martes, 18 de noviembre de 2008

La novela del mallorquín (cuento)




Abro las páginas de un periódico abandonado. Es el New York Review of Books. La fecha no importa. Todo me llega tarde, la ropa la comida, una cama, el tiempo mismo. Es diciembre. Hace calor. El otoño apenas se despide en el nerviosismo de las ardillas. Recogen nueces, colillas, papeles. Lástima. Para no darle ventajas al hambre trato de leer. Parece imposible leer en estas condiciones, pero siempre hay un más allá de lo posible. De modo que mientras espero mi turno o el fin del mundo, lo primero que pase, estiro la página. Hay una novela de autor mallorquín recién traducida al inglés. Por lo visto alguien confió en la calidad del autor o en la pertinencia de los mallorquines. Leo, releo. Alcanzo a entender que la novela del mallorquín consta de varias tramas. Unas historias se comunican con otras como los afluentes que alimentan los ríos sin darse prisa por llegar al mar. Excesos estilísticos opina el crítico, y ridiculiza párrafos que a mí no me disgustan, acaso porque las palabras son dulces y además alguien me ofrece una taza de café aguado que sabe a gloria. Casi con gusto leo que Joan baja al mercado por las calles empedradas de Sóller cargando una canasta de cruces de ruda tejidas por su madre. Tiene la encomienda de entregárselas a una mujer que a cambio le dará una garrafa de leche de cabra para el hermanito menor, aquejado de un mal misterioso.

El tufo a mejunjes y sangre en una casa de mujer recién parida es más intenso que los olores del mercado. Sí le impresionan los colores y las voces. Los puestos amontonados bajo toldos verdes, rojos y blancos componen un laberinto espeso. Preguntando a los campesinos huraños da con la vieja. Es una bruja que trafica en cruces de ruda. Él es un niño revejido, pero se le antoja, a pesar de su dureza, como quien se permite un lujo, liberar una sonrisa. La cabrera lo mira con desprecio. Le llena la garrafa hasta la mitad. Le da la espalda. Joanot, le escupe la sombra y se aleja abochornado. Al voltear por el callejón que lo llevará de vuelta a su casa se acuclilla bajo un alero. Se bebe la leche. Lame los bordes de la garrafa. Sabrosa. Después se asoma a una ventana abierta. Le llama la atención una sala vacía y, al fondo de una puerta velada por una cortina que se mece en la brisa, la frescura de un patio interior. Junto a la ventana hay una mesa cubierta por un tapetito blanco; sobre el tapetito una jarra de cristal llena de agua. Agarra la jarra, se bebe el agua y escapa corriendo. En el mercado le ofrecen una moneda cobriza a cambio de la jarra. Con ella compra un pasaje en uno de los veleros que en tiempos afortunados transportaban la fruta de los huertos de Sóller a puertos lejanos y que en el tiempo del relato hacían el viaje entre Sóller y la capital. Horas más tarde el muchacho recorre las calles de Palma por primera vez. Como en un sueño se acerca a un barco. Sin pensarlo mucho se embarca. Paga en carne al custodio de la bodega donde vive en estado de hibernación. Ha pasado hambres, sabe que se puede vivir así. Además conserva una de las cruces de ruda, talismán contra el mal de ojo.

Una mañana ve la isla. Bruma turquesa, montañas negras. En lugar de seguir a La Habana decide desembarcar en Puerto Rico. Se encumbra hacia la cordillera central por unos caminos de mulas en la sierra enmarañada. Joanot, le gritan las voces interiores, pero él no responde. Tampoco duerme, trabaja con frenesí en las más rudas faenas,
talando montes a golpes de pico y azada,
cargando mulas con sacos de carbón y café,
resistiendo fiebres en soledad y arrogancia,
despreciando el lenguaje de los insectos y el color de las flores, enajenado de los olores que exhuma cuando hunde las manos en la tierra. Sobrevive a huracanes, a epidemias de cólera y de viruela. A solas, en su lengua, maldice el calor. Penetra con furia a las muchachas que encuentra en la recogida del café. Se viene en la tierra para no preñarlas. Sólo concibe un desenlace: la salida de la isla de los jíbaros escuálidos. El retorno a Sóller. Todo lo justifica Sóller, todo lo merece la familia lejana, con quienes se comunica escribiendo unas cartas desbordantes, sin puntos ni comas, y de quienes recibe noticias en las cartas de la hermana menor, esas sí medidas con corrección. La niña, que lee con dificultad la mala letra del hermano y no entiende bien sus angustias. Es hija de los buenos tiempos y aprendió a escribir en un convento de monjas. Ha sobrevivido a cinco de sus siete hermanos, entre ellos don Jaume, el niño de la leche robada, que, en efecto, ya no forma parte del mundo de los vivos. Ella desconoce la causa de la muerte, pero le comunica a Joanot que la santa madre de ambos vivió largos años por la gracia de Dios y que la primera remesa de dinero de Joanot le sirvió para pagar una misa por la paz del alma de don Jaume.

Así termina el primer capitulo. Me gustaría leer el resto por aquello de no darle ventajas al hambre, aunque sea una novela mala, pero no puedo comprarla, de modo que invento el resto de la historia de Joan a partir de los comentarios confusos del crítico. Qué gracia. El café me ha hecho llorar de alegría, la partida se prolonga y el fin del mundo no figura en los planes de las ardillas. Me basta que el hambre se recoja como los moribundos que interrumpen su agonía para dormir con el descuido de los niños.

Esa tregua y una palabra. Joan tenía una palabra. Como no la sé le presto mi palabra y por ella se va a Sóller a casarse con una paisana. Seguramente volvió con su mujer a Puerto Rico, donde siguió acumulando el tiempo necesario para salir enriquecido del país. Sin tocar un libro educó su inteligencia en el principio cardinal del colonialismo: la explotación del hombre por el hombre. Empezó a acaparar tierras y negocios, chiringuitos donde vendía productos peninsulares. Los criollos, descendientes de negros, de canarios y andaluces que se habían establecido en la isla siglos atrás, eran para él bestias anémicas. Idolatraban el oropel, el alcohol, las escasas evasiones de la pobreza. Los pequeños propietarios se endeudaban gracias al crédito fácil que les suplía el mallorquín. De antiguos terratenientes pasaban a ser sus peones. Alguno perdió su finca por no poder pagarle los quince pesos de un bocado de hierro platinado que había comprado para adornar una jaquita cubierta de lamparones. Otras tierras se hipotecaban a cambio de cacerolas de hierro estañadas o de un par de botas que no podían calzar los pies deformes y que aún cuando pudieran ponérselos se deshacían al primer contacto con los caminos enfangados. Todo eso está clarísimo, por ahí debe habers ido una parte de las mil páginas.

Con el tiempo don Juan fundó una compañía de exportación de café. Cultivaba café y chinas, el nombre local de sus añoradas taronges. Cuando bajaba a la costa avizoraba el Caribe por el lente deseado del Mediterráneo. Vivía en una isla dentro de otra isla, idiotizado en la infelicidad del deseo. Solamente una vez fue feliz, pero ese día no tiene por qué contarse. Si yo fuera un novelista mallorquín no lo hubiera contado.

Cuando los yankis invadem Puerto Rico y los antiguos peones se entregan a la quema de las casas de los españoles, Joanot regresa a Mallorca. Avaro y amargado, sus luces son pocas. Más ciego que esa ardilla ciega. Le falta un ojo, sería una pedrada.
En Sóller quedó viudo sin que su mujer le hubiera dado hijos. En Sóller envejeció sin que sus sobrinos se atrevieran a abrazarlo.

En la tarde de un domingo la hermana letrada del viejo invitó a los primos a un almuerzo dominical. Pusieron una mesa junto a un patio semejante al que Joanot había visto sesenta años atrás, el domingo de su huida de Sóller. Una sobrinita flaca tocaba al piano una sonata de Dvorak. Otro sobrino se acercó al indiano. Lo hizo con cautela. Aquella figura morena, de dedos callosos y agrietados, olía raro. A leña como el otro abuelo, pero de otros árboles. Oyó que murmuraba, Marueña, Marueña. Nombre de mujer o de mariposa, pensó. El viejo despertó ante la mirada azorada de su pariente.

Al otro día lo vieron empacando, pero no le prestaron más importancia que la debida a un maniático voluntarioso. Caminó hasta la estación del ferrocarril. En el tren, que bajaba lentamente entre naranjales y olivares, musitaba. Al llegar a Palma se orientó rumbo al puerto, las turistas desnudas, los veleros, el olor negro de las frituras. Parecía un fantasma olvidadizo. Lo rodearon los curiosos admirando la pátina de la ropa gastada. Marueña, dijo una vez, una sola. Mirueña, debe ser de Mirueña, dijo un guardia. El viejo se subió el cuello de la chaqueta y se puso a temblar. Entonces se vació el pueblo, dijo otro. Este debe ser el último.

Su sobrino lo recogió en la comisaría. ¿Quién es Marueña? No sé, un disparate del viejo, dijo el muchacho, que era taciturno. Los parientes no habían errado en su aprecio de que el viejo sería fácil de rescatar, pero tampoco pensaban que llegaría tan lejos. Convencieron al médico de la necesidad de encerrarlo. Don Juan ya no era el hombre vigoroso que hablaba poco y escupía con fuerza. El médico le prohibió el café y el mar. La hermana lo encerró en la casa pueblerina con patio interior. Allí el viejo desahogaba sus rabias, golpeando las baldosas y los tiestos con un bastón. A veces tenían que amarrarlo. Marueña fue su última palabra, la que cruzó el Atlántico, se disolvió en el oído de los suyos y luego en un espejo y finalmente en un estanque de agua fría. Ahí se esconde, en el pozo, al fondo de una sala, entre las sombras de un patio interior.

Hasta hoy. Así son las palabras. Marueña se instala en un banco de Washington Square Cae del árbol. Es una nuez. El tesoro de las ardillas.

Siento que la atmósfera se oscurece como en un eclipse sobre un pozo. La mano negra brilla. En una falange tiene un anillo con la cabeza emplumada de un indio apache. En las uñas, mugre. La mano negra rinde su rey. Ahora me toca a mí. Me siento a la mesa. La reina negra está gastada por los bordes. Otro toma el periódico abandonado pero lo deja caer. No le interesan las reseñas de libros.

Ya no huelo mi propio olor. Huelo como los demás, a casa de mujer recién parida, a leña mojada. Viví solo un tiempo, hasta que me descubrieron en el sótano y botaron mis cosas a la calle. Estuve a punto de congelarme. Entonces los encontré. Nos encontramos. Nos agrupamos. Vivimos en el parque. Somos uno. Nos borramos con dignidad.

Mi rival gana rápidamente la partida. Es el más listo. Cedo mi espacio. Respiro inquieto, un perro débil al amparo de la manada.
Yo atesoraba lo que otros abandonaban. Como las ardillas que furiosamente recogen provisiones y basuritas para enfrentarse al invierno, tenía libros desencuadernados, botellas translúcidas, máquinas muertas. Ahora no tengo nada, bueno, sí algo conservo. No recuerdo qué. La luz de la isla donde nací ya no me hace falta. Siempre he vivido en islas. Todas son crueles.

2 comentarios:

Terra dijo...

Ese tono nosyálgico resulta como unos lentes 3D, necesarios para recorrer la lectura hasta el final. Reconocí tanto de la historia que no se dice, dentro de su caja china. Me encantan los sentimientos más allá de tan hermosas palabras. Este cuento será leído y analizado por muchos estudiantes a través de los años.

Viviana dijo...

¡Precioso cuento!