domingo, 8 de septiembre de 2019

Mr. Green


Recoges la maleta de cartón con refuerzos y cerraduras mohosas, la pobre se ve arrepentida. En la sala principal del aeropuerto, con su decepcionante piso de madera, hay más gente que en las fiestas patronales. Tropiezas con cuerpos que tropiezan con otros cuerpos, hombres con sombreros de copa alta y trencitas, hombres con bigotes tupidos y turbantes, mujeres negras con sombreros y guantes, mujeres rubias con guantes y sombreros. Te asombra que en la muchedumbre cada quien siga sin confundirse el camino que le toca. Dudas, te inclinas ante el abismo de lo posible. Si siguieras a ese o a la de más allá cambiarías de vida. Si hubieras seguido a la joven oriental de guantes color perla esta historia sería otra historia, pero el grito te devuelve a ese lugar caótico que han pisado pies de todos los colores sin torcer el destino que los trajo al mundo. El que grita es Tavio, el tío simpático que visitó el barrio en aquel tiempo y te dijo vente con nosotros a New York. Hoy lleva el sombrero de salir, el de la plumita de faisán en la cinta, eso dice, que es una plumita de faisán, tan fina como el colmillo de oro que le afea la sonrisa. Socorro y Teresita hablan a la vez y se repiten. Comentan que los primos también querían venir a recibirte, pero aquí la vida es complicada, el trabajo, las obligaciones, tú sabes.

Salen a un país de cielo gris, apestoso a humo y aceite. Esperas con las mujeres mientras Tavio busca el carro. La ruta hacia el Bronx es larga y el tío arranca el Chevy de asientos de cuero cuarteado que tiembla más que el avión en cada semáforo, como si la calle fuera una pista de aterrizaje, pero no se te ocurre la imagen correcta para calificar la forma de conducir de Tavio hasta después de unos días, cuando recuerdas la metáfora que nació en un cine de tu pueblo, ante las películas de vaqueros y la gritería de los muchachos que cantan cada puñetazo con un juá, juá. Guías como un vaquero tío, le dices al tío la segunda vez que viajan en automóvil, rumbo a un juego de béisbol en el Yankee Stadium, el domingo siguiente al viernes de tu llegada.


Mr. Green, novela corta. Serie Flash, Random House Mondadori, 2013. Disponible aquí:



sábado, 13 de julio de 2019

Un arte de la felicidad







(Leí estas palabras en un acto de homenaje a Walter, hace ya unas semanas) 

Es difícil hablar sobre el artista a tan poco tiempo de su partida. No recuerdo la última vez que vi a Walter Torres, pero seguramente fue hace más de diez años. La imagen suya que mi memoria prefiere es anterior a esa última vez que lo vi, y se relaciona con un libro: En el Bosque seco de Guánica.  El libro forma parte de la colección San Pedrito de relatos ecológicos publicados por la Editorial de la Universidad de Puerto Rico al inicio de los años noventa. El método de la serie, que estuvo al cuidado de la editora Gloria Madrazo, consistía en la colaboración entre autores, artistas y ambientalistas. Fue uno de los primeros libros para niños y niñas que Walter ilustró, a partir de un cuento del poeta Ángel Luis Torres.
 Hay mucha vida en ese libro sobre el bosque seco. Recuerdo las tensiones entre la riqueza de palabras del poeta y la no menos desbordante manifestación de la imagen en el cuerpo del ilustrador, porque la palabra es más rica y abundante de lo que recomiendan los criterios pedagógicos de lectura, pero la imagen tampoco se está quieta, no se limita a reflejar lugares precisos del texto, si recuerdo bien, pues no tengo a mano un ejemplar del libro.  
Walter nació y se crió en el suroeste. Fue muchachito de una cierta luz, de una cierta topografía, de una inclinación estética. Walter en la Sabana Grande de los años cincuenta. ¿Cómo serían los sonidos, los silencios, los días y las noches de aquel pueblo? Los movimientos de las cosas se inscribían en un ambiente de medios artificiales como las historietas y caricaturas de los periódicos y los cómics disponibles en las farmacias, otros estímulos para la fantasía.
Cuando el lector de cómics despertaba de sus aventuras mentales el paisaje del suroeste seguía allí. Recuerdo que Walter me expresó la alegría de ilustrar un ambiente como el del bosque seco, porque era el paisaje familiar de su región natal.  Allí se formó la mirada del ilustrador, allí se formó el deseo de capturar vivencias y organizarlas en una plantilla que Walter llamaba el “grid” o “arquitectura” del libro como recipiente de un mundo que se reduce a las dimensiones del papel.  Entre esos límites y el tenso duelo entre palabra e imagen, el arte de la ilustración deja a veces imágenes icónicas que se sostienen por sí solas; provoca emociones, evoca una atmósfera. En el bosque seco de Guánica  trata de una zona calladamente sagrada, uno de los espacios que fueron comunes cuando la isla era libre, y que se intenta recrear y proteger.
Las imágenes insinúan una continuidad de las formas, la apertura entre los cuerpos de tinta y papel, entre el cuerpo inclinado de un pescador y el carapacho de una tortuga como diseño ordenador. Ver los objetos del bosque, detallarlos como en un inventario de pequeñas formas ásperas, espinosas; captar la luz blanca en los cuerpos minerales: en ese libro particular el inventario del artista equivale a un saber de la patria, en el sentido del poema de Corretjer: “Patria es saber los ríos, los valles, las montañas, los pájaros, las plantas, las flores… las aguas, las sombras, los colores”. De pronto un hombre y una tortuga concuerdan, insinuando la perfección de la vida como fábrica de formas que se repiten en todas las especies; y esa intuición se reitera cuando en un libro de recetas de cocina que Walter ilustraba cuando nos vimos por última vez, se funden en una especie de tromba marina, o de nota sostenida en el aire, una casa, unas ostras, una flor de jengibre, una gaviota. La opulencia de la imagen levanta vuelo delirante, en un orden de elegancia.
Walter conocía bien la tradición del arte de la ilustración de libros y revistas, incluso la escuela de los ilustradores e ilustradoras de series como los Libros del Pueblo y los cuadernos de poesía del Instituto de Cultura Puertorriqueña.  Basta entrar en su canal en YouTube para ver cómo asimilaba y reorganizaba estilos e imágenes de tradiciones dispares, desde el arte de las pirámides egipcias y aztecas hasta la estridencia del grafiti en las paredes urbanas.
Con la dedicación incansable de su breve tiempo y el don asombroso de transformar la miseria humana en vitalidad impenitente, Walter hizo un arte de las imágenes comunes transformadas en revelaciones que no pueden ignorarse. Un arte con sentido del humor, agudeza y travesura. Un arte como el suyo tiene nombre. El maestro Nelson Sambolín habla de un  “arte de la felicidad… tanto más necesario cuanto más pobre es una comunidad”.
Quizás las imágenes del ilustrador ya forman parte de la memoria de toda una generación que manejó los libros escolares ilustrados por él. Ahora, en medio del desastre, cuando amarramos la casa a la tierra para que no se la lleve el viento y empacamos los objetos de la cultura (nuestros saberes y lugares de la memoria) no dejemos que se pierda su legado.


miércoles, 1 de mayo de 2019

Violeta (conclusión)





A las cuatro en punto de la tarde, el geólogo gritó:
- No sigan, no puede moverse, ya pedimos refuerzos.
El arqueólogo me pidió que guardara su libreta de apuntes en mi mochila. La recibí sin decirle lo que pensaba: cada quien debe hacerse cargo de sus libras y libretas. La recepcionista del senador maduro comentó que era natural que las mujeres ayudáramos. Los hombres tendrían que mover las cuatrocientas libras del caído.
Llegó un empleado de emergencias médicas con una soga enganchada al hombro. Con ellos estaba Jorge, el muchacho de los huesos que parecen seres vivos. Venían cargando un tanque de oxígeno desde las parcelas, donde esperaba una ambulancia.
El caído no sólo padecía de flebitis, informó la recepcionista, sino que a los 25 años había sufrido su primer ataque cardíaco. Mientras se retorcía de dolor intentaron darle oxígeno, pero al tratar de hacer funcionar el tanque notaron que habían olvidado la boquilla. Jorge y el empleado de emergencias médicas recibieron con mansedumbre un tiroteo de insultos disparados por el geólogo, el biólogo y el senador maduro.
Viendo que la espera había agotado sus posibilidades, los hombres se resignaron a bajar el cuerpo colosal hasta el lecho del río y llamar a un helicóptero de rescate. Para acostarlo en la camilla se colocaron tres a cada lado, y dos en las extremidades. Lo levantaron al son militar de "one, two three". Luego lo fueron bajando, haciendo altos (en una ocasión lo dejaron caer). Tardaron quince minutos en bajar hasta el lecho del río. Después Juan Carlos y Jorge asistieron al caído, mientras los demás hombres se fueron colocando en diversos lugares de la ribera, cada uno conectado a su teléfono celular, cada uno dejando saber a su manera que nos encontrábamos en el cauce seco de un río y que se nos estaba muriendo un muchacho.
Antes de transformarse en político el senador maduro fue conductor de televisión. Se había hecho una liposucción y estirado la piel, tanto, que se le han borrado las facciones. Se ve sobrio y gris, pero los tennis rojos lo delatan. Sin soltar el celular preguntaba a los empleados de emergencias médicas si habían llevado una Panadol o una Coors Light.
El geólogo -sombrero de un ala doblada y cordón amarrado alrededor del cuello– daba  largos pasos, hablando con su esposa por el celular:
- Este país es un desastre. Comunícate con aquel vecino que trabajaba en la Defensa Civil, llama a la prensa, dales mi teléfono, que me llamen.
De pronto el senador maduro con el celular pegado al oído, gritó:
- Viene un helicóptero. Hay que pasarles las coordenadas.
El geólogo sacó un aparatito conectado con satélites, que según nos explicó era capaz de indicar la localización precisa de una pulga en la superficie terrestre. En breve nos rescatarían, imposible perderse en una isla tan penetrada, pensé. Pero pasaron los minutos y las coordenadas antes que la decepción se convirtiera en pánico o algo remotamente parecido, la sensación de vértigo que debe sentir una persona cosciente de que está muriendo tan rápidamente que no le dará tiempo para despedirse del mundo. No era sólo la loca sensación de inutilidad. El aparatito, con aquel nombre, yipiés, tan flamante como el sombrero australiano del geólogo que lo manejaba, no servía para nada. Era sentir que cuando entra el desorden no hay quien lo detenga, aunque no hubieran faltado señales de la inminencia del colapso, como a mitad de camino, cuando el muchacho todavía cargaba con su propio peso, y nos habían cerrado el paso varios vecinos para protestar por lo que se haría allí sin pagarles el precio justo por unas tierras que fueron de sus viejos y que todavía visitaban ocasionalmente, recogiendo los frutos que se caían de puro abandono. Habían bajado del monte sin dejarse sentir y volvieron a perderse monte arriba.
Entre la cara desconocida de una naturaleza poblada de flores ocultas y el fracaso de la tecnología inútil, presenciaríamos la muerte de un muchacho en el lecho seco de un río. Nunca he cerrado los ojos de un muerto. Dejé de asegurarle al caído que todo saldría bien y que él era un amor.  Me alejé de Juan Carlos y Jorge, que nunca abandonaron al enfermo. Había arbustps de Santa María en el lecho seco del río. Las flores blancas huelen a miel.
–Maldita colonia– gritaba el biólogo en su lado del barranco, estas cosas pasan porque somos una maldita colonia. El biólogo es un hombre corpulento, de piel blanca y elástica como flan de vainilla. Llevaba un pañuelo amarrado a la frente que me hizo pensar en uno de los soldados desajustados de Apocalypse Now. Antes de que cayera el muchacho, el biólogo nos había dicho que estábamos en una de las partes de la isla que emergieron primero del fondo del mar. Añadió que su abuela usaba el zumo de la hoja de yerba bruja para curar el dolor de oídos, la misma hoja que echa raíces dentro de los libros.
Nadie recordaba el poder de la yerba bruja cuando el primer helicóptero voló sobre la muchedumbre de más de treinta personas que agitábamos los brazos en aspas. De las parcelas Vázquez iba llegando gente. El helicóptero desapareció después de cruzar varias veces sobre el sitio. Volví a sentarme en una de las grandes piedras del río seco. Juan Carlos no soltaba la mano del muchacho, Jorge seguía abanicándolo. Oscurecía y la atmósfera se iba poniendo fresca.
El segundo helicóptero pertenecía según el senador maduro a la Autoridad de Energía Eléctrica. A gritos les indicó por el celular que estábamos en un claro en el lecho del río, detrás del Monumento al Jíbaro.
Poco después de que el segundo helicóptero se alejara llegaron otros técnicos de emergencias médicas con la boquilla del tanque de oxígeno. Se comunicaron por celular con el médico de turno que recomendó seguir haciendo lo mismo, es decir, nada. Le quitaron la camisa al muchacho, expusieron la descomunal barriga al sol, lo movieron bajo la sombra con el esfuerzo de los recién llegados y Juan Carlos y Jorge.
El senador maduro perdió la tabla a las 5:45 de la tarde, poco después de que el tercer helicóptero, el de la flotilla de la Policía, grande y azul, se detuviera como un insecto flotante sobre su presa antes de moverse rápidamente hacia un lado y escapar con brusquedad en dirección diagonal. Nos fue señalando a todos como si barriera con una ametralladora a los curiosos, que ya eran más de cuarenta, y al muchacho que se retorcía de dolor.
- ¿Quién llamó a la prensa?
Anoté la hora precisa de la cólera del senador maduro en mi libreta, mientras el arqueólogo impasible se apoyaba en un bastón improvisado y el promotor cultural decía que pronto caería el sol y tendríamos que seguir por el lecho seco del río hacia las parcelas.
Juan Carlos se estiró con una expresión de cansancio, diferente de cuando hablaba de plantas y besaba dedos de moribundos. No sé cómo se llaman las transfusiones de vida, pero entre el despiste de los helicópteros y la insuficiencia de los tanques de oxígeno estaba convencida de que el muchacho no había muerto todavía porque Juan Carlos le había regalado unos pensamientos y Jorge el aire de un sombrero. Se rió, se avergonzó, confesó que había tomado cursos de sanación y que no recordaba lo que había aprendido en esos cursos. Hablaba como quien se aburre en una reunión elegante, mientras el muchacho agradecía el oxígeno y el senador anunciaba la llegada de otro helicóptero. Entonces llamaron a Juan Carlos para que ayudara nuevamente a cargar la camilla.
Entre los curiosos había un hombre lampiño, de ojos verdes. Llevaba una camiseta anaranjada y una gorra amarilla de pelotero. Dijo llamarse Armando Escalante. Se había acercado desde las Parcelas Vázquez por si se nos ofrecía algo, ya las noticias daban cuenta del incidente.
Armando fue boxeador. Entrenaba en aquellos caminos antes de caer en el vicio, me dijo, mucho antes de entregarse al señor y hacerse cristiano. Le sorprendía la transformación del senador maduro, tan diferente después de la cirugía plástica, y que  hubiera pasado de la histeria a la añoranza de una Coors Light. En vez de pedir una cerveza debería orar, opinó, y más en noche de luna nueva, hay que salir de aquí antes de que esto se ponga como boca de lobo.
Eran las seis, no quedaba agua en las botellas depositadas en mi mochila, junto a la libreta del arqueólogo y la cámara desechable, pero el promotor cultural nos indicó las charquitas que habían sustituido a la corriente del río y dijo que él prefería contraer bilharzia en unos años a morir de sed.
Apareció entonces el cuarto helicóptero. Bajó tanto que las hojas de los árboles se dispersaron y las ramas cortadas por los macheteros se alzaron en un remolino y el olor de la gasolina se suspendió sobre las piedras donde el fotógrafo de la expedición había descubierto una boa diminuta. Bajó hasta que vimos las gafas negras del piloto. Después se elevó y se mantuvo un rato a breve distancia de la superficie. Desde el helicóptero soltaron un cubo, como un inquilino de un piso alto que deja caer la llave de su apartamento en una pequeña canasta. Nadie pudo relacionar la soga y el cubo con el objetivo de transportar al enfermo.
Entonces el promotor cultural aprovechó el cansancio de la espera y dio la orden de que todos los que no estuviéramos haciendo algo útil partiéramos antes de que anocheciera. Yo me puse a las órdenes de Armando Escalante y Juan Carlos me siguió junto a los demás en fila india. Sobre nosotros voló el quinto helicóptero.
Le pregunté a Armando si era seguro caminar por el lecho seco del río, si no corríamos el peligro de que un golpe de corriente inesperado nos arrastrara. Me dijo que al río lo habían secado al construir la autopista. Armando subía y bajaba de las piedras enormes, rápidamente, la espalda recta, alzando las piernas hasta la cintura sin perder el balance.
Con el aliento entrecortado llegamos al comienzo de la carretera en los pastos llanos, al lugar donde esperaba la ambulancia. El senador joven, que todavía no se ha hecho la liposucción y prefiere las Heineken a las Coors, nos estrechó las manos y nos indicó que en el baúl del jeep oficial había agua fría, uvas y manzanas.
Unos niños se inclinaban sobre la caja trasera de una camioneta pequeña. Habían encontrado en el pasto a un becerrito con los ojos cubiertos de mimes, el estómago pegado y la respiración fatigosa. Era amarillo con manchas blancas. Le pasé la mano por la cabeza dura, que olía a perro sucio. Dónde estará su madre dijo uno de los niños espantando a los mimes. El dueño de la camioneta les pidió que botaran aquella cosa, ellos le dijeron que lo habían encontrado por ahí, yo comenté que podían salvarlo si se lo proponían. El biólogo y los muchachitos se acomodaron con el becerro moribundo y yo al frente junto al dueño de la camioneta. El hombre estaba entusiasmado: uno de los helicópteros era de un canal de televisión.
Volví a ver a Juan Carlos a las 6:30, en el trolley que nos llevaría al pueblo. Me enteré de que mientras seguíamos a Armando Escalante sucedió el evento culminante del día. El quinto helicóptero aterrizó en penumbras, en el lecho del río, maniobra descabellada de un piloto que no tuvo más remedio que hacer lo imposible porque era el último en la cadena de aspirantes a rescatadores. Los tres hombres que habían quedado atrás, vecinos de las parcelas, lograron levantar la camilla y meterla dentro del helicóptero. Ya el muchacho habría llegado al centro médico de la capital. No había tenido que volar sobre media isla pendiendo de un cubo.
El regreso de la vida normal se anunció placentero mientras esperábamos  al chofer. El biólogo, el geólogo y el promotor cultural se quejaban de los servicios de emergencias médicas, del gobierno, de la calidad de las cervezas. El senador maduro, con su estallido, había bajado mucho en la estima del geólogo y el biólogo.
El trolley arrancó. Miré por la ventanilla a los niños que abanicaban al becerrito moribundo. El arqueólogo me pidió que le devolviera su libreta.
A las siete de la noche el trolley volaba bajito, subiendo por las curvas de la carretera vieja. Juan Carlos tenía el pelo empapado en sudor. Escuché sus palabras trenzadas con el merengazo de la radio.
- ... qué veremos esta noche cuando cerremos los ojos...



viernes, 19 de abril de 2019

Violeta (primera parte)









(Hace años, en una excursión a la reserva Las Planadas, conocí al poeta Vicente Quevedo. Escribí un relato del viaje. Comparto el comienzo.)

Para Vicente Quevedo, el Juan Carlos del cuento


– No me lo van a creer, pero este es un arbolito de violeta – dijo Juan Carlos, deslizando un dedo por el tallo fino y las hojas grandes, quemadas en los bordes. Había encontrado uno de los seres más raros del mundo, pero no se detuvo a contemplarlo. Olvidando el hallazgo, cruzó el lecho seco del río y se ñangotó junto a la camilla del caído, que esa mañana se habría despedido de su mujer sin un beso, o de su madre con una malacrianza, y ahora estaba a punto de dejarlas huérfanas de su insolencia. Me acomodé entre Juan Carlos y Jorge. Traté de que la voz me saliera cariñosa y firme, estás bien amor, todo va a salir bien, ya verás, tranquilo, dije bajito. Jorge abanicaba al caído mientras Juan Carlos le pasaba la mano por el brazo derecho como quien estira una tela antes de cortarla. O quien roza el tallo de una especie rara. Yo le acaricié el pelo grasoso.

Los demás hombres –el senador maduro, el biólogo, el geólogo, el líder cultural – se colocaron a lo largo de la barranca, pegados a sus teléfonos celulares. Moviéndose con la desesperación muscular de actores en película de guerra, gritaban que en el lecho seco del río se nos moría un muchacho. El senador maduro, soltó una maldición, el muchacho se retorció de dolor, y Juan Carlos besó con la mayor tranquilidad los dedos delgados del gordo enfermo.

Eran las cinco en punto de la tarde.

No volví a ver el arbolito de violeta. El policía y los técnicos de emergencias médicas limpiaron a machetazos la escasa vegetación para que los helicópteros pudieran localizarnos. La vida humana, sin que mediaran contemplaciones, reclamaba su señorío ante una de las especies más raras del planeta.

Apenas dos horas antes, a las tres de la tarde, el muchacho se había asomado sin quitarse las gafas negras al interior de dos casitas que parecían esculturas de polvo. En el interior de una de ellas alguien había dejado indicios de partir con ganas de volver: un banquito largo, un catre de resortes, un almanaque que alimentaba la crueldad del tiempo en los hongos que se comían un ojo de Jesús.

Más abajo, el arqueólogo nos había mostrado los restos de una aldea precolombina. Bajo la sombra de una espesura de úcares deformes y almácigos rojos señaló el borde de una piedra cortada por un saqueador para extraerle un petroglifo. Seguimos bordeando las capas descubiertas de los concheros, bajando por una trocha abandonada, poniendo mucho cuidado en no pisar las piedras sueltas. Nos acercábamos al río y el terreno se hacía más empinado. Justo en ese lugar resbaloso el muchacho empezó a quejarse. Cuando cayó nos pidieron a mí y a la muchacha que nos alejáramos para que los hombres pudieran bajarle el pantalón. El caído se negaba a que le rajaran la tela para examinarle la pierna.

La muchacha me dijo que el caído era el chofer del senador maduro y ella la recepcionista. Se quejaba de que no les hubieran descrito las condiciones del camino. Tomé agua. No quedaba mucha. Recordé que antes de bajar desde la altura con vista al Mar Caribe, el muchacho mencionó que le dolían las piernas. No le hice caso. Con la camarita desechable tomé fotos de la autopista lejana, de la pendiente cubierta de maleza, del jardín de mírame lindas y chícharos, del perrito negro con el rabo interrogante que veía alejarse a los líderes de nuestra expedición, empeñados en bajar hasta el lecho del río Lapa, por un camino abandonado del sector Las Planadas, hasta llegar a otro sector, las parcelas Vázquez, en el pueblo de Salinas.

La expedición formaba parte de los trabajos de una comisión de legisladores empeñados en que aquella zona fuera una reserva natural. Contaba con un grupo de científicos y funcionarios, además de un policía, un promotor cultural, dos senadores y sus asistentes, entre ellos el muchacho de gafas herméticas y camiseta con un anuncio en la espalda: “DJs of the World.”

De pronto, despejando la voz nasal de la recepcionista, sentí que el aire reventaba como una vaina para expulsar unas palabras: el árbol de violetas se esconde, pero su flor lo delata.

Hablaba Juan Carlos, el botánico de la expedición. Aquella topografía era interesante porque ilustraba transiciones, nos dijo: el cambio de vegetación entre las alturas de la cordillera y los valles costeros, donde desembocan los ríos y los caminos abandonados. El Caribe empieza mucho antes de sus orillas, debajo de la tierra, en el nacimiento de las corrientes de agua dulce. Para conocer el Caribe hay que saber del monte, para saber del monte hay que leer una de sus piedras, uno de sus insectos, uno de sus árboles. Para conocer un país basta conocer un habitante de ese país. El monte es un país y cada árbol un habitante con sus manías, temores, rutinas y temperamento irrepetible. Oyendo las palabras de Juan Carlos la recepcionista lo miró con expresión de miedo, el arqueólogo callaba y yo sentí que se ablandaba el tronco del úcar viejo, anfitrión de las serpentinas colgantes que llaman barbas de úcar. Los poetas saben de estas cosas, dijo Juan Carlos, recitando unos versos de Olga Ramírez de Arellano dedicadas al árbol de violeta, sin darse cuenta del efecto de sus palabras, señalando después al aromático palo rubio, conocido también como árbol de madera sagrada, y al uvero del monte, cuyo nombre científico honra la memoria de Paul Sintenis, un botánico del siglo 19 que dejó el pellejo en la isla recogiendo muestras para el jardín botánico de Berlín.

Un hombre caído, nada que hacer, nadie que supiera hacer nada. La impotencia es la madre de la paciencia. Ningún lugar del mundo importaba más que el sitio donde nos encontrábamos, entre el árbol rubio y las barbas de úcar, a unos pasos del lecho seco del río.

domingo, 3 de marzo de 2019

Detroit´s Rivera: un documental de Julio Ramos







En un ejemplar dedicado de su libro Latinoamericanismo a contrapelo, Julio Ramos tachó la última sílaba de latinoamericanismo y escribió ta, latinoamericanista. Ese gesto corrector descubre un travieso sentido del humor, y más. Porque si el latinoamericanismo es, o fue, entre otras cosas, un campo de estudios, uno de los latinoamericanistas más significativos de su esplendor y ocaso es Ramos. Por lo mismo, también es uno de los críticos culturales más importantes de un entre siglos que en escala histórica apenas comienza a diluirse. Su primer libro, Desencuentros de la modernidad en América Latina, fue una de esas miradas críticas que invaden un cuerpo de saberes para cerrarlo, o para abrirle derivas tan contrastantes que un poco deja de ser lo que era. De ese libro y de la caracterización del intelectual en buena parte de sus trabajos podría preguntarse lo que Ramos se preguntó sobre un colega suyo: “¿Cómo se escribe en el punto liminal de las clausuras? ¿Cómo se autoriza un discurso que reflexiona precisamente sobre la crisis de los mecanismos de validación y autorización de su campo? ¿Dónde se escribe?” (Latinoamericanismo a contrapelo, 168).


Sus numerosos escritos posteriores incluyen ensayos abarcadores sobre temas recurrentes en campos culturales diversos, abordados por el profesor emérito de la Universidad de Berkeley y profesor visitante de universidades en Ecuador, Brasil, Nueva York y Puerto Rico. Una lista parcial de sus obras incluiría los títulos Paradojas de la letra (1996, la segunda edición ampliada se publicó en 2006); Por si nos da el tiempo (2002, novela corta); Latinoamericanismo a contrapelo (2015); Sujeto al límite, ensayos de cutura literaria y visual (2011) y la recién publicada antología Droga, cultura y farmacolonialidad: la alteración narcográfica, en colaboración con Lizardo Herrera.


Los intereses del crítico cultural son a un tiempo intensos y extendidos. Su curiosidad tiene que ver con el cuerpo y sus afectos y descontentos. Las zonas observadas se mueven entre las escrituras de la ley, la fotografía, el cine y el sonido, pero a lo largo del tiempo sobresale el interés de explorar y revelar los mecanismos del poder en la construcción de las ideas; el poder sobre cuerpos humanos y naturales; el poder de fijar normas lingüísticas del buen decir y de afirmar las fobias y proyectos de las élites; el poder de la reificación del esclavo en el lugar del cuerpo; el poder sobre las representaciones; el poder que tacha, decreta, unifica y deshace. Esa lectura también se obstina en dar cuenta de los desastres provocados por el poder impulsor de guerras y erradicaciones, a la manera de Benjamin, observando los remanentes, las grietas y vendavales de un momento que pueden manifestarse de muchas maneras, y que en este entre siglos ancho tiene que ver con la globalización y la decadencia de la economía pos industrial en los centros del poder, con las guerras geopolíticas imperialistas de siempre, con los exilios forzados, con la subversión de los cuerpos y las contra culturas y, más allá de ello, con la posibilidad de la construcción, como aspiración del crítico, de un saber fundado “no ya en la representación sino en las éticas de la participación y la justicia”.


Por razones coherentes con sus valores, el crítico le ha dedicado parte de su tiempo a la producción de documentales fílmicos y a la realización de entrevistas. Noto un esbozo de su teoría de la entrevista en un capítulo de la novela Por si nos da el tiempo. Parece que la entrevista es un género capcioso que oscila entre la canonización y el ardid, pues si es grabada y digitalizada, colecciona voces para un archivo cibernético, dando un giro literal al sentido de la palabra asedio. Pero también es búsqueda de vasos comunicantes, de la posibilidad de imaginar comunidades a dúo, del encuentro con voces discordantes y afinidades.


En cuanto a la producción cinematográfica, sospecho que en ella coinciden varios de los intereses del crítico: el trabajo en colaboración, la comunidad del taller y la integración del trabajo de investigación de archivo en una trama más abierta, liberada de las limitaciones de la letra.


Si no recuerdo mal, en los saberes de la agricultura se habla de conjuntos. Se me ocurre que la numerosa obra de Julio Ramos gira en torno a unos temas tan constantes como problemáticos y abarcadores, y que esa obra podría agruparse en varios conjuntos: el conjunto académico de escritura de libros y convocatoria a seminarios y conferencias, por una parte, que paradójicamente se centra tanto en figuras canónicas como en artistas y activistas marginales; el conjunto de las entrevistas, que igualmente se dispersa entre figuras reconocidas y trabajadores de la cultura, y el conjunto de la obra documental cinematográfica. Las líneas se cruzan como cartas barajadas. Cada conjunto exhibe, entonces, la paradoja de una solidez material trasladable a contextos y propósitos múltiples. Sus proyectos cinematográficos dan pie a conferencias, las investigaciones provocan simposios, como el reciente “Regímenes de alteración, droga y Gobierno de la Vida”, auspiciado por la Universidad de Nueva York, donde Ramos ocupa la cátedra Andrés Bello. En el conjunto del cine, ha realizado varios documentales y ha centrado investigaciones y escrito artículos en torno a cineastas de los bordes, de las fisuras, como el cubano Guillén Landrián, Jaime Barrios y el puertorriqueño José Rodríguez Soltero, del ondergraun neoyorquino, quien en los años sesenta estudiaba o se paseaba por aquí, por la Universidad de Puerto Rico. A Julio Ramos también le interesa el orden político, el autodidactismo, y, aunque no es sencillo seguirle la pista a un trabajador incansable y de imaginación abierta, sé que ahora persigue a la figura del activista neorican Martín Sostre, y que mañana hablara sobre José Martí, Julie Parsons y la huelga de Chicago.


El documental que vamos a ver es ejemplo de esa capacidad asombrosa para llevar los hilos de varios conjuntos simultáneamente con el solo recurso del cuerpo del investigador, su capacidad de convocatoria y una larga y sabia paciencia. Quizás me equivoco, y ya lo aclarará el autor, pero creo que la idea surgió cuando la crisis de la deuda de Detroit era noticia de primera plana. De allá para acá, además del trabajo de investigación y de la gestión de recursos para completar el documental, Julio ha publicado libros y entrevistas sobre temas diversos, que han ido publicándose en revistas y libros.


Detroit´s Rivera es un trabajo de montaje a partir de documentos fílmicos localizados en varios archivos, entre ellos la enorme producción cinematográfica de la Ford Motor Company Moving Pictures Division, porque Henry Ford fue un productor y comerciante del cine y creó un estudio de producción cinematográfica donde además de documentar los procesos de su fábrica producía cortos que en los años veinte se proyectaban en los cines de su nación y quién sabe si en los cines de esta desventurada nación nuestra. Ese material se encuentra depositado en los Archivos Nacionales de Estados Unidos. El instinto de conservar y preservar, desde la otra cara de la lucha por el poder, también fundó archivos de los cuales se usaron materiales en el documental Detroi´s Rivera: el colectivo de cine obrero Workers Film and Photo League y la United Auto Workers Audiovisual Division.


El documental ha recibido varios reconocimientos importantes, entre ellos el Gran Premio del Decimo sexto Festival Internacional de Documentales de Santiago Álvarez en Cuba. En el Cine Fest de Ibiza fue ganador unánime de la sección de Cortometraje Documental. El jurado lo consideró “asombroso, exquisito y con una banda sonora alucinante”. Y añadió al laudo lo que parece una paradoja: se trata de “un documental histórico vanguardista”.







Detroit´s Rivera rompe el reposo del archivo, exhuma imágenes espectrales. La música las conjura y provoca la profunda extrañeza de una industria en ascenso con unas entrañas corruptas y un engranaje devastador. Es cierto que se trata de un documental histórico vanguardista, incluso en el sentido histórico de la palabra vanguardista, pues evoca la técnica del cine silente en sus derivas expresionista y surrealista, e incluso incorpora imágenes del clásico Un hombre con una cámara. Sabíamos de la figura de William Randoph Hearst y del rol guerrerista de la prensa amarilla en la captura de las colonias españolas del Pacífico, Cuba y Puerto Rico y por Citizen Kane, pero no sabía yo que Henry Ford, fue, quizás, una figura más colosal que Hearst: el inventor como figura heroica, y además guerrerista al extremo de lucrarse de la guerra como fabricante de aviones. En Detroit´s Rivera quedan enfrentadas visualmente, sin intervención interpretativa explícita ni voces humanas, tres formas del poder: el poder del capitalismo sin controles, el poder de la organización obrera contestataria y el poder del artista público.


El mural de Diego Rivera en el atrio seudo renacentista del Detroit Institute for the Arts se titula Detroit´s Industry. A Rivera lo contrató Edsel Ford, el hijo de Henry, por mediación, se dice, del director del museo. No sé nada sobre los móviles de Edsel Ford para contratar a Diego Rivera, fuera de las leyendas de los catálogos y folletos. Sí me parece que Edsel Ford era una figura interesante, por la dimensión estética del coleccionista. Hoy sería menos concebible la contratación de un muralista comunista de origen mexicano a pesar del peso demográfico de los latinos.


La relación entre ambas figuraciones del súper hombre, el capitalista y el artista, se recoge en las secuencias, en los planos escogidos, en el contrapunto casi simétrico de imágenes del mural y de las imágenes que Rivera vio en su recorrido de las fábricas de Ford en y de la farmacéutica Parke Davis.


Una mirada lateral hacia la sociedad provinciana de Detroit cobra luz en la secuencia sobre el escándalo que provocó una imagen del mural, la de la vacunación del niño con halo de santo, una representación tan fea como las de los niñitos de las pinturas de madonas renacentistas. Y, sobre todo, a mi juicio, en un detalle al parecer menor, pero en realidad enorme: el recorte de prensa de un artículo sobre Frida Kahlo que se dejó fotografiar en una cocina, con el delantal puesto, casi un presagio del ama de casa de Good Housekeeping en los años cincuenta.






El documental revela la existencia de una grieta, de una ceguera en el mural y la repara. La llamada marcha del hambre, del 7 de marzo de 1932 que fortaleció el reclamo de la sindicalización de los trabajadores de la industria automovilística. Los murales se pintaron entre mediados de 1932 y 1933. La contratación y el inicio de los murales parece haber ocurrido muy poco después de la llamada marcha del hambre, en la cual fueron asesinados cinco trabajadores. La ejecución del mural tuvo lugar en un momento muy cercano en el tiempo, a los pocos meses del asesinato de los trabajadores, pero las manifestaciones de los obreros en lucha no se representan directamente. Ese vacío se compensa en el documental con la inclusión del pietaje de la marcha, que estaba fresca en la memoria de la ciudad. La fuerza obrera y la macabra autoridad de la muerte, se documentan (especie de homenaje solidario) en las fotos de los cadáveres.


Las secuencias finales reproducen la mirada de Frida Kahlo, que desde el espacio pequeño de sus cuadros supo dar cuenta sin censuras de su trágica experiencia vital en Detroit y del inhóspito paisaje industrial. A esa visión de mujer a un tiempo victimizada y combativa le corresponde la penúltima secuencia.


Detroit´s Rivera tiene un tono sombrío, casi claustrofóbico, como algunas secciones de los murales. La sensación proviene de la ausencia de voces inteligibles y explicativas, una banda sonora que acompaña cada secuencia con temas diversos pero siempre fuertes, como el jazz fragmentado y angular de la secuencia de los obreros y el uso contrastante de los metales y la percusión en las escenas de las fábricas y el motivo igualmente fuerte, pero más redondo, del taller del muralista. Esos temas subrayan, creo, la destructora fuerza del poder uncida al afán de lucro. Las imágenes, que se convocan con ruidos penetrantes, como en algunas ceremonias sagradas, cobran vida y se reproducen en un juego de espejos que suma las labores del montaje a los procesos fabriles yal trabajo de los muralistas en el taller. El proceso mismo de hacer y producir cine (los materiales, las maquinarias) se presenta como un personaje más. Si a esa densidad de imágenes que exponen el proceso de fabricar y armar secuencias nos sumamos sus espectadores, se multiplica el efecto potencialmente aglutinador de la exhumación de los archivos. Pienso en aquella secuencia de una película de Orson Welles, The Lady from Shangai, donde el cuerpo original es indetectable en los espejos.




(Palabras que leí en la presentación del documental, parte del ciclo de conferencias caribeñas auspiciadas por el Instituto de Estudios del Caribe de la UPR, Río Piedras.)

martes, 19 de febrero de 2019

Lecturas sin luz: Nabokov




20 de octubre de 2017

Las conferencias sobre literatura, apuntes, más bien, escritos como para niños precoces o adolescentes cabecihuecos, tienen párrafos sabrosos. Son exhibits del mariposario llamado Nabokov. Escritura de vitral, cristalina. Malcriadamente machista en su segregación de talentos: no valora la escritura de las mujeres, pero incluye a Jane Austen en el prontuario de sus conferencias para complacer a Edmund Wilson.

Se acerca con delicadeza de curador de piezas exquisitas al estudio de Jane Austen : “It seems to me that Jane Austen´s fiction had been a chaming rearrangement of old-fashioned values.” Sin embargo, la exquisitez palidece en contraste con el mundo de Dickens : “in the case of Dickens the values are new… A great writer´s world is indeed a magic democracy, where even some very minor character, like the person who tosses the two pence, has the right to live and breathe.”

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Palabras del día: logística de la filantropía, coordinación de esfuerzos

Como si cada comunidad fuera un planeta, como si cada iniciativa fuera un planeta, vagabundo, disperso. Cápsulas aisladas o conectadas por las redes sociales, donde las hay. ¿Qué está pasando? ¿Por qué recibimos las noticias del país como si el país de donde provienen fuera otro? El único país en el mundo, porque nada sabemos del resto.

lunes, 18 de febrero de 2019

Lecturas sin luz: Paz







18 de octubre de 2017

Páginas de El laberinto de la soledad, versión revisada, la entrevista de Claude Fell. La incómoda tierra de nadie del pachuco, la resistencia de Paz ante la hibridez y la impureza que le atribuye al pachuco –no quiere ser estadounidense, pero ya no es mexicano- es semejante al miedo a la mezcla de razas en Faulkner, matizado en el caso de F. por la imagen atroz del incesto, y por la lucidez de no despreciar a sus demonios; de fundirse y confundirse con ellos. No sé qué se salvará de un libro como El laberinto, desautorizado por sus nociones segregacionistas. Aprecio en otros ensayos de Paz un lenguaje capaz de cortes puntuales, precisos, que crean la ilusión de que lo nombrado existe tal como se nombra. También hay un cierto ingenio exhibicionista, magisterial, lapidario, que endurece los juicios.

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(Hoy, un paisaje gris de árboles esqueletales, el muro de una montaña en el horizonte, lluvia, el clima socava en su constancia inclemente, una vuelta de llave más a la sensación de que vivimos casi en prisión solitaria, excepto cuando salimos a hacer las filas de clientes y consumidores. A un mes después del huracán, la gente se ve reblandecida. A la menor provocación te cuentan intimidades, como la mujer que me habló ayer de la depresión que le provocó quedar encinta de un tercer hijo después de haber parido gemelos.)