miércoles, 1 de septiembre de 2010


El fantasma se despide bajo la luna llena de Bessie Smith y en compañía del novelista Rey Andújar, de Isabel García López, y de José Enrique Rodríguez.



TODO AQUEL JAZZ


Por Rey Andújar


"¿Dónde está el conflicto? ¿Dónde la violencia, el mal en dosis puras,
el bien en estado latente?"
Marta Aponte Alsina


El lector agradece que los escritores de preferencia tomen riesgos y Marta Aponte Alsina no decepciona. Quien siga la trayectoria de esta escritora podrá confirmar que desde la publicación de Angélica furiosa, su primera novela, Aponte Alsina ha establecido una forma de contar que se pule cada vez. Su novela El cuarto rey mago fue finalista del Premio de novela Sor Juana Inés de la Cruz y Sexto sueño fue galardonada por el Pen Club de PR como la mejor novela del 2008. Su séptima y más reciente novela, El fantasma de las cosas, es como mismo declara el texto en sus primeras páginas, “una trampa de cuentos realengos que vagan.” Los dos epígrafes que inauguran la narración [Pizarnik, Lorca] plantean el estado lírico y por ende contradictorio del discurso. Las formulaciones básicas sobre la estructura narrativa proponen un orden conflictivo armado desde un hilo conductor [el jazz] que define la trama y ocasionalmente revela las huellas que asisten al lector.

Esta historia arranca en Puerto Vallarta, “Hay una plaza. Hay una barbería.” También hay un hombre, un niño, y una mujer desnuda; una suerte de bestiario que incluye insectos, reptiles y aves. El principio se adentra en la simbología que constituye el relato: lo arriesgado es escribir retazos de profundo sentido melódico. El ritmo del narrar es lo que ordena la novela. El Decálogo más uno del uruguayo Juan Carlos Onetti invita a “robar si es necesario.” Es por esto que Silvinia, la “narradora inédita”, la casi tocaya de la Ocampo, se aprovecha del derredor y más allá para contar; todo le sirve, “Los sueños, los trapos, los muebles rotos.” También se hace de lecturas y tramas ya conocidas que adquieren otras tonalidades y colores a partir de la reinterpretación.

Expuesto lo anterior, no es atrevido relacionar las maneras de decir de este texto a la exégesis que da fundamento al jazz. Algo destacable en la escritura de El fantasma es que aunque haga alusión a este género musical y sus exponentes, no es una novela sobre jazz porque hable de música o se cite por ejemplo, a Duke Ellington. El fantasma es jazz porque está escrita con el ritmo y la pulsión que caracteriza este estilo. Si bien Thelonious Monk es Round About Midnight, hay que destacar que la reinterpretación de este clásico sustentó la genialidad de Miles Davis, de Charles Mingus; y ejemplos idénticos sobran: ahí está My Favorite Things versión Coltrane como fe y testimonio. Por esto, las recurrencias que hace Aponte Alsina durante la narración, los lugares comunes que revisita y los replanteamientos del espacio toman brillo y sentido gracias a la manera de contar las mismas historias.

Esta es una novela de retratos hablados del recuerdo y melodías estiradas. Se aleja de contar como o desde lo puertorriqueño y se dedica a reconstruir lo desconocido: el Caribe boricua y mexicano desde la resequedad del indigenismo australiano, la Argentina delirante del lenguaje metafísico y la locura del bee-bop nuyorkino. Durante la lectura me vi acercado a los planteamientos cinematográficos de Godard, lo cual no es para nada coincidente si se toma en cuenta que el cineasta francés colaboró con Miles Davis.

Una novela corta y universal, en donde los países aparecen como elemento vivo porque se escribe desde ellos pero también a través de las lecturas de los personajes, que por ejemplo se acercan a la genialidad de la triada conformada por Borges, Ocampo y Bioy Casares, lo cual afirma que la intención alusiva a los espejos, las repeticiones y la cópula no son una casualidad en este texto. Si para la escuela argentina la literatura es un juego terrible, para Dugald, uno de los pintorescos personajes de El fantasma, el juguete es el “triste modelo de lo imposible.”

Otra de las características del jazz que se aplican en esta novela son las maneras de asediar el medio. Es oportuno regresar a Miles: en una entrevista, el compositor Gil Evans explica que uno de los rasgos de la elocuencia del trompetista radica en cómo éste modificó el sonido natural del instrumento. No es la primera vez que el género novela es trastornado, los buenos ejemplos abundan, he ahí Rayuela de Cortázar o un modesto e impactante intento por parte del mexicano Álvaro Enrigue con Vidas perpendiculares, pero lo que como lector celebro al recorrer las páginas de El fantasma de las cosas es la comprobación de que escribir es atreverse al juego de las exuberancias infinitas y posibles y de que aunque todo sobre la tierra, por encima del cielo y en el fondo de las islas está ya contado, el secreto del gusto está en el saber decir de nuevo y (re)crear con las mismas partituras los discretos azares del amor después.


Comentario sobre El fantasma de las cosas
Por Isabel García López

Estamos ante una novela que apela a nuestra imaginación y que insta al lector a emprender un viaje en el seno de un mundo de tramas paralelas en que múltiples imágenes resuenan en la conciencia. Se medita sobre la propia construcción de un texto, la búsqueda de una nota, de la perfección, la búsqueda también por parte de una escritora y de un director de cine de un final que siempre está a la vuelta de la esquina pero se escapa. Un juego intertextual aflora en el texto, que dialoga con las voces de escritores y músicos precedentes, red de referencias y coro de voces que ponen de relieve el hecho que la escritura siempre responde a otros textos, los absorbe y transforma. Como en un palimpsesto el lector desentierra los vestigios de esos textos otros que ausentes están inscritos ahí. El mismo título es un palimpsesto alusivo a El Fantasma de la opera.

Veremos desde el epígrafe el dialogo que entabla la novela con los versos lorquianos “la luna vino a la fragua con su polisón de nardos”. Dicha imagen se transmutará en una escenificación del nacimiento de la luna como un parto en una isla soñada: el final catártico de la película de uno de los protagonistas. En ocasiones la escritura recrea un mundo onírico poblado de imágenes que resuenan a lo largo de las tramas entretejidas. El polisón lorquiano de la luna deviene no sin humor un polisón de grasa en el fondo de una olla por fregar, y un polisón de arena y barro en que se enfanga la luna recién nacida. Belleza, poesía, humor y reflexión profunda conspiran en un texto deleitoso para la lectura de quien esté dispuesto a sacrificar unas cuantas horas de sueño.


Comentario de José Enrique Rodríguez

El fantasma de las cosas me parece un texto extraordinario en la medida en que plantea una importante e intensa reflexión acerca del proceso de escritura y la creación artística en general. Aquí, a través de los personajes de Silvinia y de Dugald (personajes atormentados por la “misteriosa resistencia del material” del lenguaje, que al final sucumben ante el designio sobrecogedor de su vocación poética) te planteas ––no sin cierta franqueza–– algunos de los issues fundamentales que enfrenta todo creador. Preguntas como por ejemplo: ¿cómo discernir si la expresión está lo suficiente madura como para sacarla a la luz?; o ¿cómo saber que ésta no ha sido demasiado trabajada y que por ende ha perdido su fuerza expresiva?; o bien, ¿cómo distinguir en qué momento colocar el punto final?

Me parece que aquí la narración comulga con la lógica caótica del azar. Ésta se deja arrastrar por el ritmo vertiginoso de la improvisación jazzística, incluso hasta el delirio. La expresión literaria se vuelve más instintiva y dúctil que en otras de tus novelas anteriores. Cada historia sirve de pretexto para innumerables historias que se entrecruzan hasta formar una especie de laberinto intertextual que da fe de que “La tierra es una red de líneas invisibles” y “Todos los narradores del planeta están atados a esas líneas”.

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