lunes, 22 de diciembre de 2008

Desde esta otra frontera


 
La cicatriz de la frontera

Por Vanessa Vilches Norat


(Presentación de La frontera más distante de Cristina Rivera Garza, en la 23 Feria Internacional del Libro en Guadalajara, México, 1 de diciembre 2008)

Una frontera es un lugar peligroso. Una frontera es sitiar el movimiento. Borde y centro a la vez, movimiento y quietud, una frontera es una línea delgadísima como palabras tendidas en la nieve que es la página. Divide la frontera. Sueña con acercarnos. Nos mantiene al vilo de la otredad. Frente a ella dejamos de ser uno. Todo deseo es, pues, la frontera. Pura promesa, la frontera nos ilusiona con tierra, lugar, familia, con ser otros. Echa raíces y se vuelve cicatriz, profundidad. Entonces nos marea.

La frontera más distante
, último libro de relatos de Cristina Rivera Garza publicado por Tusquets Editores, se escribe bajo la promesa y el desafío de la frontera. Los once cuentos nos sitúan en el abismo que supone toda línea divisoria. La escritura, entre ellas. Narrados con la maestría con que la firma Rivera Garza nos convoca, estos relatos nos acercan a la línea divisoria, para dejarnos allí plantados, hurgando en su verticalidad. En conjunto proponen divisiones, repeticiones de la frontera fundamental y principal para el libro, Yo- Tú, como ecos que se continúan en las peripecias de estos personajes sin nombres. Lo hermoso del libro es que prima el respeto a la frontera, en cuanto figura intraspasable, intransferible. Todos los cuentos repiten la dificultad de situarse respecto al otro, ya sea un hombre que llora, un rehén, un nativo, un amante, un extraño, una familia, la ciudad de los hombres, la forajida que se adentra en el bosque huyendo de la ciudad y el forastero que la observa, un chef criminal, una desaparecida mujer china, un viejo que profetiza el destino, la detective.

Ya desde su primer cuento, “El rehén”, el libro nos sitúa en la región límite. Un hombre llora en una sala de un aeropuerto y desata el recuerdo de otro llanto masculino para la narradora. Nada más aterrador para ella que esas lágrimas trasgresoras de una ley casi bíblica: “los hombres no lloran”. Frente a ellas qué hacer sino ofrecer un vaso de agua, un reconfortante oído y un cálido relato a otro rehén que también llora. La casa materna, con sus pasillos, cuartos y laberintos se convierte en la estructura del cuento. Pero la casa es una cárcel de la cual hay que salir.”Soñaba con salir de ahí: soñaba con convertirme en la hormiga que por fin se pierde dentro de la grieta correcta o el pájaro que logra, por casualidad o convicción, zafar la pata del pegamento.”, nos dice la narradora (21). En este juego de historias, la casa que es sala de aeropuerto, cueva y pasillo es el estar siempre en la frontera esperando llegar o salir con “el dedo índice deslizándose por la pared que lleva al último cuarto” (16).

¿Será posible escribir al otro? Esa es la pregunta que organiza el cuento “Autoetnografía con otro”, el cual reflexiona sobre la posibilidad de la disciplina etnográfica, aquella que pretende traducir en escritura el mundo que desparece. De nuevo frente a la imposibilidad del borde, una etnóloga se apropia de un nativo y lo hospeda en su casa desafiando la ética académica. La escritura por excelencia sobre el otro - la etnografía- se vuelve disfraz para los textos del yo. Este cuento dialógico, imbricación de diversas hablas, de diferentes registros, de disímiles perspectivas disciplinarias, retoma una de las líneas más importantes de la escritura de Rivera Garza y recordemos sus anteriores libros Nadie me verá llorar y La muerte me da. Esto es el problema de la representación, pues el otro es un enigma y sólo una estructura narrativa dialógica podría atisbar la dificultad de asirlo.

El riesgo de asumir la frontera se presenta en el libro. A veces cruzar implica quedarse, desaparecer, ser absorbido por el mundo distante. Tal le ocurre a la periodista en el terrorífico cuento “La ciudad de los hombres”, obligada a hacer un reportaje sobre la ciudad masculina. Ella cruza esa frontera inabordable del género y tal como le avisa uno de sus habitantes: “Las puertas de entradas no van a ser necesariamente las de salida”(62). El costo del traspaso fue alto, la periodista se queda sin palabras, desaparece en esa ciudad mortífera.

La frontera en el libro es también una quebrada extraña, una cicatriz que se marca en el cuerpo. Aquí, ni el erotismo se salva de la grieta. A contrapelo de la idea mística del encuentro amoroso y lejos del erotismo de Bataille, se confrontan dos amantes que gozan sin encontrarse. Perturbador, el cuento propone que, ni aún en la escena erótica, el tú logra unirse al otro. Siempre hay una línea intraspasable en el forcejeo de los cuerpos. Así lo traduce el lenguaje: “Me gustaría verte otra vez, le susurró al oído. Me gustaría matarte otra vez, escuchó ella y le dio un largo trago a la taza de café. Sonriendo”. El intento de traspasar, de atravesar al otro implica literalmente devorárselo, matarlo.

De eso darán cuenta los relatos de ese personaje que se me ha vuelto entrañable, la detective. Cuatro enigmas: el cuerpo sin cabeza de “Simple placer, Puro placer”, la mujer sin mano de “Estar a mano”, la poeta asesinada en “El perfil de él” y la mujer china desaparecida en “El último signo” nos proponen el abordar al otro como un crimen. El cuerpo deseado es un enigma que termina en muerte. Tanto en los relatos como en esa espléndida novela de Cristina, La muerte me da, el singular personaje de la detective, mujer poeta y audaz lectora, intenta resolver las transgresiones sobre los cuerpos haciendo lectura poética de los fragmentos de los cuerpos, de las escenas macabras, de lo dicho entre palabras, de los perfiles, de los silencios. El límite mismo es la última frontera, la vida, y los cadáveres confirman la imposibilidad de poseer al otro sino es en la muerte. Pero incluso aquí el Yo se vuelve un borde insondable, como nos recuerda la narradora al hablar de la detective: “Estuvo a punto de dirigirse hacia ella cuando se dio cuenta de que no podía dirigirse hacia el lugar donde ya estaba” (175).

Frente a la frontera estamos siempre dislocados. Nunca logramos cruzarla verdaderamente. Sucede así en “Fuera de lugar” el cuento de una mujer varada en la frontera, sin combustible, en una estación de paso. Ella cree haber echado raíces al tener hijos con el hombre de la gasolinera. Pero los hijos también le parecían extraños, herméticos. Y, si una madre no puede reconocer a sus hijos, ninguna identificación es posible.

Hay una imagen que se repite y que me gusta para pensar el hermoso edificio de palabras que es este libro: la ventana. Las fronteras son una ventana a la dificultad del traspasar. Casi todos los personajes se han asomado a alguna. Tantas ventanas hay, que es un ventanal todo, este libro. Esa frontera tan conveniente de la casa, que procura el paso de los vientos, nos permite aún adentro mirar el afuera, colocar allí la mirada. El signo cifra la ilusión del deseo. Jugar con el aquí-allá es jugar con el Yo-Tú. Son cómodas y seguras las ventanas; son terribles y ominosas, también. Dan al muro, a la abertura. Intentan comunicar el interior con el exterior. ¿Me pregunto, qué sería de este edificio con palabras sin esas ventanas, sin esos resquicios?

¿Cuál será la frontera más distante? Pudo haber sido Assiut, la ciudad de los muertos del último cuento de la colección “Raro es el pájaro que puede atravesar el río Pripiat”. Allí se narra, tras el fondo de música electrónica, el periplo de una mujer joven, un niño y un viejo hacia la promesa, esa tierra hermosa que organiza la ilusión del límite. Al llegar los personajes descubren que la promesa, para serlo, no puede cumplirse y Assiut se derrite como nieve en una mano; el destino desaparece como el pájaro en el cielo.

Tengo para mí que la frontera más distante es el blanco de la página frente a la escritora, el blanco de la pantalla que la asoma como una ventana a los ojos de un posible lector, de una lectora distante. Desde allí, como un gato con estilete, Cristina Rivera Garza atisba ese tú distante, para aruñarlo con estos cuentos dolorosos, fragmentados, poéticos, enigmáticos.

Acá, desde esta otra frontera, al otro lado del mar, yo como lectora, igual que el hombre del primer cuento que llora en el aeropuerto, “mantengo un silencio palpitante para invitar a la continuación de los relatos”, los por venir de Cristina Rivera Garza.

sábado, 20 de diciembre de 2008

De premios literarios


Los premios literarios tienen detractores. En muchos casos con razones bien fundadas. Sin embargo son importantes donde no hay otros medios para reconocer y difundir el trabajo de los escritores. Sería bueno que hubiera en Puerto Rico más reconocimientos de este tipo e incentivos materiales traducibles en tiempo para pensar y compartir la palabra.

Los premios más respetables cuentan con procedimientos y reglas que conforman una ética del acto de premiar. Es fundamental dar a conocer a los miembros de los jurados -a veces antes, pero casi siempre al momento de publicar los resultados- revelar los criterios para la selección de las obras premiadas o de otros dictámenes -como cuando se declara desierto un premio- y redactar laudos sobre los trabajos premiados.

Ninguna de estas reglas mínimas se observa desde que tengo memoria en el caso de los únicos premios dotados en metálico –con dinero de fondos públicos- que otorga anualmente el Instituto de Literatura Puertorriqueña. Para recuperar la fe en los premios del Instituto de Literatura Puertorriqueña y despejar una triste historia de sospechas, convendría corregir esa práctica de cónclave de encapuchados omnipotentes, de autoridad incuestionable, que empaña el manejo de los premios nacionales. La falta de transparencia se denuncia en todos los órdenes de la gestión pública y los presupuestos culturales no deben ser la excepción. Es imprescindible que al emitir los dictámenes del Instituto de Literatura Puertorriqueña se revelen los nombres de los integrantes del jurado y que los premios se entreguen en actividades amplias, abiertas al público, donde se celebre la bella manía de escribir y se honre la lealtad al oficio.

En contraste, las premiaciones del Pen Club son actividades públicas, donde se dan a conocer los jurados y sus criterios y se excluye a los miembros de la junta directiva de los concursos, en muestra de buena voluntad y transparencia.

Acepté el premio otorgado por el PEN CLUB a mi novela Sexto sueño con no poco de esperanza y mucha alegría, en una ceremonia donde se otorgaron otros premios y menciones a escritores muy respetables y se anunciaron iniciativas para difundir mejor lo que hacemos. Vale.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Tres colores


Esta novela de Angélica Gorodischer podría leerse igual si la trama fuera otra. Su escritura, eufónica y eufórica, remite más a la música que a la relación de acciones, a ciertas armonías poco estudiadas más cercanas al oído que a la vista, a una eclosión de los sentidos cuya figura más seductora es la sinestesia:

“Don Leonel apreciaba la belleza de su casa y de su parque bajo el sol y el aire, pero tenía sus propias voces, las que le dictaban todo lo que habría que hacer para que las comidas resultaran inolvidables, eso es, inolvidables. Las voces de los olores y los colores de los ingredientes; las voces de las especias guardadas en estantes sombríos; las voces verdes de las hojas frescas y húmedas con las que acompañar las carnes; las voces saladas de los pescados cuidadosamente limpios y refrigerados; las voces heladas del chocolate y la crema rusa y el caramel; las voces calinas de los licores.”

Hay personajes y pasiones culinarias y tropiezos personales, pero la gracia suprema del erotismo desciende sobre una lengua desarraigada y sensual, cuyo registro alto, vibrante, parece hecho de aire. Más que una celebración de la vida placentera y omnipotente de los ricos de fábula, Tres colores es una comedia, es decir, la búsqueda del punto exacto donde la tragedia de la muerte visible en los alimentos se asimila de otra manera. El parlamento final, con su elogio de la cocina y menosprecio del fast food, recuerda las salidas didácticas de las comedias shakesperianas. Qué lindo darse el lujo de escribir así.

(Tres colores. Buenos Aires: Emecé, Cruz del Sur, 2008)

sábado, 6 de diciembre de 2008

Borrador


Mi madre andaba descalza cargando una paloma muerta en una bolsa de papel; Salinas Hardy estudiaba griego. Los aproximo en una oración porque sin conocerse ni ser capaces de adivinarse son inseparables. Ella me parió, a él lo encontré en un salón de New York University, en el dilapidado Northern Hall donde están las ruinosas oficinas del Spanish and Portuguese Department.

Ella tiene venitas negras en los pies. Nació sin uñas en los dedos pequeños. Cuando era niña dormía en un saco relleno de hojas secas, pero dice que al principio era feliz.

Menos esperanzados suelen ser los estudiosos que han sobrevivido a su tiempo, a la guerra, al exilio, poseídos por demonios de vaga y dura presencia. Sobrevivir mientras el mundo propio se muere es un presagio de ese desinterés que sienten los espíritus condenados a no alejarse del lugar donde se desprendieron de sus cuerpos, los cuales, sin embargo, deben parecerles tan absurdos como trajes comprados en baratillo.

Se llama Nuncia, un nombre improbable para quien carga una paloma muerta en una bolsa de papel, un obsequio que la hermana mayor -casada con un hombre rico- enviaba a su madre enferma. Caminar descalza por caminos pedregosos, cruzar quebradas, acompañada por el delirio de los ruiseñores; si mi madre niña fuera la vieja neurasténica que es hoy, los hubiera oído cantar en griego.

Su madre no murió de un cáncer fulminante, sino de parto. Ella no lo sabe. Sólo yo sé que murió de parto y que acaso por eso su hija, mi madre, siente una pasión extraña por los niños.

Ve a casa de Virginia, no Woolf, y tráeme una paloma para hacerle un sopón a Mina.

Esta oración, metida en el borrador de una novela nonata, le fascinaba a Salinas Hardy.

A ratos, desordenadamente, pretendía ser un lingüista aficionado y un adicto lúcido. Se había hecho de una personalidad comprada en baratillo, a tono con los protocolos de New York University. Las palabras de mi madre, salidas del poso de un lenguaje muerto, le complicaban el placer de la heroína.

Todo ensayo de escritura apuesta a evadir de algún modo la estupidez y siempre fracasa, decía con sorna. Es imposible escribir con inteligencia. Escribir es un acto de ingenuidad -de ignorancia, hablando en plata, platita de periquito real- que sólo reivindica la hipocresía del arrepentimiento.

(Fragmento de novela nonata)

martes, 2 de diciembre de 2008

Bessie y las madres (páginas de una novela)



Allá la madre con sus lamentos. Allá las muertes de las madres. La madre merece una novela. Será una novela larga. Pero este cuento es de Bessie Smith. No recuerda cómo supo de Bessie Smith, qué la llevó de la garganta de Mítchel a la garganta de Bessie. Un golpe de sangre sería. La sangre de Bessie es parte de las aguas universales que son las mismas desde el principio del mundo.

Bessie Smith murió desangrada. Viajaba en automóvil por el Deep South y tuvo un accidente. No quisieron admitirla en un hospital de blancos. O sí, la admitieron, pero no había sangre de negros y los médicos se negaron a hacerle una transfusión de sangre blanca. Dejaron que se desangrara. Hasta que derramó la última gota con un suspiro espantoso. Después los enfermeros echaron la sangre al río y desinfectaron el quirófano. Antes de morirse nació en Chatanooga, en un barrio abundante en las pestes de la pobreza. Fue en 1892, dos años antes del alumbramiento de Silvinia Baker en Milparinka, Australia. Bessie andaba descalza. Se limpiaba las plantas de los pies en el agua que su hermana botaba después de lavar varias veces los tres platos de latón que constituían la vajilla familiar. Lavaba en agua de lluvia su único traje, que se le fue encogiendo encima. Era un trajecito con cuello de marinero, no se lo quitaba nada más que para lavarlo. Su padre, un religioso fogoso, murió predicando la palabra. Su madre se apagó con él.

Bessie y sus hermanitos quedaron al cuidado de una hermana mayor. Sus hermanos la violaron más de una vez. No se daban cuenta, dormían juntos. La niña aprendió a abortar y a cantar como otras niñas aprenden a ser niñas.

Cantando y abortando pasó de las calles a los cabarets. Se casó con un hombre y amó a varias mujeres. Compró un tren. Si pudiera llegaría a la puerta del Cotton Club en su tren decorado de rojos terciopelos, pero apenas tiene cabida frente al club la alfombra roja por donde su garganta se desliza. Es gorda, un pajarón en zapatillas. Le sigue su amante, la quinceañera, Diva.

Para Bessie la injusticia es más habitual que la loción de estirarse las pasas. A diferencia del musculito de Mítchel, su corazón es enorme. Cuando abre las compuertas sale un diluvio capaz de limpiar la mierda de 3,000 establos. Para ella todos los días son de culto dominical, como si acabara de cerrar los ojos de los muertos y todavía le sobrara aire para seguir cantando.

(De Lunáticos, novela inédita)

domingo, 30 de noviembre de 2008

Corazón


Desde hoy es también la fruta de María Zambrano, la filósofa que tenía fama de “mujer difícil”. Según el maligno y siempre vivo Francisco Ayala, María tenía unas piernas “muy bonitas” y maltrataba a José Lezama Lima, el ídolo de las ménades habaneras. Lezama Lima la adoraba.

María Zambrano escribió sobre la visión del corazón:

“Al lado de la metáfora de la luz intelectual ha vivido otra de destino bien diferente: su continuidad no parece haberse mantenido, de tal manera que hemos de echar mano de otra metáfora: la del río cuyas aguas se esconden, absorbidas por el tiempo, para reaparecer… El paso del tiempo parece encubrir muchas cosas que han muerto y que prosiguen su vida secretamente, casi clandestinamente… Una de esas metáforas, nada actual, se refiere a cierta forma de vida y conocimiento. Se trata de una metáfora en que la luz juega un papel importante, la luz y la visión, pero referidas a otro órgano distinto del pensamiento, a ese olvidado, relegado al folklore: el corazón.”

En latín es Annona reticulata. La familia de las anonáceas es anonadante, es decir, sorprendente. La piel del corazón sugiere la retícula de una ciudad ideal. Sus semillas son oscuras y lustrosas como… piedras de río. Aunque debería tener la pulpa roja tiene entrañas de algodón de azúcar. Además de ser la fruta de María Zambrano a mi abuela le encantaba.

La fruta de la foto no es un corazón, pero pertenece a la familia de las anonadantes.

sábado, 29 de noviembre de 2008

Bloody Friday


Go shopping, he said. Its patriotic.
Los mercados se parecen a los prostíbulos. Compras los cuerpos del trabajo con unas monedas que no valen nada. Eres soldado de infantería. Las bolsas bajan, Michigan se muere. A comprar o muerte. El viernes negro se libra la batalla decisiva. Los accionistas de Wall Street observan tus despliegues de furia y patriotismo.(Los accionistas de Mumbai libran otra guerra). Esperas desde la noche antes a que abran las puertas de la tienda. Los juegos electrónicos, los televisores plasma, todo lo que no necesitas está en remate y al alcance de la mano. La masa se impacienta, la masa es más que tú, la masa te empuja. Cuando el muchacho sonriente abre las puertas lo aplastas con la caballería pesada de tus sueños.
Así murió Jdimytai Damour, empleado de Walmart, en Valley Stream, Nueva York, el viernes 28 de noviembre de 2008, haciéndole frente a un ejército de patriotas. ¿Quién es el héroe de esta guerra?

martes, 18 de noviembre de 2008

La novela del mallorquín (cuento)




Abro las páginas de un periódico abandonado. Es el New York Review of Books. La fecha no importa. Todo me llega tarde, la ropa la comida, una cama, el tiempo mismo. Es diciembre. Hace calor. El otoño apenas se despide en el nerviosismo de las ardillas. Recogen nueces, colillas, papeles. Lástima. Para no darle ventajas al hambre trato de leer. Parece imposible leer en estas condiciones, pero siempre hay un más allá de lo posible. De modo que mientras espero mi turno o el fin del mundo, lo primero que pase, estiro la página. Hay una novela de autor mallorquín recién traducida al inglés. Por lo visto alguien confió en la calidad del autor o en la pertinencia de los mallorquines. Leo, releo. Alcanzo a entender que la novela del mallorquín consta de varias tramas. Unas historias se comunican con otras como los afluentes que alimentan los ríos sin darse prisa por llegar al mar. Excesos estilísticos opina el crítico, y ridiculiza párrafos que a mí no me disgustan, acaso porque las palabras son dulces y además alguien me ofrece una taza de café aguado que sabe a gloria. Casi con gusto leo que Joan baja al mercado por las calles empedradas de Sóller cargando una canasta de cruces de ruda tejidas por su madre. Tiene la encomienda de entregárselas a una mujer que a cambio le dará una garrafa de leche de cabra para el hermanito menor, aquejado de un mal misterioso.

El tufo a mejunjes y sangre en una casa de mujer recién parida es más intenso que los olores del mercado. Sí le impresionan los colores y las voces. Los puestos amontonados bajo toldos verdes, rojos y blancos componen un laberinto espeso. Preguntando a los campesinos huraños da con la vieja. Es una bruja que trafica en cruces de ruda. Él es un niño revejido, pero se le antoja, a pesar de su dureza, como quien se permite un lujo, liberar una sonrisa. La cabrera lo mira con desprecio. Le llena la garrafa hasta la mitad. Le da la espalda. Joanot, le escupe la sombra y se aleja abochornado. Al voltear por el callejón que lo llevará de vuelta a su casa se acuclilla bajo un alero. Se bebe la leche. Lame los bordes de la garrafa. Sabrosa. Después se asoma a una ventana abierta. Le llama la atención una sala vacía y, al fondo de una puerta velada por una cortina que se mece en la brisa, la frescura de un patio interior. Junto a la ventana hay una mesa cubierta por un tapetito blanco; sobre el tapetito una jarra de cristal llena de agua. Agarra la jarra, se bebe el agua y escapa corriendo. En el mercado le ofrecen una moneda cobriza a cambio de la jarra. Con ella compra un pasaje en uno de los veleros que en tiempos afortunados transportaban la fruta de los huertos de Sóller a puertos lejanos y que en el tiempo del relato hacían el viaje entre Sóller y la capital. Horas más tarde el muchacho recorre las calles de Palma por primera vez. Como en un sueño se acerca a un barco. Sin pensarlo mucho se embarca. Paga en carne al custodio de la bodega donde vive en estado de hibernación. Ha pasado hambres, sabe que se puede vivir así. Además conserva una de las cruces de ruda, talismán contra el mal de ojo.

Una mañana ve la isla. Bruma turquesa, montañas negras. En lugar de seguir a La Habana decide desembarcar en Puerto Rico. Se encumbra hacia la cordillera central por unos caminos de mulas en la sierra enmarañada. Joanot, le gritan las voces interiores, pero él no responde. Tampoco duerme, trabaja con frenesí en las más rudas faenas,
talando montes a golpes de pico y azada,
cargando mulas con sacos de carbón y café,
resistiendo fiebres en soledad y arrogancia,
despreciando el lenguaje de los insectos y el color de las flores, enajenado de los olores que exhuma cuando hunde las manos en la tierra. Sobrevive a huracanes, a epidemias de cólera y de viruela. A solas, en su lengua, maldice el calor. Penetra con furia a las muchachas que encuentra en la recogida del café. Se viene en la tierra para no preñarlas. Sólo concibe un desenlace: la salida de la isla de los jíbaros escuálidos. El retorno a Sóller. Todo lo justifica Sóller, todo lo merece la familia lejana, con quienes se comunica escribiendo unas cartas desbordantes, sin puntos ni comas, y de quienes recibe noticias en las cartas de la hermana menor, esas sí medidas con corrección. La niña, que lee con dificultad la mala letra del hermano y no entiende bien sus angustias. Es hija de los buenos tiempos y aprendió a escribir en un convento de monjas. Ha sobrevivido a cinco de sus siete hermanos, entre ellos don Jaume, el niño de la leche robada, que, en efecto, ya no forma parte del mundo de los vivos. Ella desconoce la causa de la muerte, pero le comunica a Joanot que la santa madre de ambos vivió largos años por la gracia de Dios y que la primera remesa de dinero de Joanot le sirvió para pagar una misa por la paz del alma de don Jaume.

Así termina el primer capitulo. Me gustaría leer el resto por aquello de no darle ventajas al hambre, aunque sea una novela mala, pero no puedo comprarla, de modo que invento el resto de la historia de Joan a partir de los comentarios confusos del crítico. Qué gracia. El café me ha hecho llorar de alegría, la partida se prolonga y el fin del mundo no figura en los planes de las ardillas. Me basta que el hambre se recoja como los moribundos que interrumpen su agonía para dormir con el descuido de los niños.

Esa tregua y una palabra. Joan tenía una palabra. Como no la sé le presto mi palabra y por ella se va a Sóller a casarse con una paisana. Seguramente volvió con su mujer a Puerto Rico, donde siguió acumulando el tiempo necesario para salir enriquecido del país. Sin tocar un libro educó su inteligencia en el principio cardinal del colonialismo: la explotación del hombre por el hombre. Empezó a acaparar tierras y negocios, chiringuitos donde vendía productos peninsulares. Los criollos, descendientes de negros, de canarios y andaluces que se habían establecido en la isla siglos atrás, eran para él bestias anémicas. Idolatraban el oropel, el alcohol, las escasas evasiones de la pobreza. Los pequeños propietarios se endeudaban gracias al crédito fácil que les suplía el mallorquín. De antiguos terratenientes pasaban a ser sus peones. Alguno perdió su finca por no poder pagarle los quince pesos de un bocado de hierro platinado que había comprado para adornar una jaquita cubierta de lamparones. Otras tierras se hipotecaban a cambio de cacerolas de hierro estañadas o de un par de botas que no podían calzar los pies deformes y que aún cuando pudieran ponérselos se deshacían al primer contacto con los caminos enfangados. Todo eso está clarísimo, por ahí debe habers ido una parte de las mil páginas.

Con el tiempo don Juan fundó una compañía de exportación de café. Cultivaba café y chinas, el nombre local de sus añoradas taronges. Cuando bajaba a la costa avizoraba el Caribe por el lente deseado del Mediterráneo. Vivía en una isla dentro de otra isla, idiotizado en la infelicidad del deseo. Solamente una vez fue feliz, pero ese día no tiene por qué contarse. Si yo fuera un novelista mallorquín no lo hubiera contado.

Cuando los yankis invadem Puerto Rico y los antiguos peones se entregan a la quema de las casas de los españoles, Joanot regresa a Mallorca. Avaro y amargado, sus luces son pocas. Más ciego que esa ardilla ciega. Le falta un ojo, sería una pedrada.
En Sóller quedó viudo sin que su mujer le hubiera dado hijos. En Sóller envejeció sin que sus sobrinos se atrevieran a abrazarlo.

En la tarde de un domingo la hermana letrada del viejo invitó a los primos a un almuerzo dominical. Pusieron una mesa junto a un patio semejante al que Joanot había visto sesenta años atrás, el domingo de su huida de Sóller. Una sobrinita flaca tocaba al piano una sonata de Dvorak. Otro sobrino se acercó al indiano. Lo hizo con cautela. Aquella figura morena, de dedos callosos y agrietados, olía raro. A leña como el otro abuelo, pero de otros árboles. Oyó que murmuraba, Marueña, Marueña. Nombre de mujer o de mariposa, pensó. El viejo despertó ante la mirada azorada de su pariente.

Al otro día lo vieron empacando, pero no le prestaron más importancia que la debida a un maniático voluntarioso. Caminó hasta la estación del ferrocarril. En el tren, que bajaba lentamente entre naranjales y olivares, musitaba. Al llegar a Palma se orientó rumbo al puerto, las turistas desnudas, los veleros, el olor negro de las frituras. Parecía un fantasma olvidadizo. Lo rodearon los curiosos admirando la pátina de la ropa gastada. Marueña, dijo una vez, una sola. Mirueña, debe ser de Mirueña, dijo un guardia. El viejo se subió el cuello de la chaqueta y se puso a temblar. Entonces se vació el pueblo, dijo otro. Este debe ser el último.

Su sobrino lo recogió en la comisaría. ¿Quién es Marueña? No sé, un disparate del viejo, dijo el muchacho, que era taciturno. Los parientes no habían errado en su aprecio de que el viejo sería fácil de rescatar, pero tampoco pensaban que llegaría tan lejos. Convencieron al médico de la necesidad de encerrarlo. Don Juan ya no era el hombre vigoroso que hablaba poco y escupía con fuerza. El médico le prohibió el café y el mar. La hermana lo encerró en la casa pueblerina con patio interior. Allí el viejo desahogaba sus rabias, golpeando las baldosas y los tiestos con un bastón. A veces tenían que amarrarlo. Marueña fue su última palabra, la que cruzó el Atlántico, se disolvió en el oído de los suyos y luego en un espejo y finalmente en un estanque de agua fría. Ahí se esconde, en el pozo, al fondo de una sala, entre las sombras de un patio interior.

Hasta hoy. Así son las palabras. Marueña se instala en un banco de Washington Square Cae del árbol. Es una nuez. El tesoro de las ardillas.

Siento que la atmósfera se oscurece como en un eclipse sobre un pozo. La mano negra brilla. En una falange tiene un anillo con la cabeza emplumada de un indio apache. En las uñas, mugre. La mano negra rinde su rey. Ahora me toca a mí. Me siento a la mesa. La reina negra está gastada por los bordes. Otro toma el periódico abandonado pero lo deja caer. No le interesan las reseñas de libros.

Ya no huelo mi propio olor. Huelo como los demás, a casa de mujer recién parida, a leña mojada. Viví solo un tiempo, hasta que me descubrieron en el sótano y botaron mis cosas a la calle. Estuve a punto de congelarme. Entonces los encontré. Nos encontramos. Nos agrupamos. Vivimos en el parque. Somos uno. Nos borramos con dignidad.

Mi rival gana rápidamente la partida. Es el más listo. Cedo mi espacio. Respiro inquieto, un perro débil al amparo de la manada.
Yo atesoraba lo que otros abandonaban. Como las ardillas que furiosamente recogen provisiones y basuritas para enfrentarse al invierno, tenía libros desencuadernados, botellas translúcidas, máquinas muertas. Ahora no tengo nada, bueno, sí algo conservo. No recuerdo qué. La luz de la isla donde nací ya no me hace falta. Siempre he vivido en islas. Todas son crueles.

sábado, 25 de octubre de 2008

Ala y mordaza

 

Vamos a celebrar la publicación de mil páginas de poesía. En nuestros países no es común publicar grandes volúmenes de poesía. Ha disminuido el alcance de las casas editoriales latinoamericanas, y es cada vez más tenue el esplendor de otras épocas, evocadoras de países ricos, pozos petroleros y danzas de los millones. Si algo caracteriza hoy a la industria editorial del continente es la fragmentación. Los apetitos del mercado determinan el rumbo de las decisiones editoriales. La precariedad es un obstáculo a la difusión. Hay grandes poetas desconocidos como mares incontemplados y los encuentra uno por azar, y duele cómo se disipan las voces creadoras. No obstante, a pesar del tono de los tiempos, los editores universitarios sabemos que en materia de libros el peor negocio puede ser el mejor. No hay que rendirse ante la fragilidad que caracteriza a esta profesión incomprendida, ni dejarse deslumbrar por el lujo del libro de venta instantánea y vida fugaz.

Tampoco me parece que la labor del editor universitario en nuestra época y lugar consista en encuadernar las alhajas del orden público o en producir libros feos y cerrados como epitafios, de esos que asustan a la vista. Consiste, más bien, en unir puntos luminosos. Al difundir la obra del poeta desconocido completamos una esquina de la figura de un continente interior que conocemos sólo en parte. Entonces, la publicación de estas mil páginas de poesía no obedece al descubrimiento de un pozo petrolero, ni siquiera a un afán ingenuo de ostentación, sino a un sentido muy preciso del papel que juegan los libros en nuestro tiempo. A fin de cuentas, sin conciencia cultural es imposible la riqueza auténtica. Las comunidades abrumadas por el accidente y el desconcierto ahí quedan. En las sociedades con culturas reverberantes y curiosas todos los libros y todas las empresas parecen posibles.

Los editores de la Universidad de Puerto Rico recibimos un proyecto de libro iniciado por Isabel Freire, la compañera del poeta. Una labor de amor en el sentido menos sentimental de la palabra, y en el más limpio. Nos tocó en suerte publicar a uno de los poetas mayores de la lengua, autor, por añadidura, de más de doscientos títulos. La mera cifra ha oscurecido la lectura de su obra, como si fuera un exceso irreflexivo, cuando la cantidad misma es condición de lectura. En la estética de Francisco Matos Paoli, lo nacional y lo trascendente que dan nombre a este coloquio no agotan el sentido profundo de una rarísima vivencia de la actitud poética.

Matos Paoli experimentó los años más duros y contradictorios de nuestra historia insular moderna. Fue encarcelado en la década de los cincuenta por violar la llamada ley de la mordaza, una privación de la libertad de expresión empleada para arrestar a los nacionalistas y los comunistas. Ese es el contexto de las siguientes palabras de su libro Diario de un poeta: “Nos cubre un silencio ominoso en que somos víctimas de una mudez colectiva basada en la tiranía sin escrúpulos”.

Arrancarse la mordaza fue para Matos Paoli el inicio de un desbordamiento. Liberar la voz, llenar el vacío con brotes de exasperación y  belleza. Cuando el poeta hablaba del abuso al que se somete la palabra en un territorio colonial se adelantaba tal vez al lamento de Calvino en las propuestas para un nuevo milenio: la perdida de fuerza de la palabra degradada a sus formas “más genéricas, anónimas, abstractas”,  las que apagan “cualquier chispa que brote del encuentro... con nuevas circunstancias.”

Liberar la voz, revitalizar las palabras, es una acción política. En las interpretaciones habituales de la obra de Matos Paoli podemos advertir una especie de eclipse sobre el sentido orgánico de su trabajo, cuya aspiración fue vivir en poesía. De ahí no sólo la constancia del poeta, el haber sobrepasado con creces la meta de “ningún día sin una línea”, sino la particular cadencia de la voz, del espacio abierto por la voz.

Yo diría que estas mil páginas de poesía celebran la caída de la mordaza, y en consecuencia, una manera de asumir la deslumbrante familiaridad de la poesía como forma de vida. Más aún, como construcción de un entorno habitable, algo así como una atmósfera cifrada en el registro musical de la palabra. La muestra escogida por el antólogo Luis de Arrigoitia demuestra la coherencia y la lucidez de una vida liberada por la escritura. Son corrientes las lecturas centradas en los episodios de locura, apenas un dato en la vida del poeta. No son pocos los lectores perdidos ante su alegado hermetismo. La publicación de esta antología pondrá en duda la corrección de esos acercamientos cerrados, invitará a reconocer que Matos Paoli fue quizás nuestro miglior fabbro, nuestro mejor artífice del lenguaje, y uno de los más lúcidos y consecuentes.

En adelante el lector ocupará el espacio del escritor. Esa es la irradiación de que hablaba Matos Paoli, semejante a los efectos del trabajo gustoso que proponía Juan Ramón Jiménez, “el trabajo completo que nos lleva a nuestro propio centro”. Mil páginas de poesía se ofrecen, entonces, como un espejo trabajado con tanta intensidad, con tan laborioso gusto, que leerlas removerá inevitablemente en los lectores, para citar fuera de contexto unas palabras de Juan Ramón, “el tesoro desconocido de su propia belleza”. Si existe mejor justificación para un libro, no la conozco.

Concluiré con una anécdota sobre la relación entre don Paco y Juan Ramón Jiménez. Sucedió hace medio siglo, en Puerto Rico, cuando la nación se construía desde los libros. Los libros habían sido parte de un acervo elitista, de la biblioteca clandestina privada de los intelectuales perseguidos por dos regímenes coloniales. En los años cincuenta con las primeras gestiones de la Editorial Universitaria y del Instituto de Cultura Puertorriqueña, cambiaría el papel social de las letras. El libro formaría parte de campañas populistas de difusión cultural.

Entonces, justamente cuando se colocan las piedras angulares de esas instituciones pensadas para liberar la palabra, se encarcela a Francisco Matos Paoli por pronunciar tres discursos. El poeta sigue escribiendo en las paredes de la cárcel y también en pedazos de papel que envía a su esposa. Al cabo de un tiempo lo recluyen en el manicomio, donde es objeto de tratamientos oscurantistas: electrochoques, quimioterapias y psicoterapias. En la casa del director del mismo manicomio donde Matos Paoli convivía con los pobres enfermos incurables, se alojaba otro huésped. Allí  pasaba temporadas de neurastenia feroz el andaluz universal, Juan Ramón Jiménez, asistido por legiones de médicos y representantes del régimen que le rendían las voces y homenajes a él debidas.

Los dos sufrientes ante observadores o lectores situados entre la maquinaria de la destrucción que apuntaba al uno y la provinciana idolatría inspirada por el otro. Hoy vuelven a encontrarse, pero esta vez en el paraíso de los libros, don Paco en esta antología y Juan Ramón visto en la intimidad por su esposa Zenobia, cuyo diario puertorriqueño se presentará pasado mañana. Hoy traemos al calor del afecto a dos mujeres talentosas e intensas, Isabel Freire, escritora también, y Zenobia Camprubí, nacida en España de madre puertorriqueña, que supo pasar por el fuego de la poesía, quemándose, sí, pero no en vano, sino para irradiar la viva simpatía que el poeta asociaba con la isla de los ancestros de ella.

Nos complace que la primera salida sea fuera de las fronteras de la isla alucinante y sobre todo, que la ocasión nos revele cómo se lee desde acá a Puerto Rico, en sus libros. Dejamos la palabra a dos lectores que además son estudiosos, editores y poetas. Demasiadas coincidencias afortunadas para no celebrar.

Jorge Orendáin nació aquí, en Guadalajara. Estudió la maestría en Literaturas del Siglo XX en la Universidad de Guadalajara. Ha sido profesor de literatura en el ITESO, en el Tecnológico de Monterrey, en la Sociedad General de Escritores de México y en la Universidad de Guadalajara. Además, ha laborado como editor, locutor, reportero y coordinador operativo en diversas instituciones. Es autor de los siguientes libros de poemas: Animalías, Por demás la lluvia, Telescopios de papel y Ciudad a cuatro ríos. Su obra aparece en varias antologías de poesía, tanto locales, nacionales e internacionales. Sus poemas se han traducido al inglés, esloveno, italiano y francés. Actualmente trabaja como editor en la Editorial Universitaria de la Universidad de Guadalajara, coordina un taller de poesía en la Sociedad General de Escritores de México y es miembro de la galería virtual Galí y del consejo editorial de Ediciones Arlequín.

Raúl Aceves también nació en Guadalajara. Labora en el Departamento de Estudios Literarios de la Universidad de Guadalajara, donde se especializa en investigar acerca de poética y poesía hispanoamericana e indígena y aforismos. Sus libros de poemas son Cielo de las cosas devueltas, Expedición al Ser, Las arpas del relámpago, La torre del jardín de los símbolos, Lotería del milagro, Dislocaciones y travesías, Caja de islas, Oficios mexicanos y La mirada del camaleón.

(Palabras leídas por MAA en a presentación del libro Raíz y ala: antología poética, de Francisco Matos Paoli, Feria Internacional del Libro, Guadalajara, noviembre de 2006)

 

 

 

lunes, 29 de septiembre de 2008

Somos islas


The Secret Island: a Literary Reading of Puerto Rico

The illusion of freedom that comes with learning to read what others have written is an experience of primal paradise, a comfort from the suffering and the violence of our being in the world. Writers must struggle to attain a sense of free play similar to this initial contact with the world of words. The feeling is deeply personal, although the making of literature, oral or written, is a social activity. Language is not a private possession, it is inherited and used, enriched or weakened, and passed on to others. Such transactions between collective and individual experience are unavoidable. I am a Puerto Rican writer. The ambiguities of this definition are too complex to explore here and now. Let´s just assume that I share an identity as a member of a society marked by a History made up of innumerable stories. Puerto Rico is one of the islands of the West Indies, one of the Caribbean islands. It´s said to have been first populated or visited by several Native American peoples: Arawaks, Tainos, and Caribs. Since 1493 it was colonized by Europeans, the Spaniards, who introduced their language and the African slave trade. As a result of the Spanish American War, the island has been a colonial territory of the US since 1898. These are the facts and yet, they are meaningless in isolation. Actually, most of these statements could be applied to a writer born in Colorado: that he or she hails from a territory first populated by Native American nations, later invaded by Europeans, a close neighbor of territories colonized by the Spaniards, subsequently occupied by the Army of the United States and eventually asimilated into the Union. These ancient coincidences are somehow alive. “The past” wrote Faulkner “is never dead. It´s not even past.”

Many histories remain secret to those whose life they tell. We have the habit of seeing things disconnected from one another.

The critic Edward Said wrote that the task of the intellectual is “to make connections… to read what is there or not there, above all, to see complementarity and interdependence instead of isolated, venerated, or formalized experience that excludes and forbids the hybridizing intrusions of human history.” Another critic, Amy Kaplan, on the subject of American literature, wrote that “cultural phenomena we think of as domestic, or particularly national, are forged in a crucible of foreign relations.” Such cross-cultural connections have always interested me as a writer. In a sense, they have to do with one of the qualities of literature: to make visible the invisible. To explore “overlapping territories, intertwined histories”, to use a term coined by Said, seeks to connect points distant in space and time. Not only in a psychological or spiritual dimension, but in a vivid, material sense. So a literary reading of a body of fiction should relate to the fictions of others.

While reading about the history of Fort Collins I discovered an amazing fact. This city was one of the production centers of a sugar plantation economy. The parent company of Fort Collins´ Great Western Sugar Company, a beet-sugar production enterprise, was the American Sugar Refining Company, a large trust with sugar-cane production interests in the Caribbean. Moreover, Charles Allen, the first civilian American governor of Puerto Rico, was a president of the American Sugar Refining Company. So Fort Collins and the islands of Cuba, the Dominican Republic and Puerto Rico were part of a larger scheme of interlocking and integrated industries in a multinational sugar economy.

In the spirit of these interlocking economies I would like to share with you some stories that connect our overlapping territories. To quote the poet from St. Lucia, Derek Walcott, “every island is circunscribed by the oceanic sadness called History.” In the Caribbean, History has been determined elsewhere, the peoples´ lives and identities have been overwritten by overseas empires. But an island is not necessarily a body of land surrounded by water. A person, even a whole community, may be or feel islanded, that is, set apart by other types of disjunctions. I invite you to follow some of the connective threads between where we now meet and the island that was my point of departure. Hopefully a meeting of the islands will be revealing to all of us.

Fort Collins was named after a military post established in 1864, abandoned in 1866, and incorporated as a town in 1873. A very experienced soldier may have visited Fort Collins around these years. His name was Nelson Miles and he was a general in the so called Indian Wars. Before that he was a soldier of the Union Army during the Civil War. So he embodied some of the prevailing policies about native americans, black slavery and imperialism. General Miles was also the commander in chief of the troops that invaded Puerto Rico in 1898, the year one of my grandparents was born.

Miles´ deeds are common threads in our shared, forgotten histories. He is only one character in the intertwined tales of our overlapping territories. There are others. There once lived a man called Richard Harding Davis. He was born in Philadelphia in 1864. In 1892 he published a book called The West from a Car Window. It´s the story of a voyage to the West, all the way to Colorado, describing the red mansions of Denver, the “great pleasure resort” of Colorado Springs, the desolate frontier between Texas and Mexico, the founding of Oklahoma City, life in an Indian reservation. Davis expressed his feelings with a mix of admiration, horror, and humor a la Mark Twain. The West he wrote “is a very wonderful, large, unfinished, out of doors portion of our country, and a most delightful place to visit. The course of empire will eventually Westward take its way. But when it does, it will leave one individual behind it clinging closely to the Atlantic seaboard.”

Evidently the course of empire did not just move westward, nor did the individual in question remain close to home. Less than a decade after his trip to the West, Davis worked as a war correspondent covering the invasion of Puerto Rico by the Army of General Miles. One of his fellow correspondents was the novelist Stephen Crane, the author of The Red Badge of Courage. Crane, as you may know, wrote about war without ever having seen combat, and he was a sickly man. So Davis, for the fun of it, wrote a mock epic entitled “How Stephen Crane Took Juana Días”. Juana Díaz is a town in Puerto Rico.

According to Davis Puerto Ricans were far from hostile to the invaders: “They received our troops with one hand open and the other presenting either a bouquet or a bottle…It struck me that in this surrendering habit of the Porto Ricans there lay a chance for great entertainment, and much personal glory, especially as one would write the story oneself. It would be a fine thing, I thought, to accept the surrender of a town. Few war correspondents had ever done so. It was an honor usually reserved for Major Generals in their extreme old age.” So he went on to invent how Stephen Crane took a whole town armed with a cigarrete and how he was hosted and wined and dined almost to death.

The tone of this tall tale echoes Davis´ patronizing vision of the West. The joke about the surrendering habit underlies the writings of other imperial travelers. Prejudice is a portrait of the observer more than a description of its object, but recognizing the metaphors of prejudice is important. The longing of invading armies to be received with flowers seems to imply that a lack of resistance is an invitation to plunder and an open door to misreading the culture of the other to the point of self-aggrandizement. I find Davis´ little piece interesting because with it Juana Díaz enters the literature of the imperial gaze as a quaint footnote, and it does so in the company of other frontier lands such as the emergent Oklahoma City and the southwest of Texas. All of these “territories in formation” were equally cut down to measure by Davis. But more interesting, at least to me, is the existence of an analogous and oppositional text written by an author who probably was not aware of Davis´ joke. In the 1980s Luis López Nieves published “Seva”, allegedly the story of a town in Puerto Rico that heroically resisted the US army invasion to the point of being destroyed and all evidence of its existence concealed. The story was published in a pro-independence newspaper and read as an authentic document. When the editors revealed that “Seva” was a figment of the author´s imagination, another mock epic, many readers were not amused. They had believed the story was true not ony because it was persuasively written, but because there was a need for it to be true. The incident dramatized how in a colonized nation writers are pressed to address traumatic historic experience; how literature is turned into a battleground in the struggle for national identity and independence.

The question of identity is a defining characteristic of the literatures of emergent nations. Metaphorical readings of the island have been an important component of Puerto Rican literature since its significant beginnings in the 19th century. The poet José Gautier Benítez, who lived between 1851 and 1880, created the metaphor of the island as a beautiful maiden, in the tradition of arcadian poetry. Perhaps the first notable Puerto Rican writer was Alejandro Tapia y Rivera, born in 1826. He wrote plays, novels, poetry, essays and biographies and described his feelings for the country as complex and deadly, a love affair similar to the love between Cuasimodo and the bells of Notre Dame. Eugenio María de Hostos and Lola Rodríguez de Tió lived most of their lives as political exiles. They advocated independence from Spain, a movement symbolized by the Grito de Lares which took place 140 years ago, on a day like today, September 23, 1868. Lola is the author of a famous metaphor comparing the relationship between Cuba and Puerto Rico with the two wings of a bird. Hostos a was one of the founders of philosophical thought in Latin America and a promoter of an Antillean Confederation.

The cultural wars between colonials and invaders after 1898 are evident in the novels of Ramón Juliá Marín and José Elías Levis, in the 1900s, and in those of Pedro Juan Soto in the 1970s. The ethnic and racial component is at the center of the national identity issue. The Afro-Caribbean cultural dimension has been explored in the writings of Luis Rafael Sánchez, Carmelo Rodríguez Torres, Julia de Burgos and Ana Lydia Vega. Related to it is the critique of the culture of the creole aristocracy in the fiction of Rosario Ferré; the mythical indian origins fictionalized by Tapia and Betances and remade in the twentieh century by Juan Antonio Corretjer and others; the feminist identification with social and political struggles in poet Julia de Burgos and the theme of the writer as fictional character in the gay fiction and poetry of Manuel Ramos Otero. The work of poet Luis Palés Matos was a superb reading of the island in the 1930s, marked by painful transformations and material and existential poverty and solitude.

A contrasting note in these literary readings relates to the experience of Puerto Rican communities of the Diaspora. Writing in Spanish, English or in a version of Spanglish, the focus on language, identity and literature has evolved in writers such as Pedro Pietri, Pedro López Adorno and Marihelma Costa. Nuyorican poetry is at once a tribute to the oral tradition and paradoxically meaningful in post-modern, post-literate times. It has been described by Laura Briggs as “smart, political, working class, and breathtakingly vernacular. It was an affront to hispanophilic (Puerto Rican) “high culture”… as American literature it was problematic for the same reasons – too working-class, too vernacular, too political, and written by Puerto Ricans.”

The complexities and complicities of the colonial relationship have been explored by other writers. As early as the 1920s in the novel Redentores, by Manuel Zeno Gandía, the shift has been to a critique of the colonized mentality, its ambiguity, its fears, its mimicry. The victimization of the colonial subject, explicitly present in some writers of the 1940s and 50s has given way to a more complex view of the colonial relation, based on a compact of mutual invisibility. The somber aspects of island society are described in the chronicles and novels of Edgardo Rodríguez Juliá.

Related to such loss of innocence is the urge to widen the scope of literature beyond identity politics and proclaim the right to appropriate what is meaningful from all literary traditions. A similar claim was made in the Creole Manifesto written in the 1980s by Martinican author Patrick Chaoiseau: “We shall create a literature which obeys all the demands of modern (meaning Western) writing while taking roots in the traditional configuration of our orality”. Cuban writer Reynaldo Arenas jokingly once said: “As Caribbean writers we are entitled to all the possibilities of literature. We are a mixture of all cultures and lack of cultures, of all modes of savagery, a mix of all histories and all races. “

The trend in contemporary Puerto Rican literature goes beyond the European canon, and leans to non-canonical literature and pop culture in some writers, and to formal experimentation and the search for artistic quality in others.

It is impossible to synthetize a rich, centenary literary corpus that has produced hundreds of remarkable books, most of them unavailable in translation. This corpus defies rigid notions of identity while claiming a distinct space, the need not to disappear as a people. Its existence challenges an experience of empire that has required a veil of secrecy, a segregation from the rest of the world.

To quote the Martinican writer Edouard Glissant: “Diversity, which is neither chaos nor sterility, means the human spirit striving for a cross-cultural relationship without universalist trascendence. Diversity needs the presence of peoples, no longer as objects to be swallowed up, but with the intention of creating a new relationship.”

In my own work I have tried to write from outside the closed circuit of our insular obsessions. I have frequently explored the point of view of the outsider as a way to self-knowledge in a play of masks and double identities; a hall of distorting mirrors. In this mode, writing acts like a return of the gaze, akin to translation and ventriloquism. A similar narrative strategy was used by Carlos Fuentes in his novel Gringo viejo and in his book of short stories La frontera de cristal. Jean Rhys in Wide Sargasso Sea rewrote the novel Jane Eyre from the point of view of Bertha, the mad woman in the attic, the creole wife of Rochester. Other examples are evident in the poetry of Derek Walcott. In Tiepolo´s Hound the black poet assumes the point of view of painter Camille Pisarro, a sephardic jew of French ancestry born in the island of St. Thomas.

In my most recent novel Sexto sueño (Sixth Dream) the narrator is a professor of anatomy and a composer of boleros. Most of the characters in the novel are foreigners. The main ones are Nathan Leopold and Sammy Davis Junior. Nathan Leopold, as you may know, is one of the authors of the so called crime of the century. Lopold and his accomplice killed a young man and spent most of their lives in prison. Sammy Davis Jr. was an entertainer and a talented impersonator.

All of this has a basis in historical facts. Indeed Nathan Leopold was a resident of Puerto Rico during the last years of his life and a friend of Sammy Davis Jr. Sammy Davis was half Puerto Rican through his mother´s family.

I will read some paragraphs of a chapter where Sammy Davis tells a story from his childhood to Nathan Leopold. The English version is my own so its broken style may add another layer to the performance of writing as a return of the gaze.

Marta Aponte Alsina

(Palabras leídas en la Colorado State University, en Fort Collins, el 23 de septiembre de 2008)

sábado, 30 de agosto de 2008

Novela río


Quisiera no abrir la puerta, las variaciones del azul, los ojos de ella mientras el hombre blanco la cubre sin palabras, olvidando derramar su semilla en tierra. Él le pregunta su nombre, ella se lo dice al oído. Lo odia sin reparos, con una pureza inocente, con un rencor animal. No acepta la moneda. Escapa. Se fuga. Pare una hija, pare más. Todos la abandonan. Trabaja hasta el delirio. En el hospital donde ella murió nadie sabía su nombre. Sus huesos se desintegran en una tumba anónima. En el hospital donde murió él nadie oyó su última palabra. Sus huesos se pudren en una tumba espléndida.
Es curiosa la insistencia de las palabras. Anidan en cualquier cabeza.

lunes, 11 de agosto de 2008

Un poema de Néstor Barreto


(ilustración: Autorretrato como pitbull, de Elizam Escobar)


canica uno


el extraviado
estaba bien perdido. yo, un llermansheper
negro completo, de año y medio lo más,
bajando solo por la 174 en dirección a bayamón/
supe que las cosas habían cambiado
cuando me hallé comiendo
las sobras a la vera y bebiendo
del charco negro que se forma
en el borde/
me dan ganas de vomitar de contarlo/
los carros me están pasando pegados/
muchos, y no se ve un alma/
oigo un ruido como de río/
huele a muchas cosas, huele
a cadáver/
voy al trote/ hay algo de mágico en eso.
[ahora mismo magia=miedo]/
llámenme urgencia, ordénenme unas
papitas/ dénme un pitazo aunque sea/
dícese del lamido/
no quiero ni mear/¿qué será esta presión/
¿es este el sujeto de lo mejor que yo tenía
en mente/ ahora lo vengo a conocer/
¿cómo sé que no sueño/ ¿cómo será
cuando llegue, cómo sabré que llegué/
no hay aroma como (el de) la nada cuando asoma
su cohesión/ no hay instinto, ni inocencia/
me eriza el lomo/
siento constantemente como si me llamaran/
el rabo se me vuelve loco por cualquier cosa/
desde lejos se me nota el desamparo,
le ladro al aire, me pego demasiado al
encintado, veo cuando se posan los fantasmas,
me pican lugares que no sabía existían/
se está haciendo de noche, y nada huele a mí/
lo que nunca/ algo me gruñe dentro / los carros pasan como grandes
terrores e iluminan con sus ojos cosas que se
pudieran comer [si las aprendiera a cazar],
pero estoy muy cansado para perseguir nada,
algo me duele que irradia, parece memoria,
algo se me confunde con sed,
algo me pone a la defensiva:
te olía antes, pero podías haber sido cualquier cosa/
estas luces que se acercan con su uáa, me muestran tus
formas y dan brillo a tu mirada/
y yo que pensaba que esto no se podía poner peor/
¿qué hago/ lo que sea ¡tengo que decidir/ ¿no será
un sueño/ algo me dice que siga, ¿voy muy altivo/
yo no creo/ ¿importa lo que creo/
parece que impresioné/
me gruñiste y ladraste pero no te animaste a más/
tengo que tirarme en algún sitio antes de
que me encuentre uno que no dude de lo que
puede hacerme,
y me luce que esta línea blanca
es tan buen sitio como cualquier otro.

viernes, 8 de agosto de 2008

Nagasaki: 9 de agosto de 1945



There were four of us staring out of the window, hypnotized by the cloud of white tower smoke rolling toward us. I shouted to Olivi to get the camera and take some pictures... Gee we better get out of here, that stuff is dangerous... The first thing I had to do was send the strike report-to inform the waiting pulic that the second atomic bomb had been released on the enemy. What a thrill! It was the greatest moment of my army career.

(Del diario de Abe Spitzer, operador de radio del bombardero Bockscar)

jueves, 31 de julio de 2008

Sexto sueño


Por Cristina Rivera Garza

[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]

El libro, que responde al nombre de Sexto sueño, anduvo un par de meses, precisamente, en el sexto sueño. Me lo había llevado conmigo de viaje hacia la costa oeste pero, entre una cosa y otra, seguramente por la fascinación que sobre mí siempre ha ejercido el Pacífico, lo perdí. Se lo comuniqué a su autora; le dije a Marta Aponte Alsina con mucho de pena y otro tanto de remordimiento que había querido escribir algunos comentarios sobre su más reciente novela pero que, por desgracia, el libro se me había ido al sexto sueño. El comentario, a ella, la hizo reír y también la hizo considerar la posibilidad de escribir un cuento (al menos eso me dijo). Yo, por mi parte, anduve pensando con mesurada testarudez en el libro, tanteando la posibilidad de escribir algo sobre ese libro alucinante sólo con base en los recuerdos que se negaban a irse, en el eco refinado de algunas de sus frases, en la estructura explícitamente piramidal del relato, pero no logré decidirme. Lo último que le dije a Marta Aponte Alsina acerca de su libro fue, sin embargo, que estaba segura de que regresaría. Algo que no se va de la cabeza, imaginé, no tiene de otra más que regresar. De una o de otra manera, en el momento menos pensado, sé que encontrará su camino de regreso. Eso dije. Pasaron los días (porque lo propio de los días es pasar) y hoy, mientras colocaba libros y otras pocas pertenencias en un par de cajas de cartón con dirección a la próxima casa, lo encontré. Porque, como bien dice Aponte Alsina del sexto sueño, “No se deja buscar, pero se encuentra”.

En efecto, el libro salió, azul y exacto, de un sobre amarillo, tamaño carta. Salió como un recién nacido de ese lugar del vientre que es el extravío. Recordaba, por supuesto, que una de las definiciones del sexto sueño era aquel estado nebuloso, propicio para la escritura, que se encontraba después del quinto sueño (un lugar ya de por sí bastante alejado de la realidad). En la novela, esto también lo recordaba con suma claridad, una abuela acusaba a su nieta, la protagonista de nombre Violeta Cruz, de encontrarse en el quinto sueño, sólo para que la nieta retobara con flagrante complicidad y estirándose con placer que no estaba en el quinto, sino en el sexto sueño. Allá. Lo que no recordaba, no había manera, era que Marta Aponte había escrito hacia final de la novela que “Si el sexto sueño fuera un lugar sería tu casa, lector cómplice”. Heme aquí, pues.

“Soy cortadora de hombres y compositora de boleros”, dice Violeta Cruz de sí misma en las primeras páginas de esta novela. Tan directa como mordaz, tan sucinta como punzante, la anatomista de profesión avanza en su tarea con la exactitud del escalpelo: “traer del más allá uno de los seiscientos cadáveres que disec[ó] en [su] carrera”. Elegido a través de un método tan aleatorio (una serie de números aparecidos en una sesión espiritista) como del que se había servido el ahora cadáver para seleccionar a su víctima (un niño al que asesinaría con saña en el así llamado “crimen del siglo” a inicios del XX y en Chicago), Nathan Leopold se convierte en la ausencia que convocará a las palabras para producir, paso a paso, su vida. Resucitar es un verbo atroz. Se trata, en efecto, del sonado caso de aquel hombre que, junto con Richard Loeb, por aquel entonces ambos estudiantes de la Universidad de Chicago, recibiría una condena de por vida por asesinato, más noventa y nueve años por secuestro. Se trata del mismo hombre que, después de sobrellevar 33 años de prisión, decidió trasladarse, de entre todos los lugares de los Estados Unidos, a Puerto Rico, la isla donde según confirman documentos varios se casó con una florista y cultivó la filantropía hasta el día de su muerte en 1971. El tema, que ya ha fascinado a autores de tan variada estirpe como Alfred Hitchcock o Richard Wright, se transforma en un verdadero tour de force en la prosa lúcida y feroz de la puertorriqueña Marta Aponte Alsina. En la caja china de su propio abismo, con un sentido del humor que son en realidad muchos, “[e]n el sexto sueño los muertos se pasean por el cuerpo de los vivos. O, para expresarlo en palabras demasiado claras: se siente vivir a la muerte”. Esto, francamente, es cierto.

En el epígrafe de María Zambrano que precede a la novela, hay una referencia explícita al momento que persigue la novela: se trata del instante último, del segundo imperecedero en el que se deshace “ese nudo que une aún a las almas de los recién muertos con el aire de la vida”. Y, para contar eso, ¿se le atrapa o se le deja ir? “Una novela no se descuartiza como un cadáver”, asegura la novela de Marta Aponte Alsina. “Se construye como las pirámides, escribió Flaubert”, añade, segura de sí misma. Sólida. Pero esta novela piramidal que es en realidad un sueño que está más allá del quinto, está narrada (al menos en una de sus instancias) por alguien que corta (aunque cortar no de derecho a contar). De capítulos breves y saltos en el tiempo, con súbitos cambios entre la primera y la segunda y la tercera persona, metanarrativa a ratos, autoimprecadora en otros, la novela es un cadáver descuartizado sobre una mesa que parece una pirámide. Cómplice lector: “Los muertos son amantes caprichosos”, eso también es cierto. En algún momento de la novela, justo después de que la doctora Cruz ha conocido a un hombre muy hermoso, la novela declara que “los hombres son vasos frágiles”. La misma novela ha dicho antes lo mismo, en voz del Resucitado, acerca de las mujeres. La idea del recipiente. Y ese vaso que, de acuerdo con Rilke, se rompe, como todo, dentro de las venas. Un estrépito. Así apareció Sexto sueño desde las entrañas de un sobre amarillo, tamaño carta, todavía con el aroma del Pacífico. Así se queda.

Maria Aponte Alsina, Sexto Sueño (Madrid: Veintisiete Letras, 2007)

sábado, 26 de julio de 2008

Inventario de las obras del artista (4)

Apología del sofrito


(Del naufragio de Angélica furiosa)

Foto: Marién Vélez

No se trata, por Dios, de arte folklórico, según piensa el mediocre de Abelardo Cabrera, mi vecino, el mediquito rebanador de callos. Quien tan pocas luces trajo al mundo confundiría la piedra filosofal con un cálculo del riñón. Tampoco es arte sagrado. Soy alquimista, pero no me nubla el entendimiento la parafernalia de aquellos divinos locos ni dejan de divertirme las mierdas que echaban en la retorta para asegurar, con el aire apestado y el caldo de los sesos rezumante de excremento, que habían creado oro.

El verdadero reino de este mundo está en el caldero de Ramona. Centro de la Tierra, Santo Grial del Pimiento, semilla metálica que al germinar nos devuelves a las sendas familiares, arrullados por el canto de vida y esperanza del asopao más sustancioso, capaz de resucitar al cadáver más muerto. Tan prieto como el carbón de su culo, donde el aceite rubio chisporroteante recibe el rayo de sol del ají campanero, el llanto subterráneo de la cebolla, la media luna oculta del ajo enemigo. El tomate enano es una variante solar que aleccionó a los italianos seductores. La poderosa hoja de la paz es el cilantro del monte, que aquí en mis campos llaman recao, porque posiblemente acompañaba las cartas que se enviaban a los parientes pueblerinos, escritas en un castellano arcaico, de rasgos como rizos. A este maridaje de esencias rindo pleitesía en una tela para la que fabriqué pigmentos preciosos con esencias terrenales y corporales. El efecto es semejante al de la pared de una cueva subterránea. El pimiento de Weston pasado por un pilón haitiano para honra eterna de la musa.

Periódicamente renuevo los fluidos, imitando el gesto del sumo sacerdote egipcio cuando reponía los bálsamos conservadores de las momias sorprendentes.

(Angélica furiosa, 1994)

martes, 22 de julio de 2008

Lenguas indígenas de América, en peligro de desaparecer



Alondra Flores • La Jornada

(Foto: Marién Vélez)

La mayoría de las lenguas indígenas de América se encuentra en riesgo de desaparecer en el corto o largo plazos, alertó Francisco Barriga, director de Lingüística del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH, México). Para enfrentar ese problema y en una acción emergente de rescate y promoción de la diversidad cultural, se realizará el primer Encuentro de Lenguas en Peligro, en el que especialistas discutirán esta problemática que amenaza desde Alaska hasta Tierra del Fuego, anunció el funcionario del instituto.

De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), 50 por ciento de las aproximadamente 6 mil 700 lenguas que se hablan en el mundo están en peligro de desaparecer, 96 por ciento de ellas sólo son utilizadas por 4 por ciento de la población y por término medio cada dos semanas desaparece una lengua.

Cosmovisión e identidad

En el continente americano todavía subsisten entre 625 y 950 lenguas autóctonas, donde México es el país con mayor número de hablantes.

Sin embargo, a pesar de este dato aparentemente halagador, la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas detalla 20 lenguas originarias en peligro de desaparecer en este país, que se ubican principalmente en el norte en los estados de Baja California, Sonora y Chihuahua; otro grupo en el centro de la República, en los estados de México, Morelos, Puebla y Tlaxcala, además de Chiapas, Oaxaca y Veracruz.
De entre las cifras, destacan la lengua ko’lew, del pueblo kiliwa, en Baja California, pues sólo hay 52 hablantes que se ubican en una comunidad; el m’ti-pa, de los cochimí, con 82 hablantes, también en Baja California, y el Ixil, en Campeche y Quintana Roo, con 90 hablantes en dos comunidades.

Ante la inminente extinción, es paradójico que el grupo tlahuica, cuya lengua es el pjiekek’joo, que significa “Lo que yo soy, lo que yo hablo”, con la cual se comunican ya sólo 466 indígenas en el estado de México, en un ejemplo de que una lengua no sólo es una serie de palabras que denominan cosas y conceptos sino que reflejan una cosmovisión e identidad, por lo que su pérdida es irreparable para la humanidad.

Igual de contradictorio, otra lengua en peligro, la runixa ngiigua, en Oaxaca, significa “Los que hablan el idioma”, y la ranjzo uza, en Guanajuato, que significa “La comunidad que habla la lengua”.

En el encuentro, que se desarrollará en el contexto de la versión 20 de la Feria Internacional del Libro de Antropología e Historia, que se efectuará del 18 al 28 de septiembre, participarán los lingüistas William Merrill, del Instituto Smithsoniano; José Luis Moctezuma y Fidencio Briceño, investigadores del INAH; Carlos Montemayor, escritor, traductor y colaborador de La Jornada; Juan Diego Quesada, de la Universidad de Costa Rica, y Ana Fernández Garay, de la Universidad de Buenos Aires, entre otros.

lunes, 21 de julio de 2008

Rutas


Foto: Frank Vélez Quiñones

Comparados con el hambre son como una lágrima en el mar. Se los tragó sin masticarlos. Los destrozaron los jugos gástricos. No encontraron nada más en el estómago.

El que vuela rompe entrañas pero no puede desentrañar la casa. La casa es rectangular.

Las paredes denegridas cubiertas por caracoles pequeños. Caracoles ciegos.

Siguió haciendo círculos en el aire.

Ahora llega otro. Este otro es de la tierra. Ojos color miel de trigo.

Le sirvo leche. La leche de vaca tan parecida a la leche de perra y a la leche de gata y a la leche de rata y a la leche de mujer, todas las leches, la leche.

Esta casa es un punto en su ruta. No puedo desentrañar esa ruta.

Es el día de los picos, los pelos, las verdes.

Volamos, caminamos, bailamos. Alguien nos ve.

sábado, 19 de julio de 2008

Tierra de nadie



(De Fúgate, 2005. Foto: Marién Vélez)

Despertaba con el corazón galopante. La gente asimila horrores, pero ella no. Eran tantos que apenas lograba mantenerlos a raya durante el día, amparándose en la redacción de informes impecables, pero nunca de noche, cuando nadie vigila las fronteras de una persona. De entrada descartó el suicidio. Aborrecía el escándalo, además no estaba segura de la desaparición de las pesadillas con la muerte. En sus viajes de ida y vuelta al mundo desgarrado del insomnio se le fue ocurriendo una cura radical, un remedio insuperable para llenarse de paz y buen dormir: olvidarlo todo, menos cinco cosas, una por cada continente. De su memoria dilatada saldrían las alturas de Guatemala, los barrios de Dublín, las colinas de Ruanda, las calles arruinadas de Bagdad. En su memoria reducida cabrían las menudencias más absurdas. De Asia Menor retendría unos versos atribuidos a la fantástica al-Khansa, una mujer improbable; de Oceanía la palabra Atnwengerrp; de Europa la mitad de un toro que había visto colgando en un mercado primitivo. Del continente propio guardaría varias escenas polvorientas de una visita al país de su madre. Casas pintadas de rosa y verde. Cabras, canales de riego. En la esquina, una frase musical: la canción de mis recueerdooos.

Antes de borrar el mundo, Carmen Goldblum aceptó la última misión de su carrera. Su jefe no la presionó, ella misma había insistido en emprender el viaje final, quién sabe si con la intención de estrenar placeres solitarios en uno de los escenarios de sus pesadillas.

Lo de los placeres solitarios era un capricho. Cuando llegó a su destino se dio el lujo de estrenar dos: admirar la viscosidad de su piel en el pliegue del codo; observar a través de la ventana de la caseta un paisaje de cartilla infantil: un árbol monstruoso, un niño sentado bajo una tela marrón estirada sobre cuatro varas de la misma altura, un viejo que custodiaba la frágil estructura, vestido con pantalones hasta la rodilla, camisa morada y sandalias. Desde el amanecer se habían acercado al niño y al viejo unos pocos hombres, muchas mujeres y hormigueros de infantes esqueléticos en una fila cerrada que levantaba una nube roja, pero a las doce sólo quedaban unos cuantos refugiados. Imposible fijarse en las colinas que el sol castigaba, todo dormía en la luz cegadora, menos las moscas.

Carmen usaba binoculares sin depender demasiado de ellos. Confiaba más en los olores, en los sonidos y los silencios. Siguió redactando el informe, una mano sobre el teclado de la laptop y la otra empeñada en espantar moscas y evitar que se le asentara la mugre en la cara sudorosa.

“Al Programa llegó la noticia de una actividad anormal entre la frontera de Kenia y Tanzania, en una franja larga y estrecha, que es tierra de nadie, una zona de amortiguamiento, cercana a un campamento de refugiados. Hace unos meses, un habitante del territorio sin dueño solicitó ingreso en la Organización de las Naciones Unidas, exponiendo un solo móvil para el reclamo: si la tierra de nadie fuera un país, al menos tendría de su parte el peso de la realidad. Mi misión consiste en evaluar la solvencia de ese posible país.”

Qué lenguaje Carmen. Por suerte pronto te dedicarás a sembrar lirios y a pintarte las uñas de los pies.

Pensando en uñas pintadas sintió un vacío en el estómago. A esa hora su única hija estaría vendiendo esmaltes de uñas, en una tienda desoladoramente enorme, en un centro comercial de New Jersey. Se llamaba Alicia y no aspiraba a fundar un país; sólo atendía un puesto de cosméticos, de sábado a miércoles, entre las diez de la mañana y las tres de la tarde. Carmen no la había entendido nunca, ni siquiera cuando siendo una madre soltera la llevaba en el vientre. En contraste con el misterio que le oponía su propia carne, sabía muchas cosas sobre los mercados del mundo.

Cuando era niña y tía Ramona la llevaba al mercado sabatino improvisado en Union Square, Carmen se preguntaba cómo los vendedores podían desprenderse de sus tomates y cebollas, sin saber que aquellos frutos no eran producto de cuidados amorosos, sino de las secreciones impersonales de máquinas y abonos. La otra tía, la hermana del padre, la llevaba a los mercados cercanos a Princeton, donde vivía con su marido, un físico nuclear. En las ferias princetonianas se vendían cebollas, antigüedades, candiles, retratos de tías anónimas. Tanto le intrigó la venta de cebollas mezcladas con recuerdos familiares, que se hizo especialista en mercados.

Carmen llevaba los retratos de sus tías en un relicario, en una cadena colgada al cuello. No hubiera sido capaz de venderlos, no podía darse el lujo de prescindir de aquellas minucias; no la bendecían la armonía genética ni los códigos secretos de la complicidad familiar, ese pie efervescente de quienes se enfrentan a la locura y organizan el horror armados de un puñado de recuerdos infantiles.

Se levantó. Hacía demasiado calor para escribir. Le gustaba contrarrestar los ardores del sol con la ingestión de bebidas abrasadoras. Derramó agua hervida sobre una bolsita de orange pekoe, abrió una silla plegadiza bajo el toldo de la entrada de la caseta y se sentó, taza en mano, pensando en Bob Schiller. No había pasado una semana desde el encuentro en la terraza del hotel donde la arqueología del África victoriana revoloteaba en las notas transparentes del instrumento musical de la región, la mbira.

Bob era un “old Africa hand”, etiqueta de rancia ingenuidad imperialista. Alto, escapado de un cuento de Hemingway, se emborrachaba con ginebra entre iniciativas burocráticas de la Fundación Ford. Carmen era de baja estatura, una herencia de ambos padres, el judío neoyorquino y la puertorriqueña de Santa Isabel. Ante el cuerpazo de Bob, que al cabo de dos tragos se calentaba como un inmenso B-52, le costó atenerse fríamente a lo que el “old Africa hand” narraba con su voz profunda, sutilmente irónica. Sí, en Nairobi se sabía de las pretensiones del viejo de tierra de nadie, su loca ambición de fundar un país, sus quilates de comerciante, aunque Bob ignoraba lo que allí se vendía. Había visto el tinglado del anciano y el niño en ocasión de una visita a los campamentos de refugiados, en la ruta del lago. “Es una región bellísima, tengo que llevarte”, dijo.

Ella no le comunicó que ya había solicitado los servicios de un guía nativo, cuya solemnidad contrastaba con la montura amarilla de sus gafas oscuras, el mismo que la ayudó a armar la caseta en la ribera del lago, a unos pasos de la frontera, y después partió prometiendo regresar a los dos días. Cuando el guía la dejó sola Carmen se distrajo en la tarde silenciosa. Con la emoción de quien palpa una realidad que sólo ha conocido a través de los libros, se había enfrentado al fenómeno de la franja larga y estrecha, al viejo y al niño, al árbol monstruoso, a la fila miserable.

Notó que el viejo recibía objetos de manos de los refugiados, los metía en la cavidad abierta en el tronco del árbol y autorizaba la entrada de los donantes. Entonces las mujeres y los hombres, doblándose hasta la cintura, se escurrían bajo la tela marrón, se sentaban junto al niño y le hablaban al oído.

La cavidad en el tronco del árbol parecía un dibujo anatómico, un tajo practicado desde la barbilla hasta el diafragma. Aunque estaba lleno de obsequios, siempre había lugar para uno más. La mugre de aquellos presentes impregnaba la carta que había llegado a las Naciones Unidas. Tenía la textura borrosa de un billete de país pobre, gastado como un puñado de tierra, y fue bajando de niveles en la metódica ruta del abandono, cuyo punto de partida era la Secretaría General, hasta el escritorio de la especialista en mercados más antigua del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. La firmaba Francis Moloi, Veterano de Cien Guerras y Presidente de Tierra de Nadie.

Iré, le dijo Carmen a su jefe. Él comentó que no era necesario, sin apartar los ojos de la pantalla donde revisaba las subastas de antigüedades en e-Bay, estás a punto de jubilarte, haz como yo. Además la petición era absurda, merecedora de la regla del limbo, la que condenaba los asuntos descabellados a un perpetuo movimiento de decisiones pendientes. Iré, será mi último viaje, había insistido Carmen, y salió de inmediato, porque tenía una maleta hecha con la ropa necesaria, incluso un traje de gala.

El recuerdo de su traje de gala le infundió una rara energía. Decidió alterar sus métodos habituales. En vez de espiar por los binoculares o solicitar formalmente una entrevista, llegaría como una clienta más, sumada a las legiones de niños esqueléticos.

Apagó el abanico; se desnudó. Se olió los sobacos, los limpió con toallas desechables. Escogió un sombrero de alas anchas y unas sandalias adornadas con flores para enmarcar el vestido de gala, un traje de algodón con estampado de lirios rojos.

Pareces un jardín, se dijo mirándose en el espejo de mano. Cruzó la frontera sin asombrar al guardia que se había acostumbrado a la mujer madura y bajita, alojada en una caseta identificada con la bandera de las Naciones Unidas, donde tomaba el té como una inglesa.

Ya olía los cuerpos, ya sentía el murmullo de las sangres, ya estaba muy cerca, cuando notó que el viejo usaba espejuelos redondos con montura de metal. Iluso. Si el caso se planteara ante la Asamblea General de las Naciones Unidas podría interesar a algún periodista dotado de imaginación para urdir una nueva utopía desechable. Sobre Tierra de Nadie descenderían los placeres del capitalismo seductor, derribarían el árbol para edificar un MacDonalds, construirían con el polvo rojo un mall largo y estrecho, establecerían fundaciones y agencias caritativas y Francis Moloi extinguiría sus días largos de millonario exiliado jugando a la ruleta en Las Vegas.

Había pocos cuerpos en la fila. Madres niñas; hijos niños que no parecían niños sino aperitivos para la muerte. Le avivaron el recuerdo con un reflujo nauseabundo. Había presenciado incontables escenas parecidas. Pisando los talones de las guerras llegan las reconstrucciones, anunciadas por toda suerte de iniciativas humanitarias. Escoltada por técnicos y asistentes de la Cruz Roja, entraba Carmen en las aldeas, en los pueblos, en las ciudades recién masacradas por hombres de gafas oscuras, armados de machetes o armas de fuego. El silencio de aquellos asentamientos que habían pasado sin remedio de la vida a la destrucción dolía tanto como los pasos de los niños que no dejan ni un suspiro en prueba de su tránsito por la piel de la tierra. Los cadáveres enamorados de las moscas exigían la clemencia de un entierro.

En su memoria Carmen se desvía hacia una capilla de puertas abiertas. Sobre el altar, un sacerdote en descomposición, incompleto. Un brazo encajado en un florero de alabastro saluda graciosamente en dirección al púlpito, donde la cabeza boquiabierta se ilumina con una vela pascual prensada entre los dientes erosionados.

La escena del sacerdote desmembrado cifraba una minúscula versión de otra matanza en un país donde la cifra de habitantes muertos superaba la de los vivos. En aquel país no vio un cadáver completo, sólo brazos arrancados de sus omoplatos, cráneos apilados como cocos, ojos extirpados de sus cuencas y estrellados en la tierra arisca, lenguas apacibles, riñones que parecían desechos de la sección de carnes congeladas de un supermercado. No había sido una matanza premeditada, quizás por eso los verdugos descuartizaban los cadáveres de sus vecinos, para borrar la hostilidad de sus miradas, el recuerdo de sus voces. A la analista le tocó poner un poco de orden en el ojo de las atrocidades. Se convirtió en una máquina de contar cantos de cuerpos que luego se enterraban en fosas comunes excavadas con máquinas. Recordaba el comentario cínico del médico que la asistía, qué desperdicio, tantos riñones, hígados y corazones trasplantables.

La madre que la seguía en la fila tenía deformes los dedos de los pies. Dejó que ella y su hijo se adelantaran. Antes de desvanecerse en el horizonte, la mujer se desahogó en los oídos de la criatura que seguía inmóvil, sentada bajo el toldo.

Cuando llegó el turno de Carmen, el viejo la saludó, ceremonioso. Francis Moloi lucía un diente de oro cuya permanencia denotaba la astucia de un sobreviviente. Su dialecto híbrido se le metió en la conciencia con la pesadez de un sedante.

–Ya era tiempo de que llegara, antes de que la guerra nos devore. La veo en sus ojos, usted la trae en los ojos, en la ropa, en los dientes. Despójese de ese perfume sangriento. Cuéntele todo. Deje algo en prenda para que sus recuerdos se queden aquí y no la sigan. Cuando termine la guerra, esa guerra que no la deja dormir, vuelva por ellos.

Así que eso venden en este mercado, pensó Carmen.

Desde el tronco abierto, los objetos pobres, los pedazos pulidos de vidrio, los restos de biblias quemadas, los tapones de cantimploras, le hablaron con limpieza. Sin darse cuenta de lo que hacía, se quitó el sombrero, metió dentro el relicario con los retratos de sus tías y abandonó las prendas en manos del viejo sobreviviente. De inmediato dobló la cabeza y entró en el espacio de las confesiones, sintiendo en la garganta la inminencia de un desahogo.

De vuelta a casa, mientras enterraba bulbos de lirios en el jardincito del Bronx o preparaba la cena de Acción de Gracias sin perder la esperanza de que Alicia la visitara, recordaría el desenfreno de su corazón al momento del acercamiento. El pozo de las confesiones no era un niño, a pesar de su tamaño, ni un pigmeo, con todo y sus arrugas, ni una criatura espacial, no obstante su palidez verdosa. Olía como la desaparición de ciertos insectos que mueren liberando el espíritu ponzoñoso. Carmen le habló sin respirar, furiosamente, mientras él o ella, que a pesar de su gracia no era muchacho ni muchacha, trazaba letras claras y redondas en la penúltima página de un cuaderno forrado con una tela sucia.

Antes de cruzar la frontera Carmen se despidió del relicario de las tías. Al día siguiente el guía taciturno vendría a buscarla, pero no se daría cuenta de su estado. Y es que nadie se fija en nadie, en ninguna parte. Nadie lee entre las líneas de los informes ni espía los silencios.

Francis Moloi sabía que para sobrevivir bastan cinco recuerdos y un lugar donde guardar el resto, pero no entendía de mercados, carecía de la malicia de un corredor de valores, o quizás, en un momento de tregua, se dejó ilusionar. Para protegerlo de su inocencia y amparar la tierra donde había dejado un buen caudal de atrocidades, a Carmen se le ocurrió mentir en su informe. Entre la siembra de bulbos y el corte del pavo vuelve a verse en la caseta, encendiendo la laptop, escribiendo tres oraciones, enviándolas: “No hay un país más frágil que esta Tierra de Nadie. No recomiendo su admisión. Sin embargo, aunque carezca de recursos para unirse al concierto de las naciones civilizadas, es acreedora al rango de pueblo pendiente”.

Qué dicha sembrar lirios y pensar que pronto recuperará el sueño tranquilo, cuando logre rasparse el polvo de la última pesadilla. Porque, en honor a la verdad, de nada le han servido las sesiones con la psiquiatra, de nada las curas radicales del olvido. Sigue atormentándola un sueño. A veces, ante la monotonía de sus noches de una sola pesadilla, echa de menos la multitud de despojos acumulados en una vida transeúnte por los mercados del mundo.

En su única pesadilla, Carmen se reconoce como una de las huéspedes del árbol monstruoso. Conversa con Alicia y las tías, hablan un solo lenguaje indefinible. Incautas, juran que la felicidad es aquel diálogo entre mujeres discordantes, alentado por la amistad de Francis Moloi, todo un banquero de la pobreza. Y, en efecto, así sería si el paraíso fuera como lo pinta la esperanza.

En el sueño, las mujeres se repliegan de pronto, abrazándose. Les sorprende que alguien se acerque, anticipan la repetición de un evento desagradable. No entienden el gesto del hombre de gafas oscuras, pero siempre gritan cuando el árbol recibe una ráfaga de disparos.

Qué raro, piensa Carmen. Éste ya no es el árbol de los obsequios. ¿Qué pasó?, pregunta. Alguien comenta que el mundo anda mal, que la especie humana se extingue, que afortunadamente es domingo, hace frío y no hay nadie en la calle. Entonces la despierta el silencio. Cuela café, revisa el catálogo de una compañía que vende bulbos de lirios, trata de alejar un temblor de añoranza. Abre las páginas del periódico en la sección de viajes, repara en la imagen de unas casas pintadas de rosado y verde, bajo la sombra de un árbol que refresca la figura de un vendedor de cocos, sólo que en lugar del negro folclórico se trata de un hombre blanco y altísimo, con la mirada oculta por unas gafas oscuras, sentado junto a una mesa de cuya superficie sobresale una hoja cortante para mondar las cáscaras.

Cierra el periódico, no recuerda el nombre del hombre. Se oye musitar unas palabras: la canción de mis recuerdos. Sólo eso, cinco palabras y un largo día de placeres solitarios.