sábado, 24 de septiembre de 2016

Barriles chinos






Esta semana, entre luces y apagones, me di una vuelta por Aguirre. Es el escenario de la novela que escribo. Le debo lealtad, le tengo cariño. Pasé por el campo de golf. Uno de los trabajadores me dijo que sintió la explosión que causó la avería en la termoeléctrica. Otro comentó que ya tenían luz, y que el ruido de la planta, que a mí se me hace insoportable, a la gente del barrio ya no les molesta. Tampoco le hacen mucho caso al humo. Pasé luego por la placita Kennedy. Le pregunté a un señor si en el árbol parlante que le daba sombra anidaban loros, y me dijo que sí. También me comentó que años atrás, cuando se fabricó la planta, entre los técnicos que la construyeron había un grupo de japoneses. Cuando la planta prende el ruido que hace es como cuando le ponen nombre a un bebé chino, me dijo. Echan a rodar unos barriles y según el sonido que hagan, escogen el nombre. Había cambiado de japoneses a chinos sin escrúpulo alguno. Con pareja fluidez retomó a los personajes japoneses y comentó que quienes construyeron la termoeléctrica habían enterrado un Buda para que dejara de llover, porque en Aguirre llovía demasiado y eso atrasaba las obras. Hay que encontrar ese Buda y desenterrarlo, me dijo. Ahora no llueve nunca. Esto es un desierto.



lunes, 19 de septiembre de 2016

Henry James







(Comienzo de un capítulo de la novela que escribo sobre la central Aguirre. En ese capítulo, el personaje Henry James visita Aguirre por el año de 1903).

.Comparto el culto jamesiano de Nilita Vientós Gastón, autora de Introducción a Henry James. Recuerdo que Nilita lo pronunciaba Jane y que lo había leído con esmerado fervor. Busqué el libro de Nilita en la biblioteca universitaria de Cayey el día de una asamblea de estudiantes.  Se palpaba la inminencia de un paro. Como quien tiene derecho a opinar, expresé que la situación no era para menos. Amenaza de huelga es amenaza de movimiento en una atmósfera social de manifiesta apatía e impunidad, que replica en esta otra colonia los efectos del “olvido prolongado” advertido por Glissant en su isla natal de Martinica.
Nilita vivió en años de confrontaciones armadas y persecuciones que se prolongan en el olvido; la insurrección del 30 de octubre de 1950, el arresto de miles de nacionalistas. Parecía otro país sin serlo. La condición de pueblo esclavizado que hoy ya no puede ocultarse se disimulaba entonces en escenarios retocados para la representación de un artificio.
El libro de Nilita fue publicado por la Editorial Universitaria en 1956.  Supongo que ella misma tradujo párrafos de las novelas, de los cuadernos, de los prefacios de James. Es lo que el título indica: una síntesis de lecturas, un panorama expresivo y amable, escrito en prosa llana y con timbre firme. Cultivar a James no requiere más propósito que el de adentrarse en una escala de tonos medios, tan sutilmente afinados en su singular frecuencia como las menudas distancias que capta un oído absoluto. Respondiendo a textos escritos en su propio registro de empatía, Nilita se situó frente al autor con la sencillez de quien reconoce a un interlocutor, mostrando una disposición que tuvo desde niña y conservó siempre (la infancia es patria de los lectores, acaso más que de los poetas) y que ella reconoce en James: un “asombrado entusiasmo”. Inmediatez quizás algo provinciana, sí, pero ajena al mal gusto de los nuevos ricos que medraban al amparo de la buena vida de entonces y lejanísima de la flaccidez mental de los criollos “de casta”. Tal desenfado, impensable en críticos de enrarecidos cenáculos patricios en otras capitales latinoamericanas, medió en sus lecturas del novelista con quien compartía el esnobismo que podía permitirse: el escandalizado horror que le provocaban las tendencias anti intelectuales de la sociedad estadounidense, las que denunciaría Richard Hostadter en su libro Anti-intellectualism in American Life. La familiaridad con que Nilita hizo suyos temas contemporáneos de la alta cultura modernista, su prolongada presencia en el periodismo cultural inteligente, la revista que armaba sin dinero, el rol de maestra universitaria y ateneísta, en nada evocan la melancolía del intelectual de país pequeño, pobre, e intervenido, de escasas riquezas mal repartidas.


No sorprende que Nilita citara la opinión de James sobre el presidente Theodore Roosevelt, como quien suscribe la visión del “americano” bárbaro, repetida por aquellos años en la puesta en escena de Los soles truncos, de René Marqués. Entre Roosevelt  y James había diferencias de clase y temperamento. Roosevelt heredó de sus padres una fortuna acunulada a la par con el crecimiento de la ciudad de Nueva York. También heredó una salud frágil, superada por una voluntad de aventurero con vocación de naturalista, explorador y cazador asesino. A Henry James lo tildaba de “amanerado” y “miserable little snob”. James, que vivía de lo que ganaba con la venta de sus libros, confeccionaba sus insultos a la medida, pero en su caracterización de Roosevelt se atuvo a la denuncia política, al referirse al Presidente como “a dangerous and ominous jingo”. (Edith Wharton, a Biography p. 144).
Comparto con los maestros Nilita y James una tesitura peligrosa (en mí, no en ellos) de cuerda floja tensada sobre la falla entre lo sublime y su “vecino íntimo” (la frase es de James). Nilita quiso ser cantante de ópera. Entiendo el gusto por la escritura musical de grandes pasiones desenfrenadas. James, sin embargo, escribió acerca de pasiones superadas, inolvidables, selladas con discreción.  Nadie ocupó mejor que él, sin rendirse al melodramatismo, los espacios (recorridos con nostalgia y nobleza de espíritu) que evocaban la figura extinta de la solterona curtida en el ejercicio del emersoniano “self-sufficiency”, mujer leal a una pasión imposible, a un principio más deseable que el placer. 



En la primera década del siglo XX, James recorrió varias ciudades de su país natal, de norte a sur: Newport, Boston, Concord, Salem, Nueva York, Filadelfia, Baltimore, Washington, Richmond, Charleston y Jacksonville (Florida). Las crónicas del viaje se publicaron en un libro: The American Scene. Tal vez por ser obra menor, el artista que construía múltiples miradas para caracterizar a sus personajes centró el lente en su propia sensibilidad al descubierto. Los espectros de experiencias anteriores en los lugares reencontrados tamizaron su mirada. La veladura suele ser decepcionante y melancólica, salvo el caso de espacios sagrados por la elemental manera de ser originales, dignos en su candidez (como la inalterable villa de Concord, la de la célebre batalla revolucionaria, la del célebre Emerson).
A James se le tenía por traidor a la patria a causa de su exilio voluntario, sobre todo tras la publicación de su exquisita biografía de Hawthorne, que solo salvaba al novelista de los siete gabletes por la transparencia de cierta ingenuidad encantadora en el campo de una literatura nueva, cruda y rústica. Marion Hooper Adams (la esposa de Henry Adams, parienta del malogrado Sturgis Hooper Lothrop, la fotógrafa, a quien James distinguía con una particular simpatía, y que para consternación del círculo de los Adams, se suicidó con los líquidos de revelar de su cuarto oscuro) criticaba el anti patriotismo de Henry en cartas a terceros.



Justo para la época en que el imperio de las franjas y las estrellas ocupaba los territorios donde no se pone el sol, se dio el reencuentro del expatriado Henry con los Estados Unidos. En una escala del viaje, en  un hotel de Charleston donde el conserje negro (“negro porter”) “put in the mud the dressing-bag I was obliged a few minutes later, in our close-pressed company, to nurse on my knees“, desenredó un hilo nostálgico del amasijo de impresiones que guardaba en la memoria. A Henry le choca la aparente incapacidad del sirviente, al confrontarla con las estampas del desaparecido sur de plantaciones señoriales, donde los negritos competían por el honor de cargar las maletas del amo blanco. El racismo de James, la cordialidad de James, cómo desenredar los hilos y calibrar las correspondientes reverberaciones. Alguna clave debió proponer James Baldwin, quien leyó mucho a Henry, como deben leer los escritores a ciertos monumentos. Además de la genealogía del expatriado, Baldwin admiraba el oído perfecto de James. El solitario Henry no hubiera imaginado la simpatía de Nilita Vientós Gastón, ni la importancia de sus novelas para un autor negro nacido en Harlem. En una de las numerosas entrevistas que otorgó, Baldwin añadió una clave insólita al enigma de la lección del maestro: “I think I really helplessly model myself on jazz musicians and try to write the way they sound. I am not an intellectual, not in the dreary sense that word is used today, and do not want to be: I am aiming at what Henry James called «perception at the pitch of passion».”


miércoles, 14 de septiembre de 2016

Principios





(Fragmento mínimo de una entrevista que me hizo Paz Balmaceda en 2010. Se publicó en el libro 18 novelistas latinoamericanos. En Puerto Rico hay dos ejemplares de ese libro.)


Quisiera que conversáramos un poco sobre la escritura. ¿Desde dónde planteas una novela? ¿Cuál es el punto de partida?

El punto de partida de una novela no es un punto. En todo caso es una convergencia, o una constelación. Ahora, mientras concluyo este intento de respuesta, a las 11:47 a.m. del 25 de julio de 2010, ratifico la metáfora de una constelación de cuerpos que se corresponden. Esa metáfora elige definir la escritura (y por supuesto la lectura) como un lugar de encuentros, al que nos lleva el deseo de integración –regresivo, pueril- que le adjudicaba Walter Benjamin al instinto mimético. El comienzo de un relato es la entrada en esa convergencia.

Una de sus corrientes, quizás la más engañosa, es la biografía del autor. Podría decir que me planteo una novela desde el lugar de una mujer que nació en un pueblito del interior de una isla caribeña el día en que comenzaron los juicios de Nuremberg. Eso es para ponerle los pelos de punta a cualquiera, la imagen de mi madre, casi una niña, pariéndome en un hospital de un sitio irrelevante donde además había una base militar de los Estados Unidos, el día que comenzó el proceso cuyas revelaciones, según Adorno pondrían fin a la poesía. Por suerte, al margen de ese espanto, transcurría la celebración del fin de una guerra.




La isla es una colonia “clásica”, un país totalmente dependiente, donde la estética Disney esconde violencias. Un incoherente enclave colonial que se concibió como “escaparate de la democracia”, como puente invisible entre el Norte y el Sur, y que con el tiempo colapsó como modelo y ahora forma parte de otra red global: la economía del narcotráfico. Este estado colonial, tan premonitorio de lo que pasaría con las culturas nacionales en la economía global, ha sido una prisión, y también una cantera para una escritora que, además, maneja una lengua literaria que no es la lengua viva de su país, situada en un momento del mundo, en una literatura menor, a la sombra de literaturas mayores. Ella vivió la euforia de las contraculturas de los años sesenta, una corriente crítica de resistencia cultural. La marcaron la herencia de los modernistas, la cultura pop y una fe candorosa en la autonomía relativa de la literatura.

Esos contextos de la enunciación son lugares conjeturales para plantearse la escritura de una novela. Orientan el trazo que nunca llega a completarse, como en la parábola de Calvino, un escritor cuyas propuestas han tenido validez profética en cierto modo de entender la literatura.

¿Cuál es tu punto de partida? Lo que se pierde. Lo que se olvida. El olvido es parte del pacto de escribir. Las novelas de un novelista son una sola novela con variaciones. La novela que alguien es capaz de escribir está hecha ya, como el código genético y los condicionamientos de la historia, pero sólo un dispositivo es capaz de exteriorizarla. Ese dispositivo es un texto primitivo, un estímulo inquietante, un enigma, una provocación, una irritación, un deseo, una realidad entrevista. 

Desde esa clave se plantea una novela.

Si recuerdo sus efectos, esa clave tiene una frecuencia alta, extática. El camino de la escritura es la vía de la impotencia, pero el principio siempre es el gozo. Incluso cuando se plantea con la necesidad urgente que causa un desgarramiento, una experiencia dolorosa o devastadora, la clave de entrada está en una frecuencia alta, en un ritmo vivaz. Algo muy parecido a esa sensación de amparo que muchos niños no sienten nunca.

Hay relaciones entre la música y la escritura de una novela. No sólo en la estructura, aunque se hayan compuesto piezas musicales conforme a la estructura dramática, novelas sinfónicas y novelas que son piezas para un solo instrumento. Reviso la imagen de la constelación para añadirle música y movimiento.

Esto no tiene que ver con la magia, aunque parezca mágico y en cierto modo lo sea. Las modalidades de la conciencia tienen correlatos neurofisiológicos. La actividad del cerebro, que es un hacedor de ficciones, marca frecuencias de tono y ritmo. Narrar, disponer acciones en el tiempo, es una de sus funciones, un modo de organizar la experiencia. El placer engañoso de las ficciones es otra. El cerebro es un gran seductor, el poeta camaleónico de Keats.

El lugar de partida de una novela es una invitación a recuperar el principio del placer, que a la postre se estrella contra la realidad doliente de su insuficiencia. Afasia, fracaso, recurrir a una lengua escrita, inerte. Ese principio del placer es una máscara que encubre el entorno miserable, que lo sustituye con la esperanza del conocimiento, de la comunicación. Lo que queda de ese momento, el libro, es el fósil de lo que fuera una experiencia vibrante. Siempre hay algo patético en ese libro, las huellas de una componenda. Pero su principio olvidado deja una resonancia en el texto.

Uno de los riesgos de la escritura es la propensión a la utopía, la consolación escapista (Bataille). Otro riesgo es su contrario aparente, la estridencia efectista. Veo en la mejor escritura una mezcla de distanciamiento y rigor, de compasión y frialdad insobornables, o que en todo caso sólo puede sobornar la arrogancia, la ilusión del éxito. Entonces, paradójicamente, aun al precio de disolver esa unión con el otro, es preferible destruir lo hecho, ocultar lo que no debe asimilarse, degradarse, sobornarse. Desde esos lugares extraños todavía puede plantearse una novela. 


jueves, 1 de septiembre de 2016

Borinquen Fields




Quizás por mi edad, y por la vuelta al 1898 (la experiencia que una junta dictatorial nos regala, ubicándonos en una máquina del tiempo, en viaje de regreso a la época de las colonias clásicas y las escrituras de Kipling y Stevenson, venerados por Georgie Borges) he tenido la experiencia, paseando ayer por el pueblo, de que me encontraba en los años cincuenta del siglo anterior, cuando las mujeres familiares eran flacas, pequeñas, ajadas, con melenitas hasta los hombros, caras largas de pómulos salientes y sonrisas acogedoras. 

Hoy desperté buscando archivos de novelas no natas, de proyectos abandonados. Encontré ocho páginas de Borinquen Fields, un relato que hubiera intentado reconstruir la comunicación triangular que existió durante la segunda guerra mundial entre la base Ramey de Aguadilla, la ciudad de Recife en Brasil, y Dakar, en Senegal. Comparto las líneas iniciales de dos capítulos ambientados en Dakar,  mismos que me había propuesto escribir a imitación de la novelista Amina Sow y el cine de Sembene. Dedico el corte minimalista a Bruno Soreno.  

Capítulo III
Qué feos son los mendigos, piensa Amina, y qué raro que los festejen tanto hoy y que los desprecien tanto el resto del año. Para que se cumpla el destino de tu padre es imprescindible agasajarlos. Sólo merece la riqueza quien es generoso en sus dádivas. Pero nosotros no somos ricos, ni comemos tan bien, responde Amina. En el bautismo de Kia no se consumieron golosinas ni arroces con carne y mucho menos estas cantidades de nueces de kola. Justamente, niña. No hables más y sirve.
El calor acentuaba la espesura impenetrable de los cuerpos. La casa había dejado de ser invisible por espaciosa y familiar para hacerse irreconocible.  

Capítulo VI
En Senegal hubo un santo capaz de escribir varios poemas distintos de un solo trazo de la mano. No es necesario decir su nombre. 



lunes, 29 de agosto de 2016

Pozuelo









No recuerdo la primera vez que vi el mar de Pozuelo, pero desde entonces no he dejado de volver. Llego mediada la tarde, o cuando se anuncia el crepúsculo y las siluetas de los troncos encallados y los animales se atomizan en el resplandor de un sol que encandila antes de ahogarse en el horizonte. Aquella tarde todavía la luz del declive no turbaba la serenidad del mar. Andaba con la más vieja y mansa de las perras que me acompañan cuando voy a Pozuelo. Nos acercamos a un recodo donde el agua se arremolina en los arrecifes, replicando la cercana bahía, y al doblar la curva vimos al hombre alto, moreno, mayor, que es dueño de la casa cuya verja se aleja unos metros de la orilla. Está con dos niños, cada uno tiene su caña de pescar. El hombre se dobla para que lo oigan. Supongo que les explica cómo tirar la línea. Los niños, pálidos, como si vinieran de una ciudad donde se siente el invierno, la lanzan más allá de los arrecifes. Se deja oír el sonido de barajas cortadas de la línea que se desdobla. Son parientes, quizás sus nietos. Pasan las vacaciones en la isla. El sonido de la línea lanzada no muy lejos, por bracitos débiles, me recuerda un día de pesca con mi hermana, sus hijos y mi hija en el lago Pinchot, cercano a Gettysburg, de aguas verdosas y recortadas. El recuerdo es hoy, de cuando escribo esto, porque cuando me acercaba al hombre y a sus nietos mi hermana no había muerto, y yo no pensaba en ella.
La perra guardiana de la casa del hombre – la llamo Monstruo- empezó a ladrar con la agresividad histérica, farsante, de los perros domésticos. Yo sabía que Monstruo no lo es tanto porque en otras ocasiones me había cruzado en la playa con el hombre que paseaba con ella y con una perra más pequeña. La pasión defensora se relaciona con la protección del espacio donde los perros caseros guardan sus cosas, sus olores, las sombras de sus amos, los celajes que nuestros ojos no perciben, los filos sonoros que el oído humano jamás escucha, pero que para ellos están presentes, sin posibilidad de ser confundidos, amenazantes.
El hombre encerró a la perra, que siguió ladrando tras la verja de la casa. Se me acercó sin la cordialidad de otras ocasiones. Yo había interrumpido con torpeza injustificable su momento familiar, la tradición paterna o materna de enseñar a los más chicos los movimientos de la pesca. Entonces, sin premeditación, le pregunté por los cadáveres. Recuerdo su respuesta, el gesto de mirar al mar como si le costara mirarme al pronunciar lo evidente: “santería, eso es santería”. Aquella otra tarde, la del encuentro con los cadáveres, no habíamos tropezado con gente en la playa. Suele ser una playa solitaria, y el mar sucio, siempre agitado, impresiona más por el estruendo de las olas gigantescas que chocan en la orilla que por la serena belleza de las tonalidades del agua. No me interesa tanto el mar como la resaca. La playa de arena gris es un escaparate de formas simples o torcidamente monstruosas, un cementerio de pedazos coralinos. Cuando en otros lugares es otoño, en la isla son los meses en que el mar "se limpia". Escribo esto en un mes de octubre. Entre la marca de la espuma y la franja de la playa se amontona el sargazo, en estados que varían entre la guirnalda pulposa, con redondas frutitas minúsculas, hasta el enjambre reseco que produce su descomposición.
El día en que le pregunté al hombre por los cadáveres y el hombre, sin mirarme, dijo santería, la playa estaba limpia de sargazos y el aire cristalino. Yo le había contado que unas semanas atrás, tarde en la tarde, me distraía “espiando ” la arena, con el mar solo de fondo sonoro, cuando vi las manzanas y las margaritas. Alrededor de ellas la arena estaba lisa, pulida, y el agua estiraba los pétalos y daba brillo a las frutas, dejando siluetas de espuma. Lo que vi después, en el recodo que está justo antes de la casa del hombre fue un animal grande, blanco cuadrúpedo. La pelambre mojada le daba un aire triste, de niño atacado por la lluvia, más triste que su cuerpo decapitado. La cabeza no estaba cerca del cadáver, ni en los alrededores visibles. Una sensación igualmente incompleta y absurda, el no poder precisar qué había sido aquel cuerpo despojado. No había huellas de sangre, lo que distinguía más al animal de los restos de un cuerpo que alguna vez tuvo vida, y lo acercaba a la percepción de un peluche maltratado. Empezaba a hincharse. Me alejé ante el espanto, no era posible acercarse un paso más, ver los detalles del tronco cercenado, el miedo de que la perra mansa que me acompañaba recordara un mundo de razones salvajes.
Al retroceder me di cuenta de que habíamos pasado, sin verlas, junto a dos gallináceas grandes, blancas, decapitadas. No había rastros de sangre. No olvidó las patas encogidas asociables a los pies de las mujeres orgásmicas de ciertos grabados japoneses.
“Santería”, dijo el hombre, cuando le mencioné los cadáveres decapitados que alguien había abandonado allí, tan cerca de su casa. Se me ocurrió preguntarle qué pasaba con los cuerpos en descomposición, si los devoraban los animales realengos o los pájaros de rapiña. Añadí que aquello era un falta de respeto, una desconsideración para los vecinos y paseantes. Él no me miró cuando dijo que eran restos de sacrificios realizados en altamar, y que las olas los arrastraban a la orilla. Él había enterrado algunos. Meses más tarde me comentó un amigo que dejar cuerpos en la playa es un disparate y una afrenta al mar, pues el mar es el origen de todo. Además, la diosa del mar no gusta de gallinas, sino de patos.
Los cadáveres de las ceremonias, las frutas, son frecuencias anteriores a los vecinos que construyeron en la zona marítimo terrestre y a sus perros domésticos que se distinguen de los sarnosos perseguidos, y que cuidan los olores de las casas que a veces huelen a sangre de aves y mamíferos. Me ha tocado en suerte encontrar los restos de un misterio. La sangre ausente de los animales sacrificados ocupa el lugar que le es propio, como privilegio de unas fuerzas semejantes al insomnio que raya en la locura, tan desorbitadas, que no aceptan ofrendas vegetales.

jueves, 30 de junio de 2016

A special relationship: Aguirre



Aquí hay influencia francesa, y hasta holandesa, comentó, como si les leyera el pensamiento. Pasó a explicarles las diferencias entre los encajes: Este que ven es un sol de Naranjito, una versión más sencilla del sol de Maracaibo. Las mejores familias han transmitido sus conocimientos ancestrales – fueron muchas las que huyeron a Puerto Rico para escapar de los bárbaros comandados por Bolívar. Las labores de aguja se enseñan en los asilos, en las escuelas públicas y en las particulares. Alice conoce bien a la señora Francisca, dama ilustre que dirige la escuela pública superior de una ciudad llamada Ponce. Abre el baúl, Sturgis. Estas señoras han visto lo que el ingenio puede imaginar, pero no el prodigio. Esta pieza que Alice les explicará, no tiene igual en la faz de la tierra. Abre el baúl, Sturgis, pero no lo toques. Tus manazas no se hicieron para acariciar exquisiteces.  
Tenía razón Mary Crowninshield: las señoras no habían visto nada igual. El soporte del prodigio era un rectángulo de seda tornasolada que reflejaba tonos de azul, desde el celeste hasta el marino, vacilante trasfondo que acogía hilos simuladores de la sombra de un árbol de flores rojas como brasas, menudos puntos de cruz en seda. La casa grande,  sobre un promontorio de hilos reticulados, reflejaba, por las capas de su hechura, las imposibles tonalidades del blanco. El conjunto evocaba la central Aguirre, con su chimenea, mansión señorial bajo árbol de fuego, mar de las Antillas. Escamas de peces insinuaban el humo nacarado; caracoles minúsculos, la arena de la costa. Para formar las crines de los caballos que pastaban en la llanura junto a las casuchas, y el rabo del perro rubio, se habían empleado hilos más gruesos que la seda, pero igualmente lustrosos. Sturgis donó los restos de un recorte, dijo Alice, mirándolo con arrobamiento. Las damas no disimularon su asombro ante la imprudencia de la muchacha que había puesto en manos salvajes un mechón de la cabeza del marido. Las Forbes, las Leland, las Cabot-Lodge, descendían de reverendos quemadores de brujas. El descuido de Mary Crowninshield, el no haber advertido a su hija sobre las consecuencias, les pareció lamentable. Cómo no me di cuenta, piensa Alice. Aquella mujer se enamoró de mi Sturgis, Juana, la muy bruja. 
Para las labores de aguja hechas por las manos de las huérfanas y solteronas ponceñas sí  había un mercado excelente. No hay temor que nuble el cielo de una buena ganancia. Doña Mary sacó de su bolsa la ficha ganadora, unos planos muy bonitos. Los desplegó sobre su falda antes de colocarlos en la mesa. Eran diseños de trajes adaptados a la vida veraniega en las bulliciosas costas de Newport, o Martha´s Vineyard, patrones para vestidos de algodón e hilo.  Son sencillos, los propone una amiga de Alice, la señora Carmen de Infiesta. En los puños y alrededor del cuello y sobre el pecho llevarán encajes bordados y tejidos por mujeres puertorriqueñas. Ya ordené uno para mí. A manera de broche, en el cuello, añadiré una broma, un guiño, una exquisita miniatura. Ya verán cuando lo estrene.

El presidente McKinley mostraba interés en las servilletas y los manteles hechos en Puerto Rico, concluía la señora, guardando el plano, antes que la de Forbes lo tocara con sus dedos amarillentos. Unos años después, el presidente Roosevelt, -con pareja imprudencia  escribía libros o tomaba por asalto promontorios dominados por pérfidos españoles degenerados y liberaba señoritas desfallecidas- auspició el proyecto de los trabajos en aguja de las damas ponceñas, encajes para cuellos y puños, tapetitos y manteles. Ordenó, cuenta doña Mary en sus Reminiscences, un juego de manteles y servilletas para la Casa Blanca: la auténtica Casa Blanca. El diseño mostraba “a special design of an eagle, suggesting the United States insignia”. Puede que en algún depósito de Washington DC se conserven las águilas de encaje. Según la cronista, la mantelería cosida en la isla “became popular in Washington, and was purchased quite generally among government officials”. Crowninshield tenía talento para el dibujo y sensibilidad de modista. Cuenta que se vendían bien los trajes diseñados por ella, hechos en Puerto Rico. En su casa de veraneo en Mattapoinset abrió “a sort of shop”. Un verano vendió $4,000 en labores de aguja. Antes que el mundo llevara la indeleble marca de propiedad de los descendientes de las Forbes y las Cabot-Lodge,  Mary Crowninshield hizo pininos de empresaria global : “One design I made for the Porto Rico work, for a centre-piece, proved also very popular, especially with our family, as it had a crown with a shield on it. I met with one of these in England, at Sheen, Lady Wood´s house”. El negocio filantrópico prosperó hasta la muerte de Sturgis, cuando el mundo de Alice se detuvo en una parada de rencor hacia la isla. 

domingo, 13 de marzo de 2016

Alice



El de 2015 fue, en el norte, un otoño con temperaturas casi tropicales. Caminé por la ciudad desconocida sin sentido de las distancias. Al dibujar sobre un mapa la ruta de mis pasos vi unas formas parecidas a dos constelaciones, la Osa Mayor y la Osa Menor. Supongo que esos patrones son engañosos; de algún truco hay que servirse para poder contar la historia que se desea cuando el rastro mismo de la pesquisa es lo que va dibujando su figura.

Entrar en la historia del Boston de los “merchant princes” es casi adivinar la combinación de una vieja caja fuerte. Los nombres que llevaba conmigo desde Puerto Rico no les dicen gran cosa a quienes se interesan en la historia de la isla, las tramas del ejército invasor y sus agentes empresariales: William Sturgis Hooper Lothrop, Francis Dumaresq, John Dandridge Henley Luce, Henry de Ford. Nombres que son solo sonidos fuera del espacio bostoniano, estrecho, aunque cruzado con más conexiones remotas que un tejido nervioso.

Alice Bacon Lothrop era la esposa de Sturgis Lothrop, uno de los agentes bostonianos que llegaron con las fuerzas invasoras en 1898. Sturgis viajó como miembro de la llamada Comisión de Paz, en un barco del ejército de Estados Unidos, y fue uno de los primeros civiles que pisaron el territorio. Compartió el transporte, según el testimonio de una parienta, con los funcionarios del US Post Office que sustituyeron las estampillas españolas por estampillas de Estados Unidos.

Di con un retrato de Alice pintado por Frank Weston en 1891, un año antes del matrimonio de la muchacha. Sutil retratista de mujeres, Weston pintó varias veces a sus propias hijas,  vestidas con trajes desbordantes de encajes, portadoras de parasoles translúcidos, tan hambrientos de sol que en uno de ellos, La lectora, las páginas del libro están en blanco, la tinta devorada por la luz.

El retrato de Alice es de escaparate, pero no hubiera podido enfrentarme al misterio de la joven casadera sin la extraña fortuna de encontrar en la red un libro: la edición, limitada en sus orígenes y ahora universal, de las memorias de la madre de Alice.  Con sus ojos color caramelo, Alice dejó algunas miradas en el litoral de la carretera 3, como las que de niña dedicaba, entre edredones, a un remedio que le salvó la vida para que años después pudiera ver el mar. 

El mundo de los niños quedaba entonces más cerca de las tribulaciones de los viejos. El mundo de los niños ricos tenía un poco más de aire que el de los niños de las obreras y de las prostitutas, pero seguía siendo escaso el aire. La niña era una mujer en miniatura, sometida a obligaciones dolorosas. Cuando alguien se enfermaba en una casa de burgueses, las paredes se saturaban con los vapores de las medicinas malolientes. Una casa era la gruta del bienestar en las cenas familiares, olorosas a  panes y budines de ciruela encendidos en ron. Pero antes de las fiestas se torturaba a los niños rizándoles el pelo con papelillos, según cuenta en su libro la madre de Alice. Aunque ella no lo escribe, más poderosos serían otros ambientes: los remedios caseros, las habitaciones frías, los partos de la madre, el nacimiento de los hermanitos en aguas sangrientas, las paredes ahumadas, las velas que irradiaban luz rodeada de tinieblas.

Los niños enfermaban de tuberculosis, ardían de fiebre escarlatina o tifoidea.  La vida no les alcanzaba para buscar el sol del Caribe y morir en Cuba, en Santo Domingo, en Santa Cruz o en Puerto Rico, al igual que tantos bostonianos jóvenes.

Alice fue una de dos hijas de un matrimonio que, a juzgar por el silencio de la señora sobre su marido, el banquero Francis Bacon, se pautó y vivió sin entusiasmo. Al finalizar la Guerra Civil, los Bacon vivían en una casa flanqueada por dos caserones más grandes, de cuyos tejados altos y empinados bajaban corrientes de humo que se colaban por las chimeneas de la casa de los Bacon y les viciaban el aire.  La niña Alice, que a los cinco años era más inquieta que la mayoría de los infantes tísicos de las primeras familias, resbaló en la superficie de una charca congelada que se había formado en un solar vacante. Un aparente resfrío le provocó fiebres. El médico de la familia le diagnosticó una enfermedad más abundante que la luz: fiebre reumática. Cuenta la madre de Alice que la medicaron con un milagroso remedio “recién descubierto”: ácido salícico.

Aspirina.

Miss Bacon fue una de las primeras enfermas a quienes se administró la droga experimental. La historia de su caso y de la milagrosa aspirina se publicó en una revista científica, lo que brindó a la niña, continúa la madre, “mucho placer y deleite”. Pronto se recuperó y pasaba los días en el cuarto de los niños que se hacían jóvenes en torno a un Steinway vertical. Alice tocaba el violín y acompañaba a su hermano, cuando no practicaba, continúa la madre, su afición al baile.

El domingo de mi viaje a Boston, me detuve unos minutos frente a su última casa, la que compró cuando se casó su hijo menor. Yo había pasado dos veces frente a esa casa, que constaba en mis apuntes como uno de los destinos del viaje. La primera vez, el primer día, mi primera tarde en la ciudad, me urgía llegar al archivo del Ateneo, que se encuentra en lo más alto de la larga  y escarpada calle Beacon. El tiempo fragmentado por las tareas calendarizadas. La visión de túnel de una caminante cansada, que lleva en la cabeza el enjambre de sus ideas solitarias. Que tiene dos horas para revisar unos documentos solicitados meses antes. Ese día anduve frente a la casa sin saberlo. Hoy, cuando escribo la primera versión de este pasaje, recupero una casa animada que me vio pasar con alguno de sus ocho ojos abiertos. Mi presencia pudo ser la gota de agua capaz de colmar un vaso, o una gota más en un mar: insignificante. Una mañana de domingo, con apenas una hora antes de un encuentro con amigos, salí a buscar la casa. 

(Párrafos del libro que estoy escribiendo, sobre la Carretera 3).