domingo, 16 de abril de 2017

fractales



para el profesor O


Confieso mi limitación para entender la coincidencia de la geometría fractal y la teoría del caos hacia los mismos años, en las postrimerías del siglo 20, pero eso nada importa. Si algo me impresiona de lo poco que entiendo de la geometría fractal es su proximidad a una antigua explicación del universo como series de correspondencias infinitas de materiales análogos, una continuidad vertiginosa, es decir, de alguna manera caótica.

Lo que sí entiendo, o percibo, es que el desplome del estado artificial que fue la sociedad puertorriqueña –colonia perfumada, consumo desenfrenado, mediocridad exaltada- coincide de un año a esta parte con una vigorosa producción literaria. Mencionaré solo cuatro ejemplos, aunque hay más: los libros de relatos Arboretum,  de Jotacé Lopez, y Comida de peces, de Manuel Núñez Negrón, y  las novelas de Francisco Font Acevedo (La troupe samsonite) y de Luis Othoniel Rosa (Caja de fractales).

Comparto unas impresiones inmediatas de Caja de fractales (Editorial Entropía, Buenos Aires, 2017). De pocas páginas, con la densidad de ciertas partículas pequeñas, la novela de Rosa tiene una trama perfectamente articulada en correspondencias formales que componen la unidad de un relato ambicioso, cuyo esquema temporal se extiende de 2017 -el año de su publicación- a 2701, un año imposible. También contiene el segundo ingrediente de las novelas contemporáneas que me parecen más interesantes y características. Si nuestra vida cotidiana anda tan llena de informaciones que habría que resucitar al argos de mil ojos para poder captarlas, la ficción, o una manera de la ficción, es la que se atreve a juntar, sin confundirlas tramas innumerables. Pienso en la novela y la poesía de Vicente Luis Mora,  pienso en las riquísimas novelas de David Foster Wallace. La nouvelle de Rosa, se instala en ese campo de ambiciones.

Esa novela total, tan moderna y contemporánea, remite, curiosamente, a los poemas épicos arcaicos, a las cosmogonías que explicaban el principio y el fin del universo. En Caja de fractales la imagen del título no es ociosa. Un fractal, "es un objeto geométrico cuya estructura básica, o aparentemente irregular, se repite a diferentes escalas".  El prólogo de la novela contiene una frase de Ovidio, autor de Las metamorfosis, poema que expresa la borrosa, acaso inexistente, frontera entre niveles y apariciones de la materia; así como el principio fractal de la repetición dentro de un solo objeto de figuras idénticas en diferentes escalas. Un ejemplo es la imagen de un brécol, cortesía de Wikipedia:




En Caja de fractales, los tiempos se conectan a través de pasadizos minuciosamente descritos. En tal espacio narrativo los personajes de Lewis Carroll viajan en estado de permanente arrebato. Los narcóticos, el éxtasis, la muerte feliz y el Coronel Carlos golpean como cautivos los lados de la caja estrecha, cuyo contenido, cuando el recipiente se abre, se estira, se desdobla, crece. Hay un antimundo de anti mundos llamado la catedral, cuyos sacerdotes son seres con apariencia de pitufos, que así como el gato que se sabe hermoso, evocan relatos infantiles y cuentos populares. También anda suelta la violencia, el estado de sitio a porciones enormes de la humanidad, migrantes, desplazados, la guerra que también es una constante en las tramas elementales. La vida es una pesadilla, para estos personajes pluri genéricos que son, todos y cada unx de ellas, elles, illis, ollos, ullus, y xllxs, seres arrebatados de impotencia y de ternura.  

Leí en esta novela que la ciencia ficción y la ciencia poesía pueden ser variables del realismo; que la fábrica cosmológica impenetrable no es ajena a la pobre existencia de los humanos, de las humanas, de los dieciséis  géneros hasta ahora contabilizados que no cuentan  nada más que con cinco vocales para expresar su diferencia en español. Somos depósitos genéticos. ¿Es que hay condición más digna que la de ser un depósito genético, indisolublemente conectado con todas las humanidades y todas las especies? También leo que la extinción de los recursos del planeta y el crecimiento demográfico de nuestra especie convoca oscuras y letales políticas neo maltusianas que no murieron en Auschwitz, y que las democracias y las tiranías se hermanan en esa doctrina de la supervivencia del más apto, es decir, en la crueldad y el abuso del poder de exterminar pueblos. (Leí algunas escenas fugaces de sociedades autárquicas, que habría que releer en contrapunto con otro libro del autor, Comienzo para una estética anarquista: Borges con Macedonio, Chile, Cuarto Propio, 2016). Leí un capítulo más hermoso que el gato. Es la descripción de un libro que todos escribimos, más borgianamente vasto e inaprehensible que la novela a varias manos de los italianos del colectivo Wu Ming. Corroboré que las novelas pueden leerse como se tocan, se huelen, se escuchan,  los objetos materiales pluridimensionales, y que un poema largo puede asumir la forma de una novela breve.

Hace unos años se decretaba la muerte de la literatura puertorriqueña. Pues yo la veo más viva que  nunca, porque no obstante la escala de sus espacios, entre meditaciones cosmológicas bajo los efectos de, y un moridero en Bolivia hasta la morada secreta de los pitufos en los acantilados de una isla que podría ser la de Dugald, la de Morel, la de Wells, el loco y arrebatado “ground” de Puerto Rico es uno de los lugares donde pudo haber prendido la idea de una catedral invisible.

Hay más, siempre hay más.


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