sábado, 14 de enero de 2017

These people





El 5 de noviembre de 2016 llegué a Boston. Era el día acordado meses antes con una de las archiveras del Boston Athenaeum. Llegué tarde al tope de Beacon Street. El portero y mayordomo me miró como se mira a un ejemplar bárbaro de especie aborrecida con rencor profundo. Me ha pasado en otros lugares; cambian los tonos y estilos. Habrá más de un factor, además del color de piel: el descuido al vestir, la falta de maquillaje, la pobreza de la ropa, el desgarbo, el acento. Sobresalta el racismo que se expresa abiertamente frente al inspirador del desprecio, como si el espécimen no estuviera presente o no entendiera la lengua del racista. Me pasó poco antes de entrar a la sala de partos en Belleville, New Jersey, cuando me adelanté unas semanas y la enfermera de admisiones le dijo al médico: “these people never know when they are due.” Me pasó en alguna clínica familiar o free clinic en Los Angeles, donde despachaban pastillas anticonceptivas previo examen ginecológico. Recuerdo cómo se explayaba el médico ante su aprendiz sobre las características raciales de mis genitales. “These people”. Me pasó en un diner de San Francisco. No nos atendían, nos levantamos, y, cuando salíamos, la mesera dijo para que la escucháramos bien: “these people should know their place”. Con las latitudes cambian las actitudes y los contextos. Recuerdo, en Buenos Aires, el desprecio con que me sirvieron en un restaurante chino, hasta que dije que era puertorriqueña, es decir, US citizen y residente de un territorio donde abundan las fondas chinas. Entonces la actitud cambió de hostilidad a sonriente diligencia. Creían, me dijo el mesero, que yo era colombiana. (Le conté lo sucedido a Susana Zanetti, mujer prudente y brillante. “Todos los pueblos son racistas”, comentó a la ligera, supongo que para repartir la fealdad del instinto).
Me pasó en el Boston Athenaeum. Cuando llegué tras un viaje larguísimo y una caminata igualmente larga, con zapatos incómodos, al tope de Beacon Hill, la archivera de turno no recordaba mi nombre y yo no recordaba el nombre de la bibliotecaria con quien, meses atrás, había coordinado la visita. "This woman does not know who made the appointment", comentó el mayordomo, haciendo suya la poderosa calidad del racismo que alude a la criatura despreciable sin dirigirse a ella. Intervino un joven alto, blanquísimo como las estatuas que adornan el vestíbulo del Athenaeum, de una generación más fría que la del apasionado portero. Con mi pasaporte USA en la mano, el  muchacho buscó en una pantalla y encontró mi nombre. No solo lo encontró, sino que cerró el encuentro un broche irónico. En el registro constaba que alguien me había otorgado una distinción: Marta Aponte Alsina era socia del Ateneo. Si es socia puede entrar donde quiera, dijo una mujer que conversaba con el mayordomo sus desacuerdos furibundos con las ideas de un conferenciante. Sí, puede subir, pero no a donde quiera, porque no es realmente socia, no es cierto que sea socia, insistió el mayordomo. Después me enteré de que el señor, además de racista, ha sido grosero con quien no parezca un Boston blue blood, blanco o no.
Fui al baño. Al salir tomé una foto del viejo cementerio. El mayordomo no me miró más, seguía hablando con la mujer rebelde. Bajó a buscarme la archivera del Olimpo.


El cálculo errado de las distancias sumado al trance del permiso acortó tanto el tiempo de la visita que una mujer más sensata le hubiera pegado fuego al Ateneo de Boston. No soy esa mujer sensata. Subí, me dejé seducir por el espacio, las hileras de lomos de libros, los estantes de madera oscura, la espléndida luz otoñal. Solo pude ver algunas cartas, fotografías, álbumes. Como quien tiene que hacer minería en unos segundos y se ve obligada a confiar en el azar, aprecié la caligrafía, las flores secas. La cortesía de la archivera no abrió cicatrices. No recuerdo haber recibido antes esa especie de cortesía. Debe ser la que solo reciben los muy ricos. Eficiente y precisa, pero cordial, se adelanta a responder preguntas y a solucionar problemas antes de que la mujer rica, la patrona, termine de formularlas. Gracias a ella encontré o creí encontrar uno de los tonos que buscaba.



1 comentario:

elf dijo...

ME gustó mucho la foto que da al cementerio.