domingo, 16 de junio de 2013

 
 
 
 
 
Audioeuforia

En el cine no es verosímil un disparo sin el sonido del disparo. La imagen se hace innecesaria, el estruendo esencial. Esa calidad imprescindible de lo que entra por el oído, o de lo que la mente guarda como dispositivo al re-conocimiento es el motivo central de un libro rico en matices, contrapuntos y propuestas audaces: Audioeuforia (Terranova Editores) la colección de ensayos que acaba de publicar Félix Jiménez, profesor de estudios culturales en la Universidad del Sagrado Corazón. Hace medio siglo este volumen hubiera invadido con escándalo la sagrada familia de los ensayos de “interpretación nacional”, avalando la cita de Benedict Anderson que sirve de epígrafe a una de sus secciones: “Communities are to be distingushed, not by their falsity/genuineness, but by the style in which they are imagined”. Siempre y cuando se entienda que en Audioeuforia prevalece la imaginación sonora, valga la sinestesia.

Se diría que el horror al silencio ocupa los resquicios de nuestra sociabilidad, aquella que provocó un ensayo de Fernando Picó, una empatía que ahora parece extinta o diluida en las redes sociales.  Sobre “nuestro retoricismo” escribió Pedreira, y Palés le dedicó versos al sonido que escapa del sentido por exceso: “aristocracia de dril/donde la vida resbala/sobre frases de natilla y suculentas metáforas”, o aquella “jaula de loros tropicales/politiqueando entre los árboles”.

No obstante sus parcelas de soledad, esta sociedad que aprende y repite de oído, que tuvo una fuerte tradición oral por todas sus vertientes, articula el interés común en ocasionales brotes de  generación espontánea, con frecuencia de manera inesperada, en reapariciones sorprendentes que recuerdan una cita de Nancy incluida por el autor: “Lo visual persiste hasta que reaparece; lo sonoro se manifiesta y se va extinguiendo hacia su permanencia”. Es curioso que la etimología de noise (náusea) no arroje mucha semejanza con la de ruido (rugir). Sin embargo a poco que se piense, las dos raíces son síntomas de exceso, ambas definen nuestro entorno aural, el ventriloquismo de quien cae en trance y se deja arrastrar por las luces que lleva dentro.

Sabemos que bajo el barniz de caos, ingobernabilidad y desacuerdos la vida en la isla sigue unos rituales inalterables. Según Jiménez se trata de “ceremonias de repetición que constatan la capacidad de absorción y manufactura del ser que, al sonar, se sintoniza y se transmite a la vez”. Es un nivel invisible del poder y de las resistencias al poder. Jiménez menciona cómo la música se ha utilizado para construir la "ciudadanía músical" de los franceses, por ejemplo, y de los israelíes. Aquí los intentos van y vienen como aves migratorias.

Recuerdo una marcha silenciosa. Recorrimos las calles de San Juan confundiendo a los transeúntes, pues para colmo de silencio ni carteles llevábamos. Tan intervenidos estamos por el ruido que su ausencia derrumbaba paredes y reescribía callejones. La marcha pasó al olvido, no recuerdo ya contra qué protestábamos.

Jiménez acota el territorio ocupado por el horror al silencio y nos entrega un libro de inagotables sugerencias, de registros minuciosos. Los usos publicitarios (aquel icónico anuncia de las pinturas Harris que se proyectaba en los cines con su jingle amoroso al verde quenepa y al azul de los adoquines); el ruido moneda, la publicidad, el fanatismo deportivo, el abucheo planificado, el totalitarismo de un estado cuya legitimidad se olvidó; la imposibilidad del silencio, la tiranía del ruido de los altoparlantes de las sectas cristianas; el tema del ruido en la literatura (Hunter Thompson y Luis Rafael Sánchez; yo añadiría la oreja gigantesca inscrita en La noche oscura del niño Avilés, de Rodríguez Juliá); la caída estrepitosa de la orquesta del pabellón de Sevilla; las voces que oía Lolita Lebrón en su celda. La isla experimental, asediada por objetos voladores no identificados que responden a los ruidos del observatorio de Arecibo es un campo de fuerzas, como expresa la hermosa metáfora de Juan Carlos Quintero Herencia: “una fruncida superficie montañosa, una suerte de esponja levantada”.

Adorno  a propósito de Stockhausen: “la música avanzada no tendría otra verdad que la de ser tan espantosa como el mundo en que es escrita”. Quizás de la cacofonía de nuestros cuerpos sónicos se desprende una música intemporal que invita a interpretarla. Aquí se fundó una de las primeras estaciones de radio; aquí existen 112 estaciones de radio en 10,000 kilómetros cuadrados. Lo escrito se lanza a su suerte en una isla donde el libro es casi una afrenta, una humillación, e incluso un talismán espantador de ladrones, útil para dejar abiertas las ventanas del automóvil sin temor a que se lo roben. Y sin embargo, Audioeuforia es libro, ese artefacto inquisidor que despliega en un movimiento descriptivo y enlaza en el haz de una teoría unificadora lo fascinante y temible de nuestras voces, las que demasiado pronto se rinden ante la música de las propuestas totalitarias o gregarias, mientras se cierran a la escucha de registros más finos. En Félix Jiménez hay un oidor sin autoritarismo, cuyo entusiasmo de nombrar y sonorizar no establece jerarquías; un analista pionero de ondas sonoras y síquicas, una enciclopedia del sonido y sus ámbitos: desde la a de las aceras hasta la z de Zizek.

 

 

domingo, 23 de diciembre de 2012

Nen Pompeiá



Los reconocí. Eran los niños de mi infancia, era la odalisca dormida con una pipa de agua en la mano, sumida en sus paraísos sagrados, acaso pueriles, bajo la mirada atenta de otro esclavo. No recordaba al niño de dientes expresivos, coronado con una guirnalda de uvas, que Geraldine identificó, de inmediato como el Caravaggio perdido. Para tener cuatrocientos años se conservaba demasiado bien.
También encontramos tu retrato, mutilado. Te habían arrancado los ojos. Tan pronto te vi, tirado en el piso, a merced de los gatos y las ratas, te reconocí. Eres el cuadro que ocupaba la cuarta pared de la biblioteca de Alberto.   
En el dormitorio de Josefina hubo un espejo art nouveau de marco dorado irregular. Ya no estaba el espejo, pero sí la huella de su torcida presencia. Gabriel pulsó un clavo casi invisible, empujó con los dedos y se abrió una puerta. Con las narices apretadas, lo seguimos mientras bajaba, linterna en mano, por una escalera estrechísima. En una esquina de la recámara tenebrosa se apoyaban los cuadros, que a la luz de la linterna fueron despertando. Me llamó la atención la imagen de una mujer en camisa de dormir que se dirigía a un interlocutor invisible, cerrándole el paso a una habitación encendida por un débil resplandor. Al dorso del cuadro había una leyenda y una firma: Primero pasarás sobre mi cadáver, Ramón Casas. El más maltratado era tu retrato. Te llamas Nen pompeiá. Estás de pie soplando una flauta doble en una calzada romana salpicada con rosas blancas y rojas. Tienes el cuerpecito largo y la cabeza adornada con una guirnalda. Un cegato podría confundir tus testículos blancos y el pene con un pajarito hambriento sacando la cabeza del nido.

domingo, 25 de noviembre de 2012

15


 
 
Hay cosas que no le dije a Gabriel. No le hablé, para qué, de la inquietud que me provoca volver a las sombrías alturas de Jájome por el antiguo puente de hierro que cruza el río Guamaní, rumbo a la quinta donde pasé los días raros de mi infancia. Papá nos dejaba los viernes en Guayama, en la casa que fue de los abuelos, y que seguía siendo la residencia principal de Alberto y Josefina. A primera hora del día siguiente subíamos por la carretera 15. Siempre ha sido solitaria, pero ahora más. La construcción de la autopista la fijó en ámbar como a un insecto prisionero del asombro. El silencio, la soledad, la velocidad moderada que imponen las curvas, permiten una marcha a la medida del cuerpo. Cortada a pico al contorno de la montaña, la carretera atraviesa una variedad de microclimas. Casi a nivel del mar, los árboles menos sedientos: almácigos, quenepos, algarrobos centenarios, bayahondas, flamboyanes. Abandonados, muestran deformaciones grotescas. Más arriba, yagrumos y alguna ceiba majestuosa. En la altura húmeda, lechos de piedra y saltos de agua, tierras dormidas donde crecían en mi niñez las fresas silvestres. Por todas partes, los perros realengos sarnosos y las gallinas, que son las reinas del mundo.  

domingo, 18 de noviembre de 2012

Este cuento es para ti


 
 
Este cuento es parte de tu historia. Este cuento es parte de las afueras de tu historia. Este cuento es para ti.

¿Por qué Gabriel?, me preguntas. Cualquier colega más cauteloso hubiera contratado a un abogado picapleitos para sacarse la espina de las primitas, valiéndose de los contactos en el bajo mundo que suelen asistir a los letrados de lujo. Gabriel no es abogado ni perito en chanchullos. En todo caso, es un ex loco. Ex y loco. Fuera de quicio.

Sabes que lo medité mientras admiraba una de las orquídeas brujas de mi colección. Soy dueño de esta desvergonzada Stanhopea tigrina, aunque la verdadera dueña de cuanto la rodea es ella. Cristina la miraba con desdén, no le gustan las flores. Prefiere coleccionar zapatos, los lleva bien como remate de unas piernas largas,  esbeltas, su mejor rasgo de niña de piel color leche. Mi Stanhopea no es hermosa, es más que hermosa. Las flores le cuelgan, upside down. Son grandes, algo vulgares. Dijo un estudioso enamorado que Stanhopea es una escultura de marfil. Tonterías. Es una mexicana blanca, una seductora absoluta, pero su belleza no invade por la vista sino por el sentido atávico del olfato. No se le resiste nada que tenga olfato.

Le quité la carga de unas flores muertas, hablé con ella. Hablé con esa mexicana de pétalos mustios. ¿Gabriel? Ándale, me respondió.

No siempre le doy la razón a las orquídeas, pero aquel día estaba blandito. Acababa de separarme de Cristina. Interpreté la coincidente soledad de dos hombres abandonados –Gabriel por una muerta, yo por una de esas Lolitas como Barbies que han sido mis temporadas en el paraíso, y mi perdición– como una señal. Además, para bien y para mal soy el hijo de mis padres. Involucrar letrados con contactos en el bajo mundo en un caso de familia, pagar porque le dieran una lección a mis primitas… no me pareció lo más digno. Eso me dije. Eso te repito.

Resté importancia al hecho de que Gabriel haya sido mi paciente. No me pareció grave un caso de incumplimiento ético en un país ilegal como éste. Incumplimiento, se dice, porque el psiquiatra tiene las claves de la estructura yoica del paciente. Bajo tal presunción, el detective sería un títere manipulable que impone sobre sus hallazgos la trama que su psiquiatra le dicte. Esa ficción proviene de un mundo extinto, donde la autoridad del médico era tan visible como una catedral y la obediencia a las interpretaciones del padre una garantía de orden y felicidad. Ya pasaron esos tiempos. Nuestro rol de policías de la razón se ha vuelto confuso.

Poco después venía yo bajando de la altura y vi un rótulo con el nombre de Gabriel Marte, detective, clavado en un poste que se inclinaba como un borracho sobre una esquina de la calle Derkes. Lo tomé como evidencia de la sabiduría de mi orquídea. No fue difícil encontrar al hombre. En un pueblo de brujos negros y blanquitos perversos sobran los chismosos.
 
De Sobre mi cadáver, 2012 (Editorial La Secta de los Perros)

martes, 30 de octubre de 2012

Gotham


 
La ventana del refectorio da al cementerio de los sefardíes. Las lápidas derrumbadas, la hierba que arropa la vereda, el estado herrumbroso de la verja, proclaman el más inútil abandono. Quizás los dueños de esta ciudad de comerciantes no saben que de los muertos también se extrae algún beneficio.

Antiguo, lo que se dice antiguo, no lo es tanto. Este, el tercer cementerio de los españoles y portugueses, se fundó en 1824. En cuanto al refectorio me gusta llamarlo así, aunque sea una salita comedor donde en ocasiones, cuando éramos al menos dos, nos reuníamos.

No me desagrada la pequeñez de los pisos de esta ciudad, ni la anchura brutal de sus avenidas, aunque echo de menos los callejones de Toledo y las habitaciones que ocupaba la Orden frente al costado de la catedral. Pero mi nostalgia no se compara con la sabiduría de los padres que alquilaron este piso colindante con un lugar propicio para el cultivo de la planta. Aquí soy invisible, puedo trabajar en paz. Cuando salgo a la calle es muy raro que alguien se fije en mí. Son miles los transeúntes. Cada uno lleva un disfraz que lo protege de la mirada ajena, si bien en ciertos días del mes el giro de la brisa provoca encuentros.

No sé bien cómo contar esta historia ni para quien la escribo, sin desconocer que mi destino depende de quien lea estos apuntes escritos al vuelo, como si ya el cuerpo se me hubiera acostumbrado al ritmo de la ciudad, que tiene más misterios de los que ostenta su fachada de urbe funcional alejada de todo lo que no sea la idolatría del dinero. Si me atreviera a cultivar también la esperanza anhelaría que esta relación de antecedentes, más que una defensa, obrara como un candil de esos que colocados al dorso de un pergamino van revelando al trasluz las tintas de una escritura secreta.

De mi madre aprendí todo lo que sé. De mi madre y de mi hermana. Los tres nacimos en Toledo; madre a mediados del viejo siglo, mi hermana el año de la muerte del caudillo, yo cuando España ya se había ido al infierno. Me parece que vivo desde siempre. Quien conozca Toledo entenderá lo que digo cuando hablo de sus habitantes; esa expresión que algunos tildarán de desvarío, pero que yo prefiero describir como una respiración mística, y que se traduce en miradas brillantes, en una forma de sonreír, en una expresión de dientes desnudos que puede parecer obscena cuanto más espiritual es su fondo.

Siendo yo el varón de la familia era el llamado a sustituir a mi padre, que murió poco antes de que yo naciera, de causas desconocidas. Soy alto y fuerte. Pude haber aprendido el oficio de papá, pero madre quiso que fuera fraile. Desde pequeño me vestía con una sotanita negra. Cuando llegaba de la escuela me obligaba a usarla. Ella y mi hermana me enseñaron las ocupaciones que son útiles en una comunidad de hombres. No me daban tregua hasta que hacía la cama perfectamente, las sábanas tensas, con todos sus dobleces. Aprendí a teñir telas y a mezclar soluciones para limpiar los cristales de las ventanas. Se me revelaron los misterios que guarda la botica doméstica. El hombre que no sepa lo que es un hogar y los secretos de su manejo será siempre una bestia callejera; carecerá de la delicadeza imprescindible para confeccionar un postre o rematar un zurcido. La bestia callejera no se imagina es que todas las artes del horror y de la guerra están contenidas en el manejo de una casa.

Los conocimientos de mi madre debieron haber pasado a mi hermana, pero la Olvido nos salió rebelde. En su juventud escapó a Madrid con un novio que se perdió por ella. Volvió cinco años después, sin niños ni honra. Madre ya me había hecho el heredero de su legado. Tras la vuelta de mi hermana se verificó mi ingreso en la Orden de San José de la Planta, Patrón de la Bella Muerte. Fue todo tan rápido que hasta ahora no había tenido un instante para mirarme al espejo y descubrir quién soy. Estoy seguro de que madre acordó mi ingreso en la Orden, quién sabe si a cambio de alguna suma que gastaría en velas para sus promesas. Nunca me trató con ese amor excesivo y desvergonzadamente injusto con que otras madres tratan a sus hijos varones, aunque ciertas caricias suyas me marcaron a fuego, para siempre.

Ya, no me quejo. Mi oficio es un privilegio. Son pocos los frailes que lo practican. Además de preparar la materia prima, también bordo las casullas; es decir, de mis manos salen los materiales y el producto final que vendemos a sacerdotes pudientes en todo el mundo. Lo proclamo, por si el lector -sea quien fuere- gusta de comprar una casulla, un diván tapizado o una alfombra.

Para despejar el aire de las maledicencias me trasladaron a esta ciudad, donde no me alcanzan las miradas suspicaces de las vecinas que pertenecían a la cofradía de mi madre. La ciudad de los rascacielos le hace honor a su otro nombre: Gotham. Hay más iglesias que en Toledo, y más tumbas. En esos cruces radica, para mí, su magia profunda. El cementerio que se ve desde la ventana queda a pocas cuadras del Empire State Building. A pesar de la lejanía he notado, en ciertas noches, cómo los resplandores de las luces azules y rojas de la torre hacen juego con la lividez de las lápidas.

Al principio me sentía a gusto en espera del cambio de semáforos, viendo pasar a quienes salen a pasear sus perros a media mañana o de noche. Era feliz ejerciendo con sencillez mi oficio. Despedí a tres frailes mayores y bordé unas casullas primorosas.

Todo cambió cuando llegó Fray Ignacio de la Sagrada Herida del Costado Luminoso. La muerte y el desamor lo acompañaron desde su nacimiento. Era casi transparente. Tenía el pelo del color de una zanahoria podrida. No había cumplido treinta años y era una ruina. Una ruina feliz, para colmo. Tanta alegría me pareció una obscenidad. Verlo soltar risotadas que salpicaban sangre no me provocaba piedad sino todo lo contrario, la exacerbación de una violencia incomprensible. Lo abracé, nunca había sentido tanto amor. Ese sentimiento se mezcló de inmediato con el horror y el asco. Ignacio era un desvergonzado. Poniendo los ojos en blanco musitaba que si eso formaba parte del tratamiento tanto mejor. Era impúdico y bueno hasta cuando se entregaba al pecado con alegre ferocidad.

Yo, que tantos moribundos acompañé, no he podido aceptar la pérdida de Ignacio. No sé describir el placer que me causaba abusar de su cuerpo enfermizo y cariñoso. Nadie me exigió la casulla de sus carnes. Pretexté que la debilidad del joven, su constitución enfermiza, no daban para mucho. Me creyeron o no les importó. Además, como tantos hermanos que habían recibido mi asistencia para morir bien, no tenía parientes que reclamaran su cuerpo.

La calidad moral de los jóvenes habitantes de esta ciudad no ha variado mucho a lo largo del tiempo. Los de hoy, como los de hace un siglo, profesan el culto de la muerte, pero no tienen idea de sus primores. Una noche me siguió el primero, atraído por el vuelo de mi manto. Saltó la valla del cementerio y se acercó al rincón donde cultivo la planta que sólo prospera entre muertos. Se me insinuó. Le arrojé la luz de la linterna sobre la cara y descubrí su delgadez provocada por el vicio y la anorexia, las uñas de los dedos y los labios pintados de negro, el pelo erizado a fuerza de laca, su olor nauseabundo. Le dije que era el guardián del cementerio y que prefería trabajar de noche para no ser interrumpido por niños curiosos, pero que su atrevimiento me había quitado las ganas de trabajar. Lo invité a tomar una copa.

Dominado por la impaciencia alteré el protocolo. Añadí al vaso de cerveza la dosis pura. Quería volver a ver los ojos en blanco de Ignacio. Por lo general toma unos días la reducción del hálito vital. Esa lentitud de gota no hace sino acrecentar la sensación placentera del letargo que finaliza en el primer y único encuentro con Dios, el resplandor irrepetible de la bella muerte. Dudo que algo de eso sintiera el muchacho, en la rápida y dolorosa agonía que culminó con un vómito sangriento, perdido en la noche de mi sotana.

Hace meses que no me envían a un fraile moribundo para que lo encamine por el sendero de la muerte misericordiosa, asistido por los destilados de la planta. Sin embargo, han sido varios los encuentros con jóvenes indiscretos, así que no me aburro. También he aprendido a recuperar la paciencia, madre de todas las artes. Ante todo, el placer, puesto que mis cuidados lo prodigan. La planta no crece mucho. Sus hojas son menudas. Sus flores amarillas, más chicas que granos de arroz. La semilla, que viajó conmigo desde una de las criptas de la catedral de Toledo, germina sin dificultades en este cementerio neoyorquino de judíos españoles.

Me han dicho, pues no consumo mis remedios, que la primera dosis es muy superior en sus efectos a las sucias drogas callejeras. Al cabo de unos días la piel se va secando y el pecho uniéndose a la espalda, hasta reducir el cuerpo a dos dimensiones. Las orejas, dependiendo del azar, pueden quedar a la altura del ombligo. Tras el último suspiro se acelera la sequedad y el cuerpo, que ya no conocerá los horrores de la putrefacción, parece obra de gusanos de seda. Entonces extiendo la piel, la corto, la bordo, destaco las bondades personales de cada muerto en una obra primorosa.

Esta semana he dormido bien. Me anunciaron que el lunes llegará un nonagenario. Mientras lo espero escribo estas notas sin tener idea de quién las leerá. La vida solitaria tiene placeres incomprendidos. ¡Qué diría madre de mi poca atención a la tensión de las sábanas, de los trastes sucios que se acumulan en la cocina! Los viernes tomo una copita, fumo un cigarro, me distraigo en la contemplación de mi colección personal. Completé una casulla divina. Alrededor del copón bordé los destellos de la Santa Eucaristía con hilos color zanahoria.

Me miro al espejo. Reconozco las facciones de Olvido en mi propia imagen, sobre el diván donde reposo envuelto en un manto de anchos vuelos. Qué maja estás, le digo, y acaricio con la lengua, como ella lo haría, los relieves del respaldo: los ombligos como pozos sabios que hablan de la historia familiar de cada uno; las bocas negras que se abrieron con inocencia al nacer; las orejas abismales, las narices glotonas, los testículos disecados.

Mi oficio es la clemencia. Lo he visto cuando los jóvenes, machos y hembras, en lugar de persignarse y pedir socorro, me suplican que los inmortalice. La belleza los reclama desde ese lugar que en cada uno confunde el dolor con la alegría. Si no fuera porque pongo a Dios por delante en todo, dejaría la Orden y me dedicaría al comercio lucrativo. Tú también, Olvido, y madre, recibirían el derrame de mi riqueza. Pero eso ya no es posible. Ya no sufren en este valle de lágrimas. Tan devotas, tan piadosas, tan nacidas para adornar casullas.

 

 
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viernes, 26 de octubre de 2012

Circular






Vicente Luis Mora (Córdoba, España, 1970) es poeta, narrador, ensayista y profesor universitario –ahora  en Brown University– y ha sido director del Instituto Cervantes en Marrakech y Albuquerque. Cuando tenía 33 años publicó la primera edición de Circular, (Plurabelle, 2003) un libro imposible de ubicar en un género literario que no sea el libérrimo de la novela y en un subgénero muy particular; el de las novelas sobre ciudades –espacios reales que son, a su vez, los lugares literarios por excelencia.
Entre ciudad y novela, entre mapa y libro, hay abundantes conductos, que remiten a géneros anteriores, como la épica, que sin ciudades –o paisajes míticos– y batallas no podría pensarse. El paradigma moderno fue el Ulises de Joyce, con su vasto registro paródico de las voces de Dublín. Tampoco hay que olvidar el homenaje a Nueva York en los montajes de Manhattan Transfer, de John Dos Passos, una novela contemporánea del Ulises y también de las primeras versiones de otra rarísima novela ambientada en Nueva York: En babia, del puertorriqueño J.I. De Diego Padró.

Antes de pisar las calles de Circular vale decir que en estos años de remixes, reduxes, splicings, montajes; en fin, de la tecnificación de los juegos experimentales de las vanguardias de principios del siglo XX, Vicente Luis Mora consumó el hoax de Quimera. El número 322 de septiembre de 2010 lo redactó él, plagiando estilos de colaboradores y usando 22 seudónimos y nombres de varios autores que lo consintieron. De manera que el humor sin crueldades irreparables parece ser una marca de este autor que tiene el don de la música y se divierte escribiendo. Simpatizo con el temperamento que describe el narrador de Circular cuando levanta la vista de un libro leído en un tren, (“el medio literario de transporte por excelencia”):“estado nimboso, lisérgico y poco razonable”.

Por lo mismo que escribir divierte, no puede desprenderse de una inquietud sobre el propósito, aunque ninguno sea más válido que otros, ni haya dominantes entre las muchas inclinaciones de un autor, desde el juego de palabras hasta la propuesta más radical: intervenir en lo real. Circular, en la primera edición, la que leí, interviene en lo real para intercalar en el libro el retrato del artista joven, la crónica de una vocación y sus giros; ese autor que a veces habla y que con frecuencia se transforma en alguien que otro ve: “el chaval de negro que escribe”.

El “callejero” del libro tiene tres secciones: Las afueras, Paseo y Centro. Cada sección consta de fragmentos llamados por nombres de calles o sectores. Mi familiaridad con Madrid es mínima, de modo que no puedo juzgar la relación entre la identidad de un lugar y los textos que se le asocian en un dechado de escrituras: más de doscientos relatos breves, poemas, pasatiempos, citas de textos literarios, chistes, ensayos cortos, anuncios publicitarios, columnas combinatorias, acertijos y espacios en blanco.

Dos páginas en blanco siguen a una reflexión sobre la cámara anecoica, un espacio totalmente sellado donde solo se escucha el sonido del propio cuerpo. Comprobé que esa página en blanco “funciona” como estación de recogimiento y descanso de la letra. Sin mayores alardes en diseño grafico, Circular quiere insinuar desde el papel la simultaneidad y conectividad del híper texto, pero en clave profunda. La milenaria tecnología del libro demuestra su eficacia cuando la pantalla vuelve a ser página, no de la manera ostentosa que exploró el Julio Cortázar tardío en sus artefactos bibliográficos (La vuelta al día en ochenta mundo, Último round, el cómic Fantomas y los vampiros multinacionales) sino en la tesitura de Rayuela: la simulación de tridimensionalidad desde el plano; o en la gozosa parodia del viaje de aventuras que escribieron Cortázar y Carole Dunlop, Los autonautas de la cosmopista, apuntes al margen de las predecibles rutas vacacionales de los franceses de clase media.

 “Así pues, Circular no tiene estructura, pero sí sistema”, escribe el autor en el epílogo. “Este libro se presenta más bien como un intento de superación de la posmodernidad al más cervantino modo: la parodia… Hacer un libro donde se defiende, deslinda, acota, profundiza y glosa la idea de centro…  No sabemos todavía el nombre de lo que hay después de la posmodernidad, pero intento escribir ya desde ese territorio innominado”.
El círculo es imagen de fijeza en el movimiento como el libro es imagen de intertextualidad y ruptura. Circular incluye un doble homenaje: a los escritores mayores y a la “escritura de oído”. Juan Ramón Jiménez, Francisco Umbral, Cixous, John Cage, cronistas de ciudades, poetas de talante filosófico, Paz, El mono gramático, uno de los referentes literarios más importantes. Calvino está presente en las calles mágicas. Reflexionar sobre el lenguaje, dice el autor, es otro de los fines de este libro que es, a la postre, un libro de voces.

Para mí que la distinción entre estructura y sistema tiene que ver con el lugar del observador. Cuando la voz narrativa se sitúa en la inmediatez y se confunde con los acontecimientos que cuenta –esa técnica mimética, del discurso indirecto es la del Ulises-  encarna el caos de la materialidad inmediata. Otro lugar es el de la convención del relato cerrado “bien hecho” y predecible, que remeda una falsa unidad orgánica muy alejada del realismo auténtico. La escala del observador narrador en Circular es oscilante. Hay un plano regulador abstracto, como si se observara la ciudad desde una altura satelital: es la escala del cartógrafo. No obstante, el pulso del relato breve, casi siempre armado con diálogos, le permite (al portador de la cámara que registra) acercarse y tomar muestras en la carnalidad de un momento climático –la angustia de la soledad – o en un retrato instantáneo de la banalidad del mal y del bien.
También puede invocarse la metáfora del mapa para articular los nudos del espacio textual y hacer visibles sus relaciones estructurales. No se trata de tramas subordinadas a un puñado de tramas dominantes -la imagen circular por fuerza evoca el universo dantesco con sus tres círculos concéntricos, pero sin jerarquías totalizadoras- ni hay unas relaciones de causalidad evidentes, al modo de la definición que hace E.M. Forster de una trama. Sin embargo, en literatura, donde hay un mapa hay un misterio, que puede ser un crimen o algo más enigmático. En todo caso debe ser un misterio que incite a leer, a pasar a la siguiente estación, a la siguiente calle, sin prisa por llegar ni curiosidad de saber el desenlace.

Circular aprovecha la adicción al asombro que es virtud del cuento breve. Sobre todo, evoca la aventura iniciática del aprendizaje de la lectura. Se aprende a leer un libro como se aprende a leer la forma de una composición musical exótica. O, más bien, se recuperan formas olvidadas de lectura, y esa recuperación lúdica seduce. Una vez “se le coge el compás” a este libro se puede optar por lecturas salteadas. O leer como hice yo: del salto a la lectura lineal; disminuir la velocidad de la autopista y entrar en una de esas barras oscuras y genéricas donde la parada forzosa y la sordidez obligan a tomar conciencia del tiempo, de la inutilidad de la vida, del automatismo: “Durante esos seis años pasaron por delante de su barra doce mil quinientas personas que … no le veían, porque tenían ya los ojos puestos en Madrid, en Valencia, en los kilómetros por recorrer…”;  o leer en la parada Museo Reina Sofía, un collage sobre “patologías mentales”; o compartir el sexo urgente y distante en el asiento trasero de un automóvil, mientras en un restaurante del centro, “hay dieciocho mesas y apenas setenta personas, pero caben todas las posibilidades”.
Patrones y ritmos, motivos recurrentes. Abunda un escenario: alguien pretende alquilar un piso, alguien se suicida en un piso, alguien es expulsado de un piso, a alguien le cuentan la historia del inquilino anterior de un piso. Son relatos que evocan al Auster más cautivador y al Calvino que elogia la levedad entendida como “disolución de la compacidad del mundo, en percepción de lo infinitamente minúsculo y móvil y leve (pues) la verdadera realidad de esa materia está hecha de corpúsculos invisibles… La mayor preocupación de Lucrecio parece ser evitar que la materia nos aplaste”. Recuerdo el relato del coleccionista de entradas de conciertos que no se habían celebrado, de hojas en blanco, de fotos de mujeres muertas, porque “adora las cosas que no ocurrirán jamás y las hermosas a las que nunca tendrá acceso”; el diálogo sobre una mujer buena y hermosa cuyas perfecciones provocan el odio de sus vecinos; el homenaje a las series de suspense en torno a un hombre incapaz de dormir y de moverse, pues solo escucha “la música de la vida” en los  apartamentos de su edificio y la violencia de la calle; la cómica desubicación de los informes burocráticos de los urbanistas; el mercado donde se pierden las palabras con los objetos que designan (palabras como esquife, garrocha, mandil, miriñaque, crespón); y, para mí, el pasaje más desgarrador del libro: “La canción del olvido. Contenedor de basura”, una enumeración atroz.

Otra nota podría dedicarse a las advocaciones de Madrid, propias y ajenas: plano a escala de todo; ciudad archipiélago; ciudad hermosa, cruel, deshabitada; ciudad absurda, brillante y hambrienta; ciudad global; ciudad de más de cinco millones de cadáveres; ciudad género literario; un universo hacia el big crack; ciudad imposible, como Jerusalén, pero que existe, como Jerusalén; ciudad libro de citas; ciudad como un libro: nueva, llena de vías a estrenar.
A propósito del Ulises, Hermann Broch hizo el cálculo de que “dieciséis horas de vida descritas en 1,200 paginas equivalen a 75 páginas por hora, es decir, más de una página por cada minuto, o sea, aproximadamente una línea por segundo” (“James Joyce y la época actual”). Uno de los personajes dialogantes de Circular, lamenta la operación inversa, esa compresión de la experiencia que parece ser la condena del presente: “… el realismo no puede ser total, tiene que ser selectivo. No puedo escribir un libro sobre una ciudad y reproducir en las dos horas y media que llevará leer el libro dos horas y media de la vida de Madrid, cualquier día”.

Hay un lado oscuro, trágico, del fragmento; el vacío que llega a rodear sus escalas dispares, indefensas ante el tiempo devorador. Pero Circular promete ser “interminable”. Sobre la segunda edición (2010) informa el autor, “el libro se ha hecho más global y aparecen más ciudades, más países. Una tercera parte completa sucede en Marrakech. En las últimas versiones se ha ampliado el castellano utilizado y aparecen más culturas. Hay también microrrelatos en inglés y en francés”.  
A diferencia de tantas escrituras crepusculares de la “posmodernidad tardía” (que dan cuenta de la mediocridad de la especie y de la vulgaridad de sus postrimerías, o que se ahogan umbilicalmente en la encerrona de un “hombre fino” condenado a vivir en una sociedad de inferiores), Circular me comunica solidaridad, nervio, lucidez y la hermosa probabilidad de que cuando yo me vaya los pájaros seguirán cantando y autores como Vicente Luis Mora seguirán escribiendo.

 

 

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