martes, 10 de abril de 2018

Belleza animal




“Durante años permanecí fiel a una extraña obsesión. Apenas  alguien hablaba de comienzos, me venía a la mente el recuerdo de un viejo pintor que durante mi infancia se dedicaba a pintar decenas de paisajes casi idénticos por televisión.”
….

“Les conté cómo los indios tehuelches cazaban ñandúes en la Patagonia, persiguiendo al animal a pie a través de cientos de kilómetros, hasta verlo caer exhausto. Conté esa historia y cuando vi que todos me miraban atónitos comprendí que Giovanna había logrado su encomienda. Había logrado convertirme en un animal incomprensible.”

Entre las anteriores escenas de comienzo y cierre, se alza en el aire Museo animal, (Anagrama, Barcelona, septiembre de 2017) la novela más reciente de Carlos Fonseca, un artefacto que tiene numerosas entradas y en cada una de ellas la invitación a leer, con deslumbramiento, varias historias que alternan entre el reportaje y el mito, y cuyo hilo conductor podría ser la coexistencia de impulsos  humanos elementales, del arte y la destrucción.

La representación de las mujeres, que, en general, no es el fuerte de la literatura en español escrita por hombres, ocupa mi atención en esta nota sobre un libro que consta de varias secciones, numerosos ambientes, decenas de historias y personajes. Las dos personas protagónicas, Giovanna y Viviana, son madre e hija. Ellas tienen las manos dominantes del juego que se representa. Los personajes masculinos que las aman deciden alejarse de ellas por debilidad y temor, no sin antes seguirlas hasta los umbrales de la locura.

Museo animal, compuesta de cinco relatos, a la manera de aquel cinco en uno de Bolaño, o en homenaje a la figura del quincunce, comienza por el encantamiento de un narrador, un museólogo caribeño, puntualmente puertorriqueño, residente en Nueva York, que recibe una invitación de la diseñadora Giovanna Luxembourg. Se trata de colaborar en el montaje de un archivo destinado a una exposición cuya forma final e intenciones se desconocerán hasta la conclusión de la novela.  El propósito de clasificar y documentar campos tan poéticos como una “Teoría de la piel”, o una “Teoría de las redes” intenta explorar los límites del arte como imitación o camuflaje.

En  una de las secciones del libro, llamada El arte en juicio, entra en escena Virginia Luxembourg. Ex actriz, modelo, bisnieta del general Sherman, reconocido por la quema de Atlanta (¿recuerdan aquellas secuencias de Lo que el viento se llevó?) es la madre de la desaparecida Giovanna Luxembourg. En el personaje de Virginia se define el arte como recurso antagónico frente a la ley impuesta para validar la destrucción de ambientes, la pobreza, el exterminio y expulsión de pueblos. Virginia deja correr, como venenos en las aguas de la red, una cantidad de noticias falsas que alteran el orden de las bolsas y ponen en crisis los mercados. De esa manera, la que no se le ocurrió a Assange, interrumpe el flujo de los capitales que alimentan empresas basadas en la destrucción de ambientes y comunidades.

El personaje de Virginia y el de la hija tuvieron vidas profesionales en el campo de la moda. No nos rebajemos a mencionar que Mallarmé dirigió una revista de modas para reivindicar la moda como arte. No es necesario. En el reino del simulacro, de la imagen deslumbrante y efímera, la moda se impone en todas las manifestaciones  artificiales. La rebelión de las mujeres implica una insurrección de la imagen misma,  como si las modelos de las pasarelas de x y z se transformaran en tanques blindados, o, más letales aún, en espejos de la cotidianeidad, en chicas ordinarias y desgarbadas. O incluso más perversamente: como si el simulacro cambiara de bandos y apoyara con sus mentiras las acciones rebeldes que intentan atajar el desangramiento del mundo. Virginia y Giovanna jamás pierden el aura encantadora de la hechicera mientras callan y escriben, y se aferran la una a la espalda de la otra. La madre artista carga con la responsabilidad de la mala madre. La madre artista abandona a su hija para escribir. Pero la hija también es artista y con los materiales del abandono compone un mundo.

Tal vez el poder de la moda, o más bien del vestido, es semejante al poder del encubrimiento, a la protección que ofrece el camuflaje en terrenos peligrosos. Cuando, como en nuestro presente global,  el horror es universalmente visible, quedan a manera de aspiraciones utópicas las estratagemas de la literatura. La verdad de las mentiras del relato, el disloque del sentido en el discurso poético, se enfrentan a la mentira de las verdades difundidas como "fake news". Esa función del arte, la que pone en jaque los lugares comunes y se enfrenta a la seducción pacificadora, se desestima y castiga.

No debe tomarse a la ligera el proyecto subversivo de Virginia, la estrella espectacular y de su hija Giovanna. Toca el nervio de algunos debates sobre el arte contemporáneo; la insurrección permanente del artista  y sus ocultas perversiones. Entre la selección de artistas reconocidos, estudiados y publicitados,  el más iconoclasta de los gestos requiere el apoyo de mecenas que acaparan riquezas acumulando capitales depredadores. En otras palabras, al artista se le plantea un problema moral: o crea en la pobreza y el desamparo, en cumplimiento de una moral libertaria, o se apoya en mecenazgos  que le abren las puertas del resbaladizo mercado del arte. A contrapelo, Virginia Luxembourg opta por inundar la realidad autorizada con pequeñas ficciones desestabilizadoras, para al cabo dejarse apresar y encarcelar. Solo la cárcel, es decir, el encierro, la incomunicación, es refractaria, resistente, espantosa en su dolor solitario. De algún modo se relaciona con el artista en fuga mediante el anonimato voluntario; la historia de autores  que por el enigma de sus personas fueron más interesantes que sus ficciones, como Bernard Traven  (a quien se dedican unas páginas del libro) o Salinger.

El autor repasa las biografías de varios artistas excéntricos, que por su aislamiento se relacionan con las dos artistas imaginadas. El debate entre arte, imagen, publicidad y visibilidad mediática remite a las viejas oposiciones entre verdad y belleza; entre poesía y filosofía; entre realidad y palabra. Creo que si la belleza fuera reaccionaria –no hay que confundir belleza con falso consuelo– no se la ultrajaría y canibalizaría tanto por dos flancos opuestos: el que se apropia de la experiencia estética divulgando violencias genéricas aburridas, sueros sostenedores del vicio de sentir, como en las salas forenses de las teleseries y también en los cuentos de hadas buenas; o el que la desprecia desde el discurso cerrado, excluyente, de la razón, como ha visto Avital Ronnel en su libro sobre cuerpo y pensamiento occidental simple y llanamente titulado Stupidity.

Quizás es un órgano incompleto de nuestra limitada experiencia. Nadie es inmune a ella y ella a nadie engaña. El engaño es un antídoto ineficaz y triste que ingerimos para resistir el encanto de la belleza. Nadie se libra de su enervante seducción. Luego decidimos si callamos o si reproducimos la belleza loca de un artefacto como este libro de Carlos Fonseca. Es tan verdadera como el dolor y la crueldad, que a veces la acompañan. Partamos de nuestra complicidad, de nuestras manos sucias y de cómo disimulamos la fatal seducción de la belleza, tal vez menos engañosa que la soberbia del animal pensante.

Párrafo aparte merecen los ambientes. Buena parte de la novela transcurre en Puerto Rico. El Río piedras que veo cuando piso sus aceras me parece tedioso, ruinoso, plástico, incluso el cafetín  que aquí se describe como si fuera un escenario maravilloso del Ulysses.  Solo las librerías me han ofrecido salidas, porque no acaban de desaparecer aunque se supone que ya no existan y son y han sido y fueron túneles del tiempo o de fuga hacia las antípodas, en una isla controlada desde las escrituras  ficticias del imperio, como la que nos condena a “pertenecer a, sin formar parte de”. En el artefacto de Fonseca, Río Piedras se convierte en cueva mágica con todo y duende desdentado, el flexible  poeta que plantea la definición de la novela que ya no estaría en un museo, quizás porque  es una aspiración irrealizable: “Devolver la novela a la escala de los astros.  Hermano, ¿tú has estado alguna vez en el Gran Cañón?... la idea es hacer una novela tan cabrona como ese monumental panorama. Una novela vacía, repleta de polvo y aire, una novela geológica, que retrate en un instante absoluto el monumental paso del tiempo. Una novela archivo, eso es…” (p. 242). Por no hablar de la alucinante torre residencial de Caracas, trasladada a suelo boricua por arte de lo inverosímil.


Museo animal no tiene una sola salida. Se propuso y armó  como un artefacto de cinco puntas. (El quincunce es la forma elemental que se repite en todas las cosas, escribió en el siglo XVI I Thomas Browne.) A diferencia de la 2666 de Bolaño, que por su brutal exaltación de un mundo irremediable invita a la muerte, Museo animal no es un tapabocas. Salgo de ella con la respiración intacta y deseos de escribirle al margen esta nota.

El don de la belleza es  animal, y es innato. La sensación de un olor, de una brisa caliente, de un movimiento, de un contacto.  Se puede matar y está muerta, pero la belleza es tan nuestra como el instinto de destrucción de la belleza.  Negarla, aspirar a la pureza de lo incorpóreo, puede ser un móvil de grandes dramas, incluso raíz de tragedia.  

En Museo animal alguien lee un libro homónimo de otro de Max Sebald: Sobre la historia natural de la destrucción. El libro de Sebald es una pieza  que Fonseca añade a su artefacto. Las conferencias del libro de Sebald no tienen tanto que ver con la destrucción arrasadora del fuego que consumió ciudades alemanas durante la Segunda Guerra, como con el encubrimiento cómplice, tímido, de los intelectuales y artistas alemanes en las décadas siguientes, con dos excepciones que llevaron a dos personajes a la locura de la muerte en vida.

Nada queda en el planeta sin contaminar, sin dañar, sin violar, sin despedazar. Nada, vamos a entenderlo. La cuestión es qué hacer con la nada. Museo animal, con sus infinitas cadenas de alusiones e intertextualidades, con sus imágenes de archipiélagos luminosos y agonizantes en una laguna selvática, con el timbre propio de un revoloteo de sonidos, con el sermón del fuego de un hippie gringo vulgar y la reivindicación del arte como acusador de la mentira de las verdades, no renuncia al deseo –arcaico, ancestral, genético, demasiado humano– de dejar una huella. 

viernes, 30 de marzo de 2018

Hojas de papel volando




El escenario de la isla desierta y los libros suele ser una ficción. En mi caso doy fe de que el lugar existe y vivo en él, no tanto como morada interior sino que vivo en él, realmente. En mi país sucedió algo que no acabamos de entender sus pobladores, y que en menos de un trimestre ha dado lugar a  un vaciamiento demográfico. Se conjetura que más de 100,000 habitantes han abandonado la isla en ese plazo. La suerte de los emigrantes sería materia rica para cualquier cantidad de investigaciones, crónicas, ficciones o alucinaciones. Todavía no sabemos qué nos pasó, hablo en serio. Durante meses no hemos tenido acceso a las imágenes visuales del país mismo, las que se difundían, se dice aunque no me consta, en buena parte del planeta. En nuestra casa pasamos tres meses sin energía eléctrica, pero la mitad del país no verá la luz pronto. Carecer de energía eléctrica en una isla construida sobre el artificio y la irresponsabilidad de la energía barata, que nunca lo es, trastorna las comunicaciones, los cuidados de salud, los trámites comerciales, el manejo de la casa, la distribución del agua, los semáforos, las adicciones, las pequeñas ilusiones. A la luz de las linternas que nos envió un pariente, porque en la isla desierta no había abastos, nos dimos a explorar la biblioteca propia, que incluye libros salvados de un huracán anterior, protegidos del agua y el viento, aunque no de las plagas tropicales que angustiaban a Juan Ramón Jiménez.
A la habitante de una isla desierta nadie tiene que revelarle que la vida es terrible. La violencia, que es mucho más que el acto de violencia, salta a la vista. La soledad del doble aislamiento –geográfico y político–es una cárcel. Por eso escojo libros que me sitúen y excarcelen. Ojo, no lecturas escapistas, porque en la isla desierta no caben simulaciones, sería insoportable una escapatoria falsa. En la isla incomunicada la piel se afina. Se detectan al vuelo los libros farsantes. Las ilusiones se deshacen, por algo está desierta esa isla.
Sigo puntualmente el tema de las páginas rescatadas. Si me hubieran preguntado hace un año me hubiera cantado incapaz de escoger. Ahora sí puedo hablar de lecturas sopesadas en esos tres meses de lecturas a media luz. Cuando se han perdido las coordenadas del orden se tiene el valor del juicio.
Hace décadas leí  Ana Karenina y Guerra y paz en un curso universitario. La primera me fascinó y de la segunda salté capítulos. Si bien me sigue fascinando Ana Karenina, la muerte de Ana me parece un desperdicio y ahora escogería unas páginas de Guerra y paz. Para la época de la primera lectura un amigo pedante me dijo que la grandeza de esa novela enorme se cifra en un espacio minúsculo: el revoloteo de una mosca en la cara de un cadáver. Di con la mosca en una de las escenas de la larga agonía del príncipe Andrés. No solo hay en el personaje una toma de conciencia de la particular textura de la muerte, sino que se abre toda una secuencia comunicativa entre escalas del ser, y la obstinada mosca se iguala, como si no fuera insignificante, al príncipe que empieza a vivir su cambio.
También salvaría unas páginas de Nabokov. Disfruté a más no poder sus conferencias sobre literatura, no obstante la ligereza con que despacha la literatura escrita por mujeres. En su novelita corta, la finísima y paradójicamente truculenta Transparent Things, hay un capítulo dedicado a un lápiz. La existencia de un objeto que hace décadas era común y quizás ahora no lo es tanto, encubre un tesoro de materiales y referencias: el pino barato, el color lila sin brillo, la madera sucia de la punta oscurecida, la pavorosa dispersión de las virutas convertidas en polvo, el descubrimiento del grafito para lápices en el año del nacimiento de Shakespeare, las manos de mujeres jóvenes y hombres viejos que molieron y mezclaron el grafito con arcilla, el abuelo mexicano del pastor de las ovejas en cuya grasa se hervía el relleno. Una erudición jocosa, una épica de la humildad, que rescata al lápiz del olvido del carpintero que lo abandonó en una gaveta, como si la belleza no fuera propiedad de algunas cosas singulares, sino la desaparición de la pesadez que nos oculta la continuidad entre todas las cosas.
A propósito de lápices escogería una crónica con ficción de Virginia Woolf, Street Haunting, título que puede comunicar diversos sentidos: el recorrido obsesivo de una  calle encantada por presencias fantasmales, pero cuyo móvil es quizás más extraño aún: la disposición a recorrer medio Londres de entreguerras con la intención de comprar un lápiz. Los enlaces que confluyen en un objeto como en un remolino, la calidad inaprehensible de los seres vivos vs. la rigidez de las clasificaciones. El ojo se detiene en la belleza, el subconsciente en las anomalías. Todo se conecta, no obstante las múltiples escalas de la mirada.
A propósito de esa escritura de enlaces y redes, salvaría todo lo que escribió W. G. Sebald, pero ateniéndome al rigor de esta mesa escojo un pasaje de su imponente libro Los anillos de Saturno. Es el pasaje donde el narrador se encuentra con un holandés y ese señor le comenta que las grandes colecciones de arte de los museos y de las galerías de las mansiones, tuvieron su origen en las enormes riquezas acumuladas mediante la producción y el comercio del azúcar, es decir, en la barbarie de la explotación esclavista.
Antes de convertir mi isla desierta en un desconcierto de hojas de papel volando añado a un autor de mi país: Luis Palés Matos. Hay que entender que en mi país la literatura fue hasta hace poco, en el siglo 20, una literatura crítica, sí, pero también de muro de las lamentaciones. En Palés se da la búsqueda vitalista de raíces en las culturas de procedencia y resistencia de los negros y en sociedades secretas, como la masonería. Ese deseo se ve atropellado por la mediocridad aldeana y la impotencia de un pueblo que en voz del poeta se moría de nada, es decir, que no le daba nada a su máquina de poesía. Su novela Litoral publicada por entregas en una revista en la década de los cuarenta del siglo 20, es un relato de aprendizaje. El capítulo que salvaría se llama “Cielo nocturno”. Como en una ilustración de geometría fractal se repiten formas semejantes en diversas escalas. La soledad del páramo punteado por el canto de grillos y ranas y la apabullante sensación de su réplica en la bóveda estelar.
Creo que mis páginas salvadas tienen que ver con los sobresaltos de la vida y la muerte. Podrán leerse mientras seamos mortales, y acaso, perversamente, después, para consumo de inteligencias artificiales hechas a imagen y semejanza nuestra. Los lugares de la memoria, la violencia de las tachaduras, el deseo de transformarse, de fugarse; la extraordinaria calidad de la vida ordinaria.
Nos han sugerido relacionar las páginas rescatadas con el trabajo propio. Yo no soy digna de ellas, pero como lectora que escribe me reconozco en esa corriente de la literatura de redes y conexiones. Mi libro más reciente tiene que ver con un tramo de carretera en el sur de Puerto Rico. Son nueve kilómetros muy despojados a la vista, pero poblados por embelecos transparentes que sin embargo atañen a la densidad de una historia centenaria, sometida al vaivén del capricho más que a la gentileza de los extraños. La región ha sido asentamiento de barracones de esclavos y de cementerios de esclavos, lugar de excavaciones arqueológicas, sede de barrios populares y también arteria de industrias que a mediados del siglo veinte fueron paradigmas de modernidad tecnológica. Cuando Antonioni filmó El desierto rojo, la isla también le daba la bienvenida a la más sucia fuente de energía. Años después, cuando la Monsanto desplegó la bandera de la revolución verde, instaló sus cultivos experimentales transgénicos alrededor de ese tramo de carretera como también lo hicieron industrias farmacéuticas, grandes complejos carcelarios y plantas generadoras de energía sucia, consumidoras de petróleo y de carbón. La producción agrícola e industrial, como en aquel pasaje de Sebald, ha alimentado grandes fortunas. Personas de todas partes coincidieron allí desde la economía esclavista y luego durante la primera mitad del siglo 20, en el apogeo de las centrales: gestualidades y prácticas cotidianas que convivieron sin entenderse, para luego darse la espalda, tacharse y desconocerse.
Y es que la isla desierta no es tan solo invisible: en todo caso la invisibilidad no parece la primera causa de su abandono. Podría ser más bien el efecto de una tachadura, de un olvido negligente. La isla desierta se asemeja al lápiz ya inútil olvidado en una gaveta, al lápiz transparente. Sus habitantes presentes y ausentes formamos parte de las grandes mayorías del mundo, un pueblo sobrante más, detritus de guerras, explotaciones y experimentos.
Y sin embargo existimos, sentimos, deseamos. Las páginas rescatadas han sido un estímulo para reflexionar sobre la densidad de las cosas invisibilizadas, transparentes. Salvadas esas páginas sumarias y gracias al privilegio de atestiguar cómo después del huracán se va levantando con euforia, ruidosamente, la naturaleza de la isla, aprecio la disponibilidad de las plantas y los animales a ser escuchados y sentidos, a hacerse notar. Cito a Nabokov: “Reconocemos esa presencia gracias a algo que se nos hace perfectamente claro, pero que no tiene nombre, y que es imposible describir, como es imposible describirle una sonrisa a alguien que nunca ha visto unos ojos sonrientes”.


martes, 20 de marzo de 2018

"Mangle rojo": un libro de Sabrina Ramos Rubén




Esta isla no es un país, es un paisaje. La frase, que se atribuye a Antonio Martorell,  podría ser el lema de buena parte de la poesía del primer siglo y medio de la literatura puertorriqueña. La naturaleza imaginada desde una subjetividad exterior, la conversión de la isla en cuerpo distante y deseado, llena la poesía de José Gautier Benítez. Ese cuerpo visto desde lejos es comparable a un litoral de arenas purísimas.
En la poesía de Luis Palés Matos el litoral se oscurece en paisaje interior, se trastorna en atmósferas fétidas, descompuestas, malsanas. En la de Julia de Burgos se dejan atrás las orillas de la forma y el mar ocupa el espacio infinito del amor y de la muerte.
Proyección, reflejo, deseo insatisfecho: en esos paisajes poéticos se marca una distancia, a la vez que un encierro angustioso de la voz humana. En contraste, la sensibilidad del último medio siglo marcó un alejamiento de la oposición binaria entre naturaleza y cultura. Casi se diría que la naturaleza como baúl de imágenes dio paso a la noción de un mundo maldito por las marcas de la especie, un mundo de paisajes artificiales del fin de los tiempos. La voz poética ya no puede situarse con privilegios ante una naturaleza pasiva.
La sensibilidad actual revierte la tendencia del pensamiento humanista a situar al hombre en el centro del mundo y a justificar su dominio de otras especies. La jerarquía del señor de las cosas y sus soledades y distancias, muta en continuidades y participaciones; sugiere homologías, metamorfosis, equivalencias, entre la observadora y su lugar en el mundo. Esa actitud, que nos parece propia del ecologismo, tiene antecedentes en el animismo de los mitos antiguos.
Como diseño de palabras, el libro de Sabrina me ha sugerido la entrada. Está armado como si sus partes fueran estaciones de un solo poema largo. En ese espacio la  subjetividad es mutante y palpitante. Entre cuerpo humano y cuerpo del paisaje, la distancia es mínima. El cuerpo, tan disuelto en sus fronteras, podría ser un cuerpo animal, o una formación geológica, o un papel anfibio. Río y cañada, sequía: “El sol desvistió el cauce del río”. Naturaleza y cuerpo, sequía y ausencia, estrías, grietas, zonas yermas.
Quizás por la biografía de la autora, mi compueblana, me parecen familiares los escenarios de Mangle rojo (La secta de los perros, 2017). Pienso en la costa del sur, entre Guayama y Salinas, que se ve desde alguna altura cayeyana. Es la región pintada en palabras por un poeta mayor, Luis Palés Matos. El paisaje de ese litoral del sur está presente a lo largo de los escritos de Palés; representado como solar morboso, estéril, enfermo, palúdico. “Sal, aridez, cansancio”. La tierra estéril y madrastra.
El ámbito de Mangle rojo es un delicado y sobrio saludo a ese desolado paisaje palesiano. Que la autora haya pensado en el haiku, una forma japonesa, y no sé si directamente en Palés, es un indicio de la humana desconexión y de cómo se potencian los puntos de vista y las formas diversas cuando se aproximan. En Palés también hay alguna japonería, escrita en endecasílabos, así como en la topografía de Mangle rojo hay esterilidad y desamor.
Se han publicado  estudios fascinantes sobre la vida de los árboles, misteriosos y asombrosos. Los árboles inmóviles dotados de sistemas de comunicación a largas distancias; los árboles longevos que responden a una escala del tiempo incomprensible. Para muchos pueblos sin archivos ni escritos, el bosque del manglar es una figura tan poderosa como las manzanas del paraíso para los pueblos de las escrituras;  una vegetación enmarañada que con sus criaderos de insectos y animales defensores se oponía al paso de los aventureros, a la colonización y a la economía capitalista de extracción. Al día de hoy sigue siendo fuente de ingresos y alimentación para algunos pueblos pobres. En torno al mangle rojo la densidad metafórica aumenta. Es singular  la figura de un árbol anfibio, una especie polimorfa que además de ser el hábitat de otras especies, de portar sustancias curativas y de germinar plántulas en las vainas de sus semillas, detiene la erosión y añade espesor a la costa. Es resistente.
Y así se decide que el libro sea tan frágil y poroso, tan firme y tan viajero como las semillas del árbol múltiple. De pronto es el cuerpo reproductor o el vientre vacío. De pronto una memoria, una estampa de ese páramo desolador y con ella como una especie de medallón o talismán, la visión de una mujer “que vive con sus hijos junto al mar”.  En otro paisaje, en el río seco, recala un anfibio de papel en el cauce ceniciento.  El tú a quien se dirigen varios de los poemas es pelirrojo como las raíces de la planta, y, sobre todo, una figura capaz de contar cuentos de lugares exóticos, como el de los pescadores del lago de Malawi, un país sin acceso al mar. Por el cuento entra el anecdotario familiar y la sensación de que la familia extendida es una familia de seres expulsados. Los migrantes sirios, espantados de su tierra, como los migrantes boricuas, también convergen en el libro, paisaje de pasajes.
(Como apunte marginal, vaya aquí un recuerdo de temas afines en la pintura: el mangle majestuoso de Myrna Báez; la Manglaria de Rafael Trelles y Francisco Font; el hombre que sueña en azul, pero es negro y verde, de Arnaldo Roche Rabell.)
El tú pelirrojo y cuentero del libro de Sabrina interpreta el comportamiento de los pájaros. Solo le asiste su cuerpo y le basta para hacer y desbaratar nidos, liar cigarrillos y tejer redes, es decir, relatos. Eso es resistencia. El recuerdo es resistencia. Cuánto más cuando no se distinguen los cuerpos en función de jerarquías,  y los cuerpos humanos y sus frutos solo son. La unidad de Mangle rojo radica en ese terreno suelto y mojado de analogías y símiles que se agrupan en la imagen del árbol como casa resistente. Una casa marcada por las estaciones de la vida y la  muerte. Una casa mutilada en sus raíces, y, sin embargo, viva. Es una casa muy material y espectral, como las casas aparentemente desocupadas. En esa casa árbol que es el libro, las palabras se juntan en cadenas o guirnaldas de poemas, en una continuidad donde solo uno de los textos lleva título, y algunos manchan la parte superior de la página, y otros comienzan o están diagramados a la mitad, como olas en movimiento, que reflejan una rica escala cromática: zapatos, labios, y pavimentos azules; grietas, luz y polillas grises; pestañas naranja, barba bermellón o cinabrio; troncos negros.
El libro es un espacio melancólico y, sin embargo, vibrante, un escenario para la representación de la pérdida y la despedida serena de seres y sentires muertos.
Hay un poema crudo, casi un relato breve, una imagen cotidiana en las vivencias de un pueblo saturado de violencia, que lee así:
¿Como entender el cadáver repentino en una /caja/alumbrado por luces fluorescentes?/¿La respuesta está en los sábalos diurnos con/bocas enormes/hambrientas de hojas y pan?/Quizás en la casa de la mujer que vive con sus/hijos frente al mar/o en el seco tronco/ de grietas abiertas/ por la sal.
El cuento de la mujer del mar es aquí una imagen expresiva de la espera, del amparo y la dependencia, y asimismo de la franja de participación con lo otro, donde radica tanto el peligro de perder la vida como la esperanza de prolongarla. Más que la personificación del mundo natural quizás se representa la metamorfosis del cuerpo en agua salada, en luto lento, vegetativo. El tono de sobriedad y distanciamiento como montura de imágenes poderosas es lo que me queda de varias lecturas de este libro engañosamente breve. Cada palabra carga otras palabras, cada denotación abre otras redes, y la pesca de palabras continúa en el interior de las cuevas, en los ríos cubiertos de brea, en las gargantas de las viejas que cantan boleros, en la muerte que quiebra talones, en la voz enmascarada del yo que escribe para ver y para verse, y escribe así: “En mí lo más cercano a la ceguera es la ausencia de las palabras. “


sábado, 17 de marzo de 2018

Parcelera






El 24 de marzo de 1936 Miss Enriqueta Vázquez, con dirección de remitente en el 108 W. 91 Street de la ciudad de Nueva York, envió una carta escrita en inglés a los propietarios de la Hacienda Aguirre. A Miss Vázquez le interesaba saber los nombres de los últimos dueños de una plantación que había sido propiedad de su padre y de la única hermana de éste, la esposa de un abogado español llamado, según ella, Modesto Lafuente. Mencionaba la posibilidad de que Aguirre hubiera sido vendida por el esposo de alguna de las hijas del matrimonio de su tía, es decir, por una de sus primas.
Para reclamar linajes de hispanidad Miss Vázquez escribía en inglés. La  correspondencia en inglés cruzada entre criollos trae a la memoria todo un clima de veneraciones “hispánicas” en Estados Unidos: la creación de departamentos de “hispanic studies” en ciertas universidades, la fundación de la Hispanic Society no muy lejos de la zona donde residía Enriqueta, la ideología panamericanista como  potenciadora del entendimiento entre Norte y Sur. Incluso el domicilio de Enriqueta Vázquez refleja la expresión material de su identidad “hispanic”. Es un edificio de estilo neorenacentista diseñado en 1927, nueve años antes de la fecha en que se escribió la carta, por la firma de arquitectos Gronenberg y Leuchtag.  Todavía está en pie. Se anuncia como “boutique bulding” de nueve pisos y 38 unidades.
Le respondió Marcelo Obén, administrador de Aguire, con una carta escrita también en inglés. En ella informaba los nombres de los firmantes del documento de compraventa del 10 de febrero de 1899. Miss Vázquez le contestó con una segunda carta donde consta el testimonio de oídas de la solitaria descendiente de una familia española o criolla, que había sido propietaria de terrenos en la isla, el paisaje en hilachas de los afectos de una vieja, tejido con los retazos de imprecisas grandezas.
Enriqueta tenía una escritura lenta y grande; recta, trazada con la regla de una postura señorial y letras iniciales adornadas con rabitos. Según ella el Edgardo Vázquez mencionado por Obén y firmante de la escritura era hermano de su padre, pero solo por el lado materno, lo que no explica la coincidencia de apellidos paternos. Como quien va sugiriendo la presencia de algo turbio en la transacción realizada por Edgardo Vázquez, comparte una anécdota: “Also I would like to further state that in 1903, or thereabouts, I visited Guayama and found the family of Mr. Edgardo Vázquez in evident penury, which seems incomprehensible in view of your statement. But I do not know the year of his mayorship, a still unverified information. Reconsidering, I am led to believe that he and the other gentlemen held powers of attorney conveyed from Spain, the family absenting themselves due to the change in government.”[1]Parientas pauperizadas, a semejanza de las mujeres de las mejores familias que despertaron la caritativa simpatía de Alice Bacon.
¿Quién fue el padre de Enriqueta, a quien ella no menciona por nombre, aunque reclama que había sido el dueño de Aguirre, una propiedad íntegra e indivisible? Todo indica que fue Enrique Vázquez y Aguilar, el hermano de Antonia Decia, heredero de un predio adyacente a los terrenos de su hermana. El predio hipotecado pasó de un hacendado a otro –fue propiedad de Amorós Hermanos, A. Hartman y Co., Gerardo Cautiño Vázquez y Gaspar Palmer. Tras numerosos trámites de hipotecas y saldos llegó a ser propiedad de Ignacio Rodríguez Lafuente, esposo de Antonia Decia y cuñado del padre de Miss Vázquez. Si lo anterior coincide con las escrituras de compra y venta de Aguirre, queda en el aire la identidad de Edgardo Vázquez y Aguilar, el tercer firmante de la escritura de venta a Henry DeFord. ¿Pariente de Antonia Decia y Enrique, no mencionado antes en las escrituras, y que Enriqueta relaciona con el lado materno, con el título de Alcalde de Guayama y con la miseria de su familia?
La confusión más sugerente de Miss Enriqueta la lleva a reclamar un parentesco político con el historiador y poeta español Modesto Lafuente. Sin embargo, el Lafuente que aparece en los documentos era, vale repetir, Ignacio Rodríguez Lafuente, casado con Antonia Decia y padre de Ignacio Rodríguez Vázquez, el abogado joven que firmó las escrituras de venta a Henry DeFord en representación suya y de sus hermanos y hermanas menores de edad. El mismo Ignacio Rodríguez Vázquez a quien doña Enriqueta no conocía a pesar de ser su primo hermano.
De cómo se coló en la trama de Aguirre la figura del historiador y periodista español Modesto Lafuente quizás se explica por el clima de los tiempos, aunque tampoco hay que descartar la posibilidad de un parentesco que Enriqueta Vázquez reclama con donaire: “Of course you surely know that the historian Modesto Lafuente has a niche in annals of literature,” le escribe a Obén, intuyendo que el destinatario solo sabe algunas cosas sobre el cultivo de la caña y que en lo tocante a linajes era cerrado de entendimiento. Marcelo Obén no debe haberse ofendido por la airosa ironía de la vieja, porque le importaba un pepino no haberse enterado de la fama añeja del historiador Modesto Lafuente, a quien ella confundía con Ignacio Rodríguez Lafuente, su tío político. Valdría la pena seguirle la pista al hilo de doña Enriqueta, pero Obén no tenía tiempo para leer ni un pasaje de la Historia general de España, país achacoso. Él era el administrador nativo de Aguirre, todo un destino. Si se escribiera la biografía novelada de Obén, habría que contarla al ritmo de la evolución de la compañía donde trabajó desde joven. Ya en 1919 Charles Crehore, el compañero de clase de William Sturgis, que aparece involucrado en transacciones de compraventa de los terrenos desde 1905, el año de la muerte de William, le otorgó un poder de representación a Marcelo Obén en una transacción de venta de terrenos a Luce and Company, Sociedad en Comandita.
Marcelo Obén tuvo la gentileza de despachar a Miss Enriqueta Vázquez con una carta donde comentaba que no se podía hablar con precisión de Aguirre, pues había más de un sector con ese nombre, y que las transacciones eran más de una. La multiplicación de los sectores llamados Aguirre provoca el asombrado sarcasmo de Enriqueta: “You wish to call my attention to the fact that there are other Aguirre plantations”. Da lástima pensar en la vieja que llega a Puerto Rico en busca de parientes, y quizás de las glorias de su padre y encuentra unas mujeres empobrecidas que no le dan pistas sobre la identidad de sus primos, los hijos e hijas de Antonia Decia, la  heredera de Aguirre. Dudo que Obén se tomara la molestia de contestar a su fantasiosa segunda carta, y no solo por desinterés, sino por astucia leguleya. Es normal que la imaginación de una vieja interesada en el estudio de una herencia paterna despierte la suspicacia de un administrador malicioso. Con todo, no se puede negar la cortesía de su escueta respuesta a la primera carta. Obén reconoció que Enriqueta era una doña.
El administrador de Aguirre no tuvo la misma deferencia con otra vieja apellidada Vázquez, sin la letra grande, recta y aplomada de doña Enriqueta. La segunda vieja no sabía escribir, y aún así había heredado un pedacito de terreno en los predios de Aguirre, el cantito de tierra que quizás añoraba la señorita Enriqueta cuando azotaba sus ventanas la ventisca de los inviernos neoyorquinos. La segunda vieja, Juana Vázquez, no sabía de letras ni de historiadores. El documento que lleva su nombre no lo escribió ella, aunque los detalles suenen a su voz. Además de firmar con una equis la obligaron a dejar las flacas huellas de sus dedos pulgares, identificados como tales: pulgar izq. y pulgar der. Ese documento no puede resumirse.  Hay que leerlo:[2]
Yo, JUANA VÁZQUEZ, bajo el más formal y solemne juramento, digo:
Que soy mayor de edad, soltera y vecina de la finca Aguirre de Salinas, P. R.
Que hace mucho tiempo heredé de mi padre, Ricardo Vázquez, una casa forrada y techada de zinc en la finca Aguirre, propiedad de Luce & Co., S. en C., cuya casa la construyó mi citado padre con el consentimiento de los dueños de dicha finca Aguirre y además heredé y posteriormente sembré, cerca de dicha casa, una finca de guineos y otras matitas y unos árboles que hay allí sembrados.
He decidido vender dichas siembras, plantaciones y árboles y desbaratar la referida casa y llevarme los materiales de la misma, lo que hice en el día de hoy, por lo que hago constar por el presente documento que vendo, cedo, enajeno y traspaso a Luce & Co., S. en C., la referida finquita de matas, plantaciones y árboles de todas clases sin excepción de clase alguna que puedan existir en el referido sitio de la finca Aguirre y que me pertenecieran por herencia o por haberlos yo misma sembrado, contrato de compraventa que efectúo por la suma de $100.00 (cien dólares), cantidad que recibo en este acto del Sr. Marcelo J. Obén, en buena moneda de curso legal americana, actuando dicho señor en representación de Luce & Co. , S. en C.,  por cuya suma le otorgo la más formal, eficaz y cumplida carta de pago conocida en derecho, comprometiéndome a jamás edificar casa alguna o sembrar cosa alguna en dicha finca de Aguirre o en cualquier otra finca propiedad de o arrendada a Luce & Co., S. en C., ya que reconozco que dicha entidad no quiere ni desea que terceras personas edifiquen casas o hagan siembras de clase alguna en su finca.

Y para que así conste, juro y firmo este documento en Aguirre, P. R., hoy día 5 de diciembre de 1945.




[1] “También quisiera indicar que en 1903, aproximadamente, visité Guayama y encontré a la familia del Sr. Edgardo Vázquez viviendo en la miseria, lo que me parece incomprensible a la luz de lo que usted informa. Pero desconozco el año en que fue Alcalde (de Guayama) un dato pendiente de verificación. Pensándolo bien, me inclino a creer que él y los demás caballeros tenían poderes suministrados desde España, adonde se había mudado la familia debido al cambio de gobierno.” La carta original está depositada en el Archivo de Arquitectura y Construcción de la Universidad de Puerto Rico.
[2] El documento original firmado por doña Juana, así como las cartas de doña Enriqueta Vázquez, están depositadas en el fondo de la Central Aguirre, en el Archivo de Arquitectura y Construcción de la Facultad de Arquitectura, Universidad de Puerto Rico, Río Piedras.

miércoles, 31 de enero de 2018

Epílogo con mapa






La vida pasa arrimada al borde de los caminos, espiándoles el movimiento, sin transiciones, escondiéndose, torciéndose hacia un mundo interior precario. Eso me dicen las casas campestres en Puerto Rico, que con sus fachadas enrejadas, silencios y  misterios, se construyen, sobre todo las modestas, muy cerca de las carreteras.
Hacer un mapa precisa de una misteriosa operación mental. El deseado cuerpo del camino se disuelve en la ejecución del mapa. Sería imposible un mapa que con sus nódulos, redes de vías y códigos de colores reprodujera el mundo en escala estrictamente equivalente. Semejante mapa ocuparía todo el planeta, pero torpemente. No comprendería todo el planeta, no sería jamás el doble exacto del planeta.  Un mapa no es una equivalencia del mundo, sino el esbozo de algunas relaciones entre un número limitado de cosas, percibidas por una inteligencia más limitada aún. 
Incluso desprendiéndose de toda proyección en el tiempo, es decir, sacrificando las voces del pasado que todavía percibe en sus claves el oído afinado, no es posible abarcar ni en un mapa ni en un libro la realidad múltiple de un espacio transitado: el pavimento y sus componentes, las criaturas minúsculas invisibles, los granos de polvo, las piedras incontables, la vegetación en cada brizna, los tonos de voz sordos, los colores de las casas y cada variación en las manchas que la lluvia y el sol han prestado a esos colores, la curiosidad afable de las cabras, las actividades económicas, desde el trajín de cada día hasta la ruta de las mercancías que fluyen de grandes distancias, cada objeto de cada casa de cada una de las barriadas, cada olor, cada escándalo, cada canción disuelta en el aire y la basura.
Se han escrito libros donde se vertebran regiones a lo largo del eje de una ruta. En esas cartografías letradas, el viajero, la viajera, escogen, saltan, asocian. La libertad de asociar y de asociarse sirve para nombrar un principio del derecho ciudadano de la modernidad, así como la misteriosa virtud de concebir relaciones de afinidad y oposición entre las cosas, según las deslindan las afinidades y los prejuicios de la observadora. Pude haber escrito un ensayo, o una colección de ensayos, o una novela episódica, donde cada segmento del tramo de la carretera correspondiera a un capítulo igual a los demás en extensión, con el mismo número de páginas y observaciones. Pude haber escrito un poema descoyuntado, porque no soy poeta, pero se puede escribir el poema de una carretera, como Juan Laurentino Ortiz escribió un inmenso poema dedicado al río Paraná. Pude haberme propuesto no escribir una línea hasta haber recorrido a pie, más de una vez, el tramo de nueve kilómetros. Pero perdí la lección de la línea, que hubiera sido menos mía, menos convencional, y me detuve.
No me resigno a esa pérdida.  Quizás por eso escribo un epílogo con el resumen del libro que no fue: un mapa apalabrado de un tramo de la carretera PR 3, conocida como el antiguo camino real, que se une a otros para formar una ruta de circunvalación que va desde Salinas hasta el norte de la isla. Ese tramo de la PR3, unos nueve kilómetros, debe ser uno de los caminos más antiguos de Puerto Rico, trazado ya por los primeros pueblos, entre los puertos y los manglares, entre las Salinas y Guayama, formando un triángulo con el Coamo de los baños termales. Se pregunta una quién hace y nombra los caminos en un territorio cuyos pobladores más antiguos según la huella arqueológica recorrían las aguas del mar cuando las sandalias de Cristo levantaban el polvo en los desiertos. Qué voluntades y deseos forman los caminos, cómo nos alejamos de ellos. Qué es cobrar un sentido de pertenencia al lugar de nacimiento y, casi a la par, sentir la necesidad de huir de él; cómo sucede la fuga necesaria de la casa, la expulsión al mundo. Cómo se trazan los caminos antes de incorporarse a los mapas oficiales, a fuerza de ser las rutas más usadas sin permiso. Escojo la salida 83 de la autopista que lleva un apellido notorio: Monsanto. Me desvío hacia la carretera 7707, cuya densidad es atosigante, aunque el nombre traiga recuerdos musicales: carretera Johnny Albino. A lo largo de esa carretera y sus desvíos se alínean instalaciones sombrías.  
(Foto: posiblemente el camino de entrada a Aguirre c. 1916, fotografiado por Samuel Kirkland Lothrop.) 

miércoles, 10 de enero de 2018

Final





El género musical más antiguo afincado en los llanos de Aguirre y sus alrededores, de Guayama a Jobos y Salinas, debe ser la bomba. En réplica a los tambores, la gestualidad de la danza, las voces y las letras se dio una cultura del adorno en el vestir, del buen porte y el éxtasis. Fue música de esclavos insumisos, que rescataron de la mercancía que eran sus cuerpos la compatibilidad de la alegría con el derecho a no dejarse morir. Fue y sigue siendo, además, una cultura de fuerte, y poco estudiada, impronta femenina. A esa genealogía ha dedicado sus anhelos de investigadora Melanie Maldonado.
Melanie vive en Nueva York. Forma parte de lo que a falta de una palabra más cercana a la particular experiencia puertorriqueña hemos llamado “la diáspora”, ese exilio nuestro que desde otra atmósfera le ha sumado varias islas al archipiélago boricua. La dedicación a los estudios bomberos de investigadores como Melanie, y antes que ella Emanuel Dufrasne, Ángel Quintero et alii, es ejemplo de cómo ocurren la desaparición y la resurrección de especies culturales.
Mi tramo de la carretera 3, sus sectores y barrios se ha ido vaciando al son de la caída de bases económicas que se movían en el tablero de los mercados globales. Sus gentes fueron expulsadas al exilio, llevando en sus equipajes los instrumentos y algunas claves de los saberes antiguos. Un ejemplo de esa fuga de expresiones es la ruta de la bomba, el campo de investigaciones de Melanie, y también de la poeta e intérprete Julie Laporte.
Julie sentía la bomba y se preguntaba por qué en los sectores populares del Sur no se transmitía la enseñanza de la constelación de roles que componen el género, legado de padres y madres a hijas e hijos. Una explicación remite al sangramiento de poblaciones. En el Sur guayamés y salinense las recesiones de la base económica provocan, dice Julie “que la gente comience a irse, que se embarquen”. Los que quedan simplemente sobreviven. Algo semejante ocurrió en Ponce: “los hijos de Archi no están”. Esa huida al Norte, que parece interminable, tiene su contrapeso: el relativo auge reciente de la bomba y sus escuelas puede atribuirse al trabajo constante de grupos y musicólogos residentes, reflejado entre grupos de comunidades residentes en Estados Unidos.
Además de ser cantadora principal y colaboradora de los grupos Bomba del Sur y Escuela de Bomba de Ponce, Julie forma parte de un colectivo recién fundado: Umoya. Julie aclara que la palabra proviene del swahili y signfica Unidad. Al amparo de esa corriente se han enlazado dieciséis personas que pertenecen a varios de los grupos de bomba, conjuntos y escuelas, que se multiplican en el archipiélago. El colectivo se dedica a la investigación para ir construyendo un archivo de saberes y cartografiando manifestaciones del género bomba: variaciones, orígenes, intérpretes, anécdotas que, apreciables como los depósitos de cualquier ateneo del mundo, pero abandonados a su suerte, silvestres como los tesoros del pobre, irán publicando en una plataforma digital. “Aprender es la piedra angular de lo que hacemos”, dice la maestra Julie, que cultiva el oído y la voz, y compone letras, y añade a los fines de Umoya el documentar las actividades de sus propios miembros.
El campo geográfico acotado por Laporte para sus investigaciones coincide con los límites que me propuse traducir a letras en más de un libro sobre la carretera 3. Este,  el primero de una seria que tal vez no será, ya busca un cierre. Uno de los grandes polos del legado topográfico que apenas se menciona en este libro es el antiguo barrio llamado Jobos. Según Julie, el barrio se divide en dos: Puente de Jobos y Puerto de Jobos, por uso y costumbre de los vecinos. En ese sector ha entrevistado a bomberas y bomberos y sus parientes, entre ellas la indispensable historiadora comunitaria, por determinación de un consenso tácito, Marta Almodóvar, maestra del clan o “raza” de los Villodas. Laporte ha encontrado que las historias se validan entre ellas, y que hay relaciones que abarcan toda la región, desde Arroyo hasta Ponce. “No se puede investigar la historia de la bomba sin descubrir nuestra historia como pueblo”, dice Laporte, abriendo todo un campo de reflexiones sobre cada palabra: historia, bomba, pueblo, descubrir.
La diáspora que abrió un vacío también potenció el redescubrimiento, dice Julie, sin escrituras, con eslabones rotos y anécdotas. ¿Que significa buscar raíces, forjar identidades? “El encuentro con otras culturas nos motiva a expresar la nuestra.” Además se descubren rasgos comunes, las hibridizaciones que caracterizan a los géneros musicales vivos, dominantes, cuando se encuentran con los músicos afroamericanos, cubanos, africanos.
Se enciende la chispa de una discusión interminable sobre el fervor de recoger las señales que alguien dejó en los márgenes de un país destrozado y ver qué puede hacerse con ellas. Bomba y cuerpo; gestualidad, mimesis y memoria; ganchos desarraigados que encuentran parentelas y prenden en otra parte. De pronto, cuando escribo esto, a fines de 2017, se nota un vacío, una carencia, añoranzas de un tiempo de luchas y respuestas, conciencia de las muertes, traspaso de deberes. Son las estaciones de la historia. El abismo sin mapas de un presente sin provisiones. ¿Será así la muerte, una galería de espejos cubiertos con paños negros?

La gente deja monumentos que quizás se recojan en papeles, pero que en todo caso quedan escritos en los cuerpos de sus gestores. Esos cuerpos desaparecen a diario. El mercado de la información para consolidar la tristeza del lucro ha cruzado fronteras impensables, aunque las versiones del capital hoy se parezcan en tono y oportunismo a las de los científicos políticos y economistas que alumbraron el camino para la misión del hombre blanco en el trópico, Lothrop, Dumaresq, Luce y DeFord. De modo que los cuerpos de los resistentes, donde está inscrita la historia sin bibliotecas, e incluso las crónicas pueblerinas y este libro, desaparecerán. Es así, pero no importa, porque los cuerpos desaparecerán como la flor en sus semillas, y el aliento de mapas nuevos será inevitable cuando una mujer curiosa o un niño preguntón se acerquen a un edificio vacío, a los cimientos de una casa quemada, a los restos de una bibioteca y se pregunten: ¿qué es esto, qué fue, qué pasó aquí?






sábado, 16 de diciembre de 2017

La abeja reina






Hubiera terminado la historia de la casa y de su heredera y guardiana sobre un fondo invariable de azul celeste, en la fijeza de un libro más, esa especie comparable a las cajas: ataúdes si enmohecen por olvido, musicales si se abren y suenan. Lástima que las obras de amor sean frágiles. Terrible que las vidas memoriosas sobrevivan a los lugares de sus recuerdos, o al resplandor fugaz de una sensación cuyo origen ya no se piensa. En septiembre de 2017, un año y varios meses después de nuestra conversación con Rosita, visité Aguirre, temiendo encontrar los restos de casas despedazadas, la extinción definitiva del poblado, y con él la base material en la cual se apoya la razón de ser de este libro, que sin ella disminuye a relato de fantasmas desleídos. El huracán derrumbó alguna pared de la casa grande, a la que pude subir por primera vez, sin que lo impidiera la verja que la rodeaba. Me acompañaba Menta, una de las perras de casa, y a las dos nos aburaron los mosquitos, pero el temor a la plaga no dañó el asombro de estar en el terreno de la casa grande. Desde el promontorio donde se encuentra, se traza una perspectiva de círculo perfecto, que une tierra y mar, la bahía de Jobos, el manglar de Punta Pozuelo, el valle amplio que fue cañaveral sobre telón de piemonte y cordillera. No entré en la casa. Los perros de unos vecinos, dos animales imponentes de raza de guardianes, se nos enfrentaron cuando bajábamos y pensé en una muerte dolorosa y sangrienta, pero la ferocidad de los animales había quedado en desamparo, al igual que las casas sin techo, cubiertas de ramas caídas. El baobab era un tronco enorme sin hojas. No solo nos dejaron pasar, sino que huyeron con un alarido.
La casa de Rosita, la casa abeja reina, tiene perforado el techo del espacio central, donde se encontraban la sala y el comedor, cámaras de resonancia de miles de pasos políglotas dispersados por el torbellino de las ráfagas a quién sabe qué regiones del limbo. Ella tendrá que acostumbrarse a otros lugares, donde se exige un acomodo a horarios y movimientos incomprensibles. Sobrevivió el porsche acogedor de diferencias. Ojalá pudiera reconstruirse la abeja reina, con un techo nuevo, podado de fantasmas, tanto los de los muertos de Aguirre como los rastros de quienes usaron los muebles comprados en casas de antigüedades de Nueva Ingaterra y transportados al trópico en barcos mareantes.
Antes de salir de Aguirre me detuve a hablar con unos vecinos que recogían escombros. Según un aguirreño de crianza y propietario de una residencia, el gobierno tendría que revisar el reglamento de la zona hisórica que impide alterar las casas del poblado y construir en hormigón. Diferir de su opinión hubiera sido casi obsceno, como defender la calidad de los servicios de salud en un velorio. Callar me hubiera parecido más respetuoso, pero irresponsable. Me atuve a comentar anomalías. Tratándose de un poblado en ruinas, el daño no había sido total: paredes pulverizadas, maderas desenclavadas, desencoladas, desfiguradas. Por razones inexplicables para mí, le dije al aguirreño, algunas ruinas de casas abandonadas habían resitido mejor que la casa grande y que la cuidada casa de doña Rosita. Seguian siendo ruinas reconocibles. Además quedaba en pie la casita contigua a las ruinas del cine. Aguirre conservaba las líneas borrosas del poblado que resistió memorias y desastres. Ellos siguieron apilando escombros. Ese día no visité las ruinas de la sala de máquinas de la central.