Angélica Gorodischer

La aventura de escribir: la narrativa de Angélica Gorodischer
Buenos Aires: Ediciones Corregidor, 2009
Este libro es el primero de una sola autora que se dedica a la escritura de Angélica Gorodischer. Tras la publicación de más de una veintena de novelas y colecciones de relatos, está claro que Gorodischer es una de las figura mayores en el panorama de la narrativa hispanoamericana de entre siglos, y una de las mejores prosistas contemporáneas en lengua española, sin distinción de género. Graciela Aletta da Sylvas, profesora de la Universidad Nacional de Rosario, ejerce una crítica rigurosa, fundamentada en corrientes teóricas actuales -feminista, post-estructuralista, psicoanalítica, filosófica- sin ceñirse a fatigados moldes discursivos que no hubieran captado, como lo hace este libro, un acercamiento a la razón de ser de la vibrante escritura de Gorodischer, una escritura que, en opinión de Guillermo Saccomano, es a la vez espacio de goce y transgresión.
La aventura de escribir es un admirable ejercicio de síntesis a propósito de una escritora que la crítica llama “proteica”, pues no sólo es vasto el cuerpo de sus narraciones, sino que además se trata de una mujer de palabra y acción, promotora cultural, figura pública respetada, mujer de afectos familiares y amistades entrañables. Esa actividad prodigiosa y múltiple se transmite a todo lo que toca, y para María Rosa Lojo es uno de los motivos que ameritan la lectura del estudio de Aletta:
Entre los muchos méritos de este libro, cabe destacar por lo menos dos. Uno es haber logrado deslindar y asediar los problemas centrales y los hilos conductores de una obra vasta y variada, que transita la novela “de género” (policial, ciencia ficción) pero que no es encasillable en esos compartimientos… Su libro sienta un valioso precedente como obra de consulta para todas las futuras indagaciones sobre la inventora y exploradora de tantos mundos imaginarios que están dentro de éste. (13)
Aletta da Sylvas organiza el corpus de la escritura de Gorodischer en varios ejes temáticos, divididos, a su vez, en apartados: las circunstancias de una vida y el contexto de producción (antecedentes biográficos y situación de Gorodischer y su obra en el campo literario argentino); la presencia formativa de sus lecturas en los géneros de ciencia ficción, maravilloso y fantástico; las intersecciones entre la construcción de género, delito y escritura (mujer y trasgresión; mujeres que matan; identidades transgresoras; la ciudad escenario del delito); y la escritura como el oficio de leer y escribir. La representación de escenas de violencia desde las primeras publicaciones de Gorodischer apunta no sólo a la impronta de la barbarie en el particular contexto de la autora (los años de la dictadura militar) sino a la presunción de que el oficio de escribir es para una mujer siempre marginal, que se ejerce desde el “exilio” y que, al no enraizar en tierra firme, de algún modo se aboca siempre al ensayo, a la experimentación, a la transgresión y al juego. En una sección sobre los personajes de las mujeres que matan, se señala que, sin importar el móvil o el crimen, “todas abandonan el papel de víctimas… para asumir un protagonismo fuerte y decidido de autoras de delito. De esta manera el delito se convierte en figura fundante de la identidad”. (142) En este trabajo seminal, uno de los más sólidos del libro, la crítica acude a una rica bibliografía en las materias de filosofía del derecho y criminología crítica, para concluir ponderando una afirmación de Gorodischer: “La marca de género… es la exclusión del poder y de la palabra. Por eso no hay lugar cómodo para hablar/escribir de las mujeres”. (178)
El análisis de textos cierra con una exposición en torno a la obra que con Prodigios, debe ser una de las cumbres del arte de Gorodischer, la bellísima novela Tumba de jaguares:
Verdadera apoteosis de la escritura, de la que se exhibe toda una poética Tumba de jaguares constituye una variante más dentro de la extensa y compleja producción de Gorodischer, quien demuestra su placer en el uso del lenguaje y la elección de cada palabra: “… y las palabras sí que le entran por los ojos, y los oídos y los dedos y los dientes…”. (250)
Al filo del poder, donde se descubre la violencia como marca de la historia, la sutileza es una virtud, ese espíritu de fineza que delata tanto a la buena crítica como a la buena literatura de indagación y experimentación formal. Maestra de la ironía, dueña de una capacidad deslumbrante para la invención de mundos alternos y verosímiles, permanentemente inconforme con lo que ha hecho, octogenaria vigorosa y productiva más allá de las prisiones octogonales de la existencia, la autora y su obra cuentan ahora con algo más penetrante que un vademécum unitario, o repertorio de claves para su lectura, en este valioso libro. Eso sí; tan astuta es la narradora, y tal es su compromiso libertario con la ruptura de todo orden predecible, que ya estará fraguando obras soprendentes que provoquen nuevas lecturas, aunque difícilmente podrán superar en alcance y esmero estas de Graciela Aletta da Sylvas.
Primeros párrafos
Recuerdo cuando recibí el envío de mi sobrina. Leí su letra en una nota breve: quizás me interesaría conservar aquellas cartas. No pensé en ...
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El primer escritor que recuerdo haber visto, René Marqués, era guapo, prepotente, intimidante. ¡Qué manera de hablar como quien pisa fuerte!...
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Los premios literarios tienen detractores. En muchos casos con razones bien fundadas. Sin embargo son importantes donde no hay otros medios ...
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En la primera época del Canal 6, entre la una y las cuatro de la tarde, transmitían películas hollywoodenses de los años cuarenta. Jack Dela...