viernes, 5 de junio de 2015

Los placeres del texto





 

Hay novelas que se prestan como pocas al comparatismo, a la búsqueda de filiaciones. Son novelas literarias, novelas “escribibles”, además de legibles (Barthes). Cuando el pretexto de la novela es la biografía de un poeta, la pasión comparativa y la alegría de la lectura aumentan, como cuando se leen The Blue Flower, de Penelope Fitzgerald, o Prodigios, de Angélica Gorodischer. Ambas son desprendimientos del aura del poeta Novalis. Si, por añadidura, la novela se inspira en una variedad de poeta que se niega a ser masa, al grado de enajenarse de los lenguajes naturales de la especie; es decir, si la novela toma como pie forzado la figura de un matemático, escasea el aire en las cumbres y prende la risa eufórica. Hay otras novelas de matemáticos, no las he leído, pero sé que existen. La mejor de todas es esta.
Una novela se puede construir como se construye un mito, en bricolaje de temas musicales. Coronel lágrimas, podría leerse como una fuga, un canon, para evocar a Hosftadter o una serie de temas con variaciones. Entre párrafos, el narrador intercala frases que nombran dieciocho placeres, si no conté mal.  Algunos son rigurosamente ingenieriles: el placer de los datos, el placer de las sumas mínimas. Otros, traviesos o irritantes: el placer de los nudos, el placer de la nariz precisa. 
Entre las etimologías de la palabra placer, además de plano y apacible, se cuentan playa y archipiélago.
Hablemos de los placeres de Coronel lágrimas. No ya de los dieciocho placeres que en el libro se mencionan, sino de algunos que el libro provoca. Será un guiño torpe a Roland Barthes, autor de El placer del texto. De no haber sido un cadáver maduro y hermoso, Roland cumpliría 100 años el próximo noviembre.
 

Primer placer: historia y ficción o el enigma de la habitación cerrada

Esta novela, nos indica el autor, “toma como punto de partida la vida del matemático francés Alexander Grothendieck”. La figura excéntrica del matemático interesa por la constelación de puntos  que en ella convergen. Supongo que si los matemáticos, los científicos y los filósofos tienen madera de personajes de relatos ello se debe a que son seres obsesionados. Con seres obsesionados se construyen novelas del pensamiento, cuya fascinación evoca el deseo de una teoría unificada de los saberes, que de algún modo se corresponde con la ambición del género novela; la fe en que la explicación de la realidad puede resolverse en una teoría general, abarcadora y elegante a la vez. El músculo duerme como dice la letra del tango, y se ha opacado la influencia de científicos divulgadores como el biólogo Edmund Wilson y un libro que se convirtió en lectura de culto, a pesar de sus oscuridades, Gödel, Escher, Bach: un eterno grácil bucle. No obstante, la ambición de una coherencia radical es muy moderna y muy antigua. Replica lugares del platonismo,  la alquimia, el animismo romántico y el estructuralismo. Se recoge en las palabras de María Zambrano, cuando insiste en que el poeta encuentra, mientras el filósofo busca, y que el sentido de esa búsqueda pasa por la percepción del “ritmo común que abarca desde el movimiento de los astros a la yerba que brota en el resquicio de las piedras”. Una atávica pretensión de totalidad se recoge en la forma de la novela, cómplice y traidora de la historiografía. Lezama Lima nos recuerda, citando a Curtius, quien a su vez citaba a Toynbee y eso mucho antes de Hayden White, que para hacer historiografía, “con el tiempo, resultará manifiestamente imposible emplear cualquier técnica que no sea la de la ficción.” (La expresión americana, p. 55)
En esta novela, tan musical por el fraseo y la sonoridad de sus oraciones, hay huellas de  la trama detectivesca de la habitación cerrada. El personaje, el coronel, con toda la carga de frustración, violencia y utopías truncas que arrastra la palabra coronel, recuerda sus proyectos y traiciones. Un placer algo oscuro, con reminiscencias de la literatura nazi en América, en ese claustro hermético, materno, mental, inquietante.


Segundo placer: cajas chinas tropicales

La ubicación de mundos más pequeños al interior de una trama es otro recurso narrativo muy antiguo y muy actual. Debe ser homóloga de la memoria celular y de los paréntesis anidados de las fórmulas matemáticas. Estructura del cerebro, cajas chinas. Estructura de la célula, cajas chinas. La maleta de la migrante, cajas chinas
El coronel tiene tantas identidades y títulos que con ellas podría tejerse una letanía. Es un matemático coleccionista empeñado en escribir Los vértigos del siglo pero lo derriban el tedio y la abulia palesianas,  como si Oblomov se levantara de vez en cuando a comer torrijas y urdir proyectos que se resuelven en el pavoroso deseo de “codificar la vida en pequeñas postales, construir una Babel enciclopédica para su memoria en grietas”.  Parecería que en las colecciones del coronel anida el deseo de la construcción deseada y perfeccionada de nuestras sociedades; proyectos imaginados, inconclusos, arrastrados, resucitados y vueltos a sellar en la habitación cerrada. El fracaso de las utopías, de las escrituras correctas, pero también el reclamo de justicia. Y la búsqueda cínica, pero sostenida, de un continente hecho de islas.
En colaboración con un discípulo mexicano que tiene nombre de emperador austriaco, el coronel colecciona. Saltan a la vista (en la obsesión de encerrar el mundo en la nuez de una colección) el Atlas Mnemosyne, de Aby Warburg  y, en las grietas de la ambición totalizadora, los montajes del libro Atlas portátil de América Latina, de Graciela Speranza. Pero el modelo excelso de la colección añadida a una trama se expresa en los libros de Sebald. Sebald, lector de paisajes y ciudades, encuentra en sus travesías colecciones de pájaros nocturnos, de estrellas de mar, de minerales, escarabajos y mariposas. Con frecuencia irrumpe en su soledad algún personaje que le cuenta una historia. Una de esas historias lleva a los trópicos ardientes de la explotación esclavista y de ahí a las grandes colecciones de arte de las familias condecoradas e infames, y a los museos de las grandes ciudades metropolitanas.
(A todo esto, ¿la isla dónde está? Porque México está, pero la abuela del autor era de Aibonito, Puerto Rico, la ciudad donde edificó su fortaleza de halcón el gobernador general Palacios.)
La isla no se repite no. La isla es irrepetible, por eso incita a contarla. Y  creo que justamente porque no se repite y siempre la estamos perdiendo, se escribe tanto hoy en Puerto Rico y se ha escrito esta novela entre Princeton y Nueva York. Coronel lágrimas procura “narrar lo propio como si fuera ajeno, narrar lo ajeno como si fuera propio”, ha escrito Ricardo Baixeras. Apetito característico, si no exclusivo, de un autor caribeño, que como escribió Barthes a propósito de Severo Sarduy, hace gala de una estética franciscana que acoge todo tipo de palabras como si fueran todas las especies de pájaros, para sostenerlas en los brazos y dejarlos hablar, apretarse, convivir, como vetas de un jaspe chino.
En las afueras de esa habitación cerrada, el ojo del trópico encuentra la belleza de la nieve y de la arena, porque en ambas ha dejado el rastro de su sangre.

 
Tercer placer: el placer del miedo

El placer del texto lleva como epígrafe una frase de Hobbes: “La única pasión de mi vida ha sido el miedo”.
¿Cómo se escribe un texto en ebullición en torno a un centro sereno, casi estático? ¿Adónde va? “La historia es un vendaval pausado”. (p. 146), un punto estático que se resiste.  La dirección no se encuentra en la historia sino en el lenguaje, que pretendiendo describir sirve para ocultar, para que no podamos acercarnos a ese coronel coleccionista, glotón, viejo vagabundo inmóvil. En el vórtice estático hay un monstruo. Como monstruo moderno está hecho de piezas inconexas. Se le llama bufón, a ratos es calvo, otras veces ídolo de rizos canosos alborotados. ¿Qué hay en ese vórtice?  ¿Será la domesticación de una violencia abismal, insoportable, como la del hombre inmóvil en el escalofriante montaje Perros héroes, de Bellatin? A juzgar por la devoción del narrador, que le trata con el cariño y la cautela de un niño que aprovecha la siesta del monstruo para invadir sus lugares secretos, algo portentoso y agónico como la potencia herniada de aquel patriarca del otoño. O, si la palabra miedo fuera femenina, como en francés, algo todavía más estremecedor; que se piensa, pero no puede nombrarse.

Cuarto placer: el placer de la lengua madre, sea la que sea
Además de coleccionista, el coronel es biógrafo de divas que en tiempos medievales y alquímicos fueron hechiceras. Divas alquímicas, nada menos; que le dan un reposo de medievalista a ese autor violento que pasa por matemático y militar.
La diva mayor es la madre del coronel. Pintora incansable de volcanes sagrados es la madre, ese lugar inicial de la repetición, en palabras de Carlos Fonseca.
“El autor, la autora”, escribe Barthes, “es alguien que juega con el cuerpo de su madre, ya sea para glorificarlo y embellecerlo o para desmembrarlo y llevarlo al límite de lo que puede saberse sobre el cuerpo”. Habla de la lengua materna. Este libro es un inagotable testimonio de belleza. ¿De qué está hecho? ¿Cómo repercuten en el oído las imágenes visuales, en qué sabores sirve sus  frases, como ilumina sus toques al lector, a la lectora? Por el camino de la belleza el lenguaje también lleva al límite: “en el espacio del sueño no existen líneas rectas”.
Conciso y correcto, no hay caídas, ni baches, ni tejidos conectores meramente útiles en el lenguaje de esta novela.  Es una línea viva, con una voluntad de invención animista y una prosa eficaz y palpitante, que en ocasiones deposita epigramas como el siguiente: “tedioso el comienzo que no regala un fin”.
Si no hay estructura lineal, cómo hacer las trampas habituales en la lectura de una novela; dónde saltar párrafos, qué deseo nos impulsa a seguir leyendo. La tensión de la música, de una sucesión de raras y precisas metáforas. Se lee sorbo a sorbo, y es intensa y esa intensidad golpea y requiere un tiempo de lectura inusual para una novela breve, que puede releerse a saltos empezando por cualquier página y llegando a una página cualquiera.
Más que un texto de gozos, este es un libro de placeres. El placer erótico de ver a alguien que lee. La percepción de una criatura hecha a imagen y semejanza, no ya de un autor, sino de un lector que reescribe. La eficacia de la novela no se explica por la suma de sus rasgos gramaticales: “¿Tiene el texto forma humana, es una figura, un anagrama del cuerpo humano? Sí, pero del cuerpo erótico. El placer del texto no puede reducirse a su funcionamiento gramatical, del mismo modo que el placer del cuerpo no puede reducirse a la necesidad fisiológica.” (Barthes, L P. d. T, p. 30)

Quinto placer: el adentro es el afuera
Carlos Fonseca es autor de una tesis doctoral titulada: States of Nature: Castastrophe, History and the Reconstruction of Latin America. ¿Será Coronel lágrimas una limpieza en clave lúdica de las atrocidades que la tesis consigna? Esa diatriba contra los esfuerzos útiles, ¿es la tesis bajo otro aspecto, una tesis contra el trabajo invertido en producir una tesis? ¿Es más útil una disertación que una novela? ¿Es más meritorio y entrañable un proyecto de novela (con sus abortos, su matanza de textos descartados) que una novela terminada? ¿Está hecha una novela de materiales que no llegaron a redondear otros textos de toda índole, leídos, imaginados, encontrados, parecidos a los que aquí refulgen?
El placer del síndrome de Diógenes en un escritor.

 
Sexto placer: El placer del carpetazo
Este último placer es muy mío, no es seguro que al autor le agrade, ni se sienta interpelado por él. Si, como insinuó Vilá Matas con etílica mala leche, Los detectives salvajes fue el carpetazo a Rayuela, Coronel lágrimas es el carpetazo a En busca de Klingsor, aquel ladrillo rezumante de diálogos sobreactuados y villanos sin sutileza. En esta novela de Fonseca hay un pastor televisivo, menos pintoresco que Yiye Ávila. No obstante, en lugar de vulgarizar y maltratar la fábula de Jonás y la ballena, el pastor de Coronel lágrimas menciona a Herman Melville, como es propio. Y de pronto, en el centenario de Barthes, puedo sacar del baúl una frase snob de El placer del texto: “Ninguna trascendencia (ningún gozo) puede producirse, estoy seguro, en una cultura de masas (que debe distinguirse, como el agua del fuego, de la cultura hecha por las masas), puesto que el modelo de una cultura de masas es pequeño burgués”.  Repito la frase y celebro esta novela legible y escribible de Carlos Fonseca.
Que la fuerza y la belleza sostenidas de Coronel lágrimas sean la hazaña de un nieto de mujer aiboniteña, y que el gentilicio aiboniteña todavía no figure en el diccionario de la RAE, acentúan en mí el placer del carpetazo.
(Presentación de la novela Coronel lágrimas, de Carlos Fonseca, Anagrama 2015, en La Tertulia, Río Piedras, el 28 de mayo de 2015).

jueves, 9 de abril de 2015

martes, 7 de abril de 2015

Raquel en Rutherford




Dices que el terror dominó tus primeros años. Cuentas que en las mañanas invernales de este pueblo, cuando el sol se queda en la cama y no se asoma en todo el día– aquí donde nos encerró tu padre, mientras él les despachaba aguas perfumadas a las niñeras de Buenos Aires – yo lamentaba mi suerte. Te has quejado de que abusara de ti. Usar a un niño para vaciarse del dolor propio es imperdonable. En tus libros devolviste la afrenta. Con creces. Mi amargura vencida por el entusiasmo de tus flores fue tu venganza. Para mí las flores son interesantes de la raíz hacia abajo. Para ti las flores son pétalos, la resurrección circular de la carne. Te obsesiona la poesía como descenso a los infiernos, pero no aprendiste a vivir en el infierno. Tu poesía es el pretexto para la huida de los infiernos. Otra cosa. En todos tus libros sembraste mi amor a los jardines, lo ocupaste, te lo robaste.

crisantemos

ciclámenes

rosas

            flores del mar

                        margaritas

                                    astromelias

            encajes de la reina Ana

                        tulipanes

                                    narcisos

            iris

                        flores de mostaza

                                    peonías

            asfódelos

                        lirios

                                    verbenas

            jacintos

 

            Yo te hablaba de las flores de Mayagüez, las que recogíamos en los jardines para adornar el altar de la virgen. Sus nombres te entraban por el oído como soplos de viento y salían sin dejar huellas. Claveles, nardos, trinitarias, varitas de San José. Yo habré muerto, tú no me dejarás ir.  

Sé que el aura tiñosa fue uno de los relatos que olvidaste. Es un pájaro de rapiña, cruza de un extremo al otro el arco de las islas. Carlitos, tú escribes sobre flores, yo puedo hablar de piedras calientes, hirientes, resistentes. O de piedras redondas, chinos de río, como aquellas que disparábamos desde la honda que mi hermano me regaló cuando se cansó de ser niño. Yo me fugaba con los varones hacia la salida del pueblo. Allá les tirábamos piedras a los pajaritos, los pequeños caían ensangrentados, pero las auras no. Un día me dio por subirme a un árbol de mangó y tirarle a un aura con todos los malos sentimientos de mi brazo, pero la piedra cayó en el ojo de uno de los muchachitos y lo dejó tuerto. Sus padres eran peones de la finca de papá y no se atrevieron a quejarse. Desde entonces fue el entenado, el adoptado, el inútil de la familia. Lo usábamos para mandados livianos.

Pues yo era la zurrapa, atiéndeme bien. El residuo que se acumula en el fondo de la botella. Y mamá, que  bastante trabajo le daba su máquina de coser, cuando papá murió y ella se hizo cargo de alimentarnos, pero siempre me tenía más o menos detrás de la oreja y me pegaba hasta dentro del pelo, porque las madres buenas no sueltan a sus hijos, no hay mejor madre que una buena mala madre, la que quiere con crueldad egoísta. Recuerda cómo era nuestra casa. Se me ocurre (la memoria es lo más lejano de lo que fue, mejor recuerdan las manos, la lengua; la memoria diseca) que no quedaba en una de las zonas centrales del pueblo, sino más bien cerca del área de los almacenes. Era una casa de cuatro aguas con tejas de barro dispuestas como escamas. El balcón era… Pero no es verdad nada de esto. Era de madera. Quedaba en la calle más elegante de Mayagüez, bautizada con el nombre de un capitán general del imperio: la calle Méndez Vigo.

Es la hora. Raquel despierta. Se acaricia la espalda con las manos, respira un aire de azoro. Aunque la artritis le duele en los huesos carcomidos, no tarda mucho en volver al momento insoportable del presente donde el hijo la dejó tras administrarle la sopa rala del almuerzo con medicinas acompañantes que tienen nombres de hechiceras : calbisma, irradol, sanaka, anasarsin.

Raquel en Rutherford, donde cada segundo más de vida le parece un desperdicio.
 
(De La muerte feliz de William Carlos Williams, novela)

jueves, 26 de marzo de 2015

Presentación de Narraciones puertorriqueñas





 


A primera vista el concepto de justicia parece no compaginar con el mundo de la gran gestión editorial. Los escritores “globales”, los más reconocidos, los aspirantes al Nobel, al Goncourt, al Cervantes, son minoría de minorías; sus voces y figuras se amplían en representación de regiones y continentes que, al reducirse a las visiones de figuras estelares, pierden riqueza tonal y complejidad. Hay, pues, zonas y culturas excluidas del lente de las industrias culturales globales, de los países donde se acumula el capital cultural.

Hay, por otra parte, al menos un país en el mundo donde algunos estudiosos, afectados por las mezquindades del país pequeño, juegan a borrar del mapa nacional todo lo que huela a archivo, a cuerpo de letras, a rastro.

Sin embargo, un país pequeño no tiene que tener una literatura menor, insustancial, fofa o débil.  Podría escribirse todo un libro sobre literaturas de países pequeños, y de ese modo invitar a una inversión de los modos de lectura, a un desplazamiento de la mirada lectora más allá de los centros. Podría hacerse el mapa del mundo al revés, la versión austral del planeta, que tuviera en el centro la isla continente, al Sudán en el lugar donde acostumbramos ver París y a Tierra del Fuego hacia el norte, como el pico de un ave voladora que apresara en sus garras a Alaska.
La última antología general del cuento puertorriqueño anterior a esta (Antología general del cuento puertorriqueño, de Félix Franco Oppenheimer y Cesáreo Rosa Nieves,) se publicó hace más de medio siglo, en 1959. Todavía no se había establecido la Biblioteca Ayacucho, con su misión perseverante de difundir el patrimonio cultural de América Latina.

Este volumen, Narraciones puertorriqueñas, es el sexto de los que Ayacucho ha dedicado a Puerto Rico. La selección abarca más de un siglo, y comprende textos de 47 autores que publicaron un primer libro entre 1849 y 1975. La delimitación del periodo responde, sobre todo, a una determinación de orden práctico y a un criterio sí, de justicia, relacionado con la escasa disponibilidad de textos puertorriqueños del siglo XIX y primeras décadas del XX. Hace años que no se reeditan autores dignos de una mirada desde el presente y el potencial futuro. Ampliar el campo para incluirlos ha requerido limitar el espacio de los contemporáneos más recientes, que han sido ampliamente representados en antologías generacionales. Por otra parte, el año de corte es casi un parte aguas, pues de 1976 en adelante se produjeron transformaciones profundas en el campo literario que nos sitúan de lleno en el quehacer de narradores reconocidos y activos en el oficio. 

A partir de Cuentos puertorriqueños de hoy, antología editada por René Marqués, han sido varias las compilaciones generacionales, de promociones o grupos afines a una propuesta colectiva, pero no se ha vuelto a concebir una antología general que abarcara desde los inicios hasta el momento actual. Para repetir tal hazaña habría que añadir un tercer tomo al presente libro que incluyera cuentistas publicados a partir de 1975, y que, por el redoblado cultivo y prestigio del cuento en décadas recientes, contendría casi tantos nombres y textos como los aquí incluidos.

Entre los móviles que impulsaron la presente selección figuró la curiosidad de una autora por conversar con los fantasmas de la tradición literaria del país propio, unida al sentido urgente de dejar constancia de figuras y obras desconocidas para la generación actual de lectores. Una intención que no aspiro a ocultar fue la urgencia de “exhumar” ciertos textos casi olvidados mediante una convocatoria interrogante que los “liberase” de su reclusión.

Quizás esa negociación con los muertos, como llamó Margaret Atwood al diálogo entre una autora, la muerte y la tradición, sigue teniendo sentido en un presente que muestra cierta vocación anti histórica, agresivamente desmemoriada o crítica de las visiones providencialistas del devenir histórico. Quizás no está de más, incluso,  la ingenuidad de dejar constancia, otra vez, de la escritura de ficciones en Puerto Rico para la misma época en que se construían las literaturas nacionales en América del Norte y América del Sur. Un país pequeño no tiene por qué tener una literatura insignificante. La literatura de un país colonizado tampoco debe condenarse a la exclusión, con lo que ello implica de empobrecimiento para dicho país y para los lectores del mundo, porque esa práctica de la exclusión, a semejanza de la extinción de especies biológicas, empobrece a todos los países. No es casual que uno de los temas principales de esta feria haya sido la bibliodiversidad, definida como “la diversidad cultural aplicada al mundo del libro”.

De modo que hay que agradecerle a Biblioteca Ayacucho el deseo de “hacerle justicia a Puerto Rico” con este volumen y otros en preparación, a cargo de los estudiosos Áurea María Sotomayor, Malena Rodríguez Castro y Rafael Bernabe. Visto el proyecto en toda su amplitud hay que agradecer en particular la generosidad de Julio Ramos, que medió entre las partes para que saliera adelante este volumen y se concibieran los otros mencionados. En el caso de Narraciones puertorriqueñas, además, al colaborador Armindo Núñez Miranda y a los editores Moisés Seijas, Shirley Fernández, Elizabeth Coronado, Gladys García Riera y Livia Vargas.

Durante mucho tiempo circuló el lugar común de que Puerto Rico es un pueblo de poetas y, en segunda instancia, de cuentistas. Como en todos los lugares comunes hay más pereza transaccional que realidad en este. Por algún motivo que tal vez se relacione con el fin de compilar antologías para suplementar currículos escolares, prevaleció la brevedad en las selecciones y se olvidaron las novelas que, sin embargo, se publicaron a lo largo del siglo XX, a veces, al modo del folletín, en periódicos y revistas. ¿Será la nuestra una literatura de novelas perdidas? En un país como el nuestro, construido sobre arena movediza, cada generación parece condenada a recuperar los restos de un naufragio.

Esta antología de narraciones puertorriqueñas incluye textos que en al menos un caso se acercan a la novela corta, como el relato Sebastian Guenard, de J.I. De diego Padró; alguna estampa costumbrista, memorias, crónicas, fábulas, narraciones esperpénticas y fantásticas, alegorías apegadas a los cuentos morales del siglo XVIII, leyendas y cuentos de factura moderna. No hay por qué suponer que esa diversidad de formas narrativas se aleja mucho del perfil de otras literaturas americanas, ya que, a pesar del absolutismo y la censura del régimen colonial español afirmaba Alejandro Tapia y Rivera, que en 1840:

… la elegancia en la forma, así como el sentimiento y la fantasía poética, no eran plantas exóticas en el país;… los buenos modelos comenzaban a conocerse y a estimarse… Desde esa época data la literatura aunque asaz desmedrada, en Puerto Rico; comenzó como debía, por la canción y el romance; en una palabra: por las composiciones furtivas y ligeras… Por lo que atañe al humilde autor de estos apuntes, hijo también del noble ejemplo que hubieron de darle las nacientes letras en el período a que antes se había referido, se juzga deudor a aquella época de su persistencia en un campo abandonado por casi todos y a que (acaso por su desgracia) le llevó a una vocación incorregible. (Prólogo a El bardo de Guamaní, 1862).


 Tampoco hay que olvidar la existencia de revistas  importantes, con vínculos internacionales, desde el último tercio del siglo XIX, y el hecho de que, en un país sin universidad ni bibliotecas públicas, se gestara esa esfera tan nuestra de la contra institucionalidad: bibliotecas privadas, sociedades secretas, gabinetes de lectura y publicaciones como la Revista Puertorriqueña, fundada por Manuel Fernández Juncos, que contó con colaboradores españoles y latinoamericanos tan relevantes como Rubén Darío, Emilia Pardo Bazán, Clarín, Galdós, Julián del Casal y José Martí.

Si hubo una especie de culto a la poesía y al cuento, quizás algo le debe el aprecio de dichos géneros a la calidad de los poetas y narradores del medio siglo, como el recién fallecido Emilio Díaz Valcárcel, y a la pujanza, en medio de la instauración del Estado Libre Asociado, de una crítica contestataria desde la literatura.

La narración breve, pues, da cuenta y cuenta la trayectoria de un país no tanto invisible como inexistente, por no haber prosperado en él un proyecto liberador colectivo; de un proceso de rupturas radicales y violentas. Estas Narraciones puertorriqueñas que publica Ayacucho representan el intento, no ya de canonizar o alterar un canon que no muchos suscriben, o leen, y que algunos "nativos" desprecian, sino de presentar, como si nacieran hoy, textos escritos por autores prácticamente desconocidos. La alucinante sensación de que siempre está todo por hacer es falsa, desde luego, porque no le hace justicia al trabajo de archivo que desde el siglo XIX hiciera aquella sociedad recolectora de documentos históricos y que se consolida, a partir de la fundación de la UPR y, en particular del Departamento de Estudios Hispánicos.

No obstante, en otro sentido, está todo por hacer. Como escribió Barthes, de vez en cuando conviene volver a leer los textos clásicos para ver qué podemos hacer con ellos. Esta selección no pretende más. Con eso, con avivar la chispa, con mantener los rastros de un cuerpo, con destacar los rasgos dispares y diversos de un proceso complejo, que no guarda proporción con la complejidad del país, pero que sí da cuenta de lo que significa escribir sin medios, sin libertades políticas, sin alicientes, con suma fragilidad, en irradiación diaspórica, sin preguntarse a veces para que se escribe y para quién, pero con obstinación de animal herido que lucha por sobrevivir; si de algún modo estos móviles invitan a la lectura, no se perderá el esfuerzo.
 
(Versión revisada de las palabras leídas en la feria Internacional del Libro de Venezuela, en marzo de 2015, con motivo de la presentación del primer tomo de Narraciones puertorriqueñas, antología publicada por Biblioteca Ayacucho).

¿Una literatura invisible?




 
¿Una literatura invisible?

 
 
por Marta Aponte Alsina

Entiendo que la idea de los gestores de esta mesa fue provocarnos a conversar en torno a una palabra muy llevada y traída en más de un contexto. En Puerto Rico, desde hace unos años, se mencionan los temas de la visibilidad del escritor y la invisibilidad de ciertos países y literaturas. A riesgo de nadar contra la corriente, declaro que Puerto Rico no es, para nada, un país invisible. En todo caso es un país muy visto, leído hasta el agotamiento, estudiado, cuadriculado, vigilado y controlado de maneras tan precisas como los métodos de las ciencias positivas y tan fantasiosas como un corazón tenebroso. En 1898, en el séquito del ejército invasor, llegaron periodistas, antropólogos, maestros, predicadores, médicos, folkloristas y científicos. Los observadores que realizaron el "Scientific Survey of Puerto Rico", una serie de estudios que comenzaron de inmediato y se extendieron indefinidamente, no dejaron pulgada de tierra, de agua, de recursos de aire y suelo sin  describir, inventariar, analizar, distribuir y sopesar. Todo esto tiene un correlato en la  valoración y uso de los objetos de estudio en ámbitos experimentales y comerciales. Sabemos, gracias a las revelaciones de Edward Snowden, que no quedan países invisibles en un mundo englobado por las tecnologías de vigilancia y administración del miedo, incluso en lugares aparentemente distantes de la inserción tecnológica. En el caso de Puerto Rico, el ojo que nos ve no parpadea desde el régimen despótico de los capitanes generales españoles. Solo se hace más minucioso y eficiente a partir de 1898.
Más que de un país invisible quizás el nuestro es un país secreto, escamoteado, oculto. Tal vez al amparo del secreto y la invisibilidad se han refugiado y evolucionado ciertos rasgos –silvestres, airosos– de una cultura resistente.
La óptica de la política imperial y sus intermediarios criollos, portavoces de un oscuro pueblo sui generis “en amistad con los Estados Unidos” (esta última frase se repite en algunos programas independentistas) descifra, interpreta, representa. En Los diarios del ron, Hunter Thompson trazó la caricatura de cómo nos ven el americano feo y los "mimic men" nativos, además de narrar los ardides de los relacionistas públicos encargados de maquillar, con afeites de democracia, la cara impresentable de la colonia. La publicidad no alcanzó a encubrir el trauma que aguó más de una fiesta gracias a las insurrecciones nacionalistas de los años cincuenta del siglo XX. Sin embargo, la política del olvido, la hipocresía y la complicidad ("don´t show don´t tell"), sumada al desprecio y el auto desprecio como sucedáneos de una relación de sometimiento, sí se lo propuso con cierto éxito. No es extraño que en lugar del ataque de los nacionalistas puertorriqueños al Congreso y a la Casa Blair, acto que no figura en las gestas de ningún otro pueblo del mundo, prevaleciera mucho tiempo como emblema del país la imagen de los zapateados de West Side Story. Ni siquiera ha merecido nuestra literatura los zarpazos cariñosos de algún autor canónico estadounidense a figuras como Pedro Pietri o Piri Thomas; esas caricias del tigre, análogas a los que Virginia Woolf les prodigó a Joseph Conrad y Henry James, dos “invasores” extranjeros de su lengua anglo británica. (Norman Mailer escribió sobre el boxeador José Chegüí Torres). Tampoco parece haber despertado la literatura puertorriqueña el interés de grandes casas editoriales metropolitanas, con notables excepciones.  En otras palabras sí nos ven, quizás demasiado. Nos ven, nos vigilan, nos controlan, pero no les interesamos, porque no les interesa entender más allá de sus intereses.
Otra mirada pertenece a la obra íntima de las literaturas puertorriqueñas, las que se han hecho a lo largo de casi dos siglos, desde la isla y en sus redes diaspóricas. En los registros de la literatura hay, creo, algo imposible de silenciar e invisibilizar ante los ojos de las lectoras y los lectores de buena fe, en las escalas más amplias de la especie, en sus plazos más largos.
La visibilidad es uno de los temas de las conferencias con propuestas para el próximo milenio que Italo Calvino escribió en 1985, en los umbrales de la era digital. La cultura pop y los medios mecánicos se hicieron presentes en la tradición eurocéntrica del siglo XX, pero todavía en vida de Calvino era posible distanciarse críticamente de ellos desde un afuera. Ahora es impensable desprenderse de la esfera mediática y las redes digitales.  Por eso me parece importante la presencia de Calvino en el umbral de un universo del cual fue vidente, sin llegar a instalarse en él. 
La visibilidad para Calvino era un rasgo inseparable de la literatura: “Mi fe en el futuro de la literatura consiste en saber que hay cosas que solo la literatura, con sus medios específicos, puede dar. Quisiera, pues, dedicar estas conferencias a algunos valores o cualidades que me son particularmente caros, tratando de situarlos en la perspectiva del nuevo milenio.”[i]  En el capítulo que dedica a la visibilidad y a la capacidad poética de la imaginación, explica una cualidad frágil y esencial. Lo hace con ademán profético, como el capitán que antes del naufragio decide quién se salva y qué se pierde: “Si he incluido la Visibilidad en mi lista de los valores que se han de salvar, es como advertencia del peligro que nos acecha de perder una facultad humana fundamental: la capacidad de enfocar imágenes visuales con los ojos cerrados, de hacer que broten colores y formas del alineamiento de caracteres alfabéticos negros sobre una página blanca, de pensar con imágenes.  Pienso en una posible pedagogía de la imaginación que nos habitúe a controlar la visión interior sin sofocarla  sin dejarla caer, por otra parte, en un confuso, lábil fantaseo, sino permitiendo que las imágenes cristalicen en una forma bien definida, memorable, autosuficiente, icástica”.[ii]
Esta relación de la imaginación poética con la visibilidad, poco tiene que ver con el tópico de la invisibilidad de la literatura puertorriqueña, tan manoseado en la isla. Mucho menos con ciertas derivas comerciales, como cuando se alega que “nuestra visibilidad” puede ser el objetivo de una campaña publicitaria, de un plan mediático. Bastaría dotar de presupuestos ciertas actividades efímeras que no comprometan políticamente la marca literatura. Según algún tutor, o algún consejero ducho en maniobras de “damage control”, ayudaría, además, escribir de manera genérica, como podrían hacerlo un californiano o un noruego hipotéticamente universales. He escuchado propuestas delirantes: lo que ha impedido la difusión de la literatura puertorriqueña es la obsesión con el tema de la identidad, señala algún opinólogo -como si la problemática de la identidad no fuera una figura inescapable del lenguaje, de la voz que enuncia, desde Proust  hasta Becket- o el excesivo apego a la lengua franca de la calle. Hay, según algunos, una escritura propia del autor visible: genérica, neutra,  amena, correcta, sencilla, maquinal.
Para ciertos discursos de la “invisibilidad” -que raras veces se enfrentan críticamente a la raíz política de cómo se construyen y canonizan las literaturas, y mucho menos a la raíz política de la condición colonial, que no es una patología, sino una afrenta-, parece más importante la proyección de la figura del autor o de la autora que su mirada. De ahí que me parezcan banales e incluso dignas de pena las quejas de que no nos ven, de que no figuramos en las historias de los centros metropolitanos acumuladores de capital cultural. Jamás ocuparemos en igualdad de condiciones las historias del centro: en no vernos radica su centralidad, su fuerza. En verlos, en vernos sin que nos vean, radica la nuestra. Viene al caso el proverbio de Machado: “El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve”.
 
Si el rastro de la visibilidad ha de tenerse por una de las cualidades importantes de la literatura, esa visibilidad es una facultad que radica en el autor o la autora como videntes, no como objetos o invenciones de la mirada del otro dominante.
Pero digamos, en honor a la complejidad, que hoy, más que nunca, es imposible separar al autor o a la autora de su obra. Si hace unas décadas se hablaba de la desaparición de la figura del autor, hoy parecería que lo único que queda de la literatura es la figura del autor; que aquella desaparición del autor no fue tal, sino un remake del autor, que ha derivado hacia una fusión del autor o autora con su obra. El autor es un brand name, una marca. Eso me parece desconcertante e incluso patético, porque los procesos literarios han sido, desde que se habla de la literatura como un cuerpo autónomo y del libro como una mercancía, una puesta en valor de la cultura.
La visibilidad que debe importarle a un autor, o a una autora, radica en su ojo; en el ojo que mira. Ese respeto al oficio, a la honestidad, se desplaza también a la literatura como un valor que no es del todo propiedad del autor o de la autora, sino que le antecede y le sobrevivirá. La insoportable percepción de soledad tan propia de las islas coloniales, no debería distorsionar el don de la visibilidad como valor o cualidad insobornable de la literatura. La literatura es un juego serio, porque la especie humana se desvía de la conciencia de la muerte jugando, porque la alegría del juego, de la ilusión de libertad, es refugio ante la atrocidad de la muerte, de la violencia, de la enfermedad, de la miseria.  Esa, entiendo, es la visibilidad que debe interesarle a un autor; a una autora comprometida con un oficio que es ya un privilegio.
No se vaya por las ramas del gran gesto, Marta, me dirán. Su discurso es anticuado. El autor, la máscara del autor, su performance, es el medio. Es cierto que ya no estamos ante el umbral del mundo configurado por los medios. Estamos dentro, somos a la vez tuercas androides y actores de ese mundo. La invisibilidad es imposible, a todos se nos vigila continuamente, en algún lugar alguien nos lee, desde algún lugar alguien nos sigue. Solo podemos aspirar a morir en el goce de la inconciencia.
Quien así piense está en su derecho. Sabe que no hay países invisibles, y piensa que esa condición es irremediable. Sabe que hay países agredidos, explotados, pueblos marginados de nuestra conciencia, millones de vidas opacas, historias mínimas.
Sin embargo no creo en el destiempo de una literatura y un arte videntes. Opinar que a los escritores nos corresponde ver; ser respetuosos del trabajo propio y exigentes con la difusión editorial de nuestro trabajo, allí donde esa difusión exista. La visibilidad literaria de calidad no es tema de pasarelas de autores; antes bien constituye el propósito de una industria del libro; del fomento del libro y la lectura como trabajos de amor al libro y la lectura: lentos, pacientes, cuidadosos. Ese quehacer es el que debería fortalecerse en Puerto Rico, al margen de un gobierno colonial mediocre; lo demás es levantar castillos en el aire, rumiar resentimientos que se generalizan como si fueran verdades, explotar vanidades; lo demás es branding.
 
(Palabras leídas en la mesa “Debate: invisibilidad en la literatura puertorriqueña”, 17 de marzo de 2015, Feria Internacional del Libro de Caracas, 2015).




[i] Italo Calvino. Seis propuestas para el próximo milenio. Madrid, Ediciones Siruela, 1998, pp. 17.
[ii] Ibíd., p. 98.
 


 

viernes, 13 de marzo de 2015

Conversa sobre la novela de Carlos Fonseca




 
 
Coronel lágrimas
Carlos Fonseca
Anagrama 2015


(Es un lujo dialogar con el autor del libro que vamos leyendo. Muy agradecida al novelista Carlos Fonseca por su gentileza.)

Marta: Carlos, hoy recibí tu novela. Un libro precioso. Es difícil dejarlo a un lado cuando se empieza a leerlo. Fíjate que, salvadas las inevitables distancias, veo unas líneas de afinidad entre tu novela y la mía, que quizás se relacionan con las formas de novelar a un personaje histórico sin hacer biografía, y a ese tomarle la medida a un mundo como proyecto del género novela. El comentario es a propósito de la posibilidad de escribir hoy una novela con personajes no imaginarios, es decir, sortear el escollo del dato en la escritura. También me impresiona en tu novela esa puesta en escena teatral, o si prefieres cinematográfica, con acotaciones de la voz narrativa que indica cómo habría que acercarse al personaje.

Carlos Fonseca: Exactamente: hay algo en ese juego con el dato biográfico que fascina, esa batalla entre la mera información y la vida. La novela está basada en la vida de un matemático muy singular, cuya vida traza una especie de picaresca a través de la historia política europea del Siglo XX. En la novela me encargo de ficcionalizar esa vida y ponerla en contacto con la historia política latinoamericana.

Marta: Es un artefacto raro. Veo rastros de la mirada objetivista del nouveau roman, el ademán teatral de Luis Rafael Sánchez, un constante juego con los lectores. Creo que una forma de acercarse a los textos es preguntarse por el lector implícito. ¿Para quién escribiste esta novela, si se puede saber? Imagino lectores afines a Piglia, y a veces a Aira, o a Thomas Bernhard, lectores de ciencia poesía, e incluso lectoras meramente curiosas, como yo.

Carlos: Sí, es una novela que se me hace extraña hasta para mí, y que fue escrita en cierto estado de extrañamiento. Yo estaba escribiendo otra novela, más melancólica, menos retórica, más clásica, más larga, hasta que un día, casi llegada la primavera, me cansé y en un golpe de alegría escribí el primer párrafo del Coronel. Me pareció extraña la teatralidad de la voz, el juego con las perspectivas, la voz narrativa de ese nosotros en tercera persona plural. Creo que un poco escribí la novela intentando descifrar ese primer párrafo. ¿Quién era ese nosotros narrativo, que posibilidades ofrecía y demás? En el camino me di cuenta de que, como dices, muy probablemente era algo que había salido de la teatralidad de Luis Rafael Sánchez, un escritor que me fascina. Recuerdo también que durante un tiempo leí mucho a Nathalie Sarraute, sobre todo una novela que me fascinó, Retrato de un desconocido, por lo cual los trucos de perspectiva tal vez tengan algo que ver con la mirada objetivista del nouveau roman. En cuanto a lo del realismo, me gustó la sugerencia de Othoniel de que la novela era hiperrealista. Cuando la escribía pensaba todo el tiempo en la obra del pintor Chuck Close, el norteamericano que hace retratos hiperrealistas a modo de pixeles: pinta los pixeles y así, con la ayuda de la escala, gana una precisión muy exacta. Había algo de eso: un intento de retratar a un hombre en batalla con la ironía. Acababa yo de leer un ensayo de Foster Wallace,“E unibus pluram”, cuyo principal alegato era que la televisión había producido una cultura irónica y que la apuesta de la literatura del porvenir pasaba por comenzar una batalla contra la ironía. Siempre pensé que mi novelita tenía algo de eso: algo de batalla contra la ironía, pero a sabiendas de que solo se podía ganar la batalla atravesando la ironía, no regresando a una voz narrativa previa a la ironía.
Me imagino entonces que pensé la novela como un intento de ir más allá de dos posibilidades que, aunque muy interesantes, me parecía que ya empezaban a agotarse: la posibilidad de eso que algunos llaman la auto ficción, por un lado, y, por otro, cierta sensación de que la novela era demasiado irónica. Mientras la escribía pensaba que de alguna manera la novela era una novela decadentista escrita contra la decadencia: en este caso nuestro decadentismo caprichoso que nos lleva a consumir información indiscriminadamente. Los “placeres” de la novela están pensados así. Sentía que la novelita era anacrónica y que sus referentes, los protagonistas en los cuales se basaba el personaje del coronel, estaban no en la novela del siglo XX, sino en la novela de fin de siglo XIX: en el Des Esseintes de Huysmans, en ese otro gran aburrido de la literatura rusa, Oblomov, al igual que en esos dos idiotas  magníficos de Flaubert que son Bouvard y Pecuchét.
Con respecto a Piglia me pasa algo raro, mientras escribía la novela sentía que estaba haciendo algo muy distinto de lo que él hace, sobre todo a nivel del lenguaje, sentía que nunca le iba a gustar cierto lirismo que la novela tiene, pero resultó que le gustó. Ahora, cuando tuve que releer la novela para corregir erratas, noté su influencia por todas partes. Creo que los maestros tienen ese poder: aún cuando queremos escapar de ellos, acabamos inscribiéndolos en nuestros textos. En cuanto a Bernhard, hay una novela que leí con pasión, Corrección, un texto muy bello sobre un matemático que se suicida luego de llevar por años un proyecto alocado: construir la casa perfecta, en forma de cono, para su hermana. Veo semejanzas, pero claro está, la prosa de Bernhard es mucho más brutal, sincera y furiosa. En esta nueva novela que estoy escribiendo ahora quiero acercarme más a esa voz. En términos de literatura puertorriqueña, creo que está claro que me siento cercano a voces como la tuya, como la de Rafa Acevedo con Flor de Ciruelo, como la de Juanca, como la de Otho.

La otra cosa, en ese sentido, la última que me parece relevante, es por qué el país que aparece en la novela, del lado americano, es México, en vez de Costa Rica o Puerto Rico, mis dos patrias. Creo que me negué a escribir sobre Costa Rica o Puerto Rico precisamente porque quería narrar desde la información pura, desde los datos, y ver si desde allí podía llegar a la experiencia. Quería narrar desde lugares que no conociese más que por artículos de Wikipedia. Aún así, a veces pienso que la novela, con ese final de fuga hacia el Caribe, es una novela sobre mi sentido de culpa por no haber regresado al Caribe (a Puerto Rico o Costa Rica) antes. La lectura autobiográfica iría por ahí: yo, como el coronel, todavía no regreso.  Y mi pequeño Maximiliano interno me lo recrimina todos los días….
Marta:  Me impresiona que las lecturas intuidas coincidan con algunas de las lecturas que dieron pie a tu libro. Pie en el sentido de levadura, el estímulo al crecimiento, a la hinchazón de la masa. He leído esta novela como se lee la poesía más densa, unas páginas cada día. Es como atisbar un juego de malabares, porque cada párrafo o segmento se sostiene solo, y la redundancia del tema con variaciones no empalaga justamente por el virtuosismo del lenguaje. Tengo pendiente la búsqueda del sentido de la fórmula.

Me intriga la obsesión con las musas, supongo que es el espacio maternal que va cobrando importancia. Las reiteradas versiones del volcán me sorprenden, me recuerdan el papel de la repetición en la formación académica de la madre de William Carlos Williams, que era pintora y es uno de los ejes de mi novela. El volcán repetido de Chana no solo evoca a Cézanne, sino que también al Dr. Atl, el excéntrico pintor mexicano.

Creo que di anoche con un patrón formal, aunque tu novela sea formal justamente en su intento de evasión de la formula. Hay otra novela que comienza en la página 103, más o menos, donde se presiente que de algún modo habrá que cerrar esa larga meditación. Una posible lectura que se condensa en una poética de tu novela: No sólo las frases del coronel, sino la novela toda, "configuran un espacio en donde la oruga batalla con la mariposa". Esa tensión entre el nacer y el no nacer, como si la representación que la novela constituye fuera una imantación equívoca. La lectura que me interesa más: la correspondencia entre el dato histórico y la novela, o cómo se borraron los caminos entre eso que Henry James llamaba el dato positivo, que ya era una experiencia subjetiva, pero en todo caso anterior a la escritura, y este objeto libro. Sobre el desplazamiento geográfico, y la representación de los espacios, es algo que me interesa reflexionar, porque el espacio aquí es el interior de una recámara rodeada de nieve y rosas rojas, y desde ese espacio se evoca algo que nunca se ve: la obra del coronel y de su asistente, de la que solo sabemos en contados fragmentos. En fin, sobre tu novela hay mucho que decir. Los materiales librescos de construcción siempre plantean el riesgo de la frialdad, de generar antipatía. Aquí hay tal cariño del narrador a su criatura que es difícil no contagiarse. Todavía no tengo clara la figura del lector ideal de esta novela.

Abrazo grande, desde el trópico maravilloso, a pesar de nosotros.
Posdata: Hiperrealismo se me figura como la aspiración a una objetividad cruda, que se hace poética, pues aleja y hace extraño lo que pretende registrar. La ironía con dejos de arrogancia sí creo que nos ha contaminado. A veces se insinúa un lector que no sabemos dónde está, ni siquiera si existe. No es el caso de tu novela.

Carlos: Qué lindo y valioso recibir todos estos comentarios tuyos. Me sugieren muchas cosas que no había pensado. Y tienes toda la  razón: el volcán repetido de Chana tiene mucho del Dr. Atl, de quien escribí para la tesis. Ando de viaje, justo en Barcelona, pero te escribo muy pronto y seguimos conversando. Espero poder leer pronto La muerte feliz de William Carlos Williams.

Marta: Me has lanzado en pos de esa ecuación recurrente como un motivo musical que me recuerda las partituras de Levi Strauss y las líneas cantadas de Chatwin. Wikipedia me informa que fsub! es un funtor o “direct image with compact support for sheaves”, lo que me atrae porque la gavilla es un símbolo poderoso, allá voy y me encuentro con que para definir “sheaves”  debo enlazar con otros conceptos: “topological spaces, abelian groups” y de ahí a otro, u a otra. El placer del lenguaje circular de las matemáticas.

El divorcio entre lenguaje y referencialidad, que va a contrapelo del realismo naturalista, pero que históricamente brota y se genera en contemporaneidad con él: Zola, Mallarmé, Cézanne, Manet, Wagner, Debussy. ¿Esta novela es un ensalmo, una ecuación topológica, la conversión de una fórmula matemática en lenguaje natural corrupto e impreciso? ¿El deseo de comprimir el espacio extendido de una colección, que a su vez pretendía registrar la aparición y la muerte simultáneas de los eventos, un avatar de Adán sin Eva, o con varias? Los placeres de un texto provocador.


Carlos: Interesante todo lo que dices. La fórmula existe, le pertenece a Alexander Grothendieck, en cuya vida se basa la novela, pero igual ahí lo que me interesaba era la sobresaturación simbólica de algo tan objetivo como una ecuación. Me la topé un día y de tanto símbolo me pareció una granada simbólica, una cifra de una experiencia vivida. Me pareció algo que casi lleva alegría, tristeza y susurros dentro. Claro, la ecuación es un poco esa cifra absoluta, ese nudo imposible  entre experiencia e información, que el narrador intenta deshacer. La cifra, o el secreto cifrado, de una experiencia de vida. Algo muy cercano a ese deseo de comprimirlo todo que mencionas: un pequeño aleph que cifra, como el de Borges, una pasión. Una suerte de lenguaje privado - de esa lengua privada que imaginó Wittgenstein - que el narrador le recrimina al  coronel. Me encanta lo que dices en el otro mensaje sobre la novela como un espacio en el que, como el narrador mismo apunta, se "configura un  espacio en donde la oruga batalla con la mariposa," entre el nacer y el no-nacer. Hay mucho de eso, creo, en la narración: un secreto que de repente entrevemos pero que así mismo se aleja, en un movimiento de perspectiva que es fundamentalmente un movimiento narrativo. Algo que me recuerda al título de Othoniel: Otra vez me alejo. Coronel Lágrimas es una novelita de paradojas sobre el arte de vivir con una culpa. Una novelita que de vez en cuando, desde la ternura, se ríe un poco. Una novela sobre como, a veces ,nos escondemos detrás de las ideas. Y ya verás que hay Eva, singular y única, escondida entre tanto símbolo.

Me interesa muchísimo lo que mencionas sobre Henry James y el dato positivo. Sí, hay mucho de eso, del germen de una historia y de esa grieta terrible que se abre entre un mero dato placentero y la complejidad narrativa de una  historia. Siempre he sentido que la narración trabaja en ese espacio imposible. Siento el mismo placer, la misma pregunta por el rol de la  narración, al leer tus libros. Y lo sentí también leyendo Flor de Ciruelo y el viento de Rafa Acevedo, o Todos los nombres el nombre, de Bruno Soreno. Cierto placer de deshilar para luego comenzar a bordar.