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domingo, 15 de enero de 2017

Cuatro cartas




Para Malena Rodríguez Castro 

Francis Dumaresq conservó una carta de la novelista Edith Wharton. Fechada el 30 de marzo de 1890, su tono liviano dista del humor trabajoso del diario de Francis. Wharton cuenta con desparpajo de muchacha. Habla de la muerte de Kitty (¿quién era?) agradece las dulces palabras de su amigo. Asegura que ha pensado en él con la intención de responderle, pero temiendo que sus frivolidades no fueran del gusto de un Boston man. París perfecto, clima primaveral espléndido. De las rondas aburridas de su vida social queda el contraste entre la soltura de la escritora y el estirado ambiente de los salones. Para no desentonar del círculo parisino, su marido toma clases de baile y de tenis y se hace pintar por William Story. Edith se burla del embajador inglés Lord Lytton, de la panza del hombre, decorada con una asfixiante faja azul. Se avergüenza de haberle contado en la mesa “vulgar american stories”. A pesar de su admitida vulgaridad, se sabe árbitro de la elegancia y perita en el arte de lucir bien. Critica los vestidos espantosos de las damas, lo que no impide que en su canasta de tarjetas de presentación atesore una de Lady Lytton. Le cuenta al tímido Francis lo difícil que se le hace la tarea cotidiana de lucir bien: las tragedias de los botones que saltan, el corsé que no cierra, los ganchos que no enganchan, el peluquero francés, con barba de perilla negra que la peina a diario y le hala el pelo hasta que a ella se le brotan los ojos, y perdón olvidaba que le escribo a un Boston man.
Francis y uno de sus socios, Henry Luce, llegaron a Puerto Rico con las tropas invasoras. Francis tenía 44 años, una edad avanzada para la época. El 22 de septiembre de 1898, se les autorizó a cruzar los frentes militares rumbo a Ponce y de regreso. El salvoconducto consta en papel escrito a maquinilla, con tinta azul y membrete del cuartel general del ejército de Estados Unidos acuartelado en Río Piedras.


Dos cartas de la colección de Francis Dumaresq acercan la guerra de conquista al círculo exclusivo de las primeras (por no decir mejores) familias bostonianas. El 16 de diciembre de 1898 le escribió el obispo episcopal William Lawrence. (El obispo Lawrence redactó las indispensables memorias de varón bostoniano prominente, que en su caso, además, proclaman desde el título la alegría de los primeros mártires cristianos: Memorias de una vida feliz - Memories of a Happy life).  Era hombre dado al humor y al ejercicio. Murió pasados los noventa años, en estado de lucidez, por obligación moral y algo de aburrimiento. Fue, sobre todo, un señor venerable de reconocida autoridad. Resolvía los espinosos asuntos de las primeras familias con su sola presencia. Su propia estirpe, emparentada con la usual enredadera de apellidos, era antigua y prestigiosa.
Las guerras más crueles se libran en los campos de las rencillas familiares. En sociedades como la bostoniana se reservan voces de tan magna autoridad que incluso puedan deshacer malignos rencores íntimos. Lawrence era hombre de esa talla. También lo fue Endicott Peabody.
Copio la carta del obispo, tan curiosa en su maravillada toma de conciencia sobre la nueva colonia desconocida, y en la analogía entre la obra de Dios y la misión modernizadora del banquero:

My dear Dumaresq:
It is quite a novel sensation to receive a letter from Porto Rico. It is the first one that I have received from that distant island, and the fact that a United States postage stamp brought it here gives one rather a start, for it is such an incident that makes one realize that we are really in possession of the island.
Knowing that our church had the question of missionary work in our new possessions in mind, I sent your letter to Bishop Potter of New York. He wrote me that that subject has been referred to the Bishop of Chicago of the joint commission on the increased responsibilities of our church in connection with the extension of the nation. I could not therefore take the matter up without first getting into correspondence with him. I have therefore enclosed your letter to him with a letter from myself. Such things move slowly, as our church has to consider not only the question of duty but also of ways and means.
I suppose you are feeling quite at home in Porto Rico and do not consider yourself quite so far away as we imagine you to be. It must be very interesting, the taking hold of a new work in an old country, and invigorating in the sense that one is ploughing out methods in business and banking which others are to follow.
I remain with kind regards
Yours sincerely,
Wm. Lawrence


Meses después de la carta del obispo Lawrence, el 9 de mayo de 1899, Endicott Peabody, el fundador de la escuela Groton, le escribió a Francis. La pedagogía de Groton formó generaciones de varones bostonianos con actitudes que incluían una medida de anti intelectualismo práctico para evitar dudas y tentaciones (“I  am not sure I like boys to think too much”), frugalidad, uñas limpias, amor a la acumulación de dinero y odio al gasto, un duro régimen de ejercicios y la disposición del cuerpo a pruebas arduas que templaran la carne y el carácter. Los modales rudos eran preferibles a la laxitud afeminada, aunque en las nuevas generaciones, el anti intelectualismo se decantara por cierto humor cabecihueco, sin la fervorosa intensidad de sus abuelos, quienes se jactaban de gastar tan pocas monedas en el agua del aseo diario como en una compra de víveres. Higiene infalible: bañitos con esponja y agua fría, ingestión de coles y zanahorias, caminata al mercado. El obispo Lawrence y el educador Peabody eran pilares relevantes de la vieja guardia; destacadas autoridades éticas, morales, cívicas, pedagógicas y espirituales. Francis lo sabía y valoraba la benevolencia de ambos hacia su persona, de manera que se sentiría vicario de ellos en el nuevo territorio, una de esas posesiones que caen del árbol con poco esfuerzo, y que conviene probar cautelosamente, sazonar con especias conocidas, adaptar al gusto propio y sumar a la causa misionera con fervor, para bien y para mal.
En la carta de Endicott Peabody, contemporáneo de Dumaresq, hay un tono de familiaridad entre muchachos, afín al tono de los tiempos: la embriagadora convivencia de una vida aventurera con la acumulación de capital. La imagen evoca las palabras del obispo a propósito de la conversión espiritual de los nativos en un plano análogo a la conversión del sistema financiero y de negocios. Puerto Rico era viejo por contagio de España, un imperio senil. La carta manuscrita de Peabody tiene membrete de Groton School. Peabody describe al modesto Francis como un “swagger man” que sin duda se hará rico en “Porto Rico”. Informa de obras en Groton (una nueva torre, un ala restaurada) sin pedir apoyo, pero con el gasto detallado. Expresa cierto desagrado ante la prolongada guerra de Filipinas. No soy anti imperialista, escribe, pero la idea de que esos miles de miserables crean que están luchando por su patria, va “against the grain”. Invita a Francis a visitar una casa de playa que construye en North Haven “as you pass though Fox island thorough fare on your way to the houses of (illegible) at Mount Desert.“  Le recomienda que no se perpetúe en el exilio. Mejor conformarse con una fortuna sustancial, sin excesos.  Peabody sobrevivió por décadas a su amigo Francis. A los 84 años de edad, tras apenas cuatro lamentadas horas de sueño, pues tiempo dormido le parecía tiempo perdido, se levantaba temprano para escuchar las transmisiones radiales de los discursos de Adolf Hitler.
También tuve en mis manos la carta de William H. Hunt, segundo gobernador civil yanqui de Puerto Rico. Tiene fecha del 14 de septiembre de 1901 y va dirigida a Francis Dumaresq, No. 35 Broad Street, Boston.  El gobernador menciona que tanto él como su esposa echan de menos al amigo, que hacen votos por la recuperación de su salud y que les alegraría su regreso a la isla, lugar de amargas y frágiles victorias: “Vuelva y trataremos de tener otro invierno agradable, a pesar de la inmensidad de la tarea que enfrentamos”. 

sábado, 14 de enero de 2017

These people





El 5 de noviembre de 2016 llegué a Boston. Era el día acordado meses antes con una de las archiveras del Boston Athenaeum. Llegué tarde al tope de Beacon Street. El portero y mayordomo me miró como se mira a un ejemplar bárbaro de especie aborrecida con rencor profundo. Me ha pasado en otros lugares; cambian los tonos y estilos. Habrá más de un factor, además del color de piel: el descuido al vestir, la falta de maquillaje, la pobreza de la ropa, el desgarbo, el acento. Sobresalta el racismo que se expresa abiertamente frente al inspirador del desprecio, como si el espécimen no estuviera presente o no entendiera la lengua del racista. Me pasó poco antes de entrar a la sala de partos en Belleville, New Jersey, cuando me adelanté unas semanas y la enfermera de admisiones le dijo al médico: “these people never know when they are due.” Me pasó en alguna clínica familiar o free clinic en Los Angeles, donde despachaban pastillas anticonceptivas previo examen ginecológico. Recuerdo cómo se explayaba el médico ante su aprendiz sobre las características raciales de mis genitales. “These people”. Me pasó en un diner de San Francisco. No nos atendían, nos levantamos, y, cuando salíamos, la mesera dijo para que la escucháramos bien: “these people should know their place”. Con las latitudes cambian las actitudes y los contextos. Recuerdo, en Buenos Aires, el desprecio con que me sirvieron en un restaurante chino, hasta que dije que era puertorriqueña, es decir, US citizen y residente de un territorio donde abundan las fondas chinas. Entonces la actitud cambió de hostilidad a sonriente diligencia. Creían, me dijo el mesero, que yo era colombiana. (Le conté lo sucedido a Susana Zanetti, mujer prudente y brillante. “Todos los pueblos son racistas”, comentó a la ligera, supongo que para repartir la fealdad del instinto).
Me pasó en el Boston Athenaeum. Cuando llegué tras un viaje larguísimo y una caminata igualmente larga, con zapatos incómodos, al tope de Beacon Hill, la archivera de turno no recordaba mi nombre y yo no recordaba el nombre de la bibliotecaria con quien, meses atrás, había coordinado la visita. "This woman does not know who made the appointment", comentó el mayordomo, haciendo suya la poderosa calidad del racismo que alude a la criatura despreciable sin dirigirse a ella. Intervino un joven alto, blanquísimo como las estatuas que adornan el vestíbulo del Athenaeum, de una generación más fría que la del apasionado portero. Con mi pasaporte USA en la mano, el  muchacho buscó en una pantalla y encontró mi nombre. No solo lo encontró, sino que cerró el encuentro un broche irónico. En el registro constaba que alguien me había otorgado una distinción: Marta Aponte Alsina era socia del Ateneo. Si es socia puede entrar donde quiera, dijo una mujer que conversaba con el mayordomo sus desacuerdos furibundos con las ideas de un conferenciante. Sí, puede subir, pero no a donde quiera, porque no es realmente socia, no es cierto que sea socia, insistió el mayordomo. Después me enteré de que el señor, además de racista, ha sido grosero con quien no parezca un Boston blue blood, blanco o no.
Fui al baño. Al salir tomé una foto del viejo cementerio. El mayordomo no me miró más, seguía hablando con la mujer rebelde. Bajó a buscarme la archivera del Olimpo.


El cálculo errado de las distancias sumado al trance del permiso acortó tanto el tiempo de la visita que una mujer más sensata le hubiera pegado fuego al Ateneo de Boston. No soy esa mujer sensata. Subí, me dejé seducir por el espacio, las hileras de lomos de libros, los estantes de madera oscura, la espléndida luz otoñal. Solo pude ver algunas cartas, fotografías, álbumes. Como quien tiene que hacer minería en unos segundos y se ve obligada a confiar en el azar, aprecié la caligrafía, las flores secas. La cortesía de la archivera no abrió cicatrices. No recuerdo haber recibido antes esa especie de cortesía. Debe ser la que solo reciben los muy ricos. Eficiente y precisa, pero cordial, se adelanta a responder preguntas y a solucionar problemas antes de que la mujer rica, la patrona, termine de formularlas. Gracias a ella encontré o creí encontrar uno de los tonos que buscaba.



domingo, 27 de noviembre de 2016

Francis Dumaresq





 Para Richard Rosa

Los varones bostonianos de buenas familias y rentas modestas se formaban como abogados, contables, médicos o ingenieros. Los varones bostonianos de buenas familias herederos de grandes capitales no tenían la obligación de llevar libros de contabilidad ni expedientes legales. La idea de la buena familia como refugio del varón bostoniano abrumado por el turbulento mundo de los negocios es de Henry James. O quizás no, pero la leí en un libro suyo.
Francis Dumaresq se graduó de abogado en 1875. Es poco lo que sobre él se divulga en el primer informe de su grupo de ex alumnos de la Universidad de Harvard. “Spent some time abroad after graduation; engaged in mercantile pursuits at present in Boston.” Otros condiscípulos ya se habían distinguido más que Francis, entre ellos Jesse Walter Fewkes. Doctorado en 1877, Fewkes estudió zoología en Leipzig, y fue aprendiz de investigador de campo bajo la dirección de Alexander Agassiz en Cayo Hueso y las Bermudas. Formó parte del conjunto de estudiosos que arribaron a la isla poco tiempo después de las tropas invasoras. En 1907 publicó  un estudio fundacional: Aborigines of Porto Rico and Neighboring Islands.
En los primeros informes de la clase de 1875, las necrologías de los estudiantes prematuramente fallecidos ofrecen más detalles que las noticias de los vivos comunes. El anuario los embalsama en un compás de juventud eterna, diezmados en la flor de la edad por enfermedades pavorosamente contagiosas: pleuresía, tuberculosis, fiebre gástrica.
En algún informe se comparan los jóvenes de la clase de Dumaresq con alumnos de otras clases, no ya por sus ejecutorias académicas sino a partir de rasgos antropométricos: las estaturas – la altura promedio 5 pies y 7.6 pulgadas; el alumno más bajo medía 5.2,  el más alto 6.327– las magnitudes de bíceps y tórax. No hay marcadas diferencias entre los indicadores corporales de la clase de 1875 y las cifras de clases de años anteriores. 
Dumaresq obtuvo un segundo premio en oratoria. A sus datos se suma una dirección postal: al cuidado de Mr. Henry W. Nelson, City Exchange, Boston. 
En 1905 se publicó el octavo informe de la clase. Al fin, valga la redundancia, la vida de Dumaresq se cuenta en sus páginas con los pormenores propios del género necrológico: 
"Hijo del capitán Phillip y de Margaretta (De Blois) Dumaresq, nació en Roxbury, Mass., el 19 de julio de 1854. 
Se preparó para su ingreso en Harvard en la escuela latina de Boston. Después de la graduación y un viaje al extranjero, se hizo hombre de negocios en Boston, siendo al momento de su muerte un miembro de la firma de DeFord & Co. La empresa comercializaba azúcar sin refinar. Cuando Puerto Rico se adhirió (sic) a los Estados Unidos, la firma estableció una gran plantación y una central (Aguirre) para extraer el azúcar de la caña cultivada en la plantación y en terrenos circundantes. También estableció oficinas bancarias en San Juan y Ponce, y fue nombrada Agente Fiscal del Gobierno de Estados Unidos en la isla.
Quebrantada su salud, Dumaresq se sometió a una operación quirúrgica en octubre de 1901. La operación como tal tuvo éxito, pero no dio con las causas de su enfermedad. Debilitado, aunque sin experimentar grandes sufrimientos físicos, murió en Brookline, Massachusetts, el 23 de febrero de 1902. En 1905 se instaló un vitral en su memoria en el presbiterio de la Iglesia Episcopal en San Juan, Puerto Rico, costeado por sus compañeros de clase y otros amigos.”
(Brevísimo pasaje de la novela que escribo sobre la PR 3 y la central Aguirre.)

Primeros párrafos

Recuerdo cuando recibí el envío de mi sobrina. Leí su letra en una nota breve: quizás me interesaría conservar aquellas cartas. No pensé en ...