viernes 5 de febrero de 2010

El discreto encanto de la burguesía


Anoche volvimos a ver El discreto encanto de la burguesía, casi cuarenta años después: pesadillas y banalidades, violencia y small talk. Me trajo el olor de la muerte. Los golpes militares en Chile y Argentina, los miles de desaparecidos, los mejores jóvenes asesinados. Comparo el volver a verla con el desandar por los caminos de la vida propia que en los campos de Puerto Rico emprendían los agonizantes.

Buñuel destiló esta obra maestra de la crítica venenosa en los tiempos de las dictaduras autóctonas inspiradas desde los centros de poder militar y cultural: los declinantes imperios europeos y el colosal imperio estadounidense. En escena y entredicho quedó el discreto cinismo de esos regímenes totalitarios que todavía, en total impunidad, cosechan sus frutos. Aquí, en Puerto Rico, con todo y “democracia” electoral, estamos resintiendo esas tempestades alimentadas por los vientos de la dependencia, el oportunismo y la cobardía; la "buena vida" despatarrada a la sombra del presupuesto del gobierno colonial.

"Nuestra" burguesía no conocerá la ciencia del buen gobierno, ni será espejo de inteligencia, cultura y moral, pero sí sabe de vinos caros y de relojes carísimos y de colecciones de arte y de joyas espectaculares. ¿Pasarán? Está por verse. Siempre es posible luchar por la libertad y envenenarles los sueños a los burgueses discretos.

martes 2 de febrero de 2010

El Nuevo Día: de fotos y palabras impropias


Ana Lydia Vega publicó hoy una lúcida columna en El Nuevo Día sobre el "escándalo" de las fotos de los médicos puertorriqueños publicadas en facebook. Me gustó tanto que me "registré" (con dificultades y a regañadientes) en ENDI para comentarla. Me censuraron dos veces el comentario porque según la máquina censora de ENDI el mismo contiene "palabras impropias". Lo copio con la tenue esperanza de que no lo censure Google:

“La lucidez de este escrito de Ana Lydia Vega ilumina un espacio público enmarañado por la desorientación, el oportunismo y la dispersión social. Nada hay que añadir, aunque la entrada en el tema me sugiere un comentario. La sociedad del espectáculo de la cual facebook se nutre y en la cual se sacrifican los espacios de intimidad es madre y espejo de la inconciencia. En esta ocasión expuso la cruda realidad de una profesión, la médica y una condición: la del paciente. En Haití y en Santurce, con grados de diferencia en cuanto a la precariedad, subsisten médico y paciente entre el afán de lucro, el derecho a la salud, la vocación de servir y la impotencia.”

Un premio a quien encuentre la palabra impropia que provocó la censura de ENDI.

jueves 7 de enero de 2010

Un libro de Graciela Aletta da Sylvas sobre Angélica Gorodischer


La aventura de escribir: la narrativa de Angélica Gorodischer

Buenos Aires: Ediciones Corregidor, 2009

Autora: Graciela Aletta da Sylvas


Este libro es el primero de una sola autora que se dedica a la escritura de Angélica Gorodischer. Tras la publicación de más de una veintena de novelas y colecciones de relatos, está claro que Gorodischer es una de las figura mayores en el panorama de la narrativa hispanoamericana de entre siglos, y una de las mejores prosistas contemporáneas en lengua española, sin distinción de género. Graciela Aletta da Sylvas, profesora de la Universidad Nacional de Rosario, ejerce una crítica rigurosa, fundamentada en corrientes teóricas actuales -feminista, post-estructuralista, psicoanalítica, filosófica- sin ceñirse a fatigados moldes discursivos que no hubieran captado, como lo hace este libro, un acercamiento a la razón de ser de la vibrante escritura de Gorodischer, una escritura que, en opinión de Guillermo Saccomano, es a la vez espacio de goce y transgresión.

La aventura de escribir es un admirable ejercicio de síntesis a propósito de una escritora que la crítica llama “proteica”, pues no sólo es vasto el cuerpo de sus narraciones, sino que además se trata de una mujer de palabra y acción, promotora cultural, figura pública respetada, mujer de afectos familiares y amistades entrañables. Esa actividad prodigiosa y múltiple se transmite a todo lo que toca, y para María Rosa Lojo es uno de los motivos que ameritan la lectura del estudio de Aletta:

Entre los muchos méritos de este libro, cabe destacar por lo menos dos. Uno es haber logrado deslindar y asediar los problemas centrales y los hilos conductores de una obra vasta y variada, que transita la novela “de género” (policial, ciencia ficción) pero que no es encasillable en esos compartimientos… Su libro sienta un valioso precedente como obra de consulta para todas las futuras indagaciones sobre la inventora y exploradora de tantos mundos imaginarios que están dentro de éste. (13)

Aletta da Sylvas organiza el corpus de la escritura de Gorodischer en varios ejes temáticos, divididos, a su vez, en apartados: las circunstancias de una vida y el contexto de producción (antecedentes biográficos y situación de Gorodischer y su obra en el campo literario argentino); la presencia formativa de sus lecturas en los géneros de ciencia ficción, maravilloso y fantástico; las intersecciones entre la construcción de género, delito y escritura (mujer y trasgresión; mujeres que matan; identidades transgresoras; la ciudad escenario del delito); y la escritura como el oficio de leer y escribir. La representación de escenas de violencia desde las primeras publicaciones de Gorodischer apunta no sólo a la impronta de la barbarie en el particular contexto de la autora (los años de la dictadura militar) sino a la presunción de que el oficio de escribir es para una mujer siempre marginal, que se ejerce desde el “exilio” y que, al no enraizar en tierra firme, de algún modo se aboca siempre al ensayo, a la experimentación, a la transgresión y al juego. En una sección sobre los personajes de las mujeres que matan, se señala que, sin importar el móvil o el crimen, “todas abandonan el papel de víctimas… para asumir un protagonismo fuerte y decidido de autoras de delito. De esta manera el delito se convierte en figura fundante de la identidad”. (142) En este trabajo seminal, uno de los más sólidos del libro, la crítica acude a una rica bibliografía en las materias de filosofía del derecho y criminología crítica, para concluir ponderando una afirmación de Gorodischer: “La marca de género… es la exclusión del poder y de la palabra. Por eso no hay lugar cómodo para hablar/escribir de las mujeres”. (178)

El análisis de textos cierra con una exposición en torno a la obra que con Prodigios, debe ser una de las cumbres del arte de Gorodischer, la bellísima novela Tumba de jaguares:

Verdadera apoteosis de la escritura, de la que se exhibe toda una poética Tumba de jaguares constituye una variante más dentro de la extensa y compleja producción de Gorodischer, quien demuestra su placer en el uso del lenguaje y la elección de cada palabra: “… y las palabras sí que le entran por los ojos, y los oídos y los dedos y los dientes…”. (250)

Al filo del poder, donde se descubre la violencia como marca de la historia, la sutileza es una virtud, ese espíritu de fineza que delata tanto a la buena crítica como a la buena literatura de indagación y experimentación formal. Maestra de la ironía, dueña de una capacidad deslumbrante para la invención de mundos alternos y verosímiles, permanentemente inconforme con lo que ha hecho, octogenaria vigorosa y productiva más allá de las prisiones octogonales de la existencia, la autora y su obra cuentan ahora con algo más penetrante que un vademécum unitario, o repertorio de claves para su lectura, en este valioso libro. Eso sí; tan astuta es la narradora, y tal es su compromiso libertario con la ruptura de todo orden predecible, que ya estará fraguando obras soprendentes que provoquen nuevas lecturas, aunque difícilmente podrán superar en alcance y esmero estas de Graciela Aletta da Sylvas.

jueves 24 de diciembre de 2009

Un libro de Marta Ortiz


(A propósito de Diario de la plaza y otros desvíos, Ediciones El Mono Armado, Buenos Aires, 2009)


A Marta Huidobro, viva en el recuerdo

A Dalidia Colón, lectora de poesía


La ciudad natal, la casa y el paisaje sustentan desde siempre el diseño de la poesía. Obras humanas, son extensiones metonímicas de la voz. Si bien el hablante lírico nunca ha sido del todo equivalente al escritor de carne y hueso, es a partir de Baudelaire que se profundiza la distancia entre el yo lírico (máscara desrealizada, sujeto retórico) y el “yo individual del escritor, cargado con su historia personal, con su estado social, y con su psicología… ”. (Combe, 149)[1]

Diario de la plaza y otros desvíos, de Marta Ortiz, es ejemplo de cómo ese sujeto lírico rebasa el testimonio autobiográfico. Conocer la entrañable relación de la escritora con los lugares de su ciudad (Rosario, Argentina) los datos de su biografía y el perfil de sus afectos familiares es privilegio de sus amigos y conocidos. La escritura de este diario poético, no obstante, renueva tropos de sólida tradición en la narrativa y la escritura y es a partir de ellos que se configuran las imágenes estelares de la constelación que es el libro.

Se trata de una autora que saca brillo a las palabras con voluntad de orfebre. Su oficio impecable no busca sumirse en la oscuridad o la representación del caos sino iluminar las cosas familiares y la melancolía que provoca su desgaste, como si el trazo pretendiera fijar el rastro de esas pérdidas.

El Diario consta de cinco secciones: “Goteo”, “Diario de la plaza”, “Mapa, “Contexto” y “Periplo”. La primera da cuenta de la chispa que incita a escribir: los objetos atesorados en la memoria, los sentidos deseantes. La segunda encierra en el libro el universo, como otra versión del aleph; magia reductora que construye un modelo en miniatura de la plaza, con sus árboles transformados en otra superficie de escritura. “Mapa” es el rastro del cuerpo en sus deseos y patologías y también una relación de las vocaciones: la escritura, el canto, el arte, la simpatía cultivada. “Contexto” y “Periplo” se refieren a un entorno dominado por la influencia mediática global con su equívoca ilusión de proximidad, cuando su mecanismo radica en reproducir lo efímero mediante un abandono del yo , semejante al de la zona estéril de los aeropuertos, donde los pasajeros esperan, tras someterse al examen de sus pertenencias, el traslado a otras coordenadas.

El título del poemario des-cubre uno de sus principios dinámicos. El prefijo des se repite a lo largo del libro. La poesía es cortina de sonidos, de aliteraciones, de ritmos: desvío, desmenuzo, des-aireado, des-enterraban, deslíe, des-pintada. Uno de los significados de des, justamente el sentido que cobra en la palabra desvío, comunica la vivencia de apartarse. Esa distancia que se acentúa al revisar lo escrito separa el dolor inefable que se siente de su fantasmal destilado poético.

El prefijo homófono, de apunta a otro concepto: la posesión. Además, relaciona las palabras destello y destilar. En su des-usado origen, destello significaba gota (stilla) que chorrea y brilla. Destilar – purificar - refinar – gotear – destellar. “Goteo" de la tinta que destila, destella y deslumbra.

El oficio de Ortiz, la limpieza del trazo en poemas breves, intensos y precisos, es tan libre y disciplinado como la pericia de quien atrapa una mariposa con un solo movimiento de la red. Arte de la escritura miniada, afín a la magia simpática que al reducir domestica y posee. Los tropos dominantes aluden a las pérdidas y a la gracia de amar en medio de las ruinas: el musgo, las grietas, el óxido, la humedad, el olvido, la familia, la memoria, el gesto que se repite, el revoque descascarado, el vagabundo, las madres de Plaza de Mayo, los libros de la infancia, la casa perdida, la cajita de hojalata donde se guardan objetos banales que nadie más valorará en su secreta memoria, de esos que a la hora de nuestra muerte recobrarán su destino de vagabundos desamados. Esa caja de recuerdos me evoca el arte de Joseph Cornell, maestro del assemblage apreciado por los surrealistas, fabricante de cajas de objetos que en el encuentro fortuito revelan su magia des-atada. Cornell, citando a Nerval, llamaba metafísica de lo efímero al aura de las cajitas deslumbrantes.

Para despedir un año que contó entre sus raras bondades la publicación de Diario de la plaza y otros desvíos, me doy el lujo compartir el primer poema de este libro de lujo. La poesía buena ayuda a respirar.


Persistencia

resiste

esta memoria de palabras

como líneas

de celestes nomeolvides

crepita

en el mimbre del sillón desvencijado

al lento fuego

de mis vanos devaneos

(sombras grises deshilan

cielos rasos

de telas de araña)


persiste

esta lengua y esta letra verosímil

en la trama

de las telas

sepultaban la piel suave de mi madre


y en la curva de voces como ríos

voces de viento

en sobremesas

noche a noche censuradas


perdura

canto primario

tacto a mapa antiguo

-tiempo y gubia-

en la corteza del ciruelo

y habría que ver

resiste creo

en el vaho aquel amarillento

olor naranja terroso

color grieta papel viejo

del viejo libro de cuentos

de Perrault


[1] Dominique Combe. “La referencia desdoblada: el sujeto lírico entre la ficción y la autobiografía”. En Teorías sobre la lírica. Fernando Cabo Aseguinolaza, editor. Arco Libros: Madrid, 1999.

domingo 13 de diciembre de 2009

Devolver la mirada


(A propósito del libro Puerto Rico en fotos: la colección menonita, 1940-1950, de Libia M. González López)

Cuando se presentó este libro en la Fundación Luis Muñoz Marín hace un mes yo no me encontraba en Puerto Rico. La Dra. Malena Rodríguez Castro leyó una versión de estas palabras. Ahora que me encuentro en PR, no pretendo repetir todo lo que Malena leyó a la perfección. Más afortunado sería entrar al libro por otra puerta. Esto que acabo de decir, el planteamiento de encontrarse o no encontrarse a sí mismo en un lugar -expresión de lógica extraña- bien podría ser esa puerta.

El Mennonite General Hospital de La Plata servía a los campamentos y a los vecinos de los pueblos adyacentes. En aquel hospital, una barraca de madera que aparece en varias fotografías del libro, me practicaron una tonsilectomía.

Quién sabe si la fascinación con la parcela de higienismo donde perdí las amígdalas, en el verde agreste del Río La Plata, me anticipó, como en un juego de espejos acuáticos, el encanto seductor de Castañer, la colonia laquista donde otra comunidad religiosa fundó otro hospital en torno a otro resettlement project. Para bien y para mal, la isla ensimismada y desposeída se “prestaba” para llevar a término operaciones radicales y soñar utopías delirantes. Utopías y espacios distópicos donde podemos o no encontrarnos: bases militares, laboratorios, hospitales, comunidades marginales, parques industriales en ruinas, accesos descontrolados, resistencias inesperadas.

Ante el ojo que nos examina con curiosidad clínica -ya sea en la mesa de operaciones o en la mirilla de un rifle o una cámara- se nos va formando la mirada. Buena parte de lo que mueve a escribir y a investigar es el deseo de mirar a quien nos mira. Esa devolución de la mirada puede obedecer a un intento de confundirnos con el otro que cree conocernos y de aspirar, asimismo, a conocer al otro que nos mira.

Puerto Rico en fotos añade una dimensión inédita al acervo de las fotografías de Edwin Rosskam y Jack Delano, los fotógrafos oficiales que documentaron el proyecto de La Plata. Las fotos, a todo color, fueron tomadas por misioneros menonitas miembros del elenco de observadores participantes que allí vivieron y formaron familias. Quizás por esa razón el alcance de este libro no es puramente local. No conozco otras publicaciones donde se mire el territorio colonial desde afuera y a la vez desde adentro, en la cotidianidad de las familias de allá y de acá, en las rutinas y los oficios. En las relaciones imperiales de Estados Unidos ha dominado el principio de la mutua invisibilidad, una especie de don´t ask don´t tell a escala territorial. Libros como este no sólo enriquecen la historiografía de Puerto Rico sino que iluminan la historia profunda de Estados Unidos. Este libro, que representa la devolución de una mirada y que, por decisión de los editores se publica en dos idiomas, debe recorrer más de un camino de lectores, debe circular en los lugares de todos sus protagonistas y autores.

Los editores se propusieron “divulgar la labor fotográfica y misionera de los menonitas en Puerto Rico a partir de los años cuarenta”. Objetivo esencial, pues la fotografía, como afirmó Barthes, es un mensaje cuyo sentido queda determinado por el texto que lo encuadra. Además, como fusión positivista de arte y ciencia, reafirma la ilusión de un espacio liso, homogéneo, externo.

Las fotos tomadas por los menonitas, esas diapositivas que pasaron de los baúles familiares al libro por vía de la Internet, encuentran aquí unas coordenadas de lectura que invitan a valorarlas en más de un sentido. A primera vista, lo que las distingue de las fotografías “oficiales” de Rosskam y Delano es la figura del observador participante. En efecto, los fotógrafos forman parte del elenco de personajes que ocupan la escena. Algo retienen estos documentos del sesgo etnográfico que registra el estado “primitivo” de las familias pobres con sus cuadros de hijos, en una mirada de salvamento a especies en vías de extinción, pero el registro no se detiene nostálgicamente ahí. Propone, a la par, el imaginario de nuevas formas comunitarias.

Puerto Rico en fotos provocará más de un comentario, más de una lectura, más de una interpretación. Se hablará de los encuadres y planos, de las fotos posadas en contraste con las fotos instantáneas, de las tipologías que el fotógrafo casero reproduce, acaso con mayor candor y menos fortuna que el fotógrafo avezado, pero siempre con la pretensión de objetividad propia de la fotografía documental. Se hablará de los sujetos y las comunidades que la mirada construye desde su subjetividad invisible, y de cómo el fotógrafo se retrata a sí mismo en el proceso de fijar los objetos que le atraen. Fascinarán los modelos anónimos, las imágenes ejemplares de bodas colectivas, deportes y “vida sana”. Chocará la frialdad de la mirada clínica. Provocará asombro la batalla entre la enfermedad fecunda y la esterilidad saludable. Se analizarán las manifestaciones del trabajo y los encantos de la naturaleza, que luciría tan seductora como pródiga en fuentes de enfermedades. Se hablará de las familias de aquí y de las familias de allá; del antes y el después. Del nuevo papel social de las mujeres; de filantropía, turismo y arrabales.

Se comentará un descubrimiento de la editora: el importante libro de Justus Holsinger, uno de los misioneros. En su testimonio, Serving Rural Puerto Rico, Holsinger habla de “los niños haraposos y descalzos, pero orgullosos y felices”, y de un momento de gracia en Castañer, cuando sintió que era posible “en hogares pobres y enfermos, en medio de la ignorancia, encontrar una gran alegría”.

Este libro tiene el aire feliz de lo que estuvo a punto de no ser, de lo que estuvo a punto de perderse para este presente nuestro, tan desconcertante. Fragilidad azarosa la del esfuerzo personal para rescatar lo que había quedado al margen de la historiografía.

La historia de cómo se hizo este libro daría para otro libro. Primero, el descubrimiento del archivo por los investigadores de la Fundación Luis Muñoz Marín. Luego, los viajes a Indiana y Ohio. La doctora Libia González recogió testimonios e impresiones en Goshen, un poblado de 30,000 habitantes en el norte de Indiana, localizado “en una hermosa planicie verde”. Este poblado, quizás el doble “Main Street” de La Plata, contiene, a su vez, imágenes de otros espacios y personajes replicantes. El archivo de los menonitas conserva fotos y documentos de las misiones de la secta en Asia, África y América. Desde sus inicios históricos, la tradición pietista alemana, de la cual descienden los menonitas, construyó misiones en las fronteras coloniales. En Estados Unidos las comunidades de Moravianos, Hermanos y Menonitas intentaron cristianizar a los indígenas, proponer la asimilación como una vía que los integrara a la república federada y evitara el despojo de sus tierras. Vano empeño el de los pietistas. La expulsión de las naciones indígenas, la solución final, se ejecutó implacablemente en el éxodo desde Tennessee y Alabama hacia el oeste. El imperio se extendió haciendo invisibles no sólo a sus antagonistas evidentes, sino clausurando y expulsando de su conciencia los espacios híbridos donde se iba construyendo. Para cerrar los huecos del caos se fue forjando una comunidad imaginaria, homogénea y excepcional, que no corresponde con la experiencia histórica de violencia, migraciones, negociaciones, fusiones e intercambios y que ayer no más proclamaba, en el enrevesado discurso de su comandante en jefe, la vigencia de la doctrina del destino manifiesto: es decir, el derecho, por mandato a todas luces divino o acaso darwiniano, a ser el modelo universal de cómo hacer la guerra e imponer la felicidad a la fuerza.

Lo contrario de todo lo anterior no es menos cierto. Parte de nuestra historia caribeña en sus infinitas extensiones y enlaces pasa por la planicie verde de Goshen, por la ruta visionaria de los primeros hermanos pietistas. El insularismo mental que nos sigue afligiendo sucumbe ante la materialidad de las conexiones. PR en fotos nos acerca a esas redes comunicantes, a los caminos largos hechos de mínimas historias locales que constelan un universo en el libro, esa caja memoriosa donde a veces nos encontramos. Nos invita a salir de sus márgenes en busca del otro que se encontró a sí mismo mirándonos. Nos invita a devolver la mirada.

Texto: Marta Aponte Alsina

Foto: Edwin Rosskam

domingo 27 de septiembre de 2009

Contra la belleza, desde la belleza



Mirar al agua (cuentos plásticos)

Javier Sáez de Ibarra

Páginas de Espuma, Madrid, 2009


“La crítica de la cultura se enfrenta a la última etapa de la dialéctica entre cultura y barbarie: escribir un poema después de Auschwitz es un acto bárbaro, y que además corroe el conocimiento que expresa, por qué es imposible escribir poesía hoy.”


Después/mientras

No es posible escribir poesía después de Auschwitz; la cita se ha repetido tanto que se olvida que la imposibilidad va más allá de los horrores que un campo de exterminio representó para las bases de la cultura cómplice. Seguir escribiendo abona a una cultura poseída por la barbarie; al escribir se la cuestiona, pero el acto es equívoco: la escritura se contamina de hipocresía. Y sin embargo, también es válida la frase de Adorno en un sentido literal e inverso: no es posible escribir después porque ese después no ha ocurrido; ni ocurrirá mientras Nagasaki, mientras Vietnam, mientras Argentina, mientras Chile, mientras Palestina, mientras Guantánamo, mientras Honduras.

La relación entre escritura, arte, violencia y belleza, que ocupó un espacio vital en la cultura de la modernidad, es el enigma medular de este libro de relatos. No sorprende que la antigua concordancia entre verdad, ética y estética siga siendo un tema de reflexión para un autor radical, de vocación vanguardista, como Sáez de Ibarra. Desde sus dos libros anteriores va y viene por esa puerta abierta entre la literatura y algo que ya no lo es.


El arte/la exposición/el pensamiento estético

En Mirar al agua Sáez de Ibarra vuelve a dejar los predios de la literatura para cuestionarse esos límites. En el mundo-artefacto, es decir, en un mundo regido por sistemas muy organizados y autorreplicables, cuya realidad está “codificada hasta las raíces”, es posible que el choque de las artes visuales con la literatura produzca “una nueva poética del siglo que empieza”. Esta última cita, del artista y ensayista cubano Iván de la Nuez, es la primera del libro.

Desde otra vertiente, y a propósito nuevamente de Adorno, Terry Eagleton hablaba del don perturbador del objeto artístico: “Para Adorno todo arte contiene un momento utópico, hasta en la obra de arte más sublimada, hay un oculto «debería ser de otro modo»…. Con su sola presencia, los artefactos dan testimonio de la posibilidad de lo no existente. Así suspenden una existencia empírica degradada y manifiestan un deseo inconsciente de transformar el mundo” (The Ideology of the Asthetic). El mismo Adorno, evocando a Benjamin: “En la pintura y la escultura el mudo lenguaje de las cosas aparece traducido a otro superior, pero similar” (Minima moralia).

Mirar el agua es, de manera evidente, dos libros: un libro de citas relacionadas con el arte contemporáneo y una colección de relatos. Los relatos, armados con los más eclécticos recursos narrativos, exhiben registros diversos, pero salvo algunas excepciones no se alejan, en su estructura y líneas de tensión, de la trama clásica. Las citas enuncian juicios y opiniones de críticos y artistas contemporáneos y hacen contrapunto con los textos para de algún modo formar una impresión diferente de sus partes: un libro polifónico, o si se quiere, multidimensional, basado en el encuentro del pensamiento con la experiencia estética.

La articulación de palabra e imagen es la unidad invisible de este libro, que contiene, como observa el crítico James Wood respecto a las novelas eficaces, sus claves de lectura: el texto nos enseña cómo adaptarnos a sus convenciones, a su propio nivel de realidad.

Desde el relato inicial de esta constelación de epígrafes y cuentos, la dimensión estética no se desprende de los registros narrativos: la crónica del dolor, la galería de tipos del realismo sucio, la pequeña historia familiar, la sátira.

En el cuento “Un hombre pone un cuadro”, un hombre pinta una pared para colgar el retrato de su único hijo, que ha muerto accidentalmente, de manera absurda. La relación entre el dolor y la experiencia estética es, asimismo, el eje del relato dedicado al arte del performance: “Una ventana en vía Speranzella”. Cada año, en la misma fecha, Petra Menardi, feminización del Pierre Menard borgiano, se asoma a una ventana de su casa y repite el mismo gesto: “mostrar al aire, al mundo” su pecho izquierdo desnudo. Los comentarios sesudos del crítico que intenta codificar el ritual añaden una capa a las ironías de este libro que es más de un libro. El mismo procedimiento (mostrar los efectos cómicos de una lectura excesiva, satirizar la jerga del lector "académico") está presente en las notas al calce de “La superstición de Narciso o aprender del que enseña”.

Otra figuración del lector, más generosa, se nos presenta en la narradora de "Jerónimo G". Jerónimo es un joven encarcelado por razones políticas. La narradora es una conductora de talleres literarios. Al inicio chocan las fórmulas de las instrucciones a los talleristas con el entendimiento que del arte y la vida expresa el muchacho. En la conclusión del relato, la narradora ha aprendido a leer de otra manera: “No es necesario siquiera entender todo de alguien para apreciarlo… Poseían algo de belleza esas imágenes, la verdad. Una belleza abstracta cuyo significado sólo él conocía”.

En el divertido “Las meninas” la voz humana ocupa totalmente el lugar de la imagen. El relato se compone de diálogos, sin acotaciones ni descripciones. Gracias al pretexto del cuadro de Velázquez, y al lenguaje codificado de los sainetes televisados y de los culebrones que aquí se parodian, es posible reconstruir las imágenes visuales a partir de las voces desnudas. Se trata, pues, de una paradoja: afirmar las posibilidades pictóricas de la voz (el “espacio aural”) en un libro que proclama la presencia apabullante de la imagen visual.

Las citas

La mayoría de los relatos llevan epígrafes de artistas y críticos, entre ellos:

Yo pinto por capas. Una capa sobre otra, que van contando una historia invisible del proceso. No se ve, pero es evidente en la corporalidad de la superficie. – Sean Scully

La tristeza es, de hecho, nuestra verdad. Porque está hecha por nosotros. Yo trato de compensar, de curar esa tristeza que deriva de una falta de amor en el mundo. Creo que incluso se podría hacer una lectura política de mi obra. Porque lo que quiero es cambiar el mundo.- Sean Scully

Los artistas trabajamos con imágenes y es pertinente preguntarse qué quiere decir producir imágenes en el mundo contemporáneo… Tomar un punto de vista crítico frente a la sobreproducción…- Ignasi Aballí

Estamos en la época de la cultura del espectáculo. Lo que está cambiando es que ahora todo el mundo quiere ser protagonista, todos quieren mostrar lo que saben hacer, y de paso tener éxito… Todos quieren expresarse, todos son artistas. Con lo que hay un nuevo problema: ¿quién es el espectador?- Boris Groys

Hablar de belleza es incongruente, casi un escándalo. Pero precisamente por eso vemos que, en oposición al mal, la belleza se sitúa en el otro extremo de una realidad a la que debemos hacer frente. - Francois Cheng

Interesado por el objeto, no ha dado tregua a su inquisitiva representación; un escrupuloso ejercicio de análisis de cuanto le rodea que, compendiado en el objeto, alcanza dimensiones sorprendentes en sus cuadros y papeles. – José Luis Clemente sobre la obra de Manuel Sáez

Una poética de lo que no es literatura

“En la poesía del objeto”, las cosas son testigos de los destrozos. Irónicamente este relato "impersonal", obedece al corte clásico del efecto único. Es el típico relato de suspenso contado con maestría. El universo de cosas y vidas paralelas que hay en una casa, el intento de suicidio, el arrepentimiento, el final incierto, enriquecen una trama gastada.

Y es por ello que escribir “mientras”, más que una imposibilidad, es una realidad impostergable, que trasciende el reducido espacio del arte como ejercicio de minorías que por su propia inutilidad y aislamiento, se opone pasivamente al totalitarismo de los sistemas y formas de vida del capitalismo global.

Después de todo, afirma Terry Eagleton, Adorno no tomó en cuenta las generaciones después de Auschwitz, los humanos que tienen derecho a ocupar su turno. Y el historiador Di Capria: “El objetivo no sería recuperar el idealismo, sino enfrentarse a problemas reales, como la violencia contra personas inocentes. Aunque nunca debemos desear el paraíso, posiblemente podríamos y deberíamos crear un arte que ofrezca alguna visión sobre el progreso contra el discrimen, la misoginia, el antisemitismo, el racismo y la homofobia”.

Mirar al agua me sugiere una interpretación muy mía, que no pretendo equiparar con las intenciones del autor: la estética de la violencia no ha exterminado a la estética de la vida. En el relato “Escribir mientras Palestina”, donde se cuentan atrocidades, también se deja un espacio para los niños que pintan imágenes en un muro que se resquebraja. En el cuento “La belleza”, el más abiertamente didáctico, la belleza emana del reconocimiento de la calidad y la singularidad del otro, en el contexto de una familia infeliz.

En la indagación constante sobre la validez misma de la escritura, en el extrañamiento de las palabras leídas y escuchadas desde la infancia, que constituyen la individualidad del autor, en ese “pensamiento narrado” sobre el rumbo de la escritura, se instala Mirar al agua. Porque la exploración de los límites –o más bien de los límites diluidos– es un reclamo: liberar las posibilidades de lo nuevo de las cadenas de la repetición, escapar del efecto embriagador del schock como mercancía; no mirando desde el agua hacia el cielo, como alguna vez sugirió Adorno, sino hacia el suelo y hacia el agua. Descubrir en lo que siempre ha estado ahí, la imagen que nunca termina de concretarse.

lunes 21 de septiembre de 2009

A propósito de gramática y censura: un cuento de Isabel Molina Vidal


(Isabel Molina Vidal nos envía un cuento que añade una pizca de humor al debate de los libros censurados.)


El imperativo me pone

Extracto del discurso de inauguración de las I Jornadas de Gramática Pornográfica. Barcelona 8 de julio de 2008. Por Otelo Coma. Costa Rica.

Quien iba a imaginar que las polémicas declaraciones de nuestra estimada autoridad en gramática pornográfica Marisa Lida habrían de hacerse realidad.

“Tienes que introducirte mucho en la lengua para darte cuenta de que no todo está chupado.” Marisa Lida

Sergei (26) odiaba los verbos irregulares, sobre todo los de cambio vocálico porque, como él solía decir, no te los ves venir. Al estudiar el presente, Sergei no opuso mucha resistencia por ser esta la primera vez que se enfrentaba a este tipo de verbos. El tema de los verbos reflexivos irregulares tipo acostarse o vestirse, ya empezó a irritarle considerablemente y, cuando llegamos a los verbos pronominales irregulares, concretamente, a los verbos doler y molestar, Sergei ya no lo pudo soportar más. Su animadversión hacia el cambio vocálico era un hecho indiscutible.

Tras una semana de vacaciones, el grupo volvió a reunirse con energías renovadas, esta vez para acometer el estudio del multifuncional imperativo. Yo, que llevo una observación rigurosa de los estudiantes, temía que el imperativo irregular fuera la gota que colmara el vaso de la paciencia de Sergei y que estallara con furia descontrolada. Así es que enfoqué el tema paso a paso, empezando por los imperativos regulares y continuando por los imperativos regulares de los verbos reflexivos. Durante las dos primeras sesiones en las que practicamos el imperativo con tareas que exigían un uso de la forma en su función más cordial, a saber, ofrecimientos, sugerencias e instrucciones, Sergei se mostraba relajado y totalmente ajeno a lo que se le venía encima. Aún así, su forma de formular ofrecimientos en los ejemplos “come, come un plátano para evitar las agujetas” o “entra, entra por la puerta de atrás y nadie te verá”, llevaban una entonación un tanto lasciva.

En aquel momento no sospeché nada. Pero llegó la tercera sesión. Durante la explicación del imperativo con cambio vocálico en verbos reflexivos y no reflexivos, observé atentamente las reacciones de Sergei. Para mi sorpresa, no sólo no se mostraba nervioso ni iracundo como en otras ocasiones, sino que incluso parecía concentradísimo y apasionado por el tema, puesto que se mordía el labio inferior en un gesto que yo interpreté de máximo interés.

Tras la explicación hicimos un par de ejercicios controlados de rellenar huecos con las formas apropiadas de imperativo. Sergei mostró un notable interés por las formas acuéstate y muerde. A esta última forma le añadió un pronombre de objeto directo en primera persona “me”, que no estaba incluido en el ejercicio, pero que yo entendí como un paso importante en su proceso de adquisición.

En la quinta sesión y después de haber estudiado todas las formas posibles del imperativo y sus combinaciones con complementos de objeto directo e indirecto, propuse la realización de una tarea final. Los estudiantes deberían organizar en pequeños grupos una fiesta, redactar un decálogo con las instrucciones para los invitados sobre qué llevar a la fiesta y ciertas normas de conducta sobre lo que se podía hacer o no en dicha fiesta. La tarea incluía asimismo el diseño de una invitación que, a modo de anuncio y empleando el formato publicitario, intentara persuadir a la gente para que asistiera al evento.

Explicada la tarea, los estudiantes se pusieron manos a la obra. No habían pasado ni dos minutos y ya había un grupo enzarzado en acaloradas discusiones. Se trataba, por supuesto, del grupo de Sergei. Por lo visto Sergei había propuesto la organización de una orgía sadomasoquista y en su diálogo eran numerosos los “muerde”, “pega”, “arrodíllate”, así como los “come” con sus respectivos complementos de objeto indirecto “se” y directo “la”.

Sin duda el manejo de Sergei de todas las formas y combinaciones del imperativo era fascinante, pero los ejemplos seleccionados habían desatado el escándalo entre sus compañeros. Intenté poner orden, pero los “cállate”, “piérdete” y “vete a la...” volaban en todas direcciones. No sabía si sentirme orgullosa por el uso adecuado que del imperativo estaban haciendo los estudiantes o si salir corriendo. A todo esto, Sergei se mantenía como en éxtasis, con la mirada perdida, las mejillas sonrosadas y una sonrisa de satisfacción, a la que sólo le faltaba como complemento un humeante cigarrillo en la mano.

Llamé a la ambulancia. Se llevaron a Sergei retorciéndose como una lombriz y jadeando. El informe del hospital decía que Sergei estuvo dos días enteros articulando imperativos a diestro y siniestro, entre otros, el informe incluye los más recurrentes: “pégame”, “entra, entre maldita”, “domíname” y “muérdeme el hipotálamo”.

Llamé a Marisa Lida, afamada sexóloga lingüística, para ver si ella podía arrojar alguna luz sobre el caso. Su diagnóstico fue rotundo: “sin duda Sergei ha establecido una relación sadomasoquista con el imperativo”. Le di las gracias a la doctora Marisa Lida por su ayuda. Sin duda el imperativo había dominado a Sergei, pero Sergei por fin había dominado los verbos irregulares de cambio vocálico.


(Isabel Molina Vidal -1977, Alicante, España- hizo la carrera en Traducción e Interpretación por la Universidad de Alicante. De 2001 a 2003 fue becaria en la Universidad Humboldt de Berlín, donde asistió a cursos sobre traducción, literatura y censura. Ha trabajado como traductora de los idiomas inglés y alemán al español. Actualmente imparte clases de español para extranjeros en Alicante.)