domingo, 13 de marzo de 2016

Alice



El de 2015 fue, en el norte, un otoño con temperaturas casi tropicales. Caminé por la ciudad desconocida sin sentido de las distancias. Al dibujar sobre un mapa la ruta de mis pasos vi unas formas parecidas a dos constelaciones, la Osa Mayor y la Osa Menor. Supongo que esos patrones son engañosos; de algún truco hay que servirse para poder contar la historia que se desea cuando el rastro mismo de la pesquisa es lo que va dibujando su figura.

Entrar en la historia del Boston de los “merchant princes” es casi adivinar la combinación de una vieja caja fuerte. Los nombres que llevaba conmigo desde Puerto Rico no les dicen gran cosa a quienes se interesan en la historia de la isla, las tramas del ejército invasor y sus agentes empresariales: William Sturgis Hooper Lothrop, Francis Dumaresq, John Dandridge Henley Luce, Henry de Ford. Nombres que son solo sonidos fuera del espacio bostoniano, estrecho, aunque cruzado con más conexiones remotas que un tejido nervioso.

Alice Bacon Lothrop era la esposa de Sturgis Lothrop, uno de los agentes bostonianos que llegaron con las fuerzas invasoras en 1898. Sturgis viajó como miembro de la llamada Comisión de Paz, en un barco del ejército de Estados Unidos, y fue uno de los primeros civiles que pisaron el territorio. Compartió el transporte, según el testimonio de una parienta, con los funcionarios del US Post Office que sustituyeron las estampillas españolas por estampillas de Estados Unidos.

Di con un retrato de Alice pintado por Frank Weston en 1891, un año antes del matrimonio de la muchacha. Sutil retratista de mujeres, Weston pintó varias veces a sus propias hijas,  vestidas con trajes desbordantes de encajes, portadoras de parasoles translúcidos, tan hambrientos de sol que en uno de ellos, La lectora, las páginas del libro están en blanco, la tinta devorada por la luz.

El retrato de Alice es de escaparate, pero no hubiera podido enfrentarme al misterio de la joven casadera sin la extraña fortuna de encontrar en la red un libro: la edición, limitada en sus orígenes y ahora universal, de las memorias de la madre de Alice.  Con sus ojos color caramelo, Alice dejó algunas miradas en el litoral de la carretera 3, como las que de niña dedicaba, entre edredones, a un remedio que le salvó la vida para que años después pudiera ver el mar. 

El mundo de los niños quedaba entonces más cerca de las tribulaciones de los viejos. El mundo de los niños ricos tenía un poco más de aire que el de los niños de las obreras y de las prostitutas, pero seguía siendo escaso el aire. La niña era una mujer en miniatura, sometida a obligaciones dolorosas. Cuando alguien se enfermaba en una casa de burgueses, las paredes se saturaban con los vapores de las medicinas malolientes. Una casa era la gruta del bienestar en las cenas familiares, olorosas a  panes y budines de ciruela encendidos en ron. Pero antes de las fiestas se torturaba a los niños rizándoles el pelo con papelillos, según cuenta en su libro la madre de Alice. Aunque ella no lo escribe, más poderosos serían otros ambientes: los remedios caseros, las habitaciones frías, los partos de la madre, el nacimiento de los hermanitos en aguas sangrientas, las paredes ahumadas, las velas que irradiaban luz rodeada de tinieblas.

Los niños enfermaban de tuberculosis, ardían de fiebre escarlatina o tifoidea.  La vida no les alcanzaba para buscar el sol del Caribe y morir en Cuba, en Santo Domingo, en Santa Cruz o en Puerto Rico, al igual que tantos bostonianos jóvenes.

Alice fue una de dos hijas de un matrimonio que, a juzgar por el silencio de la señora sobre su marido, el banquero Francis Bacon, se pautó y vivió sin entusiasmo. Al finalizar la Guerra Civil, los Bacon vivían en una casa flanqueada por dos caserones más grandes, de cuyos tejados altos y empinados bajaban corrientes de humo que se colaban por las chimeneas de la casa de los Bacon y les viciaban el aire.  La niña Alice, que a los cinco años era más inquieta que la mayoría de los infantes tísicos de las primeras familias, resbaló en la superficie de una charca congelada que se había formado en un solar vacante. Un aparente resfrío le provocó fiebres. El médico de la familia le diagnosticó una enfermedad más abundante que la luz: fiebre reumática. Cuenta la madre de Alice que la medicaron con un milagroso remedio “recién descubierto”: ácido salícico.

Aspirina.

Miss Bacon fue una de las primeras enfermas a quienes se administró la droga experimental. La historia de su caso y de la milagrosa aspirina se publicó en una revista científica, lo que brindó a la niña, continúa la madre, “mucho placer y deleite”. Pronto se recuperó y pasaba los días en el cuarto de los niños que se hacían jóvenes en torno a un Steinway vertical. Alice tocaba el violín y acompañaba a su hermano, cuando no practicaba, continúa la madre, su afición al baile.

El domingo de mi viaje a Boston, me detuve unos minutos frente a su última casa, la que compró cuando se casó su hijo menor. Yo había pasado dos veces frente a esa casa, que constaba en mis apuntes como uno de los destinos del viaje. La primera vez, el primer día, mi primera tarde en la ciudad, me urgía llegar al archivo del Ateneo, que se encuentra en lo más alto de la larga  y escarpada calle Beacon. El tiempo fragmentado por las tareas calendarizadas. La visión de túnel de una caminante cansada, que lleva en la cabeza el enjambre de sus ideas solitarias. Que tiene dos horas para revisar unos documentos solicitados meses antes. Ese día anduve frente a la casa sin saberlo. Hoy, cuando escribo la primera versión de este pasaje, recupero una casa animada que me vio pasar con alguno de sus ocho ojos abiertos. Mi presencia pudo ser la gota de agua capaz de colmar un vaso, o una gota más en un mar: insignificante. Una mañana de domingo, con apenas una hora antes de un encuentro con amigos, salí a buscar la casa. 

(Párrafos del libro que estoy escribiendo, sobre la Carretera 3). 

viernes, 13 de noviembre de 2015



A propósito de William Carlos Williams: conversación con Julio Ramos. La actividad fue auspiciada por el programa de creación literaria, New York University.

sábado, 29 de agosto de 2015

Narraciones puertorriqueñas en línea

Ya se encuentra en el portal de Ayacucho la versión digital del primer tomo de Narraciones puertorriqueñas (1849-1975), el título 253 en la Colección Clásica. Pueden descargarlo por aquí o ir directamente al portal de Ayacucho:

"La crónica, la leyenda y la fábula son formas de narrar que caracterizaron en sus inicios al cuento puertorriqueño. Este primer tomo del volumen intitulado Narraciones puertorriqueñas que Biblioteca Ayacucho pone en manos del lector contemporáneo, agrupa una muestra significativa del acervo creador de autores y autoras de Puerto Rico nacidos en el siglo XIX. Aquí podrá leerse a Manuel Alonso, Ramón Emeterio Betances, Eugenio María de Hostos, Ana Roqué, Manuel Zeno Gandía, Carmela Eulate Sanjurjo, Tomás Blanco, Luisa Capetillo, entre otros. El segundo tomo ampliará el corpus hasta los nacidos en el año de 1948 del pasado siglo. En ambos casos podrá observarse que la producción de estos narradores y narradoras está comprendida entre los años 1849 y 1975. El lector podrá acercarse al desarrollo de la cuentística puertorriqueña a través del prólogo que acompaña este volumen y que fue redactado por la escritora Marta Aponte Alsina, quien también llevó a cabo la selección para esta antología."

http://www.bibliotecayacucho.gob.ve/fba/index.php?id=97&backPID=2&tt_products=387










domingo, 19 de julio de 2015

Espartaco no es un cautivo






Andrea Benavídez


Una historia tan blanda que se estira y crece como una delgada cuerda que cruza a través del tiempo los anchos mares subterráneos de las culturas. Levanto una de las capas de las colchas que abrigan mi imaginación para ver siempre la lámina que está debajo, donde algunas cosas cambian de matiz pero no de forma. 

Espartaco es un amigo que vive en el Louvre, 75001 Paris, Francia, cultivamos en secreto un afecto que no ha dejado de crecer en los últimos veinte siglos. Para verlo en su calidad de mármol hay que pagar una entrada en euros, yo no la hubiera pagado por respeto a su historia de esclavitud, antes ni ahora tampoco. Exhibe sus atributos impúdicamente, no hay forma de vestirlo, siempre está desnudo, forzado por Foyatier a posar su modo histórico, histriónico. Quizás es injusto para él haber quedado petrificado en un museo de élite, en el centro del centro de lo que alguna vez centró a la cultura y ahora sólo sobrevive como eco. Expuesto como un objeto de lujo tan distante de su linaje rebelde, el cuerpo de Espartaco se erige contradiciendo su destino de esclavo, de dios imaginario y contradictorio de la libertad. Nada más humillante que ser presa del mercado del arte para Espartaco. Aunque también es una irrealidad que un hombre así haya conquistado su existencia eterna y entonces, a lo mejor sea justo que quede así, en ese estado de mostración, como una piedra preciosa, cuidada, a salvo de la intemperie que haría de su cuerpo una ruina, de su recuerdo una lástima.

Un esclavo es un esclavo aunque pasen dos mil años, aunque haya nacido sin esa condición o logrado conquistar su precio de libertad con la prosaica muerte, aunque haya perfumes de alto costo con su nombre. Un esclavo como Espartaco siempre está liberándose de lo que la cultura le obliga a colgar sobre sus hombros como estigma, pero sobre todo, él vive dentro de un espiral en el que continuamente está aboliéndose a sí mismo. No es por instinto de autodestrucción es porque entiende, del modo más futurista posible, que la identidad es una masacre continua de pasados yuxtapuestos que se consumen consecutivamente en las lenguas de fuego. Espartaco no es un hombre libre, nunca lo será y él lo sabe. Vive dentro de la tensión que le tiende la pasión por ser un esclavo de cualquier destino; tampoco es un cautivo que rueda por la eternidad en ese estado. Espartaco es un gesto, un grito, un movimiento libertario que se repite a sí mismo, un deseo freudiano, una causa perdida, un izquierdismo de toda derecha. Espartaco es un hombre dos veces dual, bicéfalo y bicéntrico.

Estuve con él en el sitio donde fue liberado, en un rapto alado dejó el museo de cosas eterna y coincidimos en la Península Ibérica, no había tropas, ni grupos de rebeldes pulsando la línea histórica por su libertad, allí sólo estaba él sentado, contándome su historia de frentes de batallas. No estaban sus verdugos, ni las cadenas que lo ataban a sus trabajos forzados en las canteras de yeso. Espartaco estaba solo, sin vanidad, con su cuerpo cincelado por el tiempo y el mar, todo él vuelto piedra que un día golpeó con la ira suficiente para librarse del mundo. En ese gesto perpetuo de esclavo en la cantera de piedra Espartaco se  talló  a sí mismo, quizás porque supo desde siempre que nadie le daría la vida que él no se diera. Se volvió precursor de todos los que iban a esculpir su figura para honrar algo que antes que él lo develara no existía. 

Espartaco se sabe símbolo, es un símbolo dual, él lo cultiva con esmero. A un mismo tiempo es la pesadilla de la esclavitud y el  sueño de la libertad, mientras que por su cuerpo cabalga una legión de seguidores, que en un sueño hipnótico ven el enigma develarse en su piel. La piel de Espartaco vale como escudo ante el verdugo que lo subyuga, quizás porque él siempre lo ha sabido es que fue desarmado al frente. En la intimidad del diálogo con Espartaco he visto en sus ojos el destello inquebrantable que convierte todo a su paso. Claro que el descanso del guerrero es necesario, una copa de vino, un poco de pan y un avistaje de la línea que apresa a los cuerpos en el yugo del trabajo dan dimensiones inesperadas a la libertad y a la esclavitud en un mismo movimiento de alas. Yo misma no  he sabido si después de mirarlo a los ojos quedaba libre o cautiva y he sucumbido ante la duda que todo lo transforma. 

Entre lamentos lo he visto preguntarse qué sentido ha tenido darlo todo por la libertad si en el presente la humanidad sigue siendo esclava, si el hombre que él creyó liberar sigue siendo en un mismo gesto el esclavo y el verdugo. En la noche profunda de la historia, Espartaco se ha levantado de la tierra que lo vio caer muerto y ha mirado con sus ojos todopoderosos los días de trabajos forzados de hace miles de años. En ese gesto que sólo un cautivo en eterno movimiento puede pretender he visto tensarse la línea del tiempo hasta el presente y cruzar las dimensiones tecnológicas del futuro. Espartaco, ha vuelto en sí de su momento bélico y me ha dado su espada, sus sandalias, su caballo, y en el silencio alunado ha dicho como hace dos mil años: ¾ si venzo al enemigo en la batalla, todo esto no me hará falta, si sucumbo en la derrota, tampoco. Acaso le he visto levantar sus ojos y ardiendo de dolor ha dicho: ¾ sigo siendo en el yugo el mismo cautivo, pero es ese sino el que me da el nombre y el destino. Siempre estaré preso, pero no de la historia, ni del destino, ni del ejército enemigo, sino de mi nombre, de mí mismo, siempre seré Espartaco.

Quizás, el acto de valentía más íntimo de Espartaco, acaso el único que tiene sentido, fue ir hacia su última batalla a pie. Sigue perpetuando el acto una y otra vez de su único cautiverio real, en  el retorno de los ciclos. Mató a su caballo con su propia espada, se quitó las sandalias de gladiador, dejó su vestimenta y se entregó a la lucha armado sólo con su hierro, que perdió en la disputa. Quizás por eso el cuerpo que destella sus brillos en el museo sigue diciendo que la libertad se alcanza en la desnudez, con el tórax abierto, donde ninguna espada tiene la fuerza para atravesar el corazón sin mácula, en el absoluto despojo.

Andrea Benavídez. Nació en 1976 San Juan (Argentina) donde cursó la licenciatura en Filosofía en la Universidad Nacional de San Juan (U.N.S.J.). En 2008 obtuvo un Máster en Pensamiento Contemporáneo en la Universidad de Murcia y un Doctorado en Estudios Literarios en la Universidad de Alicante. Es docente de epistemología en la UNSJ y ha publicado cuentos en distintos blogs de crítica literaria y literatura.
http://laflorenlamaceta.blogspot.com/

viernes, 5 de junio de 2015

Los placeres del texto





 

Hay novelas que se prestan como pocas al comparatismo, a la búsqueda de filiaciones. Son novelas literarias, novelas “escribibles”, además de legibles (Barthes). Cuando el pretexto de la novela es la biografía de un poeta, la pasión comparativa y la alegría de la lectura aumentan, como cuando se leen The Blue Flower, de Penelope Fitzgerald, o Prodigios, de Angélica Gorodischer. Ambas son desprendimientos del aura del poeta Novalis. Si, por añadidura, la novela se inspira en una variedad de poeta que se niega a ser masa, al grado de enajenarse de los lenguajes naturales de la especie; es decir, si la novela toma como pie forzado la figura de un matemático, escasea el aire en las cumbres y prende la risa eufórica. Hay otras novelas de matemáticos, no las he leído, pero sé que existen. La mejor de todas es esta.
Una novela se puede construir como se construye un mito, en bricolaje de temas musicales. Coronel lágrimas, podría leerse como una fuga, un canon, para evocar a Hosftadter o una serie de temas con variaciones. Entre párrafos, el narrador intercala frases que nombran dieciocho placeres, si no conté mal.  Algunos son rigurosamente ingenieriles: el placer de los datos, el placer de las sumas mínimas. Otros, traviesos o irritantes: el placer de los nudos, el placer de la nariz precisa. 
Entre las etimologías de la palabra placer, además de plano y apacible, se cuentan playa y archipiélago.
Hablemos de los placeres de Coronel lágrimas. No ya de los dieciocho placeres que en el libro se mencionan, sino de algunos que el libro provoca. Será un guiño torpe a Roland Barthes, autor de El placer del texto. De no haber sido un cadáver maduro y hermoso, Roland cumpliría 100 años el próximo noviembre.
 

Primer placer: historia y ficción o el enigma de la habitación cerrada

Esta novela, nos indica el autor, “toma como punto de partida la vida del matemático francés Alexander Grothendieck”. La figura excéntrica del matemático interesa por la constelación de puntos  que en ella convergen. Supongo que si los matemáticos, los científicos y los filósofos tienen madera de personajes de relatos ello se debe a que son seres obsesionados. Con seres obsesionados se construyen novelas del pensamiento, cuya fascinación evoca el deseo de una teoría unificada de los saberes, que de algún modo se corresponde con la ambición del género novela; la fe en que la explicación de la realidad puede resolverse en una teoría general, abarcadora y elegante a la vez. El músculo duerme como dice la letra del tango, y se ha opacado la influencia de científicos divulgadores como el biólogo Edmund Wilson y un libro que se convirtió en lectura de culto, a pesar de sus oscuridades, Gödel, Escher, Bach: un eterno grácil bucle. No obstante, la ambición de una coherencia radical es muy moderna y muy antigua. Replica lugares del platonismo,  la alquimia, el animismo romántico y el estructuralismo. Se recoge en las palabras de María Zambrano, cuando insiste en que el poeta encuentra, mientras el filósofo busca, y que el sentido de esa búsqueda pasa por la percepción del “ritmo común que abarca desde el movimiento de los astros a la yerba que brota en el resquicio de las piedras”. Una atávica pretensión de totalidad se recoge en la forma de la novela, cómplice y traidora de la historiografía. Lezama Lima nos recuerda, citando a Curtius, quien a su vez citaba a Toynbee y eso mucho antes de Hayden White, que para hacer historiografía, “con el tiempo, resultará manifiestamente imposible emplear cualquier técnica que no sea la de la ficción.” (La expresión americana, p. 55)
En esta novela, tan musical por el fraseo y la sonoridad de sus oraciones, hay huellas de  la trama detectivesca de la habitación cerrada. El personaje, el coronel, con toda la carga de frustración, violencia y utopías truncas que arrastra la palabra coronel, recuerda sus proyectos y traiciones. Un placer algo oscuro, con reminiscencias de la literatura nazi en América, en ese claustro hermético, materno, mental, inquietante.


Segundo placer: cajas chinas tropicales

La ubicación de mundos más pequeños al interior de una trama es otro recurso narrativo muy antiguo y muy actual. Debe ser homóloga de la memoria celular y de los paréntesis anidados de las fórmulas matemáticas. Estructura del cerebro, cajas chinas. Estructura de la célula, cajas chinas. La maleta de la migrante, cajas chinas
El coronel tiene tantas identidades y títulos que con ellas podría tejerse una letanía. Es un matemático coleccionista empeñado en escribir Los vértigos del siglo pero lo derriban el tedio y la abulia palesianas,  como si Oblomov se levantara de vez en cuando a comer torrijas y urdir proyectos que se resuelven en el pavoroso deseo de “codificar la vida en pequeñas postales, construir una Babel enciclopédica para su memoria en grietas”.  Parecería que en las colecciones del coronel anida el deseo de la construcción deseada y perfeccionada de nuestras sociedades; proyectos imaginados, inconclusos, arrastrados, resucitados y vueltos a sellar en la habitación cerrada. El fracaso de las utopías, de las escrituras correctas, pero también el reclamo de justicia. Y la búsqueda cínica, pero sostenida, de un continente hecho de islas.
En colaboración con un discípulo mexicano que tiene nombre de emperador austriaco, el coronel colecciona. Saltan a la vista (en la obsesión de encerrar el mundo en la nuez de una colección) el Atlas Mnemosyne, de Aby Warburg  y, en las grietas de la ambición totalizadora, los montajes del libro Atlas portátil de América Latina, de Graciela Speranza. Pero el modelo excelso de la colección añadida a una trama se expresa en los libros de Sebald. Sebald, lector de paisajes y ciudades, encuentra en sus travesías colecciones de pájaros nocturnos, de estrellas de mar, de minerales, escarabajos y mariposas. Con frecuencia irrumpe en su soledad algún personaje que le cuenta una historia. Una de esas historias lleva a los trópicos ardientes de la explotación esclavista y de ahí a las grandes colecciones de arte de las familias condecoradas e infames, y a los museos de las grandes ciudades metropolitanas.
(A todo esto, ¿la isla dónde está? Porque México está, pero la abuela del autor era de Aibonito, Puerto Rico, la ciudad donde edificó su fortaleza de halcón el gobernador general Palacios.)
La isla no se repite no. La isla es irrepetible, por eso incita a contarla. Y  creo que justamente porque no se repite y siempre la estamos perdiendo, se escribe tanto hoy en Puerto Rico y se ha escrito esta novela entre Princeton y Nueva York. Coronel lágrimas procura “narrar lo propio como si fuera ajeno, narrar lo ajeno como si fuera propio”, ha escrito Ricardo Baixeras. Apetito característico, si no exclusivo, de un autor caribeño, que como escribió Barthes a propósito de Severo Sarduy, hace gala de una estética franciscana que acoge todo tipo de palabras como si fueran todas las especies de pájaros, para sostenerlas en los brazos y dejarlos hablar, apretarse, convivir, como vetas de un jaspe chino.
En las afueras de esa habitación cerrada, el ojo del trópico encuentra la belleza de la nieve y de la arena, porque en ambas ha dejado el rastro de su sangre.

 
Tercer placer: el placer del miedo

El placer del texto lleva como epígrafe una frase de Hobbes: “La única pasión de mi vida ha sido el miedo”.
¿Cómo se escribe un texto en ebullición en torno a un centro sereno, casi estático? ¿Adónde va? “La historia es un vendaval pausado”. (p. 146), un punto estático que se resiste.  La dirección no se encuentra en la historia sino en el lenguaje, que pretendiendo describir sirve para ocultar, para que no podamos acercarnos a ese coronel coleccionista, glotón, viejo vagabundo inmóvil. En el vórtice estático hay un monstruo. Como monstruo moderno está hecho de piezas inconexas. Se le llama bufón, a ratos es calvo, otras veces ídolo de rizos canosos alborotados. ¿Qué hay en ese vórtice?  ¿Será la domesticación de una violencia abismal, insoportable, como la del hombre inmóvil en el escalofriante montaje Perros héroes, de Bellatin? A juzgar por la devoción del narrador, que le trata con el cariño y la cautela de un niño que aprovecha la siesta del monstruo para invadir sus lugares secretos, algo portentoso y agónico como la potencia herniada de aquel patriarca del otoño. O, si la palabra miedo fuera femenina, como en francés, algo todavía más estremecedor; que se piensa, pero no puede nombrarse.

Cuarto placer: el placer de la lengua madre, sea la que sea
Además de coleccionista, el coronel es biógrafo de divas que en tiempos medievales y alquímicos fueron hechiceras. Divas alquímicas, nada menos; que le dan un reposo de medievalista a ese autor violento que pasa por matemático y militar.
La diva mayor es la madre del coronel. Pintora incansable de volcanes sagrados es la madre, ese lugar inicial de la repetición, en palabras de Carlos Fonseca.
“El autor, la autora”, escribe Barthes, “es alguien que juega con el cuerpo de su madre, ya sea para glorificarlo y embellecerlo o para desmembrarlo y llevarlo al límite de lo que puede saberse sobre el cuerpo”. Habla de la lengua materna. Este libro es un inagotable testimonio de belleza. ¿De qué está hecho? ¿Cómo repercuten en el oído las imágenes visuales, en qué sabores sirve sus  frases, como ilumina sus toques al lector, a la lectora? Por el camino de la belleza el lenguaje también lleva al límite: “en el espacio del sueño no existen líneas rectas”.
Conciso y correcto, no hay caídas, ni baches, ni tejidos conectores meramente útiles en el lenguaje de esta novela.  Es una línea viva, con una voluntad de invención animista y una prosa eficaz y palpitante, que en ocasiones deposita epigramas como el siguiente: “tedioso el comienzo que no regala un fin”.
Si no hay estructura lineal, cómo hacer las trampas habituales en la lectura de una novela; dónde saltar párrafos, qué deseo nos impulsa a seguir leyendo. La tensión de la música, de una sucesión de raras y precisas metáforas. Se lee sorbo a sorbo, y es intensa y esa intensidad golpea y requiere un tiempo de lectura inusual para una novela breve, que puede releerse a saltos empezando por cualquier página y llegando a una página cualquiera.
Más que un texto de gozos, este es un libro de placeres. El placer erótico de ver a alguien que lee. La percepción de una criatura hecha a imagen y semejanza, no ya de un autor, sino de un lector que reescribe. La eficacia de la novela no se explica por la suma de sus rasgos gramaticales: “¿Tiene el texto forma humana, es una figura, un anagrama del cuerpo humano? Sí, pero del cuerpo erótico. El placer del texto no puede reducirse a su funcionamiento gramatical, del mismo modo que el placer del cuerpo no puede reducirse a la necesidad fisiológica.” (Barthes, L P. d. T, p. 30)

Quinto placer: el adentro es el afuera
Carlos Fonseca es autor de una tesis doctoral titulada: States of Nature: Castastrophe, History and the Reconstruction of Latin America. ¿Será Coronel lágrimas una limpieza en clave lúdica de las atrocidades que la tesis consigna? Esa diatriba contra los esfuerzos útiles, ¿es la tesis bajo otro aspecto, una tesis contra el trabajo invertido en producir una tesis? ¿Es más útil una disertación que una novela? ¿Es más meritorio y entrañable un proyecto de novela (con sus abortos, su matanza de textos descartados) que una novela terminada? ¿Está hecha una novela de materiales que no llegaron a redondear otros textos de toda índole, leídos, imaginados, encontrados, parecidos a los que aquí refulgen?
El placer del síndrome de Diógenes en un escritor.

 
Sexto placer: El placer del carpetazo
Este último placer es muy mío, no es seguro que al autor le agrade, ni se sienta interpelado por él. Si, como insinuó Vilá Matas con etílica mala leche, Los detectives salvajes fue el carpetazo a Rayuela, Coronel lágrimas es el carpetazo a En busca de Klingsor, aquel ladrillo rezumante de diálogos sobreactuados y villanos sin sutileza. En esta novela de Fonseca hay un pastor televisivo, menos pintoresco que Yiye Ávila. No obstante, en lugar de vulgarizar y maltratar la fábula de Jonás y la ballena, el pastor de Coronel lágrimas menciona a Herman Melville, como es propio. Y de pronto, en el centenario de Barthes, puedo sacar del baúl una frase snob de El placer del texto: “Ninguna trascendencia (ningún gozo) puede producirse, estoy seguro, en una cultura de masas (que debe distinguirse, como el agua del fuego, de la cultura hecha por las masas), puesto que el modelo de una cultura de masas es pequeño burgués”.  Repito la frase y celebro esta novela legible y escribible de Carlos Fonseca.
Que la fuerza y la belleza sostenidas de Coronel lágrimas sean la hazaña de un nieto de mujer aiboniteña, y que el gentilicio aiboniteña todavía no figure en el diccionario de la RAE, acentúan en mí el placer del carpetazo.
(Presentación de la novela Coronel lágrimas, de Carlos Fonseca, Anagrama 2015, en La Tertulia, Río Piedras, el 28 de mayo de 2015).

jueves, 9 de abril de 2015

martes, 7 de abril de 2015

Raquel en Rutherford




Dices que el terror dominó tus primeros años. Cuentas que en las mañanas invernales de este pueblo, cuando el sol se queda en la cama y no se asoma en todo el día– aquí donde nos encerró tu padre, mientras él les despachaba aguas perfumadas a las niñeras de Buenos Aires – yo lamentaba mi suerte. Te has quejado de que abusara de ti. Usar a un niño para vaciarse del dolor propio es imperdonable. En tus libros devolviste la afrenta. Con creces. Mi amargura vencida por el entusiasmo de tus flores fue tu venganza. Para mí las flores son interesantes de la raíz hacia abajo. Para ti las flores son pétalos, la resurrección circular de la carne. Te obsesiona la poesía como descenso a los infiernos, pero no aprendiste a vivir en el infierno. Tu poesía es el pretexto para la huida de los infiernos. Otra cosa. En todos tus libros sembraste mi amor a los jardines, lo ocupaste, te lo robaste.

crisantemos

ciclámenes

rosas

            flores del mar

                        margaritas

                                    astromelias

            encajes de la reina Ana

                        tulipanes

                                    narcisos

            iris

                        flores de mostaza

                                    peonías

            asfódelos

                        lirios

                                    verbenas

            jacintos

 

            Yo te hablaba de las flores de Mayagüez, las que recogíamos en los jardines para adornar el altar de la virgen. Sus nombres te entraban por el oído como soplos de viento y salían sin dejar huellas. Claveles, nardos, trinitarias, varitas de San José. Yo habré muerto, tú no me dejarás ir.  

Sé que el aura tiñosa fue uno de los relatos que olvidaste. Es un pájaro de rapiña, cruza de un extremo al otro el arco de las islas. Carlitos, tú escribes sobre flores, yo puedo hablar de piedras calientes, hirientes, resistentes. O de piedras redondas, chinos de río, como aquellas que disparábamos desde la honda que mi hermano me regaló cuando se cansó de ser niño. Yo me fugaba con los varones hacia la salida del pueblo. Allá les tirábamos piedras a los pajaritos, los pequeños caían ensangrentados, pero las auras no. Un día me dio por subirme a un árbol de mangó y tirarle a un aura con todos los malos sentimientos de mi brazo, pero la piedra cayó en el ojo de uno de los muchachitos y lo dejó tuerto. Sus padres eran peones de la finca de papá y no se atrevieron a quejarse. Desde entonces fue el entenado, el adoptado, el inútil de la familia. Lo usábamos para mandados livianos.

Pues yo era la zurrapa, atiéndeme bien. El residuo que se acumula en el fondo de la botella. Y mamá, que  bastante trabajo le daba su máquina de coser, cuando papá murió y ella se hizo cargo de alimentarnos, pero siempre me tenía más o menos detrás de la oreja y me pegaba hasta dentro del pelo, porque las madres buenas no sueltan a sus hijos, no hay mejor madre que una buena mala madre, la que quiere con crueldad egoísta. Recuerda cómo era nuestra casa. Se me ocurre (la memoria es lo más lejano de lo que fue, mejor recuerdan las manos, la lengua; la memoria diseca) que no quedaba en una de las zonas centrales del pueblo, sino más bien cerca del área de los almacenes. Era una casa de cuatro aguas con tejas de barro dispuestas como escamas. El balcón era… Pero no es verdad nada de esto. Era de madera. Quedaba en la calle más elegante de Mayagüez, bautizada con el nombre de un capitán general del imperio: la calle Méndez Vigo.

Es la hora. Raquel despierta. Se acaricia la espalda con las manos, respira un aire de azoro. Aunque la artritis le duele en los huesos carcomidos, no tarda mucho en volver al momento insoportable del presente donde el hijo la dejó tras administrarle la sopa rala del almuerzo con medicinas acompañantes que tienen nombres de hechiceras : calbisma, irradol, sanaka, anasarsin.

Raquel en Rutherford, donde cada segundo más de vida le parece un desperdicio.
 
(De La muerte feliz de William Carlos Williams, novela)