domingo, 9 de marzo de 2014

Eudemonía (pasaje)



 
Para Eugenio Santiago

Se detuvo en Guayama, aldea sobre lomita rodeada de plantaciones e ingenios cañeros con trapiches movidos por molinos de viento. Se hospedó frente a la plaza en una pensión de tablones de madera de pino, salvo las vigas macheteadas de un árbol local- Manikara bidentata- que ennegrecían con el tiempo, los humores de la cocina y el humo de los cigarros de los huéspedes. Pintada de blanco, la casa era de construcción reciente. Si no hubiera estado en un segundo piso podría pasar por una cottage de Nueva Inglaterra, como las que se ilustraban en algún periódico bávaro, en la sección de viajes cuidada por un tal Willendorf que escribía para banqueros porque ni los nobles se hubieran rebajado a visitar América ni los campesinos sabían levantar la vista más allá del cielo de Baviera. Esta pensión de Guayama quedaba en los altos de una pulpería donde mercadeaban arenques en salmuera y su aire olía a cosas en proceso de cocción o putrefacción. Tenía dos escaleras de acceso. La trasera daba directamente a la cocina y de ahí al comedor de los huéspedes, con su chinero y una mesa para diez comensales, justo el número de habitaciones. La escalera principal, del lado de la fachada, llevaba a una sala de estar pequeña amueblada con mecedora y sofá de pajilla, rematados en torrecitas como peones de ajedrez que adornaban los respaldos y una mesa de tapete sucio y jarrón ordinario de mayólica sevillana que aprisionaba margaritas del monte olvidadas hasta que empezaban a deshojarse y el agua olía a una mezcla de cerámica desportillada con lágrimas de tallos marchitos. Tres puertas de celosías abiertas al balcón que daba a la plaza y en las paredes un retrato al óleo del teniente Pavía, el difunto marido de la dueña de la pensión y dos pequeños paisajes que llamaron la atención de Adalbert por cierta viveza en la composición y la calidad con que se imitaban las largas hojas de las palmas y dos detalles: en uno de los troncos, menudísima, una bromelia, en el otro una salamandra. La luz que entraba por las puertas del balcón al mediodía dejaba en el piso de pino tres franjas luminosas, casi opulentas, que aliviaban el aspecto triste de la sala y a veces bañaban el corredor de tablas crujientes disimuladas por un linóleo desconcertante, a ambos lados del cual se ordenaban las diez habitaciones numeradas, con el seto interrumpido en lo alto, de modo que cuando el sueño profundo vencía a los huéspedes se mezclaban ronquidos con olor a humanidad.

Adalbert dormía con el abandono de la juventud. Alquiló la séptima habitación y el ático. Convenció a la viuda de Pavía para que lo limpiara de murcielaguina y le dejara almacenar en lo alto los ejemplares que iba coleccionando. Allí instaló sus prensas y fue apilando periódicos recientes. Sus pasos débiles no se sentían más que las pisadas de las ratas. La limpieza ordenada por la viuda se había limitado a arrinconar cachivaches y echarle un poco de agua al piso. Todo estaba pintado de polvo, incluso el techo de cinc. Adalbert volvió a barrer con el método que había aprendido de las barrenderas de palacio: de izquierda a derecha y hacia el frente. Las barrenderas del rey Ludwig limpiaban en fila, con la precisión de orugas que van devorando una hoja y engordando el cuerpo con sus viejas pieles. Ese sistema  es una metáfora de toda limpieza. Coleccionar especies empieza por el apetito de la oruga y concluye rindiendo un homenaje memorioso, mediante anotaciones, a los lugares que se despojan.

Exploraría los alrededores de Guayama conforme a un sistema que, además de copiar el vaivén de las escobas, de este a oeste, imitara la forma de un abanico. Desplegó un mapa de la isla, marcó el centro de Guayana y trazó un semicírculo colindante con los puntos externos del pueblo. Partiría del mar hacia adentro. Contrató los servicios de un pescador que hablaba un poco de alemán y otro poco de inglés y algo del papiamento de las islas, recomendado por el cura párroco, con quien Adalbert podía franquearse porque traía una carta del obispo de Munich dirigida a la santa madre iglesia en cualquier aldea de la isla llamada Puerto Rico, y en forma muy particular en cualquier pueblo del sur de la isla, donde solían verse (eso recordaba el obispo, que una vez estuvo en el sur, en viaje de Maracaibo a Santo Tomás) islas submarinas que confundían las identidades del agua y el aire.

Hizo buen tiempo en las horas niñas de enero. Días de sol con raras vaguadas fugaces que Adalbert veía caer sobre la plaza y evaporarse casi al instante en las pieles sarnosas de los perros. Cuando llovía más el horizonte se cerraba, pero casi todo el mes barrieron la costa interrumpida por brazos de mar y unas bahías pequeñas donde la diversidad de las especies ofrecía un lugar tentador y peligroso que invitaba a la desmemoria en el encanto de las mareas altas, los barquitos ociosos y, al atardecer, sombras verticales que ensombrecían un segundo los montes en miniatura. Con la charla de los pescadores y los guisos de la pensión Adalbert fue ganando anécdotas y peso. Lo más temible: las aguas que variaban de color entre la dureza del cristal azul marino y una transparencia que borraba horizontes.

Al cabo de unas semanas de amontonar ejemplares y disecar las pulposas plantas de la costa y las flores de los llanos la casa se fue llenando de un olor a yerbatería de bruja, buena para baños según la viuda de Pavía. Abrumado por el encanto luminoso, el alemán perdió el don de distinguir en la morfología de las plantas las monstruosidades que diferencian especies semejantes (cegado por la luz, pero no impotente de olfato y gusto). El segundo paso del método –después de secar los ejemplares que mediante el cura enviaría al puerto de Hamburgo por vía de la isla de Santo Tomás– era saborearlos (el cura no simpatizaba con el régimen de los capitanes generales, era joven y un algo jacobino, pero había bautizado al hijo menor del aduaner y además lo bendecía el palio de la santa madre iglesia). El envío de las colecciones sin más destino o propósito que ampliar el jardín botánico de Linderhof era una coartada.

Para dar con la planta deseada Adalbert tenía papilas. 

Tras varias semanas de pruebas no había encontrado un sabor más estimulante que la luz de la isla. Las dosis eran mínimas y el organismo de Adalbert  filtraba sin percances toda suerte de hojas y raíces machacadas. Quizás por eso, siendo nadie, fue el escogido del rey. Una tarde bajó del ático seducido por el olor del café y una voz que se le iba haciendo preciosa, la voz de una niña. Tropezó saliendo de uno de los cuartuchos con un vejete alto, flaco, de barba abundante, que olía no ya a plantas sino a linaza. El viejo se inclinó ante Adalbert con el aire de un seductor impenitente, patético en alguien de su edad, desagradable casi. El piso rechinaba con las botas del viejo que insistía en almorzar junto al fogón porque le acompañaba un negro cortés y atildado que no era bien visto en el comedor.

–Francisco Oller y Cestero, para servirle. Soy pintor de cámara del rey de España, aunque el honor no me rinde muchos beneficios. Este caballero es mi discípulo y colega Casimiro Bernacer. Somos pintores de la legua.

–¿Pintores de la legua? No entiendo.

–Vamos, usted es alemán, así que debería conocer la fábula de los músicos de la legua o de la aldea, como sea que les llamen. Somos pintores de la legua porque en esta isla al artista que se quede en su estudio esperando encargos se lo come la miseria. El artista, como el ganado realengo, tiene que buscar prados verdes y en estos pueblos cañeros hay quien prefiera una pintura a una fotografía, no porque sean más baratas las fotografías, que sí lo son, sino por esa superstición del isleño bárbaro de que se les quede el alma presa dentro de la cámara. Acá los ricos son corsos o mallorquines, muy poco ilustrados, gente dura de mollera. Usted de dónde viene en Alemania. A Alemania no he viajado nunca. Muy frío, ja.

–De Baviera– dijo Adalbert, sin pensarlo mucho. –Colecciono plantas para el jardín botánico del rey Ludwig.  

Algo vibraba en el aire, de inmediato supo lo evidente, aquella pareja de palmas reales con sus respectivas rémoras tenía un origen.

–Los dos son míos, los marcos dorados los hizo Casimiro, usó unos polvitos que le consiguió el boticario Homard, ¿no lo conoce? No se ha perdido gran cosa. No, bromeo, es buena gente, hermano masón. ¿Usted no es masón? ¿Católico, un alemán católico?  A cambio de estos pequeños óleos la viuda de Pavía nos llena el plato hondo de ese cocido hecho con una carne vieja que ni remojándola tres días suelta la sal, más dura que el tesoro de la viuda. Bromeo, es buena gente... cuando duerme.

Adalbert se los apropió al instante. Francisco Oller y Casimiro Benacer, artistas del hambre, se transformaron en ilustradores botánicos.

 

sábado, 22 de febrero de 2014

Baúles




(Pasaje del segundo borrador de Raquel en Rutherford, la novela que estoy escribiendo.)

En el baúl de Emily Wellcome hay tanta validez y gallardía como en un museo de bellas artes. Cuanto puede cargarse de los restos del fotógrafo Wellcome en una caja sin adornos, todo menos sus cámaras, trípodes y placas vendidas cuando la viuda tuvo que abandonar St. Thomas y establecerse en Puerto Rico. Además de las blusas y las pantaletas amarillentas de la mujer, daguerrotipos de familiares y el diario de apuntes donde el marido consignaba sus itinerarios y alguna palabra suelta en forma de mariposa, cuyos pliegues sugerían lo escuchado en aldeas de costa y barranco sobre las plantas curativas de las Antillas. Sus dos hijos  –Irving, que es vanidoso y Godwin, que está loco– comparten otro baúl.

Y el baúl de Raquel, con sus pinturas, diplomas, medallas, el segundo par de botitas primorosas, el camisón que le compró a un comerciante que había sido suplidor de su madre, un tendero de Saint Thomas de paso por Puerto Plata, pensando en la noche de bodas, dobleces alterados quién sabe en qué formas grotescas, por los tumbos del oleaje en altamar. Iremos a Brooklyn en ferry, dice George, si hubieran tardado unas semanas más estrenarían una de las maravillas del mundo, pero por ahora no hay otra forma, entiéndelo, madre, sé que estás harta de viajar sobre aguas. El coche se acerca a los muelles y al fondo aparece una monstruosidad que Raquel asimila mejor que los demás, gracias a su familiaridad con los espacios brutales del París republicano.

Es el puente de Brooklyn, que exhibe sus labores como una boca medio intervenida por el dentista. Hombres colgados de cables, pero parecen arañas, dice Raquel, con sensación de vértigo, mirándose las botitas, evitando mirar las botas de leñador de George, inmenso como las estampas de John Bunyan. Raquel no deja que la penetre la cháchara de George, que habla como si estuviera borracho, sobre el prodigio de ingeniería, alternando con expresiones de entusiasmo por su nuevo trabajo, la fuente de riquezas que dará para que prosperen en América, esta vez sí, los Wellcome y los Williams. Ni que desgrane cuentas de cuándo podrán mudarse de esta ciudad a un sitio más parecido a casa, con espacio para criar diez niños. Y cómo podrían tener de inmediato al primero, no conviene esperar, no nos estamos poniendo jóvenes. Y todo sin mirar a la madre y a los hermanos, hasta que la mirada de la madre le quema la nuca, y George les guiña un ojo y dice y cuartos de sobra para mamá, Irving y Godwin. Y para todos los visitantes del mundo, para tu familia, Raquel, para todos los Hoheb, los Hurrard, los Enríquez y los Monsanto de la tierra.

lunes, 23 de diciembre de 2013

Es posible escribir así



Hace unos días caminaba por la playa tomando fotos, con cierta ansiedad, porque el cuerpo me dice que es más inteligente hacerse parte de un lugar que interponerle una cámara. Entonces la camarita se averió. El personaje de El polaco, nouvelle de Pía Bouzas (Buenos Aires, 1968) sufre un percance similar, si bien en un contexto que promete experiencias heroicas: escalar la pared alta y plana de un pico en la cercanía del El Bolsón, en la región patagónica que ha deslumbrado a los más dispares viajeros, entre ellos Eugenio María de Hostos, el pintor Rugendas y Bruce Chatwin, teórico practicante del nomadismo. El narrador de El polaco es un muchacho de clase trabajadora, a quien su novia desprecia por soñador, y que, deslumbrado por las fotos vistas en las páginas esmaltadas de una publicación sobre alpinismo, contrae la descabellada ambición de aspirar a una salida gloriosa de su clase alzándose con la fama de fotógrafo artístico. Sus dos compañeros de aventura –la vida para la aventura, la narración de una gran expedición y sus nimias frustraciones es la cifra de este relato– aspiran a llegar a la cima porque sí, suprema vivencia de la vida gloriosa.

El polaco es, ya se ha dicho, un relato de aventuras de esos que parecen imposibles en esta era tecnologizada de reality shows, donde ya nada ni nadie es invisible, ni los países ni la gente; todo lo hacemos frente a un espectador. Quien  sabe que vive ante una cámara – o que sostiene una cámara–  renuncia a aventurarse, se conforma con parasitar en el vientre más craso. El polaco representa, en sus códigos expresivos, la tensión de los jóvenes desperdiciados y las prisiones del lenguaje. Al principio domina la musicalidad misteriosa de la jerga de la calle, esa que solo alcanza a metaforizar la vida a flor de brea de los barrios. A medida que el personaje se adentra en el bosque se apropia de un lenguaje más cercano a la letra escrita y a sus límites: “Acá estás dentro del bosque, oscuro la mayor parte del día. Bosque profundo, denso, sin un alma… Al rato nos concentrábamos y seguíamos en silencio”.
Con estos elementos se construye un relato vivaz que, como es propio de los buenos de aventuras, completa la narración de exterioridades con una inmersión en la intimidad del ojo que contempla. No comentaré el final, para no aguar la fiesta. Solo esta señal de la conciencia de la transformación, para la que faltan palabras, pero cuyos límites la palabra comunica: “Es difícil hablar. Tengo que inventarme una nueva. Ellos tampoco dicen todo. Hay una parte de la experiencia que se la devora el silencio. Queda encriptada en alguna fisura profunda. A veces sube hasta la superficie, pita como un géiser en la madrugada. Pero es fugaz. Así como brota se calma, vuelve a las profundidades”.

Cuando leo ficciones como El polaco confirmo que todavía es posible escribir con libertad de pensamiento y paciencia en un mercado literario saturado por el formalismo manierista del reality show y de las series televisadas en general, el cine ahogado de sangre artificial e idiotez y la fofa cultura pop. Libertad y paciencia para la literatura como artefacto material del ser vivo que empleó un tiempo precioso en recoger y registrar sus conmociones. Esa vitalidad, que puede incluso sentirse, aunque sea desperdiciada, en autores nihilistas, como la energía que se gasta en el exceso, es la marca del animal de palabra que somos. Para mí, que ya me acerco a mis despedidas, es importante sentirla en las nuevas escrituras, como en este lúcido relato de Pía Bouzas.  
PD. El polaco se publicó en 2013 por un colectivo de autores dedicado a difundir la nueva literatura rioplatense.  www.exposicióndela actual.blogspot.com.ar

 

 

 

domingo, 8 de diciembre de 2013

Bulevar





Para un taller de cuento yo escogería como lectura principal Bulevar, de Javier Sáez de Ibarra (Vitoria, 1961). Sáez de Ibarra ha publicado en Páginas de Espuma sus cuatro libros de cuentos. Antes fue editor y, desde hace años, profesor de historia y literatura en un liceo de Madrid.

En el origen de este libro hay una invitación de Guillermo Samperio a participar en una antología en homenaje a Raymond Carver. La estética Carver funda una paradoja, pues su reticencia lleva a un punto de tensión la capacidad de síntesis del género socavando al mismo tiempo la estructura dramática que suele apuntalar la fórmula. La lección de Carver, bien aprendida por otra maestra, Alice Munro, descubre la posibilidad de pasar por el cedazo de la literatura las zonas perdidas de esas terribles vivencias cotidianas que se borran de la memoria, la vida tediosa de seres ordinarios bajo una luz que revela tanto la vulgaridad como la grandeza del gesto banal e irrepetible. Ante esa honestidad rebuscada sobra cualquier amago de nota falsa.

La lectura de Carver es evidente en Bulevar, y sin embargo, en un taller, yo comentaría que el arte del cuento deja la impresión de que cada vez que algo se cuenta se renueva la forma. En las especies de Bulevar hay momentos de tensión, incluso de suspenso, que hibridan el iceberg carveriano. Cómo bajar una escalera hacia la nada con un bebé en brazos para responder a la llamada telefónica de un marido impaciente se convierte en un tour de force de suspenso. En otro corte, un hijo responde con lugares comunes asfixiantes a la cruel terquedad del padre. O en lugar de una puñalada sicótica nos sorprende la epifanía del mínimo espacio de belleza que de cada persona dimana (la gracia de una vendedora en la sección de cosméticos de una tienda perdida en un caótico centro comercial). Pero antes, unos obreros migrantes que hacen mudanzas recorren con la mirada el lugar privilegiado de un mundo paralelo, el zoológico de los ricos, que se cierra con una tapia alta de ladrillo, sobre la que hay una reja rematada con espirales.

La brutalidad frontal de algunos relatos anteriores del autor no marca la tónica de este libro. Pero sí hay registros de la materia bruta que recoge de oído y de vista en las calles de su ciudad, una región de la Europa actual que se debate entre la mediocridad rastrera, el cinismo, la desesperanza y la precariedad que no acaba de tocar fondo, quizás porque las torturas del fondo están todavía en las tierras más miserables del planeta  (no siempre las padecen los humanos) y los ciudadanos del “primer mundo” llegaron primero a la fila de repartición de las consolaciones. Uno de esos cuentos, hecho con pedazos de lo que una sociedad produce y  descarta es "Una historia reciente", que en su paso de libro escolar a ready made sufre una metamorfosis, de tediosa letanía memorizable a propuesta irónica, ferozmente didáctica. Un libro roto de cierta manera, o hecho para romperse, juntando, como ha dicho el autor, “cuentos de otro estilo, más imaginativos, más fantásticos, quizás más conceptuales”.

Sáez de Ibarra sorprende siempre por la forma de conjugar sus visiones con la renovación en los acercamientos. Escribe mucho, pero no hace literatura fácil. Intuyo que no puede dejar de escribir, pero desconfía de la tradición cultural que hemos arrastrado hasta aquí. Confrontarla para comprenderla, sin dejarse obnubilar por el pantallazo de una red social hecha de redes sociales, vigilada.

Una literatura en guerra contra el estatuto que le reconoce un espacio inofensivo busca escapar del libro como el arte de las vanguardias escapó de los museos (o los descolocó) mientras pudo hacerlo.  Pero escapar del libro en el sentido que solo el libro, independientemente del soporte, permite.

En un taller yo diría que un libro puede ser la posibilidad de una convergencia: pensar lo que nos toca vivir a unos viejos que nos creímos nuestros delirios, traicionamos, o permitimos traiciones  y claudicamos ante los deberes hipotecarios; pensar la encrucijada de nuestros contemporáneos, los jóvenes que nacieron en la época más deslumbrante del consumo para caer en una tachadura de toda opción democrática y en la desvalorización banal, (¿Arendt?) de la persona, echando abajo el contrato social para volver a los lugares primitivos sin los soportes de los saberes antiguos y de las redes comunitarias. Estamos ante la boca de un totalitarismo sin concesiones, y del cual nos toca dar cuenta a nosotros, los que podamos colocamos entre la resistencia y la complicidad (¿Arendt?) en tierras movedizas, sin aliados geográficos, pues el salvajismo viene de todos los depredadores del globo, a la par con el empobrecimiento de la experiencia (¿Benjamin?) compensada por un exceso de estímulos artificiales.

Nosotros no es uno, pero cada uno cuenta. Y de cada uno se aprende. Por eso las narraciones vuelven a ser importantes.  Aún en circunstancias que bordean lo extremo, cabe una mirada pensante que descubra en cada gesto el espacio significativo que el arte posibilita. Y un aire de tragedia, entendida como la dignidad que reviste la más común de las vidas. Trascendiendo la ñoñería y el regodeo en lo trivial, en la vana degradación que marca tantas propuestas formalistas actuales –porque formalistas son el arte de explotación del narcocorrido y del reguetón, además de cierta literatura falsa de explotación sexual y de la violencia- es posible retomar los fines inquietantes de la escritura no utilitaria, esa que desarma el poder que la penetra. En la traición a la belleza del simulacro y al formalismo huero radica el interés de estos relatos. En esa conciencia de lo que significa escribir centraría yo mi lectura y relectura de estos cuentos. En el taller.

-El colofón de Bulevar lee así: "Esta primera edición de Bulevar, de Javier Sáez de Ibarra, se terminó de imprimir el 4 de noviembre de 2013, día en que un hombre dijo "hasta aquí hemos llegado" y dio un paso al frente."

(Javier Sáez de Ibarra, Bulevar, Madrid: Páginas de Espuma, 2013, 241 páginas)

viernes, 25 de octubre de 2013

Leer a pesar de


 
 
 
Leer por gusto, sin la ceguera del prejuicio, leer no desde el anonimato de la lectora, sino desde el anonimato del libro, no para apuntalar un dictamen en un premio literario –todos tienen su negociación y su maña- sino justamente porque nadie te pide que leas. Comentar cómo va la lectura sin revelar el nombre del (a) autor(a), llevar una bitácora de reacciones en torno a un libro de relatos galardonados en lugares de nombres castizos. El título garciamarquesiano, sumado al aire para mí incómodo de un realismo mágico popularizado por Isabel Allende me dificulta la entrada en el cuento inicial (que no es el primero del libro) pero como leo por gusto, deponiendo resistencias, me empecino y doy con giros imprevistos en la trama de un personaje a un tiempo raro y familiar; una mujer dotada de facultades tan sutiles e imponderables que la norma es incapaz de recoger la sombra de su música y la jaula del lenguaje le quiebra el vuelo. El cuento me seduce. Luego me seducen los pasos de un espíritu hembra que se desprende del cuerpo y desanda con lujuria los lugares del muerto desconocido que compartió con ella la encrucijada fatal. Van dos narraciones seductoras, dos de un conjunto de doce, sé que hay más, de modo que es un libro para leerse. Sin pensar en la identidad de quien escribe, como si yo fuera una lectora nigeriana, remota y ajena a esta isla de la antipatía.  Solo sé que enigma enseña en la universidad de mi pueblo, pero recuerdo un solo encuentro -creo que era, no estoy segura- cuando fuimos a buscar a Luisa Futoransky a un congreso de escritores y enigma, con elegancia de intérprete, nos explicó cómo salir de aquella olla de grillos y llegar al hotel.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Plazas


 


En un poblado del sur llama la atención un cine en ruinas con mural de estampas religiosas y de músicos. Muy cerca están los edificios abandonados del “company town” de Aguirre, la enorme central azucarera dotada de mansiones, cine y hospital segregados. La situación de los obreros de Aguirre no los distinguía en esencia de sus antepasados esclavos de plantaciones, otro sistema de exprimir al trabajador para sacar el dulce.

En el poblado hay una plaza que antes era de las cabras y ahora abarca un espacio de dimensiones generosas, donde en Navidad los vecinos instalan y decoran un árbol imponente. Los domingos se congregan cuando hace buen tiempo y forman una rumba de congas, cantos y baile. Paco y yo pedimos permiso de entrada a un don con aspecto de líder y luego a un joven con rizos negrísimos y cara bella y simpática, para compartir su banco. El muchacho es reguetonero desempleado. Vende jueyes, destapa una paila y ahí están los crustáceos azules de ojos saltones y palancas al aire, condenados al martirio del caldero. Pero este joven no es un recolector de jueyes calladito. Ha actuado en alguna película. Y como tiene talento de performero nos explica con palabras acentuadas por gestos el asombroso ciclo de la captura de jueyes.

Enredados en una bola, desde las entrañas del mar, rompen en la costa, como un vómito de algas, decenas de jueyes flacos de patas peludas. Hay variedades. Está el juey dormido, que se protege como algunos boxeadores, cubriéndose con los guantes y encorvándose (el muchacho hace el gesto). Es el de la mordida más temible, tiene fuerza en las palancas. Está el juey pelú, tan grande que para capturarlo metes la mano en la madriguera y lo sacas por una de las patas, (hace el gesto). Y el juey común, el que sufre  el encierro de la paila.  

El muchacho menciona sus reguetoneros favoritos: Vico C, Tego Calderón, El Daddy. Le gusta hablar con las personas mayores, quizás porque llegar a viejos no se concibe en el horizonte de los chamacos. Los viejos somos raros. Parece que seguimos consejos. Y los chamacos prefieren pasarse por buen sitio la autoridad que no reconocen ni entienden, la del estado, la de las familias. La ley machista del padre ausente. La ley matriarcal de la madre machista. En las comunidades maltratadas la vida replica internamente el maltrato de la explotación social. La ley de la familia puede ser dura con las mujeres, los niños, los homosexuales, los raros.

De modo que se entretiene hablando sobre el barrio con los mayores, como el ex comerciante de 82 años que se nos acerca. El don es pícaro y elegante, cuenta muchas cosas, son muchas cosas y el muchacho quisiera anotarlas todas, recoger las historias del barrio (una película, le digo, haz la historia de estas casas y de la gente). Pero no se anima porque la vida es dura y para ganarse unos pesos aquí, donde no hay trabajo, o velas jueyes y te confundes con ellos o te enlistas en las filas del narco, o emigras, y esto último le atrae porque nunca ha salido de la isla.

Se nos acercan dos muchachos en bicicleta. Uno con gorra blanca de pelotero y camiseta inmaculada, me mira de frente. Serio como un policía de carreteras. El otro se coloca a la derecha, se apea de la bicicleta y echa vistazos cortos, con gesto coreografiado de robot guardián, hacia los alrededores de la plaza. No nos mira a la cara. Es alto, esbelto, negro, bellísimo y usa gafas de sol. El reguetonero nos presenta a sus amigos. Los chamacos en bicicleta saludan y se van.

Un perro insiste en hacerse el simpático y el muchacho lo espanta. Hemos compartido unas cervezas al aire libre, compradas en los dos cafetines del frente. Hemos escuchado las anécdotas del viejo, los bailes en Nueva York, la vida en Trastalleres, la historia de una mujer que era “un caso que había que atender”. El muchacho se despide. Parece que ha recibido algún mensaje. Luego dice que le avisaron de alguien que quiere comprar jueyes.

No llegaron las congas. Hoy no se armará la rumba frente a los cafetines de la plaza.  El comerciante octogenario comenta sobre el hombre joven, arrebatao con droga, que baila tambaleándose a la entrada del cafetín. Paco me apura para que nos vayamos. Desde el carro en movimiento fascinan las casitas. Algunas son cubos de madera despintada, con techo de cinc a cuatro aguas. Otras se adornan con los colores más estridentes y vivaces del mundo. Los gallos se pasean confiados por las calles de este barrio de santeros. Otro perro hambriento, más tímido, flaco. Un solar donde hubo una casa y ahora queda un brote de coralillos y árboles amputados. 

Las casas del barrio. Las formas. Los colores. Alguna ruina. Cada una es distinta de la otra. Con esa gracia que se improvisa y se salva del mal gusto por las limitaciones que impone la pobreza. Hay que hacer algo para que ese muchacho las vea y las escriba. Paco me dice que él vio otras cosas. La movida, que estábamos en el mismo medio de un lugar peligroso que tiene sus reglas, interrumpiendo la fluidez del punto de drogas.

Después nos enteramos que el mismo fin de semana se cometieron 18 asesinatos en Puerto Rico. El performance de la violencia del narco replica la violencia de clases, la violencia del estado. Cuando decapitan una víctima, cuando la descuartizan, van más allá del castigo. Más allá del escarmiento y del ejemplo aterrador. Borran la identidad de esa persona, le niegan el derecho a un nombre, el epitafio de una vida tan frágil, sucia e irrepetible como la del “Windsor Royal Baby”. Nunca sonrió, nunca fue niña; nunca fue el muchachito que aprendió a gatear con valentía, que le sonreía a los perros entre maltratos.

La violencia del narco es una exacerbación grotesca de la hipócrita violencia del estado. Una caricatura macabra. No acato esas reglas. Y me pregunto si todavía se puede hablar sin la biblia bajo el brazo y en estado de inocencia. O si nuestra conversación dominguera en el banco de una plaza fue un momento de gracia, una puerta que no se reabrirá.

Nos haría bien que el muchacho reguetonero escriba y represente las verdades de su barrio. ¿Cuánto cuesta abrir un espacio en el tiempo de ese observador sediento? ¿Cuánto tiempo para reconocer el brote de arte y espiritualidad, el talento que se nos escapa, la negación de la realidad palpable, la sensibilidad desperdiciada que el Gobierno no contabiliza en sus presupuestos culturales y en sus balances de pérdidas?

Escribir la violencia, la fealdad, la insólita belleza de la existencia; reconocer la presencia de la plaza, la antigüedad de sus historias, el misterio de las casitas donde animales y humanos dejan sus marcas.

 (Publicado en Nuestra Aparente rendici[on, octubre de 2013)

sábado, 7 de septiembre de 2013

El jardín de polvo


 
Encontré esta foto de Rosario Ferré en un Almanaque puertorriqueño de Conrado Asenjo. La comparto con pasajes de un testimonio que  leí en su presencia (2005).

Recuerdo la lectura  de Papeles de Pandora (1976) en aquellos años de amor y anarquía. Con la ingenua militancia de una generación que se propuso hacer hombres nuevos, desconocíamos que el libro tenía antecedentes. Al menos yo no había leído los Cuentos de una abeja encinta, de Marigloria Palma, ni Obsesión de heliotropo, de Violeta López Suria. Son historias situadas en una encrucijada; de una parte el Puerto Rico suburbano que se levantaba de la noche a la mañana con la ferocidad de un virus nuevo; de la otra el olor profundo de la tierra trastornada, que en vez de desaparecer se iba sedimentando en libros delirantes, condenados al olvido.

 

Agradezco a Rosario Ferré la invención de varias metáforas, sobre todo  una, no porque la haya confrontado con una tabla de valores críticos, o sometido a una reflexión sistemática sobre la verdad de las metáforas. Es la construcción de un jardín de polvo, en el cuento del mismo nombre.

 El tono es el solemne y levemente desencajado de las historias arquetípicas, las fábulas, los cuentos tradicionales. Los botánicos renacentistas coleccionaban especies en sus viajes con la intención de recrear el mundo en los jardines de las cortes reales. Los coleccionistas de este pequeño jardín siembran el mundo ausente en un espacio cerrado bajo llave por el Barbazul del cuento.

En ese jardín. “un paraje sin ruido ni de viento ni de agua”, la única aventura  es convertir las volutas de polvo de la concretera  en  ”una misteriosa geometría de rombos, cubos y ángulos sobre las láminas grisáceas del suelo”. Cuando la mujer y el jardinero terminan sus labores esperan “una noche sin luna para salir a verlo. La concavidad púrpura reposaba su vientre agujereado sobre la superficie del jardín con la impasibilidad de una anémona servida sobre un plato de porcelana perfecta.  Casi no se podía respirar”.

Las referencias son claras: al polvo de la fábrica ponceña, situada donde estuvieron los cerros de piedra caliza demolidos en el barrio Portugués; a las urbanizaciones emergentes con sus casitas angulosas y tediosas; a un uso de la escritura como ritual que transforma la brutalidad en belleza; a las colecciones manieristas del Museo de Arte de Ponce; a las casas belle époque de esa ciudad que según otro de los personajes parece “una inmensa repostería de lujo”.  Ponce, escenario de ópera y plena, lámina arrancada a un libro de cuentos para niños sedientos de sangre, deseosos de un orden que solo se cumple en las leyes del sueño.
...

Fue tarea de Pandora darle voz a los silenciados, restituir la crueldad y la esperanza a los cuentos tradicionales, reescribir a los autores y familiares de su infancia, y armar un escándalo.