miércoles, 31 de enero de 2018

Epílogo con mapa






La vida pasa arrimada al borde de los caminos, espiándoles el movimiento, sin transiciones, escondiéndose, torciéndose hacia un mundo interior precario. Eso me dicen las casas campestres en Puerto Rico, que con sus fachadas enrejadas, silencios y  misterios, se construyen, sobre todo las modestas, muy cerca de las carreteras.
Hacer un mapa precisa de una misteriosa operación mental. El deseado cuerpo del camino se disuelve en la ejecución del mapa. Sería imposible un mapa que con sus nódulos, redes de vías y códigos de colores reprodujera el mundo en escala estrictamente equivalente. Semejante mapa ocuparía todo el planeta, pero torpemente. No comprendería todo el planeta, no sería jamás el doble exacto del planeta.  Un mapa no es una equivalencia del mundo, sino el esbozo de algunas relaciones entre un número limitado de cosas, percibidas por una inteligencia más limitada aún. 
Incluso desprendiéndose de toda proyección en el tiempo, es decir, sacrificando las voces del pasado que todavía percibe en sus claves el oído afinado, no es posible abarcar ni en un mapa ni en un libro la realidad múltiple de un espacio transitado: el pavimento y sus componentes, las criaturas minúsculas invisibles, los granos de polvo, las piedras incontables, la vegetación en cada brizna, los tonos de voz sordos, los colores de las casas y cada variación en las manchas que la lluvia y el sol han prestado a esos colores, la curiosidad afable de las cabras, las actividades económicas, desde el trajín de cada día hasta la ruta de las mercancías que fluyen de grandes distancias, cada objeto de cada casa de cada una de las barriadas, cada olor, cada escándalo, cada canción disuelta en el aire y la basura.
Se han escrito libros donde se vertebran regiones a lo largo del eje de una ruta. En esas cartografías letradas, el viajero, la viajera, escogen, saltan, asocian. La libertad de asociar y de asociarse sirve para nombrar un principio del derecho ciudadano de la modernidad, así como la misteriosa virtud de concebir relaciones de afinidad y oposición entre las cosas, según las deslindan las afinidades y los prejuicios de la observadora. Pude haber escrito un ensayo, o una colección de ensayos, o una novela episódica, donde cada segmento del tramo de la carretera correspondiera a un capítulo igual a los demás en extensión, con el mismo número de páginas y observaciones. Pude haber escrito un poema descoyuntado, porque no soy poeta, pero se puede escribir el poema de una carretera, como Juan Laurentino Ortiz escribió un inmenso poema dedicado al río Paraná. Pude haberme propuesto no escribir una línea hasta haber recorrido a pie, más de una vez, el tramo de nueve kilómetros. Pero perdí la lección de la línea, que hubiera sido menos mía, menos convencional, y me detuve.
No me resigno a esa pérdida.  Quizás por eso escribo un epílogo con el resumen del libro que no fue: un mapa apalabrado de un tramo de la carretera PR 3, conocida como el antiguo camino real, que se une a otros para formar una ruta de circunvalación que va desde Salinas hasta el norte de la isla. Ese tramo de la PR3, unos nueve kilómetros, debe ser uno de los caminos más antiguos de Puerto Rico, trazado ya por los primeros pueblos, entre los puertos y los manglares, entre las Salinas y Guayama, formando un triángulo con el Coamo de los baños termales. Se pregunta una quién hace y nombra los caminos en un territorio cuyos pobladores más antiguos según la huella arqueológica recorrían las aguas del mar cuando las sandalias de Cristo levantaban el polvo en los desiertos. Qué voluntades y deseos forman los caminos, cómo nos alejamos de ellos. Qué es cobrar un sentido de pertenencia al lugar de nacimiento y, casi a la par, sentir la necesidad de huir de él; cómo sucede la fuga necesaria de la casa, la expulsión al mundo. Cómo se trazan los caminos antes de incorporarse a los mapas oficiales, a fuerza de ser las rutas más usadas sin permiso. Escojo la salida 83 de la autopista que lleva un apellido notorio: Monsanto. Me desvío hacia la carretera 7707, cuya densidad es atosigante, aunque el nombre traiga recuerdos musicales: carretera Johnny Albino. A lo largo de esa carretera y sus desvíos se alínean instalaciones sombrías.  
(Foto: posiblemente el camino de entrada a Aguirre c. 1916, fotografiado por Samuel Kirkland Lothrop.) 

miércoles, 10 de enero de 2018

Final





El género musical más antiguo afincado en los llanos de Aguirre y sus alrededores, de Guayama a Jobos y Salinas, debe ser la bomba. En réplica a los tambores, la gestualidad de la danza, las voces y las letras se dio una cultura del adorno en el vestir, del buen porte y el éxtasis. Fue música de esclavos insumisos, que rescataron de la mercancía que eran sus cuerpos la compatibilidad de la alegría con el derecho a no dejarse morir. Fue y sigue siendo, además, una cultura de fuerte, y poco estudiada, impronta femenina. A esa genealogía ha dedicado sus anhelos de investigadora Melanie Maldonado.
Melanie vive en Nueva York. Forma parte de lo que a falta de una palabra más cercana a la particular experiencia puertorriqueña hemos llamado “la diáspora”, ese exilio nuestro que desde otra atmósfera le ha sumado varias islas al archipiélago boricua. La dedicación a los estudios bomberos de investigadores como Melanie, y antes que ella Emanuel Dufrasne, Ángel Quintero et alii, es ejemplo de cómo ocurren la desaparición y la resurrección de especies culturales.
Mi tramo de la carretera 3, sus sectores y barrios se ha ido vaciando al son de la caída de bases económicas que se movían en el tablero de los mercados globales. Sus gentes fueron expulsadas al exilio, llevando en sus equipajes los instrumentos y algunas claves de los saberes antiguos. Un ejemplo de esa fuga de expresiones es la ruta de la bomba, el campo de investigaciones de Melanie, y también de la poeta e intérprete Julie Laporte.
Julie sentía la bomba y se preguntaba por qué en los sectores populares del Sur no se transmitía la enseñanza de la constelación de roles que componen el género, legado de padres y madres a hijas e hijos. Una explicación remite al sangramiento de poblaciones. En el Sur guayamés y salinense las recesiones de la base económica provocan, dice Julie “que la gente comience a irse, que se embarquen”. Los que quedan simplemente sobreviven. Algo semejante ocurrió en Ponce: “los hijos de Archi no están”. Esa huida al Norte, que parece interminable, tiene su contrapeso: el relativo auge reciente de la bomba y sus escuelas puede atribuirse al trabajo constante de grupos y musicólogos residentes, reflejado entre grupos de comunidades residentes en Estados Unidos.
Además de ser cantadora principal y colaboradora de los grupos Bomba del Sur y Escuela de Bomba de Ponce, Julie forma parte de un colectivo recién fundado: Umoya. Julie aclara que la palabra proviene del swahili y signfica Unidad. Al amparo de esa corriente se han enlazado dieciséis personas que pertenecen a varios de los grupos de bomba, conjuntos y escuelas, que se multiplican en el archipiélago. El colectivo se dedica a la investigación para ir construyendo un archivo de saberes y cartografiando manifestaciones del género bomba: variaciones, orígenes, intérpretes, anécdotas que, apreciables como los depósitos de cualquier ateneo del mundo, pero abandonados a su suerte, silvestres como los tesoros del pobre, irán publicando en una plataforma digital. “Aprender es la piedra angular de lo que hacemos”, dice la maestra Julie, que cultiva el oído y la voz, y compone letras, y añade a los fines de Umoya el documentar las actividades de sus propios miembros.
El campo geográfico acotado por Laporte para sus investigaciones coincide con los límites que me propuse traducir a letras en más de un libro sobre la carretera 3. Este,  el primero de una seria que tal vez no será, ya busca un cierre. Uno de los grandes polos del legado topográfico que apenas se menciona en este libro es el antiguo barrio llamado Jobos. Según Julie, el barrio se divide en dos: Puente de Jobos y Puerto de Jobos, por uso y costumbre de los vecinos. En ese sector ha entrevistado a bomberas y bomberos y sus parientes, entre ellas la indispensable historiadora comunitaria, por determinación de un consenso tácito, Marta Almodóvar, maestra del clan o “raza” de los Villodas. Laporte ha encontrado que las historias se validan entre ellas, y que hay relaciones que abarcan toda la región, desde Arroyo hasta Ponce. “No se puede investigar la historia de la bomba sin descubrir nuestra historia como pueblo”, dice Laporte, abriendo todo un campo de reflexiones sobre cada palabra: historia, bomba, pueblo, descubrir.
La diáspora que abrió un vacío también potenció el redescubrimiento, dice Julie, sin escrituras, con eslabones rotos y anécdotas. ¿Que significa buscar raíces, forjar identidades? “El encuentro con otras culturas nos motiva a expresar la nuestra.” Además se descubren rasgos comunes, las hibridizaciones que caracterizan a los géneros musicales vivos, dominantes, cuando se encuentran con los músicos afroamericanos, cubanos, africanos.
Se enciende la chispa de una discusión interminable sobre el fervor de recoger las señales que alguien dejó en los márgenes de un país destrozado y ver qué puede hacerse con ellas. Bomba y cuerpo; gestualidad, mimesis y memoria; ganchos desarraigados que encuentran parentelas y prenden en otra parte. De pronto, cuando escribo esto, a fines de 2017, se nota un vacío, una carencia, añoranzas de un tiempo de luchas y respuestas, conciencia de las muertes, traspaso de deberes. Son las estaciones de la historia. El abismo sin mapas de un presente sin provisiones. ¿Será así la muerte, una galería de espejos cubiertos con paños negros?

La gente deja monumentos que quizás se recojan en papeles, pero que en todo caso quedan escritos en los cuerpos de sus gestores. Esos cuerpos desaparecen a diario. El mercado de la información para consolidar la tristeza del lucro ha cruzado fronteras impensables, aunque las versiones del capital hoy se parezcan en tono y oportunismo a las de los científicos políticos y economistas que alumbraron el camino para la misión del hombre blanco en el trópico, Lothrop, Dumaresq, Luce y DeFord. De modo que los cuerpos de los resistentes, donde está inscrita la historia sin bibliotecas, e incluso las crónicas pueblerinas y este libro, desaparecerán. Es así, pero no importa, porque los cuerpos desaparecerán como la flor en sus semillas, y el aliento de mapas nuevos será inevitable cuando una mujer curiosa o un niño preguntón se acerquen a un edificio vacío, a los cimientos de una casa quemada, a los restos de una bibioteca y se pregunten: ¿qué es esto, qué fue, qué pasó aquí?






sábado, 16 de diciembre de 2017

La abeja reina






Hubiera terminado la historia de la casa y de su heredera y guardiana sobre un fondo invariable de azul celeste, en la fijeza de un libro más, esa especie comparable a las cajas: ataúdes si enmohecen por olvido, musicales si se abren y suenan. Lástima que las obras de amor sean frágiles. Terrible que las vidas memoriosas sobrevivan a los lugares de sus recuerdos, o al resplandor fugaz de una sensación cuyo origen ya no se piensa. En septiembre de 2017, un año y varios meses después de nuestra conversación con Rosita, visité Aguirre, temiendo encontrar los restos de casas despedazadas, la extinción definitiva del poblado, y con él la base material en la cual se apoya la razón de ser de este libro, que sin ella disminuye a relato de fantasmas desleídos. El huracán derrumbó alguna pared de la casa grande, a la que pude subir por primera vez, sin que lo impidiera la verja que la rodeaba. Me acompañaba Menta, una de las perras de casa, y a las dos nos aburaron los mosquitos, pero el temor a la plaga no dañó el asombro de estar en el terreno de la casa grande. Desde el promontorio donde se encuentra, se traza una perspectiva de círculo perfecto, que une tierra y mar, la bahía de Jobos, el manglar de Punta Pozuelo, el valle amplio que fue cañaveral sobre telón de piemonte y cordillera. No entré en la casa. Los perros de unos vecinos, dos animales imponentes de raza de guardianes, se nos enfrentaron cuando bajábamos y pensé en una muerte dolorosa y sangrienta, pero la ferocidad de los animales había quedado en desamparo, al igual que las casas sin techo, cubiertas de ramas caídas. El baobab era un tronco enorme sin hojas. No solo nos dejaron pasar, sino que huyeron con un alarido.
La casa de Rosita, la casa abeja reina, tiene perforado el techo del espacio central, donde se encontraban la sala y el comedor, cámaras de resonancia de miles de pasos políglotas dispersados por el torbellino de las ráfagas a quién sabe qué regiones del limbo. Ella tendrá que acostumbrarse a otros lugares, donde se exige un acomodo a horarios y movimientos incomprensibles. Sobrevivió el porsche acogedor de diferencias. Ojalá pudiera reconstruirse la abeja reina, con un techo nuevo, podado de fantasmas, tanto los de los muertos de Aguirre como los rastros de quienes usaron los muebles comprados en casas de antigüedades de Nueva Ingaterra y transportados al trópico en barcos mareantes.
Antes de salir de Aguirre me detuve a hablar con unos vecinos que recogían escombros. Según un aguirreño de crianza y propietario de una residencia, el gobierno tendría que revisar el reglamento de la zona hisórica que impide alterar las casas del poblado y construir en hormigón. Diferir de su opinión hubiera sido casi obsceno, como defender la calidad de los servicios de salud en un velorio. Callar me hubiera parecido más respetuoso, pero irresponsable. Me atuve a comentar anomalías. Tratándose de un poblado en ruinas, el daño no había sido total: paredes pulverizadas, maderas desenclavadas, desencoladas, desfiguradas. Por razones inexplicables para mí, le dije al aguirreño, algunas ruinas de casas abandonadas habían resitido mejor que la casa grande y que la cuidada casa de doña Rosita. Seguian siendo ruinas reconocibles. Además quedaba en pie la casita contigua a las ruinas del cine. Aguirre conservaba las líneas borrosas del poblado que resistió memorias y desastres. Ellos siguieron apilando escombros. Ese día no visité las ruinas de la sala de máquinas de la central.          





viernes, 1 de septiembre de 2017

De regresos y recobros, una novela de María Benedetti







para Alicia, estudiosa y activista; 
para Merari, Isabel, y sus compañeras y compañeros de la Huerta Resiliencia 


Dolores y milagros: una historia para la inocencia
María Benedetti
Botanicultura, Cayey, 2016

El despoblamiento actual de Puerto Rico tiene antecedentes cercanos. A mediados del siglo veinte más de un millón de puertorriqueños abandonados por la isla se vieron obligados a emigrar. Digo abandonados porque entre las causas del gran exilio conviene recordar una política de gobierno: fomentar la inversión de capital extranjero en la industrialización y promover la partida de los pobres. Exilio es una palabra más precisa que diáspora cuando se considera excedente a todo un sector desplazado por la actividad económica.
Nuestros exilios solían ser cíclicos.  El retorno a la tierra podía ocurrir tras la ausencia de varias generaciones. María Dolores Hadosy Benedetti regresó al país de donde partieron al exilio miembros de su familia materna en otro ciclo, el primer tercio del siglo XX. En los años ochenta Benedetti se propuso regresar tras el eco de unas voces que se llevaba el viento; rastros de unas formas de vida imperfectas, injustas como todos los sistemas de saberes  (incluso la ciencia pura, sujeta al poder y las supersticiones del lucro) pero también portadoras de conocimientos y afectos.
Las ficciones centradas en la recuperación de quienes no dejaron memorias escritas tienen un lugar de privilegio en la literatura de mujeres. Algo parecido intenté hacer en mi primera novela, Angélica furiosa (1994). En aquel tiempo María ya había publicado su primer libro, el ya clásico, ¡Hasta los baños te curan! Plantas medicinales, remedios caseros y sanación espiritual en Puerto Rico, que, para citar a la autora,
… retrata y celebra la tradición de medicina verde y sanación espiritual del pueblo borincano tal cual era hasta la década de 1980. Curanderos de buena voluntad, amas de casa, cosmetólogas, agricultores, consejeras espirituales y una partera-santiguadora comparten conocimientos, historias, recetas y filosofías mediante inolvidables conversaciones con la autora. 
Luego vinieron Sembrando y sanando en Puerto Rico, El buen tabaco y Doce árboles amigos, hermoso y sustancioso como pocos libros didácticos. Antes de la vuelta al barrio de los Benedetti, María ya se había acercado a la belleza de la lengua materna estudiándola en contextos formales, como uno de los personajes de este nuevo libro,  Dolores y milagros.
Comenta la autora  que Dolores y milagros es una “micro novela”. Cada capítulo se sostiene como cuento, pero también forma parte de una trama mayor. La novela se basa en testimonios que se transforman en ficciones y van armando una red de experiencias.  
El tono intenso de la narración comunica experiencias dolorosas y también vivencias de los placeres que el cuerpo oculta. Apalabrar experiencias que por naturaleza tienden a lo inefable es el oficio de una escritura poética. El libro roza lo real maravilloso sin dejarse invadir por fórmulas. Su instrumento es una prosa extraña, quizás porque se establece al filo de la otredad, en contacto con el mundo sin adentros ni afueras de las plantas, así como en la frecuencia de los ensalmos y conjuros, de palabras arcaicas y restos flotantes de voces dispersas.
Los dolores que el libro narra son durísimos. Hay partos en abandono, huracanes que provocan muertes y encadenan almas, adicción a las drogas del narcotráfico,  violencia contra la mujer. Si el dolor es intenso, no obstante se cuenta de manera apasionada, quizás porque los afligidos acceden en su degradación al mismo impulso vital y don de recuperación que exhibe la naturaleza, y que aflora en los humanos al derrumbarse los artificios del yo y liberar en el cuerpo formas de comunicación e inteligencia reprimidas. El camino no pasa por la separación de alma y cuerpo, ni por la represión del deseo, sino por el descubrimiento del cuerpo mismo y sus centros sensibles.
Esa mirada singular se apoya en formas de espiritualidad: santería, curandería, sabiduría de las “santas abuelas y divinidades boricuas”, prácticas tradicionales exóticas y religiones de la naturaleza. Reconocimientos de la muerte y la vida como ciclos; aproximaciones a un ambiente incomprensible, del cual somos partícipes excluidos. Son los retazos de una ciencia centenaria acumulada  en la marginalidad: la de la esfera el ser de las plantas, transferida simbólicamente a los lugares del éxtasis.


Los temas a los cuales se ha dedicado la estudiosa Benedetti nunca han sido tan actuales. En el país de los personajes de estas historias se ha visto la cara más siniestra, (por lo engañosa) del colonialismo. Esa misma tierra maltratada y envenenada es hoy el escenario de un retorno a prácticas por parte de agricultores nuevos. En ese espacio de renovada producción agrícola y cultural la literatura, las crónicas, los saberes viejos, las nuevas vivencias, el testimonio de los mayores, han ido formando una biblioteca alternativa importante. Ejemplos de cómo, en situaciones catastróficas, las culturas todavía remiten a la naturaleza, ese vínculo que se perdió en la arrogancia de las doctrinas del crecimiento económico basado en la explotación violenta de los recursos planetarios y que intentan recuperar los pensadores y las pensadoras de corrientes como “plant thinking”, ecologismo, animalismo, economía feliz. La autora dedica el libro a varios colaboradores y amigos, y también a unos seres tan corrientes que casi no los vemos: “A los árboles papel. A los árboles cobija. A los árboles aire puro, sombra y frescura. A los árboles mesas y lápices, camas y cajas, pisos y nidos, paredes y platos”.  Ciencia práctica comparable con la pasión arbórea de Hope Jahren, otra autora capaz de unir lirismo con ciencia pura.


Los personajes de Dolores y milagros sienten, padecen, obran: la madre, valiente, señora de su propio parto es también la esposa sobreviviente de una brutal paliza del marido; la mujer cuyo cuerpo entumecido despierta al toque de unas manos; el horror eterno de la adicción; la muerte, pero no ya como espectáculo horrendo sino en continuidad de traspaso; los cangrejos encandilaos, el chivito del sacrificio, tan inocente como la mujer de los masajes cuando se desnuda y desanuda; los corillos infantiles, la sacralidad corporal del juego. Memoria autobiográfica, memorias familiares, memorias encarnadas.
Otra clave es el estado de extranjería de “la americana”, que intenta acceder al “nuevo mundo de la barriada cuya música, cultura botánica y calor humano ella amaba tanto” y donde se siente como una fantasma. Por su propia condición excéntrica es ella quien aprecia y valora más que nadie, de otra manera, los oficios, los banquetes, la fiesta comunitaria, las desgracias comunes, “el vecindario ancestral”. Y es ella quien mejor reconoce la belleza de las palabras corrientes: hay números bonitos y números feos, hay protecciones, resguardos, guarapillos, bruquenas, cadenas, remedios, regresos y recobros. A la carambola de unos números, se deben las claves de entrada en la confianza: “En ese mismo instante, cruzó el portal que se abre sólo a los iniciados, a los que pertenecen, a los nuestros.“  Desde luego, esa extranjería no es prerrogativa de la “americana”. Es el lugar de la diferencia; es la rareza de los diferentes aunque hayan nacido en el corazón de la barriada.
El bucle de relatos cruzados se cierra con una ceremonia de sanación sincrética. Es casi una performance donde se juntan los personajes y se echa mano de panteones y fervores múltiples con la intención de devolver la inocencia a la criatura que la madre valiente parió en el primer capítulo del libro. La inocencia no es tanto un estado de ingenuidad como de restitución de la disponibilidad previa al incidente traumático, el cual también se asume como si su huella en el cuerpo fuera un talento más. El final ceremonioso parece más bien principio. Pero el objetivo de la curación ritual no es solo el personaje de la novela. Se diría que es todo el país que la autora aprendió de los relatos de sus viejas y que luego adoptó en su origen personal y en el destino de la comunidad elegida como archivo y cuerpo de saberes. El país que no sana del trauma de un proceso en el tiempo, de una pérdida de protecciones:  
Valeria caminó por la fosa abierta de los conocimientos legados de tantas generaciones: la trágica pérdida de los frutos de tantos diálogos logrados entre los ancestros boricuas y las criaturas y las plantas, las piedras y las aguas, las fogatas y las estrellas. Presenció y sintió en su cuerpo el enorme hueco formado por el desvío de tantas sabidurías que permiten y guían el sano desarrollo de un pueblo. (p.143)

El don narrativo de María Benedetti construye estructuras dramáticas vertiginosas, un lenguaje fuerte y vivaz en la relación de escenas, preciso y extático en la vibración erótica, con boleto de ida y vuelta entre vivos y muertos. Algún muerto regresa a la vida y es el amante perfecto, pues no tiene noción del tiempo ni sabe lo que es apropiarse de una persona, ni es capaz de sentir miedo. 

Marta Aponte Alsina

lunes, 21 de agosto de 2017

Eclipses




William Sturgis Hooper Lothrop cometió la infamia de morirse antes de tiempo. Nació el 19 de junio de 1870 y falleció el 5 de abril de 1905, el mismo año, en los mismos días de la huelga general de obreros y obreras de la industria de la caña, que se extendió por todo el litoral de Puerto Rico, de norte a sur. La causa de la muerte fue una apendicitis de la cual no se recuperó tras una intervención quirúrgica realizada en Ponce. Una pena que el William de este libro mío no sea el William auténtico. Es otro William, mi personaje, el que se me presenta, toma asiento, se rasca la cabeza, cruza las piernas frente a mí en una silla tan imaginaria como él. Dura, de espaldar parecido a un coral de abanico gigantesco. Su amargura no es tanto el efecto de genes heredados, ni de la crianza dura y machista de Harvard y de su padre. Es más bien el producto de un misterioso dolor abdominal que William alivia con sal de Picot.
En 1899 el padre de William escribió la biografía de William Henry Seward, miembro del gabinete de Abraham Lincoln, para “American Statesmen”, una serie en treinta y dos volúmenes publicada por la editorial Houghton Mifflin and Co. Además, editó la autobiografía de su padre, Samuel Kirkland Lothrop, quien a su vez había editado una memoria autobiográfica del suyo. La memoria de Samuel Kirkland Lothrop empieza así: “I have a decided opinion that very good blood flows in my veins”. Era frecuente que el varón bostoniano de familia dominante asumiera ante la historia de la ciudad y de la nación un deber: escribir la biografía de hombres ilustres, con frecuencia la biografía de su propio padre.
A William no le dio tiempo de continuar la cadena de biografías familiares. Tampoco escribieron sobre él sus hijos.
¿Escribirá alguien la biografía del auténtico William Sturgis Hooper Lothrop?  ¿La reclama ese heredero de biógrafos y memorialistas? Su abuelo Samuel Kirkland fue un ameno escritor costumbrista.  Su prosa tenía la vitalidad aromática de las frutas que en el trópico saben a invierno, como la manzana y la pera; de las flores que empiezan a brotar tras el sueño de la escarcha. Dejó escenas vivaces protagonizadas por señores que parecen salidos de una página arrancada por Nathaniel Hawthorne a una página de Charles Dickens. Describió la modesta casa de su tío John Lothrop Kirkland, uno de los presidentes de Harvard University, hombre de trato distante. Samuel seguía el plan de estudios que entonces hacían los sobrinos modestos de presidentes modestos. Para facilitar a su sobrino Samuel el ingreso en la Universidad que presidía, Kirkland contrató a un tutor joven estudioso y ensimismado, que trascendería dejando en la sombra a su afable discípulo.  Ralph Waldo Emerson, según este, no prestaba mucha atención a las lecciones. Prefería leerle a Samuel sus propios ensayos y poemas. Samuel, que llegaría a ser el principal ministro de la iglesia Unitaria, misma que sería casi deshecha por las críticas de Emerson, escribió para las futuras generaciones sobre la poca fe que le inspiraba su maestro de latín.
En sus memorias, el abuelo Samuel recupera estampas de la nación recién nacida. Cuenta de sus visitas a una Casa Blanca que aún era un espacio doméstico, llevada con mentalidad de familia extendida en pueblo chico. Apunta que las medias del descuidado John Adams, vestido con pantalón blanco hasta poco más abajo de las rodillas, se le rodaban hasta los tobillos. El presidente Andrew Jackson, hombre bárbaro de la bárbara frontera, tenía buenos modales y una voz agradable.  A propósito de fronteras, el abuelo Kirkland de Samuel fue misionero en las tierras de los pueblos indígenas y también, ya se ha dicho, escribió un libro de memorias:  



La tradición de la hagiografía paterna –los hechos del padre- parece haber sido uno de los deberes del varón burgués bostoniano. La escritura de la biografía del padre, algo tendrá que ver con la identidad de una sociedad que abre las puertas del mundo a la vez que se encierra en su mundo. La biografía traza fronteras entre su protagonista y el resto del mundo. ¿Será que escribían para blanquear e idealizar su historia, ellos, que iban sembrando empresas en al menos tres continentes? ¿Cómo puede ser de abolengo una cultura de apenas 200 años? ¿De dónde la prematura nostalgia? ¿Por qué el vértigo ante el mundo que, con sus intervenciones, iban abriendo desde la China hasta el Caribe, desde los barrios pobres de Sicilia hasta las plantaciones de guano en el Perú? Los barcos de Forbes y Perkins transportaban esclavos negros y culis chinos a Cuba y a Perú. Alejandro Tapia escribió sobre los culis y la industria tabacalera como quien se acerca al fondo de la depravación. No conoció Tapia, no hubiera sido admitido, sin pasaporte y salvoconducto, a pesar de sus ojos azules, en el salón donde el coronel Perkins, uno de los “merchant princes” de la ciudad, celebraba la Navidad con sus hijos y nietos. O tal vez sí, si hubiera llevado un informe de la hacienda Cortada, propiedad  de los Cabrera, que al cabo de medio siglo sería adquirida por los cuatro compradores  de Aguirre.
Un comentarista de la sociedad bostoniana, un hijo pródigo, dio nombre a la  tradición de sumar biografías al panteón de las primeras y mejores familias: Boston´s Graveyard Eulogy School. El hijo que no tuviera talento literario contrataba a un escritor, o a un estudioso tedioso. En ocasiones tocaba a los padres solicitar a un autor de peso que escribiera la biografía de un hijo prematuramente muerto. Henry Adams dedicó un libro a George Cabot Lodge,  el poeta que izó la bandera estadounidense en Ponce. Henry James escribió a regañadientes, pero con decoro, la biografía de William Wetmore Story, un escultor irremediable. Pero nadie escribió sobre William Sturgis Hooper Lothrop. Su muerte no mereció el epitafio de una biografía. Ninguno de sus hijos escribió sobre él. Su muerte fue vergonzosa, sucia, comido por gérmenes en un país salvaje. No fue digno de su linaje, ni dejó escrito un diario de sus hazañas porque era todavía un niño cuando cometió la infamia de morirse.

Lamento que las menciones de la muerte de William en los documentos sean tan apresuradas. En el informe del secretario de la clase graduando de 1890 publicado en 1915 se informa: “In connection with his business he made many trips to Porto Rico and other southern points. The firm of Lotrop, Luce and Company succeeded the firm of DeFord and Company in 1904. After a severe attack of appendicitis he was operated upon at Ponce but failed to recover”. En la página 85 del libro de su suegra, Louisa Crowninshield se lee: “Sturgis Lothrop died in Porto Rico, April 5th, 1905. It was a terrible blow to us all, as we had no idea he was even ill. Alice went there at once, but too late”. A más de un siglo de distancia, cuando escribo esto, veo su muerte sin sombra escrita sobrepuesta a un mar de acontecimientos igualmente olvidados por quienes como él y sus socios se beneficiaron con las ganancias de la Central Aguirre. La enfermedad de William coincidió con la primera gran huelga de los trabajadores de la caña en la isla de Puerto Rico. La huelga comenzó en el norte y ya para abril se extendía su llamarada por los cañaverales del sur. La plebe amarilla, los descendientes de esclavos, los enfermos, las criaturas que vivían en chozas indignas de animales, soltaron los machetes y azadas, y se unieron para pedir un aumento de salario de unos centavos. Sin saber leer ni escribir, aprendieron a escuchar algo más que el zumbido del sol en las orejas, que el débil llanto de niños anémicos, que las tareas interminables de cocinar una miseria para el varón de la casa. Empezaron a escuchar palabras y a reproducirlas como periódicos parlantes. Nunca antes les habían visto las caras a tantos semejantes de la montaña, de las islas, negros amarillos y amarillos negros. Eran tantos que llenaron la plaza de las retretas, donde según cita Félix Córdova de las memorias de un sindicalista, el domingo 16 de abril de 1905, cuando el cadáver de Lothrop se pudría en las picadas aguas del Atlántico, o quizás cuando Alice aún no había logrado completar los trámites para el traslado del cuerpo y, a la vista del balcón de su casa, legiones de obreros harapientos y de mujeres descalzas marchaban hacia la Plaza las Delicias. Provenían, cuenta Córdova de los barrios de Ponce y de otros municipios y de las colonias que suplían cañas a la central Aguirre. A eso de las 4:30 de la tarde la Policía  arremetió a tiros y macanazos contra la  multitud de trabajadores. Hirieron gravemente a decenas de hombres, mujeres y niños. No he encontrado un registro con los nombres de los muertos.
(Capítulo de mi libro inédito "3 Invernazo Aguirre")

domingo, 25 de junio de 2017

Miramar






(Un pasaje de Vampiresas, 2004)

En el cine del barrio exhibían Amelie. Pensó sin entusiasmo que no le molestaría verla otra vez, medio pendeja pero una de las películas más realistas que había disfrutado en su vida. Como una estrella de mar moribunda en la playa, entre el edificio del cine y otro inmueble rectangular de vidrio y cemento, respiraba serenamente una casa de aleros anchos y columnas con lamparitas incrustadas, cuya vida espléndida y misteriosa bullía detrás de las ventanas siempre cerradas. En el jardín, disminuido para ampliar la acera desierta, un árbol de reina de las flores mudaba las hojas. Tras los vitrales de la sala parpadeaba una luz, tan atrayente como las iluminaciones del cine vecino.
Vieja de 23 años, le intrigaban las casas decrépitas. Si le hubieran alquilado un cuartito en aquella mansión donde parecían confluir los cristales rotos en el tiempo de otras casas destruidas,  habría abandonado a Leonor sin importarle que fuera al encuentro de la calle de su destino. Después de organizarle un funeral con incienso y cantos arrojaría al mar las cenizas de aquella madre desquiciada, en un sitio de belleza singular, como la playa Medialuna.
Andando, andando, renovó la comunicación con su barrio del alma, revivió el constante asombro de que en Miramar cada edificio se levantara en medio de un brutal aislamiento, a solas en el mundo, como quien nace con vocación de enemigo en una zona de guerra. Y qué. Para gozar bastaban las aceras anchas y vacías, porque ni siquiera la fealdad y el desorden apagaban el recuerdo de una belleza anterior, de cuando no tenía nombre aquella duna enorme perfumada de salitre, flotante sobre la oscuridad del salvaje Atlántico.


Donde cada edificio es un loco que habla solo, cada edificio tiene su encanto. Pasó frente a la capillita de la próxima esquina, morada de palomas en campanario esquinado de gárgolas. Los dragones boquiabiertos, que en las películas de horror alargan los pescuezos sobre un fondo de rayos y centellas, se veían muy cómodos en la capillita de Miramar, cerrada siempre, como si alguien la hubiera dibujado para ilustrar una novela de Walter Scott y luego se olvidara de ella, regalándole una página al viento salitroso. Un vitral de Cristo en el huerto de los olivos y una virgencita de yeso vigilaban el jardincito abandonado de la capilla, donde florecían con dificultad las yerbas malas. Muy cerca, al servicio de las parejas recién casadas en la capillita, el hotel Las Américas también había sido construido con cierto romanticismo misterioso en torno a un patio interior cubierto, del cual arrancaban pisos sucesivos, cada uno con falso artesonado de intensos arabescos.
Para completar la muestra de lujos olvidados y modas egoístas bastaba con otro edificio arbitrario, el panal modernista que llevaba el absurdo nombre de “Departamento de Justicia”. Con un cuidado parecido al del inquilino que acaba de mudarse a un apartamento y revisa los objetos abandonados por el inquilino anterior, Laurita subió por la calle Olimpo, que no era más que una cuestita a pesar de las alusiones tonantes del nombre, hasta que junto a un feísimo parquecito de bolsillo, encontró el edificio de seis pisos, con ventanas sombreadas por aleros cubiertos de tejas.
En comparación con los edificios locos de Miramar a éste no le faltaba armonía. Verdad era que el diseño de las losetas del pasillo de entrada era tan enredado que resultaría difícil pisarlas y evitar el estrés, y que en la fachada un grafiti proclamaba, en letras color violeta, “yo soy anormal”. Además, quedaban pocos apartamentos habitados, a juzgar por los buzones rotos. Pero el conjunto retenía la estructura de un cuerpo perfectamente encantador, cinco pisos concebidos en intervalos de ternura por un arquitecto enamorado de las proporciones perfectas.
En la ventana principal del piso más alto se veía una silueta. Laurita se escurrió entre las planchas de zinc que clausuraban la entrada y subió por la escalera en la punta de los pies, evitando pisar la mierda petrificada de gatos y otras materias desconocidas. En el descanso del último piso, antes del tramo que llevaba a la azotea, se detuvo ante una puerta carcomida, en cuya superficie, pintadas por la misma mano que había trazado el grafiti, se leían las palabras Adela Patiño, prima donna.


Quizás la razón de que su tía mantuviera un negocio como Ariel –porque ya quién iguala las ganancias de Federal Express y otras empresas multinacionales– era la presencia permanente y estimulante del azar. Siempre había un objeto que alguien mandaba con la intención de que lo recibiera alguien, pero aparte de eso las variaciones se multiplicaban infinitamente. Esa mañana le había llevado un ramo de tulipanes amarillos a la criada de un cónsul europeo de parte de un entrenador de gallos de pelea, seguido de la entrega de una bolsa llena de cajas de donas a un niño con cara de melón, pero las vibraciones peculiares del sobre oblongo, enviado por Paula González, pintora de Coamo, a Adela Patiño, residente en Miramar, no venían mal  para quitarse de la mente al mancebo de la agencia.
Primero se abrió la puerta, con un chirrido de bisagras mohosas seguido de un revuelo de cadenas gruesas que revientan, saltan y caen, entre un ruidoso y metálico aleteo de polvo en el umbral donde, para coronar el estruendo, se recortó, sobre el fondo negro del apartamento, la figura de una anciana de sonrisa abierta y ojos brillantes.
Asombraba la extensión de los bordes de la cara, daban gracia las mejillas largas, la quijada de media luna, sin descontar los rasgos acorralados y comprimidos en el centro: ojitos sombreados por cejas espesas pintadas como a la fuerza con tinta china, la boca fruncida, la naricita epidérmica.
Por lo visto lo primero que la vieja hacía cada mañana era dibujarse una cara. De inicio la línea del lápiz labial, demasiado anaranjada y juvenil; luego la sombra azul de los ojos, cuyos iris se perdían en el globo blanco, duplicando la apariencia oval del contorno. Se ha hecho estirones, pensó Laurita, cuando pudo recuperarse del espanto, en el próximo perderá los ojos.

miércoles, 10 de mayo de 2017

Galdós, diputado por Guayama





(Hoy se conmemora el natalicio de Galdós, el representante más célebre que ha tenido la ciudad de Guayama. En su honor comparto el siguiente pasaje de una de mis novelas nonatas. La novela narra las vicisitudes de un explorador del siglo XIX enviado por Ludwig de Baviera, en busca de la planta que nos hará felices).

Te copio los chistes de la carta de Oller, para que te diviertas donde quiera que estés, él dice que caíste preso, pero yo me niego, me niego.
“Cuando nuestro amigo Homero se reunió con el tal Galdós -charlatán, bajito y flaquito como buen canario- el diputado mostró un vivísimo interés en nuestra historia de torturas y compontes, aunque es conservador y no se puede confiar en un joven que piense que la literatura es más importante que la política, y que esté dispuesto a representar un falso interés en las víctimas de la tiranía, mientras vive de las rentas de un régimen explotador. Porque tú sabes, mi niña, que se abolió la esclavitud, pero estos incondicionales españoles no se han enterado. Cuenta Homero que se reunieron en la botica de un hermano masón. Dice que el chusco, es decir, el diputado por Guayama, nuestro diputado, le hizo repetir varias veces el cuento del esclavo manumiso que se enfrentó a un español y de cómo el español lo tajeó de la cabeza al trasero y después lo descuartizó. También le pidió a Homero que describiera los manglares de Guayama y le preguntó si las damas de esta isla usaban mantones de Manila. Homero estuvo a punto de perder la tabla, te digo, y todo entre las pociones venenosas propias de la trastienda de una botica, pero de algo le sirvió hablar mientras el otro apuntaba, y echaba de menos a Cuba, y expresaba el deseo de visitar Guayama. Así supo Homero que pronto llegará un nuevo Capitán General. El diputado le aseguró a Homero que este no sería un abusador, pero ser capitán general y no ser abusador es imposible, de manera que así se confirma que es un embustero. Me asegura Homero en su última carta que Galdós ya se había entregado al consumo de la yerba que nuestro amigo le entregó, y que la usaba con la facilidad con que derrama tinta. Confía el buenazo de Homero en que, más allá de la vanidad de llenar páginas de letras engañosas, el muchacho insolente, ese Benito chupatintas, se convenza con el uso de que escribir y anotar las estupideces humanas que observa en la calle no es tan importante como usar su desocupado escaño para proponer la entrada y el consumo de la planta en los cuarteles del ejército español. Creo que así se cumpliría una de las intenciones del diseño de tu amado, al que me uno de todo corazón, porque siempre he soñado con el día en que el hombre se harte de derramar sangre y desee ser feliz. Aunque a decir verdad sólo me consta por una carta que recibimos hace más de un mes, y para mí que el mundo sigue igual, con guerras en todas partes."
Todo eso escribió el viejo Oller, que como es viejo sueña con lo que sueñan los viejos: la paz y el amor, como si no hubieran sido ellos, los viejos, los máximos canallas. A mí el estado del mundo no me importa tanto como a ti, es decir, me importa solo porque a ti te importa. Se está bien aquí, ayudando a este francés a hacer las maletas, escuchando sus promesas de que me llevará con él adonde quiera que él vaya.
Gogán, así se pronuncia su nombre, dice que la especie humana dejará al final una muestra miserable de lo que fue, cuatro cositas, y que quizás las encontrará alguna otra especie que ya no será humana. Es la ley de la evolución y él piensa en el alfabeto, en pocas cosas, dice, son muy pocas las cosas que ha hecho la especie humana. Y entonces para él la pintura no es gran cosa. Él pinta negros, vacas, perros y sombras. Y pinta mucho, y son muy raras sus pinturas y le encanta el blanco argent, y sabrá dios qué le echa el endemoniado Oller, él dice que hay en las últimas pinturas que hizo algo mío, qué se yo, me dice, algo de caligrafía, muy vertical, tienes un pie en el cielo y otro en el infierno, muchachita. O sea, me convirtió en arte a mí, tan minúscula que me dio esfuerzo reconocerme, estoy ahí, en una tela, soy el tronco de un árbol, blanco, que parece carne humana. También estoy, más negresse, dice, en una de sus  esculturas extrañas, que parecen deformaciones de las hermosas porcelanas de la botica. Yo le ayudé a quemarlas, le confié algunos secretos de la química que él no conocía. Cuando me abraza sabe que me perderá y se despierta agitado, por eso quiso hacerme barro. Estoy ahí, los hombros desnudos, los ojos abiertos, mirando de reojo, muy seria, muy sorda, como si estuviera presa, muy niña. Esa soy yo.