jueves, 2 de febrero de 2017

El plan Tenesí (un fragmento del capítulo 2)





 Para Marithelma Costa


(En una noche de la Candelaria, quemo páginas de la novela que escribo)

Llega una brisa mañanera húmeda de lugares que ya no existen. Tampoco existe la mañana. Sepa la lectora que de las páginas de este libro han desaparecido buena parte de las islas y los continentes. Queda la ciudad de Nueva York, recuperada tras numerosos cataclismos de todo tipo. La réplica de sus barrios destruidos es casi perfecta. Sólo con el tiempo y el uso se perciben las chapucerías: que la fuente del parquecito Minetta´s Green no estaba en el mismo lugar, por ejemplo, o que el jardín del edificio 290 de la Sexta avenida era más amplio y acogedor. 


Como la ciudad siempre fue inmisericorde consigo misma, y se mutilaba para abrir espacios y edificaciones rentables, las chapucerías no tienen importancia. Los cambios en la topografía del nuevo Nueva York son, en más de un sentido, más honestos que la verdad, aunque a veces descoloquen a los residentes viejos e incluso sorprendan a Micaela. Es curioso, por ejemplo, que Micaela vea flores en el árbol grande que flota ante su ventana. Es un cornejo florido que ayer (es un decir) no tenía capullos y de pronto, con sus florecitas de un amarillo verdoso rodeadas de pétalos mayores que forman una gran flor blanca, parece un velo de novia, largo, misterioso, fatal. Un notable salto en la secuencia, con todo y fragancia enervante.
Nadie dice saber qué destruyó la ciudad reconstruida con urgencia: escapes nucleares, maremotos, terremotos, tornados, ciclones irresistibles, terroristas, plagas. Baste saber que Micaela Minh Said escribe sobre el plan Tenesí en un año que no tiene por qué saberse. Baste saber que cuando Micaela escribe, Nueva York todavía se permite el lujo de sus revistas, de sus museos, de sus intelectuales bruscos.
Antecedentes: la escritora que lleva el nombre de Micaela Minh Said necesita un hígado nuevo. Tendrá que dejar a un lado la novela en que había cifrado sus esperanzas de un retorno a la lista de best-sellers y cometer una locura. Por lo pronto sigue admirando las flores del cornejo. Se le cruzan los tiempos. De momento se confunde. No sabe dónde está, si en su apartamento neoyorquino o en la mac mansión virginiana de Sergio Calderón Morales. Sé que estoy aquí, me despertó el canto del cardenal que hizo su nido en el cornejo. Estoy a punto de bajar a desayunar con Calderón y su consorte, o quizás todavía no es tiempo, o quizás ya lo hice.
Lo dicho: ya no se puede medir el tiempo.
De pronto recuerda que almorzó con Nora, su pesada representante, en una marisquería que destilaba olores a ajo y marisco, en la calle Hudson, la de las aceras sucias y los contenedores repletos de basuras nutritivas. El recuerdo salta con lujo de detalles a la pantalla de los párpados. Era impagable el olor a pescado podrido en un mundo delirantemente feliz de esterilidad, pero Nora todavía presumía de estar al tanto de lo nuevo en gastronomía. Juzgaba a los restaurantes por el decorado y los precios razonables y raras veces los frecuentaba más de unas semanas. Nueva York, decía, se mueve siempre, constantemente, pero en el mismo lugar. Sólo cambia un poco el menú, eso sí hay miles de probabilidades, 18,696 restaurantes, miles de menús que prenden y apagan, miles de sueños de empresarios que colapsan y triunfan. Nora habla como si narrara el comienzo de un documental de la guerra fría. (A Micaela le aburren las imágenes grises, los tonos graves).
         La decoración de la marisquería recién abierta reproduce el interior de un yate: escotillas, paredes revestidas de madera, sillas de vinil blanco. Un asco. En la cocina ya no trabajan los pinches mexicanos de la infancia de los padres de Micaela. Casi todos los nuevos pinches provienen de dos de las cuatro esquinas de sus padres: Vietnam y Puerto Rico.
Nora ya había cambiado de senos más de una vez. Además se hizo dos cateterismos cardiacos preventivos y una cirugía plástica. Tenía cuarenta años más que sobrepasados y se cuidaba, sin abandonar, en su trato con los humanos inferiores –meseros, doncellas, peluqueros– cierto resabio de tacañería. Acaso, más que a la muerte del capitalismo lascivo de principios de siglo, le debía el lado cauteloso de su personalidad a una bisabuela nativa de una ciudad bombardeada durante la segunda Guerra Mundial y sobreviviente de Auschwitz. En raras ocasiones y como para imponer su personalidad resbaladiza, a Nora no le importaba pagar mil dólares por un almuerzo, siempre que el vino fuera de primera, el somelier atildado y guapo y los ingredientes naturales. Esta vez escogió un restaurante que era una de esas reinvenciones constantes en la ciudad. Más bien austero, a la altura de los tiempos del fashionismo austero. El plato más caro, producto de la ingeniería sintética y no de los escasos viveros donde todavía las langostas se reproducían de un padre y una madre, costaba $39.
Nora se veía tan matadita como siempre que se le acercaba la fecha de las vacaciones y el nuevo estirón y el nuevo amante, y el deseo de ser otra. Le habló en plata.
–Es un escándalo el precio de las endivias. Dime cómo se puede hacer una ensalada decente sin endivias. A mí no acaban de convencerme las de sintetizador y para colmo están tan caras como las naturales, que no se consiguen. Tremendo disparate.
A través del borde de la copa, Nora se veía verde. Las endivias estaban baratísimas, pero eso no era lo importante. Nora hablaba en parábolas para referirse a sus intimidades. El nuevo amante debía ser un consumidor de ensaladas. Un temperamento saturnino, un intelectual endeble, quizás un pianista tuberculoso, si eso fuera todavía posible. La reina de las enfermedades románticas. Qué bien se las arreglaban los médicos de la humanidad primitiva para definir cualquier tratamiento. Eran cuatro las causas de las enfermedades, cuatro los elementos. A los sanguíneos los sangraban y a los demás les recetaban vinos poderosos. Sorbió despacio del martini, pensando en la difteria, una enfermedad casi terminal que había ido sumiéndose en el olvido, como la tuberculosis cuando se descubrió la penicilina, pensando también si el bacilo de la tuberculosis tendría algún uso culinario, o si los martinis los matarían de inmediato. Por respeto al hígado enfermito tenían que bastar dos martinis putos y uno virgen en vez de los cuatro putos habituales.
–Nenita, te traigo buenas noticias– dijo Nora, poniendo sus dos manos calientes sobre una de las manos grandes de Micaela. Y la miró, entre distante y divertida, con sus ojos verdes, pelo rojo, pómulos magníficos. Micaela no odia a nadie, las pasiones feroces no tienen asiento real en ella, aunque sepa finjirlas. Sólo durante un pestañeo odió tanto a Nora que se le saltó una lágrima.
Micaela abre y cierra varios archivos implantados. Aparece uno sin fecha, porque las fechas ya no sirven. En ese archivo a Nora le gustaba que Micaela fuera irreverente, una pústula abierta de mezquindad; símbolo mercadeable de desaliño artístico e independencia intelectual: Di la verdad al poder. Así adiestró a su pupila multiétnica, y esa imagen de intelectual polimorfa, un poco a la histórica Patricia Highsmith, otro poco a la anciana Amélie Nothomb, otro tantito a doña Cristina Ricci, con una pizca de doña Rosie Vélez para suavizar la figura de torre devoradora de Micaela, les había servido bien en las giras de promoción de los primeros libros.
Primeros libros, que nostalgia. Micaela ataca a su representante:
–¿A sí? ¿Me conseguiste un hígado? ¿Cuánto me cuesta? ¿Lo compraste en Calcuta, hija de puta? Prefiero un hígado de macho. Son más resistentes al alcohol y además los muy asesinos se merecen quedarse sin hígados.
– No seas disparatera, sabes muy bien de dónde vendrá tu hígado. Si lo quieres macho no hay problema, siempre y cuando depongas esa tendencia destructiva que te hace verte más fea de lo que eres. Te vendemos a ti, querida. Y no es fácil. Eres una aguafiestas, y si hay algo que reta la paciencia de los lectores es la malacrianza.
– Juicio profundo, viniendo de ti. ¿Venderme a mí? Mi escritura pasó de moda, eso lo dijiste tú. Mis acciones han caído con la bolsa y con el mercado de las energías alternas, eso dijiste en la fiesta del solsticio. Me amenazaste con una visión catastrófica. Soy una escritora maldita, no me queda otra. Escribir una novela cada diez años, una reseña pasajera del New York Review of Books, y entonces con el mismo hígado vivir de los recuerdos, mudarme a Brooklyn, vivir de las regalías y ser famosa a los cincuenta años y morir a los cincuenta y uno, porque los escritores famosos mueren a los cincuenta, pero yo, que no seré tan famosa, duraré un año más.
Nora rió con un destello de ojos verdes y pulsera grande. Estaba vestida para el lugar, con aretes comprados en el pulguero, mahones baratos, una blusa exquisita que debe haber costado una fortuna.
–Querida, no te lo iba a decir así, como quien vomita en un avión, amargándole la vida al prójimo, pero ya no me gusta esa tónica autodestructiva y a tus lectores les gustará menos. Está pasé. Ya no funcionan la malacrianza ni los vampiros ni el sadomasoquismo. Las cosas están malitas. Bastante jodidos están como para que te des terapia en tu escritura torcida y arrogante y para colmo les pases la cuenta. Los libros son mercancías para el placer. No son indispensables para vivir. Ocupan espacios inelásticos en apartamentos donde ya no cabe nada. Acumulan polvo. Si son electrónicos pueden salir 10,000 idénticos con títulos diferentes de un solo clic, tantos que el bosque no deja ver los árboles.
–Ahora cuéntame la de vaqueros, ese sermón ya lo oí.
Y desconectó el auricular. Porque Micaela es sorda, una caída, un golpe, un virus. Sorda necesitada de auriculares, desde niña
–Sólo a los autores les hace falta escribir para vivir. Los lectores no te necesitan. Dile a tu técnico genetista que te revise las dosis. Nada, no te lo mereces, pero estás de suerte. The New Yorker se interesa en ti.
Sorda, lee los labios rojos de Nora. The New Yorker. Micaela se echa a reír y termina en llanto. Se sopla los mocos con la servilleta babero y se obliga a recordar. The New Yorker. Sí, aquel otoño de dos mil algo. La graduación, la pasantía. Le habían publicado un artículo sobre los mil restaurantes vietnamitas de Manhattan. The New Yorker. Siendo una niña su padre la llevó a ver a Junot Díaz y a Annie Proulx en una actividad de The New Yorker Festival. Las lecturas se hacían en Chelsea, en un almacén transformado en ágora oscura con cabida para quinientos espectadores que pagaban treinta dólares para oír leer a los autores y después hacer fila y acercarse a los micrófonos con alguna pregunta. Junot había leído de su novela en curso, la segunda parte de Oscar Wao, con abundantes alusiones a los culos de sus amoríos. Proulx, de un libro sobre los parques de Wyoming, inspirado en  un guardia forestal que enloqueció por el amor de un sequoia, o de un matojo volador, de esos que los eremitas ven en los desiertos.


miércoles, 1 de febrero de 2017

Plan Tenesí PR8






Para Beatriz Llenín Figueroa y Lissette Rolón Collazo

(Hago una pausa en la escritura de la novela sobre la PR3 para recuperar un proyecto anterior. Comparto el primer capítulo de El plan Tenesí).

Ya es común decir que la operación conocida como el Plan Tenesí nos cambió el mundo, pero en otro tiempo esas dos palabras eran notas al calce en diccionarios que nadie consultaba. El tino de los radares nunca sirvió para situar un dato menor. No basta que sobreviva en la memoria artificial básica. Si no repercute, no existe. Todo cambió cuando un muchacho atlético de ojos azules se lanzó de cabeza al tanque de un triturador de intestinos de cerdo, estiércol de vaca y papel sanitario en The Oranges, New Jersey. La máquina formaba parte de un herrumbroso sistema de producción de energía de biomasa.
Un detalle pintoresco: el joven llevaba una capa de gran vuelo con leyenda al dorso. Plan Tenesí PR8. La capa no se descompuso, pero el cuerpo del muchacho sí. Se sabe que era atlético y demás porque sobrevivió en buen estado su memoria teledigital, donde constaban una identidad y un retrato. La antimateria desatada ahogó residentes y encendió alertas rojas en los tele transportadores de las ciudades aledañas, que también quedaron inhabitables. Los  menos afectados por el escape nanofecal pugnaron por ser incluidos en la lista de semi humanos dignos de sobrevivir. Una máquina justiciera determinó que fueran indefinidamente excluidos en una estación espacial de clase media baja, un armatoste antiguo donde se mantienen de buen ánimo, celebran el viernes social e incluso intentan reproducirse sexualmente.
Se abrieron los diccionarios poco fatigados en busca del sentido de las dos palabras. Pronto volvieron a cerrarse.
El segundo atentado contra la inestable paz de Estados Unidos ocurrió en el extremo opuesto, en Kreizer, Oregón.  En esa ciudad apenas quedan 3,000 habitantes, de una comunidad que llegó a tener alrededor de 40,000 residentes. Hacia 2011 se diseñó para Kreizer un plan de desarrollo un tanto lírico. Contaba con una infraestructura de energía renovable, jardines flotantes, granjas urbanas y, al centro, una lomita formada con composta, ceñida por una vereda en espiral. En una de las vueltas encontraron el cadáver de un joven idéntico al anterior, si bien, en honor a la verdad, no era realmente igual. Era el mismo.  El joven infiltró con un mensaje subliminal la red digitotelepática que todavía se mantiene en pie, instando al suicidio sonriente, no sin antes inyectar, en todos los idiomas que aún se leen en la Tierra dos palabras, dos letras y un número: Plan Tenesí PR8. Los sobrevivientes, que sí los hubo, añadieron su cuerpo a la composta y se encerraron en sus casas.
A pesar de la proximidad temporal de los atentados y de la coincidencia de sus representaciones en lugares que en otro tiempo habían inspirado planes visionarios, tampoco se prestó mucha atención al segundo suicidio. El miedo es inseparable de nuestra experiencia. La historia solía contarse en sucesión de pequeñas batallas y guerras prolongadas. Ahora se lleva su cuenta en la lucha cotidiana contra el terror, y cada día trae un encuentro con formas horrendas. De modo que los suicidios y sus mensajes  no tenían por qué llamar la atención de quienes procuran la seguridad de la nación (se les puede disculpar el retraso en un mundo donde lo anormal es la paz y el suicidio un método corriente de desconectarse).
El tercer suicidio, ocurrió en la comunidad californiana de Rialto, donde la especulación inmobiliaria desafió al desierto de San Bernardino y se estableció una compañía de juguetes que solo los humanos más viejos recuerdan. Allí se inmoló pegándose fuego otro joven atlético. Esta vez, además de la repetición del suicidio del muchacho, y de la capa inscrita, se produjo algo de veras insólito. De la fogata del suicidio emergieron (como de un experimento de germinación de guisantes cruzados) varones de diversos colores: negros con ojos amarillos, amarillos con ojos negros, de cuerpos rayados, de pieles moteadas. Los hijos del suicida, por así llamarlos, se dispersaron de inmediato, confundiéndose con la población, que ya incluía algunos ciudadanos de colores artificiales.
En la nación se hizo una sola voz, un solo caos, parecido al revuelo que, cuando había hormigas, dicen las viejas, alborotaba los hormigueros envenenados. No se recuerda quién fue el primero en sumar a los espacios virtuales que compartimos el comentario preciso: “El mundo es otro. Más vale reconocerlo y vivir a conciencia de que lo aprendido y acumulado no sirve para nada. Y que el lugar de nuestra especie –digo nuestra como digo vuestra– jamás será el mismo”.
De algún modo los medios dieron con las pistas que hasta entonces no habían despertado interés, inyectaron ríos de pánico, reabrieron los diccionarios poco fatigados en busca del sentido de las dos palabras, volvieron a cerrarlos.
Pasó un tiempo imprecisable – ya no se puede medir el tiempo, no hay consenso entre humanos viejos, semihumanos y humanos artificiales- antes de repetirse los suicidios y la proliferación de seres moteados, rayados, negros, rojos, amarillos y azules. No era posible entrar a la casa asignada, cepillarse los dientes, acostarse en la cama destinada, sin dispensar muestras de ADN. Cuando se fue haciendo rutinaria la prestación de heces fecales matutinas, es decir, cuando la nación se acostumbró a la molestia, comenzó otro ciclo de atentados con resultados idénticos. Para detenerlos hubiera sido preciso eliminar de raíz todas las especies, y esa pérdida no tiene sentido para los mercados, que han tomado más tiempo del previsto en hacer la transición hacia el martedólar. De modo que el misterio llegó a su fin. Al fin empezaba a vislumbrarse un método común en el suicidio, resurrección y reproducción del muchacho de ojos azules.
El cuarto suicida estalló en medio de Cicero, un sector de Chicago que en tiempos remotos fue sede de una monstruosa fábrica de feísimos teléfonos, artefactos enormes e ineficientes. De aquella comunidad de personas color barro quedaban las vías del tren elevado. Desde ellas se lanzó el muchacho al pavimento. De su sangre brotaron cientos de criaturas de colores que jamás se han visto en pieles estiradas sobre esqueletos humanoides. El suicida agarraba una bandera modificada de Estados Unidos: tenía tres franjas y ocho estrellas. De sus labios despedazados brotó un grito tan poderoso que las ruinas de Cicero se hicieron polvo, y los retoños de los arbolitos sembrados para limpiar sus tierras contaminadas lloraron de espanto: Plan Tenesí, Puerto Rico 8.
Un vistazo a la plaquita madre implantada en las neuronas del muerto reveló lo que ya se sabía: se llamaba (se llama, porque se reproduce al infinito) Sergio Calderón Morales. Al hacer las respectivas autopsias de los restos digitales de los suicidas anteriores se corroboró la sospecha. Todos eran rubios de ojos azules y cuerpos atléticos. Todos se llamaban Sergio y eran idénticos a un señor muy viejo tal cual fue en su juventud: Sergio Calderón Morales. Los investigadores, recordando sus deberes, tuvieron que acudir al museo de los servidores y rescatar un modelo del 2020. En las páginas pornográficas del tal Calderón se encontró su retrato juvenil. La solución del caso estaba encaminada. Los terroristas pudieron haberse economizado el próximo suicidio, que francamente sobraba. Sucedió en Florida. Los muchachos multiplicados se perdieron en los manglares. No se les prestó atención, pues la verdad es tan rara que no tiene competencia.


Un mortal sin implantes llamado Francisco Valdés desentrañó el enigma que escapó a las más complejas inteligencias artificiales. El Plan Tennessee fue la estrategia empleada por el estado de ese nombre –hoy desaparecido– para ingresar, en 1796, al club de las trece colonias recién independizadas de Inglaterra. (Los datos históricos se apuntan con retórica ironía, pues son absolutamente incomprobables). Los colonos de Tennessee,  matadores de indígenas, devoradores de carne de jabalí ahumada protagonizaron una invasión de bárbaros peludos al parlamento de los founding fathers con peluca. Parecida estratagema usó el territorio de Alaska en el siglo XX y también Washington, DC. Con la admisión de la extinta Washington DC a la Unión, la bandera de Estados Unidos llegó a tener 51 estrellas. Tras la desaparición catastrófica de cuarenta y cuatro estados, es decir, casi todos, con excepción de Illinois, Florida, Oregon, California, New Jersey, Virginia y Nueva York, las estrellas se redujeron a siete y las franjas a tres. En Nueva York no hubo atentado suicida. Total, para qué.
La teoría de Valdés asombra. Algo tiene que ver el sacrificio de los Sergios con el deseo de que Puerto Rico sea admitido como el octavo estado de la nación. En el archivo de uno de los diccionarios poco fatigados se informa que Puerto Rico todavía existe.  Es una de las miles de islas que pertenecieron a Estados Unidos (solo el archipiélago filipino, estadounidense hasta 1945, tuvo siete mil islas). Puerto Rico, la inspiración de una chillona comedia musical olvidada. Puerto Rico, cuyo nombre, para algunos, evocará a una escritora joven que tuvo muchos lectores y los perdió: Micaela Minh Said. 


miércoles, 18 de enero de 2017

Cerrar prisiones y abrir puertas





(Interior de la penitenciaría de Terre Haute, Indiana)

Escribo estas líneas mientras esperamos la excarcelación de Oscar. No le escribí a la prisión, no pude.  Se puso a prueba en mí la condición esencial del acto de escribir. Habría que escribir siempre como si el destinatario fuera un prisionero, sin dobleces, en  comunicación honesta. Pero hay que tener más valor y templanza de los que poseo para escribir así, reconociendo prisiones interiores, entrando con serenidad y sencillez en el terreno común entre la mujer sedentaria y el hombre, mi contemporáneo, que ha despedido años en la monotonía del encierro. Me animo ahora a escribir estas líneas, en la tensión de esperar que Oscar regrese ya a la isla. El momento pide que nos comuniquemos.

Sobrevivir al descomunal castigo de 35 años de encierro sin terminar convertido en un guiñapo de rencor y salvajismo nos dice que hay vías profundas para fugarse de la cárcel. El cuerpo, los cuerpos, pueden acomodarse a la disminución del espacio vital en las dimensiones de una celda. Con más tiempo, en su voraz deseo de vida, también suelen adaptarse al orden autoritario imperante y a las infracciones necesarias. Los cuerpos se corrompen, pero no siempre se extinguen con el maltrato. En más de un sentido así vivimos en nuestros hábitos idiotas, en el encierro de nuestras casas, en las calles de las islas del mundo. Sobrevivir y sobreponerse a la violencia sin rendir la dignidad es otra respuesta. 

La violencia carcelaria más despiadada debe ser la que conduce al empobrecimiento de los sentidos. Se siente en la atmósfera estéril de los hospitales, pero las temporadas de encierro en los hospitales no suelen durar décadas. Oscar pidió colores, pigmentos, y un lugar en el cerrado espacio monocromático para pintar, procurando que no se le apagaran los sentidos. En prisión, en el ambiente sepulcral que es la prisión, Elizam Escobar pintó oscuras obras imponentes. (A Elizam sí le escribí cuando estaba preso, pero en plan de editora.  Nos carteamos durante el proceso de edición de su libro “Los ensayos del artificiero”). Las pinturas de Oscar son vibrantes, casi folklóricas en su abigarrado despliegue. Es el mundo exaltado del trópico y él mismo se lo hizo como el niño pobre que no tiene con qué comprar juguetes y se los hace. Debe haberse golpeado  muchas veces contra los barrotes, pero pudo encontrar en sus entrañas un lugar impenetrable. Desde esa plaza liberada de sí mismo, sigue pintando, escribiendo, hablando, sin comprometer la verdad sencilla a cambio de lástima, ni supurar la moneda, tan corriente, del odio.

La prisión federal de Marion, donde Oscar pasó muchos años, se cerró un tiempo cuando se publicaron las atrocidades que en ella se cometían. Ya se sabrá más de las atrocidades que ocurrieron en Marion. Ya se están contando.

Que aún exista la posibilidad de cerrar prisiones y abrir puertas en un mundo atroz me anima a escribir estas líneas. Oscar tiene la costumbre de responder cada día a diez de las cartas que recibe. Una correspondencia que como el hilo del cometa se evade y comunica al preso con un afuera que lo sostiene, y que forma parte del relato asombroso de Oscar López Rivera. Han sido muchos y constantes sus apoyos, las voces que se hacen oír en reclamo de su libertad y en reconocimiento de su valor. Miles de compatriotas en la isla y en Estados Unidos, tantísimas personas entrañables, como su abogada Jan Susler, decenas de instituciones, frentes comunes de movimientos e individuos que por lo general no se encuentran, pusieron en movimiento un enorme organismo de solidaridad que se extendió por el mundo y conmovió a personas que no saben dónde queda la isla ni conocen el absurdo modelo de colonialismo que se instaló aquí. Por esta vez la imagen describe la realidad palpable: en la campaña de excarcelación de Oscar se movieron cielo y tierra. Un monumental esfuerzo para sacarle una firma al presidente de Estados Unidos y con ella un gesto hacia un pueblo regido por dictadura imperial.

Sin embargo, y es lo que me mueve a escribir esto, la historia de Oscar se acerca al común de la humanidad. No se le hace plena justicia al sentido ejemplar de la misma si se insiste en la dimensión excepcional, feroz, del guerrero. El valor en lo cotidiano es más radical que el coraje brutal del guerrero. Es la fuerza que impulsa a los pueblos humildes cuando se levantan de la violencia y las matanzas; cuando persisten con dignidad y ánimo de protesta en situaciones de inclemencia e inestabilidad constantes. En climas estériles, monocromáticos, entre la nieve y el desierto, en campamentos de exiliados, en rutas de migraciones clandestinas, en la calle, luchando. La historia de Oscar y del monumental esfuerzo para que regrese no pertenece al momento inmediato, sino al deseo de larga duración de la especie.

Su cuerpo regresará a las estaciones de la isla. Se desorientará entre muestras de cariño y veneración, le conmoverán las atrocidades y disparates nuestros de cada día. Volverá a sentir la belleza fuera del lienzo, a recuperar la memoria del mundo, a despedirse –con esa constancia tan ejemplarmente suya, tan reñidamente nuestra– del tiempo perdido. 

domingo, 15 de enero de 2017

Cuatro cartas




Para Malena Rodríguez Castro 

Francis Dumaresq conservó una carta de la novelista Edith Wharton. Fechada el 30 de marzo de 1890, su tono liviano dista del humor trabajoso del diario de Francis. Wharton cuenta con desparpajo de muchacha. Habla de la muerte de Kitty (¿quién era?) agradece las dulces palabras de su amigo. Asegura que ha pensado en él con la intención de responderle, pero temiendo que sus frivolidades no fueran del gusto de un Boston man. París perfecto, clima primaveral espléndido. De las rondas aburridas de su vida social queda el contraste entre la soltura de la escritora y el estirado ambiente de los salones. Para no desentonar del círculo parisino, su marido toma clases de baile y de tenis y se hace pintar por William Story. Edith se burla del embajador inglés Lord Lytton, de la panza del hombre, decorada con una asfixiante faja azul. Se avergüenza de haberle contado en la mesa “vulgar american stories”. A pesar de su admitida vulgaridad, se sabe árbitro de la elegancia y perita en el arte de lucir bien. Critica los vestidos espantosos de las damas, lo que no impide que en su canasta de tarjetas de presentación atesore una de Lady Lytton. Le cuenta al tímido Francis lo difícil que se le hace la tarea cotidiana de lucir bien: las tragedias de los botones que saltan, el corsé que no cierra, los ganchos que no enganchan, el peluquero francés, con barba de perilla negra que la peina a diario y le hala el pelo hasta que a ella se le brotan los ojos, y perdón olvidaba que le escribo a un Boston man.
Francis y uno de sus socios, Henry Luce, llegaron a Puerto Rico con las tropas invasoras. Francis tenía 44 años, una edad avanzada para la época. El 22 de septiembre de 1898, se les autorizó a cruzar los frentes militares rumbo a Ponce y de regreso. El salvoconducto consta en papel escrito a maquinilla, con tinta azul y membrete del cuartel general del ejército de Estados Unidos acuartelado en Río Piedras.


Dos cartas de la colección de Francis Dumaresq acercan la guerra de conquista al círculo exclusivo de las primeras (por no decir mejores) familias bostonianas. El 16 de diciembre de 1898 le escribió el obispo episcopal William Lawrence. (El obispo Lawrence redactó las indispensables memorias de varón bostoniano prominente, que en su caso, además, proclaman desde el título la alegría de los primeros mártires cristianos: Memorias de una vida feliz - Memories of a Happy life).  Era hombre dado al humor y al ejercicio. Murió pasados los noventa años, en estado de lucidez, por obligación moral y algo de aburrimiento. Fue, sobre todo, un señor venerable de reconocida autoridad. Resolvía los espinosos asuntos de las primeras familias con su sola presencia. Su propia estirpe, emparentada con la usual enredadera de apellidos, era antigua y prestigiosa.
Las guerras más crueles se libran en los campos de las rencillas familiares. En sociedades como la bostoniana se reservan voces de tan magna autoridad que incluso puedan deshacer malignos rencores íntimos. Lawrence era hombre de esa talla. También lo fue Endicott Peabody.
Copio la carta del obispo, tan curiosa en su maravillada toma de conciencia sobre la nueva colonia desconocida, y en la analogía entre la obra de Dios y la misión modernizadora del banquero:

My dear Dumaresq:
It is quite a novel sensation to receive a letter from Porto Rico. It is the first one that I have received from that distant island, and the fact that a United States postage stamp brought it here gives one rather a start, for it is such an incident that makes one realize that we are really in possession of the island.
Knowing that our church had the question of missionary work in our new possessions in mind, I sent your letter to Bishop Potter of New York. He wrote me that that subject has been referred to the Bishop of Chicago of the joint commission on the increased responsibilities of our church in connection with the extension of the nation. I could not therefore take the matter up without first getting into correspondence with him. I have therefore enclosed your letter to him with a letter from myself. Such things move slowly, as our church has to consider not only the question of duty but also of ways and means.
I suppose you are feeling quite at home in Porto Rico and do not consider yourself quite so far away as we imagine you to be. It must be very interesting, the taking hold of a new work in an old country, and invigorating in the sense that one is ploughing out methods in business and banking which others are to follow.
I remain with kind regards
Yours sincerely,
Wm. Lawrence


Meses después de la carta del obispo Lawrence, el 9 de mayo de 1899, Endicott Peabody, el fundador de la escuela Groton, le escribió a Francis. La pedagogía de Groton formó generaciones de varones bostonianos con actitudes que incluían una medida de anti intelectualismo práctico para evitar dudas y tentaciones (“I  am not sure I like boys to think too much”), frugalidad, uñas limpias, amor a la acumulación de dinero y odio al gasto, un duro régimen de ejercicios y la disposición del cuerpo a pruebas arduas que templaran la carne y el carácter. Los modales rudos eran preferibles a la laxitud afeminada, aunque en las nuevas generaciones, el anti intelectualismo se decantara por cierto humor cabecihueco, sin la fervorosa intensidad de sus abuelos, quienes se jactaban de gastar tan pocas monedas en el agua del aseo diario como en una compra de víveres. Higiene infalible: bañitos con esponja y agua fría, ingestión de coles y zanahorias, caminata al mercado. El obispo Lawrence y el educador Peabody eran pilares relevantes de la vieja guardia; destacadas autoridades éticas, morales, cívicas, pedagógicas y espirituales. Francis lo sabía y valoraba la benevolencia de ambos hacia su persona, de manera que se sentiría vicario de ellos en el nuevo territorio, una de esas posesiones que caen del árbol con poco esfuerzo, y que conviene probar cautelosamente, sazonar con especias conocidas, adaptar al gusto propio y sumar a la causa misionera con fervor, para bien y para mal.
En la carta de Endicott Peabody, contemporáneo de Dumaresq, hay un tono de familiaridad entre muchachos, afín al tono de los tiempos: la embriagadora convivencia de una vida aventurera con la acumulación de capital. La imagen evoca las palabras del obispo a propósito de la conversión espiritual de los nativos en un plano análogo a la conversión del sistema financiero y de negocios. Puerto Rico era viejo por contagio de España, un imperio senil. La carta manuscrita de Peabody tiene membrete de Groton School. Peabody describe al modesto Francis como un “swagger man” que sin duda se hará rico en “Porto Rico”. Informa de obras en Groton (una nueva torre, un ala restaurada) sin pedir apoyo, pero con el gasto detallado. Expresa cierto desagrado ante la prolongada guerra de Filipinas. No soy anti imperialista, escribe, pero la idea de que esos miles de miserables crean que están luchando por su patria, va “against the grain”. Invita a Francis a visitar una casa de playa que construye en North Haven “as you pass though Fox island thorough fare on your way to the houses of (illegible) at Mount Desert.“  Le recomienda que no se perpetúe en el exilio. Mejor conformarse con una fortuna sustancial, sin excesos.  Peabody sobrevivió por décadas a su amigo Francis. A los 84 años de edad, tras apenas cuatro lamentadas horas de sueño, pues tiempo dormido le parecía tiempo perdido, se levantaba temprano para escuchar las transmisiones radiales de los discursos de Adolf Hitler.
También tuve en mis manos la carta de William H. Hunt, segundo gobernador civil yanqui de Puerto Rico. Tiene fecha del 14 de septiembre de 1901 y va dirigida a Francis Dumaresq, No. 35 Broad Street, Boston.  El gobernador menciona que tanto él como su esposa echan de menos al amigo, que hacen votos por la recuperación de su salud y que les alegraría su regreso a la isla, lugar de amargas y frágiles victorias: “Vuelva y trataremos de tener otro invierno agradable, a pesar de la inmensidad de la tarea que enfrentamos”. 

sábado, 14 de enero de 2017

These people





El 5 de noviembre de 2016 llegué a Boston. Era el día acordado meses antes con una de las archiveras del Boston Athenaeum. Llegué tarde al tope de Beacon Street. El portero y mayordomo me miró como se mira a un ejemplar bárbaro de especie aborrecida con rencor profundo. Me ha pasado en otros lugares; cambian los tonos y estilos. Habrá más de un factor, además del color de piel: el descuido al vestir, la falta de maquillaje, la pobreza de la ropa, el desgarbo, el acento. Sobresalta el racismo que se expresa abiertamente frente al inspirador del desprecio, como si el espécimen no estuviera presente o no entendiera la lengua del racista. Me pasó poco antes de entrar a la sala de partos en Belleville, New Jersey, cuando me adelanté unas semanas y la enfermera de admisiones le dijo al médico: “these people never know when they are due.” Me pasó en alguna clínica familiar o free clinic en Los Angeles, donde despachaban pastillas anticonceptivas previo examen ginecológico. Recuerdo cómo se explayaba el médico ante su aprendiz sobre las características raciales de mis genitales. “These people”. Me pasó en un diner de San Francisco. No nos atendían, nos levantamos, y, cuando salíamos, la mesera dijo para que la escucháramos bien: “these people should know their place”. Con las latitudes cambian las actitudes y los contextos. Recuerdo, en Buenos Aires, el desprecio con que me sirvieron en un restaurante chino, hasta que dije que era puertorriqueña, es decir, US citizen y residente de un territorio donde abundan las fondas chinas. Entonces la actitud cambió de hostilidad a sonriente diligencia. Creían, me dijo el mesero, que yo era colombiana. (Le conté lo sucedido a Susana Zanetti, mujer prudente y brillante. “Todos los pueblos son racistas”, comentó a la ligera, supongo que para repartir la fealdad del instinto).
Me pasó en el Boston Athenaeum. Cuando llegué tras un viaje larguísimo y una caminata igualmente larga, con zapatos incómodos, al tope de Beacon Hill, la archivera de turno no recordaba mi nombre y yo no recordaba el nombre de la bibliotecaria con quien, meses atrás, había coordinado la visita. "This woman does not know who made the appointment", comentó el mayordomo, haciendo suya la poderosa calidad del racismo que alude a la criatura despreciable sin dirigirse a ella. Intervino un joven alto, blanquísimo como las estatuas que adornan el vestíbulo del Athenaeum, de una generación más fría que la del apasionado portero. Con mi pasaporte USA en la mano, el  muchacho buscó en una pantalla y encontró mi nombre. No solo lo encontró, sino que cerró el encuentro un broche irónico. En el registro constaba que alguien me había otorgado una distinción: Marta Aponte Alsina era socia del Ateneo. Si es socia puede entrar donde quiera, dijo una mujer que conversaba con el mayordomo sus desacuerdos furibundos con las ideas de un conferenciante. Sí, puede subir, pero no a donde quiera, porque no es realmente socia, no es cierto que sea socia, insistió el mayordomo. Después me enteré de que el señor, además de racista, ha sido grosero con quien no parezca un Boston blue blood, blanco o no.
Fui al baño. Al salir tomé una foto del viejo cementerio. El mayordomo no me miró más, seguía hablando con la mujer rebelde. Bajó a buscarme la archivera del Olimpo.


El cálculo errado de las distancias sumado al trance del permiso acortó tanto el tiempo de la visita que una mujer más sensata le hubiera pegado fuego al Ateneo de Boston. No soy esa mujer sensata. Subí, me dejé seducir por el espacio, las hileras de lomos de libros, los estantes de madera oscura, la espléndida luz otoñal. Solo pude ver algunas cartas, fotografías, álbumes. Como quien tiene que hacer minería en unos segundos y se ve obligada a confiar en el azar, aprecié la caligrafía, las flores secas. La cortesía de la archivera no abrió cicatrices. No recuerdo haber recibido antes esa especie de cortesía. Debe ser la que solo reciben los muy ricos. Eficiente y precisa, pero cordial, se adelanta a responder preguntas y a solucionar problemas antes de que la mujer rica, la patrona, termine de formularlas. Gracias a ella encontré o creí encontrar uno de los tonos que buscaba.



jueves, 5 de enero de 2017

Regalo de Reyes





Va por el pueblo en silla de ruedas.La observo hace tiempo, impresionada con su apariencia. Viste cuidadosamente, se pinta las uñas, se adorna las manos con anillos de bisutería y usa zapatos limpios. Hoy le pedí permiso para tomarle una foto y me dijo muy airada que no. Insistí en acompañarla y no se negó a contarme su historia, a decirme que vive en una casa plagada de ratones, inhabitable. El dueño selló la puerta trasera. En el municipio le han comunicado que no es elegible para sección 8. Tampoco ha logrado que le asignen un apartamentito en un residencial. Le ofrecieron un techo en Cidra, pero ella es de Cayey, donde la conocen y la quieren los vecinos y los dueños de negocios. No entiende por qué quieren mudarla a Cidra. Me pasa por la mente algo terrible: que el plan es ingresarla en un asilo, y entregársela a Servicios Sociales. En el asilo la llenarían de drogas, la irían amansando hasta que se muera. A las personas que protestan hay que doblegarlas. Protestar es pecado y locura en este país. El asilo domesticador: he ahí la solución final de nuestras burocracias, híbridas de pusilanimidad criolla y normas de agencias federales. Nada de piedad hacia el pueblo pobre. Lo que importa es el baño diario, hasta que el cuerpo se muera. La libertad de movimiento es un peligro. Caminar es un peligro, valerse en silla de ruedas es un peligro. Inevitablemente, relaciono esos protocolos con las acciones del Estado hacia todo un pueblo. 

No quiso aceptar dinero, pero al fin me autorizó a retratarla y a publicar su historia. No tiene miedo. Como quién ha visto tiempos muy malos y está preparada para lo peor, se encrespa y dice ¿a qué voy a tenerle miedo? Si usted es alcalde y abogado, se supone que sea el defensor de los pobres, ¿o no? En víspera de Reyes, un deseo de cultura profunda: que se limpie la mirada de los burócratas resentidos y vean a Margarita con otros ojos: no como un caso con número de serie, o una loca. Que vean en ella un sencillo ejemplo de mujer digna. La mujer protesta. No se encamó para degenerar en víctima, se niega a ser prisionera. Hoy Margarita es lo que queda de los signos vitales de nuestro pueblo.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Muriel McAvoy






para Cesar J. Ayala 

Acercarse a un monumento con la intención de añadirle una mano de escritura inspira el deseo de relacionarse con las manos hábiles que su lectura provocó en otro tiempo. El monumental tema del azúcar, sus industrias y productos, es rico en lectores. En los días de escribir este libro tuve varios encuentros con una de ellas: Muriel McAvoy. No la conocí; mi simpatía tiene algo de la fascinación perdurable y desinteresada que inspiran los personajes literarios. No he visto fotos de la Muriel que vivió una temporada en esta tierra. Quizás con la ilusión de recordarla construyo su imagen usando piezas de mi repertorio de materiales engañosos, prejuiciosos, inexplicablemente archivados en el caos de la memoria. Imagino a una mujer alta, de huesos grandes, de apariencia atlética. La veo inclinada sobre una mesa cubierta de papeles que va repasando con sus manos enguantadas de investigadora de archivos.
 Muriel nació en 1917. Cursó estudios doctorales en Boston, pero no en Harvard, sino en Boston College. Fue profesora, pero no en Harvard, sino en Fitchburg State College. Publicó su libro, Sugar Baron: Manuel Rionda and the Fortunes of Pre-Castro Cuba (al que dedicó años de hurgar en los archivos en la Universidad de Florida y otros tantos a su ardua redacción) en 2003, a la edad de 84 años. Había quedado viuda de su segundo marido, George Lavan Weissman, en 1985. George, uno de los olvidados de la olvidada izquierda estadounidense, fue un militante socialista prominente, fundador del Socialist Workers Party y apoderado del legado escrito de León Trotsky en Estados Unidos. No puedo seguir el hilo de su laberinto, más allá de lo anotado, y de consignar que buena parte del tiempo dedicado por Muriel al libro sobre los azucareros cubanos coincide con los años posteriores a la muerte de su compañero y con la ingrata etapa de su propio envejecimiento desacompañado. En una entrevista sobre el campo de los estudios del azúcar, Muriel comentó que el tema le interesaba desde sus estudios graduados y que su disertación doctoral trataba sobre la industria azucarera antes de la guerra civil estadounidense, con particular interés en el mercado del azúcar en Boston y las ramificaciones internacionales de la mercancía. Las estratagemas políticas, los asuntos comerciales, las intrigas internacionales y el factor cultural “made for interesting research and great writing”. Los grandes personajes de la historia del azúcar, los que brillan con estatura novelesca, pueden ser los más intrigantes, los burgueses poseídos por el afán de lucro y el consumo extravagante de mercancías de lujo. La historiadora los narra en un lienzo minucioso que forma parte de la gran novela del azúcar en Cuba y las Antillas.
Muriel McAvoy murió en 2007, en Concord, New Hampshire (escribo esta oración en el año 2016, así que siempre habrá una grieta entre ella y sus lectores). Partió en estado de soledad, al punto de que se publicó un edicto en el periódico de Concord dando noticia de su muerte e inquiriendo si tenía herederos y acreedores.  
Supe de Muriel siete años después, en 2014, gracias a César Ayala, autor de un libro importante sobre el azúcar: American Sugar Kingdom. César me envió un artículo de McAvoy: “Early United States Investors in Puerto Rican Sugar”, leído en la décimo cuarta conferencia de la Asociación de Historiadores del Caribe, reunidos en San Juan entre el 16 y el 21 de abril de 1982.
La generosidad y el rigor de McAvoy se advierten en el gesto de dejar pistas de interés tangencial no solo para sustentar sus pesquisas, sino que también para alentar a que otros investigadores les siguieran el rastro, como la nota sobre los tres depósitos en el mundo donde se conserva el primer periódico en inglés publicado en Puerto Rico: The San Juan News. (A propósito de The San Juan News, anotó Muriel que lo fundó Hobart S. Bird, nativo de Wisconsin, y que existe una colección microfilmada con varias páginas ilegibles en la Colección Puertorriqueña de la UPR en Río Piedras, otra en la Biblioteca del Congreso que no puede consultarse por su estado de deterioro y una tercera depositada en la State Historical Society de Wisconsin.) Su regalo a una interlocutora invisible me comunica el fondo esperanzado en la soledad de la investigadora que no escogió temas de éxito, sino asuntos relativamente aislados del interés de los estudiosos estadounidenses, como la monografía citada sobre Puerto Rico.