jueves, 16 de agosto de 2018

Tu flor te delata: segunda parte





La niña Juana vivía con una de sus hermanas y dos sobrinitas llamadas Carmen Lidia y Anita. Eran niñas, las tres eran niñas, Juana tenía diez años y las nenas cinco y seis.

La mañana del día en que se las arrebataron llovía. No había ido a la escuela por cuidarlas mientras la madre de las nenas trabajaba en el despalillado de tabaco. Estaban sentadas en los escalones de entrada a la casita, tres palos clavados entre dos tablas de madera sin cepillar. El padre de las nenas, Trinidad Vega, se las arrebató. Si en vez de robárselas las hubiera reconocido y amparado, Carmen Lidia Vega Díaz y Ana Vega Díaz le hubieran dado nietos.

La mujer legal del padre las odiaba, las obligó a trabajos forzados, sin alimentarlas. Habían muerto de un hambre llena de enconos, no me toques, tití, ella tenía diez años, no me toques que me duele. Por eso no pudo abrazarlas para que se fueran calientitas a la muerte, por eso la herían las voces finas y hambrientas, un daño incurable padecido sin rezongar. Hasta que Sebastián le cerró los ojos tras una enfermedad que se la llevó en un santiamén.

A fuerza de luchas y cariño Juana aprendió a sonreír de vez en cuando. En veintiséis años de matrimonio él le había cumplido casi siempre, perdiendo noches, enganchando carros averiados en la carretera, transportando pasajeros en las madrugadas, sometiéndose a dos asaltos, recibiendo a cambio de vivir al revés de los cristianos un tiempo sobrante, desconocido para la mayoría: las horas vastas y nocturnas donde florece el conocimiento.

Acababa de cumplir dieciséis años cuando su tío tocó a la puerta del cuarto que compartía con Juana, le pasó las llaves del camión de remolque y con ellas el legado de sueños y demonios del turno entre la media noche y las seis de la mañana. Esta es tu matrícula en la universidad de la vida, había dicho el viejo, con razón. La carretera no tiene mucho que envidiarle a los libros, como no sea el abrigo de un techo. Los libros necesitan cubiertas y paredes, son perros falderos del celo doméstico, pero en la carretera se aprende tanto como en los libros, sin más cobija que la peligrosa compasión de las almas en pena.

En la costa caribe de Puerto Rico la isla es botín de marineros enloquecidos que pescan en la orilla, de barcos que se evaporan en el horizonte, de ondas radiales clandestinas. Sebastián nunca había cruzado la frontera de salitre, pero había aprendido a fugarse de la isla inventándole un significado a los retazos de continente que naufragaban en sus costas. En los llanos que bordean la autopista se abre una rendija por donde se meten las frecuencias radiales de Isla Margarita, Martinica, Bogotá, Santo Domingo y los Andes, mezclando noticias de los juegos de los Tigres del Licey con boleros barrocos (le gustaba la palabra barroco, su sabor a mascadura de tabaco), esquelas de señoras que un siglo atrás, en pilas bautismales de capillitas de barriadas añosas, recibieron nombres como Cayetana y Tecla y discursos majestuosos, más parecidos a las despedidas de duelo pronunciadas por los letrados del pueblo que a las zanganerías de los políticos insulares. Aquellas palabras, aquellas canciones, además de obligarlo a imaginarse de oído cómo serían las calles, parques y funerarias de países que nunca visitaría, le habían abierto los poros del alma. En la carretera el niño solitario se hizo hombre.




Transcurría su primer año de camionero remolcador cuando un incidente lo convenció de que lo vivido hasta entonces era tan real como la identidad de una mujer de quien sólo se ha visto la cara. Donde terminan los llanos la autopista sube y baja acariciando el contorno de las montañas, refugios de hierro en los cuales se pierde la comunicación con Isla Margarita y Bogotá y aparecen otras puertas, como la del tramo donde algunos viajeros se estacionan para recoger agua de un chorro que nace en un bosque de yagrumos y helechos arborescentes. En ese bosque vivió una mujer piadosa que llegó a la isla misteriosamente, en el aluvión de un naufragio de santos o de sueños, hace más de un siglo. Sobrevivió en los montes, comiendo menos que las sobrinitas de Juana. Ella no le deseaba mal a nadie, era resistente a la muerte, sanaba enfermos y casaba parejas, pero detrás de cada criatura generosa se arremolinan otros espíritus, algunos sensatos, otros inquietos.

Acercándose a aquel sector en una noche de luna llena, Sebastián había sentido una mala corazonada, agravada por el feroz lustre plateado de los árboles. Nunca había visto una luz tan nemorosa (otra palabra dulce, como la piel de Juana). Lo que descubrió no podía ser un avatar de la santa sino una de esas criaturas en pena, errantes por el universo y por lo tanto diabólicas, según los hermanitos. Bañada en gotas de agua había un alma en la carretera, sólo una. La vio desde el pelo hasta los intestinos, sin poder asegurar que se le revelaba algo más que la temperatura que dejan en el aire los cuerpos al pasar. Vestida de blanco comunicaba un dolor sin dobleces. Sebastián frenó y se golpeó con el cristal del parabrisas. Quedó boquiabierto, con un tajo sangrante en la frente, hasta que llegaron los guardias a eso de las seis de la mañana. Los oyó hablar a lo lejos, como el enfermo que se recupera lentamente de una anestesia.

Éste la vio. Tranquilo, muchacho. Te graduaste. La próxima vez que pases por aquí, persígnate. Si se te acerca y se acomoda en el asiento del pasajero, no te asustes ni la mires. Le gusta azorar, pero no irá más allá del próximo peaje.

Eso había dicho Torres, el más viejo de los guardias. Recordaba que lo subieron al carro patrulla y que estaba temblando y que Torres le dio un café desabrido. Torres era viejo de verdad, tenía un diente de oro, de esos que se usaban antes para ostentar. No volvió a verla, aunque la recordaba cada vez que volvía por aquellos lares. Pasaron los años. Vendió el remolque para comprar la licencia del taxi. El viernes santo de 1999 respondió a una llamada al filo de la media noche. El pasajero, un hombrecito frágil de lentes gruesos, lo esperaba sentado sobre una maleta inmensa en una curva de la carretera. Sebastián le abrió el baúl para que guardara la maleta, levantando la palanca localizada bajo el asiento sin moverse del volante. De inmediato vio que a su lado suspiraba una mujer pálida y desnuda. Se atrevió a mirarla sin tapujos. Ya había muerto Juana y su hija Ana del Carmen sabía cuidarse y cuidar al nieto.

Cuando el pasajero se le acercó notó su turbación y se rió con tanto sarcasmo que Sebastián se apeó del carro, abrió el baúl, empuñó una llave inglesa, exacerbado el mal humor por la maleta que despedía un olorcito a basura fermentada, y agarró al hombre por el cuello. Sin dejar de reírse, el otro le explicó que la mujer rondaba el sitio donde años atrás lo había asesinado a él, su amante. Entonces desapareció dejando las huellas de su podredumbre en las manos del chofer que acababa de estrenar las ganas de matar. Sebastián detuvo el automóvil a un lado de la carretera y se echó a llorar. Cree que desde ese momento se le reveló algo. Los sentimientos se contagian, tanto las matanzas como las ganas de hacerle caso a la vida responden a la lógica microbiana de las epidemias. Recibida la revelación y como para derrumbarle las últimas defensas, escuchó entrelazado con las frecuencias radiales de Cancún un bolero gritón: “amor de mis amores, sangre de mi alma, regálame las flores de la esperanza”.

No les comentó el asunto a los choferes que desayunaban en una fonda del pueblo engullendo platos de mondongo y latas de cerveza. Al tiempo, sin necesidad de que él los azuzara, varios de aquellos socios le confiaron que habían transportado a la mujer sin atreverse a mirarla. A diferencia de él desconocían la belleza escandalosa de la asesina. Sólo le habían visto la cara.

Hilando los cuentos ajenos con las experiencias propias, concluyó que la carretera estaba más abierta que la loca Beatriz. De tamaña herida cósmica podía dar fe otro personaje. Se llamaba Gabriel Marte, y era uno de esos guardias que siempre están limpiecitos, con el pantalón fileteado, tan remilgoso que se agitaba cuando le caía una gota de café en el chaleco antibalas. Le habían dicho que ahora el cabo Marte tenía el pelo blanco, que oía voces y escribía en las paredes, síntomas claros de que le faltaba organizar sus conocimientos.

La locura de Marte venía de tiempo atrás, de un incidente con una secta de vagabundos harapientos perdidos en los recovecos del bosque. Después de una temporada en el manicomio había vuelto al servicio. Renació a la locura una madrugada, en el mismo peaje entre Cayey y Caguas donde según Torres la fantasma mayor se despedía de los choferes. La madrugada es un oasis, no hay mucho tránsito, la hora es fresca y los asesinos son más escasos que los fantasmas. Pero una cosa es un espíritu inquieto y otra un monstruo como el que se enamoró de Gabriel Marte.

El guardia coqueteaba con la muchacha que cambiaba billetes por monedas. De pronto sintieron una oleada de calor, eso declaró la muchacha, que toleró mejor la prueba. Marte se quitó la gorra para abanicarse y abanicarla. A sus espaldas se hizo la luz. Notó el asombro en los ojos de la mujer, se volvió y desenfundó la pistola pulidita. Entre los palos sembrados alrededor de la estación hay un rarísimo árbol de violeta. Suspendida en el aire, sobre la copa del árbol, una esfera plateada brillaba más que el uniforme del cabo.

Contaba la muchacha que el pelo indio de Marte se encrespó como polvo de hierro magnetizado cuando, desde el platillo anclado en el aire justamente sobre ellos, la criatura, cuyos ojos eran más lindos que los del cabo, se puso a mirarlo con tierna expresión moviendo de un lado al otro la cabeza. Antes de desmayarse la chica del peaje vio que el cabo disparaba al aire y corría a meterse debajo del carro patrulla, manchándose el chaleco antibalas en un charco de aceite. Después a los dos se les había ido el mundo.

Hay cosas que siempre se están yendo del mundo. Los visitantes espaciales; la sangre estancada en el cuerpo de los muertos hasta que el embalsamador de cadáveres la derrama fríamente; las salas de tortura que se esconden en los sótanos de los países civilizados; las putitas y los putitos que sus padres venden para sobrevivir y seguir pariendo putitas y putitos.

Afortunadamente, además de esos huecos por donde la muerte se chupa la sangre de tanto pobre infeliz, hay otros donde el hombre remienda su cordura.

Sebastián pensaba que ningún conocimiento ajeno a estas verdades valía gran cosa, y aunque no todos los hombres convierten lo que saben en conocimiento él sí lo había hecho.

En la soledad de la noche se dedicó a disciplinar metódicamente sus ideas. Aprendió a distinguir a los charlatanes de los viajeros trágicos, a los espíritus peligrosos de la mayoría desconsolada. Los monstruos le regalaron la imagen de su propia muerte. Es un hombre abierto, sabe que lo más trágico de la vida es vivirla sin alcanzar a ver más que una migajita de lo que existe.

Sintiendo el deseo de jubilarse de la carretera y acercarse a personas normales con quienes compartir sus conocimientos, agarró el diccionario y una Biblia y pintó el rótulo Iglesia Pentecostal Libre.

Amanecía. La boda de dos criaturas enamoradas, temibles para quienes no saben nada de las cualidades de los vampiros comunes ni han visto gran cosa había dejado un sabroso olor a tomates en el aire.

Abrió las sillas plegadizas donde se sentarían dentro de unas horas los hermanos del culto, sus únicos parientes además de Ana del Carmen y familia. No tenía hermanos de sangre ni se relacionaba con sus primos ni con las hermanas de su mujer. Le habían dicho que Emilia, la prima consentida de su niñez, tenía cáncer. Otra prima trabajaba en las Naciones Unidas. Se llamaba Carmen Goldblum y recorría el mundo, todos los continentes y sus mares, mientras Sebastián transitaba por el universo de la autopista en su isla chiquita como un pañuelo. Una hermana de Juana había enloquecido. Su hijo, un muchacho anormal, quedó al cuidado de la hermana mayor, Isabel. Isabel y el nene de la loca vivían en una calle sin salida, en Puerto Nuevo, una barriada de casitas machacadas por el monóxido de carbono y los vapores infernales de la brea. De la vida de Emma, nada se sabía. Emma Pagán, la nieta del primo Hermenegildo.


Le conmovía aquella familia de flores secas como le conmovieron Laurita y Gerardo regalándole orquídeas oscuras para adornar el templo. Acostumbrados a la luz nocturna, los vampiros pierden el gusto por los colores que alegran la vida de los mortales. Lástima. De vez en cuando nada, si siquiera el conocimiento, supera la condición de ser mortal y salir a la calle al amanecer. Aurora, la perra del nieto, con su pelambre húmeda de sereno, se estiró moviendo el rabo y bostezando como una ostra senil. Era tan linda que los años y los callos y el hambre ocasional no le habían quitado el olor a cachorra. Cuando se movía dejaba a su paso, además de alguna garrapata siempre viva, un aire de gracia digno de que lo guardara un poeta trasnochado, el misterioso visitante nocturno que recogía los mangós caídos de los árboles viejos.


Todavía no despertaban los vecinos en las casitas pintadas de rosa y verde. Abrió la puerta de la suya, en el traspatio de la casa de su hija, una cobija acogedora con pisos relucientes de losa italiana. Caminó derecho al cuarto donde había un catre junto a una mesa y sobre ésta una Biblia, un diccionario, el retrato de la difunta Juana y una jaula vacía que le había regalado la vampiresa Laurita, ex criadora de canarios.


De pronto sintió que caía en un matorral de plantas urticantes. Era la señal de un nuevo mensaje. Un hombre abierto recibe mensajes incomprensibles que le llegan de todas partes.




El árbol de violeta se esconde, pero su flor lo delata. Después trataría de interpretar el significado de aquellas palabras, acudiría a sus dos libros y a los recuerdos para tratar de entenderlas. Por lo pronto se limitó a escribirlas en la pared con un lápiz de carpintero. Su tío dejaba escritas sumas y restas en las paredes de madera de su casa, la misma que ahora se deterioraba hecha una ruina en el solar de al lado. Marte rasguñaba poemas insensatos en las paredes del manicomio, eso le habían contado. Él escribía los mensajes que recibía y los comentaba en el culto. Quizás toda flor es una esperanza, pero no sería fácil explicarlo sin que algún hermanito se mirara la bragueta cuando él repitiera las palabras.

Hermana, hermano, tu flor te delata.

Sintió un bendito cansancio. Por lo general veía cosas aterradoras cuando cerraba los ojos. No podía descansar sin antes conversar con ellas, pasarles la mano, hacerles el cuento, dormitar entre pesadillas como cualquier guardián digno del nombre, pero este bendito cansancio presagiaba un sueño profundo, uno de esos sueños que embellecen al hombre más feo.

(De mi libro Fúgate, 2005)

domingo, 12 de agosto de 2018

Tu flor te delata: primera parte




Era ministro pentecostal y acababa de casar a una pareja de vampiros; ni príncipes, ni mendigos, ni siquiera humanos: vampiros. A este siervo de Dios nada le parecía más natural que el contacto con criaturas diferentes, aunque se cuidaba de no revelar la amplitud de sus afectos. Conocía los prejuicios humanos y por evitar el escándalo había escogido la hora desierta de las cuatro de la madrugada para unir las inmortalidades de Gerardo y Laurita. Una experiencia conmovedora la de casar a un par de jóvenes elegantes: la niña se veía guapísima con sus colmillos puntiagudos, un par de armas letales que en lugar de rebajarle la hermosura advertían del peligro real que siempre, no importa la especie, supone arrimarse a otro cuerpo; el muchacho cargaba un nido de ideas musicales en la esponja de sus rizos.
La ascensión de la pareja dejó un olor a tomates en el aire, un tufo a delicias podridas que Sebastián guardaría junto al recuerdo de una alegría incomprensible. Dos de las madrinas suspiraron un rato en la quietud nocturna antes de elevarse en direcciones opuestas, acentuando el ritmo de sus brazos con carcajadas crepitantes de sal echada al fuego. La tercera, que no sabía volar, lo besó en la mejilla antes de volver a San Juan en el automóvil de la dama de honor. El reloj marcaba las cinco. Faltaban minutos para la salida del sol según el almanaque Bristol. A las diez de la mañana habría culto, llegarían los veinte hermanos, las veinte ovejitas que se le habían acercado.
Se miró sin dureza en el espejo de la pared del fondo del local que antes de convertirse en templo había sido una barbería: el bigote pintado, la camisa blanca de mangas largas, la corbatita estrecha y corta, la panza acumulada en años de amanecidas al volante, cuando añadía un par de cervezas al desayuno, se acostaba con la ropa puesta en el sofá de la sala para no despertar a Juana y a las pocas horas, mojado de pesadillas, adolorido y barbudo, se sentaba a la mesa a devorar platos que repetían en sus lomas de arroz con habichuelas la topografía de los cerros o el perfil dilatado de las cosas.
Acarició el mantel de hilo donado por los novios, uno más entre los pocos haberes de una iglesia que ya contaba con varios tesoros, algunos tan inapreciables como las sillas plásticas, el florero en forma de base de lámpara, un amplificador roto y un timbal sin pedales. La negrura del mantel resaltaba en la claridad del espacio estrecho, con ventanas de cristal y una alegría de ala de gaviota en las paredes que, sazonando la lectura de algún versículo bíblico, le había sugerido el nombre de la congregación: Iglesia Pentecostal Libre. A los hermanitos atemorizados por el filo de la palabra libre les decía que él creía en Dios y que Dios era libre, no tenía límites ni prejuicios, por algo creó ángeles y pecadores. Pero los hermanitos no deseaban verdades, más bien se congregaban para protegerse de ellas. Distraer a los demonios, navegar horrorizado entre sueños, velar por la tranquilidad de sus hermanitos, de tales peripecias se encargaba él.
La amistad de abundantes criaturas monstruosas le parecía un regalo del destino. A esas horas, mientras el mundo dormía el quinto sueño, cuando de la playa llegaba un olor a infancia pobre que competía con la peste de la basura y las calles esperaban el viaje precario de los perros callejeros, las criaturas olvidaban sus miedos y se daban una vueltita por el barrio. Algunas eran dañinas, otras no, pero todas se le acercaban. Habían acompañado a Sebastián por la vida y conocían su amor sobrenatural al conocimiento.


No le gustaba estudiar en escuelas con paredes. Al aire libre aprendió siempre, desde que a los muchachos de las parcelas, unos terrenos que el gobierno había entresacado de una finca grande para repartirlos entre antiguos peones de las haciendas de Santa Isabel, les dio por reunirse alrededor de un tamarindo centenario, convocados por un tipo raro: Ebenecer Pomales.
Decían que Ebenecer era afeminado, aunque no residía en ello su rareza, sino en que sin pagarles ni sobornarlos supo educar a los muchachos parceleros de una manera novedosa: haciéndoles memorizar significados de palabras. Palabras carilargas (deber, consistencia, prematuro); palabras dulces (bollo, pajuil, indeleble); palabras blandas (lelo, limbo, flojo). Sebastián todavía se entretenía leyendo el diccionario y memorizando significados de palabras, afición tan estéril como el hábito de leer esquelas y hacer crucigramas.
Para los demás la pasión de las palabras se limitó a una aventura de verano, una experiencia breve, torrencial. Cinco jóvenes guardaron en sus memorias el significado de mil palabras a razón de doscientas por cabeza. Como el sentido de un evento tan desencajado del ambiente no hubiera podido adjudicarse sin la formalidad de una ceremonia, organizaron un espectáculo para lucirse ante los vecinos. Arrastraron las sillas de los comedores de sus casas y las colocaron en el centro de la placita del barrio, además de improvisar una tarima con cuartones y cajas de madera que, habiendo viajado desde Nueva Escocia repletas de pencas de bacalao, parecían dispuestas, no obstante su debilidad, a soportar el peso de los cuerpecitos demacrados. Ebenecer hizo una reverencia solemne, parecida al gesto de un ilusionista que presenta una función de papagayos parlantes. Solicitó a los asistentes que acudieran a los diccionarios colocados al lado de la tarima para interrogar a los sabios. A Sebastián le había tocado memorizar doscientas palabras arrumbadas entre las entradas “majestuoso” y “neonatal”. Cuando le preguntaron los significados de menorragia, musaraña y necear contestó sin vacilaciones. Cayó de boca en “matorral”, porque no se acordó de deletrear la palabra antes de definirla.
El verano siguiente los papagayos se olvidaron de las letras para imitar el comportamiento de los perros en celo y Ebenecer se quedó esperándolos con sus diccionarios abiertos. Otra experiencia torrencial los convocaba. La loca Beatriz se acostaba junto a los canales de riego del cañaveral, se alzaba la falda, separaba las piernas. Los atrevidos se escurrían entre sus muslos de hierro; los demás, pagaban por mirarla.


Él no era atrevido, pero tampoco tímido. Curioso sí. Se acercó a Beatriz deslumbrado. Asombraba el tamaño de aquel animal de entrepiernas, la abultada cresta peluda olorosa a sal penetrante, los labios arrugados color violeta que elevaban una llama liberada del cuerpo de la hembra. Entonces sólo había visto la de Emilia, una de sus primas, cuando los dos tenían cinco años. Emilia desnuda y él con la mirada perdida en el cuerpo de la niña, en aquella forma inolvidable, la leve rajadura que se repite entre las lomas diminutas y en la concavidad del mar. Sebastián pensaba que aquella era una de las formas ocultas más reales del mundo. Estaba seguro de que quien piense que conoce a una mujer sin haberla visto desnuda se engaña, como se engañan siempre los hombres ante unas verdades que ni el más bravo es capaz de enfrentar sin el beneficio de un temple curado. Quien sea consciente de que cada vez que respira un niño muere de hambre nunca respirará a sus anchas. Quien haya visto de una mujer solamente lo que ella le enseña al mundo y crea conocerla jamás entenderá que la verdad siempre se esconde.
No era un experto en mujeres, al contrario. Se consideraba un hombre rústico, enamorado sin hastío del recuerdo pueril de Emilia, el  amor de su infancia. Un hombre simple, capaz de querer hasta la muerte a Juana, su esposa de más huesos que carne, mustia y munificente. Un hombre transformado por el horror de cerrar los ojos del cadáver de su mujer, que lo habían mirado confiados desde que ella era una niña y él un niño, huérfano de padre y madre, criado por unos tíos indiferentes.


Las hermanas de ella no se opusieron cuando, como quien recoge un gatito que sobra, él se llevó a Juana y su dote de dos pares de zapatos, ropa interior y otras prendas que cabían en una bolsa plástica de supermercado.
La historia de Juana se le impuso de pronto en su mediocre estrechez y lloró sin esfuerzo, con la espontaneidad de quien sabe que ni las lágrimas ni las risas economizadas generan riqueza. Juana sufrió al principio y al final de la vida. En los años del medio, los que pasó con él, había tratado de darle un poco de felicidad, aunque pensando en la vida de la pobre bajo la luz insoportable del sol que salía concluyó que después de aquel enorme sufrimiento de su infancia no era posible más que una mitigación ocasional de la tristeza.


(De mi libro Fúgate, 2005)


viernes, 13 de julio de 2018

From North to North


The story of how the painting of an atrocity came to belong to William Sturgis Hooper Lothrop, the ambitious young man who traveled to Puerto Rico in a steamship  transporting postal employees in 1898, adds threads to the thick fabric of images, stories, decrees, people and other goods circulating between the United States, Europe and the Caribbean.


Shortly before the abolition of slavery in Puerto Rico, the painting –the visual commemoration of a massacre transformed into a seascape– began its voyage to the oceans of America. The Bostonian Charles Eliot Norton was the intermediary between the unique sensibility of its first owner, the critic John Ruskin, and the establishment of a chair of Aesthetics at Harvard University. Norton founded the chair in 1874, when the riches accumulated by the merchants and bankers of Boston aspired to an upgrade in the scale of refinement. It was no longer enough to count coins, pay tithes to the church, and contribute to the restoration of stained glass windows and to the founding of poor houses and orphanages. There was no reason to live in comfort without luxuries, or to be simply content with exclusive access to a university for the children, grandchildren and great-grandchildren of the first families, organized in a hierarchy that began with the Adams, Cabots and Lowells and ended, perhaps, with a dull intellectual like William´s father. Man lives to die in peace with his conscience, but life does not have to turn its back to beauty.


In a Europe destroyed and rebuilt by the proliferation of factories and machines the impoverished nobility auctioned their assets at good prices. American heiresses, not well priced in the past, began to be valued more for their fortunes than for their rough manners and ways of walking, acquired in climbing the slope of Beacon Street on foot to go shopping and avoid the temptation to nap. They were frank, they laughed without restraining the vulgarity of their laughter, their cheeks seemed too rough because of the contact of sea airs.


The desire to adorn capital with beauty coincided with Norton's first trips to Europe. The fate of the painting owes something to Norton´s high regard for Ruskin; to the fact that the critic introduced him to the work of John Mallard Taylor Turner; to their friendship coinciding in time with the personality of a millionaire Yankee collector. Those intimate relationships tipped the balance of cultural relations. It was Norton who made it possible for Slave Ship to begin its journey from north to north. He saw it for the first time in the critic's house, where it seemed to be consumed with brightness in the gray surroundings. Ruskin's personality, nervous, almost hysterical, tortured by desires that his sensibility was incapable of assimilating and excusing with benevolence, was submerged in the cult of a frightful scene, misplaced in that piece of cloth, the source of a haunting light.





domingo, 27 de mayo de 2018

When I was an American (WASP)




Enrique Vivoni Farage escribió un ensayo que comienza con una memoria breve de su niñez en Aguirre: “Americanisation south of the border: the architecture of Central Aguirre Sugar Company”.[1] En esos párrafos describe los rituales de vivero de especies exóticas en el sector de los americanos, que a veces se cruzaba con el de los profesionales nativos de piel blanca. Los hijos de los obreros asistían a la escuela Woodrow Wilson. Los hijos de los americanos y de los puertorriqueños profesionales a la Aguirre Private School, al menos para la fecha de las memorias de Vivoni. Las maestras de Aguirre Private School eran norteamericanas. En esa escuela los niños actuaban en obras de teatro en inglés para conmemorar Halloween y la Navidad. Aprendían villancicos y canciones populares de la época –“I´m dreaming of a White Christmas”– fantaseando navidades blancas bajo la nieve negra de la central.

Le comento que yo también fui una niña con pretensiones de americanita. Vivimos una temporada en la base militar Fort Buchanan, en uno de una serie de apartamentos en hilera, de dos pisos, intachablemente blancos, con un patio común donde jugábamos como en el espejo de otro mundo. Fue hacia 1950, antes de que Ana, nuestra madre, viera los anuncios de las casitas de urbanización y se enamorara de una minúscula de balcón con arcos y alero adornado con tejas. Nos mudamos, pero alguna vez volvimos a la base militar a celebrar la navidad nevada. Yo tomaba prestados libros de la biblioteca, por supuesto en inglés. Leí las más olvidadas biografías de los más impertinentes personajes, hombres incapaces de imaginarme: el dramaturgo Eugene O´Neill, el comediante Joe E. Brown. También Little Women, Little Men, Jo´s Boys, la serie entera, y me asimilé a un paisaje folklórico de Nueva Inglaterra que en esa región de Estados Unidos se evoca en el muzak de las tiendas por departamentos, en el reino ideal de los villancicos y las postales navideñas.






Desde la memoria personal, el ensayo de Vivoni analiza el perfil arquitectónico del poblado de compañía, que se distinguía del “company town” construido en el continente por la intención de que se sintieran a gusto los funcionarios estadounidenses y sus familias. Érase, pues, el deseo de un poblado de tarjeta postal más que un calco de zonas realmente existentes en las regiones industriales del norte. La autosuficiencia, el rigor del diseño, el orden subordinado de los sectores, marcaba, además, una diferencia respecto al mundo extramuros, demostrando acaso que en el poblado se podía vivir “mejor que en la isla”, prescindiendo de intercambios con las autoridades del entorno. El eje de aquel gobierno propio era la producción, desde luego, y la central contaba con una planta generatriz propia que nutría de energía eléctrica no solo las maquinarias del molino, sino su propio sector residencial, e incluso vendía energía sobrante a zonas de la isla que existían más allá de sus guardarrayas. Un experimento sobre la capacidad del hombre blanco para vivir en el trópico sin transformarse, ni ejercer una violencia bárbara, confiado en el arraigo universal de las criaturas de su cultura popular, muñecos de nieve, chimeneas en main street, muérdago colgante, medias como cuernos de la abundancia, henchidas de dulces y juguetes.


  
Aquella navidad blanca era una proyección de “White America”, la purificación de una mitología que se exportó a las salas de cine de buena parte del planeta. Orson Welles capturó sus imágenes como fósiles en ambar en The Magnificent Ambersons. Otra película, White Christmas difundió la quimera de un ruralismo encantador. Una Navidad negra  hubiera sido inconcebible, si bien el más hermoso disco de canciones de época fue uno de villancicos interpretados por Nat King Cole, un negro retinto a quien maquillaban de blanco para que su belleza no ofendiera al público televidente. En Aguirre pasaban temporadas técnicos asiáticos. No he preguntado si pasaban temporadas estadounidenses negros. La otra gran fiesta, además de Halloween, era Thanksgiving, cuya conmemoración en una colonia de pieles oscuras es de fondo alucinante, aunque en los afectos de tantos boricuas apenas represente una ocasión más para devorar animales.



El “company town” tuvo otro antecedente estético en los paisajes idealizados de las plantaciones del sur, reconstruido para consumo de masas en los galantes encuadres “ante bellum” de Lo que el viento se llevó. La distribución del espacio en zonas residenciales, vías de comunicación y áreas recreativas entre los dos sectores principales, Aguirre y Montesoria, se dispuso conforme a una intención que Vivoni describe como serendipia de lo pintoresco (“serendipity of the picturesque”). En el sector Montesoria el trazado de las manzanas corresponde a una cuadrícula ortogonal, de clara función controladora. En el sector de los señores, la vegetación, la curva y el juego de elevaciones evocan una iconografía bucólica, el paraíso mínimo de incontables pinturas paisajistas que decoraban paredes de palacios y de residencias burguesas. Excluyendo las bases militares que se impusieron con la violencia de las expropiaciones, la intención de vivir como quien habita en una obra de arte, expresando formas sociales superiores, facultadas para la extracción de riquezas, fue, acaso, lo más cercano a la escritura en el paisaje de un país alterno: el modelo para un Puerto Rico asimilado, productivo, en paz, orden y progreso.


[1]Publicado en Prospero´s Isles, The Presence of the Caribbean in the American Imaginary. Diane Accaria-Zavala y Rodolfo Popelnik, editores. Oxford, Malaysia: Warwick University Caribbean Studies, 2004.

lunes, 21 de mayo de 2018

Sambolín o la estética de la felicidad



Golpear una pelota con un palo, correr, saltar para atraparla en el aire; alguien habrá visto en la monótona geometría del béisbol el deseo de que el cuerpo anclado en tierra se desprenda del polvo. El sueño de Nelson Sambolín fue llegar a  primera base de grandes ligas. No se pierde el rumbo aunque el campo de juego, la superficie de la danza, mude en papel, muro o tablón.
Con Sambolín comparto un desayuno frugal y los relatos de su infancia en El Coquí, que fue desde tiempos de España un suburbio de la hacienda Aguirre y  hoy se relaciona con la decrépita central a la inversa, como si fuera un modesto centro vital y Aguirre su periferia empobrecida. El Coquí era otro cuando los padres de Sambolín emigraron de Yauco, una familia de jíbaros de tez clara que encontraron otra patria chica en el barrio ancestral de negros libres, descendientes de esclavos de la isla y de las islas, pues a Aguirre llegaban jornaleros de las Antillas menores. Les atraía la fama de la central necesitada de mano de obra. El padre consiguió trabajo en los campos y en la fase de los tachos. Era un hombre silencioso. La madre tenía un negocio de quincallera ambulante. La venta a domicilio era empresa reñida y dura en aquella época de pequeños comerciantes que recorrían las calles de los pueblos y los caminos de los campos llevando su mercancía a las plazas y de puerta en puerta. Tanto el padre como la madre eran analfabetos. La madre se defendía en su negocio de vender a crédito porque, según Sambolín, que la acompañaba en sus rutas de venta, tenía una inteligencia fuera de liga.
El niño Sambolín la seguía los sábados desde El Coquí hasta Aguirre. La señora cargaba su mercancía en maletas: cortes de tela, zippers, botones, ropa de hombre y de mujer. Ella también cosía. Iba a las casas e incluso a las piezas de caña. Llevaba sus cuentas de memoria. La competencia era otra vendedora, doña Queta, la madre del comediante Víctor Santos. La señora Sambolín objetaba que siendo doña Queta de Guayama le invadiera su territorio. Con el tiempo la quincalla ambulante se centró en la misma casa, en una tienda de dulces y misceláneos.


El Coquí es y era barrio de gente pobre. Se es pobre cuando se levanta una casa frágil y con ella una manera de convivir que no tolera simulaciones. En un barrio de pobres la gente se conoce las debilidades. En un barrio de pobres la crueldad y las luchas de poder se expresan en los implacables apodos que se regalan a los habitantes y que jamás se despegan. Los siquiatras venden etiquetas del manual de la APA: bipolar, esquizofrénico, paranoico, border line personality. Los apodos se hacían más a la medida: el mudo, el negro, el chino, el sapo. En un barrio de pobres la violencia tiene un freno y una respuesta en el reconocimiento del otro, porque nadie es invisible. En aquel tiempo, además, animaba el barrio una cultura de la marginalidad ligada a la cercanía de una base militar y a la trashumancia de las poblaciones de obreros migrantes que trabajaban por temporadas en Aguirre. Había cafetines, había prostitución, había mucha vida de calle. Incluso había un teatro que se ha mantenido con dificultad y actividades esporádicas hasta el presente. El teatro se desdoblaba en cine, escenario de espectáculos y peleas de boxeo. Sambolín recuerda a un boxeador legendario, Pedro Mangual, que además fue líder sindicalista y tío de Cheo Espada, otro boxeador campeón mundial.
Un núcleo de vida sabrosa era la plaza del poblado. En la infancia de Sambolín se conocía con el nombre de plaza de las cabras. Entre 1952 y 1953 llegó la luz eléctrica. Se reunían a jugar bajo el poste de luz, atraídos por una fascinación invariable, dice Sambolín, desde que las comunidades prehistóricas se reunían alrededor de las fogatas. Bajo el chorro de luz jugaban hasta que los padres decían ya basta, centella, si por ti fuera pasarías el día brincando, ensuciando el único pantalón limpio que tienes. El pantalón del uniforme escolar, ese sí tenía filo. Los niños y las niñas de El Coquí asistían a la Segunda Unidad Rural.
Cuenta Sambolín que en 2009 se celebró el centenario del barrio. Cree recordar que antes el sector se conocía como La Zanja o Los Zanjones. Yo he visto en un mapa militar de 1884 que ya existía un caserío en el lugar. Se identificaba como Barrio Aguirre, con nueve casitas situadas a ambos lados del llamado camino real.
Para el artista Sambolín, Aguirre era segregación y El Coquí, calle. En ambos espacios y en el pueblo de Salinas ocurrió su formación. Se da cuenta de que ha hecho el trabajo de un artista desde niño sin saberlo. Se pregunta por qué y cómo llegaban a su casa los periódicos donde descubrió el laberinto de las letras, de tamaños y formas diversas, que además de indicar fonemas establecían jerarquías, navegando entre las fotografías y los trazos ágiles de los muñequitos. Observar esas imágenes fue su primera escuela; la dureza de los titulares escandalosos, la pequeñez de los calces de las fotografías, el arte publicitario con sus viñetas correspondientes a las temporadas comerciales. En Sambolín queda mucho del niño que decoraba los bordes de las pizarras – en la escuela J. D. H. Luce, diseñada por el arquitecto criollo Rafael Carmoega, dice - con imágenes correspondientes a las fechas conmemorativas del año escolar. El arte se hizo negocio a petición de los compañeros de clase, que le pagaban centavos para que les adornara las carpetas de los proyectos asignados. De las letras le llegó su primera profesión: rotulista. En Guayama compraba tintas Pelikan: verdes, azules, rojas, amarillas, negras. Pintaba, por encargo de los pequeños propietarios de El Coquí, los letreros de los comercios. Mientras estudiaba en la escuela superior consiguió un trabajo diseñando letras para anuncios de neón. También hacía las letras de los paños verdes que se usan en las picas durante las fiestas patronales. 


De algún modo su trabajo artístico responde, piensa, al desarrollo social y político contemporáneo, vinculado al desarrollo del capitalismo en Puerto Rico. En su trabajo y en su persona la huella de los años formativos en su barrio y en el batey de Aguirre se ha extendido sin desvanecerse. El arte que le salía de la práctica y los estudios en la Universidad de Puerto Rico, a la que debe, dice, las largas horas empeñadas en producir cientos de trabajos como cartelista del Programa de Actividades Culturales, no se desprende de sus escuelas y lugares. Pratt, Nueva York, San Juan, el Coquí, Salinas. La defensa del lugar se fortalecía ante el prejuicio que en contra de los habitantes de El Coquí mostraban algunos salinenses hacia aquel “barrio de títeres”. Del trauma del menosprecio salió un hombre con suerte de haber nacido en esa comunidad donde la gente “vivían juntos de verdad”, con sus calles animadas por toda una galería de pregoneros y marchantes, escenas como las que después vio en Puerto Príncipe, Haití.

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viernes, 11 de mayo de 2018

Piel que piensa: las crónicas de Beatriz Llenín Figueroa




por Marta Aponte Alsina

A mediados de octubre de 2017 le envié por correo a Beatriz una tarjeta con impresiones sobre el manuscrito de Puerto islas: crónicas, crisis, amor. Para la misma fecha, el querido amigo Nelson Rivera me envió una carta a mí. La carta de Nelson tardó más de un mes en llegar a Cayey desde Río Piedras, quizás porque antes hizo escala en Memphis, Tennesse. Sí, en Memphis, Tennesse, Dixieland, Estados Unidos. La tarjeta que le envié a Beatriz debe haber emprendido una ruta comparable, pues llegó a la deslumbrante luz de Cabo Rojo el 7 de noviembre.
Los caminos obligatorios que siguieron esos papeles para llegar a destino delatan  al hacedor del rumbo y el tiempo de nuestros afectos. La importancia de contar muertas y narrar vidas la conocen los pueblos desde siempre, pero por aquel tiempo de las cartas perdidas averiguar la situación de los amigos era un deseo comparable al de la pobre que ve desde la calle una mesa servida de manjares. Todavía a la oficialidad le parece un capricho el deber de contar los muertos del 20 de septiembre y sus días cercanos. Más les importa gestionar migajas de la mesa imperial.
Bueno, lo que viene al caso es que recibí una carta de Beatriz donde acusaba recibo de la mía con un mensaje escrito como para resucitar muertas a fuerza de elegancia. Cito tres oraciones: “Mi tan querida Marta. Me has hecho recordar cuánto amo la obsolescencia. Haber recibido ayer tu tarjeta con el invaluable gesto de escribir a mano y enviar por correo tu comentario sobre el manuscrito, me ha provocado una alegría y una conmoción profundas. “
Muchos reciclajes fértiles podrían brotar del amor a la obsolescencia. Y mucha fertilidad de pensamiento y corazón del género de la crónica. Según un crítico, hay que insistir sobre la actualidad de la crónica “más que nunca… sobre todo porque la Historia avanza como un tanque y cada presente reclama sus testigos, sus intérpretes, sus cronistas.” Y cita el crítico a José Martí, quien con su estilo de orfebre comparaba las crónicas con “pequeñas obras fúlgidas”.
Opina Jorge Carrión, que así se llama el crítico citado, lo siguiente: “… el (cronista) observador debe mantener cierta distancia respecto al otro. La identificación, que es parcial, debe ser conscientemente parcial” (Mejor que ficción: crónicas ejemplares,  Anagrama, 2012). No leo esa distancia en los escritos de Puerto islas: crónicas, crisis, amor (Editora Educación Emergente, 2018). Porque en el fondo, o la superficie, la distancia entre el ojo y lo que el ojo observa es una ilusión. La paridad equitativa de las visiones es otra. Al juego de la vida cada quien llega con un papel asignado por la cultura, la economía, la pobreza, la clase, el género, los privilegios, las imágenes, el lenguaje, las luces y sonidos del lugar natal. La cronista de Puerto islas se sitúa muy cerca, es decir, como personaje que toma partido mientras lee y escribe lo observado con intensidad, denunciando arbitrariedades normalizadas.  
Sobre la tendencia humana a normalizar lo atroz, a propósito de otro contexto, el paradigmático de los campos de concentración nazis, escribió Jean Améry: “La estructura de poder del estado se alzaba sobre el prisionero de manera monstruosa e insuperable, una realidad de la que no podía escapar, y que, por lo tanto, llegaba a parecerle razonable… En el metálico esplendor de su totalidad, el estado se manifestaba como un estado en el cual la idea iba convirtiéndose en la realidad.”    
En las crónicas más eficaces se advierte una voluntad de liberar la realidad de su metálica coraza de mentiras, piadosas o infames. Además, en toda crónica subyace la cuestión de escala, o de cuán  amplio, exótico o cotidiano se muestre el encuadre de lo representado; cuán puntual o cuán abierta la lectura de ese espacio. En Puerto islas hay una invitación a limpiar la mirada, a deshumanizarse, soltando el lastre de superioridad que la escala humana instala en su dominio sobre la tierra, los seres y las cosas. Sus crónicas se mueven por pasadizos comunicantes; así, en movimiento, la cronista se da la gracia de anotar, observar, dejar constancia de la correspondencia de las partes con un todo a partir de un espacio minúsculo. “A veces recorro las ínfimas calles de mi ínfima esquina de este ínfimo país en este ínfimo planeta con la sensación de trasvasar caminos de memoria mineral. Las geólogas que estudian los árboles nos explican datos del pasado remoto en función de los aros –espirales– de los troncos. Cada uno de los trocitos del tronco contiene las partículas de la vida y de la muerte en el planeta; cada uno de los trocitos del tronco grita ecos milenarios; cada uno de los trocitos del tronco, tan aparentemente duro y sólido, carga consigo el agua que todo lo conecta. Así también es nuestra carne y cada superficie densa que palpita. Habría que vivir cada presente con la pasión de esa conciencia. Y, en el nuestro de crisis, habría que tener como imperativo la poesía del planeta para la elaboración de cualquier plan estratégico”.

Larga duración, largo aliento 
Aplicando al detalle cercano el lente descomunal de la historia geológica, la mirada se apoya en una fuerza poderosa: la transformación del conocimiento en alimento de la imaginación. Y se afinca en eso que la antropóloga y musicóloga Ana Ochoa Gautier ha llamado una red linfática: la inmersión en una familiaridad donde todo se relaciona, y que a Occidente le ha costado intentar recuperar en el pensamiento ecologista.
En ese cuerpo del conocimiento devorado se va construyendo una subjetividad que intenta alejarse del cinismo y la frivolidad frecuentes en la crítica; de cierta inclinación a observar del cuello hacia arriba, abriendo abismos insalvables entre letrados y gente “del montón”, tan abismales como las brechas entre exploradores blancos y nativos. En Puerto islas la construcción de la voz de la cronista es fluctuante y unitiva; conscientemente política. Pasa por el cuerpo que escribe. Un libro de crónicas corazonadas, aunque no crónicas del corazón, aunque también. Son crónicas de la precariedad; de una vida en la precariedad. Desde luego, y por ahora, en nuestra precariedad, todavía queda la posibilidad de publicar.

De regalos y hologramas
En las crónicas se narran intercambios diversos. El regalo que se recibe del otro, de la otra suele ser pequeño e impulsivo;  una pizca de sensibilidad con la cual, sin embargo, la cronista construye montañas. El mecánico comprensivo. El vendedor que no te cobra el IVU. Lugares utópicos de la cronista son el taller, el campamento de universitarios y universitarias en huelga. Feminismo. Activismo Queer. La revista digital Ahora La Turba.
Uno de los caminos para situar el cuerpo, que es el instrumento de la cronista, parte de reconocerse en la continuidad de la vida. El método de las utopías pasa por esa aspiración a lo unitivo. Hubo, hace casi medio siglo, una corriente futurista ecléctica en Occidente, con presencia en las ciencias duras y residuos de misticismo “New Age”: el llamado paradigma holográfico. Pocas recordarán qué es un holograma y no hace falta. Cito dos propuestas afines, a propósito de un territorio aún indescifrable: “El cerebro es un holograma que interpreta un universo holográfico (Marilyn Ferguson). “La fragmentariedad es una ilusión de la mente: el verdadero estado de las cosas es una totalidad indivisible”. (David Bohm).
Dichas intuiciones, o propuestas, de un físico y una poeta, tienen antecedentes mitológicos. En Puerto islas la aspiración unitiva se relaciona muy directamente con la poesía y las poéticas caribeñas, y tiene que ver con un lugar sin límites, con el mar y con la luz y con una calidad indivisible, pero exenta de centros estables tanto como de esas jerarquías imperialistas que a veces, en raras ocasiones, asombran, y que no dejan de ser fascinantes, como la regla que decidió que la carta de Nelson Rivera pasara por el correo de Memphis antes de llegar a Cayey.


Ese lugar sin límites supone una relación con la luz. En un ensayo de Beatriz sobre Edouard Glissant leo: “La posibilidad de pensar, de imaginar y crear en los términos y escalas que son las nuestras (la pequeñez y el archipiélago) se ve socavada, si no del todo entorpecida, a diario. De modo que la lucha en pos de libertad y auto determinación en lo político, social y económico tiene que librarse en el plano de nuestra imaginación conceptual si es que pretende triunfar en el plano material”.
En otro ensayo, éste sobre el libro El sabueso de Tiepolo, de Derek Walcott, Beatriz se centró en la representación de la luz, indispensable para que podamos ver, pero de suyo invisible. Y leyó, en el poema de Walcott, un contraste entre la luz del hemisferio norte y la luz cenital del trópico, donde los objetos y los ánimos se encienden. Y usó una palabra feíta para hablar del lugar donde se coloca el cuerpo  testimonial de la cronista. La palabra es cronotopo, y se refiere o significa algo así como las representaciones verbales del tiempo y el espacio en una unidad creada por la luz. La luz del archipiélago Caribe, que difumina los bordes de las cosas, que por su calidad misma diluye fronteras, que alumbra un mar que no debería explotarse, da pie para una poética de la mirada otra. La mirada, el cuerpo de la cronista, que es el instrumento sensible de rastreo, persigue rutas que escapan de las categorías secas y excluyentes. Además, es un haz unificador, y es presente.
Desde el título mismo del libro se pregona la visión de pequeñez acogedora, de la naturaleza abierta de las islas, en contraste con las fronteras políticas imponentes y excluyentes que las separan. Ese elogio de lo pequeño merece rescatarse como discurso en poesía y en convivencia, ante el daño que han hecho a la naturaleza los discursos de la isla continente y la falsa grandeza de sus modelos económicos y de gobierno. Aunque las islas sean pródigas, nuestra mirada no suele serlo porque no se educó para percibir el espacio que nos tocó en suerte. La lujuriante naturaleza, que hubiera dicho una autora de otra época, nos rebasa.

El fantasma de la crónica
Ya voy saliendo, es tanto, lo que habría que comentar sobre el libro, y apenas escogí un rinconcito que ya se estira demasiado. Antes de concluir comparto un pensamiento. Un fantasma recorre las ondas digitales y llena páginas impresas: la crónica. Relatos del momento, urgentes, escritos con difícil serenidad. Escenarios apalabrados, procesos de liquidación, recuperaciones, voces, gestualidades, genealogías.
Las crónicas de este libro se escribieron, ya se dijo, a poca distancia. Los intercambios que describen ocurren entre próximos, por no decir prójimos, pero el alcance de sus lecturas es amplio. Su referente podrá ser un cuerpo textual, o un cuerpo distante –Insularismo, de Pedreira; el bardo de Juárez, el cantante Juan Gabriel– pero igual comparten la difícil conjunción de rigor y familiaridad. El cuerpo tiene un bagaje teórico comunicado, como por un tejido linfático, con la vida diaria. El cuerpo escribe que es imposible excluir el pensamiento y el sentido de justicia de la experiencia del dolor, y también de la inmersión estética en la vida abyecta, así como de los respiros de solidaridad en gestos mínimos: en el taller de mecánica, en la oficina de San Sebastián donde las novias obtienen el certificado de matrimonio. Son "islitas" para un respiro, aunque no todas son breves, e incluso en una de ellas cabe el guión de una obra teatral. En la precariedad todo el espacio que ofrece el objeto llamado libro se aprovecha, como se aprovechan todas las partes de algunos árboles, desde las frutas y las semillas hasta las raíces y las hojas. Todo cabe en la mesa. Se reta la hegemonía de los géneros excluyentes y de la gran Historia. 
Batallas duras del día a día: en piquetes y escritos por la universidad democrática y abierta, por la isla democrática y abierta, en una densa congestión de transito, ante el cadáver de un animal atropellado, rodeada de los imbéciles letreros edificantes de las agencias de gobierno. La cronista no busca la objetividad que da por bueno y normal el estado del mundo. Se da a la malabárica tarea de ir construyendo una forma de mirar contestataria sin censurarse ni aislarse. Ocupa espacios sin abandonar el suyo, porque sabe que, solidaridad aparte, no puede hablar por nadie que no sea ella. Se detiene, disminuye velocidades, en contraste con la velocidad del tiempo del capitalismo. Es una voz fuerte, en tensión con la voluntad de no ser dominante.
Puerto islas: crónicas, crisis, amor, un libro de Editorial Educación Emergente, editado por Lissette Rolón Collazo, con ilustraciones de Zuleira Soto Román y diseño de Nelson Vargas Vega, se presentó en Mayagüez, en el “vientre” de Taller Libertá. A su vez, Taller es hija del libro, y se describe en sus páginas: “Los techos son altísimos y entra mucha luz. Z me enseña bocetos de lo que sueñan hacer con cada rincón del Taller. Hay espacio para todas las artes, todas las colaboraciones, todas las gentes”.
Pueden multiplicarse los espacios generosos, siempre que la ambición también sea generosa, y el deseo de construir belleza y justicia esté a la altura del momento. Recuerdo que después del temporal se apreciaba lo que mis viejas y viejos llamaban algún cogollito, un brote por donde asoma la vida, entre hojas muertas. Suelen encontrarse en los lugares más inesperado y duros, allí donde ya pasó el fracaso de lo posible.

martes, 10 de abril de 2018

Belleza animal




“Durante años permanecí fiel a una extraña obsesión. Apenas  alguien hablaba de comienzos, me venía a la mente el recuerdo de un viejo pintor que durante mi infancia se dedicaba a pintar decenas de paisajes casi idénticos por televisión.”
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“Les conté cómo los indios tehuelches cazaban ñandúes en la Patagonia, persiguiendo al animal a pie a través de cientos de kilómetros, hasta verlo caer exhausto. Conté esa historia y cuando vi que todos me miraban atónitos comprendí que Giovanna había logrado su encomienda. Había logrado convertirme en un animal incomprensible.”

Entre las anteriores escenas de comienzo y cierre, se alza en el aire Museo animal, (Anagrama, Barcelona, septiembre de 2017) la novela más reciente de Carlos Fonseca, un artefacto que tiene numerosas entradas y en cada una de ellas la invitación a leer, con deslumbramiento, varias historias que alternan entre el reportaje y el mito, y cuyo hilo conductor podría ser la coexistencia de impulsos  humanos elementales, del arte y la destrucción.

La representación de las mujeres, que, en general, no es el fuerte de la literatura en español escrita por hombres, ocupa mi atención en esta nota sobre un libro que consta de varias secciones, numerosos ambientes, decenas de historias y personajes. Las dos personas protagónicas, Giovanna y Viviana, son madre e hija. Ellas tienen las manos dominantes del juego que se representa. Los personajes masculinos que las aman deciden alejarse de ellas por debilidad y temor, no sin antes seguirlas hasta los umbrales de la locura.

Museo animal, compuesta de cinco relatos, a la manera de aquel cinco en uno de Bolaño, o en homenaje a la figura del quincunce, comienza por el encantamiento de un narrador, un museólogo caribeño, puntualmente puertorriqueño, residente en Nueva York, que recibe una invitación de la diseñadora Giovanna Luxembourg. Se trata de colaborar en el montaje de un archivo destinado a una exposición cuya forma final e intenciones se desconocerán hasta la conclusión de la novela.  El propósito de clasificar y documentar campos tan poéticos como una “Teoría de la piel”, o una “Teoría de las redes” intenta explorar los límites del arte como imitación o camuflaje.

En  una de las secciones del libro, llamada El arte en juicio, entra en escena Virginia Luxembourg. Ex actriz, modelo, bisnieta del general Sherman, reconocido por la quema de Atlanta (¿recuerdan aquellas secuencias de Lo que el viento se llevó?) es la madre de la desaparecida Giovanna Luxembourg. En el personaje de Virginia se define el arte como recurso antagónico frente a la ley impuesta para validar la destrucción de ambientes, la pobreza, el exterminio y expulsión de pueblos. Virginia deja correr, como venenos en las aguas de la red, una cantidad de noticias falsas que alteran el orden de las bolsas y ponen en crisis los mercados. De esa manera, la que no se le ocurrió a Assange, interrumpe el flujo de los capitales que alimentan empresas basadas en la destrucción de ambientes y comunidades.

El personaje de Virginia y el de la hija tuvieron vidas profesionales en el campo de la moda. No nos rebajemos a mencionar que Mallarmé dirigió una revista de modas para reivindicar la moda como arte. No es necesario. En el reino del simulacro, de la imagen deslumbrante y efímera, la moda se impone en todas las manifestaciones  artificiales. La rebelión de las mujeres implica una insurrección de la imagen misma,  como si las modelos de las pasarelas de x y z se transformaran en tanques blindados, o, más letales aún, en espejos de la cotidianeidad, en chicas ordinarias y desgarbadas. O incluso más perversamente: como si el simulacro cambiara de bandos y apoyara con sus mentiras las acciones rebeldes que intentan atajar el desangramiento del mundo. Virginia y Giovanna jamás pierden el aura encantadora de la hechicera mientras callan y escriben, y se aferran la una a la espalda de la otra. La madre artista carga con la responsabilidad de la mala madre. La madre artista abandona a su hija para escribir. Pero la hija también es artista y con los materiales del abandono compone un mundo.

Tal vez el poder de la moda, o más bien del vestido, es semejante al poder del encubrimiento, a la protección que ofrece el camuflaje en terrenos peligrosos. Cuando, como en nuestro presente global,  el horror es universalmente visible, quedan a manera de aspiraciones utópicas las estratagemas de la literatura. La verdad de las mentiras del relato, el disloque del sentido en el discurso poético, se enfrentan a la mentira de las verdades difundidas como "fake news". Esa función del arte, la que pone en jaque los lugares comunes y se enfrenta a la seducción pacificadora, se desestima y castiga.

No debe tomarse a la ligera el proyecto subversivo de Virginia, la estrella espectacular y de su hija Giovanna. Toca el nervio de algunos debates sobre el arte contemporáneo; la insurrección permanente del artista  y sus ocultas perversiones. Entre la selección de artistas reconocidos, estudiados y publicitados,  el más iconoclasta de los gestos requiere el apoyo de mecenas que acaparan riquezas acumulando capitales depredadores. En otras palabras, al artista se le plantea un problema moral: o crea en la pobreza y el desamparo, en cumplimiento de una moral libertaria, o se apoya en mecenazgos  que le abren las puertas del resbaladizo mercado del arte. A contrapelo, Virginia Luxembourg opta por inundar la realidad autorizada con pequeñas ficciones desestabilizadoras, para al cabo dejarse apresar y encarcelar. Solo la cárcel, es decir, el encierro, la incomunicación, es refractaria, resistente, espantosa en su dolor solitario. De algún modo se relaciona con el artista en fuga mediante el anonimato voluntario; la historia de autores  que por el enigma de sus personas fueron más interesantes que sus ficciones, como Bernard Traven  (a quien se dedican unas páginas del libro) o Salinger.

El autor repasa las biografías de varios artistas excéntricos, que por su aislamiento se relacionan con las dos artistas imaginadas. El debate entre arte, imagen, publicidad y visibilidad mediática remite a las viejas oposiciones entre verdad y belleza; entre poesía y filosofía; entre realidad y palabra. Creo que si la belleza fuera reaccionaria –no hay que confundir belleza con falso consuelo– no se la ultrajaría y canibalizaría tanto por dos flancos opuestos: el que se apropia de la experiencia estética divulgando violencias genéricas aburridas, sueros sostenedores del vicio de sentir, como en las salas forenses de las teleseries y también en los cuentos de hadas buenas; o el que la desprecia desde el discurso cerrado, excluyente, de la razón, como ha visto Avital Ronnel en su libro sobre cuerpo y pensamiento occidental simple y llanamente titulado Stupidity.

Quizás es un órgano incompleto de nuestra limitada experiencia. Nadie es inmune a ella y ella a nadie engaña. El engaño es un antídoto ineficaz y triste que ingerimos para resistir el encanto de la belleza. Nadie se libra de su enervante seducción. Luego decidimos si callamos o si reproducimos la belleza loca de un artefacto como este libro de Carlos Fonseca. Es tan verdadera como el dolor y la crueldad, que a veces la acompañan. Partamos de nuestra complicidad, de nuestras manos sucias y de cómo disimulamos la fatal seducción de la belleza, tal vez menos engañosa que la soberbia del animal pensante.

Párrafo aparte merecen los ambientes. Buena parte de la novela transcurre en Puerto Rico. El Río piedras que veo cuando piso sus aceras me parece tedioso, ruinoso, plástico, incluso el cafetín  que aquí se describe como si fuera un escenario maravilloso del Ulysses.  Solo las librerías me han ofrecido salidas, porque no acaban de desaparecer aunque se supone que ya no existan y son y han sido y fueron túneles del tiempo o de fuga hacia las antípodas, en una isla controlada desde las escrituras  ficticias del imperio, como la que nos condena a “pertenecer a, sin formar parte de”. En el artefacto de Fonseca, Río Piedras se convierte en cueva mágica con todo y duende desdentado, el flexible  poeta que plantea la definición de la novela que ya no estaría en un museo, quizás porque  es una aspiración irrealizable: “Devolver la novela a la escala de los astros.  Hermano, ¿tú has estado alguna vez en el Gran Cañón?... la idea es hacer una novela tan cabrona como ese monumental panorama. Una novela vacía, repleta de polvo y aire, una novela geológica, que retrate en un instante absoluto el monumental paso del tiempo. Una novela archivo, eso es…” (p. 242). Por no hablar de la alucinante torre residencial de Caracas, trasladada a suelo boricua por arte de lo inverosímil.


Museo animal no tiene una sola salida. Se propuso y armó  como un artefacto de cinco puntas. (El quincunce es la forma elemental que se repite en todas las cosas, escribió en el siglo XVI I Thomas Browne.) A diferencia de la 2666 de Bolaño, que por su brutal exaltación de un mundo irremediable invita a la muerte, Museo animal no es un tapabocas. Salgo de ella con la respiración intacta y deseos de escribirle al margen esta nota.

El don de la belleza es  animal, y es innato. La sensación de un olor, de una brisa caliente, de un movimiento, de un contacto.  Se puede matar y está muerta, pero la belleza es tan nuestra como el instinto de destrucción de la belleza.  Negarla, aspirar a la pureza de lo incorpóreo, puede ser un móvil de grandes dramas, incluso raíz de tragedia.  

En Museo animal alguien lee un libro homónimo de otro de Max Sebald: Sobre la historia natural de la destrucción. El libro de Sebald es una pieza  que Fonseca añade a su artefacto. Las conferencias del libro de Sebald no tienen tanto que ver con la destrucción arrasadora del fuego que consumió ciudades alemanas durante la Segunda Guerra, como con el encubrimiento cómplice, tímido, de los intelectuales y artistas alemanes en las décadas siguientes, con dos excepciones que llevaron a dos personajes a la locura de la muerte en vida.

Nada queda en el planeta sin contaminar, sin dañar, sin violar, sin despedazar. Nada, vamos a entenderlo. La cuestión es qué hacer con la nada. Museo animal, con sus infinitas cadenas de alusiones e intertextualidades, con sus imágenes de archipiélagos luminosos y agonizantes en una laguna selvática, con el timbre propio de un revoloteo de sonidos, con el sermón del fuego de un hippie gringo vulgar y la reivindicación del arte como acusador de la mentira de las verdades, no renuncia al deseo –arcaico, ancestral, genético, demasiado humano– de dejar una huella.