miércoles, 18 de enero de 2017

Cerrar prisiones y abrir puertas





(Interior de la penitenciaría de Terre Haute, Indiana)

Escribo estas líneas mientras esperamos la excarcelación de Oscar. No le escribí a la prisión, no pude.  Se puso a prueba en mí la condición esencial del acto de escribir. Habría que escribir siempre como si el destinatario fuera un prisionero, sin dobleces, en  comunicación honesta. Pero hay que tener más valor y templanza de los que poseo para escribir así, reconociendo prisiones interiores, entrando con serenidad y sencillez en el terreno común entre la mujer sedentaria y el hombre, mi contemporáneo, que ha despedido años en la monotonía del encierro. Me animo ahora a escribir estas líneas, en la tensión de esperar que Oscar regrese ya a la isla. El momento pide que nos comuniquemos.

Sobrevivir al descomunal castigo de 35 años de encierro sin terminar convertido en un guiñapo de rencor y salvajismo nos dice que hay vías profundas para fugarse de la cárcel. El cuerpo, los cuerpos, pueden acomodarse a la disminución del espacio vital en las dimensiones de una celda. Con más tiempo, en su voraz deseo de vida, también suelen adaptarse al orden autoritario imperante y a las infracciones necesarias. Los cuerpos se corrompen, pero no siempre se extinguen con el maltrato. En más de un sentido así vivimos en nuestros hábitos idiotas, en el encierro de nuestras casas, en las calles de las islas del mundo. Sobrevivir y sobreponerse a la violencia sin rendir la dignidad es otra respuesta. 

La violencia carcelaria más despiadada debe ser la que conduce al empobrecimiento de los sentidos. Se siente en la atmósfera estéril de los hospitales, pero las temporadas de encierro en los hospitales no suelen durar décadas. Oscar pidió colores, pigmentos, y un lugar en el cerrado espacio monocromático para pintar, procurando que no se le apagaran los sentidos. En prisión, en el ambiente sepulcral que es la prisión, Elizam Escobar pintó oscuras obras imponentes. (A Elizam sí le escribí cuando estaba preso, pero en plan de editora.  Nos carteamos durante el proceso de edición de su libro “Los ensayos del artificiero”). Las pinturas de Oscar son vibrantes, casi folklóricas en su abigarrado despliegue. Es el mundo exaltado del trópico y él mismo se lo hizo como el niño pobre que no tiene con qué comprar juguetes y se los hace. Debe haberse golpeado  muchas veces contra los barrotes, pero pudo encontrar en sus entrañas un lugar impenetrable. Desde esa plaza liberada de sí mismo, sigue pintando, escribiendo, hablando, sin comprometer la verdad sencilla a cambio de lástima, ni supurar la moneda, tan corriente, del odio.

La prisión federal de Marion, donde Oscar pasó muchos años, se cerró un tiempo cuando se publicaron las atrocidades que en ella se cometían. Ya se sabrá más de las atrocidades que ocurrieron en Marion. Ya se están contando.

Que aún exista la posibilidad de cerrar prisiones y abrir puertas en un mundo atroz me anima a escribir estas líneas. Oscar tiene la costumbre de responder cada día a diez de las cartas que recibe. Una correspondencia que como el hilo del cometa se evade y comunica al preso con un afuera que lo sostiene, y que forma parte del relato asombroso de Oscar López Rivera. Han sido muchos y constantes sus apoyos, las voces que se hacen oír en reclamo de su libertad y en reconocimiento de su valor. Miles de compatriotas en la isla y en Estados Unidos, tantísimas personas entrañables, como su abogada Jan Susler, decenas de instituciones, frentes comunes de movimientos e individuos que por lo general no se encuentran, pusieron en movimiento un enorme organismo de solidaridad que se extendió por el mundo y conmovió a personas que no saben dónde queda la isla ni conocen el absurdo modelo de colonialismo que se instaló aquí. Por esta vez la imagen describe la realidad palpable: en la campaña de excarcelación de Oscar se movieron cielo y tierra. Un monumental esfuerzo para sacarle una firma al presidente de Estados Unidos y con ella un gesto hacia un pueblo regido por dictadura imperial.

Sin embargo, y es lo que me mueve a escribir esto, la historia de Oscar se acerca al común de la humanidad. No se le hace plena justicia al sentido ejemplar de la misma si se insiste en la dimensión excepcional, feroz, del guerrero. El valor en lo cotidiano es más radical que el coraje brutal del guerrero. Es la fuerza que impulsa a los pueblos humildes cuando se levantan de la violencia y las matanzas; cuando persisten con dignidad y ánimo de protesta en situaciones de inclemencia e inestabilidad constantes. En climas estériles, monocromáticos, entre la nieve y el desierto, en campamentos de exiliados, en rutas de migraciones clandestinas, en la calle, luchando. La historia de Oscar y del monumental esfuerzo para que regrese no pertenece al momento inmediato, sino al deseo de larga duración de la especie.

Su cuerpo regresará a las estaciones de la isla. Se desorientará entre muestras de cariño y veneración, le conmoverán las atrocidades y disparates nuestros de cada día. Volverá a sentir la belleza fuera del lienzo, a recuperar la memoria del mundo, a despedirse –con esa constancia tan ejemplarmente suya, tan reñidamente nuestra– del tiempo perdido. 

domingo, 15 de enero de 2017

Cuatro cartas




Para Malena Rodríguez Castro 

Francis Dumaresq conservó una carta de la novelista Edith Wharton. Fechada el 30 de marzo de 1890, su tono liviano dista del humor trabajoso del diario de Francis. Wharton cuenta con desparpajo de muchacha. Habla de la muerte de Kitty (¿quién era?) agradece las dulces palabras de su amigo. Asegura que ha pensado en él con la intención de responderle, pero temiendo que sus frivolidades no fueran del gusto de un Boston man. París perfecto, clima primaveral espléndido. De las rondas aburridas de su vida social queda el contraste entre la soltura de la escritora y el estirado ambiente de los salones. Para no desentonar del círculo parisino, su marido toma clases de baile y de tenis y se hace pintar por William Story. Edith se burla del embajador inglés Lord Lytton, de la panza del hombre, decorada con una asfixiante faja azul. Se avergüenza de haberle contado en la mesa “vulgar american stories”. A pesar de su admitida vulgaridad, se sabe árbitro de la elegancia y perita en el arte de lucir bien. Critica los vestidos espantosos de las damas, lo que no impide que en su canasta de tarjetas de presentación atesore una de Lady Lytton. Le cuenta al tímido Francis lo difícil que se le hace la tarea cotidiana de lucir bien: las tragedias de los botones que saltan, el corsé que no cierra, los ganchos que no enganchan, el peluquero francés, con barba de perilla negra que la peina a diario y le hala el pelo hasta que a ella se le brotan los ojos, y perdón olvidaba que le escribo a un Boston man.
Francis y uno de sus socios, Henry Luce, llegaron a Puerto Rico con las tropas invasoras. Francis tenía 44 años, una edad avanzada para la época. El 22 de septiembre de 1898, se les autorizó a cruzar los frentes militares rumbo a Ponce y de regreso. El salvoconducto consta en papel escrito a maquinilla, con tinta azul y membrete del cuartel general del ejército de Estados Unidos acuartelado en Río Piedras.


Dos cartas de la colección de Francis Dumaresq acercan la guerra de conquista al círculo exclusivo de las primeras (por no decir mejores) familias bostonianas. El 16 de diciembre de 1898 le escribió el obispo episcopal William Lawrence. (El obispo Lawrence redactó las indispensables memorias de varón bostoniano prominente, que en su caso, además, proclaman desde el título la alegría de los primeros mártires cristianos: Memorias de una vida feliz - Memories of a Happy life).  Era hombre dado al humor y al ejercicio. Murió pasados los noventa años, en estado de lucidez, por obligación moral y algo de aburrimiento. Fue, sobre todo, un señor venerable de reconocida autoridad. Resolvía los espinosos asuntos de las primeras familias con su sola presencia. Su propia estirpe, emparentada con la usual enredadera de apellidos, era antigua y prestigiosa.
Las guerras más crueles se libran en los campos de las rencillas familiares. En sociedades como la bostoniana se reservan voces de tan magna autoridad que incluso puedan deshacer malignos rencores íntimos. Lawrence era hombre de esa talla. También lo fue Endicott Peabody.
Copio la carta del obispo, tan curiosa en su maravillada toma de conciencia sobre la nueva colonia desconocida, y en la analogía entre la obra de Dios y la misión modernizadora del banquero:

My dear Dumaresq:
It is quite a novel sensation to receive a letter from Porto Rico. It is the first one that I have received from that distant island, and the fact that a United States postage stamp brought it here gives one rather a start, for it is such an incident that makes one realize that we are really in possession of the island.
Knowing that our church had the question of missionary work in our new possessions in mind, I sent your letter to Bishop Potter of New York. He wrote me that that subject has been referred to the Bishop of Chicago of the joint commission on the increased responsibilities of our church in connection with the extension of the nation. I could not therefore take the matter up without first getting into correspondence with him. I have therefore enclosed your letter to him with a letter from myself. Such things move slowly, as our church has to consider not only the question of duty but also of ways and means.
I suppose you are feeling quite at home in Porto Rico and do not consider yourself quite so far away as we imagine you to be. It must be very interesting, the taking hold of a new work in an old country, and invigorating in the sense that one is ploughing out methods in business and banking which others are to follow.
I remain with kind regards
Yours sincerely,
Wm. Lawrence


Meses después de la carta del obispo Lawrence, el 9 de mayo de 1899, Endicott Peabody, el fundador de la escuela Groton, le escribió a Francis. La pedagogía de Groton formó generaciones de varones bostonianos con actitudes que incluían una medida de anti intelectualismo práctico para evitar dudas y tentaciones (“I  am not sure I like boys to think too much”), frugalidad, uñas limpias, amor a la acumulación de dinero y odio al gasto, un duro régimen de ejercicios y la disposición del cuerpo a pruebas arduas que templaran la carne y el carácter. Los modales rudos eran preferibles a la laxitud afeminada, aunque en las nuevas generaciones, el anti intelectualismo se decantara por cierto humor cabecihueco, sin la fervorosa intensidad de sus abuelos, quienes se jactaban de gastar tan pocas monedas en el agua del aseo diario como en una compra de víveres. Higiene infalible: bañitos con esponja y agua fría, ingestión de coles y zanahorias, caminata al mercado. El obispo Lawrence y el educador Peabody eran pilares relevantes de la vieja guardia; destacadas autoridades éticas, morales, cívicas, pedagógicas y espirituales. Francis lo sabía y valoraba la benevolencia de ambos hacia su persona, de manera que se sentiría vicario de ellos en el nuevo territorio, una de esas posesiones que caen del árbol con poco esfuerzo, y que conviene probar cautelosamente, sazonar con especias conocidas, adaptar al gusto propio y sumar a la causa misionera con fervor, para bien y para mal.
En la carta de Endicott Peabody, contemporáneo de Dumaresq, hay un tono de familiaridad entre muchachos, afín al tono de los tiempos: la embriagadora convivencia de una vida aventurera con la acumulación de capital. La imagen evoca las palabras del obispo a propósito de la conversión espiritual de los nativos en un plano análogo a la conversión del sistema financiero y de negocios. Puerto Rico era viejo por contagio de España, un imperio senil. La carta manuscrita de Peabody tiene membrete de Groton School. Peabody describe al modesto Francis como un “swagger man” que sin duda se hará rico en “Porto Rico”. Informa de obras en Groton (una nueva torre, un ala restaurada) sin pedir apoyo, pero con el gasto detallado. Expresa cierto desagrado ante la prolongada guerra de Filipinas. No soy anti imperialista, escribe, pero la idea de que esos miles de miserables crean que están luchando por su patria, va “against the grain”. Invita a Francis a visitar una casa de playa que construye en North Haven “as you pass though Fox island thorough fare on your way to the houses of (illegible) at Mount Desert.“  Le recomienda que no se perpetúe en el exilio. Mejor conformarse con una fortuna sustancial, sin excesos.  Peabody sobrevivió por décadas a su amigo Francis. A los 84 años de edad, tras apenas cuatro lamentadas horas de sueño, pues tiempo dormido le parecía tiempo perdido, se levantaba temprano para escuchar las transmisiones radiales de los discursos de Adolf Hitler.
También tuve en mis manos la carta de William H. Hunt, segundo gobernador civil yanqui de Puerto Rico. Tiene fecha del 14 de septiembre de 1901 y va dirigida a Francis Dumaresq, No. 35 Broad Street, Boston.  El gobernador menciona que tanto él como su esposa echan de menos al amigo, que hacen votos por la recuperación de su salud y que les alegraría su regreso a la isla, lugar de amargas y frágiles victorias: “Vuelva y trataremos de tener otro invierno agradable, a pesar de la inmensidad de la tarea que enfrentamos”. 

sábado, 14 de enero de 2017

These people





El 5 de noviembre de 2016 llegué a Boston. Era el día acordado meses antes con una de las archiveras del Boston Athenaeum. Llegué tarde al tope de Beacon Street. El portero y mayordomo me miró como se mira a un ejemplar bárbaro de especie aborrecida con rencor profundo. Me ha pasado en otros lugares; cambian los tonos y estilos. Habrá más de un factor, además del color de piel: el descuido al vestir, la falta de maquillaje, la pobreza de la ropa, el desgarbo, el acento. Sobresalta el racismo que se expresa abiertamente frente al inspirador del desprecio, como si el espécimen no estuviera presente o no entendiera la lengua del racista. Me pasó poco antes de entrar a la sala de partos en Belleville, New Jersey, cuando me adelanté unas semanas y la enfermera de admisiones le dijo al médico: “these people never know when they are due.” Me pasó en alguna clínica familiar o free clinic en Los Angeles, donde despachaban pastillas anticonceptivas previo examen ginecológico. Recuerdo cómo se explayaba el médico ante su aprendiz sobre las características raciales de mis genitales. “These people”. Me pasó en un diner de San Francisco. No nos atendían, nos levantamos, y, cuando salíamos, la mesera dijo para que la escucháramos bien: “these people should know their place”. Con las latitudes cambian las actitudes y los contextos. Recuerdo, en Buenos Aires, el desprecio con que me sirvieron en un restaurante chino, hasta que dije que era puertorriqueña, es decir, US citizen y residente de un territorio donde abundan las fondas chinas. Entonces la actitud cambió de hostilidad a sonriente diligencia. Creían, me dijo el mesero, que yo era colombiana. (Le conté lo sucedido a Susana Zanetti, mujer prudente y brillante. “Todos los pueblos son racistas”, comentó a la ligera, supongo que para repartir la fealdad del instinto).
Me pasó en el Boston Athenaeum. Cuando llegué tras un viaje larguísimo y una caminata igualmente larga, con zapatos incómodos, al tope de Beacon Hill, la archivera de turno no recordaba mi nombre y yo no recordaba el nombre de la bibliotecaria con quien, meses atrás, había coordinado la visita. "This woman does not know who made the appointment", comentó el mayordomo, haciendo suya la poderosa calidad del racismo que alude a la criatura despreciable sin dirigirse a ella. Intervino un joven alto, blanquísimo como las estatuas que adornan el vestíbulo del Athenaeum, de una generación más fría que la del apasionado portero. Con mi pasaporte USA en la mano, el  muchacho buscó en una pantalla y encontró mi nombre. No solo lo encontró, sino que cerró el encuentro un broche irónico. En el registro constaba que alguien me había otorgado una distinción: Marta Aponte Alsina era socia del Ateneo. Si es socia puede entrar donde quiera, dijo una mujer que conversaba con el mayordomo sus desacuerdos furibundos con las ideas de un conferenciante. Sí, puede subir, pero no a donde quiera, porque no es realmente socia, no es cierto que sea socia, insistió el mayordomo. Después me enteré de que el señor, además de racista, ha sido grosero con quien no parezca un Boston blue blood, blanco o no.
Fui al baño. Al salir tomé una foto del viejo cementerio. El mayordomo no me miró más, seguía hablando con la mujer rebelde. Bajó a buscarme la archivera del Olimpo.


El cálculo errado de las distancias sumado al trance del permiso acortó tanto el tiempo de la visita que una mujer más sensata le hubiera pegado fuego al Ateneo de Boston. No soy esa mujer sensata. Subí, me dejé seducir por el espacio, las hileras de lomos de libros, los estantes de madera oscura, la espléndida luz otoñal. Solo pude ver algunas cartas, fotografías, álbumes. Como quien tiene que hacer minería en unos segundos y se ve obligada a confiar en el azar, aprecié la caligrafía, las flores secas. La cortesía de la archivera no abrió cicatrices. No recuerdo haber recibido antes esa especie de cortesía. Debe ser la que solo reciben los muy ricos. Eficiente y precisa, pero cordial, se adelanta a responder preguntas y a solucionar problemas antes de que la mujer rica, la patrona, termine de formularlas. Gracias a ella encontré o creí encontrar uno de los tonos que buscaba.



jueves, 5 de enero de 2017

Regalo de Reyes





Va por el pueblo en silla de ruedas.La observo hace tiempo, impresionada con su apariencia. Viste cuidadosamente, se pinta las uñas, se adorna las manos con anillos de bisutería y usa zapatos limpios. Hoy le pedí permiso para tomarle una foto y me dijo muy airada que no. Insistí en acompañarla y no se negó a contarme su historia, a decirme que vive en una casa plagada de ratones, inhabitable. El dueño selló la puerta trasera. En el municipio le han comunicado que no es elegible para sección 8. Tampoco ha logrado que le asignen un apartamentito en un residencial. Le ofrecieron un techo en Cidra, pero ella es de Cayey, donde la conocen y la quieren los vecinos y los dueños de negocios. No entiende por qué quieren mudarla a Cidra. Me pasa por la mente algo terrible: que el plan es ingresarla en un asilo, y entregársela a Servicios Sociales. En el asilo la llenarían de drogas, la irían amansando hasta que se muera. A las personas que protestan hay que doblegarlas. Protestar es pecado y locura en este país. El asilo domesticador: he ahí la solución final de nuestras burocracias, híbridas de pusilanimidad criolla y normas de agencias federales. Nada de piedad hacia el pueblo pobre. Lo que importa es el baño diario, hasta que el cuerpo se muera. La libertad de movimiento es un peligro. Caminar es un peligro, valerse en silla de ruedas es un peligro. Inevitablemente, relaciono esos protocolos con las acciones del Estado hacia todo un pueblo. 

No quiso aceptar dinero, pero al fin me autorizó a retratarla y a publicar su historia. No tiene miedo. Como quién ha visto tiempos muy malos y está preparada para lo peor, se encrespa y dice ¿a qué voy a tenerle miedo? Si usted es alcalde y abogado, se supone que sea el defensor de los pobres, ¿o no? En víspera de Reyes, un deseo de cultura profunda: que se limpie la mirada de los burócratas resentidos y vean a Margarita con otros ojos: no como un caso con número de serie, o una loca. Que vean en ella un sencillo ejemplo de mujer digna. La mujer protesta. No se encamó para degenerar en víctima, se niega a ser prisionera. Hoy Margarita es lo que queda de los signos vitales de nuestro pueblo.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Muriel McAvoy






para Cesar J. Ayala 

Acercarse a un monumento con la intención de añadirle una mano de escritura inspira el deseo de relacionarse con las manos hábiles que su lectura provocó en otro tiempo. El monumental tema del azúcar, sus industrias y productos, es rico en lectores. En los días de escribir este libro tuve varios encuentros con una de ellas: Muriel McAvoy. No la conocí; mi simpatía tiene algo de la fascinación perdurable y desinteresada que inspiran los personajes literarios. No he visto fotos de la Muriel que vivió una temporada en esta tierra. Quizás con la ilusión de recordarla construyo su imagen usando piezas de mi repertorio de materiales engañosos, prejuiciosos, inexplicablemente archivados en el caos de la memoria. Imagino a una mujer alta, de huesos grandes, de apariencia atlética. La veo inclinada sobre una mesa cubierta de papeles que va repasando con sus manos enguantadas de investigadora de archivos.
 Muriel nació en 1917. Cursó estudios doctorales en Boston, pero no en Harvard, sino en Boston College. Fue profesora, pero no en Harvard, sino en Fitchburg State College. Publicó su libro, Sugar Baron: Manuel Rionda and the Fortunes of Pre-Castro Cuba (al que dedicó años de hurgar en los archivos en la Universidad de Florida y otros tantos a su ardua redacción) en 2003, a la edad de 84 años. Había quedado viuda de su segundo marido, George Lavan Weissman, en 1985. George, uno de los olvidados de la olvidada izquierda estadounidense, fue un militante socialista prominente, fundador del Socialist Workers Party y apoderado del legado escrito de León Trotsky en Estados Unidos. No puedo seguir el hilo de su laberinto, más allá de lo anotado, y de consignar que buena parte del tiempo dedicado por Muriel al libro sobre los azucareros cubanos coincide con los años posteriores a la muerte de su compañero y con la ingrata etapa de su propio envejecimiento desacompañado. En una entrevista sobre el campo de los estudios del azúcar, Muriel comentó que el tema le interesaba desde sus estudios graduados y que su disertación doctoral trataba sobre la industria azucarera antes de la guerra civil estadounidense, con particular interés en el mercado del azúcar en Boston y las ramificaciones internacionales de la mercancía. Las estratagemas políticas, los asuntos comerciales, las intrigas internacionales y el factor cultural “made for interesting research and great writing”. Los grandes personajes de la historia del azúcar, los que brillan con estatura novelesca, pueden ser los más intrigantes, los burgueses poseídos por el afán de lucro y el consumo extravagante de mercancías de lujo. La historiadora los narra en un lienzo minucioso que forma parte de la gran novela del azúcar en Cuba y las Antillas.
Muriel McAvoy murió en 2007, en Concord, New Hampshire (escribo esta oración en el año 2016, así que siempre habrá una grieta entre ella y sus lectores). Partió en estado de soledad, al punto de que se publicó un edicto en el periódico de Concord dando noticia de su muerte e inquiriendo si tenía herederos y acreedores.  
Supe de Muriel siete años después, en 2014, gracias a César Ayala, autor de un libro importante sobre el azúcar: American Sugar Kingdom. César me envió un artículo de McAvoy: “Early United States Investors in Puerto Rican Sugar”, leído en la décimo cuarta conferencia de la Asociación de Historiadores del Caribe, reunidos en San Juan entre el 16 y el 21 de abril de 1982.
La generosidad y el rigor de McAvoy se advierten en el gesto de dejar pistas de interés tangencial no solo para sustentar sus pesquisas, sino que también para alentar a que otros investigadores les siguieran el rastro, como la nota sobre los tres depósitos en el mundo donde se conserva el primer periódico en inglés publicado en Puerto Rico: The San Juan News. (A propósito de The San Juan News, anotó Muriel que lo fundó Hobart S. Bird, nativo de Wisconsin, y que existe una colección microfilmada con varias páginas ilegibles en la Colección Puertorriqueña de la UPR en Río Piedras, otra en la Biblioteca del Congreso que no puede consultarse por su estado de deterioro y una tercera depositada en la State Historical Society de Wisconsin.) Su regalo a una interlocutora invisible me comunica el fondo esperanzado en la soledad de la investigadora que no escogió temas de éxito, sino asuntos relativamente aislados del interés de los estudiosos estadounidenses, como la monografía citada sobre Puerto Rico.  

domingo, 18 de diciembre de 2016

Es Navidad







para Vanessa Vilches Norat


En el campo segregado de la central -un país dentro del país- también se cristalizaron las híbridas formas del colonialismo en Puerto Rico. En Aguirre, al cabo del tiempo, se reconoció el espacio del otro: el hotel de los americanos, el hotel de los puertorriqueños; el club de los americanos, el club de los puertorriqueños.  En cuanto al comercio dominante solo existía la tienda de la central, la “General Store”, un gran almacén por departamentos. Era propiedad de los americanos y en Navidad la saturaba el perfume de un enorme pino que incluso en el “deep south” hubiera parecido exótico. Leí que además de la General Store había en la central un mercado de vegetales. ¿Sería allí donde se vendían las viandas del país, ñames, yucas, yautías? Pero, ¿qué del paladar goloso? ¿Qué de los dulces elaborados en el caldero? ¿Qué del dulce de coco, del marrayo, del dulce de naranja, del dulce del más pobre, confeccionado no con papaya, sino con la raíz del árbol de papaya? Alguien menciona, de paso, al confiarme sus memorias de Aguirre, el nombre de una mujer que vendía dulces. En su oficio se percibe la doble cara del colonialismo, el mandar y dejar hacer mientras conviniera no prohibir. En esa franjita desocupada, minimizada, se fue gestando el sentido de lugar de los aguirreños.
En Aguirre se construyó un hospital moderno que, sin embargo, no rebajó la cantidad de clientes de una mujer enigmática, una mano poderosa: doña Masí. Se dice que a su consulta iban personajes de toda la isla, ricos e influyentes, que estacionaban sus Cadillacs, Lincolns y Packards discretamente y entraban por la parte trasera al cuarto de sus rituales. Alrededor de la casa había un jardín de matas de toda especie que usaba en sus preparaciones, aunque a veces enviaba a sus clientes a la farmacia de la General Store. En esa farmacia trabajaba una licenciada y mujer razonable, cuya ciencia alternaba sin confrontaciones con la botica de doña Masí. La farmacéutica despachaba frascos con aguas de colores a la clientas que la curandera le refería.
 El mundo equívoco de las culturas segregadas y a la vez dependientes entre sí dejó sus huellas en el paisaje de Aguirre. Los estamentos eran al menos cuatro. Los patisucios u obreros picadores de la caña y los que hacían el trabajo pesado de cargar y descargar los trenes vivían en las colonias de los alrededores, en bohíos, del tipo que Sidney Mintz describió en su libro de conversaciones con don Taso. En ocasiones, pernoctaban en el barracón cercano a la central. Un escalafón contiguo, pero superior, y que se reflejaba en la repartición de viviendas, era el de los obreros diestros: herreros, mezcladores, capataces. Sobre ellos se situaba la casta de los profesionales del país: médicos, ingenieros, maestros puertorriqueños. En el nivel superior mandaban el administrador de la central y los ejecutivos de alto rango, en su mayoría americanos.
El poder se sostiene precariamente, como un edificio sobre el que se reparten las cargas construido con algún grado de elasticidad para resistir terremotos. La división de clase y casta se sobrepone a una subordinación centenaria que para los accionistas yanquis de Luce and Co.  representaría, no obstante, una colectividad sin grandes matices diferenciadores: la de los puertorriqueños.  Se recuerda que, en Navidad, a los niños de los trabajadores (¿a los niños de los patisucios?) los invitaban a pasear en el tren, donde los esperaban tres hombres vestidos de reyes magos, mientras que los retoños de los profesionales nativos podían asistir a luaus hawaianos celebrados en el club de golf y beber maitais.
Todo se duplica en Puerto Rico. Cuando algún embeleco ya no sirve se sustituye por otro, pero no desaparece. Se le abandona, se le deja morir. Se desmantela a pedazos, se canibaliza. Si la muerte es por desangramiento, si no hay fiesta de buitres que dispongan de las ruinas para especular y transformar los espacios, se dejan rastros de cada serie de embelecos. Algún pedazo queda de las vías del tren del sur. Se fueron deshaciendo y vendiendo canto a canto los almacenes de Aguirre.  Se diría que ese despedazamiento conflige con lo escrito sobre el lugar entrañable de las memorias y las querencias. Si bien el vandalismo no es tan brutal como las puercas industriales que arrasan con todo para sembrar otras especies inmobiliarias inanimadas o vegetales, es innegable que las casas abandonadas y los almacenes enormes que recogían los olores y ruidos de la producción de mieles, son pasto de los depredadores clandestinos. ¿Quién arrancó y vendió los rieles del tren? ¿Quién se está alzando con el acero galvanizado de los almacenes? ¿A quiénes se les venden los restos de las utopías?  ¿De los embelecos?


domingo, 11 de diciembre de 2016

Narices




para Efraín Barradas

La cara humana es una cárcel. Si de veras fuéramos libres no distinguiríamos la cara propia.  Sabríamos que todas las caras son una. Reconocer que existen siete mil millones de narices humanas relativamente poco variables debería bastar para poner fin a la violencia homicida. Matar al otro equivale a suicidarse. Un homicidio es el destrozo de algún espejo desconcertante.
El tema de las caras como repeticiones viene al caso de cómo descubrí en los anuarios de Harvard dos retratos de William Sturgis Hooper Lothrop. La primera imagen que asocié con dicho nombre lleva un lazo enorme al cuello, tiene el pelo pajoso, nariz de aletas anchas y ojos brotados, como si padeciera de la tiroides. La expresión parece frenar un impulso o una pena. He visto decenas de retratos de anuarios de Harvard y ninguno de los graduandos sonríe.  Quizás se buscaba el efecto de una virilidad sombría. Les esperaba el mundo del comercio, intervenido por capitales recientes adquiridos con celeridad inescrupulosa. Los alumnos de Harvard eran hombres llamados a lo que sus fotos no alcanzan a revelar. Algunos, como este primer William, lucen, más que graves, enfermizos, feúchos, carilargos. Otros, como al descuido, delicados y soñadores.


No quiero hacer una apología del error. Tampoco ocultarlo. El error es inseparable del deseo de escribir un libro como este. La imagen –un daguerrotipo– no corresponde al cuerpo que en vida llevó el nombre de William Sturgis Hooper Lothrop, fallecido en Ponce en 1905. Se hizo en 1840, antes del nacimiento de William Sturgis, antes del fallecimiento de Edgar Allan Poe, un hito que no requiere explicaciones.
La rapidez de mi atribución errónea debe tener dos causas, aunque es muy posible que me engañe: el hombre de la foto también se llamaba William (Francis William Hilliard) y se parece a la imagen del retrato del padre de William Sturgis Hooper Lothrop pintada por John Singer Sargent. La otra interpretación del error revela una torpeza. Dos fotos más abajo en la columna de enlaces, para acentuar la confusión, se encuentra el retrato de un tal William Sturgis, y la investigadora cometió el error de la sabuesa impaciente.


El retrato auténtico, si es posible la autenticidad en un universo de siete mil millones de narices -1, 550 millones hacia 1900-  es de una cara con par de ojos, boca y nariz, pero entre este y los anteriores, descontando la moda en el vestir, media el abismo tonal que separa una tormenta de un partido de fútbol. La carga sobre los hombros del hombre de ojos brotados era de otra especie. Cuando Francis William Hilliard y William Sturgis  eran niños escuchaban que en su generación de varones se degradaba la sangre de valientes. El tiempo de ocio que se permitían las generaciones jóvenes le debía todo a la muerte, o más bien a la vida sacrificada de los ancestros. Los que habían muerto de hambre en los inviernos inclementes, en sus rústicas cabañas, los que habían muerto de viruela o de abandono en las calles resbalosas de fango de las aldeas pestilenciales sobre las cuales se había construido la ciudad. Los guerreros de la independencia de la nación, que habían fertilizado valles y colinas con su sangre y se deshacían en tumbas anónimas. Los intrépidos puritanos supieron sobreponerse a la austeridad, a la aspereza de un clima insalubre y las traiciones del mar. Al mar gris y bronco del norte se habían dedicado en sacrificio generaciones de varones. De cómo aquellas aldeas sombrías establecieron rutas hacia todos los puntos cardinales, y cimentaron fortunas de hombres libres y moralistas, que abrían tienditas en las plantas bajas de sus casas donde el humo se atoraba en las chimeneas y los lujos eran menguados, es una de las vetas de las narraciones neo inglesas del mar, que luego se transforma en el destino manifiesto de los acorazados.
El imperialismo asumido como se padece el estreñimiento los distinguió de otros pueblos reconcentrados. Los bostonianos llegaron a Oriente, se establecieron en Cantón, fundaron negocios en el Caribe, se nutrieron de la trata esclavista, de la trata de culís chinos, de la trata de pieles de nutria, de la trata del opio. Demasiadas riquezas para gente tan rústica. Así que, de pronto, llegaron los banqueros y la maquinal dureza de quien se dedica a contar y pesar monedas. Es cierto que en Boston y sus alrededores se cuajó un pensamiento que renegaba de los banqueros sin abandonar el aire idealista de los colonizadores, pero en el año del nacimiento de William Sturgis Hooper Lothrop, Emerson había muerto y Thoreau también. El primero se alejó de la Iglesia Unitaria y de la Universidad de Harvard; el segundo del capitalismo. Quizás no advirtieron que renegar de un banquero desde la soledad, sin asumir la sucia lucha política de una masa de narices, deriva en construir un arquetipo viril siniestro: el hombre superior.  Una triada de pensadores fue tejiendo esa figura: Emerson y Carlyle, contemporáneos y amigos; Nietzsche, lector de ambos.
Tras el hombre superior entran en escena los productores de espectáculos y los demagogos. El hombre humilde dispuesto a morir por los intereses del hombre superior y de su casta. Las guerras higienizan el ambiente, equilibran poblaciones. William Randolph Hearst, el fundador del periodismo sensacionalista, modificó la fórmula de Emerson para consumo del hombre masa. Ricos y miserables compartían el destino manifiesto de dominar el Caribe y Centroamérica, acceder al océano Pacífico y cerrar el bucle de la historia: regresar al origen asiático de la raza.


El segundo retrato (¿el auténtico?) de William Sturgis Hooper Lothrop se encuentra en un anuario de la clase de Harvard de 1890. Es de un muchacho de pelo corto, mirada ingenua de ojos limpios, bigote bien cuidado sin pretensiones y una partidura menos centrada que las de sus condiscípulos. No mereció honores en Harvard, pero tampoco le hicieron falta. Su posición social lo eximía de competencias intelectuales. Fue miembro del Tug of War Team, de la fraternidad Delta Kappa Epsilon, del Hasty Pudding Club, de la Historical Society, del Institute of 1700 y de la St. Paul´s Society.  “After leaving college I spent the summer abroad, and in September I went to work for the house of Kidder, Peabody and Co. I have been there until this spring, when I was obliged to leave on account of illness. In October, 1891, I was married to Miss Alice Bacon and have a son.” En un informe posterior, añadió: “He is in business with De Ford and Co. Bankers in Boston and Ponce, Puerto Rico, where they are the fiscal agents of the United States Government. Business Addres, 3 Broad Street. Residence, 26 Chestnut Street. Married Alice Bacon October 1891. Son, Samuel Kirkland, born July 6, 1892”.
Los muchachos de la clase de este segundo William morían de gripe, de tuberculosis, de fiebre escarlatina, en accidentes deportivos no heroicos.  La guerra contra España reverdeció esperanzas de una nueva dimensión de la hombría. Lucro y virilidad heroica compatibles. Reivindicación de la misión civilizadora que en las guerras de la frontera dejaba la desoladora impresión del ocaso de los pueblos que se pretendía civilizar. 
La invasión de Puerto Rico fue, en sus inicios, el brazo militar de la estrategia de negocios de un puñado de familias bostonianas. Siempre hubo una ruta abierta entre Boston y el Caribe. Un tío bisabuelo de William Sturgis Hooper Lothrop fue general del ejército de Francisco de Miranda y murió en Santo Domingo. Dos hermanos de Ralph Waldo Emerson pasaron temporadas en Puerto Rico y Santa Cruz. Varios miembros de la familia Perkins, primos de Francis Dumaresq, tenían negocios en Santo Domingo. Islas para tuberculosos, aventureros y comerciantes.

(De mi libro sobre la Central Aguirre)