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viernes, 13 de julio de 2018

From North to North


The story of how the painting of an atrocity came to belong to William Sturgis Hooper Lothrop, the ambitious young man who traveled to Puerto Rico in a steamship  transporting postal employees in 1898, adds threads to the thick fabric of images, stories, decrees, people and other goods circulating between the United States, Europe and the Caribbean.


Shortly before the abolition of slavery in Puerto Rico, the painting –the visual commemoration of a massacre transformed into a seascape– began its voyage to the oceans of America. The Bostonian Charles Eliot Norton was the intermediary between the unique sensibility of its first owner, the critic John Ruskin, and the establishment of a chair of Aesthetics at Harvard University. Norton founded the chair in 1874, when the riches accumulated by the merchants and bankers of Boston aspired to an upgrade in the scale of refinement. It was no longer enough to count coins, pay tithes to the church, and contribute to the restoration of stained glass windows and to the founding of poor houses and orphanages. There was no reason to live in comfort without luxuries, or to be simply content with exclusive access to a university for the children, grandchildren and great-grandchildren of the first families, organized in a hierarchy that began with the Adams, Cabots and Lowells and ended, perhaps, with a dull intellectual like William´s father. Man lives to die in peace with his conscience, but life does not have to turn its back to beauty.


In a Europe destroyed and rebuilt by the proliferation of factories and machines the impoverished nobility auctioned their assets at good prices. American heiresses, not well priced in the past, began to be valued more for their fortunes than for their rough manners and ways of walking, acquired in climbing the slope of Beacon Street on foot to go shopping and avoid the temptation to nap. They were frank, they laughed without restraining the vulgarity of their laughter, their cheeks seemed too rough because of the contact of sea airs.


The desire to adorn capital with beauty coincided with Norton's first trips to Europe. The fate of the painting owes something to Norton´s high regard for Ruskin; to the fact that the critic introduced him to the work of John Mallard Taylor Turner; to their friendship coinciding in time with the personality of a millionaire Yankee collector. Those intimate relationships tipped the balance of cultural relations. It was Norton who made it possible for Slave Ship to begin its journey from north to north. He saw it for the first time in the critic's house, where it seemed to be consumed with brightness in the gray surroundings. Ruskin's personality, nervous, almost hysterical, tortured by desires that his sensibility was incapable of assimilating and excusing with benevolence, was submerged in the cult of a frightful scene, misplaced in that piece of cloth, the source of a haunting light.





lunes, 21 de agosto de 2017

Eclipses




William Sturgis Hooper Lothrop cometió la infamia de morirse antes de tiempo. Nació el 19 de junio de 1870 y falleció el 5 de abril de 1905, el mismo año, en los mismos días de la huelga general de obreros y obreras de la industria de la caña, que se extendió por todo el litoral de Puerto Rico, de norte a sur. La causa de la muerte fue una apendicitis de la cual no se recuperó tras una intervención quirúrgica realizada en Ponce. Una pena que el William de este libro mío no sea el William auténtico. Es otro William, mi personaje, el que se me presenta, toma asiento, se rasca la cabeza, cruza las piernas frente a mí en una silla tan imaginaria como él. Dura, de espaldar parecido a un coral de abanico gigantesco. Su amargura no es tanto el efecto de genes heredados, ni de la crianza dura y machista de Harvard y de su padre. Es más bien el producto de un misterioso dolor abdominal que William alivia con sal de Picot.
En 1899 el padre de William escribió la biografía de William Henry Seward, miembro del gabinete de Abraham Lincoln, para “American Statesmen”, una serie en treinta y dos volúmenes publicada por la editorial Houghton Mifflin and Co. Además, editó la autobiografía de su padre, Samuel Kirkland Lothrop, quien a su vez había editado una memoria autobiográfica del suyo. La memoria de Samuel Kirkland Lothrop empieza así: “I have a decided opinion that very good blood flows in my veins”. Era frecuente que el varón bostoniano de familia dominante asumiera ante la historia de la ciudad y de la nación un deber: escribir la biografía de hombres ilustres, con frecuencia la biografía de su propio padre.
A William no le dio tiempo de continuar la cadena de biografías familiares. Tampoco escribieron sobre él sus hijos.
¿Escribirá alguien la biografía del auténtico William Sturgis Hooper Lothrop?  ¿La reclama ese heredero de biógrafos y memorialistas? Su abuelo Samuel Kirkland fue un ameno escritor costumbrista.  Su prosa tenía la vitalidad aromática de las frutas que en el trópico saben a invierno, como la manzana y la pera; de las flores que empiezan a brotar tras el sueño de la escarcha. Dejó escenas vivaces protagonizadas por señores que parecen salidos de una página arrancada por Nathaniel Hawthorne a una página de Charles Dickens. Describió la modesta casa de su tío John Lothrop Kirkland, uno de los presidentes de Harvard University, hombre de trato distante. Samuel seguía el plan de estudios que entonces hacían los sobrinos modestos de presidentes modestos. Para facilitar a su sobrino Samuel el ingreso en la Universidad que presidía, Kirkland contrató a un tutor joven estudioso y ensimismado, que trascendería dejando en la sombra a su afable discípulo.  Ralph Waldo Emerson, según este, no prestaba mucha atención a las lecciones. Prefería leerle a Samuel sus propios ensayos y poemas. Samuel, que llegaría a ser el principal ministro de la iglesia Unitaria, misma que sería casi deshecha por las críticas de Emerson, escribió para las futuras generaciones sobre la poca fe que le inspiraba su maestro de latín.
En sus memorias, el abuelo Samuel recupera estampas de la nación recién nacida. Cuenta de sus visitas a una Casa Blanca que aún era un espacio doméstico, llevada con mentalidad de familia extendida en pueblo chico. Apunta que las medias del descuidado John Adams, vestido con pantalón blanco hasta poco más abajo de las rodillas, se le rodaban hasta los tobillos. El presidente Andrew Jackson, hombre bárbaro de la bárbara frontera, tenía buenos modales y una voz agradable.  A propósito de fronteras, el abuelo Kirkland de Samuel fue misionero en las tierras de los pueblos indígenas y también, ya se ha dicho, escribió un libro de memorias:  



La tradición de la hagiografía paterna –los hechos del padre- parece haber sido uno de los deberes del varón burgués bostoniano. La escritura de la biografía del padre, algo tendrá que ver con la identidad de una sociedad que abre las puertas del mundo a la vez que se encierra en su mundo. La biografía traza fronteras entre su protagonista y el resto del mundo. ¿Será que escribían para blanquear e idealizar su historia, ellos, que iban sembrando empresas en al menos tres continentes? ¿Cómo puede ser de abolengo una cultura de apenas 200 años? ¿De dónde la prematura nostalgia? ¿Por qué el vértigo ante el mundo que, con sus intervenciones, iban abriendo desde la China hasta el Caribe, desde los barrios pobres de Sicilia hasta las plantaciones de guano en el Perú? Los barcos de Forbes y Perkins transportaban esclavos negros y culis chinos a Cuba y a Perú. Alejandro Tapia escribió sobre los culis y la industria tabacalera como quien se acerca al fondo de la depravación. No conoció Tapia, no hubiera sido admitido, sin pasaporte y salvoconducto, a pesar de sus ojos azules, en el salón donde el coronel Perkins, uno de los “merchant princes” de la ciudad, celebraba la Navidad con sus hijos y nietos. O tal vez sí, si hubiera llevado un informe de la hacienda Cortada, propiedad  de los Cabrera, que al cabo de medio siglo sería adquirida por los cuatro compradores  de Aguirre.
Un comentarista de la sociedad bostoniana, un hijo pródigo, dio nombre a la  tradición de sumar biografías al panteón de las primeras y mejores familias: Boston´s Graveyard Eulogy School. El hijo que no tuviera talento literario contrataba a un escritor, o a un estudioso tedioso. En ocasiones tocaba a los padres solicitar a un autor de peso que escribiera la biografía de un hijo prematuramente muerto. Henry Adams dedicó un libro a George Cabot Lodge,  el poeta que izó la bandera estadounidense en Ponce. Henry James escribió a regañadientes, pero con decoro, la biografía de William Wetmore Story, un escultor irremediable. Pero nadie escribió sobre William Sturgis Hooper Lothrop. Su muerte no mereció el epitafio de una biografía. Ninguno de sus hijos escribió sobre él. Su muerte fue vergonzosa, sucia, comido por gérmenes en un país salvaje. No fue digno de su linaje, ni dejó escrito un diario de sus hazañas porque era todavía un niño cuando cometió la infamia de morirse.

Lamento que las menciones de la muerte de William en los documentos sean tan apresuradas. En el informe del secretario de la clase graduando de 1890 publicado en 1915 se informa: “In connection with his business he made many trips to Porto Rico and other southern points. The firm of Lotrop, Luce and Company succeeded the firm of DeFord and Company in 1904. After a severe attack of appendicitis he was operated upon at Ponce but failed to recover”. En la página 85 del libro de su suegra, Louisa Crowninshield se lee: “Sturgis Lothrop died in Porto Rico, April 5th, 1905. It was a terrible blow to us all, as we had no idea he was even ill. Alice went there at once, but too late”. A más de un siglo de distancia, cuando escribo esto, veo su muerte sin sombra escrita sobrepuesta a un mar de acontecimientos igualmente olvidados por quienes como él y sus socios se beneficiaron con las ganancias de la Central Aguirre. La enfermedad de William coincidió con la primera gran huelga de los trabajadores de la caña en la isla de Puerto Rico. La huelga comenzó en el norte y ya para abril se extendía su llamarada por los cañaverales del sur. La plebe amarilla, los descendientes de esclavos, los enfermos, las criaturas que vivían en chozas indignas de animales, soltaron los machetes y azadas, y se unieron para pedir un aumento de salario de unos centavos. Sin saber leer ni escribir, aprendieron a escuchar algo más que el zumbido del sol en las orejas, que el débil llanto de niños anémicos, que las tareas interminables de cocinar una miseria para el varón de la casa. Empezaron a escuchar palabras y a reproducirlas como periódicos parlantes. Nunca antes les habían visto las caras a tantos semejantes de la montaña, de las islas, negros amarillos y amarillos negros. Eran tantos que llenaron la plaza de las retretas, donde según cita Félix Córdova de las memorias de un sindicalista, el domingo 16 de abril de 1905, cuando el cadáver de Lothrop se pudría en las picadas aguas del Atlántico, o quizás cuando Alice aún no había logrado completar los trámites para el traslado del cuerpo y, a la vista del balcón de su casa, legiones de obreros harapientos y de mujeres descalzas marchaban hacia la Plaza las Delicias. Provenían, cuenta Córdova de los barrios de Ponce y de otros municipios y de las colonias que suplían cañas a la central Aguirre. A eso de las 4:30 de la tarde la Policía  arremetió a tiros y macanazos contra la  multitud de trabajadores. Hirieron gravemente a decenas de hombres, mujeres y niños. No he encontrado un registro con los nombres de los muertos.
(Capítulo de mi libro inédito "3 Invernazo Aguirre")

domingo, 11 de diciembre de 2016

Narices




para Efraín Barradas

La cara humana es una cárcel. Si de veras fuéramos libres no distinguiríamos la cara propia.  Sabríamos que todas las caras son una. Reconocer que existen siete mil millones de narices humanas relativamente poco variables debería bastar para poner fin a la violencia homicida. Matar al otro equivale a suicidarse. Un homicidio es el destrozo de algún espejo desconcertante.
El tema de las caras como repeticiones viene al caso de cómo descubrí en los anuarios de Harvard dos retratos de William Sturgis Hooper Lothrop. La primera imagen que asocié con dicho nombre lleva un lazo enorme al cuello, tiene el pelo pajoso, nariz de aletas anchas y ojos brotados, como si padeciera de la tiroides. La expresión parece frenar un impulso o una pena. He visto decenas de retratos de anuarios de Harvard y ninguno de los graduandos sonríe.  Quizás se buscaba el efecto de una virilidad sombría. Les esperaba el mundo del comercio, intervenido por capitales recientes adquiridos con celeridad inescrupulosa. Los alumnos de Harvard eran hombres llamados a lo que sus fotos no alcanzan a revelar. Algunos, como este primer William, lucen, más que graves, enfermizos, feúchos, carilargos. Otros, como al descuido, delicados y soñadores.


No quiero hacer una apología del error. Tampoco ocultarlo. El error es inseparable del deseo de escribir un libro como este. La imagen –un daguerrotipo– no corresponde al cuerpo que en vida llevó el nombre de William Sturgis Hooper Lothrop, fallecido en Ponce en 1905. Se hizo en 1840, antes del nacimiento de William Sturgis, antes del fallecimiento de Edgar Allan Poe, un hito que no requiere explicaciones.
La rapidez de mi atribución errónea debe tener dos causas, aunque es muy posible que me engañe: el hombre de la foto también se llamaba William (Francis William Hilliard) y se parece a la imagen del retrato del padre de William Sturgis Hooper Lothrop pintada por John Singer Sargent. La otra interpretación del error revela una torpeza. Dos fotos más abajo en la columna de enlaces, para acentuar la confusión, se encuentra el retrato de un tal William Sturgis, y la investigadora cometió el error de la sabuesa impaciente.


El retrato auténtico, si es posible la autenticidad en un universo de siete mil millones de narices -1, 550 millones hacia 1900-  es de una cara con par de ojos, boca y nariz, pero entre este y los anteriores, descontando la moda en el vestir, media el abismo tonal que separa una tormenta de un partido de fútbol. La carga sobre los hombros del hombre de ojos brotados era de otra especie. Cuando Francis William Hilliard y William Sturgis  eran niños escuchaban que en su generación de varones se degradaba la sangre de valientes. El tiempo de ocio que se permitían las generaciones jóvenes le debía todo a la muerte, o más bien a la vida sacrificada de los ancestros. Los que habían muerto de hambre en los inviernos inclementes, en sus rústicas cabañas, los que habían muerto de viruela o de abandono en las calles resbalosas de fango de las aldeas pestilenciales sobre las cuales se había construido la ciudad. Los guerreros de la independencia de la nación, que habían fertilizado valles y colinas con su sangre y se deshacían en tumbas anónimas. Los intrépidos puritanos supieron sobreponerse a la austeridad, a la aspereza de un clima insalubre y las traiciones del mar. Al mar gris y bronco del norte se habían dedicado en sacrificio generaciones de varones. De cómo aquellas aldeas sombrías establecieron rutas hacia todos los puntos cardinales, y cimentaron fortunas de hombres libres y moralistas, que abrían tienditas en las plantas bajas de sus casas donde el humo se atoraba en las chimeneas y los lujos eran menguados, es una de las vetas de las narraciones neo inglesas del mar, que luego se transforma en el destino manifiesto de los acorazados.
El imperialismo asumido como se padece el estreñimiento los distinguió de otros pueblos reconcentrados. Los bostonianos llegaron a Oriente, se establecieron en Cantón, fundaron negocios en el Caribe, se nutrieron de la trata esclavista, de la trata de culís chinos, de la trata de pieles de nutria, de la trata del opio. Demasiadas riquezas para gente tan rústica. Así que, de pronto, llegaron los banqueros y la maquinal dureza de quien se dedica a contar y pesar monedas. Es cierto que en Boston y sus alrededores se cuajó un pensamiento que renegaba de los banqueros sin abandonar el aire idealista de los colonizadores, pero en el año del nacimiento de William Sturgis Hooper Lothrop, Emerson había muerto y Thoreau también. El primero se alejó de la Iglesia Unitaria y de la Universidad de Harvard; el segundo del capitalismo. Quizás no advirtieron que renegar de un banquero desde la soledad, sin asumir la sucia lucha política de una masa de narices, deriva en construir un arquetipo viril siniestro: el hombre superior.  Una triada de pensadores fue tejiendo esa figura: Emerson y Carlyle, contemporáneos y amigos; Nietzsche, lector de ambos.
Tras el hombre superior entran en escena los productores de espectáculos y los demagogos. El hombre humilde dispuesto a morir por los intereses del hombre superior y de su casta. Las guerras higienizan el ambiente, equilibran poblaciones. William Randolph Hearst, el fundador del periodismo sensacionalista, modificó la fórmula de Emerson para consumo del hombre masa. Ricos y miserables compartían el destino manifiesto de dominar el Caribe y Centroamérica, acceder al océano Pacífico y cerrar el bucle de la historia: regresar al origen asiático de la raza.


El segundo retrato (¿el auténtico?) de William Sturgis Hooper Lothrop se encuentra en un anuario de la clase de Harvard de 1890. Es de un muchacho de pelo corto, mirada ingenua de ojos limpios, bigote bien cuidado sin pretensiones y una partidura menos centrada que las de sus condiscípulos. No mereció honores en Harvard, pero tampoco le hicieron falta. Su posición social lo eximía de competencias intelectuales. Fue miembro del Tug of War Team, de la fraternidad Delta Kappa Epsilon, del Hasty Pudding Club, de la Historical Society, del Institute of 1700 y de la St. Paul´s Society.  “After leaving college I spent the summer abroad, and in September I went to work for the house of Kidder, Peabody and Co. I have been there until this spring, when I was obliged to leave on account of illness. In October, 1891, I was married to Miss Alice Bacon and have a son.” En un informe posterior, añadió: “He is in business with De Ford and Co. Bankers in Boston and Ponce, Puerto Rico, where they are the fiscal agents of the United States Government. Business Addres, 3 Broad Street. Residence, 26 Chestnut Street. Married Alice Bacon October 1891. Son, Samuel Kirkland, born July 6, 1892”.
Los muchachos de la clase de este segundo William morían de gripe, de tuberculosis, de fiebre escarlatina, en accidentes deportivos no heroicos.  La guerra contra España reverdeció esperanzas de una nueva dimensión de la hombría. Lucro y virilidad heroica compatibles. Reivindicación de la misión civilizadora que en las guerras de la frontera dejaba la desoladora impresión del ocaso de los pueblos que se pretendía civilizar. 
La invasión de Puerto Rico fue, en sus inicios, el brazo militar de la estrategia de negocios de un puñado de familias bostonianas. Siempre hubo una ruta abierta entre Boston y el Caribe. Un tío bisabuelo de William Sturgis Hooper Lothrop fue general del ejército de Francisco de Miranda y murió en Santo Domingo. Dos hermanos de Ralph Waldo Emerson pasaron temporadas en Puerto Rico y Santa Cruz. Varios miembros de la familia Perkins, primos de Francis Dumaresq, tenían negocios en Santo Domingo. Islas para tuberculosos, aventureros y comerciantes.

(De mi libro sobre la Central Aguirre)

Primeros párrafos

Recuerdo cuando recibí el envío de mi sobrina. Leí su letra en una nota breve: quizás me interesaría conservar aquellas cartas. No pensé en ...