viernes, 2 de diciembre de 2016

Tierras movedizas



para María Datel

Una mañana de domingo salí a buscar la casa de Alice Bacon, la figura que compuse de datos dispersos (el retrato, el historial de compra y venta de sus casas, los informes de sus ancestros en el Boston Blue Book, el libro de memorias de la madre, la mirada de Alice, que resbaló por las pieles de los hombres y mujeres que sembraban y cortaban la caña dulce de Aguirre).
Ese día me puse brava, con la irritada persistencia del acreedor impaciente. No me recibes, dónde estás, conmuéveme. El tono terminó por convencerla, o hacerme creer que la había convencido de abrir un resquicio en la puerta y dejarme entrar por la que fue la entrada de los sirvientes en el sótano de su casa. Ahora el sótano es la oficina de los guardias de seguridad de una universidad llamada Fisher y el resto de la casa una residencia de estudiantes. Por la puerta del sótano salió corriendo un varón atlético y aproveché para colarme. Las universidades se han convertido en fortalezas rodeadas de terrores cómplices. Sus guardianes exigen documentos, cámaras ocultas o indiscretas retratan a los visitantes. Hay que acostumbrar la voz al tono pasivo que se cuela por un resquicio.  Me detuve frente al mostrador y expliqué con acento descosido mi interés de autora en la personalidad de quien fuera una de las propietarias de la casa. Mi presencia, mis palabras, no formaban parte del universo habitual del guardia, un hombre negro joven. Demasiado respetuoso y azorado para la profesión de la violencia, me copió en un papel  el correo electrónico del departamento encargado de organizar excursiones a la residencia. Le di la espalda,  salí, y me fui a disfrutar un brunch con amigos argentinos después de fotografiar las casas en hilera del frente.
La última residencia de Alice Bacon Lothrop forma parte de una serie de casas o apartamentos adosados, cada uno de cuatro pisos estrechos, fachadas grises y ventanas que dan a balconcitos de hierro. La austeridad se alivia en los cristales inmaculados que recogen imágenes del cielo, las nubes, los árboles, los automóviles detenidos. El pensamiento de Alice se esconde justamente en la transparencia fría de las ventanas cortinadas. No logré sentir y pensar como sentía y pensaba Alice, pero ante una de esas ventanas, de cara al farol de la acera, pude imaginar que a sus sesenta años, en días de grandes nevadas y ventiscas, ella imaginaba la bahía de Aguirre, las uñas sucias de su hijo Samuel, los labios carnosos de su marido William Sturgis Hooper Lothrop, el mismo que viajó a Puerto Rico en 1898 con un cargamento de sellos postales.  


Samuel, el hijo que para ella fue puro amor, tenía las uñas sucias por el hábito de esconder monedas en la tierra del jardín de la casa de los abuelos Lothrop. Yo había visto fotos de esa casa, que ocupa los solares 25 y 27 de Commonwealth Avenue.  Esa sección del Boston viejo, llamada Back Bay, tiene aires afrancesados, con parque lineal al frente. Colindante con los jardines del Commons y los jardines Fen, e influenciada por el París del “Segundo Imperio”, desafía la austeridad de las casas más antiguas. El sector se construyó sobre terrenos robados al mar, rellenados con toneladas de gravilla. Back Bay era lo que su nombre indica, una pequeña bahía donde los pueblos primeros construían corrales de pesca y al bajar la marea se revelaban las criaturas de los manglares, primas de algunas especies que todavía sobreviven en el bosque de Aguirre, y de las que ya no queda ni un recuerdo en Back Bay. 
El folleto turístico publicado por la ciudad informa que a partir de 1857, y a lo largo de más de cuarenta años, es decir, hasta el año anterior a la invasión de Puerto Rico, trenes repletos de gravilla, con 2,500 yardas cúbicas de material de relleno, hacían más de 255 viajes diarios para ir formando el ensanche.  
Las casas en hilera, coronadas con mansardas, generosamente dotadas de ampulosas bow windows fueron diseñadas por  Bryant y Gilman. El plan de mejoras fue obra de Gilman, uno de los arquitectos eminentes del país, además de "hombre ingenioso y bon vivant”, lee un documento de la época. Con diseños de Bryant se remodelaron capitolios y alcaldías en 19 estados, 36 tribunales, 59 hospitales, escuelas u otros edificios públicos, 16 estaciones de ferrocarril, 16 aduanas y correos y 8 iglesias.    


En el parque lineal de Commonwealth Avenue hay una sombría estatua inspirada en Alexander  Hamilton, el personaje caribeño que tanto les apasiona a Lin Manuel Miranda y Barack Obama. Parece que su escultor, un tal Dr. William Rimmer,  médico y anatomista, era tan interesante como su modelo. También figura entre las efigies en piedra una de Domingo Faustino Sarmiento, obsequio del gobierno argentino. La estatua de Sarmiento atracó en Boston medio siglo después de que a los argentinos se les ocurriera dejar una huella de Sarmiento en la memoria de su admirada sociedad bostoniana.
En el jardín de la casa del abuelo Thornton, en Commonwealth Avenue, el hijo de Alice y Sturgis, el niño Samuel Kirkland Lothrop, futuro arqueólogo y espía, hacía hoyitos con los dedos en la tierra donde prosperaban los rosales –rosas enormes, rosas pequeñas aromáticas, rojas aterciopeladas e insípidas. Las uñas se cundían de uñeros y manchas blancas. Esta tierra es fértil, decía el suegro de Alice, dueño del jardín y de la casa y sus objetos, porque su mujer no podía heredar, aunque fuera ella la descendiente  de los dueños originales. El suegro de Alice y abuelo de los hijos de Alice se llamaba Thornton Kirkland Lothrop. Tenía espinas en el nombre y en el humor.  Era cuentero: “aquí hubo un cementerio indígena, los huesos humanos fertilizan la tierra por una eternidad”.


A veces variaba el cuento sobre la procedencia de los huesos. Decía don Thornton que en su jardín también había enterrados huesos de brujas, cuando no de masones corruptos linchados por cristianos temerosos de Dios. La ciudad y los lugares vecinos se habían levantado en el terreno diabólico de los indígenas, las brujas y los masones. Los padres fundadores habían extirpado la brujería, se habían hecho hombres modernos, fundaron una iglesia singular, la Unitaria, de cuyas entrañas nació una universidad poderosa; habían combatido al partido de los masones, que tuvo que conformarse con dejar grabada una pirámide en los billetes de un dólar. El suegro de Alice descendía de generaciones de ministros religiosos y consejeros de presidentes de la nación, y al menos un presidente de la universidad de Harvard. Tenía un sentido elástico de la justicia y un humor que no se permitía una sonrisa cabal. A la sombra de aquel hombre se había criado William Sturgis Hooper Lothrop, el muchacho que dejó a Alice viuda. A la sombra de Thornton, un poco debilitada su manía sistemática con los años y reconocimientos, se crió Samuel, el niño que enterraba monedas. Ya mayor, Samuel llegó a parecerse al viejo en la sonrisa fría y la nariz impensable; don Thornton le había legado un rasgo extraño en las aletas anchas.

Así que, en la prolongada vejez de Alice Bacon los recuerdos más remotos se disputaban el cuerpo senil con ferocidad, pero ella había aprendido que a la tristeza que abre puertas a la locura conviene responder con la ortodoxa parquedad de los buenos modales y algún pasaje del libro de Job, o hablando con el angelito que la acompañaba, el niñito que llevaba el nombre de Sturgis, el que había muerto antes de cumplir el año. Cuando William flotaba en las aguas de la memoria ella ya estaba esperándolo con una sonrisa que todavía se calentaba al resplandor del día feliz de la excursión a Punta Pozuelo, tierra firme rodeada de manglares, espejo tropical de las aguas secadas por la ambición de edificar una ciudad elegante sobre los terrenos movedizos de Back Bay.


(De mi libro sobre la Central Aguirre y la carretera PR 3).

miércoles, 30 de noviembre de 2016

The spy who loved us




Para Oscar Lamourt Valentín, in memoriam

Para conversar con Oscar, que ya no respira la atmósfera de los encarnados, voy a la playa, subo unos escalones. Nos sentamos en el balcón de un negocio en ruinas. Hay libros apilados cubiertos de arena en lugar de polvo, pero el mar se ve como un cristal limpio, y el oleaje constante y apacible modula una respiración de sueño tranquilo. De Oscar me impresionó siempre su mundo secreto, le digo. Si algo ha sobrevivido en este país como pie o referencia es lo oculto, lo que ha logrado mantenerse invisible, callado; tan sutil que hay que estar medio muerta para captarlo. 

Tengo fotocopias de varios ensayos de Oscar. No puedo evaluarlos, no sé si fue un gran escritor de leyendas, un demente o un brillante estudioso ocultista, ninguneado por la tiranía de las academias. Es mi interlocutor  ahora, en esa casa de playa,  no  tanto por el contenido de sus estudios, como por la impureza de su español intervenido por el inglés, el misterio de su formación, y los fonemas que explicaba con el aplomo de un gran conocedor de lenguas indígenas, 

La historia de Samuel Kirkland Lothrop empezó aquí, en esta playa de Jobos, le digo.  No digas, me dice.      

Samuel Kirkland Lothrop nació en Milton, Massachusetts, el pueblo donde veraneaban sus abuelos y sus padres. Estudió en Groton, una escuela preparatoria de alumnos destinados a Harvard. En apuntes biográficos se menciona que Samuel se crió entre Boston y Puerto Rico, donde su padre fue uno de los propietarios de la central Aguirre. Sus temporadas en la isla, presumo, serían puntuales, a intervalos regulares, coincidentes con los viajes de su madre, puede que al comienzo de la zafra, en enero, cuando el invierno bostoniano soñaba paraísos, o quizás en algún verano de vacaciones. En la isla comenzaría su aprendizaje del español.

There was a wild streak in Samuel, le digo a Oscar. ¿Really otro arqueólogo loco?. En alguna visita a la colonia, mientras los mayores se hacían fotografiar con botas y pantalones de montar, sobre un fondo de cortinajes de cañas que les doblaban la estatura, monstruos de la agricultura científica, Samuel sintió que alguien le halaba la manga. Era un negrito tan sucio, tan percudido, tan descalzo, que ya no olía a mugre. Olía a pastos y era gracioso. En una mano de Samuel dejó caer una cabecita de barro, de ojos hundidos, orejas puntiagudas y boca abierta. Un asa de vasija, dice Oscar, y me acepta una tacita de café. Nunca fue bebedor de alcoholes.

Manuel, que así se llamaba el niño, recorrió un camino entre cañas con Samuel pisándole los talones. Lo llevó a un área cercana, rodeada de árboles espinosos. Ahí, mira, ahí hay más.

Soruma, pendejo, dice Oscar. Tan lucío, como si el otro fuera a respetarlo.

No seas tan duro, respondo. Era un niño.

La cabeza de barro no protegió a Samuel del picotazo de una garza. El niño le enseñó un nido, con dos huevos. Samuel se acercó al trofeo. Entonces miró hacia  el cielo, y sintió una punzada antes de desmayarse. No perdió el ojo, pero la vista sí.

 El ojo lacerado lo excusó de alistarse en el ejército de Estados Unidos. Al menos eso cuenta la abuela de Samuel en su diario. Del nieto comenta que no participó en la guerra por el accidente que sufrió en Puerto Rico. He had only 25% visión in one eye. La asociación parece inevitable: el brazo ausente del capitán Ahab, el ojo picoteado de Samuel Lothrop. No encuentro al momento de escribir estas líneas, testimonios fehacientes sobre la personalidad de Lothrop, descrito llanamente como un bon vivant aficionado a navegar veleros. Imagino que la fiebre aventurera del joven antropólogo de la Universidad de Harvard algo se alimentó del rencor de las pérdidas súbitas, inesperadas, como no se espera la mordida de un animal doméstico. Un padre, un ojo; ojo por collar de piedra, padre por diente.

En 1915, Samuel Kikland Lothrop regresó al lugar de la cabeza y el picotazo. Excavó huesos de un enterramiento en las cercanías de Aguirre. Hay fotos del campo deslindado durante sus excavaciones. Para esa época, Lothrop estudiaba arqueología en Harvard. Los huesos y cerámicas de los ancestros se almacenan en el Museo Peabody, de la Universidad de Harvard.

No basta con poseer, hay que hacer el cuento, dice Oscar, levantándose como una bandera de humo, impaciente con esta historia.

La labor del espía no es solo dar noticia de los peligros, acechanzas y rebeldías. Su labor es narrar. A fin de cuentas el poder sin espejos, sin tramas, coartadas y códigos morales, carece de sentido. Cómo entender sin asideros letrados las cualidades del mundo que por derecho natural, si no divino, y deber moral, si no dogmático, depende de la buena gestión del buen señor. 

No se oculta la doble profesión de Lothrop como espía y arqueólogo e incluso diplomático durante las guerras contra los alemanes, la primera y la segunda. Fue en México, en los años de la revolución, cuando se temía  la insurrección de los pueblos mestizos, que Samuel Kirkland Lothrop, arqueólogo, se hizo espía. Lo reclutó otro arqueólogo llamado Sylvanus G. Morley, para la Office of Naval Intelligence en 1917. Usaban, se alega, jeroglíficos mayas para codificar mensajes.  John Alden Mason, el folklorista que hizo trabajo de campo en Puerto Rico, también fungió como espía, aunque se dice que renunció arrepentido.

¿Y Harvard? ¿Y el Peabody? ¿Qué rol tienen en la expoliación de objetos clasificables, almacenables, narrables? Me obligas a cuidar lo que tú no cuidas. Esas lánguidas señoritas de abanico y balcón, esos señores decadentes, enfermizos, lascivos,  marcados por su lujuria indisciplinada, son responsables de que yo me haga cargo de los legados de la especie. Si no fuera por Harvard y el Smithsonian se hubieran hecho polvo esas piezas.

El daño está hecho, me dice Oscar, que ha vuelto a hablar, con la tranquilidad de los muertos alargados. Se sienta frente a mí, las piernas cruzadas. Conversamos sobre agentes y espías. Él conoce ese mundo, él lo vio en todas partes.

El campo deslindado por Lothrop, las poses de sus asistentes, análogas a las de los batidores de las cacerías, evoca a una bestia muerta a los pies del cazador. Hay otras fotos, de la entrada de Aguirre y del puerto de Arroyo, que a pesar del tiempo conservan la finura de las luces, la precisión del enfoque. 


La colección que lleva su nombre en el Museo Peabody abunda en cerámicas, dujos, collares de piedra y fotografías.  Ásperas, sin el refinado esplendor de los objetos que por esa época se extirpaban de las pirámides egipcias. Sin embargo, sobre el mutismo del barro, la piedra y la madera, planea la relación casi inmediata entre el trozo de concha y su función de herramienta manida, la intensa conjunción entre las piezas y la sal, la arena, el sol y las tardes deslumbrantes de las marismas. 


La isla fue una temporada en una carrera que lo llevó a excavar vasijas en la selva nicaragüense y en Costa Rica. Se conoce a Lothrop por su investigación de un gran enigma de la arqueología centroamericana, el sentido de las esferas de piedra. Las descubrió Doris Stone en terrenos de la United Fruit Company que pertenecían a su padre. En Argentina, Samuel exploró el delta del Paraná y visitó sobrevivientes de los pueblos fueguinos en la Patagonia. Más que las piezas mismas su obra fue la trama etnográfica.


 La relación entre antropología y espionaje es directa, contamina la ilusión de objetividad. Escribir a los pueblos requiere el balance del entendimiento apoyado en una generosidad irónica que corrija la inevitable limitación del intérprete. Irónicamente, el acto de espiar con fines que pasan por el egoísmo, la componenda e incluso la traición es el mecanismo central de la literatura. La literatura, incluso la más lírica y subjetiva, es un parásito. La autora es un parásito.

Sugerir una narrativa viable, verosímil, de las culturas precolombinas en naciones como las centroamericanas; esa potestad de escribir la historia del otro, es una labor de inteligencia encubierta, la más perdurable. El espía describe: mide extensiones lineales y geométricas, caracteriza las formas de los territorios. Las medidas fijan linderos, son puntos de propiedades y reservas naturales. Es el orden cuantitativo del capitalismo de mercado. La interpretación de la historia de objetos desgarrados del tiempo recayó en un descendiente de ministros unitarios y aventureros bostonianos, habituados a protegerse de la tuberculosis, testigos de la muerte, herederos de matadores de indígenas. 

Lothrop viajó y escribió en ocasiones subvencionado por el American Indian Museum, Heye Foundation. El libro, The indians of Tierra del Fuego, se publicó en 1928 y es el décimo volumen de la serie “Contributions from the Museum of the American Indian”. El hijo de Alice Bacon y William Sturgis Hooper Lothrop visitó a los sobrevivientes escasos de los pueblos Ona y Yaghan. Reconoció la existencia de una enorme cantidad de fuentes secundarias. El viaje puede concebirse como intento de alcanzar un límite geográfico. En la búsqueda de un pueblo agonizante, del que quedaban menos “ejemplares” vivos que los seneca y oneida del Norte, leo, además, una propuesta  filosófica. El contacto con los últimos ejemplares de un enigma: cómo y de dónde llegaron esos pueblos;  por qué rutas. La cuestión formaba parte de una antropología propia: el estudio sobre el origen de la "raza angloamericana".

Según Lothrop, la isla grande del Sur se asociaba con la “terra australis” de las literaturas europeas, sede del purgatorio en la Divina Comedia. Su latitud del ecuador hacia el sur, hace juego con la de la Gran Bretaña Central, del ecuador hacia el norte. Nuestro espía se pregunta cómo es posible que pueblos con condiciones ambientales parecidas hayan evolucionado de maneras tan distintas.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Invernazo






para Ivonne Acosta Lespier

Sobrevivo a mi hermana, la pequeñita solitaria y dura. Escribo este libro sin la ayuda de su portentosa memoria. Su Puerto Rico fue el de nuestra infancia, la isla escaparate que recorríamos de punta a punta con nuestros padres y abuelos paternos. De los pasajeros quedo yo. Este libro parte de aquel recorrido en un automóvil donde nos acomodábamos dos niñas con la madre, la abuela, el padre y el abuelo.
Aquellos paseos, lo apretados que viajábamos, como nos acomodábamos, las niñas hacia adelante, los mayores con las espaldas recostadas, como nos peleábamos el asiento del frente junto al padre o al abuelo, cómo luchábamos por las ventanas.  Abuelo, no sé si por acuerdo de autoridad, era el conductor en nuestras excursiones a los pueblos cercanos. A Salinas en busca de mangós llamados cubanos; al pueblito del Carmen, en la carretera 15, en busca de mangós sin gentilicio. En una ocasión visitamos el sector de Las Mareas, en Salinas, uno de los barrios comunicados por la PR 3. En Las Mareas  había colonias azucareras que suplían al coloso de la central. Algunos habitantes buscaban sustento en el mar, en las faenas de la pesca, durante el invernazo.
En la región se dice invernazo por decir tiempo muerto, los seis meses sin trabajo para los picadores que seguían a la zafra. La hermosa palabra, que combina la noción extraña de un invierno tropical con el aumentativo doblado en dos vocales fuertes que la zeta reduce lijándoles las asperezas, es, parece, un puertorriqueñismo o dominicanismo. En los seis meses del invernazo la central no pagaba ni para el café que enardecía músculos en la siembra, el abono y la tala de caña, pero no se habían olvidado las destrezas de algunos abuelos que se hacían a la mar, en el tiempo muerto, ni el deseo de saber lo que la mar traía. Y por ahí llegaban los peces de nombres creados por algún poeta: colirrubias, pargos, jareas. También llegaban las historias de terror de los naufragios, los cuentos de la gente que como todos los ancestros, llegaron de otros países. En esa costa nadie era, desde el principio, de aquí. Esa costa es la más joven del mundo.
No sé cuándo mis abuelos y mis padres adquirieron el apetito de comer langostas.  En casa se comían bacalao seco, arroz con calamares de lata, las tripitas pequeñas fritas llamadas cuchifritos, patas de cerdo. Eso en los días mejores, cuando no nos salvaba el arroz blanco con las sardinas en salsa de las mesas de las mujeres cuyos hombres estaban en Corea, cuyos hermanos y primos emigraban del campo a los arrabales o a las urbanizaciones o a Chicago y de allá mandaban algunos pesos.  O las “raciones” que le sobraban a papi de los ejercicios o maniobras militares. Mantequilla decente y jalea en latas del color verde olivo que coincidía con el de los uniformes de camuflaje.
Las langostas de la isla no son como las de Maine. Son, quizás, langostinos gigantes. El caso es que mi abuelo las compraba a buen precio. Las echaban en un saco de estopa, y luego pasaban a la olla en el monstruoso acto que implica ejecutar una langosta. David Foster Wallace escribió sobre la crueldad de ese acto. La última vez que lo hice me curé de ese acto de violencia injustificable.  Pero entonces a mi hermana y a mí las langostas nos fascinaban, con sus carapachos espinosos, que cuando se desprendían de la carne eran el doble invertido de la forma exterior, una superficie blanca, porosa, que tenía la cualidad gestora de los moldes, los mismos moldes que nos habían regalado en alguna navidad para que hiciéramos figuritas de yeso. Sus antenas de cucaracha eran menos atractivas. Nunca cuestionamos los asesinatos, la crueldad de las ollas. Éramos ya un poco más que sobrevivientes. Comíamos langostas, y algún juey con corales, es decir con descendencia; nos comíamos a los hijos del cangrejo.
Los banquetes nada refinados son la zapata de la memoria. Cuando regresé a la carretera después de una estación fuera de la isla, volví a sentir el asombro del paisaje. Me acercaba al sol con la mirada exterior de haber pasado inviernos crudos, teñida de tópicos icónicos y literarios. La franja de carretera y los campos a lado y lado eran  sabanas africanas; cabras realengas y algún negro imponente sentado frente a un ventorrillo, inmóvil. Las lecturas descubren paisajes nuevos en los sitios vistos, sin que por ello desaparezca alguna huella del pasado. Las cabras, el hombre y, por supuesto, la palabra ventorrillo. Un paisaje menos patético que el de los jíbaros anémicos de Palés y Julia, un paisaje polvoriento de nobleza desleída en el tiempo. Y sé, ahora, que el regreso constante a Guayama y a esa carretera, es algo tan entrañable, tan profundo, tan metido en la memoria celular, como aquellas comidas viscerales. Por eso Palés es puro olor. Por eso la memoria primitiva, atávica, es sabor a asaduras, olor a marisma.  A sangre. Las cabras son animales hieráticos, es decir, sagrados. Leche, excreta, sangre, olores de parto.  
En otro tiempo la carretera se me planteó como un enigma. El aura de la permanencia de una cabra hierática, de un paisaje atávico. Es una carretera esdrújula, entonces. Porque la carretera no pertenece al paisaje mítico, o solo pertenece en una percepción imposible del tiempo inmóvil. La carretera es sede de industrias que fueron, en su tiempo, paradigmas de modernidad tecnológica. Como la isla fue, hace décadas, post moderna. Antes del postmodernismo, la isla fue postmoderna. Cuando Antonioni filmó El desierto rojo, la isla celebraba la más sucia fuente de energía. Así como la costa tiene otras maneras de formar mapas, que siguen otras rutas, las refinerías petroleras pertenecen a esta serie.


El paisaje de la costa entre Salinas y Guayama no se deja leer con claridad, pero sigue siendo legible. La carretera es una línea que, a su vez, es una puntada en una red. Puede leerse de este a oeste, como los compases de una hoja de música, o a la inversa, como las letras de los lomos de los libros, que tienen una orientación distinta según el lenguaje de sus páginas. Puede leerse de afuera hacia adentro, del presente hacia atrás. Es posible arrancarla de su contexto y hacer con ella una transparencia que, traslapada, cruce las zonas de un parque en Boston, o una imagen de Tierra del Fuego, o de la costa del Pacífico centroamericano. Todos esos lugares tienen que ver con vidas que pasaron por esa carretera, se relacionan con las historias de la carretera, enlazan historias. Tienen que ver con ella, que tan aislada e intrascendente se percibe en la soledad de sus habitantes.

No obstante esa universalidad de la carretera, sus enlaces, sus redes, no se comunican. Los vecinos de las barriadas que cruza se sienten aislados. La carretera es una nube sobre la cual los automóviles corren a gran velocidad, sin detenerse.

(Sí: otro pasaje del libro que escribo).

domingo, 27 de noviembre de 2016

Francis Dumaresq





 Para Richard Rosa

Los varones bostonianos de buenas familias y rentas modestas se formaban como abogados, contables, médicos o ingenieros. Los varones bostonianos de buenas familias herederos de grandes capitales no tenían la obligación de llevar libros de contabilidad ni expedientes legales. La idea de la buena familia como refugio del varón bostoniano abrumado por el turbulento mundo de los negocios es de Henry James. O quizás no, pero la leí en un libro suyo.
Francis Dumaresq se graduó de abogado en 1875. Es poco lo que sobre él se divulga en el primer informe de su grupo de ex alumnos de la Universidad de Harvard. “Spent some time abroad after graduation; engaged in mercantile pursuits at present in Boston.” Otros condiscípulos ya se habían distinguido más que Francis, entre ellos Jesse Walter Fewkes. Doctorado en 1877, Fewkes estudió zoología en Leipzig, y fue aprendiz de investigador de campo bajo la dirección de Alexander Agassiz en Cayo Hueso y las Bermudas. Formó parte del conjunto de estudiosos que arribaron a la isla poco tiempo después de las tropas invasoras. En 1907 publicó  un estudio fundacional: Aborigines of Porto Rico and Neighboring Islands.
En los primeros informes de la clase de 1875, las necrologías de los estudiantes prematuramente fallecidos ofrecen más detalles que las noticias de los vivos comunes. El anuario los embalsama en un compás de juventud eterna, diezmados en la flor de la edad por enfermedades pavorosamente contagiosas: pleuresía, tuberculosis, fiebre gástrica.
En algún informe se comparan los jóvenes de la clase de Dumaresq con alumnos de otras clases, no ya por sus ejecutorias académicas sino a partir de rasgos antropométricos: las estaturas – la altura promedio 5 pies y 7.6 pulgadas; el alumno más bajo medía 5.2,  el más alto 6.327– las magnitudes de bíceps y tórax. No hay marcadas diferencias entre los indicadores corporales de la clase de 1875 y las cifras de clases de años anteriores. 
Dumaresq obtuvo un segundo premio en oratoria. A sus datos se suma una dirección postal: al cuidado de Mr. Henry W. Nelson, City Exchange, Boston. 
En 1905 se publicó el octavo informe de la clase. Al fin, valga la redundancia, la vida de Dumaresq se cuenta en sus páginas con los pormenores propios del género necrológico: 
"Hijo del capitán Phillip y de Margaretta (De Blois) Dumaresq, nació en Roxbury, Mass., el 19 de julio de 1854. 
Se preparó para su ingreso en Harvard en la escuela latina de Boston. Después de la graduación y un viaje al extranjero, se hizo hombre de negocios en Boston, siendo al momento de su muerte un miembro de la firma de DeFord & Co. La empresa comercializaba azúcar sin refinar. Cuando Puerto Rico se adhirió (sic) a los Estados Unidos, la firma estableció una gran plantación y una central (Aguirre) para extraer el azúcar de la caña cultivada en la plantación y en terrenos circundantes. También estableció oficinas bancarias en San Juan y Ponce, y fue nombrada Agente Fiscal del Gobierno de Estados Unidos en la isla.
Quebrantada su salud, Dumaresq se sometió a una operación quirúrgica en octubre de 1901. La operación como tal tuvo éxito, pero no dio con las causas de su enfermedad. Debilitado, aunque sin experimentar grandes sufrimientos físicos, murió en Brookline, Massachusetts, el 23 de febrero de 1902. En 1905 se instaló un vitral en su memoria en el presbiterio de la Iglesia Episcopal en San Juan, Puerto Rico, costeado por sus compañeros de clase y otros amigos.”
(Brevísimo pasaje de la novela que escribo sobre la PR 3 y la central Aguirre.)

sábado, 26 de noviembre de 2016

La historiadora de Aguirre





para José Claudio

Supimos de doña Rosita Ramos por José Claudio, que la llama la historiadora de Aguirre. La entrevistamos en sus gloriosos 87 años. El adjetivo no es un  elogio empalagoso. Rosita ha conservado la brillantez de la niña que superó una infancia rodeada de riesgos y cuidados. Su madre quedó viuda joven, tras parir cinco hijos, pero no son cuatro sus hermanos, sino catorce. El padre tuvo hijos de otras parejas y la madre de Rosita les enseñó a los suyos que los 15 eran hermanos y como hermanos debían tratarse. La madre era una “mujer de su casa”. Visitaba casas ajenas solo si había alguien enfermo. Parece que los oficios de la muerte y la enfermedad, cuando se asumen con lucidez, no matan la alegría. Desde pequeñita, dice, a Rosita la acostumbraron a hacer el rosario de difuntos, el novenario. Nueve rosarios en nueve noches corridas, aunque en el último día se rezaban tres.
En la atmósfera onírica de Aguirre, donde hay espacios para el mundo en transición de los espiritistas, suspendido entre imágenes reconocibles, frecuencias luminosas del misterio y sombras frías, alegra que esté tan viva una mujer que trabajaba cuando yo era una niña, y que esté en estado de salud, y que sea una persona de pueblo, sin taras clasistas, elegante y fina. La llamé por teléfono, mencioné a José Claudio, y nos dio audiencia. Voló el tiempo, y nos encontramos una tarde, después del mediodía, frente a una de las casonas grandes de Aguirre, de césped amplio y reseco, como si la potencia de la tierra se la hubiera chupado el caobo que marca el punto medio entre la colindancia y la casa, tan viejo que de sus ramas cuelgan barbas parásitas.  Se repite la jardinería al estilo de Aguirre, siembras en tiestos, vasijas y cántaros de cemento, pintados del color del barro oscuro.  En los tiestos subsisten especies de palmas enanas y helechos y otras plantas de follaje verde.  Bordeando la casa, una especie resistente, sembrada directamente en la tierra: cruz de malta amarilla y roja.
Si se observan bien, los escalones de la entrada cargan el rastro memorioso de quienes subían por ellos para acceder a la consulta del médico que fue el ocupante anterior de la casa, el doctor Bellaflores. La alfombra de limpiarse los pies cuelga de la baranda.  Se siente el vago trajín de las manos que construyeron la casa, y de las manos que trabajaban en la fábrica donde se hicieron los dos números que la sitúan: 81. Cada presencia alborota un enjambre de ausencias. Sobresale el alero generoso que en sus años de madera nueva marcaba la frontera excluyente de los trabajadores que lo construyeron, carpinteros y pintores de brocha gorda, como en aquellos relatos donde al concluirse la construcción de un palacio se ordenaba la muerte de los peones, para que no divulgaran los secretos de sus defensas.
La señora nos recibió con gentileza a dos viejos extraños, que, aunque parezca mentira, podríamos ser sus hijos; los descendientes de una madre de aspecto más joven que el nuestro. Nos dijo que escogiéramos dónde preferíamos conversar, la casa es grande, y decidimos sentarnos en la veranda protegida con tela metálica, que le da vuelta a tres cuartas partes de la casa, tan espaciosa que es toda una segunda residencia.
Nos acomodamos en un sofá y dos butacas tapizadas con una tela de franjas verdes y azuladas que se alternan sin corte abrupto, como una geología de matices. Entre las dos butacas hay una mesa ovalada con tope de cristal y sobre ella un adorno de yeso o de metal dorado, un angelito. En la esquina, otro juego de muebles de balcón, de metal, pintados de blanco con la mesita correspondiente, un florero pequeño en forma de barril recortado, del color del barro oscuro, con lirios azules de tela o de papel, entre los cuales hay, hincada, una pequeña bandera de Puerto Rico.  
La primera sensación fue la de ganarnos el premio del acceso. Tantos años viendo las casas, imaginándoles las vidas, y ahora veíamos el mundo desde adentro hacia afuera.  Esta casa, dice, tiene más de cien años. La veranda no es un lugar de transición entre el afuera y los interiores, sino el espacio común más grande. Contiene más de un juego de muebles. Incluso, como los cuartos abren al porche, cada uno cuenta, con su propio balcón, amueblado de forma individual.
Doña Rosita llegó a Aguirre recién graduada de la escuela superior de Coamo, el 11 de noviembre de 1948. Tenía 20 años, un diploma de escuela superior y sabía inglés. La refirió una amiga que trabajaba en el correo. No le pregunto por aquel primer día, pero puedo imaginarlo. Su madre era costurera, o, en justicia, modista, de aquellas que podían copiar los trajes de moda con precisión y rapidez, a cambio de una remuneración que no les hacía justicia. Entre sus clientas se destacaban las mujeres de la familia de los García Padilla de Coamo. Para la primera entrevista de trabajo quizás vistió a su hija con un traje sastre de tela azul. La revista Vogue circulaba en las casas de las familias pudientes y en los talleres de costura.
Es una mujer diminuta, discreta, que casi no ocupa el aire. Con las manos en la falda, sin cruzar las piernas, con un sombrero y guantes, así la imagino. Sabía inglés. Se trataba de una oportunidad de empleo poco común: trabajar en la primera oficina con servicios de IBM en Puerto Rico. Recuerda el nombre del entrevistador, el jefe de personal Bob Chandler. La entrevista satisfizo al funcionario de la central. Rosita Ramos se ganó la plaza y se enfrentó casi de inmediato a lo que sería su trabajo de toda la vida, con variaciones. “Key punch operator and verifier”. Hacer marcas en tarjetas, registrar las cifras de producción y los cheques para el pago de nóminas, una vida de números, en torno al eje de producción de la central.
En paridad con los buques de la marina de guerra que destrozaron media ciudad de San Juan y entraron al puerto de Ponce vitoreados por los comerciantes que ya tenían vínculos con empresas estadounidenses, se multiplicó la presencia de las máquinas en las carreteras y las fábricas en los campos cañeros. La joven oficinista no tuvo tiempo de maravillarse ante aquellas máquinas de la central, que llenaban el aire de ruidos martilladores, ni de paralizarse ante la máquina propia, que ordenaba y vomitaba tarjetas a golpes de baraja.
Las máquinas contables utilizadas en Aguirre eran sorteadoras y reproductoras. Se llevaba la cuenta de lo que se producía en las colonias de la central, con sus nombres inalterables desde el siglo 19, e incluso antes, que se extendían hasta Santa Isabel y Juana Díaz: Algarrobo, Josefa, Reunión, Adela, Potala, Amelia, Paso Seco (la caña se transportaba en los vagones del tren y también, cuando provenía de Maunabo y Patillas, en camiones). También se contabilizaban las nóminas de los obreros del campo, los que laboraban cortando caña, regando semillas y sembrando nuevos surcos. Ya hacia el final de su carrera, Rosita preparaba las nóminas de todo el personal: 300 empleados, que cobraban semanal o quincenalmente. Los cheques se imprimían en la central. Sin embargo, incluso en las labores clericales de la nómina, se practicaba la segregación: la nómina de los empleados gerenciales no la preparaba ella, sino su jefe.
Así tomó su rumbo la vida de una mujer que no oculta lo que piensa sobre la sociedad donde le tocó vivir. La lógica de los oficios contabilizados en nóminas segregadas impera en la segmentación del paisaje. El mundo de los americanos, la nómina que ella no veía era un mundo aparte. En la segunda sección tenían residencia los empleados clasificados: médicos e ingenieros, algunos nativos. Casi no se veían americanos en la plaza del poblado. Incluso en las oficinas administrativas había segregación: los americanos en la planta alta y los puertorriqueños, excepto algunos "clasificados", en la planta baja. En el cine se distribuía el espacio de la mima manera: los americanos arriba, los puertorriqueños en la planta baja.
¿Saben cómo les decían a los niños de las familias pobres? Los patidescalzos. En Aguirre las jerarquías contrastaban con la modernidad del sistema de producción. En principio había tres clases, tres castas. Los americanos, los profesionales y técnicos puertorriqueños y los parias. En los barracones, sucios, asquerosos, de paso, vivían los obreros de menos jerarquía. Una injusticia que no ha sido compensada.
Ella recuerda que fue ganándose la confianza de los jefes, y un respeto que le autorizaba a intervenir para ayudar a los menesterosos. Muchos obreros se valían de ella cuando necesitaban algún favor del administrador. Entonces Rosita subía la “acera especial” de la casa grande, esa donde nadie, ni los empleados blancos, podían entrar sin invitación, y tocaba a la puerta. “Buenas noches, Mr. Rice, esta persona me está pidiendo que lo traiga para ver si le asignan cama en los barracones.”


¿Por qué le dicen la historiadora de Aguirre?, pregunto. Desde que hicieron un documental y me entrevistaron. La forma en que tú relatas la historia de Aguirre es lo verídico, le comentó alguien, y así fue reconocida como la historiadora de Aguirre. Historiadora y sacristana de la casa, y de las memorias familiares y comunitarias. Rosita nos muestra la casa como el sacristán muestra las capillas de su iglesia, como mi tío Ángel Luis nos mostraba las capillas de la iglesia católica que custodiaba con infinita tristeza, en el South Bronx. El mundo se deshace a la vista de las personas longevas, pero en esta casa bien cuidada no se mantiene el orden bárbaro de la central como explotación de tierras y de obreros, sino los cuidados minuciosos que exige una abeja reina, fruto del sacrificio del trabajo. La sacristana accede a un mundo que los visitantes de paso no vemos ni comprendemos.
A sus manos llegan, formando un archivo de documentos misceláneos, recortes y fotografías y fotocopias. Álbumes de familia, de grupos escolares que celebran sus graduaciones con retratos formales, de agrupaciones cívicas. Par una foto posaron niñas negras y niñas blancas, con lazos al cuello, y varones blancos y negros encorbatados. Se enfrentaron a la cámara sin una sonrisa, con una seriedad casi áspera. Las niñas al fondo, sentadas o de pie en la fila más distante. Los varones más pequeños posaban arrodillados o en cuclillas, un gesto masculino, dolorosa posición de militar. Una pierna más alta que la otra, sobre la que cae el brazo, mientras el otro brazo, así como el peso del cuerpo descansa sobre la otra pierna flexionada, paralela, casi al ras del suelo. 


Hay nombres escritos en el borde de alguna foto: Lucas Pérez,  clase de sexto grado de 1939. En los pies calzados de las muchachas no hay un par igual a otro; algo tan tierno como un zapato que el cuerpo deja atrás, sandalias de pobre, con los dedos al aire, sandalias blancas elevadas en el talón, zapatos escolares con cabetes cerrados, zapatillas, zapatos parecidos a sandalias.  En la foto titulada “clase de sexto grado de 1939” alguien escribió los nombres de los niños y las niñas sobre las cabezas de cada uno. Claudia, Salvador, Nano, Gladys D., Lucas, Eduardo, Luis. Otros ilegibles. La maestra, Miss Guelb… Vemos una foto de la tropa 65 de niños escuchas. Tiene un nombre escrito a mano,  un grito estridente. MI PAPÁ CAYITO, SCOUTMASTER. De la cabeza de un hombre joven sale una flecha hacia el  grito.
A veces la memoria que creemos propia es solo un imán de las memorias del otro. Esa continuidad entre eslabones distantes se lee en el mobiliario de la casa, donde se juntan muebles nativos y exóticos, de manos artesanales y de fabricación en serie. Se confirma el gusto por los ribetes dorados, paradójicamente elegantes, quizás porque no desentonan, solo contrastan, con la sencillez de las paredes blancas, relucientes: el espejo vertical del baño, las cortinas que no se hicieron pensando en los efectos  del agua, porque la tela exterior es de encaje igualmente blanco, la toallita blanca de hilo para secarse las manos, el patrón de las conchas doradas de las jaboneras, que se repite en el espejo.  El cortinaje del dormitorio, de tul rosado y transparente, un pierrot de ojos hipnóticamente abiertos sobre la cabecera de  la cama de una plaza.

Un medio punto separa la sala del comedor. El juego del comedor es una antigüedad exótica, de madera negra. Rosita la compró en una tienda de antigüedades, en Estados Unidos. La luz de la tarde entra matizada por las cortinas amarillas y dispensa una atmósfera de reposo a la inmovilidad de la mesa con seis sillas y chineros repletos de copas, vasos y platos de cristal. A un costado el chifforobe, donde estarán engavetados los juegos de manteles y servilletas. La mesa está cubierta con un mantel de hilo. Sus calados forman bordes de rectángulos que enmarcan flores. Sobre uno de los chineros, descansan cuatro candelabros de bronce y, colgados de las paredes, platos decorativos. Hay dos relojes de bronce: de mesa uno y en la pared el de péndulo. La enumeración o inventario de objetos de este comedor, escenario de sucesivas familias y ceremonias, llenaría más de una página. Lo asombroso es que todo “caiga en su sitio” sin dejar una impresión de horror al vacío. Es una instalación pensada para que no se note su orden trabajoso.

Tomamos el café en la cocina, casi tan amplia como el comedor. Dada la ubicación de la casa, con su fachada hacia el este, la cocina se calienta un poco en las tardes, y es mejor que así sea, porque el calor la pone soñolienta. De otro modo no dejaría de repetir las tantas palabras y tantos cuerpos que han entrado en ella desde la infancia de la casa. 


(Pasaje de un capítulo sobre la central Aguirre, que forma parte de mi libro sobre la carretera PR 3).

viernes, 21 de octubre de 2016

Dulces








para Armindo Núñez Miranda


Se cocinan al caldero: de coco, de piña, de ajonjolí. Nuestra madre prefería el sabor amargo del dulce de naranja, hecho con azúcar, clavo, canela y las cáscaras de la fruta.  

Sobre los mostradores de los colmaditos reinaban las tiernas trampas de la niñez. Cuando pasé un año en Cayey con mis abuelos,  los bombones competían con el arte de la batea jíbara: Mary Janes, paletas, chocolatitos fabricados en el  “company  town” de Hershey, Pennsylvania, adonde muchos años después íbamos de paseo con mi hermana y los niños. En nuestra diaria ronda de  comercios, mi abuela y yo nos deteníamos en la tienda de don Cando, que vendía bombones guardados en frascos de cristal en forma de barriles con tapas de rosca. Los de frambuesa eran rellenos. Nunca entendí la razón de ser de los de menta. Los redondos y duros de uva, de limón, esas exquisiteces de “hard candy”, se fabricaban en el sur, no muy lejos de la central Mercedita, en la Ponce Sugar Candy.  Ya no existe la industria puertorriqueña de bombones, pero queda el edificio de la Ponce Sugar, de artística fachada art deco. Cuando viajábamos en automóvil a Ponce, reconocíamos  el nombre y le insistíamos, a mi abuelo – que no nos complacía, porque quién le hace caso a los insanos caprichos de los niños– que se detuviera allí para visitar las entrañas del placer y comprar una caja de delicias.

Bombones aparte, ¿cómo  no elogiar los dulces secos, acaramelados, hechos al caldero, sobre fogón de leña, sin desmerecer los flanes que, además de incluir ingredientes de lujo para el pobre,  como leche, huevos, y vainilla, exigían un control sutil de temperaturas? La fabricación de dulces fue una pequeña industria de la precaria economía doméstica.

(De camino a Aguirre ojeo el libro de Elizabeth K. Dooley, The Puerto Rican Cook Book. La costumbre de leer en el carro es más vieja que la memoria. Solo que entonces no se podía leer, se mareaba una leyendo. El calor de los carros sin aire acondicionado, las transmisiones radiales, tediosas, de juegos de pelota. Cuando viajábamos las dos familias el carro iba lleno, y mi hermana y yo no podíamos pelearnos a patadas y arañazos, así que sustituíamos las feroces agresiones inocentes por un juego despreciable. Veíamos  ruinas de casas. Yo le decía “esa es tu casa, Mili". Ella también me regalaba casitas en ruinas).

Di con el libro de Mrs. Dooley gracias a un  personaje puente: Muna Lee, poeta y diplomática, primera esposa de Luis Muñoz Marín, una de las mujeres que encontraban guapo a Muñoz. Escribo Mrs. Dooley porque así se la conocía en la casa de otra amiga, Madeline Colón Terry. Mrs. Dooley debe haber sido la anfitriona más generosa de la colonia de americanos residentes en la isla, los “continentals” que en algún viaje al sur de seguro cenarían en la casa grande de Aguirre. Mrs. Dooley le reconocía la maternidad de su cultura culinaria a Isabel, una cocinera negra nacida en St. Christophers, St. Kitts y residente, desde niña, en Puerto Rico. Su recetario tiende redes azucaradas y un tsunami de manteca de cerdo hacia la cocina de las islas.



La adicción pueril a los dulces deja trazar una ruta literaria desde el valle de Cayey hasta el frío puerto de Salem. En The House of the Seven Gables, de Hawthorne,  la dama venida a menos tiene un cliente estrella, el niño que le compra galletas de  jengibre. El jengibre fue uno de los principales productos de la economía de contrabando en Puerto Rico, según dictan las historias. También figura en la tradición culinaria de los dulces de batea, si bien el coco es rey sin par. En “Tirijala”, el cuento emblemático de Miguel Meléndez Muñoz, el maestro español se acerca a los niños nativos con curiosidad y simpatía, se llena las barbas de azúcar y establece una equivalencia entre el carácter maleable del pueblo y el dulce pegajoso que se deja estirar.

Azúcar, sustancia adictiva. Azúcar y opio. Comprar, cuando algún dinero sobre, The Oxford Companion to Sugar and Sweets, con prólogo de Sydney Mintz y Sugarlandia Revisited: Sugar and Colonialism in Asia and the Americas, 1800-1940, con ensayos de Mintz y de Juan Giusti Cordero.






sábado, 15 de octubre de 2016

Bicicletas





para Ricky
para Wandi


El tramo de carretera es corto, apenas nueve kilómetros. Sin embargo, está tan lleno de seres y de cosas que las distancias se alargan. La densidad nos reduce a la escala de las hormigas.
Benjamín Joubert se acuesta de madrugada, cuando la cama invita. Las noches son para meditar sin las fronteras que el sol impone, alumbrando la dureza de los objetos acumulados en el patio del solar. (Llaman la atención los talleres de las barriadas. Abundan, pero siempre asombran. Parecen de otra era de la máquina y de la mano). El cobertizo donde Joubert hace mecánica es un techo rectangular largo. Cubre una hilera de vehículos estacionados, restaurados o en  reparación. Sobresale una guagua Toyota roja con una maniquí rubia sentada al volante. Es la novia de Benjie, según Iris Valentín. Iris es la novia humana de Benjie, su compañera desde hace treinta años.
Al fondo hay un tractor que Benjamín reparó y usó para rellenar el terreno pantanoso donde construyeron la casa. El patio se divide en espacios: el lugar del tractor, el cobertizo del taller de mecánica, la zona de los gallineros, el estanque de los patos, la tala de yuca. A veces se mezclan las aguas que dividen los espacios. En el de los carros hay una mesa de billar y un estante con cuatro volúmenes de la Enciclopedia Británica y uno de la Illustrated Encyclopedia of Sciences. 
Viven en la Calle del Pescado, un sector del barrio Mosquito, comunidad estrecha,  larga, interrumpida a trechos, que se formó al costado del mar. Iris nació en la barriada Blondet, pero se crió en Massachussets.Cuando Iris y Benjamín se juntaron, dice ella, la casa era pequeña. Entre los dos la ampliaron. Ahora tiene dos pisos y una sala grande con techo de cinc. La sala es cerrada y calurosa, los muebles de madera tapizados con tela de motivos florales; a un costado un piano eléctrico, y más allá, sobre un librero, una guitarra.
Supimos de Benjamín por el sorprendente comentario de un amigo. En toda la casa, en todas las habitaciones, en los pasillos y en los armarios hay bicicletas, nos dijo. Exageraciones, si cabe exagerar lo que ya es excesivo. Hay un espacio dedicado a las bicicletas, un salón que recuerda lo que en casas de urbanización sería el family room, con losas italianas esmaltadas. Las bicicletas ocupan ese cuarto, y son incontables, azules, rosadas, amarillas. Habrá medio centenar de bicicletas alineadas casi todas en la misma dirección, con alguna en diagonal
Las alas no son de uso común. Desde que en el relato mitológico se derritieron aquellas alas, volar es lujo de extravagantes. La bicicleta sí es casi universal. Forma parte de una experiencia infantil prodigiosa, cuando alguien nos soltó, y supimos que sabíamos correr en equilibrio. Son máquinas humanas, no tanto por ser réplicas antropomorfas, como por el remoto reflejo de las piernas en el invento más antiguo de las civilizaciones humanas. Curioso que sean modernas, que en lugar de encontrarlas en todas las culturas de la rueda, su invención sea posterior a la revolución industrial. Para que existiera la bicicleta la técnica de construcción de caminos evolucionó, y dio paso al rodaje sutil de las ruedas.
En las filas de bicicletas se destaca la marca Schwinn: el monograma de la S, o pétalos de flores en los sillines; manubrios decorados con colas de zorra, recios timbres de mano. Del techo cuelgan cuadros de bicicletas de tamaño uniforme. Benjamín compra las costosas piezas originales, restaura las bicicletas, y las vende a quien quiera y pueda pagar lo que pide por ellas. Yo las vendo, pero nadie las compra, dice.
¿Adónde van las ideas,  las ilusiones, la mano, cuando algo se pone en venta y nadie lo compra? Reparar no es una práctica económica. Cuestan la tela del billar, las piezas de las bicicletas y de los automóviles. En la región de Walmart y Home Depot, con su aura de solidez en lo barato, con la marca del trabajo escondida, recuperar, renovar, restaurar, es problemático, porque el menos hábil se cree capaz. “Puedo tener oro de los españoles y no sé qué hacer con él“, escucho que dice Joubert.
En cada barrio hay creadores, artistas e inventores. Él prefiere llamarse ingeniero sin licencia.

 Debemos la visita de hoy a un golpe de suerte. Tomábamos fotos de un negocio que en ciertos días de la semana está abierto, el cafetín El Oasis. Un hombre corpulento, entrado en años,  nos vio desde lejos y se acercó.  Dijo que era el dueño de El Oasis y de la casita abandonada que está al lado del cafetín. Le han robado, por eso vigila. Le mencioné el nombre de Benjamín como si se tratara de una contraseña. Es mi vecino, nos dijo, y nos llevó a una casa no muy distante.  Entró en la casa y salió en compañía de Iris. Sí, dijo ella, Wanda me habló de ustedes.
Benjamín, atrapado, nos recibe. Iris lo saca de la cama, nos dice que se acuesta tarde porque la noche es para el desvelo de tantos proyectos empezados o imaginados.
Benjamín nos pregunta si hemos vivido fuera del país y cuántos años.  Yo también hago preguntas, dice.  Es para saber qué se perdieron en los años que no vivieron en la isla. Él lleva cuarenta años en la comunidad, la conoce “por condición geológica”.
Menciono la desaparecida línea de guaguas entre Guayama y Cayey. Para subrayar el sentido de la pérdida, Joubert encuentra la palabra ajustada: “era algo clásico, que no debió haberse extinguido”. Se detenía sin paradas fijas, donde se encontrara el pasajero. Era una excursión subir de la mórbida plaza de Guayama a la meseta cayeyana, visitar la barriada El Polvorín, con sus cafetines y casitas enlomadas.
Tiene muchas cosas en mente, entre ellas un libro que narre la historia de la comunidad, sus necesidades. Pero incluso hacer un libro implica un repaso infinito de telas que cortar, cuando ya se tienen 66 años y lo que no es poesía se organiza en series de  relatos, esa forma que da a lo extinto peso de realidad.
Quizás la desaparición de las guaguas entre Guayama y Cayey, abandonadas por el último dueño, se relaciona con otro proyecto descartado por la historia. Los federales, que todo lo controlan, querían construir un túnel entre Cayey y Guayama. Lo dice sin notar mi asombro. Querían sacar oro de las montañas, que no se han explotado, y ese túnel sería luego de uso común. El gobierno no aprobó el proyecto (difícil concebir que el gobierno de Puerto Rico no aprobara un proyecto de los federales). El proyecto no pasó de la fase especulativa pero el oro debe estar ahí, en esas montañas que no se han explotado. “Lo del túnel”, dice, sellando el caso, “fue una propuesta efímera, sin un fundamento sólido”.
"Nosotros los puertorriqueños, estamos atrapados como en una prensa de carpintero, y no sabemos adónde ir. Unos amigos árabes dicen que el mundo es de los judíos, que son los jeques del petróleo y los dueños de mundo.”
Pero el mundo realmente es de los federales, porque si hay un jueyito o un carey no se puede hacer nada. Un juey vale más que un ser humano, según Joubert. Quieren sacar a los vecinos de la zona del mangle. En otros países se comen las tortugas y después aprovechan el carapacho para hacer peinillas. Aquí no se puede, lamenta. Y añade que la Calle del Pescado es producto de un rescate de terrenos que  pertenecían a la familia González Rodríguez. Ahora es peor, porque los terrenos del frente los compró la Monsanto. ¿Ustedes saben lo que es la Monsnato?, dice nada que hacer.  Estos son terrenos inundables, pero la solución es imposible porque no hay voluntad.
¿Cómo se forma un hombre que hace cosas, cómo aprende el arte de dar forma a las cosas? Mientras tomamos un café dulce,  Joubert nos habla de su niñez.  Fue el sexto de dieciséis hermanos, hijos de Herminia Agront, una madre constante, pero débil de carácter e incapaz de defenderse ante el marido, un tipo enorme que abusaba de ella. Faltaba una figura que velara por los niños y  fuera “suplidor”. Comían tierra. Cuando uno de los niños enfermaba, ella no tenía con quien dejar a los otros quince. La acompañaban todos al hospital, una caminata larga desde un sector llamado Hoyo Inglés, en una calle llamada Las Flores. En aquella casa no se comía carne. A los doce años él se dijo que haría lo que fuera para comer carne.  Como el hambre es la madre de la invención empezó a mirar el mundo para ver cómo están armadas las cosas. Empezó, dice, por la “creatividad visual”. “El maltrato hace que uno genere su mente.”
Joubert comparte los hallazgos de sus desvelos nocturnos.  El deseo de comer carne es puro. Cuando se sacia, el sobrante conduce al exceso, al desorden. Joubert repara objetos y las pone en venta, pero las cosas que rescata no encuentran compradores. Es un acumulador de capital sentimental. Quisiera tener menos, sus obras lo asfixian, aspira a un ascetismo imposible. Según él “la virtud debe ser inventar para sobrevivir”, no para acumular. De todos modos lo que tenemos es “la ilusión de la creación”.  El exceso se paga, es una carga.