domingo, 16 de noviembre de 2014

Ella pinta



 
 


Hoy Raquel pinta. La han despertado el desgaste de las olas, el bramido del viento y, de pronto, la calma silenciosa. Cuando el viento amaina y las olas se ablandan da gusto clavar el caballete en la arena, colocar un paraguas sobre un aditamento inventado por George y abrir la cajita de colores. La luz del norte no ofrece los matices contrastantes de Mayagüez y Puerto Plata. El mar frío de Connecticut se aleja del Caribe como se distinguen entre sí parientes lejanos. La luz del norte se acerca más a los desvelos de la mujer dispuesta a no dejarse dominar por la desolación de una costa sin árboles. Además todas las luces son otras en el mundo de los quinqués, el único que le interesa habitar. De algún modo evidente en su lógica, pero  insostenible en la dimensión de los elementos, hasta el fuego que brota de los objetos naturales es otro desde la invención de la luz eléctrica. Los fantasmas huían de las ciudades saturadas de artificio para refugiarse en las tinieblas enmarañadas del litoral. Allí las hogueras se mantenían en el lugar del misterio. Respetaban esa luz otra que se iba haciendo imperceptible no solo a causa de la ceguera de la vejez sino porque todo lo digno de ser visto se iba dando a la fuga.

Abre la caja de pinturas. Ha decidido trabajar al óleo, omitiendo el paso habitual del boceto en acuarela.  Se ha enfrentado a la costa de West Haven en días menos acogedores que este. Hoy no cederá al desaliento. Cumplirá el mandato del dibujo como dominio de la imagen sobresaliente, la que se impone asesinando formas más débiles. La mano recordará cómo ejecutar la matanza, cómo entregarse al placer de la caza. No hay piedad que valga en los principios del arte. Después pintará directamente sobre la tela. Es de fabricación industrial, sin la calidad de las más duraderas y absorbentes, pero servirá. La brisa es leve; no cabe esperar ventiscas arenosas que arruinen el trabajo aunque a veces le parece que el final menos triste de una obra imperfecta lo decide la naturaleza.

La tela rectangular tiene el tamaño de la tabla grande que usa Florence para picar los vegetales insípidos de sus ensaladas. El comienzo es siempre el mismo: la perfección de las capas iniciales recomendadas por sus maestros. Si en París ese fondo servía para reflejar la luz, West Haven que se diera por satisfecha. Para empezar, embadurnar la tela con una pobre réplica de la “salsa roja” traslúcida que en la versión aprendida en el taller de Duran se componía de materiales que ha olvidado para siempre. Sobre esa base aplicará una capa de blanco plomo. A falta de los elementos originales, que no tiene a mano ni recuerda, mezcla en la paleta una porción de ocre, miajas de azul cobalto y rojo laca.

Mientras se seca la pintura el olor le trae el recuerdo de excursiones felices. Se enfrenta al horizonte. En aquel día que fue un hoy, la línea está muy marcada. Es cierto que expresa la relación del cuerpo que lo observa con todas las cosas. Ezra Pound, el amigo loco del hijo poeta, en una conversación que la historia literaria no recoge (justo en el lugar donde Raquel ha hincado las tres patas del caballete, años antes de este día en que pinta), durante el paseo de rigor tras un almuerzo pesado de los que servían en la casa, dio un salto mientras apuntaba al horizonte con el dedo índice. Según Pound allí descansaba el espinazo de un dragón dormido. En el lomo del dragón se tocan el yin y el yang.

Fuera distracciones. Se ha propuesto que hoy no le dará entrada a la marejada de cosas que le llaman la atención. Hoy responderá a la visión ordenadora de sus maestros. Pintar no es pintar. Pintar es no pintar. El ojo no recibe voces ni olores. Es pura imagen y tacto. Prefiere la muerte al desorden que acaba por disolverse en malos humores. No permitirá la entrada de los monstruos deformes que atormentaban a Ludovico. Adora la forma cabal de las cosas. Sabe que el primer trazo será una invocación al resto de los elementos. El primer trazo, como la luz que se ve por vez primera, rige la inclusión y el orden de los siguientes.

Se pasa por la frente el pañuelo que lleva sobre los hombros, se abanica con la pamela. El infinito mar es, bien lo sabe aunque sus parientes no la entiendan, el ramillete de manzanas silvestres colgadas de un clavo, las que pintó hace años. Mira a su alrededor con la intención de ver solo lo que quepa en una tabla de picar vegetales. Impone a la mirada el método que aprendió por cuenta propia. El misterio de la pintura no es tan oscuro. Se trata de acumular puntos que ante el espectador se resuelvan en una impresión única, como si lo infinito pudiera contenerse en la serie de esos puntos, en la línea del rayo que zigzaguea antes de fulminar. Como aquella sensación que George no quiso explicarle ni nombrarle, la que alguna vez sintió estremecida por sus caricias, el tonto de George, tan púdico. El mar es manzanas silvestres y olas que rompen a lo lejos rizando de blanco las honduras. A los pies de la pintora, haciendo juego con el gris de sus zapatos, el mar es un trozo de raíz más liviana que una pluma de pelícano, gastada por las mareas, picada de agujeritos que se repiten en la arena cuando se evaporan las espumas burbujeantes. En este litoral de West Haven un puñado de arena tiene múltiples tonos (desde el gris que es a su vez colección de negros y blancos, hasta el nacarado de los caracoles que el tiempo desgasta) tantos, que intentar abarcarlos sería tan inútil como reducir las corrientes a la quietud de un agujerito. El agujerito también es inabarcable.

El infinito mar, un grano de arena.

 (pasaje de La muerte feliz de William Carlos Williams, novela inédita)


martes, 14 de octubre de 2014

San Juan de Puerto Rico en la literatura: apuntes (1966-1998)






La calle barrial, guardarraya tendida entre clases sociales, pero también oportunidad de confluencia en sus aceras, plazas y comercios, se convertirá, en las últimas décadas del siglo 20, en un reducto pintoresco, uno de esos lugares que, a semejanza del San Juan antiguo, pueden recorrerse caminando, pero adonde hay que llegar en automóvil. A partir de los años sesenta, con el boom en la construcción de urbanizaciones, la región metropolitana, constituida por retazos aislados y focos de desarrollo desencontrados, fue testigo de la virtual museificación del casco colonial y del relativo despoblamiento del eje de Santurce y del centro de Río Piedras. La visión del entorno físico se hizo más subjetiva y fragmentada. La derrota de la escala corporal humana en las conurbaciones  (“urbanización sin freno que se difunde por el territorio de forma errática e incontrolada, perdiendo la noción de centro y de unidad en el trazado que era propia de las antiguas ciudades” ) deja su marca en la literatura.

Expresiva de la desorientación en un medio que se sale de quicio, es la narrativa de Emilio Díaz Valcárcel, en cuyo relato El hombre que trabajó el lunes (1966) se descubre, a partir de la ciudad antigua, la grieta que desarticulará el desarrollo de la metrópolis. Luego, en el paródico tapón de La guaracha del Macho Camacho (1976), de Luis Rafael Sánchez, la dimensión enfermiza y monstruosa enunciada por el texto acota nuevos espacios de repudio, conflictivas declaraciones de amor odio donde prosperarán textos híbridos, descabezados, de acre denuncia. En la parodia caricaturesca se redimensiona la angustia existencial del conflicto entre un entorno que se percibe como ajeno y enajenante y la identidad personal, difuminando la relación entrañable que todavía se percibiera en un cuento de René Marqués:
Porque afuera se sentía inerme: una sombra más en aquella ciudad llamada San Juan. A cuya entraña pertenecía y en cuya entraña se sentía ajeno. ¿Por qué volvía a ella siempre? ¿Por qué esta peregrinación anual a la ciudad que le acunó y le dio vida y a la cual, sin embargo, de modo irracional, no podía considerar suya? Era como una búsqueda de sí. Como si esperase algún día encontrar en ella su raíz propia o su sentido.
En Violeta López Suria, Juan Martínez Capó, Alfredo Margenat y José María Lima, para nombrar sólo cuatro escrituras que coinciden en el tiempo con los inicios de la transformación de la ciudad —más parecida a una cabeza de provincia que a la capital de un país moderno—;   la dimensión personal sufre una inflexión hacia un viaje interior no carente de peligros. Un poema de Violeta expresa la metáfora del viaje alrededor de la casa, la monstruosa gestación de lo incongruente en los objetos familiares:
Me hastía todo esto.
Estos muebles tan quietos hasta nunca
si echaran a volar por no quedarse
como esta consola augusta
(es como si regase su cuerpo de lapa hinchada
con atisbos de araña).
 
La relación entre el cuerpo asediado por objetos sublevados y la trama resistente de la ciudad se profundiza en los autores que comienzan a publicar a partir de los años setenta, cuando ya metrópolis se percibe como “monstrópolis”: Luis Rafael Sánchez, Yvonne Ochart, José Luis Vega, Armindo Núñez Miranda, Néstor Barreto, Ana Lydia Vega, Joserramón Melendes, Lilliana Ramos Collado, Olga Nolla, Rosario Ferré, Áurea María Sotomayor, Juan Antonio Ramos, Iván Silén, Ángel Luis Torres, Fernando Cros y otrxs. El desorden de la suburbanización como pobre fantasma de la “ciudad jardín”; la incontrolable violencia urbana, fenómeno ambiguo y polivalente en las novelas policiales de Wilfredo Mattos Cintrón, Edgardo Rodríguez Juliá y Arturo Echavarría y en libros de cuentos como Un decir, de Pedro Juan Soto e Hilando mortajas, de Juan Antonio Ramos; el “teatro pobre” de Pedro Santaliz, Zora Moreno y Moncho Conde; los sórdidos móviles que afloran en las piezas dramáticas de Roberto Ramos Perea y José Luis Ramos Escobar; delatan la imposibilidad de una relación diáfana entre palabra y realidad. En Este es nuestro paraíso (1981) Yvonne Ochart expresa esa forma irónica de abrazar la complejidad de la urbe:
Esta es la ciudad que estoy mirando
mi ciudad amada y odiada
biblioteca de horrores
donde todos han puesto su grano de mentira...
 
El espacio de la convivencia se convierte en un campo de sustituciones para poder asir una realidad escurridiza. Si a Tapia la ciudad natal se le imponía en forma de pasajes tomados de las novelas de Victor Hugo, para Ana Lydia Vega una de las claves de la inteligibilidad puede ser el artificioso claroscuro del cine; José Luis Vega nombra una “tierra baldía hecha parábola de caños y babote”; Ramos Otero recupera un eco de su isla en la mítica Ítaca de Cavafis y Armindo Núñez Miranda recoge en la “razón huraña” de los desplazados una visión heterodoxa del santoral.
 
Queda atrás la ciudad que se percibe como cuerpo determinado por las leyes de la herencia para dar paso a la ciudad virtual: centro de transacciones globales sin límites fijos, zona estéril para la vida, sin huellas de intervención personal. La pérdida del lugar de los encuentros corporales representa la desaparición de un escenario indispensable. Solo a veces la literatura recoge las velas del desasosiego y expresa la urgencia de replantearse la utopía desde la sensatez, como condición de la vida misma. En Canto a la desobediencia (1998), Félix Córdova Iturregui, parece intentar, desde la cresta de la esterilidad, un nuevo esfuerzo de recuperación del sentido, al reemprender la aventura del contacto, el habla con ciudades invisibles o soñadas:
Algo de labio o nido quedará en el polvo,
un ansia de mirarte con el empujón que el amor anuncia
en la semilla, en el secreto del huevo al despertarse,
con la decisión del recuerdo mojándose en tu sangre
y con la obstinación de una historia desgreñada
que ha tenido siempre sus raíces en el agua,
su rebeldía escondida en los dibujos de los mangles.
Oh criatura de renovada piel de cemento o bitumul,
incansable palimpsesto,
pellejo picado de alfileres por donde asoma la hierba silvestre,
voy y vuelo por ti con mi palabra de pincel arriesgado
así parecida a las fábulas del andamio,
enseñando las tripas y los hilos rotos,
los huesos que pregonan el perfil de su estatura,
subiendo un edificio que se va formando
y el gasto del ojo en tus calles donde la vida se frota con ardor.


 

 



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domingo, 12 de octubre de 2014

Mayagüez


 
William Carlos en su ático de poeta persistente. William Carlos disminuido en su camita de viejo. El disloque de un cuerpo llamado William Carlos, engendro de padres inarmónicos. Raquel, nativa de una ciudad caribeña al oeste de una isla con el puerto en el nombre. Mayagüez, Puerto Rico. (En Mayagüez el comercio superaba las tragedias colectivas y levantaba un sector portuario de traficantes y conspiradores, pero había casitas de marfil con espacio para colocar pianos y colgar retratos.) William George, un inglés con mucho de negro, a pesar de su piel blanca y de sus ancestros blancos y de su empaque victoriano. (En la isla de Santomas las torres de marfil y el lugar del piano que William George aprendió a tocar eran especies raras, de esas que se miran con las manos y se tocan con los ojos.)

Habría que estar en las ciudades de Raquel como quien ve, huele y toca un traje nuevo en la cola de un traje apolillado.

Mayagüez. En el puerto de primera clase, donde ancla el único vapor con que cuenta la isla, se hablan tantas lenguas como notas tiene la garganta de un ruiseñor. Huele a brea, a borrasca. Cerca del puerto hay un mercado que alguien compara con el palacio de cristal de Londres. Mayagüez es aduana de primera clase, con agentes consulares de Estados Unidos, Francia e Inglaterra, los imperios que inventaron un Caribe de sirenas y ron. Tiene 12,168 habitantes en 1860. Y, en 1878, un gasómetro que alimenta 254 faroles y 450 luces en casas particulares, una estación telegráfica, un mercado de hierro con zócalo de mampostería, cinco abogados y nueve médicos, una biblioteca popular, 37 calles y cuatro callejuelas.

jueves, 9 de octubre de 2014

San Juan en la literatura (8): de metrópolis a monstrópolis primera entrada


 
La ciudad de la raíz y el desarraigo, de encuentros y desencuentros, lugar de pesadillas y añoranzas donde se escenifican agudos conflictos de clase y casta, es una estructura articuladora de buena parte de la literatura puertorriqueña en la segunda mitad del siglo veinte. En "Spiks", Pedro Juan Soto despoja su escritura de lirismos dulzones para dejar en el hueso de una expresión esperpéntica y desolada la experiencia del exilio neoyorquino. Alrededor del eje de una obra de teatro de René Marqués, La Carreta, se mueve no sólo el desplazamiento poblacional en dos tiempos —del campo al arrabal sanjuanero; de San Juan al arrabal neoyorquino— sino la alborada de un mito: el regreso. Años después, en el relato "Ese mosaico fresco sobre aquel mosaico antiguo", inspirado en la demolición de la mansión Georgetti, símbolo de todo un orden social señorial, Marqués refundirá los planteamientos de su obra narrativa, tan insistente en la dimensión misteriosa de una ciudad abocada al desenfreno desarrollista especulativo.

La exploración del misterio coincide en cierto sentido con el deseo de relaciones de convivencia estimulantes, en un espacio abierto a encuentros fortuitos o determinados, pero en todo caso favorecidos por la densidad poblacional del ambiente urbano, que hubiera permitido la confluencia e interacción de intereses plurales y contradictorios en un intercambio fecundo.
Se ha relacionado la presencia de lo “uncanny” en la literatura moderna con el germen inquietante de la destrucción, al señalar que lo fantástico en la literatura es también producto del colapso de formas tradicionales de sociabilidad ante el paso arrollador del desarrollismo, que acentúa el carácter abstracto e “irreal” de los poderes ocultos del capital multinacional dominante y convierte a la ciudad en un campo de fuerzas aparentemente azarosas, cuyo control escapa a sus pobladores. La presencia de lo fantástico en la literatura puertorriqueña no es tan escasa como suele creerse. Una de sus expresiones más hermosas se encuentra en una novela publicada en 1948: Los Vates, de Tomás Blanco, texto que se posa oblicuamente en la extraña influencia de las fiestas en honor al santo patrono de la ciudad, las cuales dan pie a toda una figuración sobre la pluralidad cultural:

“Una vez en la playa de Punta Alcatraz, los tres gravitaron hacia el centro del bureo; donde a la luz de las fogatas, bajo la gran burundanga antillana entreverada de modernidad y cristianismo, reverdecían antiquísimas supersticiones y los viejos ritos paganos del solsticio. “

La presencia de fuerzas remanentes de ideologías y formas de vida soterradas en la uniformidad estéril de la ciudad industrial seduce a Sylvia Rexach en su “Luna sobre el Condado”, además de rozar la voz de Francisco Matos Paoli cuando invoca la bahía, llamándola “abeja de clausura de San Juan Cordero” en su "Canto a Puerto Rico", para no hablar de su misteriosa huella en el canto extático que dedicó Pedro Salinas al mar que rodea la ciudad.

Rota la escala peatonal por un desarrollo sujeto a la velocidad del automóvil, los espacios de la sociabilidad se mueven de las plazas y los cafés en dirección a los malls y a las playas y con ellos el limitado y fugaz encuentro de códigos diversos. El más connotado de los “flaneurs” contemporáneos, Edgardo Rodríguez Juliá, en su recorrido de las playas de Isla Verde, donde contempla un variado muestrario de clases sociales, se detiene ante la obra de un artista playero que habilita, a la manera del bricoleur mítico de Levi Strauss, un volkswagen transvestido en objeto sagrado. En “La ciudad que me habita”, Magali García Ramis elogia la solidez del Viejo San Juan en contraste con las pérdidas que hacen de Santurce un espacio mutante, evocando en la mano de una mujer de otra época la presencia de un tiempo lento, palpitante en las fuerzas atávicas que sobreviven en la modernidad. De forma comparable, en la ciudad chatarra asfixiada de desperdicios y abandono, Ánjelamaría Dávila adjudica a la mirada del poeta la potestad de materializar la belleza de la rosa.

La segregación del espacio urbano en sectores aislados como casonas condenadas y sometidas por los descendientes del automóvil villano de "Redentores", imposibilita la confluencia de los campos de fuerza descritos por Blanco. Como señaló en un lúcido pasaje de sus memorias José Luis González:

“Más de una vez he pensado que mientras mi amiga Nilita Vientós Gastón escribía su libro sobre Henry James en su casa biblioteca de la calle Cordero en Santurce, a unas cuantas cuadras de esa casa, en la calle Calma para no ir más lejos, los tambores y las gargantas de sus vecinos expresaban “en lengua” una Weltanschaung popular que nuestra literatura culta casi nunca ha sabido ni querido recoger. Y conste que tan puertorriqueño me parece el interés de Nilita por el gran novelista norteamericano —¡no habrá de parecérmelo a mí, que tanto le debo como narrador a Ernest Hemingway!— o el de Margot Arce por Garcilaso de la Vega, como el de Ismael Rivera por la lengua que realza sus espléndidos soneos. Todo eso, no se engañe nadie pensando lo contrario, es lo que nos hace ser lo que somos los puertorriqueños.”

miércoles, 8 de octubre de 2014

San Juan en la literatura (7): la maleta indestructible


 
 
Ya en la segunda década del siglo 20, con la emigración hacia Nueva York, se abre una vertiente de cosmopolitismo, expansión lateral de la ciudad en los textos del exilio, sumada a un nuevo planteamiento de la relación entre literatura e identidad. Ese fenómeno caribeño de las islas portátiles, cuyas poblaciones viajan continuamente entre las tierras de origen y los centros metropolitanos del norte, primero por mar y después en “guaguas aéreas”; depositadas por el impulso de su movilidad forzosa en situaciones que desafían la rigidez de identidades recibidas y asumidas, se altera en contacto con otras experiencias. La ciudad se duplica en el espejo de la otra realidad urbana; revistas como Índice se desdoblan en empresas como Gráfico, dirigida por Bernardo Vega en Nueva York, al igual que la revista de “alta cultura” que fue Asomante encuentra un espíritu afín en la neoyorquina Artes y letras fundada por la líder feminista Pepiña Silva de Cintrón, al grado de que no puede hacerse un estudio serio de la literatura puertorriqueña a partir de la segunda década del siglo 20 sin incluir la literatura de las comunidades migrantes. La realidad urbana del desarraigo, sobrepuesta al deseo de conservar núcleos vitales de sensibilidad, produce un nuevo sujeto, que Pedro Pietri llama “out of focus Puerto Rican... who managed to sneak the ocean into the third hand sentimental indestructible maleta which passed through customs undetected/Making it possible for us to be in dos casas at el mismo tiempo!”.[i]  Esa ciudad en múltiples tiempos y espacios es objeto de reapropiación para el viajero que huye y, tarde o temprano, sin detener el andar, regresa, tanto en los compases de la canción En mi viejo San Juan como en la poesía de Manuel Ramos Otero, cuando, parodiando a Kavafis, habla del retorno a una isla que no es Itaca.[ii]




[i]. Pietri, Pedro. “La Gallery 14". (1996)
[ii]. Ramos Otero, Manuel. “Kavafis”. (1985): 59.

San Juan en la literatura (6): Canales, Zeno, Vicens, Lair, Vientós


 
Nemesio Canales, fue uno de los comentaristas más lúcidos de la vida cultural de San Juan en las dos primeras décadas del siglo. Su visión de la capital contrasta con la del gran centro urbano que hacia la segunda mitad del siglo rememoró Emilio Belaval, quien caracterizara al San Juan de entre siglos como “la gran ciudad... que siempre han visualizado los artistas y pensadores de todos los pueblos como la gran sede de la espiritualidad nacional”.[1]  Para Canales, por el contrario,  San Juan, lejos de encantada, era “una ciudad condenada...sosa, aburrida y fúnebre”.[2] Otros cronistas se centran en una visión nostálgica o pintoresca de la ciudad en notas publicadas en revistas como Puerto Rico Ilustrado o Alma Latina (v.g. Pérez Lozada, Paniagua Serracante, José Alegría, Ramos Llompart).

También merece destacarse la publicación seriada en periódicos. Una de las novelas importantes del primer cuarto de siglo, Redentores, de Manuel Zeno Gandía, se publicó por entregas en el periódico El Imparcial en 1925. En Redentores la forma de la ciudad asume la ambientación de un escenario neogótico siniestro, donde medran las pasiones rapaces y los oscuros pasajes de las calles y zaguanes reflejan la avaricia humana, mientras los fenómenos naturales se asocian con esa máquina devoradora, el huracán “un infierno alado, concéntrico, desolador”. Redentores recupera uno de los tópicos de la literatura naturalista del 19, la visión de una sociedad enferma trasladada del hábitat primitivo de la ruralía hacia un ámbito urbano inquietante, aura que profundiza el alejamiento respecto a las imágenes de la isla ciudad al uso en el siglo 19. Suplantada tanto la isla doncella que fijó Gautier como la doncella encantada de Santos Chocano y Olivares, descuella la ciudad como sede del mal, rota su ancestral simbiosis con la naturaleza. La novela también se incauta de un tema anunciado en Vida nueva: la incursión en el texto literario del gran villano de la urbe: la máquina rodante, el automóvil del seductor, que dinamiza distancias y mesmeriza a sus víctimas con su encanto de alcoba portátil.
 
Un aspecto propio de la literatura urbana es la incorporación de las escritoras, como si la isla doncella se desencadenara de su condición de objeto pasivo del deseo para hablar con voz propia. Julia de Burgos es un paradigma, pues en su voz se unen el canto por la liberación personal, de patria y de clase, sin claras fronteras entre el cuerpo de la mujer y la geografía urbana:
Marcha de anhelos partidos
pica la calma desnuda
donde recuesta su inercia
la adormecida laguna.[3]
 
La presencia de la mujer también irradia desde el espacio de la tertulia doméstica; la anfitriona, como el personaje de la portera en las novelas francesas del 19, se entera, incluso sin tener que moverse, de lo que pasa en buena parte de su mundo. La tertulia en la tradición masculina de los lugares públicos representó una cristalización de la bohemia, un vivero de ideas y formas creativas. La tertulia doméstica fue el cuerpo entero del cenáculo, desde las reuniones de artistas y conspiradores en el hogar de Lola Rodríguez de Tió, hasta las tertulias literarias de Nimia Vicens en la calle Sagrado Corazón de Santurce y las célebres de Nilita Vientós en la calle Cordero.

Vicens fue poeta de poca obra publicada y de depurada conciencia intelectual, contertulia de Palés, Tomás Blanco y Sylvia Rexach, viajera entre Santurce y España, donde, en su piso madrileño, también formó tertulia: densidad y proximidad de la palabra dicha, biblioteca parlante, pero sobre todo escritura en la memoria. Dictó los versos de su tragedia Medea mientras guisaba, como hubiera querido Sor Juana que laborara Aristóteles. En su “Ars poética” reclama una poesía nimia como su nombre, con la gracia, semejante a la de su admirada Emily Dickinson, de acomodar el universo en una nuez.
No escribo sin vivir
por esto cuanto escribo
si es que se forma
en verso lo vivido
verso de vida es
que no lo escribo.
 
Mas
 
En la esencia fina
que mana de la flor
sobre su espiga
ya no está la raíz.
 
Gloria Madrazo Vicens recuerda cómo Clara Lair le legó a Nimia Vicens el cetro de la poesía escrita por mujeres en una barra de la calle Loíza. Para Clara tuvo su precio la libertad asumida respecto a la posición de la mujer en un medio urbano que empezaba a manifestar la impersonalidad característica de las sociedades industrializadas, aunque con un matiz propio del subdesarrollo colonial. Su poesía es pareja de cierto lamento palesiano, aunque en ella predomine el ennui en lugar de la piedad, dándole la espalda despectivamente al pobre pueblo moribundo de nada, con el gesto aristocrático de la paria que viaja alrededor de su habitación perdiéndose en el destierro voluntario de la intimidad, mientras denuncia oblicuamente la miseria explosiva de la pobreza:

A veces soy tan lejos, lejos de todo esto.
A nada me acomodo, en nada me recuesto.
Las palmas, los coquíes, son sonido, paisaje...
Yo siempre estoy ausente, yo siempre estoy de viaje.[4]

La relación entre mujer y ciudad, tan cercana a la contradicción entre liberación personal y emancipación sociopolítica, es uno de los temas soterrados de la literatura urbana puertorriqueña. No es raro, entonces, que dos mujeres, desde distintos polos de gestión cultural, se dedicaran a tender lazos entre el ámbito urbano sanjuanero y el exterior. Concha Meléndez, catedrática del Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras, fue tan influyente como Antonio Pedreira, aunque su figura de intelectual se haya estudiado menos, quedando pendiente de plena valoración y continuidad su obra fundadora de estudiosa de escritores representativos de las letras hispanoamericanas en ensayos críticos que por su peso abrieron conexiones entre la San Juan y Río Piedras y la ciudad letrada latinoamericana. Contraparte de Meléndez al margen de la academia fue Nilita Vientós Gastón, cuyos artículos publicados en la columna periodística “Índice Cultural” prescribían juicios tan disidentes como “correctos” desde el punto de vista de una inteligencia rectora convencida, tanto por temperamento como por afinidad con los valores del modernismo internacional, de que un pueblo se forma por “el valor orientador de sus minorías”. Desde el ambiente casero de la tertulia santurcina, que convocaba una red de colaboradores dispersa por el mundo de la sensibilidad,  extiende sobre la cultura letrada una mirada influyente en el gusto y la orientación, construyendo una extraordinaria nómina de autores para sus revistas, como lo hiciera en el XIX Manuel Fernández Juncos, sin dejar de tomarle el pulso a las instituciones culturales, al tiempo que aboga, denuncia y patalea en defensa de una ciudad respetuosa de la locura iluminadora de sus artistas e intelectuales.



[1]. La ciudad-capital empezaba ya a ser la gran ciudad... que siempre han visualizado los artistas y pensadores de todos los pueblos como la gran sede de la espiritualidad nacional, donde están los monumentos históricos, los organismos del Estado, la Secretaría de Bellas Artes, la Catedral, la Universidad, el Ateneo, los mejores teatros, los más pródigos mecenatos. A pesar de su ceño español de plaza artillada, de sus castillos medievales, de sus decanatos mercantiles todavía en manos de los españoles, de su poderosa sociedad española, aún usufructuaria de las prerrogativas de la corona y de los últimos residuos americanos de la economía mercantilista, San Juan Bautista de Puerto Rico era la puerta abierta a todos los espíritus selectos y laboriosos que se habían rebelado contra la tutela de los patriarcas o contra la aritmética de los nuevos ricos. Jíbaros letrados nacidos en Barranquitas, en Bayamón, en Arecibo, en Aguadilla, en Mayagüez, en San Germán, en Ponce, en Guayama, en Humacao, en Fajardo, en Vieques, habían penetrado por la brecha para apoderarse del dominio de la antigua capitanía general. San Juan Bautista empezó a constituirse en lo que, sin duda, es hoy el punto de reunión de la nacionalidad puertorriqueña. Además, era el gran puerto abierto a la cultura española, a la exportación española, norteamericana y europea, al tránsito poético hispanoamericano. (Emilio S. Belaval, 1972: 9-10)
[2]. Nemesio Canales. “El encantamiento de San Juan”. (1974):110-111.
[3]. Burgos, Julia de. “Desde el puente de Martín Peña”. (1961):88.
[4]. Lair, Clara. “Angustia”. (1956): 21.

lunes, 6 de octubre de 2014

San Juan en la literatura (5): entre siglos


 
 
En la última década del siglo 19, se regionaliza la vida política y cultural del país en su dimensión antillana. Desde Cuba, donde vivió exiliada, escribe Lola Rodríguez de Tió, a quien Rubén Daríollamó “hija de las islas”, sus versos más celebres, si exceptuamos la letra del himno nacional. [1]  Por otra parte, tras la invasión de las tropas estadounidenses en 1898, se consolidan los lazos de intercambio comercial y cultural con el Norte y la inevitable resistencia del pueblo invadido, centrada tanto en la ininterrumpida fábrica de la cultura popular como en la gestualidad de los sectores letrados, promotores de un iberoamericanismo cultural evidente en los discursos grlorificadores de una “raza” latina abocada a la extinción o a prevalecer ante la pujanza avasalladora del nuevo imperio anglosajón.
El ojo del viajero se manifestó, en la crítica coyuntura de entre siglos, en abundantes testimonios sobre la ciudad. Uno de los más pintorescos, ubicable como el de López de Haro, en los registros de la maledicencia literaria, es el del periodista José Olivares, redactor de un monumental panorama en dos volúmenes Our Islands and Their People:
San Juan has never been accredited with any such degree of commercial importance as is enjoyed by other local municipalities of half her proportions. Aside from the slight political haze which will periodically hover about her gubernatorial edifices, the first disturbing element that was ever known to mingle with her drowsy atmosphere was when two of Sampson’s thirteen inch shells simultaneously entered the city, one of which knocked a corner of Morro castle, while the other rent an unsightly chasm in the stuccoed facade of her regimental barracks. It took all this to arouse the city from her prolonged siesta, and then she merely turned over and went to sleep again.[2]
 
La tendencia del discurso de Olivares se manifiesta en una fábula alimentada por la propaganda de guerra, que el autor intercaló en sus impresiones, afirmando que se la había narrado un residente de la capital. Es el breve relato de la desgraciada hija de un noble español, a quien su padre castiga encerrándola en un calabozo cuando la “princesa” se enamora del hijo del pirata Barba Negra. No menos tachonado de imágenes mil y una nochescas, si bien más inteligente y atento en su registro minucioso de la vida cotidiana y de las costumbres de las mujeres de la burguesía, es el testimonio de Margherita Arlena Hamm.[3] 

Tras los vistazos de los cronistas del Norte, a fines de la primera década del siglo 20, pasó una temporada en Puerto Rico un fabulador del Sur, José Santos Chocano, poeta peruano que rivalizó por su dramática proyección de bardo continental con la figura de Darío, al menos en la estima de sus contemporáneos. Su visita corresponde a su amistad con Llorens Torres y a las relaciones americanas de este último como editor de la Revista de las Antillas. Llorens le publicó al prolífico vate un libro dedicado a San Juan, donde curiosamente reaparece la imagen de la bella cautiva idealizada por el gringo Olivares:
Noble ciudad, que yaces encantada
firme con el vigor de una promesa
un castillo ante el mar cuida tu entrada
como un dragón guardián de una princesa.[4]
 
La ciudad en compás de espera: para unos, pendiente del aldabonazo libertador de los “caballeros de la raza”; para otros, de la entrada en una modernidad tecnológica, establecida al amparo de derechos e instituciones calcados del Norte; la ciudad de entre siglos, en fin, es el escenario de varias novelas admirables por la precisión con que sitúan la realidad de la ciudad y sus suburbios. Un Santurce parecido al que Tapia había descrito en La leyenda de los veinte años es el escenario de Luz y sombra, publicada por la líder feminista y polígrafa Ana Roqué. Aunque las novelas de Carmen Eulate Sanjurjo se sitúan en ciudades españolas, comparten con las del modernismo latinoamericano una ambientación citadina, amén de minuciosas descripciones de la vida social y doméstica como escenario de tragedias modernas, donde la fatalidad del carácter ocupa el lugar del destino. Afín, aunque más ambiciosa en su inclusión del gran teatro de las clases sociales, es Vida nueva, de J. Elías Levis, una historia invadida por los tópicos del determinismo en voga y ambientada en los suburbios santurcinos, con escenas vivaces de las barriadas y chalets de Santurce, el hipódromo y las tiendas del “casco” de San Juan:

En la esquina de la calle, un caserón pintado de amarillo levantaba su espalda de cuartel sobre el laberinto de casas humildes. Un vocerío inarmónico, golpes, gritos, lloros, carcajadas, torbellino de cosas humanas, lanzaba por sus puertas la mole de madera. Era un hacinamiento de carne, apretado, oprimido allí, en aquellos cuartuchos a lo largo de los balcones. La ropa chorreando agua se balanceaba sobre los cordeles y el sol hundía su luz hasta las camas. Alguna vez un acento de cólera dominaba el eterno murmullo; era la disputa, el grito, la frase como un rayo trotando hiriente, salvaje. De aquella atmósfera donde latía el vaho de la carne y el mal olor de los trapos brotaba de pronto un murmullo solemne, interrumpiendo el sonar de las guitarras, las locas carcajadas y el lloro de los chiquillos desnudos que corrían a lo largo de los balcones con el rostro manchado, lleno de pringue. Era el rezo, el último tributo al que se va, sorprendido por el cansancio de la vida.[5]
...
Toda la brillante exhibición tras los cristales le produjo un malestar extraño. Los bellos abanicos, los chales, los perfumes, la enloquecedora riqueza, los brillantes, los trajes, las ricas telas, los enormes sombreros cuajados de flores y lazos; la fiebre a los elegantes abrigos en la última moda, toda la incitante exhibición del Paris Bazar, Las Novedades, González Padín y la Casa Géigel. A lo largo de la calle de San Francisco la gente se agrupaba en las aceras. Una lluvia menuda de invierno reflejaba sobre el empedrado los chorros de luz que brotaban de las tiendas, y los tranvías eléctricos pasaban con los cristales salpicados por la lluvia, mientras la lámpara de la cabezota iluminaba el agua fangosa que se hundía con estrépito en las cloacas. [6]
 
Otro novelista contemporáneo de Roqué y Levis, Ramón Juliá Marín, escribió una ambiciosa novela mural que recoge los primeros efectos de la migración de puertorriqueños hacia Hawaii y la vida social en un pueblo de la isla, además de abordar el choque entre las antiguas tradiciones de la hacienda patriarcal y la economía de la máquina, traduciendo, de paso, a la literatura puertorriqueña, uno de los tópicos de la literatura europea de la urbe industrial: la ciudad como reducto antinatural dominado por industrias donde habitan monstruosas máquinas deformantes.

Estas novelas conforman una literatura social y socialista, con el oído puesto en las realidades urbanas, que además encuentra un eco en la literatura de la metrópoli; baste mencionar una novela contemporánea de La gleba: The Jungle, de Upton Sinclair, aplastante denuncia de las condiciones de trabajo en los mataderos de Chicago. En este panorama internacionalista de las primeras décadas del siglo, cuando se plantea una relación nueva entre la ciudad, sus pobladores y el entorno, evocadora de una nueva economía del paisaje, cabe recordar al escritor cubano puertorriqueño Pablo de la Torriente Brau, nieto del historiador y sociólogo Salvador Brau, y al “transplantado” Alfredo Collado Martell, cuentista, periodista y poeta, hijo de padre puertorriqueño y madre dominicana.




[1].Cuba y Puerto Rico son
De un pájaro las dos alas
Reciben flores y balas
Sobre el mismo corazón...
¡Qué mucho si en la ilusión
Sueña la musa de Lola
Con ferviente fantasía.
¡De esta tierra y la mía
Hacer una patria sola!
[2].Olivares (1899): (257)
[3]. Hamm, Margherita Arlina. (1899)
[4]. José Santos Chocano. “La ciudad encantada”. En Franco Oppenheimer. (1972): 239.
[5]. J. Elías Levis. (1910): 155
[6]. Ibid.: 172