domingo, 11 de diciembre de 2016

Narices




para Efraín Barradas

La cara humana es una cárcel. Si de veras fuéramos libres no distinguiríamos la cara propia.  Sabríamos que todas las caras son una. Reconocer que existen siete mil millones de narices humanas relativamente poco variables debería bastar para poner fin a la violencia homicida. Matar al otro equivale a suicidarse. Un homicidio es el destrozo de algún espejo desconcertante.
El tema de las caras como repeticiones viene al caso de cómo descubrí en los anuarios de Harvard dos retratos de William Sturgis Hooper Lothrop. La primera imagen que asocié con dicho nombre lleva un lazo enorme al cuello, tiene el pelo pajoso, nariz de aletas anchas y ojos brotados, como si padeciera de la tiroides. La expresión parece frenar un impulso o una pena. He visto decenas de retratos de anuarios de Harvard y ninguno de los graduandos sonríe.  Quizás se buscaba el efecto de una virilidad sombría. Les esperaba el mundo del comercio, intervenido por capitales recientes adquiridos con celeridad inescrupulosa. Los alumnos de Harvard eran hombres llamados a lo que sus fotos no alcanzan a revelar. Algunos, como este primer William, lucen, más que graves, enfermizos, feúchos, carilargos. Otros, como al descuido, delicados y soñadores.


No quiero hacer una apología del error. Tampoco ocultarlo. El error es inseparable del deseo de escribir un libro como este. La imagen –un daguerrotipo– no corresponde al cuerpo que en vida llevó el nombre de William Sturgis Hooper Lothrop, fallecido en Ponce en 1905. Se hizo en 1840, antes del nacimiento de William Sturgis, antes del fallecimiento de Edgar Allan Poe, un hito que no requiere explicaciones.
La rapidez de mi atribución errónea debe tener dos causas, aunque es muy posible que me engañe: el hombre de la foto también se llamaba William (Francis William Hilliard) y se parece a la imagen del retrato del padre de William Sturgis Hooper Lothrop pintada por John Singer Sargent. La otra interpretación del error revela una torpeza. Dos fotos más abajo en la columna de enlaces, para acentuar la confusión, se encuentra el retrato de un tal William Sturgis, y la investigadora cometió el error de la sabuesa impaciente.


El retrato auténtico, si es posible la autenticidad en un universo de siete mil millones de narices -1, 550 millones hacia 1900-  es de una cara con par de ojos, boca y nariz, pero entre este y los anteriores, descontando la moda en el vestir, media el abismo tonal que separa una tormenta de un partido de fútbol. La carga sobre los hombros del hombre de ojos brotados era de otra especie. Cuando Francis William Hilliard y William Sturgis  eran niños escuchaban que en su generación de varones se degradaba la sangre de valientes. El tiempo de ocio que se permitían las generaciones jóvenes le debía todo a la muerte, o más bien a la vida sacrificada de los ancestros. Los que habían muerto de hambre en los inviernos inclementes, en sus rústicas cabañas, los que habían muerto de viruela o de abandono en las calles resbalosas de fango de las aldeas pestilenciales sobre las cuales se había construido la ciudad. Los guerreros de la independencia de la nación, que habían fertilizado valles y colinas con su sangre y se deshacían en tumbas anónimas. Los intrépidos puritanos supieron sobreponerse a la austeridad, a la aspereza de un clima insalubre y las traiciones del mar. Al mar gris y bronco del norte se habían dedicado en sacrificio generaciones de varones. De cómo aquellas aldeas sombrías establecieron rutas hacia todos los puntos cardinales, y cimentaron fortunas de hombres libres y moralistas, que abrían tienditas en las plantas bajas de sus casas donde el humo se atoraba en las chimeneas y los lujos eran menguados, es una de las vetas de las narraciones neo inglesas del mar, que luego se transforma en el destino manifiesto de los acorazados.
El imperialismo asumido como se padece el estreñimiento los distinguió de otros pueblos reconcentrados. Los bostonianos llegaron a Oriente, se establecieron en Cantón, fundaron negocios en el Caribe, se nutrieron de la trata esclavista, de la trata de culís chinos, de la trata de pieles de nutria, de la trata del opio. Demasiadas riquezas para gente tan rústica. Así que, de pronto, llegaron los banqueros y la maquinal dureza de quien se dedica a contar y pesar monedas. Es cierto que en Boston y sus alrededores se cuajó un pensamiento que renegaba de los banqueros sin abandonar el aire idealista de los colonizadores, pero en el año del nacimiento de William Sturgis Hooper Lothrop, Emerson había muerto y Thoreau también. El primero se alejó de la Iglesia Unitaria y de la Universidad de Harvard; el segundo del capitalismo. Quizás no advirtieron que renegar de un banquero desde la soledad, sin asumir la sucia lucha política de una masa de narices, deriva en construir un arquetipo viril siniestro: el hombre superior.  Una triada de pensadores fue tejiendo esa figura: Emerson y Carlyle, contemporáneos y amigos; Nietzsche, lector de ambos.
Tras el hombre superior entran en escena los productores de espectáculos y los demagogos. El hombre humilde dispuesto a morir por los intereses del hombre superior y de su casta. Las guerras higienizan el ambiente, equilibran poblaciones. William Randolph Hearst, el fundador del periodismo sensacionalista, modificó la fórmula de Emerson para consumo del hombre masa. Ricos y miserables compartían el destino manifiesto de dominar el Caribe y Centroamérica, acceder al océano Pacífico y cerrar el bucle de la historia: regresar al origen asiático de la raza.


El segundo retrato (¿el auténtico?) de William Sturgis Hooper Lothrop se encuentra en un anuario de la clase de Harvard de 1890. Es de un muchacho de pelo corto, mirada ingenua de ojos limpios, bigote bien cuidado sin pretensiones y una partidura menos centrada que las de sus condiscípulos. No mereció honores en Harvard, pero tampoco le hicieron falta. Su posición social lo eximía de competencias intelectuales. Fue miembro del Tug of War Team, de la fraternidad Delta Kappa Epsilon, del Hasty Pudding Club, de la Historical Society, del Institute of 1700 y de la St. Paul´s Society.  “After leaving college I spent the summer abroad, and in September I went to work for the house of Kidder, Peabody and Co. I have been there until this spring, when I was obliged to leave on account of illness. In October, 1891, I was married to Miss Alice Bacon and have a son.” En un informe posterior, añadió: “He is in business with De Ford and Co. Bankers in Boston and Ponce, Puerto Rico, where they are the fiscal agents of the United States Government. Business Addres, 3 Broad Street. Residence, 26 Chestnut Street. Married Alice Bacon October 1891. Son, Samuel Kirkland, born July 6, 1892”.
Los muchachos de la clase de este segundo William morían de gripe, de tuberculosis, de fiebre escarlatina, en accidentes deportivos no heroicos.  La guerra contra España reverdeció esperanzas de una nueva dimensión de la hombría. Lucro y virilidad heroica compatibles. Reivindicación de la misión civilizadora que en las guerras de la frontera dejaba la desoladora impresión del ocaso de los pueblos que se pretendía civilizar. 
La invasión de Puerto Rico fue, en sus inicios, el brazo militar de la estrategia de negocios de un puñado de familias bostonianas. Siempre hubo una ruta abierta entre Boston y el Caribe. Un tío bisabuelo de William Sturgis Hooper Lothrop fue general del ejército de Francisco de Miranda y murió en Santo Domingo. Dos hermanos de Ralph Waldo Emerson pasaron temporadas en Puerto Rico y Santa Cruz. Varios miembros de la familia Perkins, primos de Francis Dumaresq, tenían negocios en Santo Domingo. Islas para tuberculosos, aventureros y comerciantes.

(De mi libro sobre la Central Aguirre)

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