viernes, 28 de abril de 2017

Esther Williams





Con la facilidad de lo inevitable le pedí una entrevista cuando coincidimos en una manifestación contra la planta carbonera AES en Jobos. José, que sabía de Aguirre porque allí nació, me regaló un adelanto. La hija de Eugene F. Rice, uno de los últimos administradores americanos de la central, había publicado un libro de memorias. A él le queda el recuerdo de haberlo visto.
Una mañana de enero llegamos antes que José Claudio a la plaza del poblado. Salía del correo un viejo moreno, delgado, apoyado en un bastón, con pantalones cortos que dejaban al descubierto unas piernas de hombre joven. Le dije que habíamos quedado en reunirnos con José para hacer un recorrido de Aguirre y, sin que viniera al caso, nos informó su edad, la credencial de una permanencia en el tiempo: 79 años, a punto de cumplir 80. Recuerdo su apellido, Alméztica, y que siguió hablando de los lugares menos conocidos del barrio y de la playa que queda detrás del campo de golf. Vengan, nos invitó, y nos fuimos como niños detrás del flautista.  Rompí el hechizo y me excusé. Alguien tenía que quedarse en la plaza esperando a Claudio. Paco se fue con Alméztica, yo me eslembé tomando fotos de casas desiertas, silenciosas ruinas ahogadas de enredaderas, picadas por las ramas de los árboles. En Aguirre, me dijo Claudio luego, hay almácigos que ya eran viejos cuando yo era niño. Nos prohibían jugar en el campo de golf, pero qué es la vida del niño sin aventurarse más allá de las prohibiciones. Sobre todo en un espacio, pienso, donde la luz proyecta sombras. No quiero imaginarme una tormenta en Aguirre, con el agua golpeando los techos de cinc y el viento castigando ventanas.
José llegó conduciendo una guagua grande, color vino, brillante, con la dureza de un vehículo militar. Tan pronto nos sentamos en un banco de la plaza empezó a contar la historia de sus antepasados paternos y maternos.  En Aguirre, en 1919, nació la madre de José. La casa del abuelo materno está en una de las esquinas que da frente a la plaza. Es una de las mejores casas del sector boricua de Aguirre, donde residían los trabajadores diestros y los oficinistas. El abuelo Seda era herrero de oficio, un trabajo manual de precisión. Producía tornillos y otras piezas de remplazo para las maquinarias del ingenio.  Antes de ser herrero construía carretas. Fraguaba sobre carbones encendidos como los cigarros que  fumaba.
En el company town -segregación y orden de ingeniería- el orden estamental partía de los ejecutivos e ingenieros blancos, descendía a los profesionales puertorriqueños, médicos e ingenieros y luego a los capataces y obreros diestros. Estos últimos tenían derecho a la ocupación transitoria de viviendas de las cuales eran evacuados forzosamente cada cierto tiempo para que las casas, esas casitas primorosas a dos aguas, fueran limpiadas con mangueras a presión y sus fachadas pintadas. 
Alméztica nos había mencionado a un americano malísimo, Mr. Gordon, que  apedreaba a los muchachos insolentes que se metían en la zona de los americanos. No poca de la resistencia en las zonas más visiblemente intervenidas de Puerto Rico la hicieron los niños. Paco me cuenta de cómo perseguían a los soldados borrachos cuando salían de la base Ramey, en Aguadilla. Los soldaditos y los muchachitos eran de la misma clase, casi de la misma edad.  
Silencio y viento es la historia de los pueblos, así desaparecieron los americanos de Aguirre y de ellos no quedan más huellas que las estructuras inertes y los recuerdos de la generación que los conoció. Sin movernos de la plaza, Claudio señala el edificio en ruinas donde estuvo  el cine segregado, cerca de la barbería y el viejo telégrafo. En el paraíso, o gallinero, a diferencia de otros espacios semejantes, se acomodaban los hijos de los americanos y de los puertorriqueños profesionales. Los boletos de entrada al paraíso eran más caros. La taquillera se llamaba doña Merín. Aquí queda la memoria de su nombre en reconocimiento de las veces que se habrá hecho la ciega para que se le colara algún titerito
Un día impreciso llegó Mr. Peter Pond. En mi libreta de apuntes leo el nombre  y me doy cuenta de algo que no había visto cuando lo anoté. El nombre evoca a Peter Pan, el joven que se negaba a madurar. La misión del Peter de Aguirre, enderezar a los muchachos ariscos, no iba por ahí. Pond fundó la YMCA y organizó brigadas juveniles de trabajadores comprometidos, jóvenes útiles. Bajo su régimen de despotismo ilustrado se construyó el piso de la cancha de baloncesto. 

La temeridad y el deseo de los niños varones excluidos del sector americano y del hotel prohibido donde se bañaban las mujeres, las hijas, las madres, las visitantes en el redundante hueco de una piscina situada a unos pasos del mar, encontraron el punto de vista perfecto para observar  las carnes blancas en la ceremonia del bronceado, cuando se bajaban los tirantes de sus trusas de una pieza marca Esther Williams. Cuando los descubrían, los guardianes de la honra de las damas llamaban a los guardias de la central y los guardias a los padres castigadores. Mr. Pond, no obstante, renovó en Aguirre, el discurso benevolente que a fines del siglo 19 había implantado la filantropía de Alice Bacon. Por mediación suya se llegó a un acuerdo. A los niños nativos se les permitió el uso de la piscina un día de la semana. Nadaban y ejercitaban el cuerpo hasta el cansancio, para ahuyentar tentaciones. En la misma noche del día acordado, dice José, se limpiaba la piscina con clórox, para que al día siguiente pudieran sumergirse en ella los cuerpos blancos, sin peligro de contagiarse con un tono más oscuro que el rubor de las langostas hervidas


(Pasaje de un capítulo más extenso dedicado al dirigente ambientalista José Claudio Seda).

miércoles, 19 de abril de 2017

De árboles y violencia: Arboretum





para las estudiantes y los estudiantes que protestan 


Estos tiempos invitan a pensar la literatura, de nuevo. Vivimos en espacios subordinados a la violencia, más poderosa en sus armas, más estética en sus puestas en escena que el peso de lo inmediato. Se cierra la distancia entre “fake-news” y la presentación, sensacionalista, espectacular, manipulada, de los noticieros. Se insinúa que la verdad no importa,  que hemos cruzado el umbral entre el nihilismo y la época de la “pos verdad”. Puesto que la literatura ya no ocupa un espacio notable en el escenario de las ficciones, y sus espacios tradicionales se abren y difuminan sin pena ni gloria, vale preguntarse qué se nombra todavía con la palabra literatura.

Los dos relatos de Arboretum, el segundo libro de Jotacé López se relacionan con el tema inevitablemente, porque se publicaron y se dejan leer en un momento aplastante. Han caído los dados y los poderes no tienen que molestarse en presentar un frente seductor para imponer durezas. En Puerto Rico colapsaron las apariencias de legitimidad del régimen colonial. El vacío se palia con ofertas baratas de paraísos artificiales para contrarrestar la precariedad, el expolio, las desigualdades, el feminicidio, los secuestros, las tratas de órganos, los narcotráficos. Los alardes del poder desnudo, sin ambages, son parte de nuestra dieta cotidiana, servida en dosis incrementales, con táctica de bombardeo, esa que estipula la doctrina de shock and awe descrita por Naomi Klein. El terror no incita a la respuesta, sino al apocamiento.  



Arboretum  (Instituto de Cultura Puertorriqueña, 2016) se suma al género de la ciencia ficción especulativa. Además se relaciona con la tradición violenta de la novela gráfica. Cuenta el  autor que las novelas gráficas son claves en la representación visual de su mundo del futuro: las de DMZ y The Massive, de Brian Wood, entre otras. Los dos relatos se sitúan en un futuro cuyas imágenes nos rodean con el peso dominante de lo imaginario y transcurren en territorios insulares sometidos a dos economías: la plantación y el turismo. Esos dos modos de producción también fueron la base económica de Puerto Rico hasta mediados del siglo 20. Asimismo, el espacio de la isla concebido como laboratorio o terreno experimental, que no puede desligarse de la explotación de sus recursos y habitantes como seres abyectos, colonizados, se vincula con el relato de la historia. Las zonas boscosas y los llanos agrícolas de un Puerto Rico histórico han sido y siguen siendo campos experimentales. Basta mencionar las expediciones botánicas de los siglos 18 y 19, la constitución de los bosques reales y de un jardín botánico en el siglo 19, el bombardeo de los bosques de El Yunque con napalm durante la guerra contra Vietnam y, de unos años a esta parte, los terrenos experimentales cedidos por el gobierno a las semilleras de Monsanto.

Los dos relatos de Arboretum tienen nombres de especies vegetales. En el primero, “Coffea arabica”, accedemos a la plantación en la cordillera de una compañía que controla dos terceras partes de la producción de café en el mundo. Los recolectores del grano, vigilados por gendarmes armados, trabajan sin descanso, como espejismos de seres parientes de los zombis conforme a la percepción más difundida de los secretos cultos haitianos. La voz de un narrador anónimo va desvelando su propia transformación en un ser híbrido que se desnaturaliza, desprendiéndose a la par de sus afectos: un novio, la comida “nativa” que nunca le gustó, pero que relaciona con los recuerdos familiares y el trauma de un infantilismo crónico. Ingresa a una academia de policía con la ilusión de poder manejar un NX-65, vehículo robotizado de dos patas y ocho metros de alto, equipado con radares, rifles de alto impacto, visión nocturna y otros dispositivos.

En el segundo relato,  “Plantae_Unknown_Mahal”,  los errores y la violencia bruta de las partes borran distinciones entre los adversarios. En una isla que podría ser la misma del primer relato el bombardeo, por un grupo ambientalista llamado Horizon Green, de una represa construida por una compañía china provoca una inundación catastrófica, que además dispersa un virus relacionado con la planta fantástica que da nombre al relato. La planta es el arma increíble de antiguas hechicerías chinas.



El estereotipo  del chino siniestro oculta, quizás, uno de los grandes frentes en conflicto en el seno del capitalismo global, que se alimenta virulentamente de sentidos corruptos de la nacionalidad y los nacionalismos. Para las lectoras y lectores familiarizados con la literatura puertorriqueña, la filiación china de falsas pistas culturalistas remite a la novela Flor de ciruelo y el viento (Editorial Folium, 2011), de Rafael Acevedo. El relato de una emperatriz que se nutre, como la condesa sangrienta, de los despojos de una planta carnívora es, en efecto, una fábula que evoca, también, y sobre todo, a Jorge Luis Borges, quien aprovechó los tópicos fumanchescos y funambulescos de una China de “pulp-fiction”.  La flor es un objeto mágico tan poderoso que altera el espejo simbólico de la hembra. Los sentidos de la mujer al cuidado de la tierra y sus recursos en rol de activista de Horizon Green se invierten en una transformación perversa.

De prosa precisa, ágil, con la atractiva flexibilidad de un cuerpo atlético, pero detallista y evocadora de los puntos de mira de los personajes, así como puntual en la creación de atmósferas y la trepidante descripción de escenas de violencia, estos relatos están muy bien escritos. Más allá de la calidad estilística exponen la circunstancia de nuestro tiempo: la guerra sin diferencias éticas definidas entre las partes adversarias.  Todos somos destructores.

Sin embargo, leo una mínima y mutable esfera donde se expresa un resquicio altruista. Se trata de un valor que atraviesa el arte de la violencia del pasado medio siglo desde The Godfather, hasta Mad Max: la lealtad a “la familia”. Disueltos los lazos del reñido contrato social entre clases dominantes y  ciudadanos comunes, las fidelidades se limitan a un núcleo reducido de lealtades. No siempre se es familia por lazos de sangre. En el ordenamiento de una nueva edad de las tinieblas, la familia, ganga, comuna o iglesia, es un clan auto erótico de fieles obedientes. 

Es posible leer un remoto antecedente en el truculento teatro isabelino, particularmente Shakespeare, con sus personajes despreciables y grandiosos, como ha visto Jorge Carrión (Teleshakespeare, errata naturae, 2011). La devoción al clan está anclada en el terror, no puede desligarse del miedo y de la impotencia ante el desastre. Veo en esa fragilidad el sutil antagonismo dinámico de los relatos de Arboretum. En el deseo de la protección del clan como sola respuesta –desenfocada, mínima, patética- ante un mundo de violencia, leo la propuesta del libro en tanto literatura. Leo, además, representaciones que remiten al mal sin paliativos que se ajusta a un descripción que Terry Eagleton propone en On Evil: “Some of the main features of evil are assembled here: its uncanniness, its appalling unreality, its surprisingly superficial nature, its assault on meaning, the fact that it lacks some vital dimension, the way it is trapped in the mind-numbing monotony of eternal recurrence… On the one hand it is a kind of insidious deficiency of being; on the other hand, it is just the opposite – a monstruous spawning of meaningless matter”.

De lazos sociales comunitarios solo queda en las islas de Arboretum la inclinación a convertir el rito funerario en fiesta. Esas ceremonias son desmembramientos de la escena representada en El velorio de Oller. Los ritos funerarios provocan la repulsión del mercenario extranjero que los consiente en tolerancia de borrachera, el mismo soldado a sueldo que se alza con el horrendo talismán de los chinos. Por lo demás, ese gendarme es un instrumento de fuerzas impersonales, como si fuera cierto que el mercado todo lo resuelve y disuelve en curvas de oferta y demanda. El mal es justamente la neutralidad que comunica la imagen de una persona mediocre informándose sobre alzas y caídas de acciones en el Wall Street Journal.

El mercenario comparte el ojo crítico de aquel don Manuel  Zeno y Gandía que veía en los pálidos de los montes a un pueblo irredimible. Jotacé López incluye La charca en la lista de fuentes de estos relatos, y encuentra en la lectura del clásico uno de los tonos que se propuso escribir: el choque escenificado en el ambiente rural entre lo científico médico y lo natural, no artificial. Pesan sobre la masa anémica el determinismo, las taras del servilismo.

También puede llevarse a la mesa (de disecciones), a propósito del cafetal como escenario de tramas literarias, el único libro de Antonio Oliver Frau, Cuentos y leyendas del cafetal (“heroicamente impreso en Yauco en 1938”, según Emilio Colón). En ese libro hay un relato, “Noche de brujas”, de sesgo naturalista con un toque de humor que jamás visitó las páginas de Zeno Gandía. La protagonista de ese relato maneja los miedos y las supersticiones de sus parientes y vecinos para ocultar encuentros amorosos. En contraste,  las protagonistas del segundo relato de Arboretum no tienen “agencia”, caen en una madeja de males desenfrenados, “un monstruoso desove de materia sin sentido”.

En tanto literatura de la post crisis y la precariedad, los cuentos de Arboretum se vinculan con una línea de ciencia ficción como escritura del desastre, compartida por Caja de fractales (Ediciones Entropía, 2017) de Luis Othoniel Rosa. Como retrato frontal de la tragedia de la violencia y la explotación se relaciona con varios libros notables: El Killer, de Josué Montijo (Ediciones Callejón, 2007), La belleza bruta, de Francisco Font Acevedo (Editorial Tal Cual, 2008) y, más recientes, Seis sucesos siniestros, de Juan Berríos (Editorial Tiempo Nuevo, 2016)  y De fronteras, de la salvadoreña Claudia Hernández, que acaba de publicar en Puerto Rico la editorial Trabalis. 


domingo, 16 de abril de 2017

fractales



para el profesor O


Confieso mi limitación para entender la coincidencia de la geometría fractal y la teoría del caos hacia los mismos años, en las postrimerías del siglo 20, pero eso nada importa. Si algo me impresiona de lo poco que entiendo de la geometría fractal es su proximidad a una antigua explicación del universo como series de correspondencias infinitas de materiales análogos, una continuidad vertiginosa, es decir, de alguna manera caótica.

Lo que sí entiendo, o percibo, es que el desplome del estado artificial que fue la sociedad puertorriqueña –colonia perfumada, consumo desenfrenado, mediocridad exaltada- coincide de un año a esta parte con una vigorosa producción literaria. Mencionaré solo cuatro ejemplos, aunque hay más: los libros de relatos Arboretum,  de Jotacé Lopez, y Comida de peces, de Manuel Núñez Negrón, y  las novelas de Francisco Font Acevedo (La troupe samsonite) y de Luis Othoniel Rosa (Caja de fractales).

Comparto unas impresiones inmediatas de Caja de fractales (Editorial Entropía, Buenos Aires, 2017). De pocas páginas, con la densidad de ciertas partículas pequeñas, la novela de Rosa tiene una trama perfectamente articulada en correspondencias formales que componen la unidad de un relato ambicioso, cuyo esquema temporal se extiende de 2017 -el año de su publicación- a 2701, un año imposible. También contiene el segundo ingrediente de las novelas contemporáneas que me parecen más interesantes y características. Si nuestra vida cotidiana anda tan llena de informaciones que habría que resucitar al argos de mil ojos para poder captarlas, la ficción, o una manera de la ficción, es la que se atreve a juntar, sin confundirlas tramas innumerables. Pienso en la novela y la poesía de Vicente Luis Mora,  pienso en las riquísimas novelas de David Foster Wallace. La nouvelle de Rosa, se instala en ese campo de ambiciones.

Esa novela total, tan moderna y contemporánea, remite, curiosamente, a los poemas épicos arcaicos, a las cosmogonías que explicaban el principio y el fin del universo. En Caja de fractales la imagen del título no es ociosa. Un fractal, "es un objeto geométrico cuya estructura básica, o aparentemente irregular, se repite a diferentes escalas".  El prólogo de la novela contiene una frase de Ovidio, autor de Las metamorfosis, poema que expresa la borrosa, acaso inexistente, frontera entre niveles y apariciones de la materia; así como el principio fractal de la repetición dentro de un solo objeto de figuras idénticas en diferentes escalas. Un ejemplo es la imagen de un brécol, cortesía de Wikipedia:




En Caja de fractales, los tiempos se conectan a través de pasadizos minuciosamente descritos. En tal espacio narrativo los personajes de Lewis Carroll viajan en estado de permanente arrebato. Los narcóticos, el éxtasis, la muerte feliz y el Coronel Carlos golpean como cautivos los lados de la caja estrecha, cuyo contenido, cuando el recipiente se abre, se estira, se desdobla, crece. Hay un antimundo de anti mundos llamado la catedral, cuyos sacerdotes son seres con apariencia de pitufos, que así como el gato que se sabe hermoso, evocan relatos infantiles y cuentos populares. También anda suelta la violencia, el estado de sitio a porciones enormes de la humanidad, migrantes, desplazados, la guerra que también es una constante en las tramas elementales. La vida es una pesadilla, para estos personajes pluri genéricos que son, todos y cada unx de ellas, elles, illis, ollos, ullus, y xllxs, seres arrebatados de impotencia y de ternura.  

Leí en esta novela que la ciencia ficción y la ciencia poesía pueden ser variables del realismo; que la fábrica cosmológica impenetrable no es ajena a la pobre existencia de los humanos, de las humanas, de los dieciséis  géneros hasta ahora contabilizados que no cuentan  nada más que con cinco vocales para expresar su diferencia en español. Somos depósitos genéticos. ¿Es que hay condición más digna que la de ser un depósito genético, indisolublemente conectado con todas las humanidades y todas las especies? También leo que la extinción de los recursos del planeta y el crecimiento demográfico de nuestra especie convoca oscuras y letales políticas neo maltusianas que no murieron en Auschwitz, y que las democracias y las tiranías se hermanan en esa doctrina de la supervivencia del más apto, es decir, en la crueldad y el abuso del poder de exterminar pueblos. (Leí algunas escenas fugaces de sociedades autárquicas, que habría que releer en contrapunto con otro libro del autor, Comienzo para una estética anarquista: Borges con Macedonio, Chile, Cuarto Propio, 2016). Leí un capítulo más hermoso que el gato. Es la descripción de un libro que todos escribimos, más borgianamente vasto e inaprehensible que la novela a varias manos de los italianos del colectivo Wu Ming. Corroboré que las novelas pueden leerse como se tocan, se huelen, se escuchan,  los objetos materiales pluridimensionales, y que un poema largo puede asumir la forma de una novela breve.

Hace unos años se decretaba la muerte de la literatura puertorriqueña. Pues yo la veo más viva que  nunca, porque no obstante la escala de sus espacios, entre meditaciones cosmológicas bajo los efectos de, y un moridero en Bolivia hasta la morada secreta de los pitufos en los acantilados de una isla que podría ser la de Dugald, la de Morel, la de Wells, el loco y arrebatado “ground” de Puerto Rico es uno de los lugares donde pudo haber prendido la idea de una catedral invisible.

Hay más, siempre hay más.


viernes, 14 de abril de 2017

Henry James en Aguirre





para Nelson Rivera

La bahía de Aguirre tiene nombre: Jobos. It´s the name of a fruit, a local fruit, dice Alice, pasándole  una bandeja con panecillos y un frasquito de mermelada de jobos, sabor penetrante, aromático, entre agridulce y salado, engañoso, porque cerca del mar todo se impregna de salitre. No le disgusta el sabor, ni el de la otra mermelada hecha con miel de los alrededores, pero no prueba más que una cucharadita de cada una. Henry le teme a todo lo que no provenga de un frasco enviado desde Londres. No quiere morirse lejos de su casa, de sus perros, de sus libros, de la maledicencia de sus vecinos, de las cañerías ruinosas y los títulos nobiliarios rancios.
Le cansa la ingenuidad sosa de Alice, pero a su favor tiene el ser hija de una madre de ascendencia pintoresca, Louisa Crowninshield, nieta de viejos normandos con algún asesino interesante entre los antepasados. En Sturgis, el marido, se repite la aburrida rudeza de los hombres atléticos de Harvard, aunque no hay manera de negarle el don de una candorosa simpatía. Debe ser la sonrisa, la pureza de reír chistes que a un niño inteligente no le harían gracia. Cierta ingenuidad inmarcesible distinguía a la pareja atrapada en la suerte que el destino de los suyos les había impuesto. No hacía falta tener talento –aunque sin duda Sturgis no era tan torpe ni carecía de buenas intenciones ni de la particular sensibilidad de las tendencias de moda, esas que en una temporada se diluyen y dejan de merecer grandes empeños, como el de civilizar a una isla primorosa llena de basura. Y el calor, imposible escribir aquí. Anotaría de memoria sus impresiones en el vapor de regreso a Londres. 
Aguirre, ingeniería de lámpara maravillosa, piensa Henry, a manera de apunte mental que luego complicará, porque le disgustan las frases evidentes que podrían salir de la pluma de cualquier propagandista imperialista y triunfalista de la revista Forum. Quizás una alfombra maravillosa, dice riéndose de pronto, sorprendiendo a Alice con la baba que se le sale  por la comisura de los labios. El traslado de una casa de plantación fabricada con maderas bostonianas, conforme a un antiguo plano topográfico de Aguirre que, según Alice, dibujó un militar español, y luego se reprodujo en Boston y allí lo vio Henry DeFord, quien lo mostró a unos azucareros cubanos con oficinas en Nueva York. El mundo se achica y no sé si conviene, dice en voz alta Henry James.
Hubiera disfrutado las horas perdidas viendo el mar, franja de plata inmóvil, a no ser por la aprensión de los días escalofriantemente incómodos que le esperaban en el camarote del carguero. William Sturgis pareció adelantarse a sus prevenciones, no se preocupe, el capitán es de primera y hemos reservado una habitación para usted en la torre, la que llamamos suite real, donde viajamos nosotros y las familias. De todos modos siempre podemos enviarle en un velero hasta San Juan y de ahí en vapor a Nueva York, dijo Alice. Y en Nueva York lo menos posible, querida, dijo Henry, que de solo pensar en esos panoramas rectos y longitudinales, como trazados por el hacha de un verdugo, me deprimo. Bueno, en Nueva York hay infinidad de tiendas. Aquí no hay nada, salvo esta casa y el mar, dice Alice.
La butaca de mimbre, el abanico que Alice ha puesto en sus manos, de plumas de pavo real. Es un abanico escandaloso, pero eficaz, comenta Alice. Henry los observa con plácida mirada de águila vieja, abuela de aguiluchos temibles. Quisiera que se callaran porque después de la primera impresión arrebatadora de pareja deslumbrante de salud, provocan un aburrimiento de esos que tienen que ver con los lugares donde se manifiestan y que si se prolongan le producen ataques de ansiedad. A él le interesa, ahora, el entorno.


Esa tarde lo llevaron en coche hasta la gran fábrica de la central, misericordiosamente cerrada por ser domingo. Se imagina el estruendo, le han hablado de la nieve negra del bagazo quemado. Prefiere ver los árboles, anotar sus nombres. No son muchos, pero hay planes de sembrar mangos, de hacer un huerto de mangos y de jobos y experimentar con las azúcares y los postres de las frutas. Alice tiene las recetas. Le fascina el árbol de goma, el viejo laurel de la India que ha visto en el recorrido. Gracias al machacón celo de los imperialistas puedo decir que he viajado a la India sin dejar de pisar territorio estadounidense, apunte mental. Y piensa que toda su crónica sobre Aguirre versará sobre ese árbol que los americanos no plantaron, pero que han decidido respetar, because we would not want to spoil beauty in the pursuit of happiness, dice Dumaresq con un guiño. Francis Dumaresq ha muerto, pero su retrato, el que Alice colocó sobre una de las mesitas blancas de la veranda, es más elocuente que el hombre cuando vivía. Henry conoció a Francis Dumaresq cuando era un joven de cara larga, afilada, que hacía su grand tour europeo. Apunte mental: “As an old man he looks disabled and deeply immersed in a becoming sadness, perhaps wrapped as close as a man´s hunchback is to his being, to the dignity of his bearing”. Si alguna familia de hombres pasablemente guapos prevaleció sin riquezas a la sombra de los bostonianos de pelos pajosos esa había sido la familia de los Dumaresq. Francis, cansado, se tomaría una tregua de Puerto Rico, viajaría a Boston, pasaría allí un invierno esperando sanar de una dolencia, en el invierno bostoniano moriría.


Este es el mundo del porvenir, pensó Henry James. I shall have no part in it. Escribiría su crónica sin desviarse del laurel. Escribiría sobre la particular brillantez de la pintura blanca y las molduras de la casa, más frágil aún que las gráciles mansiones del sur. El mar plácido, incompleto sin un ángel caminando sobre sus aguas de lago bíblico. De noche, cuando la temperatura bajaba, y a la luz de las lámparas de gas, los mosquitos golpeaban las telas, y se tomaban un buen jerez español en las sillas de mimbre, y Alice abría la tapa de un piano milagroso –pianos en Puerto Rico, pero hay pianos en el paraíso virgen, pregunta Henry. Este lo sacó William de un burdel en Ponce, le susurra la imagen de Dumaresq, con la suciedad de su sangre de corsarios de la isla de Jersey.
Y los habanos. Intoxicado con el jerez y los habanos y la prosperidad que a él le ha faltado en ocasiones, además de la belleza del mozo negro, un hombre mayor que va y viene por la sala como un gato, y que aprendió a servir con los guantes limpios, todavía un poco intimidante, pero solo un poco, para marcar la diferencia entre los negros caribeños y los ex esclavos del sur, esas cicatrices en las mejillas, y,  por qué no, la languidez de Alice, su piel joven, el bozo perlado por unas gotitas de sudor. Lo más alarmante, la pérdida de postura, cómo deja caer los hombros y sube las piernas a la butaca y pronuncia insistentemente las palabras it´s hot, con un seseo de víbora. Mira a la joven mirar al marido, que juega al póker con Henry DeFord y da puños en la mesa, a punto de acusar al socio de esconder cartas en la manga, mientras el negro viejo y aun hermoso, el de las mejillas cicatrizadas, le mantiene lleno el trago de ron oro, producto de los cañaverales de Aguirre, primera cosecha, según le explicara DeFord, que contempla sus dominios con las manos metidas en el bolsillo del pantalón blanco. De Luce no tienen noticias desde que se instaló en Washington para  gestionar indulgencias políticas. Henry James piensa que los bostonianos están perdidos. No obstante la grieta leve en el edificio de falsa nobleza que siempre le pareció una pacotilla, a él no le dan el corazón y el estómago para ver la caída. No se quedará mucho tiempo en esta casa que parece más un fuerte asediado por los mosquitos que una mansión señorial.


Cuando llegue a Londres abrirá sus baúles después de revisar su correspondencia. Encontrará una segunda carta de la revista Harper´s, un recordatorio del placer que les daría tener una crónica de Henry James sobre Porto Rico, our new possession. Abrirá el baúl, olfateará la piel del negro que empacó sus ropas con delicadeza, escarbará en los bolsillos, desmontará los puños de sus bastones.  Buscará página a página en el cuaderno de su viaje algún pasaje sobre Aguirre. No encontrará los apuntes que, según recuerda, había escrito atropelladamente abordo ya del vapor Coamo. Intenta recordar el vacío.
Su crónica se centraba en una escena de lunes en plantación. Transcurría al día siguiente de la noche de los cocteles. Dominaba la imagen del cuarto de máquinas de la central, con sus ruedas monumentales, ruidosas, que el año anterior habrían consumido junto con la caña el brazo de un peón. Recuerda la descuidada vestimenta de Crehore, un joven de la clase de William en Harvard, que jugaba a capataz golpeándose una mano con un foete. Recuerda que estuvo a punto de morir de sofoco y de asco cuando el ruido le impidió comunicarle al joven, que olía peor que su montura, que se sentía mal. Recuerda ver a un capataz nativo azotar a un buey y a los peones doblados como hormigas en el cañaveral bajo el imperio de lugarteniente de Crehore. Tanta crudeza, y el sabor salitroso del azúcar negra que se le dio a probar con salvaje entusiasmo. Recuerda que lo salvó del vómito un trozo de tierra descuidado, donde crecían matitas silvestres de flores diminutas y cómo de una de ellas, la de las flores rojas en punta de plumero, colgaba una hoja amarilla, ovalada, que daba vueltas en la punta de un hilo de telaraña igual que una peonza. Estaba muerta pero el viento y el hilo no la dejaban caer. Más fugaz que el laurel sombrío. Se refugió en la imagen del laurel durante el recorrido en calesa por los cañaverales en flor y el apresurado regreso a la veranda cuando se declaró mareado, no sin antes recibir, como una bofetada, la estampa de unas negras que se agolpaban en torno a viandas exhibidas en pañuelos. En contraste con el escenario infernal, la presencia etérea, desinteresada, del mar, cuya indiferencia a la miseria hubiera envidiado el zafio de Flaubert.
Le escribe al editor de Harper´s, promete la crónica portorriqueña para un momento más auspicioso. El artista necesita una tregua. Añade que ya están listas sus impresiones de una visita a la Florida. Cierra la carta  en tono de confuso catecismo de geografía estética: “Muy cerca de la Florida horrenda está la India. Falta una coma, ¿dónde colocarla? Muy cerca de la Florida horrenda, está la India. Muy cerca de la Florida, horrenda, está la India”.



miércoles, 12 de abril de 2017

Invasores




Robert Louis Stevenson en Samoa

para Julio Ramos

Escribir es abrir cicatrices, hurgar heridas, volver a cerrarlas, esperar que sanen de nuevo. La cicatriz que en Henry James dejaron las ciudades de su infancia deberíamos entenderla los puertorriqueños. Él las perdió una vez. Nosotros las hemos perdido muchas, no como el autor que deja un registro escrito de pérdidas, sino como quienes -de tanto vivir en  silencio- tuvieron que usurpar cuerpos de brujas y atravesar el ruido para comunicarse con sus muertos.

Inmigrantes italianos en Boston
En Boston, en 1904, un año antes de la muerte de William Sturgis Hooper Lothrop, Henry James escuchó voces de inmigrantes del sur de Italia. Aquellos acentos no eran los que su oído recibía en Venecia. Aturdido, interrumpió su paseo. Se prohibió  la entrada al Boston Athenaum, a los placeres de la biblioteca. Angustiado por la brutalidad de los edificios altos que iban remplazando las casas elegantes y austeras, James, cuyos huesos reposan en Cambridge, a unos pasos de Boston, no tan lejos de los huesos de los indígenas de Las Mareas, Puerto Rico, predijo algunos efectos secundarios de los rumbos globales del capital:
What prevails, what sets the tune is the American scale of gain, more magnificent than any other, and the fact that the whole assumption, the whole theory of life, is that of the individual´s participation in it, that of his being more or less punctually and most or less effectually “squared”. To make so much money that you won´t, that you don´t “mind”, don´t mind anything  - that is absolutely, I think, the main American formula.
James intentó cambiar la “fórmula” por el artificio de las culturas europeas. Condenó la prepotencia imperialista, pero no pudo ver en Londres lo que sí vio Joseph Conrad: una estación central en la ruta del saqueo de las riquezas de África. Como el hombre rico que no fue, prefirió levantar altares a la belleza trágica. En su país natal hubiera estado condenado a presenciar demoliciones.
Pienso en James y en Puerto Rico, donde vivimos bajo los efectos del imperialismo que le inspiraba pavor al artista. Tampoco han variado los nombres  de las familias adineradas criollas y de sus mayordomos. Se adhirieron al nuevo régimen del 1898 sin lealtad a la tierra y a la gente que les producían la riqueza. Pienso en nosotros y en James y, sin pretender hacer patria de manera deshonesta, pienso en el libro que sobre su Henry James escribió Nilita Vientós Gastón.
A la altura de la entrada al barrio Puente de Jobos, intentando dejar en el plato la mitad de una pizza, la dieta de lujo de los vecinos, pienso en Henry James y en Nilita Vientós Gastón. Las mesas de la pizzería, los mostradores y la pantalla del televisor brillan. En la pizzería de Puente de Jobos la higiene es un mandamiento. No sirven licores. La limpieza y la sobriedad son leyes de cristianos nuevos.


A Henry James le hubiera asombrado el libro que Nilita Vientós escribió sobre él. Me interesa imaginar la calidad de su asombro, qué hubiera pensado James sobre el libro que Nilita Vientós le dedicó. En algún día de buen sol, de paseo en automóvil con Edith Wharton por las afueras de París, Edith le mencionaría la muerte del pobre Frank Dumaresq. Henry hubiera recordado con un suspiro al pobre Frank. La última vez que lo vi, llevaba la muerte pintada en el rostro. ¿Lo has visto, en Londres, cómo no cruzó el canal para visitarme? No, querida. La última vez que lo vi fue en un lugar que mejor ni te cuento. Frank era un viejo melancólico. Y tú un viejo desconsiderado, Henry James, como se te ocurre no contarme tus lugares. Ese lugar no es mío, señora novelista.
De vuelta al piso de Edith, donde se hospedaba, a Henry se le ocurrió que no era justo que la mujer acaparara tantos lectores y que él tuviera tan pocos. Acarició el libro de Nilita sin abrir las páginas y le envió a la puertorriqueña una tarjeta de agradecimiento. (Eso hubiera hecho, sin duda. Si no le alcanzó el tiempo para hacerlo fue porque Introducción a Henry James se publicó cuarenta años después de la muerte de Henry).


Figurar como personaje en este libro sobre Aguirre, no le hubiera cruzado por la mente. Solo nos previó a los puertorriqueños en su sensibilidad lastimada por los obreros italianos, aquellos invasores del Commons, que en su visita de 1904 le impidieron recuperar una estampa de la infancia, el vecindario donde su familia residía antes de la Guerra civil. Para Henry los inmigrantes eran ilegibles, confusas series de gritos, de niños harapientos, de incomprensibles vidas cotidianas que intentaban reproducir en el Commons de Boston la algarabía de sus solares natales. Los imperialistas que asumían como un deber moral la posesión del mundo no habían anticipado las consecuencias: ser invadidos a su vez por las multitudes pobretonas y chillonas del mundo. Convenía volver atrás, no reconocer la proximidad de los migrantes invasores que mancillaban la democrática austeridad del Commons.
Llegué a Punta Pozuelo en 2016, después de viajar a Boston. También llegó del norte Henry James, en el mencionado año de 1904. Será invocado en las próximas líneas. No se ha descubierto aún la carta donde su editor le propuso que hiciera escala en una de las nuevas posesiones de los Estados Unidos, pero qué importa.

Alice Bacon Lothrop

La casa grande me impresiona incluso a mí, que la vi desde que era solo dibujos y planos, dice Alice. Parece una fortaleza. Alice es la esposa de uno de los accionistas propietarios de Aguirre. A su corta edad conocía mejor los países principales de Europa occidental que a su país natal, los Estados Unidos. Nunca había visitado una plantación sureña. En la veranda de la casa grande, Henry James, vestido de punta en blanco desde los zapatos hasta la chalina, se abanica con un patético sombrero de paja. Bebe por primera vez,  cautelosamente, a sorbos, un cóctel de ron con limón adornado con hojas de menta  escandalosamente abundantes. En Florida había sufrido la transformación radical del Sur poético en “an ugly, wintering, waiting world”. Quizás por eso le atrajo viajar a Puerto Rico, en busca de un auténtico nuevo sur, una extensión de la nación que, en el paisaje virgen y la lentitud de la vida, ofreciera un reencuentro con la placidez de los modales gentiles, la sociedad vegetativa de las señoras lánguidas. Él, que no había salido de dos continentes, que no viajó al sur del Pacífico, como sí lo habían hecho tantos de sus amigos, como sí lo hicieron Henry Adams y Robert Louis Stevenson, añoraba olvidar a los migrantes napolitanos alborotosos. ¿Por qué no hacer escala en una isla poseída por la alegría de bárbaros inocentes?

lunes, 10 de abril de 2017

Una caja de fósforos






Para Paco, que me cuenta


En Paterson, la película de Jim Jarmusch, hay varias secuencias de una ciudad en deterioro que parecen de estampa iluminada. El paso de multitudes por las calles, visto desde un autobús, en escenas que duran segundos, atiza el recuerdo de ciudades donde vivimos largas temporadas, y que ahora se nos haría doloroso visitar.

La estampa iluminada de la ciudad sórdida proviene de un poeta. Se llama, como la ciudad, Paterson,  y es chofer de un autobús enorme. Su ruta monótona se anima con los cuentos de los pasajeros: la historia de un anarquista que residió en un vecindario cercano; las fantasías miserables de dos machistas; una conversación entre niños que, si no recuerdo mal, comentan un caso de violencia. Para quien sepa reconocerla, la poesía está en muchas partes. Sus texturas adensan una trama de repeticiones, llenan la vida de una intensidad que, no por ser pobre e inocente, se respeta. Al contrario, la alegría sencilla es frágil. De pronto se hace la crisis: una avería detiene al autobús enorme. El chofer poeta no sabe qué hacer en una escena que transcurre con la tensión de un movimiento de monstruos bajo el agua mansa. Somos lectores de tramas violentas y basta un incidente para que anticipemos que algo se caerá en el mundo.

Los críticos de cine tienen la costumbre de contar los finales, pero no he visto reseñas que mencionen el desenlace de Paterson. ¡Qué bendición! Basta que se comenten los motivos formales y sus efectos: los gemelos en serie; el tablero de ajedrez en la barra del propietario culto en jazz y especialista en las glorias humanas de Paterson; las cataratas inmóviles, como de tarjeta postal; las fotos y los libros de William Carlos Williams; el buzón torcido. Fuera del autobús una niña lee un poema suyo con cierta arrogancia de clase, y deja al chofer poeta  en estado de reverencia enamorada, admiración que se repite ante el rapero que, en la sordidez de un laundromat, al ritmo de las máquinas lavadoras y secadoras, se compara con Paul Lawrence Dumbar. (Dumbar fue uno de los poetas favoritos de William George Williams, el padre de William Carlos Williams. No está presente en el Paterson de Jarmusch por casualidad, y si lo está, tanto mejor).




Paterson fue militar. Mantiene las aguas tranquilas gracias al amor, la contemplación apacible, la escritura de su entorno y de sus pasiones íntimas. Su casa es ordinaria, aunque el director la ubicó en un sector de apariencia semi rural digno de una aldea inglesa de película. La esposa de Paterson es artista, más prolífica y hermosa que él. La casa es de ella, que la llena de cortinas, manteles, cojines, molduras y bizcochitos pintados en blanco y negro, con rayas de cebra, espirales, ojos, puntas de flecha y lunares que en inglés tienen un nombre extraño:  polka dots.  La casa es de ella y el perro cautivo también es más de ella que del hombre. Hay en el antagonismo entre perro y hombre cierta densidad simbólica y absurda, y cómica, como tantos conflictos.

Las referencias frecuentes a William Carlos Williams son libres. Es falsa la información sobre el nacimiento de Carlos en Paterson. Ese honor corresponde al idílico pueblo de Rutherford, donde nació y vivió el poeta. Pero la resonancia de William Carlos Williams Hoheb en esta película de Jim Jarmusch no está tanto en los datos biográficos como en el principio de composición. Aunque en el film se anudan y desatan tensiones, importa más la historia de la semana del nacimiento de unos pocos poemas y la muerte de muchos, en el contexto habitual de la vida del médico, de la vida del chofer de autobuses, que en sus rutinas y con palabras fundan los espejos de una ciudad singular hecha de materiales ordinarios.  




En la poesía de William Carlos Williams son constantes los protagonismos de objetos comunes, las superficies broncas del habla, que invaden, desordenan, ocultan, desvelan.  En la película, el breve dedicado a la caja de fósforos, toda esa secuencia, contiene, creo, una poética y un “método” comparables de lectura del entorno. Descubrir con asombro la singularidad de lo inmediato prende momentos de belleza. Jarmusch ha trasladado al lenguaje del cine la rareza de una caja de fósforos, útil  y familiar, aunque su fin sea el milagro de la repetición del fuego.  




domingo, 2 de abril de 2017

El marqués de Cabo Caribe





para Lizette Cabrera Salcedo

La invasión y apropiación de un territorio exótico, que además traía el estigma de barbarie ligado al imperio de España en América, otorgó a los propagandistas de los invasores estadounidenses cierta licencia para escribir a sus antojos en la página en blanco de un lugar sin méritos. Sin embargo, la percepción de la isla como espacio virgen de iniciativas empresariales no hubiera dado pie ni a la invasión ni a las ambiciones de los hombres de negocios que acompañaron a los militares. En aquel tiempo las firmas de banqueros no jugaban, como ahora, a los dados. Los cónsules estadounidenses habían mantenido al tanto de las condiciones económicas y políticas del país a su gobierno y a sus empresarios. Las colonias de extranjeros domiciliadas en las principales ciudades mercantiles se relacionaban con comerciantes en azúcares de las ciudades del norte, que conocían bien el estado de la economía agrícola y la política proteccionista española, enemiga de sus propias colonias.
Se ha estudiado la situación de la industria azucarera en Puerto Rico en el último tercio del siglo XIX. De todas las causas de su encogimiento, la que menos se sostiene para explicar la decadencia del negocio del azúcar es, quizás, la abolición de la esclavitud. Los hacendados recibieron buenas, aunque tardías reparaciones, a cambio de la manumisión de los esclavos. Otra de las causas señalaba la incompetencia de los productores y la baja calidad del producto. En informes de la época, no se da la misma importancia a los mercados como estímulo para la producción, la situación adversa impuesta por la política española de aranceles y la imposición de tarifas de parte de Estados Unidos.
Un informe sobre factorías centrales publicado en 1882 recogió datos de muchas áreas productoras. En el documento se destacaba la pobre calidad del azúcar moscabada producida en Puerto Rico, incapaz de competir. Ademas, contenía los resultados de un estudio sobre las zonas productoras de azúcar en las Antillas que eran colonias de otras potencias, e insistía en la necesidad de establecer una red de factorías para procesar el azúcar sin refinar:
A propósito de la pregonada abulia de los hacendados “de la provincia”, así como de la negrura e impureza del azúcar producida en los ingenios locales, la historia registra una fascinante y desdichada discrepancia: Leonardo Igaravídez, marqués de Cabo Caribe, propietario de la Central San Vicente. El personaje pudo haber figurado en la gran novela del capital que Tapia quizás pensó escribir y dejó en el tintero cuando murió de un ataque de rabia en una reunión de socios del Ateneo. Igaravídez personifica una visión de expansión capitalista con raros -y arriesgados- destellos visionarios. Sobre él escribió un poeta visitante; al estudio de su figura se ha dedicado fervorosamente algún investigador de su pueblo, además de historiadores académicos. Parece haber una especie de culto en su región a la memoria de Igaravídez, sustentado en investigaciones documentales.
Se informa que su padre era español y su madre puertorriqueña. Nació en Puerto Rico, fue senador en las cortes españolas, y recibió el título de marqués de Cabo Caribe. Fundó en tierras de su esposa, viuda de un tal López, en Vega Baja, la primera factoría central de la isla: San Vicente. 
Entre 1878 y 1880 visitó San Vicente Carlos Peñaranda, periodista y poeta liberal español que entonces era funcionario de Hacienda en Puerto Rico. Peñaranda dejó en sus cartas puertorriqueñas la descripción de las instalaciones de San Vicente.  La central contaba con su propio muelle en la ensenada de Cerro Gordo, y con medios de transporte privados: las goletas Hortensia y Laura y el vapor Enrique, nombres de los hijos de la esposa del propietario.  El paisaje agroindustrial que describe Peñaranda vale por la foto panorámica que seguramente se tomó, y acaso existe, innombrada, en algún archivo, aguja en un pajar.
Ocupa la Central un punto equidistante de todos los extremos de la dilatada vega, que semeja un vasto mar con sus rumorosas cañas mecidas por el viento: desde las más distantes convergen al centro, donde se cruzan, combinan y unen, numerosas redes de vías férreas, sistema Bass, que oprimen diariamente, durante la zafra, pesados trenes cargados del riquísimo fruto. Antes de llegar al molino pasan todos por encima de un aparato de romana, donde dejan como tributo el curioso dato de su peso y el neto de la caña, adelantándose después hacia la máquina. El salón de las máquinas ocupa 42 metros de frente, 17 de fondo y 15 de alto : su fachada principal da al Oriente: rodéalo por los costados Norte y Sur el caserío reformado de la primitiva hacienda : en su parte posterior se alza la robusta chimenea que expele la respiración de aquel monstruo de hierro, mide una altura de 130 pies: un ferrocarril aéreo, que parte del molino o trapiche en forma de herradura, cuyos extremos se unen luego y forman una sola línea, conduce los wagones encargados de recoger el bagazo o residuo de la caña, y llevarlo a sus almacenes: la caja de estos wagones es giratoria en sentido lateral, lo que facilita en gran manera la carga y descarga.
Las cifras subrayan el arrebato del cronista, pero el golpe maestro lo provoca el blanqueamiento, o proceso de dar transparencia al cristal oscuro: “… depurada de toda miel, que filtra a otro depósito exterior, lavada por el vapor, y seca y compacta por la rapidez del aire que la despide con fuerza a las paredes laterales del tambor, forma apretadas masas, y es conducida en andas de blanca madera al almacén general, dando envidia con su pureza y transparencia al cristal y a la nieve”.
Salvadas las diferencias del lenguaje lírico y el tono maravillado, y sustituyendo el vapor por energía eléctrica, la de Peñaranda podría ser una descripción de los trabajos de la central Aguirre en la primera década del siglo XX. Aunque tampoco el pragmatismo yanqui se conformaba con relaciones secas. El tono de exaltación, pavor y vasallaje ante la máquina podría ser un tópico de las descripciones literarias del XIX. La inquietud de Peñaranda y su reiterada devoción ante la máquina (“cree en Dios, arrodíllate y ora, calla y admira”) es comparable a la inquietud del viejo Henry Adams, cuando describe la potencia del imperio nuevo en su autobiografía The Education of Henry Adams.
¿De dónde entonces, la nota pesarosa insistente en aquellos años posteriores a la abolición de la esclavitud, sobre la calidad inferior del azúcar puertorriqueña, sin refinar, en lugar de señalar que las políticas tributarias y de aranceles de España, de Estados Unidos e incluso la del libre comercio de Inglaterra, hirieron de  muerte la industria azucarera de la isla? El ejemplo de Igaravídez, marqués de Cabo Caribe y opulento dueño de aquella factoría” (Peñaranda) podría estudiarse como caso típico de quien asume un destino de independencia y grandeza incompatible con la fatalidad de la historia.
Quizás Peñaranda doblaba como propagandista "de izquierdas", pues las cartas, dirigidas a un poeta mayor, Ventura Aguilera, se publicaron en la prensa madrileña. En todo caso, menciona que en los planes de Igaravídez figuraba un poblado de compañía gestionado por comunidades de obreros organizados:
Pruébanlo la exuberancia de vida que allí se observa, los proyectos de dicho señor de fundar un centro de población en escogido sitio de la vega, sus propósitos de formar asociaciones obreras para construcción de casas, adquisición de tierras y otros fines análogos destinados a promover el mejoramiento de la clase proletaria. La Central del Sr. Igaravídez no es sólo una vasta ó magnífica posesión de un individuo favorecido por la suerte; es la promesa de prosperidad para su comarca; es el adelanto sobrepuesto a la rutina; es el talento venciendo a la impotencia; es el renacimiento de la muerta industria sacarina en Puerto Rico.
Tanto el entusiasmo del visitante como el presagio melancólico de Igaravídez de lo que sería su suerte, se recogen en esta carta:
La noche del 6 era clara y hermosa: nos habíamos sentado en la galería exterior de la casa de recreo Rosario, donde estábamos alojados; formaba nuestro techo un espeso emparrado, entre cuyas movibles y anchas hojas se deslizaban furtivamente algunos rayos de luna, que venían á alumbrar las tazas,  prontas á recibir el aromático café y á convidarnos á las delicias de los aficionados á esta semilla. Al destapar el blanco azucarero para servirse, el señor Igaravídez, mostrándonos el trasparente grano, no pudo menos de exclamar: «Sea la que fuere la suerte reservada á las Centrales en Puerto-Rico, siempre tendré la satisfacción de haber sido el primero en fabricar este azúcar en la Isla.» Noble frase que envuelve un mundo de pasadas contrariedades, de presentes luchas y positivas y venideras victorias.

Ruinas de San Vicente. Foto, Edgar Freytes

San Vicente funcionaba a capacidad cuando la visitó Peñaranda. No tardó en paralizarse. Requería inversiones cuantiosas que el marqués no pudo afrontar, porque una producción necesita, desde el principio, mercados accesibles y suficientes. Tan ambicioso como idealista, Igaravídez adquirió más tierras de las que fue capaz de cultivar y se endeudó irreparablemente. No solo se fue a la quiebra sino que fue a dar al calabozo. Allí firmó un documento que podría llamarse, en léxico actual, un plan de reestructuración de sus deudas.
La realización del sueño o la pesadilla de Igaravídez le correspondería a las centrales de capital estadounidense. Los pueblos invasores no se interesan mucho en leer el paisaje de marcado por sus antecesores, y menos las desventuras de un empresario insensato.  A juicio de los nuevos colonizadores, en la isla todo estaba por hacer. Henry De Ford, como el anciano del grupo de los cuatro inversionistas bostonianos, y custodio del presupuesto del ejército, fue otro personaje en el relato de la incapacidad de los hacendados criollos y el altruismo del capital estadounidense. Sabía, no obstante, que todo el ingenio y la tecnología yanquis no levantarían la industria sin la eliminación de los aranceles sobre las importaciones de azúcar a los mercados de Estados Unidos, como antes hubiera sido necesaria la eliminación de los aranceles españoles. También sabía que si querían allegar los capitales necesarios para reanimar una industria que al estancamiento sumaba la desolación de un monstruoso huracán, él y sus socios necesitarían el respaldo del gobierno de su país, el mismo apoyo que no había sabido proporcionarles el estado español a los empresarios cañeros de Puerto Rico. Además del respaldo que supuso para DeFord and Company la encomienda de administrar la nómina del gobierno militar, la inclusión de la isla en el mercado de Estados Unidos, garantizaba la recuperación total de la inversión y potenciaba ganancias. El puertorriqueño marqués de Cabo Caribe no contó con acceso equitativo al mercado español. En Andalucía también se cultivaba caña de azúcar.
Después de su muerte, sus familiares heredaron el acoso de los acreedores. Tal parece que San Vicente se fue despedazando y que sus solares se fueron repartiendo en litigios, a juzgar por un recurso presentado por Julián Blanco, hombre capaz de redactar documentos ininteligibles: “Recurso gubernativo establecido por don Julián E. Blanco contra dos notas denegatorias de anotación preventiva puestas por el registrador de San Juan de Puerto Rico al pie de dos mandamientos judiciales expedidos en el juicio que sigue contra los sucesores de don Leonardo Igaravídez”. El arquetipo de un capitalista  soñador de comunidades utópicas e inspirador de poetas,  titular de un marquesado puertorriqueño llamado Cabo Caribe, nunca ha viajado bien las largas distancias que se enfrentan cuando desaparece la silueta de la isla en el horizonte.

Barrio Cabo Caribe