viernes, 31 de diciembre de 2010

La piel de la nostalgia


Ángel M. Aguirre, La piel de la nostalgia, Obsidiana Press, 2010

Los libros se dejan leer en el momento propicio. Hace casi un año recibí La piel de la nostalgia, de Ángel Aguirre, a quien conocí en la Sala Zenobia y Juan Ramón Jiménez, entre los recuerdos del poeta, custodiados por el simpático y brillante Ricardo Gullón y la juanramoniana más ferozmente leal del reino, Raquel Sárraga. Leí La piel de la nostalgia, me atrajeron las fotos, la poesía sincera, coloquial, directa, pero ahora que este año de profundas conmociones está a punto de largarse, encuentro el momento propicio para la lectura intransferible, esa que me corresponde, cuando los libros leídos se funden con los objetos y espacios personales. Este libro se me ofrece como una capilla de altares a los muertos y una inocente y altiva declaración de repudio a la muerte. En las últimas horas de un año que termina con la muerte de otro poeta, Fernando Cros, encuentro en el claroscuro de sus altares un espacio reconocible.

Altares de una capilla desaparecida, de la que quedan las fotos de seres retratados en vibrantes momentos de belleza: la imagen del propio autor niño, la de su prima, las de su tía abuela y sus tías. Esos altares que Ángel levantó en honor de sus muertos me guiaron hacia una lectura pendiente, la del cuento “The Altar of the Dead”, de Henry James, y al recuerdo de una película de Truffaut, La chambre verte, sugerida por el cuento de James.

El protagonista de James dedica su vida a la muerte, es decir, a recordar a sus muertos. En una iglesia oscuramente evocada por el narrador –en el caso del filme de Truffaut en la capilla de un cementerio- mantiene encendido un infierno de velas votivas, cada una en memoria de alguno de sus muertos. Solo falta el amigo más entrañable, a quien no le perdona una traición. No recuerdo el final del filme pero el cuento de James apunta a una reconciliación con el espíritu del adorado enemigo y con la muerte propia, y a una continuidad de la tradición del culto de los muertos.

Un final macabro y gélido, que contrasta con el carpe diem que a manera de “Fórmula para ahuyentar la saudade”, cierra el libro de Ángel Manuel Aguirre. Porque un carpe diem es siempre una invitación al olvido, un reconocimiento de la otredad infranqueable de la muerte y una exaltación de la vida; no de una vida sola, sino del aliento compartido por las especies vivas. Así leo el libro de Aguirre, y las velas votivas dedicadas a sus muertos, como un brindis por la vida nueva. Despido al año terrible de 2010 con unos versos suyos:

Vivir en un mundo
callado y cerrado
y oscuro de niebla
donde no haya gente
ni blanca ni negra,
ni ciega injusticia.
Donde no haya amor,
odios ni prejuicios,
ni tampoco madres
ni tonto egoísmo.
Ni espejos ni lunas
de absurda ternura.
Tan solo mis huellas,
mis huellas desnudas,
perdidas, a tientas,
por nueva orillas.
¡Qué dicha, la vida!
¡Mi vida, qué dicha!

jueves, 16 de diciembre de 2010

Luis Fortuño Burset, novela por entregas: capítulo 6


En el capítulo final de Do androids dream of electric sheep?, la novela de Phillip K. Dick, el héroe exterminador de androides duerme. Su mujer aprovecha el largo descanso del guerrero para servirse una taza de café caliente, negro y aguado.

El libro se presta para todo tipo de abusos, como los del guionista de Blade Runner, que apenas retuvo una sombra de la deliciosa pesadilla de Dick. Sigamos abusando, pues, y digamos que Rick Deckard, el cazador de androides, despierta de su largo sueño en una cama de pilares, en el Palacio de Santa Catalina. Lo sorprende el ronroneo de un gato persa. El olfato de Rick, debilitado por la rara empatía que le provocara la destrucción de seis ejemplares de la serie Nexus, le indica que se encuentra en una guarida de androides: seres inhumanos condenados a cuatro años de vida. Por su constitución celular, los androides son incapaces de renovarse.

El gato mira al matón con ojos zalameros –los gatos, cuando no son ariscos, son zalameros- da un salto y regresa de inmediato en compañía de un hombrecito delgado de abundante cabellera negra. Rick se levanta con suspicacia. El hombrecito se acerca a la cama y le extiende la mano.

-Welcome to La Fortaleza USA.

-Gracias -contesta Rick, que ha sido traducido a muchos idiomas. Como humano de ficción está programado para responder automáticamente en varias lenguas.

-Ah, qué bien, habla sin acento -comenta el gato con un ronroneo. -I said that you speak without an accent.

-Mais pas vous bien sur -contesta Rick disparatadamente.

El flaco no pierde el tiempo. Le comunica que es el gobernador de Puerto Rico, Estados Unidos de América, y que lo ha despertado de su sueño para que, con los rayos de su pistola laser, escarmiente a los terroristas estudiantes de la Universidad de Puerto Rico.

-Yo solo elimino androides. Soy humano, matar humanos me es ajeno -contesta Rick Deckard. -De hecho, ya ni siquiera podría matar androides, me dispiace. He descubierto que también los androides tienen derechos.

-Derechos my ass -comenta el gato.

-Nadie, pero nadie, tiene derecho a subvertir el orden –dice el flaco con los ojos húmedos y voz de santo.

-Mmm, musita Rick. Piensa: “Ya es tiempo de despertar. Los exabruptos de ma femme y el café aguado son menos aburridos que este tipo de androide subnormal. Es un modelo muy atrasado, de esos que cantan una sola nota hasta que alguien les programa otra. Ya no los fabrican, pero hay muchos sueltos. Tampoco hay que tenerles pena, son dañinos. Cautela, Rick Deckard.“

Cierra los ojos. Al abrirlos todavía los especímenes están ahí. El flaquito y el gato lo miran con la expresión entre desdeñosa y vacía de quienes se criaron esquiando en Colorado, retratándose con Goofy en Disney World y jugando tennis en el Caparra County Club.

-Bueno, si quieren hacemos un trato. Yo me encargo de los estudiantes, pero primero les limpio este lugar. Me huele que está lleno de androides.

-Te lo dije, Luis –gritó el gato. Esto está lleno de espías de Jennifer y Tommy. Se les nota al vuelo en lo cafres que son.

Rick saca el pistolón laser. Lo empuña con las dos manos y apunta al piso reluciente. Busca en los armarios, husmea debajo de la cama. El flaquito y el felino observan embelesados. De pronto, Rick los encañona. Gritan.

-Cristo amado, have you lost your mind?

-Los únicos androides que turban mi sueño son ustedes dos. Ni siquiera son divertidos. La autora de esta serie debería matricularse en una escuela donde le enseñen a escribir guiones. Adiós, infames.

El flaquito y el gato se abrazan, se hincan, rezan implorando la intervención del beato fundador del Opus Dei.

Rick Deckard dispara.

Del cañón de la laser sale un holograma del Rudolph the Red-Nosed Reindeer con aureola de centellas.

-Jesus Christ, Luis, esto debe ser una broma pesada del caballo Romero. Ese hombre te odia.

-Ave María, Marcos, no digas eso -dice jadeante un hombre peliblanco de malos cascos. –Yo que les traigo una musiquita navideña y tú me sales con esa grosería. Ay deja eso, chico, ¿qué esperabas, que te trajera flores? Perdona, sae.

Rick Deckard se debate entre una visión profética y la insistente música de una parranda acompañada con güiros, panderetas pentecostales y latas de sopas Campbells:

Por fin llegaron, las Navidades
Everything about me has become unnatural
Las fiestas reales de Borinquen
It´s time to go home
Un lechoncito en su vara y ron pitorro
Maybe, after I´ve been there a while
Que no me da la gana
I´ll forget.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Podrán cortar las flores, pero no la primavera



(Consigna en la marcha del 12 de diciembre de 2010. 10,000 personas se manifestaron en defensa de la Universidad de Puerto Rico y de la educación pública. Fotos de Paco Vélez Quiñones.)

sábado, 11 de diciembre de 2010

El rastro del caimán



El rastro del caimán, de Bernardo Marqués
(San Juan, Terranova, 2010)


Un libro se puede leer como se leen las huellas de un crimen. Un libro se puede descifrar como se descifra una adivinanza. Un libro se puede interpretar como se interpreta una radiografía. En el fondo de un libro siempre hay un nido de enigmas, y unas claves para acceder al corazón de los enigmas, porque un libro es mucho más que un reguerete de palabras. Es el regalo de entrada a un mundo que no existiría sin él.

Las formas de leer están muy codificadas. Son incontables los libros publicados, pero escasas las innovaciones formales en el género de las ficciones. Italo Calvino escribió hace años que la más reciente invención en el género cuento la hizo Borges, y que era la siguiente: Borges se inventó a sí mismo como narrador. Con esa aparente exaltación de la vanidad, provocaba, con premeditación, el efecto contrario: quitarle a la voz del narrador los residuos de confiabilidad que todavía arrastraba por influencia del realismo literario. Además reivindicó la grandeza de un género chico. Al escribir cuentos que eran resúmenes de novelas, de grandes bibliotecas, incluso de universos, resaltó la capacidad que tiene un gran cuento para incluir la ilusión de una totalidad en una nuez.

Cuando se trata de un libro de cuentos como El rastro del caimán, son más de una las posibles entradas en esa forma, en ese objeto que con frecuencia se nos impone con un aire de familia, pero que a veces, por suerte, cuando el libro forcejea con las estrictas imposiciones del género cuento, nos desconcierta. Apelando a la biografía, los que tenemos el privilegio de conocer al autor, podemos vincular el libro con algunos datos de su persona. El autor es médico, de modo que se le podría comparar con otros médicos escritores. Puesto que estamos en la Navidad y ya se oye el murmullo de una brisa suave en los aires frescos (y el barrunto de aires ominosos en un clima político donde no se respetan ni las ideas ni las buenas tradiciones) cabe mencionar el Álbum puertorriqueño, que recogió prosas y versos de un grupo de estudiantes de medicina en Barcelona. Ese álbum fue una respuesta al Aguinaldo publicado en San Juan en 1843, y que se proponía, con agudeza comercial, como: “un libro enteramente indígena que por sus bellezas tipográficas y por la amenidad de sus materias pudiese dignamente, al terminarse el año, ponerse a los pies de una hermosa o en signo de reconocimiento y de cariño ofrecerse a un amigo, a un pariente, a un protector, reemplazando con ventajas a la antigua botella de Jerez, el mazapán, y a las vulgares coplas de Navidad de nuestros abuelos”.

Quien quiera encaminarse por esta lectura de reconstrucción histórica podría seguirles la pista a los médicos escritores del país, desde Manuel Alonso, Manuel Zeno Gandía y Cayetano Coll y Toste, hasta José Rabelo, Manuel Martínez Maldonado, Eduardo Santiago Delpín y Eduardo Vallés. Dejaré al rescoldo esa posibilidad de trazar relaciones entre la escritura y el ojo clínico, aunque podríamos decir, entre médicos te veas, e invocar al narrador italiano Primo Levi, que era químico e hijo de ingeniero, pero se paseó entre médicos. En un cuento de Levi, un médico joven habla “de las manías obsesivas que tienen los médicos después de cierta edad”. El personaje de Levi, se refería a los "mnemagogos" el invento de un médico mayor de pueblo chico. El invento consistía en una fórmula para aprisionar aromas que estimulaban la memoria con una precisión ajena a la imagen visual. Uno de los cuentos más sugerentes de El rastro del caimán, se llama “El lector de sombras”, y cuenta la historia de otro invento, el ferdiscopio, una máquina que enriquece la percepción mediante la eliminación y control de los colores, y que se dedica a un fin siniestro.

La presencia de lo siniestro, lograda en el suspenso sostenido de algunos cuentos del libro, crea una atmósfera amenazadora en los mundos inestables que aquí se construyen, y nos acerca a otra posible lectura: la que encuentra en los libros unos ejes, unos patrones, unos motivos recurrentes. Sobresale en el libro de Bernardo la descripción de recintos cerrados. En algunos la felicidad es posible gracias al arte, a la inocencia, al ejercicio de la sexualidad sin trabas, a la sustitución del consumo por el placer sin precio. El “Nido de cartón”, una fantasía erótica, traslada el hábitat del deambulante de la calle al supermercado. En esta sociedad fragmentada por el asedio de la estupidez, el paraíso se concibe bajo la apariencia no ya de una biblioteca sino de una megatienda en el reino de la abundancia. El Adán de este relato es un artista; su Eva, reina por unos días.

Los paraísos de El rastro remiten a los orígenes, a la desnudez, a la naturaleza, al arte, a la sexualidad, a la amistad. El paraíso se inicia bajo la tutela del abuelo, que frecuenta a trabajadoras del sexo y convierte en versos transacciones que un escritor naturalista trataría con crudeza. No así el abuelo de “Correo etéreo”, que escribe cartas de amor cortés a sus damas. El narrador es lector de palabras. Apuesta menos a las tremebundas admoniciones de un Zeno Gandía que a la literatura de la imaginación; se acerca más a la escuela de un Juan José Arreola, que no se ganaba la vida como médico, sino como hombre de libros, literalmente, pues era encuadernador y editor.

Los paraísos no lo serían sino tuvieran como contraparte al enemigo: la violencia en todas sus formas fascinantes y terribles. En El rastro del caimán se representa el sórdido patetismo de la destrucción. Ejemplo de ello es “El nuevo creyente” un cuento de humor negro donde el aspirante a suicida se percata de que la forma de suicidio escogida no se presta para haber guardado en el bolsillo sus últimas palabras. La escritura es también exorcismo de la violencia que marca la historia familiar del autor, desde situaciones muy íntimas hasta el fusilamiento del otro abuelo, en la Guerra Civil Española, en la Mallorca oscurantista retratada por otro escritor que fue también médico, Llorenc Villalonga, en una novela admirable, La muerte de una dama, publicada en 1931, y recién editada en traducción al castellano por Veintisiete Letras.

Esa podría ser otra entrada, la más cercana a mi propia experiencia. La escritura como pago de deudas familiares, frecuente en este país de instituciones precarias, donde tantos objetos del patrimonio material y anecdótico siguen en manos de familias y de coleccionistas, y la pedagogía de la historia es siempre frágil, sujeta a la politiquería insultante y al absolutismo del poder imperialista. Entonces recae sobre los escritores el deber de rescatar del olvido esa herencia familiar y por lo general el primer libo propone un acercamiento a esa misión difícil. Y quizás por eso es frecuente esa figura del escritor que comienza a publicar en su madurez, porque tampoco es fácil escribir en medio del ajoro que ya percibía otro hombre de ciencias, el farmacéutico, Tomás Blanco, en los años cincuenta del siglo 20. Este es un país fascinante, que hay que decir y escribir, pero que no se deja ver fácilmente ni ofrece, a causa de nuestra propia torpeza, en buena medida, los espacios despejados que sueltan la mano del escritor: ciudades habitables, caminables, tertulias, conversaciones, crítica abundante, debates fértiles.

Otra lectura, muy cercana a la del libro como pago de deudas familiares, es la que define a un primer libro como paso necesario para abrir compuertas. El libro que hoy celebramos es, en efecto, un dechado de posibles escrituras, de diversos espacios, que se completa con reflexiones breves. Una de las más hermosas es “La antigua pluma Schaeffer”, que fluye como si de algún modo el mandato de la escritura fuera dar voz a la madre que hubiera querido escribir. Otra es la que bordea el impulso ético del arte en el breve “El rastro del caimán”: “Él Caimán sabía de la abundancia por las muestras que de ella llenaban diariamente su saco. Yo sabía de la carencia por el hambre que veía en sus pupilas, y por aquella generosidad tan suya que sólo se le da bien a quien no tiene nada”.

Para mí, y sé que para otros lectores, las posibilidades de lectura que admite un texto son la medida de su riqueza. Los libros más ricos son los que no se agotan en una lectura; los que se transforman con el paso de la luz y de las sombras. Esos lectores encontrarán en El rastro del caimán un regalo navideño que remplace con creces y buenas razones al plasma tv y los “gift cards”. Los invito a leerlo, e invito al autor a que no descanse hasta explorar los filones que anuncia. Hacen falta escritores que sean, ante todo, lectores; que abran galerías entre la sociedad y la sensibilidad, que saquen a la luz sus riquezas interiores.

Marta Aponte Alsina, La Tertulia, 11 de diciembre de 2010

viernes, 19 de noviembre de 2010

Entrevista con Lolita Bosch


“La filosofía debe servir para ir a comprar el pan”: entrevista con Lolita Bosch

por Marta Aponte Alsina

Lolita Bosch, la escritora prestigiosa que nació en Barcelona en 1970, y ha vivido mucho tiempo en México, Estados Unidos y la India, es la misma Lolita Bosch que no sólo lee vorazmente, sino que vive en los libros y los abre y los comparte como si fueran espacios públicos. Porque es una mujer de conciencia, motivada por una convicción personal: “el arte salva”. Con esa certeza arraigada en sus vivencias, propone iniciativas transformadoras.

Esta Lolita me regaló una hora entre sus múltiples ocupaciones cotidianas (un taller de novela; la escritura que la ocupa, y que es su trabajo). Con intensidad, hablamos de tres proyectos: el recién concluido Fet a Amèrica, encuentro de novelistas latinoamericanos en Barcelona; el blog “Nuestra Aparente Rendición”, una respuesta a la violencia en México; y una iniciativa que promueve la formación de bibliotecas en comunidades e instituciones en América Latina.

Primero, el encuentro de novelistas convocado por un grupo de lectores, el Colectivo Fu (así llamado porque fu es un fonema común a todas las lenguas), que en esta ocasión, además de Lolita, contó con el trabajo de María Fernanda Álvarez, Beatriz Patraca Dibildox y Paz Balmaceda. María Fernanda y Beatriz, además de ser muy jóvenes, son editoras y lectoras apasionadas; Paz es una crítica chilena más joven aún. Tiene 25 años y mucha inteligencia. Logró armar en dos meses un libro de entrevistas con los escritores participantes: 18 escritores: la novela latinoamericana contemporánea (Editorial Barataria, 2010).

Le pregunto a Lolita qué impresiones se lleva del encuentro de novelistas que estuvo motivado, según leía la convocatoria, por la curiosidad y la ignorancia:
-Menos ignorancia y más curiosidad. La idea era, no tanto traer a gente que nosotros ya conocíamos o que los lectores ya conocían, sino que basándonos en nuestra curiosidad literaria, y partiendo de que la mayoría de las cosas no las conocemos, empezamos a buscar autores. Cada autor aportó sus lecturas, una cantidad de nombres que queremos leer, y sobre todo su literatura nacional. La curiosidad no era tanto por conocer autores, sino por ver nuestro idioma, que creo es lo único que tenemos en común, porque venimos de tradiciones muy distintas. Compartimos lecturas mastodónticas. Nadie puede escribir sin haberse leído a Rulfo y a Faulkner, por ejemplo. Es la tradición literaria de la humanidad. Pero, sí que cada uno conoce sus literaturas nacionales, esto era importante. Luego, por otro lado, la curiosidad era ver hasta dónde es capaz de llegar el español, es decir, qué es capaz de hacer el lenguaje.

-¿Qué distingue a este encuentro de escritores?

-Buscábamos gente que se atreviera, es una frase de Deleuze, a violentar el lenguaje. Gente que se atreviera a tener una relación muy íntima, casi física con el lenguaje. No es tanto un rasgo generacional. Lo que a mí me interesa en la escritura es una relación casi orgánica con el lenguaje. Una de las escritoras que más la muestra es Marosa Di Giorgio. Creo que la nueva generación quiere hacer ver que hace esto, que es su proceso vital, pero no lo es. No tiene que ver con generaciones, tiene que ver con el respeto y el miedo y la reverencia que uno le tenga al lenguaje.

-¿Es eso lo que tú te llevas y lo que se llevan los organizadores, un poco corroborar ese dato, eso que estabas buscando, la existencia de este tipo de escritura, el hecho de que cruce generaciones y países?

-Por un lado me gusta ver que este tipo de escritores puedan hablar entre ellos. Son escritores que suelen estar mucho más aislados.

- Los raros…

- Los orgánicos, diría yo. Los que tienen esa relación íntima, orgánica, mineral, con el lenguaje. Es distinto verlos reunidos. Normalmente en un congreso te encuentras uno o dos. El resto es lo que yo llamo escritor espectáculo, que a mí me molesta mucho es lo que sueles encontrar en los congresos. Poner en comunicación a dos personas inteligentes, escucharlos, es un placer, esto a mí me emociona. Y luego creo que le hace mucho bien a la literatura. Hemos recibido cartas y correos personales diciendo “gracias por traer a esta gente, qué alegría saber que la literatura sigue siendo un arte respetado”. Hay muchos lectores para escritores de este tipo, creo que hay muchos.

-¿Sí? ¿Cuántos?

-Pues en Barcelona se calcula que 10,000. Se calcula que la población que consume buena literatura, buen cine, buen teatro, son los mismos 10,000 que siempre van a todos sitios.

- Ustedes son como un movimiento “de base”: María Fernanda Álvarez, Beatriz Patraca Dibildox, Paz Balmaceda. Son pocas, no tienen vínculos institucionales.

- Yo funjo como lectora total, nos gusta mucho leer, y es una pasión que compartimos. La curiosidad y el gusto de lectura son muy similares.

- Tienes muchos intereses y has publicado mucho en los últimos años.

- Sí, he publicado muchas cosas que escribí en México.

-¿Ahora mismo hay un proyecto que te atraiga más?

-El blog “Nuestra Aparente Rendición”. Escribo cada día religiosamente, hasta las dos de la tarde, es como mi trabajo. Pero yo, que crecí en México en los años hacia el final del PRI, noto la diferencia. En México los intelectuales son los que hacen la función de faro público: la UNAM, Villoro, era Monsiváis, Margo Glantz. Esa misión, que aprendí allí me importa mucho: la función política del escritor politizado, socializado. No tiene por qué estar en su trabajo, en mi trabajo yo diría que no está, pero sí en la responsabilidad social; sólo porque tengo el privilegio de tener más voz pública que mucha gente.

-Esa función también entra en contradicción con el escritor "de moda", que se empaca como un producto.

-Y es coyuntural y efímero. Pienso que el papel del escritor en América Latina es realmente muy importante. Yo estudié filosofía y literatura. Me interesa tanto la literatura como el pensamiento. La literatura casi como filosofía. Adorno decía que la filosofía debía servir al final, para ir a comprar el pan, no para sentarse en un aula de la escuela de Frankfurt, sino para llegar a comprar el pan. Creo que la literatura puede servir para eso, y en países de América Latina mucho más. Entonces hay proyectos que son concretos y útiles. Por eso me interesa el Colectivo Fu. Fet a Amèrica es un proyecto útil: sube el listón de los lectores, crea cultura, crea diálogo.

-Antes de entrar en los pormenores del blog háblame sobre el proyecto de las bibliotecas, otra iniciativa del Colectivo Fu.

- Les pedimos a tres lectores muy buenos que nos dijeran -pregunta difícil- cuáles son los 300 libros que una buena biblioteca debería tener. Les pedimos que los pensaran para un lugar en el que un libro pueda, de verdad, cambiarle la vida a alguien. El primer lector fue Juan Marsé. Juan nos hizo una lista entrañable, a mano, de los 333 libros que él creía que debía tener una biblioteca de prisión de castigo en Colombia, La Tramacúa, y nos ayudó a hacer unos itinerarios de lectura. En esa cárcel los presos tienen derecho a pasar de una a 13 horas en el patio. El resto del tiempo, de 11 a 23 horas, están aislados. Hemos conseguido que se abra un programa llamado Libroterapia, y hemos recolectado el doble de los libros que pedíamos. El proyecto se llama “Libros para la Tramacúa”. Tramacúa, en el lenguaje de esa zona de Colombia significa gigante. Es una prisión muy grande. El plan de lectura es el mismo para los miembros de las FARC, para paramilitares, para bandidos, para narcotraficantes.

-¿Entonces los libros van acompañados de un plan de lectura y van a tener recursos relacionados en las prisiones?

-Yo voy a acompañar los libros para asegurar que entran y se quedan y luego nos han dicho que los mismos presos los podrán gestionar, y que todos tienen derecho a unas hojas para seguir su plan de lectura. Es mucho en la vida de ellos. Los de las FARC tienen penas de diez años, los paras tienen penas muy largas, los narcos menos.

-¿Hay otras bibliotecas en formación?

-Le hemos pedido a la editora de SM en catalán que haga una selección de libros para la Fundación Lydia Cacho para mujeres maltratadas y niñas que han sido vendidas para la prostitución. En México, en Ciudad Juárez y Cancún, Lydia Cacho, una mujer muy valiente, periodista y escritora mexicana, ha hecho un refugio para niñas que fueron vendidas, cuya virginidad fue vendida, y para mujeres maltratadas y sus hijos. La tercera biblioteca, cuya asesoría ya recibimos y que finalmente será un programa de alfabetización que hizo Cuba, es para una comunidad indígena en el Perú, donde aprenden a escribir con un palo en el suelo, porque no tienen papeles.
A Lolita le interesa organizar un encuentro de escritores que escriben en catalán con escritores de América Latina. Será, como todos los encuentros que ha organizado el Colectivo Fu, un proyecto pequeñito. Hay mucha gente dispuesta a trabajar “por amor al arte”. Para colaborar con el Fet a Amèrica llamaron muchos estudiantes. Según Lolita hay mucha gente así en el mundo.

-En el anterior encuentro Fet a México trabajamos más de 200 personas. No cobra nadie, nada, ni un peso. Pero es muy gratificante saber que la literatura es buena, que hay escritores que se la toman muy en serio, y que sirve. Que le sirve a un preso, que te sirve a ti, que sirve a gente tan dispar como un niño de una comunidad en el Perú y un preso paramilitar de Colombia.

-Pienso que es una respuesta al nihilismo de los tiempos. Se trafica con los módulos del mal y se escribe mal. Pero no siempre se hace buena literatura del mal. Ni se piensa en qué hacer para combatir la injusticia.

-Eso es ser cara dura. Alguien que ha visto un niño salir de una alcantarilla para pedirte un pan y no hace nada es una mala persona. Todo eso genera un problema moral sobre la posibilidad de discernir entre lo que está bien y lo que está mal. Para comprender tienes que ver el espectro, profundizar en algo.

-Sobre el blog “Nuestra Aparente Rendición”, en particular los escritos que se incluirán en la sección “Mapa Latinoamericano de Nuestro Futuro”, has solicitado a escritores de diecinueve países que escriban sobre la violencia en sus países y cómo se la enfrenta. ¿De qué sirve que la gente lo lea?

-De mucho, creo. Para un niño que está en Tamaulipas y acaba de ver cómo matan a 72 personas, que alguien en Ecuador se preocupe por lo que le está pasando, sirve mucho. Un amigo me decía “es que yo ahora tengo una crisis” -que ojalá tuviera más gente- “de qué hacer, cuál es el papel del escritor en este salvajismo que estamos viviendo en México”, donde hay tribus de sicópatas sueltos.

-Eso tiene que ver con lo que decías antes sobre las bibliotecas: el sentido que tiene para alguien leer, y leer ficciones, incluso en condiciones extremas. El sentido que tuvo para escritores que estuvieron presos, como Miguel Piñero o Jean Genet.

-Pero no sólo esto. La literatura sirve, no es sólo un entretenimiento estético burgués. El arte salva y de esto estoy convencida. El poder aglutinador y total del arte, salva. Por ejemplo, ha venido un amigo colombiano a punto del llanto y me ha dicho “estos son libros para La Tramacúa. A mí me cuesta, esa gente a quienes les van a llegar los libros mataron a mi tío y para mí es un esfuerzo muy bestia hacer esto”. Y yo le decía, “es mucho mejor hacer esto que quedarte en casa pensando mataron a mi tío”. Alguien tiene que empezar a perdonar, a dialogar.

- A dejar de lamentarse o regodearse ante la visión de un mundo de las postrimerías, del final de la especie como algo inevitable.

-Fíjate que ayer releía el discurso de García Márquez, sobre la soledad de América Latina. Dijo, “hace cincuenta años vino Faulkner a este mismo escenario y dijo: me niego a aceptar la rendición del hombre”. Yo también, yo soy de Martin Luther King. Si supiera que mañana se acabará el mundo hoy plantaría un árbol.

-La situación actual en México es la que te lleva a armar el blog “Nuestra Aparente Rendición”.

- Hay que hacer algo. Creo que es muy necesario reunir voces pensantes de México. Es urgente porque el país se está desmoronando. Lo peor es el colapso de la gente. Hace poco leí un informe que dice que han aumentado las crisis psiquiátricas en un veinte por ciento. Por un lado quiero reunir a las voces críticas del país, que hay muchas, que son amigos o amigos de amigos y los he podido ir convocando, y luego, proponer temas. Ahora quiero hacer en el blog esta sección llamada “Mapa Latinoamericano”, donde se publicarán los escritos de escritores latinoamericanos. Luego quiero hacer una sobre los niños y el Narco. Se cuentan 10,000 huérfanos en seis años y seiscientos niños asesinados. Creo que hay 14,000 niños trabajando para el Narco. Esto es una animalada. Mi idea es juntarlo todo en el blog y si de ahí salen otros proyectos, qué bueno. Hay situaciones históricas y México está atravesando una terrible que de verdad los que han tenido acceso y derecho a la cultura tienen obligación con los cincuenta millones de mexicanos que viven con un dólar al día.

Yo puedo aportar que conozco a mucha gente. Cuando empezó a sonar el nombre de Lolita Bosch pensé: “esto que la gente usa para adornarse yo lo usaré para los demás”. Es como poner el nombre público al servicio de un colectivo. Esa es mi idea.

(http://nuestraaparenterendicion.blogspot.com)

lunes, 11 de octubre de 2010

Un cuento


El trazo de tu canción


Un explorador blanco en África, ansioso
de seguir adelante con su viaje, pagó a sus porteadores
para que realizaran una marcha forzada.
Ellos se negaron a moverse.
Tenían que esperar a que sus almas los alcanzaran.
Bruce Chatwin, Los trazos de la canción



Detrás del mostrador una negra vieja enjuagaba copas. Harrry le estudió la cara, congelada en una expresión de asombro. Después, en el baño, la imitó con fidelidad ante el espejo, hasta que descubrió sus ojos azules bajo unas cejas de mujer aparatosamentre enarcadas. De vuelta a la mesa ordenó una copa de champaña e interrogó al mozo. Supo que la vieja se llamaba Jewel y que no tenía amigos.


Para conocer la ruta de Jewel esperó al cierre del Panama y la siguió hasta un edificio achacoso en la calle Fulton. La noche siguiente, cuando ella salió a trabajar, Harry invadió el apartamento. Sintió un escalofrío al rozar con las plantas de los pies las pantuflas deformadas por los juanetes de la vieja, antes de superar poquito a poco sus melindres para oler la tosca ropa interior doblada en las gavetas y liberar cierta ternura en plena comunión con los tubos de linimento y las fotografías alineadas sobre la cómoda. Pasó las yemas de los dedos por los pasajes subrayados en una Biblia de páginas endebles. Leyó las cartas guardadas en una caja de cigarros y copió con esmero la letra de la remitente hasta que logró una imitación perfecta. Cansado de husmear, se quedó dormido en la cama abollada, un sueño inquieto que ultimó justo a la hora en que la inminente llegada de Jewel lo obligó a huir con las alas del sombrero y las solapas del abrigo sombreándole la cara.


Esa misma semana Jewel recibió una carta. Su prima Ruby le anunciaba que se había establecido en Chicago y la invitaba a casa de los Green, una pareja de ancianos muy amables. Disfrutarían la vista del lago, la casa se encontraba en un lugar bellísimo. Los viejitos confiaban en Ruby. Apreciaban su inteligencia de empleada doméstica y le permitirían abrir la alacena para obsequiar entremeses exquisitos a su parienta.

El domingo siguiente los vecinos vieron que Jewel vestía su mejor traje, el verde con cuello de encaje, bajo el gastado abrigo de invierno. Llevaba el sombrero adornado con ciruelas y gorriones de papel maché.

En el autobús de Kenwood recorrió las calles del South Side. Luego caminó varias cuadras pasmada de frío hasta llegar a una casona alejada de las demás. Tocó la puerta con el nudillo del corazón. Tuvo la impresión fugaz de reconocer los ojos azules del joven mayordomo.

Tras un breve forcejeo casi cómico, Harry encerró a Jewel en lo que parecía la habitación más discreta de un hotel de lujo, un recinto decorado para el amor. Los cortinajes no ocultaban un ventanal con vista al lago de aguas congeladas rodeado de árboles esqueléticos. En ese cuarto sería servida con devoción por el niño blanco, que la abrumaba a fuerza de un cariño delirante y legiones de platos con nombres franceses. Cuando Harry salía de la habitación, se cuidaba de atarla a un pilar de la cama, tan espaciosa como el piso de la calle Fulton.

Él la animaba a comer y a charlar. Ella probaba sin ganas las salsas extrañas, enmudecida de espanto bajo el fuego azul de los ojos chocantes. De noche no la amarraba, pero el encierro era inapelable. Frente a la ventana no pasaba nadie; detrás de la puerta hermética Jewel adivinaba la existencia de un mundo silenciado como ella. No se oían más voces que la de Harry y el nervioso frenesí de cinco pájaros de especies distintas.

Se le ocurrió que la pasión del niño era una broma gigantesca. Si hubiera sido joven y hermosa, entendería la locura de un muchacho necio. Con el paso de los días, a medida que se acostumbraba a la rareza de su suerte, transitó del terror a la astucia. Si su secuestrador quería cuentos a cambio de manajres y una cama espléndida, ella lo complacería. No trataré de escapar, dijo una mañana cuando Harry, antes de salir rumbo a la universidad para aburrirse en una de sus clases de lujo, la despertó con el desayuno. No es necesario que me amarres, añadió, y de inmediato exterminó dos lascas de jamón, tres huevos duros, cuatro rebanadas de pan untadas con jalea de membrillo, dos cucharadas de caviar y una copa de champaña.

Entusiasmado, Harry olvidó su clase. Se sentó en el borde de la cama, a los pies de Jewel. Movido por la alegría del momento, confesó que era coleccionista desde que tenía uso de razón. Poseer cosas es mi vicio solitario, dijo. Ahora que soy un hombre de 19 años ya no me interesan los juguetes.

Estaba harto de secuestrar pájaros carnívoros, canicas manoseadas, volantines sagrados, libros escritos en lenguas muertas. Al momento coleccionaba personas, o más bien los cuentos de las personas.

Los trazos de sus canciones.

Cada persona es un hilo tramado en la red del universo, explicó con entusiasmo. Una línea melódica que discurre en cierta frecuencia. Cada vida insignificante evoca la totalidad de un conjunto de vidas. Los aborígenes australianos rehacen a diario el mundo volviendo sobre los trazos de las canciones de sus antepasados. Así mantienen siempre frescos los valles, los ríos secretos, las montañas, los desiertos. En esta ciudad americana, sin mitos ni rituales, algunas vidas se agotan en un escaso compás de relaciones. Otras forman parte de un continente de trazos.

Deseaba con delirio los trazos de Jewel. Empezarían esa misma noche.

A las diez, disfrazado con unos pantaloncitos cortos que dejaban al descubiertos sus regordetas piernas blancas, un casco de misionero jesuita en el Congo belga y un halcón vendado que hincaba las garras en un chaleco grueso, Harry, cuaderno en mano, volvió a sentarse a los pies de Jewel. Cuando le brotó el cuento, Jewel tembló; no sabía que había heredado de su familia de campesinos de Tennessee el don de contar historias.

Con lágrimas en los ojos dijo que su padre arrendaba unos terrenos dedicados a la siembra de papas, guisantes y maíz. Vivían en una cabaña mal calentada por una estufa de carbón defectuosa. A veces hacía tanto frío que Jewel y sus diez hermanitos se sorteaban cuál de ellos se levantaría entre sueños para avivar la leña. La madre ponía en una olla un trozo de tocino, lo ablandaba con guisantes, y esa sopa salada les mataba el hambre.

align="justify">Perdón, ¿puedo sugerirte un poco de humor?, interrumpió Harry. Podrías contar la pobreza aligerándole el sufrimiento. Hasta en la basura hay rayitos de sol. Jewel estuvo a punto de enmudecer, pero, amansada por la caricia de las sábanas de seda, concluyó que Harry tenía razón: si el dolor no trajera sus consuelos, ella misma habría elegido el suicidio.

Escarbando en los pocos edenes de su memoria recordó que el más pequeño de sus hermanos se negaba a empeñar el violín que le regaló un negro del vecindario. El chico violinista fue contratado para amenizar veladas en el burdel de Madame Zora. Detrás de él emplearon a Jewel. A los doce años la chica recibió sus primeras propinas y aprendió a mezclar tragos. Su blanda simpatía le permitía confundirse con el empapelado de la barra, escuchar las cuitas de todos, hacerse poseedora, en fin, de los secretos comunitarios. Jamás aburría a nadie, ya que nunca hablaba de sí misma, pero había acumulado un admirable repertorio de historias ajenas.


Con gusto contaría las más gratas.


En el burdel conoció a Shadow Morton, un pianista a quien le pagaban con dosis de morfina. Era el alma más delicada del planeta, tan conmovedora su música que Madame le rogó que pusiera freno a su don y tocara, al gusto del público, piezas breves y sensuales. Para quedarse dormido abrazaba a Jewel como a una perrita faldera, acariciándola con unos dedos colmados de anillos de vidrios de colores. Ella se sentía honrada. Aquel hombre no derrochaba sus humores con cualquiera. Por eso le indignó que acusaran al pobre de mirar mal a la hija del pastor blanco. El mal de ojo era un crimen tan terrible como la violación. Para evitar que lo lincharan Shadow escapó a Chicago.

Jewel también huyó una noche. Llegó a Chicago gracias a otros negros que la transportaron en sus camionetas y fue a vivir en una pensión situada detrás de la vía del tren, donde los niños, las ratas y las cucarachas colgaban como trapecistas de la escalera de incendio. Era graciosa la convivencia entre insectos, humanos y roedores, una recreación de la cordialidad legendaria disfrutada por las bestias en el paraíso. Además, en Chicago descubrió la realidad de la palabra hacinamiento, y eso también tenía un aspecto risueño.

Dormir era toda una empresa en cuya ardua acometida salían a relucir las virtudes de un buen cristiano. Cada cama se alquilaba a tres durmientes. A veces le tocaba acostarse desde las cuatro de la tarde hasta la medianoche y después deambular por las calles hasta el turno siguiente. A esa hora, con el frío calándote los huesos, se valora la vida. Harry tenía razón.

Jewel se empleó de rompehuelgas en una empacadora de carne. El olor putrefacto se le pegaba a la piel. Hedionda, se desplomaba en la cama caliente, donde atraía, además de la tibieza, los sueños de los demás ocupantes. Algunos la mataban de risa, como las pesadillas del hombre que se ahogaba en una charca atestada de tiburones.

Un día amaneció febril. No podía moverse. Al despertar encontró que la apresaban unos brazos duros. Con dificultad se separó de la durmiente del turno de las seis de la mañana: Bess, empleada en el cabaret Panama y dueña de una voz de barítono. Claro que sí, dijo Bess. Había oído hablar de Shadow Morton. Y añadió que para sobrevivir en el Panama más valía no ser una mujer atractiva y que Jewel sí lo era. Jewel rechazó con diplomacia el abrazo de Bess, y le pidió que la llevara al Panama.

En el Panama Jewel empezó limpiando baños y escuchando rumores. No perdía la esperanza de ver a Shadow. El cabaret era uno de los más favorecidos por los amantes del jazz. Se cansó de explicar que ella mezclaba cocteles, pero en el territorio de la barra dominaba el viejo James. Tanto jorobó la paciencia del gerente, que le asignaron una tarea odiosa: cuidar a la cantante Emerald Brown. Qué nombre más típico, bostezó Harry, pausemos hasta mañana.

La cantante se llamaba Emerald Brown, repitió Jewel la noche siguiente, saboreando el fulgor de sus palabras suspendidas en el aire escarchado que entraba por las ventanas abiertas. ¿Por qué los negros tienen unos nombres tan concretos?, suspiró Harry. Se oía un murmullo de voces detrás de la puerta. A ver qué pasó con Emerald, dijo, llevándose el lápiz a los labios.

Esa noche el niño vestía pantalones y camisa verdes de cirujano. El pájaro escogido era un cuervo que a Jewel le puso los pelos de gallina. Había oído que algunos de esos animales arrancan los ojos de sus seres queridos. Le amainó el terror de ver con cuánta atención la observaba Harry, con cuánta intensidad anotaba detalles.

Al igual que Shadow Morton, el pianista de dedos cadavéricos, Emerald se entregaba al vicio terrible de la morfina. Despertaba a medias de su languidez, así que vestirla era como meter a un muerto en las ropas de su entierro. Para colmo, Jewel tenía la misión de hacerla cantar.

Emerald era perversamente amorosa. Sabía que la manera más eficaz de ser malo es comportarse como una caricatura de alguien bueno que se deja guiar sin interés por los adoradores de su talento o las víctimas de su incompetencia. Pero en el escenario era toda una señora cómplice de su destino. Cimbreaba su cuerpo gordo y elástico por regiones, desde la punta de las caderas hasta los senos sísmicos y las pestañas que sombreaban los ojos verdosos. Jewel imitó los gestos de la diva, el cuervo graznó y Harry chilló una risita nerviosa.

A mí Emerald me trataba con cierto distanciamiento cortés, sin agredirme, dijo Jewel. En eso la cantante se diferenciaba de las grandes damas vulgares, pero no era fácil enfrentarse cada noche al reto de resucitarla. Jewel lo hacía con el talento que practicaba desde su niñez para no morir de invisibilidad en una familia grande y pobre: escuchar hasta los silencios del otro, cuidándose, sobre todo, de que su compañía no resultara molesta, sonriendo con su cara blanda, velando las pausas de Emerald para recordarle tímidamente que ella sabía mezclar todo tipo de tragos y que podía servirle a la señora el coctel que se le antojara, o algún trago fuerte y puro. Sumándole Southern Comfort a la morfina, Jewel consiguió que Emerald lograra las mejores notas de su canto. A veces la diva ponía atención cuando Jewel le contaba chistes sosos que siempre daban pie a que ella los hiciera mejores. No llegó a escucharlos todos porque se murió.

Jewel disimuló una lágrima con una sonrisa al recordar cómo encontró a la gorda. Había recibido la muerte con una expresión alegre en los labios. Jewel se acostó junto al cadáver, sin olvidar las disculpas correspondientes por haberse retrasado. Sabía de cierto que los muertos tardan en irse y que seguramente Emerald se encontraba rondando el camerino. La muerta se reía como siempre de sus embustes halagadores. Entonces a Jewel se le ocurrió que Emerald debía salir de todas maneras, ya que nunca la había visto más fiel a sí misma. No pensó en las consecuencias. Logró acomodarla en una mecedora y, cuando la luz abrasó la escena macabra, el público ronroneó de placer.

Emerald, correctamente maquillada, el negligé negro y las zapatillas rosadas, apareció en el escenario de siempre, una habitación de hotel bañada en las luces parpadeantes de un barrio bajo, criadero de cucarachas ancestrales. Aunque ni siquiera sabía entonar, Jewel sintió que en la garganta se le colocaba un objeto exótico, no para que salieran al aire las escalas cromáticas de The Man I Love, sino otra melodía de resonancias silvestres. En la mesa del fondo, zigzagueante en la luz torneada por volutas de humo, vio la figura de Shadow, y a su lado el fantasma gordo de Emerald. Ésta es para ti, Shadow, y para ti, Emerald. Ahora soy otra, dijo que había dicho.

Abroquelada detrás del cadáver caliente, le salió una versión horripilante de Backwater Blues: I woke up this morning, can´t even get out of my door, ain´t no place for a poor girl to go, con la nostalgia de un bajísimo fondo de aguas estancadas. Los gangsters y los señoritos del público se dejaron vencer por una histeria alimentada de sí misma, como las orgías de gritos de los rituales pentecostales.

El gerente del Panama estaba acostumbrado a manejar reyertas a tiros y navajazos, pero no le agradó el desorden de las lágrimas de los penitentes, ni la broma macabra que había provocado el ascenso del Dios de los muertos a los infiernos de la tierra. Decidió trasladar a Jewel a la barra.

Pasaron los años. La búsqueda de Shadow fue mudando de grosera obsesión a dulce nostalgia. Un maleficio indescifrable lo mantenía tan metido en el corazón como alejado de sus brazos. Hasta que un día…

Basta Jewel, descansa, la historia de Emerald da por cuatro, dijo el niño Harry. Jewel coincidió en que lo mejor estaba por venir. Valía la pena esperar hasta la noche siguiente.

Harry, cortés e impaciente, le indicó que ya no estaba sola. Los ruidos tras la puerta eran de otros invitados que había ido acumulando desde que desatara su pasión de coleccionista en el cabaret Panama: un puertorriqueño vendedor de sombreros, un rabino ruso de apellido Panofsky, una violinista ciega y Giacomo, un pícaro nacido en Venecia. La presencia de otros inquilinos en Soul House transformaba el diálogo entre dos en un encuentro de muchos, obligándolos a economizar cada palabra. Después de todo no les convenían los excesos; ni a ella, que había excavado trazos de canciones estremecedoras en su memoria, ni a él, que se enfrentaba a la tediosa labor de anotar y clasificar en sus especies las palabras fértiles y descartar las inútiles, como compete a un coleccionista culto. La historia de Shadow prometía ser una der esas madejas sentimentales que los humanos necesitan en días difíciles, cuado sólo queda la satisfacción de saber que el horror y la desdicha se alejan de nuestra órbira para invadir el universo desarmado de un prójimo indefenso.

–No te ofendas, primero se te fue la mano en la sal, tu canción sabía a lágrimas, a sopa de guisantes con tocino. Ahora se desvía por el rumbo de un cuento de fantasmas repetidos que se niegan a desaparecer. En la categorá de cuentos de negros basta y sobra con la resurrección de Emerald, para no hablar del cuento de tu pesadilla, la historia del tipo que se ahogó en la charca de su propio sueño.

Bostezando, Harry cerró el cuaderno. Tan pronto culminara ciertos detalles podría regresar al pisito de la calle Fulton llevándose unos bellos obsequios y su agradecimiento. Con las cejas enarcadas en expresión de asombro, Jewel reconoció que el niño empezaba a aburrise, obligándola a cortar de golpe, como en una caída desde la azotea de un edificio achacoso, el trazo de su canción.

Entonces se le hizo amarga la inagotable cordialidad de su rencor. No era cierto que cruzando aquella puerta se doblarían, pesarían y archivarían las palabras que recién se atrevía a formar, no estaba dispuesta a confundirse de nuevo con el empapelado del mundo.

–No entiendes –le dijo tuteándolo–. Ya es demasiado para detener el trazo, hace rato que nos salimos de la raya.

Harry la miró como si la escuchara por primera vez; no estaba acostumbrado a que los objetos de su benevolente coleccioniso hablaran sin permiso.

–Te equivocas, esos pasos que oyes no son los de tus invitados –añadió Jewel.
Harry se acercó a la bandeja de los alimentos, extrajo unos polvillos de su maletín de médico de teatro infantil y los disolvió en una copa de champaña. Pobre vieja, primero no quería hablar y ahora no paraba, así de egoístas son los moribundos, se niegan a ceder su espacio.

–Shadow no existe, yo te ofrezco la libertad, rehaz tu vida, corta de un tajo esa madeja de fantasmas–, escupió Harry con dureza, pero de inmediato se percató de que las voces angustiadas de sus invitados desertaban de una larga espera al otro lado de la puerta. No pudo evitar un escalofrío cuando oyó el toque leve de unos dedos cadavéricos aderezados –de ello no cabía duda, los veía en el origen de su propio trazo– con anillos de vidrios de colores. Una sombra caliente ennegreció el añil de sus ojos.

–Toma, es un calmante. Mañana te marcharás en un carro magnífico, te regalaré el más violento de mis pájaros. Nada te faltará.

–Me faltará todo –dijo ella fuera de sí, con un rastro de magnolias ajadas y versos insufribles.

–No me obligues a la crueldad, ¿qué quieres? –rogó Harry, mientras convocaba con un chasquido de los dedos al cuervo dormido, cuyo aleteo no apagó la estrafalaria percusión de los dedos furiosos. Viéndola dormir cerraría el cuaderno, como cerraba los libros y las jaulas de los pájaros. Refugiado en un gesto impasible de verdugo que oculta los temores de su oficio, sosegó el espanto del cuervo antes de repetir la pregunta. Ella lo miró con las cejas enarcadas en una expresión donde ya no cabía el asombro, y contestó:

–Abre la puerta.

Harry reconoció su derrota. Era él, ahora, quien veía, de golpe, como en una caída interminable, el trazo de su canción. Por la puerta entreabierta se metieron todos, sin ton ni son, sin orden ni concierto.

Esa noche se dieron gusto devorando platos franceses, zampándose copas de champaña, bailando marchas fúnebres con la bárbara intermitencia de un regimiento de elefantes borrachos, comportándose, en fin, como lo que eran: los invitados menos sutiles del mundo. Sólo se inclinaban ante Jewel, la dueña de todos, aunque ella prefiriese enroscarse con lujuria al abrazo tenaz del puertorriqueño vendedor de sombreros, que se parecía a la vieja como una gota de agua a otra. Debidamente encontrado tras años de búsqueda, Shadow no pasaba de ser un gigantesco telón de sombras sobre el cual se proyectaba Jewel, monstruosamente fértil como una fruta hendida por una plaga.

Al otro día Harry, que era animoso, se consoló pensando que mientras los locos dormían podría conjurar el terror de la noche encerrándolos en un capítulo de su amado libro de trazos. Conservaba intactas las ganas de trabajar. Jewel, en cambio, dormía como un caníbal satisfecho, con las piernas abiertas, soltando unos ronquidos desvergonzados. Los locos gemían en las entrañas de la vieja, se alimentaban de su libertinaje parlante, con la acumulada pasión de frases escritas en la pared de una barra. Harry sujetaría aquellas voces al mandato soberano. Las reduciría al orden del libro.

Escribió en el cuaderno la primera oración. Trazó las letras tan juiciosamente que al releer lo que había escrito no pudo menos que gritar de asombro. Rescribió la oración varias veces sin lograr que saliera a su gusto. Con un suspiro de resignación comprendió que el extraño caso, como una enfermedad fatal, no tenía remedio, y empezó a vislumbrar el sentido de las palabras que nunca hubiera querido escribir.

Se levantó del escritorio. La mañana estaba perfecta para salir a jugar con el cóndor favorito, para cambiar súbitamente de humor, como cambiaría las magnolias marchitas del jarrón. En el cuaderno, olvidado sobre la jaula del cóndor, quedaron las diez versiones idénticas de la oración traicionera: “Detrás del mostrador un joven blanco muy tonto enjuagaba copas, y copas, y copas, y”.

(De La casa de la loca, Alfaguara, 2001)

martes, 21 de septiembre de 2010

Corresponsales de Prensa Comunitaria


Paco y yo acabamos de estrenarnos como corresponsales de Prensa Comunitaria. Nos hace mucha ilusión esta nueva ruta. Copio la dirección del portal, para que vean nuestra primera colaboración (el artículo "Luis Baerga, educador por conciencia") y disfruten las propuestas de un periodismo diferente.

www.prensacomunitaria.com

martes, 7 de septiembre de 2010

Un cuento de Andrea Benavídez


MIÉRCOLES DE CENIZAS

Una mañana acaso comprendés de qué va la cosa. Te ponés los zapatos te atás los cordones y un vistazo prospectivo hace que desfilen delante de tus ojos tus últimos seis meses, en la pared que tenés enfrente. El muro en el que podías ver la película ya no está. Sólo un largo desierto se abre frente a tus ojos y la nada, o lo que otros llaman inmensidad se destaja para vos.

En el armario todavía su ropa cuelga y tendrías que haberla quemado cuando era el momento. Ahora ya no puede ser todo eso, ya no puede ser y todo eso sigue colgado para darte la razón a los gritos. Estás perdido, y eso que pudo haber ocurrido ya no ocurrirá. Nada vuelve a ser igual, pero los cordones ya están atados y el mar es un recuerdo que acariciás cuando las cosas se salen de cauce; el resto es días de sol y un árbol sin sentido en la esquina de la casa más vieja de tu calle.

Marcos es un hombre que se pone de pie delante de la cama, Marcos es mi nombre y ese pequeño detalle no hace mas que confirmar certezas que a veces parecen fundamentales, pero que luego dejan de serlo. Nada hace que mi-tu silueta, en la figura de la pared, guarde algún parecido conmigo-tigo. El sol es un espectador, que está ahí para confiarte un secreto sobre tu propia vida escarlata. Claro que nada de esto tendría sentido; excepto, si estas de vuelta del precipicio. Sentís que te ha dejado la única mujer que te ha querido, y el whisky ahora ocupa el sitio que antes ocupaba la sangre que has perdido.

El hombre que habita tu nombre te ha jugado una partida de carta y en esta noche, como en tantas otras, te ha ganado. Has perdido contra vos mismo y esa es una verdad que suena poco edificante.

Podría ser espantoso, pero no lo es porque, una vez, al menos una vez, has podido jugarte todo a ganar o perder. Una pena que pienses que has perdido, pero es sólo una cuestión de perspectiva.

Las pérdidas se amortiguan con los años, ya sabés eso; te lo recuerdo por si el olvido ha hecho su trabajito. Al cabo de cierto tiempo las calles tienden a parecerse entre sí, todas, y sabés que el mar seguirá sonando aunque no estés ahí para escucharlo. Tu sombra te confiesa que te quiere tanto como vos la querés a ella. Lo que hay fuera de tus ojos seguirá viviendo pese a tus delirios existenciales, y eso, a la larga, es una verdad que te deja en paz.

Saber que la carta está marcada, a pesar de todo, es una serenidad que involuntariamente vas a permitirte, porque a jugar nadie enseña. Pero se aprende, de un modo u otro se aprende que el golpe en la mesa de madera suena en el eco sin fondo que hay en ella.

Ya no será la perfección y eso te preocupa; tampoco será la muerte en el otro lado de la puerta. El fondo del vaso no tiene el reflejo de tus ojos, y eso te tranquiliza, porque lo que te jugaría una mala pasada, realmente, es enfrentar tu mirada de ojos descangayados.

No es fácil ser un corazón duro, lo difícil, lo realmente difícil, es acariciarle la entrepierna a la certeza cada mañana; saber que en el lugar donde otros tienen un corazón vos ya no sentís el latido.

Marcos, espero que cuando pasen los seis meses correspondientes estés en un mejorcito estado. Laura debería llevarse su ropa antes de que me entren ganas de comenzar a usarla.


Andrea Benavídez nació en San Juan-Argentina, donde hizo la carrera en Filosofía en la Universidad Nacional de San Juan (U.N.S.J). En 2008 obtuvo un Máster en Pensamiento Contemporáneo en la Universidad de Murcia. Durante el 2010 ha publicado en destiempos.com algunos cuentos. En 2008 publicó Narrativas sanjuaninas actuales en Confluencia, Revista Hispánica de Cultura y Literatura y en 1997 El Sótano, novela corta editada por la U.N.S.J.. Cursa un doctorado en Estudios Literarios en la Universidad de Alicante.

miércoles, 1 de septiembre de 2010


El fantasma se despide bajo la luna llena de Bessie Smith y en compañía del novelista Rey Andújar, de Isabel García López, y de José Enrique Rodríguez.



TODO AQUEL JAZZ


Por Rey Andújar


"¿Dónde está el conflicto? ¿Dónde la violencia, el mal en dosis puras,
el bien en estado latente?"
Marta Aponte Alsina


El lector agradece que los escritores de preferencia tomen riesgos y Marta Aponte Alsina no decepciona. Quien siga la trayectoria de esta escritora podrá confirmar que desde la publicación de Angélica furiosa, su primera novela, Aponte Alsina ha establecido una forma de contar que se pule cada vez. Su novela El cuarto rey mago fue finalista del Premio de novela Sor Juana Inés de la Cruz y Sexto sueño fue galardonada por el Pen Club de PR como la mejor novela del 2008. Su séptima y más reciente novela, El fantasma de las cosas, es como mismo declara el texto en sus primeras páginas, “una trampa de cuentos realengos que vagan.” Los dos epígrafes que inauguran la narración [Pizarnik, Lorca] plantean el estado lírico y por ende contradictorio del discurso. Las formulaciones básicas sobre la estructura narrativa proponen un orden conflictivo armado desde un hilo conductor [el jazz] que define la trama y ocasionalmente revela las huellas que asisten al lector.

Esta historia arranca en Puerto Vallarta, “Hay una plaza. Hay una barbería.” También hay un hombre, un niño, y una mujer desnuda; una suerte de bestiario que incluye insectos, reptiles y aves. El principio se adentra en la simbología que constituye el relato: lo arriesgado es escribir retazos de profundo sentido melódico. El ritmo del narrar es lo que ordena la novela. El Decálogo más uno del uruguayo Juan Carlos Onetti invita a “robar si es necesario.” Es por esto que Silvinia, la “narradora inédita”, la casi tocaya de la Ocampo, se aprovecha del derredor y más allá para contar; todo le sirve, “Los sueños, los trapos, los muebles rotos.” También se hace de lecturas y tramas ya conocidas que adquieren otras tonalidades y colores a partir de la reinterpretación.

Expuesto lo anterior, no es atrevido relacionar las maneras de decir de este texto a la exégesis que da fundamento al jazz. Algo destacable en la escritura de El fantasma es que aunque haga alusión a este género musical y sus exponentes, no es una novela sobre jazz porque hable de música o se cite por ejemplo, a Duke Ellington. El fantasma es jazz porque está escrita con el ritmo y la pulsión que caracteriza este estilo. Si bien Thelonious Monk es Round About Midnight, hay que destacar que la reinterpretación de este clásico sustentó la genialidad de Miles Davis, de Charles Mingus; y ejemplos idénticos sobran: ahí está My Favorite Things versión Coltrane como fe y testimonio. Por esto, las recurrencias que hace Aponte Alsina durante la narración, los lugares comunes que revisita y los replanteamientos del espacio toman brillo y sentido gracias a la manera de contar las mismas historias.

Esta es una novela de retratos hablados del recuerdo y melodías estiradas. Se aleja de contar como o desde lo puertorriqueño y se dedica a reconstruir lo desconocido: el Caribe boricua y mexicano desde la resequedad del indigenismo australiano, la Argentina delirante del lenguaje metafísico y la locura del bee-bop nuyorkino. Durante la lectura me vi acercado a los planteamientos cinematográficos de Godard, lo cual no es para nada coincidente si se toma en cuenta que el cineasta francés colaboró con Miles Davis.

Una novela corta y universal, en donde los países aparecen como elemento vivo porque se escribe desde ellos pero también a través de las lecturas de los personajes, que por ejemplo se acercan a la genialidad de la triada conformada por Borges, Ocampo y Bioy Casares, lo cual afirma que la intención alusiva a los espejos, las repeticiones y la cópula no son una casualidad en este texto. Si para la escuela argentina la literatura es un juego terrible, para Dugald, uno de los pintorescos personajes de El fantasma, el juguete es el “triste modelo de lo imposible.”

Otra de las características del jazz que se aplican en esta novela son las maneras de asediar el medio. Es oportuno regresar a Miles: en una entrevista, el compositor Gil Evans explica que uno de los rasgos de la elocuencia del trompetista radica en cómo éste modificó el sonido natural del instrumento. No es la primera vez que el género novela es trastornado, los buenos ejemplos abundan, he ahí Rayuela de Cortázar o un modesto e impactante intento por parte del mexicano Álvaro Enrigue con Vidas perpendiculares, pero lo que como lector celebro al recorrer las páginas de El fantasma de las cosas es la comprobación de que escribir es atreverse al juego de las exuberancias infinitas y posibles y de que aunque todo sobre la tierra, por encima del cielo y en el fondo de las islas está ya contado, el secreto del gusto está en el saber decir de nuevo y (re)crear con las mismas partituras los discretos azares del amor después.


Comentario sobre El fantasma de las cosas
Por Isabel García López

Estamos ante una novela que apela a nuestra imaginación y que insta al lector a emprender un viaje en el seno de un mundo de tramas paralelas en que múltiples imágenes resuenan en la conciencia. Se medita sobre la propia construcción de un texto, la búsqueda de una nota, de la perfección, la búsqueda también por parte de una escritora y de un director de cine de un final que siempre está a la vuelta de la esquina pero se escapa. Un juego intertextual aflora en el texto, que dialoga con las voces de escritores y músicos precedentes, red de referencias y coro de voces que ponen de relieve el hecho que la escritura siempre responde a otros textos, los absorbe y transforma. Como en un palimpsesto el lector desentierra los vestigios de esos textos otros que ausentes están inscritos ahí. El mismo título es un palimpsesto alusivo a El Fantasma de la opera.

Veremos desde el epígrafe el dialogo que entabla la novela con los versos lorquianos “la luna vino a la fragua con su polisón de nardos”. Dicha imagen se transmutará en una escenificación del nacimiento de la luna como un parto en una isla soñada: el final catártico de la película de uno de los protagonistas. En ocasiones la escritura recrea un mundo onírico poblado de imágenes que resuenan a lo largo de las tramas entretejidas. El polisón lorquiano de la luna deviene no sin humor un polisón de grasa en el fondo de una olla por fregar, y un polisón de arena y barro en que se enfanga la luna recién nacida. Belleza, poesía, humor y reflexión profunda conspiran en un texto deleitoso para la lectura de quien esté dispuesto a sacrificar unas cuantas horas de sueño.


Comentario de José Enrique Rodríguez

El fantasma de las cosas me parece un texto extraordinario en la medida en que plantea una importante e intensa reflexión acerca del proceso de escritura y la creación artística en general. Aquí, a través de los personajes de Silvinia y de Dugald (personajes atormentados por la “misteriosa resistencia del material” del lenguaje, que al final sucumben ante el designio sobrecogedor de su vocación poética) te planteas ––no sin cierta franqueza–– algunos de los issues fundamentales que enfrenta todo creador. Preguntas como por ejemplo: ¿cómo discernir si la expresión está lo suficiente madura como para sacarla a la luz?; o ¿cómo saber que ésta no ha sido demasiado trabajada y que por ende ha perdido su fuerza expresiva?; o bien, ¿cómo distinguir en qué momento colocar el punto final?

Me parece que aquí la narración comulga con la lógica caótica del azar. Ésta se deja arrastrar por el ritmo vertiginoso de la improvisación jazzística, incluso hasta el delirio. La expresión literaria se vuelve más instintiva y dúctil que en otras de tus novelas anteriores. Cada historia sirve de pretexto para innumerables historias que se entrecruzan hasta formar una especie de laberinto intertextual que da fe de que “La tierra es una red de líneas invisibles” y “Todos los narradores del planeta están atados a esas líneas”.

sábado, 28 de agosto de 2010

Luis Fortuño Burset: novela por entregas capítulo 5


Los amores entre Emilia Pardo Bazán y Benito Pérez Galdós tienen que haber sido de un ardor para provocar el asombro, mas no el silencio. Los dos eran derrochadores de palabras. Él tan delgadito, ella tan generosa de enjundia como de adjetivos, hablaban sin saciarse, prolongando por el oído sus desenvueltos orgasmos. La exaltación del placer en las cartas de la Condesa a Benito es fuente que mana y corre.

Una tarde en que salían de los limbos del sueño de la siesta, Benito se levantó exhibiendo sus magras caderas y recogió del suelo la chaqueta que acababa de comprarse con su primer sueldo como diputado por Guayama, Puerto Rico. Sacó un sobre del bolsillo. Conocida era la pasión de Emilia por los escritos médicos y filosóficos, pero sólo Benito sabía que, en secreto, la escritora devoraba las sandeces fantasiosas de Julio Verne.

Pardo Bazán, que esa tarde no sentía como si le barrenaran las sienes, porque era otra cosa lo que le habían barrenado, abrió el sobre, esperando, con cierta aprensión, algún poema atroz del novelista. Sólo encontró un papel verde, adornado con la cara de un viejo con peluca. Pensó en un objeto mágico embrujado por las meigas de su solar gallego, pero su amante le explicó que se trataba de un artefacto producido por la ciencia, que se lo habían enviado de Puerto Rico, y que bastaba con pasarlo por la frente, como quien se seca el sudor, para trasladarse en el espacio a las remotas islas antillanas.

Pardo Bazán no sólo viajó en el espacio, sino en el tiempo, al presente de una novela por entregas: Luis Fortuño Burset. A su regreso escribió un relato que hasta ahora ha permanecido inédito, enhebrado en una de las cartas a su amante.



Un caso impresionante de narcisismo terminal



Llegando adonde tuviste la ocurrencia de enviarme, querido ratoncito de mi alma, fui recibida por la embajadora que tiene a cargo el tráfico de escritores que entran y salen de esta venturosa isla. Es una mujer madura, generosa de carnes y extremadamente cariñosa, que me recibió mirándose a un espejo de mano, tendida con molicie en una cama enorme y de aspecto invitador, como la que me gustaría compartir contigo, monín, si es que te encuentro, porque con tu talla de miniatura te me perderías entre los pliegues, y dada tu picardía, quien sabe donde ingresarías, a riesgo de ser aplastado, pero deliro deben ser el calor, la insolación, la morriña que me enferma en tu ausencia.


La embajadora, conocida en estos lugares que tú representas en las Cortes como la Faraona de las Letras, me puso al tanto con argumentos irrefutables, del florecimiento de las artes y letras en esta isla tan verde como los bosques de mi tierra. Le pedí, más por cortesía que por interés, que me hablara de algunos escritores del país, y se mencionó a sí misma en dieciséis ocasiones, además de obsequiarme sus obras completas, que no son tantas como las tuyas, pero desde luego quién compite contigo, Benito.

Ya con el paso de los minutos advertí cierta anomalía en mi anfitriona que me fascinó, pues bien sabes la atracción que me inspiran los tipos enfermizos, entre ellos los criminales, y de ello da fe aquella leyenda que escribí sobre un destripador, medio sabio y brujo. El caso que ante mis ojos se desplegaba, no era ajeno a la crueldad, pues se tomó la libertad de llamar bruta a la mujer del servicio y aunque es cierto que las hay brutas, su exabrupto me pareció una falta de respeto a mi persona.

Doloroso es tener que consignar y reconocer ciertas cosas que la narración obliga a retener, pero sabes que darle a la pluma y a la lengua son inclinaciones naturales en mí. Ya estábamos a punto de salir a visitar a su jefe, el Gobernador, cuando por un artefacto pegado a la oreja que en Pontevedra le hubiera costado la hoguera, le llegaron unas voces.

- ¿Que me quitan fondos para dárselos a ese cuero? Oh no, mira que conozco gente buena ahí adentro y eso no va a pasar, tú tranquilo.

Entonces me tomó del brazo sin preguntar si deseaba refrescarme tras un viaje agobiante.

-Vamos, Condesa, no hay tiempo que perder. Se figurará usted que no voy a permitir que se prive de un centavo a la literatura para algo tan cafre como el cine. Adiós cará, perdone, qué olvidadiza soy, es que en su época no existía el cine, mire le voy a hacer un mapa a ver si llega por su cuenta porque usted es mayorcita, pero, wow, me encanta lo que escribe. Es una cosa así donde aparecen imágenes. No se puede comparar con la grandeza del libro y la palabra y ahora me quieren arrebatar lo que he ido acumulando en años de trabajo y dedicación para que en esta islita de gente humilde y buena podamos recibir a escritoras como usted. Y le quieren pasar la pasta a una mujer que no vale lo que usted pesa en oro, que, sin ánimo de ofenderla, es bastante, doñita.

Torcí el cuello y miré por la ventana de una endemoniada carroza sobre ruedas. Hice como si no oyese las pamplinas de mi anfitriona, pues no he perdido la fe en ti y sabía que estarías para recibirme al otro lado de esta pesadilla. De la noche a la mañana, sin transición, mi vida era otra, y no podía escapar, porque la mujer, al borde de un ataque de nervios, repetía como suelen hacer los narcisistas cuando alguien les para el caballo, una sarta de palabras, mitad cristiano y mitad guirigay, Jennifer López, Jennifer López, Mark Anthony, Mark Anthony. Mi madre, que desmadre.

No quiero aburrirte con más pormenores del viaje, más allá de estos apuntes del natural para un estudio sobre la personalidad narcisista. La mujer, si le hablas del calor, responde hablando de los suyos. Si le hablas de la falta que haría aquí un abanico, menciona que ella aprendió de niña el lenguaje de los abanicos, si le hablas de ti, de Benito Pérez Galdós, cae en trance y afirma que se hizo escritora tras la lectura de Marianela. En fin que yo, tan habladora, tomé el camino del silencio.

El resto no acabo de entenderlo bien. Nos montamos en una berlina voladora y al cabo de unas horas donde me llenaron las venas de un aguardiente muy sabroso, hicimos tierra en una mansión donde nos esperaba una mujer que parecía tísica por lo flaca, pero con un culo considerable, aunque no tan bueno como el mío.

Mi amiga la Faraona -ya a estas alturas con el ron y la familiaridad así la llamo, amiga, y hasta simpática me parece, porque sabes que nada humano me es ajeno- mi amiga atacó a la tal Jennifer sin preámbulos. Le cotilleó del rumor: que le restarían dinero para sus escritores –en ese momento me presentó como doña Egidia Prado- cuando lo correcto era remar todos en la misma dirección, y usar las cabezas, y establecer alianzas y ponernos a los cagatintas a inventar fábulas para ese invento llamado cine que no acabo de entender y que ella tenía la vía franca y la buena voluntad de todos nosotros y que podía hablar a nombre nuestro, porque ella, también quería hacer cine y que el cine y la literatura unidos jamás serán vencidos.

En ese momento debe haber cesado el efecto de tu maravilloso artilugio. Empecé a oír el himno de Riego y a ver los pazos lluviosos de mis ancestros. Allí dejé a la Faraona, clamando de rodillas ante la del trasero. Allí las dejé a las dos, una bostezando, la otra ensartando sueños.

Tuya hasta donde tú sabes, pero maldita la gracia me hiciste con tu regalito,

Tu Fortunatita

La carta transcrita es auténtica; los lectores curiosos reconocerán las palabras de doña Emilia.
Qué mujer para captar de oído, con benevolencia, sin que le pasaran gato por liebre, las calenturas de la estupidez humana:


“A mí su parla me entretenía mucho, pues ya se sabe que en esta clase de vaticinios tan confusos y tan latos, siempre hay algo que responde a nuestras ideas, esperanzas y aspiraciones ocultas. Es lo mismo que cuando, al tiempo de jugar a los naipes, vamos corriéndolos para descubrir sólo la pinta, y adivinamos o presentimos, de un modo vago, la carta que va a salir.”

viernes, 20 de agosto de 2010

En defensa de El fantasma


("Defensa" del libro por su autora, Marta Aponte Alsina. Universidad del Sagrado Corazón, 20 de agosto de 2010)


¿Será posible defender un libro? Los ejemplos históricos abundan, desde el “donoso y grande escrutinio” del cura y el barbero en el Quijote, hasta la disección en los tribunales de los efectos excitantes del Ulises de Joyce. A juzgar por estas pruebas del santo oficio de los canonizadores, un texto era culpable mientras no se probara su inocencia. Más que posible, la defensa era asunto de vida o muerte. Hoy son otras las circunstancias, para bien y para mal. Por lo general los libros no despiertan grandes pasiones legales. Sin embargo, es común que un autor se vea llamado a hablar sobre lo que escribe, y que su opinión se tome como evidencia de su derecho a la palabra o de la invalidez de ese derecho.


Propongo que de todas las maneras de hablar sobre un escrito propio la más parecida a la escritura de ficciones, en la tradición de aquellos juicios memorables que alteraron a fuego y baba las fronteras del canon, es la defensa de tesis. Para mí que la defensa es un género literario. Al igual que las ficciones, miente, porque corrobora un grado de aprovechamiento a la luz de un punto de partida dudoso: que escribir se reduce a la aplicación eficaz de unas reglas. Quien escribe sabe que esa es otra ficción, tan poderosa que se ha constituido en guía de algunos lectores y de no pocos críticos.


Ya, empecé mal, esto es una defensa, no la crítica de cierta crítica. Así que a defender se ha dicho. Podría decir, para empezar, que de un tiempo a esta parte he sentido unas ganas insanas de defender un libro, seguramente por mezquina envidia a tantos queridos amigos y amigas que he visto desempeñarse con gracia en esas lides. A ellos les dedico este simulacro de defensa.

Podría seguir diciendo que El fantasma es un divertimento, una obrita caprichosa, y así disimular las debilidades del texto e invocar la piedad de los jueces, si no fuera porque toda ficción es, en cierto sentido, un divertimento, un desvío. En la literatura hay un grado de malignidad, porque a diferencia de la vida misma, con sus habituales estupideces y escasas iluminaciones, pretende dar forma y fijeza a la experiencia. Es un desvío ilusorio de la verdad atroz de que nada permanece, de que nada trasciende ante la muerte y la corrosión del tiempo. Si cobrar conciencia del presente es condición de la sabiduría, quien escribe está condenado a la ceguera, porque siempre estará atrasado, desconectado del presente.

Mientras pensaba en la preparación de esta defensa leí unas líneas sobre el vacío que existe entre la experiencia y la palabra. Uy, todo esto es tan hermético, recuerda que la defensa es un género transparente. Además eso lo saben ya los lectores. Alguno quizás no lo sepa y dice que lee para matar el tiempo, lo que no deja de dar gracia, porque el tiempo es el único asesino infalible. Saben también que hay otro abismo: el que separa el tiempo de la escritura del tiempo de la lectura. Es chocante que la palabra escrita sobre una superficie inerte sea capaz de desencadenar sensaciones en el lector, pero más desconcertante es el hecho de que esas sensaciones no las experimentará la persona ausente, la que figura como autora de las palabras. El corolario de tamaño descubrimiento me lo regaló una amiga de lujo, Ana Lydia Vega. La citaré con su permiso, y exonerándola de los disparates que seguramente pronunciaré en el transcurso de esta defensa: “Escribir es lo contrario de explicar… Entre la intención del autor y la recepción del lector hay un abismo infranqueable. Tal vez resultaría mejor hablar de las circunstancias que rodean la creación de la obra...”.

Lo sano, entonces, es que en la defensa de una tesis, o de un libro, la autora se desdoble en cronista del proceso que concluyó en el libro sin ofender a los lectores con interpretaciones que de todos modos son imposibles para ella, habida cuenta del abismo -mortal, como los precipicios andinos que describe otra amiga de lujo, Beatriz Navia- que separa a la escritura de la lectura. En todo caso, digamos que la autora sí está autorizada a hablar de las circunstancias atenuantes, sin que le pase por la mente justificarse. A eso voy.

Henry James llamaba dato positivo, cuando no pepita de oro y germen, al registro más antiguo del origen de un texto en la memoria del autor. El dato más antiguo de El fantasma es un personaje que un padre le regala a su hija. Muerto el padre, la mujer trata de escribir un cuento a la medida de ese personaje. Logra juntar materiales pero no puede cerrar una trama. El personaje es un músico que busca una nota, en sentido literal y también estupefaciente, pues esa nota trae las posibilidades de destruir su arte mezquino. Para que el arte sea verdadero tiene que vibrar, no puede ser frío, mármol, piedra. La mujer cree que ese es el móvil de su personaje, pero no sabe transferir su certeza a una historia que transcurra y muera en el tiempo. La mujer ha estado loca, pero ante las nuevas definiciones del Diagnostic and Statistical Manual of Mental Health su locura es bastante mediocre. Aparte de una temporada en MEPSI, ha pasado la vida dedicándose a muchos oficios menores. Su casa es su continente. Acumula. Remienda. Es una escritora remendona, cree que todo le sirve para contar, pero cuando intenta dar forma al cuento del padre, tropieza. Su virtud, que igualmente puede ser una patología, remite a la obsesión, a la insistencia en contar algo que no se deja contar.

Hasta ahí la pepita de James, el primer impulso, el reconocimiento de algo que puede dar pie a una historia. A partir de ese momento exuberante se agua la fiesta, por una inclinación personal que jamás revelaría yo en una defensa de tesis: la imposibilidad de cerrar la puerta. Para contar la historia de esa mujer que cuenta la búsqueda del músico no bastaba contarlos ni a ella ni a él. Sus historias atraían otras historias. Formaban parte de una constelación de historias. No se dejaban contar solas.

Así, que además de la cuentista inédita, en esta novela hay un cineasta hindú del cine global y una actriz australiana que se siente seducida por todo lo que ella no es, porque a pesar de su calibre de estrella está cansada de representar siempre los mismos tipos.

¿Te atreverías a hablar del mito si esta fuera una defensa de tesis? ¿Te atreverías a hablar de estructuras arcaicas cuando estamos en el umbral de una mutación de la especie, dictada por las prótesis y extensiones con que los humanos hemos sustituido a los cuerpos naturales? No hay nada más actual que el mito, dirías si esta fuera una defensa de tesis, y no te costara más remedio. El mito es la forma que asume la realidad cuando se pierden los sistemas muy estrechos, muy racionalistas. ¿Dónde leí esto? Ni idea, pero el cineasta de esta novelita quiere filmar una escena cosmogónica, el nacimiento de la luna, y para eso se vale de varios elementos: la mitología de los nómadas australianos y la improvisación de sus actores en el marco de un performance con fondo musical. Esos elementos, el nomadismo y la improvisación musical, también forman parte de los materiales de la mujer que cuenta la historia del músico.

Leíste que en las formas de vida de ciertos grupos nómadas existe la práctica de recrear el universo con los pies. Se dice que la superficie del desierto australiano está cruzada por pentagramas imaginarios. En la superficie monótona e interminable del desierto no son evidentes las diferencias que sí reconoce el cantor nómada cuando va de un lugar a otro relatando las historias del clan, y de paso se detiene en las formaciones que marcan hitos en el desierto. Cada cantor posee una línea del pentagrama, es decir, un fragmento del territorio. Es el dueño pasajero de ese paraje; posee una escritura sin papel. Los fragmentos se conectan y entre esas líneas encadenadas hay intercambios. Para moverse, el caminante necesita la línea de otro cantor. En principio las líneas abarcan todo el planeta, y como se confían a la memoria y a un deambular que es siempre un proceso aleatorio, las rutas no tienen fin, ni son jamás iguales. Cada vez que se cantan el mundo vuelve a sus orígenes y también cambia. Se ha llamado a esas rutas songlines, o líneas cantadas.

Me fascina la imagen del canto y del cuento como mensuras de la tierra. La idea de un pensamiento que entre por los pies y se escriba en líneas cantadas cautiva más cuando se descubre que el reconocimiento de la capacidad humana para percibir la musicalidad de las cosas se produce tanto en las investigaciones de los estudiosos del cerebro y la conciencia como en la teoría propuesta por algunos físicos en el sentido de que el universo se compone de cuerdas vibrantes, sonoras.

En una defensa, volvería a valerme de otro concepto inventado por Henry James: el móvil o principio organizador del relato. Ni interpreto ni me justifico. Pero si se me permite, diría que este libro representa la intención de conectar líneas o historias distantes. Hasta cierto punto, has definido lo que es una novela, salta el director de tesis que no tuve. Una historia siempre evoca otras historias. Eso se llama intertextualidad. Las historias escritas o contadas hacen referencia a otras historias. Las historias están hechas de historias. Hay afinidades y resistencias entre esas historias, como puede haber afinidades y resistencias en una serie de sonidos, entre colores, o entre palabras. En esas afinidades y resistencias se basaba la magia. De esas afinidades se nutrieron los románticos y los simbolistas. Pero cuando las historias no están hechas, sino que se van haciendo sobre la marcha, el reto está en juntar los objetos que se van encontrando y en relacionarlos o remendarlos. Crees que eso quisiste hacer en esta novelita, ver hasta dónde llegaba la máxima extensión posible sin perder la forma del relato. La confluencia de opuestos empeñados en desafiar al destino. Espacios históricos: Harlem, espacios anti-históricos: una isla secreta. Espacios desiguales y homólogos. Una casa. Un continente. Una caja de cereal. El ir y venir sobre las fronteras que separan las historias.

Hay riesgos en pensar que para contar una historia es necesario asociarla con el caudal de historias que han sido siempre. Es un riesgo porque parece una locura, y en una defensa de tesis jamás mencionaría la palabra riesgo. Todo tiene que estar bien peinadito, premeditado, cada jota con su punto. Sin embargo, insistes en que no hay principios ni finales en el flujo de las historias, pero no lo digas.

En El fantasma está el deseo de contar historias y también la imposibilidad de contarlas, porque en el fondo hay una obsesión contra los finales, contra la forma en que los finales imponen un cierre, por más abiertos que pretendan ser. Y sin finales y comienzos son imposibles las historias.

Hacia dónde fluyen esas líneas. Pueden fluir de izquierda a derecha, pero también en otras direcciones. La ficción puede fluir sin coordenadas espaciales empíricas, hacia arriba, hacia abajo, con otra noción del tiempo.

Siento que este sube y baja pone en peligro mi defensa. A quién carajo le interesan estas historias sobre el montaje de una historia, que acaso ya vieron agotados sus modelos literarios y cinematográficos. Si intuyes cómo se arma una trama ¿por qué no lo haces, no estás leyendo novelas hace medio siglo? ¿Te atreverás a decir que sólo un aliento apabullante y una sensibilidad de mil ojos serían capaces no ya de igualar las grandes novelas densas, con sus capas de personajes, ambientes, tramas y subtramas y sobre todo esa sabiduría que no pueden replicar sus herederas? Sabes que ese aliento no figura en tu limitado repertorio de talentos. Uy, qué negativa, no digas eso, porque imposibles, lo que se dice imposibles, no hay en una defensa.

Recapitula. ¿No es una novela precisamente una constelación de historias, un contrapunto de líneas? ¿No se construye una novela con desvíos, paralelismos, repeticiones y omisiones? Para prolongar las metáforas mortuorias, El fantasma podría ser el zas de una novela. En la novela corta, aparecen las esencias que tanto le deben a las estructuras musicales; los patrones y el ritmo; el tema con variaciones. Eso sí, falta la carne, las jerarquías causales, los tejidos conectivos. ¿Valdrá la pena decir que esta novelita fue producto de un taller sobre el género de la novela corta? No se te ocurra, todo lo anterior suena a justificación.

¿Te atreverás a decir que la escala de las grandes novelas es por lo general la de la historia de una familia, o de varias familias, felices o infelices, y de las relaciones de estas familias con una comunidad? ¿Te atreverás a insinuar que la trama de esta novelita quiso visitar otras comunidades, vistas en otra escala? Podrías decir que esta trama se teje en una escala de 1 en 1000. Lo que se ve a cierta distancia es pequeño, difuso, variable. Esas ciertas o inciertas distancias son ya las nuestras, las de la frecuencia y la velocidad de nuestro mundo. Esas distancias se parecen a los mundos posibles intergalácticos donde habitaban los fantasmas del espiritismo ilustrado. Entre una infinidad de cosas, un fantasma es algo que se mueve tan rápido que apenas deja ver el celaje. ¿Cómo escribir de otro modo en la época de las comunidades cibernéticas? Ya, pobrecita, frena, compórtate, te acercas, de nuevo, al terreno patético de la justificación.

Bueno, allá tú con tus fantasmas neo-ancestrales, pero ¿por qué escribir sobre actrices australianas y australianos argentinos y sobre Adolfito y Borges habiendo tanto que contar aquí, ahora? me dispara aburrida la benévola tía lectora que no tengo. Ante eso el silencioso decoro de la defensa académica. Creo que su pregunta no es precisa, o que quiere decir otra cosa. No puedo contestar su pregunta si no la entiendo. Quizás lo que quiere decir es: ¿por qué escribes sobre lo que no conoces? ¿Me atreveré a decirle que precisamente porque no lo conozco? ¿Me atreveré a decir que para divertirme, es decir, para desviarme de mí? La literatura es inútil y engañosa. Pero la literatura tiene que ver con el éxtasis. ¿Me atreveré a decir que por deseo de no ser yo? ¿Me atreveré a decir, remedando y remendando a Edward Said, que esa escritura se empeña en estar donde no la llaman, en escribir en contrapunto con lo que no entiende, porque ella es así; porque las historias propias sólo se le descubren a la luz de las historias ajenas? ¿Me atreveré a decir que no sé?

Durante los preparativos de la defensa encontré una cita cuyo origen ya se desvaneció en mi memoria inmediata. Hablaba del siguiente contraste. A medida que el autor escribe y publica, olvida. Escribir es cicatrizar. Apenas queda ese minúsculo dato positivo. Si escribir sirviera para algo sería para ilustrar ese proceso de la cura que tiene que ver con transformar la herida en algo distinto de la herida. Se escribe no tanto para exhibir heridas como para mostrar qué se hizo con ellas. Un don inútil en sí, pero ejemplar en la demostración de una búsqueda.

Volviendo al plan de la defensa, ¿no te han dicho siempre que hay que pensar en los lectores? Como si publicar no fuera pensar en los lectores. Como si los lectores no supieran más que tú. Este piropo sí puedes incluirlo en tu defensa. Son los lectores quienes deciden si ese proceso les dice algo, si tu tanteo les provoca. Cuántas cosas se publican que no debieron publicarse nunca, sin pensar si merecían el interés del otro. Demasiadas, siempre, pero equiparables en número, estás segura, a las que permanecieron inéditas.

Una palabra más sobre los fantasmas. Un amigo joven, que es matemático y hare krishna -oscura esa relación, algo patológica pues reconoce el dogmatismo y los haberes infames de la secta- quería ser monje, pero no le llegaba la gracia. Su frustración lo llevó a un paso del suicidio. No se suicidó porque tuvo la ocurrencia de consultar a sus maestros. Según ellos los fantasmas de los suicidas tienen una existencia inquieta. No se dan cuenta de lo que son y sufren por la incapacidad de comunicarse y hacerse sentir. Hay suicidas conscientes y de esos no hablaba mi amigo, pero un suicida irreflexivo sufre más allá de la muerte el enorme deseo insatisfecho de comunicación que lo llevó al suicidio. Los libros también son fantasmas: hijos de la esperanza, amigables o amargados, reflejos de un zas entre la consciencia y el olvido, anhelantes.

Ya, termina ya. Has dicho lo que puedes decir y hasta te has excedido en tus prerrogativas de escritora. Aunque pensándolo bien, una observación adicional podría acumularte unos puntitos.

El ritual de las líneas cantadas es también un performance. Quizás sólo las artes performeras tienen en sí todas las claves: el tiempo del artista y el tiempo del espectador coinciden. Me contaba Marithelma Costa, otra amiga de lujo, acerca de la presentación de Marina Abramovic en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Miles de personas se enfrentaron cara a cara con esa mujer impasible. En esa cara se reflejaron miles de caras humanas en toda su conmovedora y horrenda repetición. ¿Será posible desear encuentros semejantes entre las caras lectoras y la cara del libro? ¿Y si la cara impasible del libro estuviera condenada al moho, a la polilla, al desamor?

¿Te atreverás a decir eso en tu defensa? ¿Insistirás en la inutilidad de la escritura? ¿Mutarás la defensa en ese otro género mendaz, la despedida de duelo? No, porque la muerte de este libro es la posibilidad de otros. Una palabra lleva a otra, siempre hay otra, siempre hay más. Entonces debes hacer lo inevitable: agradecer a los presentes y rendirte. Eso.

domingo, 15 de agosto de 2010

Lector de fantasmas 3


El fantasma de las cosas: una escritura liminar



Por Mario Cancel
Escritor



Leer un buen texto es toda una aventura. La lectura es un viaje y un descubrimiento. Leerlo en contrapunto con quien lo genera resulta incalificable. Si no se trata de un buen texto, la travesía se reduce al mero turismo: todo está en su sitio y el calendario se cumple. Nada más. Mi confrontación con El fantasma de las cosas (Terranova, 2010), la más reciente producción de Marta Aponte Alsina, me coloca en una situación difícil. En una nota de lectura cursada a la autora durante el contrapunteo y estando yo todavía en medio del viaje, le dije que me parecía que me encontraba ante su obra maestra.


El error era obvio. Lo mismo hubiese podido de Sexto sueño (Veintisiete letras, 2007) o de la colección de cuentos La casa de la loca (Alfaguara, 2001). No se trata solo de que me encuentre ante una escritura reflexiva, una tradición que respeto sobremanera en la narrativa puertorriqueña. Soy historiador y ensayista, me encanta reflexionar y que se reflexione. No se trata solo de que esta narración, por su complejidad y su delicadeza, merece una segunda lectura. También está el hecho de que esa segunda lectura producirá un efecto distinto. Las narrativas que denomino planas -lineales y orgánicas- siempre se resuelven del mismo modo: una vez se descubre el secreto que las anuda, ya no hay más que buscar. Su belleza está en otra parte: en la lectura única que se les da y el efecto relampagueante de la ruptura de los nudos del texto durante el proceso de lectura.

El fantasma de las cosas es un texto que difícilmente se puede contar. El ejercicio resultaría infructuoso. Si fuera a ofrecer mi impresión sobre lo narrado, diría que la acopio como la síntesis de una serie de fracasos. Se fracasa en el proyecto de reproducir la realidad y, como reproducirla es narrarla, se fracasa en el acto de narrar. Todo esfuerzo resulta en una imagen sesgada y fluida, capturada en su contingencia y, en consecuencia, emborronada.
Fracasa la escritora Silvinia Díaz Torres en la narración en la hipotética vida de Mitchel; y el cineasta Shivaji Dugald Tagore en la producción del guión sobre la Luna. Pero también la actriz Megan Travelyan resulta en una ruina. De los personajes no hablo. El fracaso, si bien resulta en la demolición de un concepto de la narración, no impide la escritura. El libro está allí como residuo arqueológico textual de lo que pudo haber sido y no fue o más bien no quiso ser. Todo esto refleja un acto muy inteligente y muy sedicioso de una autora en la cual esas actitudes no representan una novedad.

Una lectura

Lo cierto es que, tras la lectura, no siento El fantasma de las cosas como una novela. El acercamiento que intentaré se ejecutará al margen del relato y de la narración. Si me ocupara demasiado de los acontecimientos, los nudos y los desarrollos, me encontraría en la situación de quien intenta organizar un rompecabezas o elaborar una tesis de grado: se trata de dos ejercicios ordenadores clásicos. El fantasma de las cosas funciona eficazmente como un libro de teoría que revisa las convenciones y tradiciones que se le impusieron al género. Yo, por mi parte, hace tiempo me he convencido de que la escritura literaria es una forma de la teoría… y viceversa. La situación, por lo tanto, no me resulta incómoda.

Se trata de un texto sin arquitectura y ya se sabe lo mucho que preocupó ese asunto a los novelistas realistas y naturalistas al socaire del Positivismo, el Materialismo y la Ciencia en el tránsito del siglo 19 al 20 y, en Puerto Rico, casi hasta el presente. La definición de una estructura organizativa para las cosas ha sido la obsesión de toda Religión y toda Ciencia en Occidente. El fantasma de las cosas, con un relato diluido, un carácter no narrativo y sin arquitectura, lo que celebra es el laberinto, la incertidumbre y el caos. Esto es pura metaliteratura o reflexión sobre la escritura viva, nada más.
Ciertas preocupaciones que se imponen en el acto creativo de Silvinia y Dugald pueden dar una pista respecto a los asuntos esenciales a este texto. Primero, detrás de ambos creadores y de la vida imaginada de los personajes y criaturas que inventan -Mitchel y la Luna-, se puede percibir toda una filosofía sobre la incertidumbre e, incluso, el reconocimiento de la autonomía del final. Ciencia y Religión occidental han convertido el culto obsesivo a la estructura en una ansiedad perturbadora por el final. La Novela y la Historiografía Moderna ha sido un laboratorio ideal para confirmar la presución desde San Agustín hasta Marx. Pero sin final, ya no es posible ni un texto clausurado y ni la historia universal ni la novela tal y como la conocemos.

Segundo, hay una propuesta que valida la idea de la escritura como remiendo de retazos que se legitima por medio del collage que convoca el intertexto literario o fílmico, y el bricolaje mediante la inversión de los artefactos más elementales o rústicos. Se recose, hilvana o zurce para nominar a los personajes, para que Shivaji invente su historia magna, para que Larry comprenda el mundo sobre el fondo de la narrativa fantástica argentina, para que Miguel actúe y baile, y así por el estilo.

Tercero, el rescate de la poesía, la irracionalidad y la autobiografía y tantas otras cosas, muy a la manera de Proust o de Woolf que, en su momento, fueron esgrimidos como arma contra el poder del Realismo. El texto fluctúa entre un premodernismo fantasmal presente en un lenguaje que juega con la elementalidad de lo sagrado; y una postmodernismo agresivo que pugna por ser comprendido al lado de la narrativa dominante. Me consta que la relación entre lo pre- y lo post- es bidireccional en numerosos casos. En el juego se emplean algunos elementos de la novela tardomoderna, fenomenológica y aún de la anti-novela con la que jugó en la década de 1970. En suma: la poesía no debe ser desterrada de la República de la Novela, parece proponer este texto de Aponte Alsina.

Cuarto, la disolución del yo se impone con la subsecuente imposibilidad de una identidad confiable. Estas figuras imprecisas, con sus rasgos apenas abocetados, se mueven dentro de una ficción atroz que en ocasiones lo deprime. No son personas, ni siquiera personajes: son monstruos o seres fantásticos según se afirma en la breve entrada, no es un capítulo, denominado “Monstruo” (56). Estos personajes y sus personajes, coexistiendo al garete en una realidad compleja, se conectan del modo más casual -otra vez la ausencia de arquitectura- hasta reconocer las posibilidades de su duplicidad y la realidad de su reiteración. No se trata de una imaginación enfermiza: yo mismo encontré un Mario Cancel preso común en otra isla, y otro fanático de las motos en dos lugares distantes del mundo. Por suerte ninguno de los dos era yo.

El fantasma de las cosas es un texto liminar. Eso significa que deja al lector, al buen lector, en un umbral. Si se da el paso hacia la otra parte o no, es asunto del lector. Más acá de la entrada siempre estará el mundo de lo preliminar.


(Publicado en el blog "Lugares imaginarios:narrativa puertorriqueña", 14 de agosto de 2010)