miércoles, 19 de abril de 2017

De árboles y violencia: Arboretum





para las estudiantes y los estudiantes que protestan 


Estos tiempos invitan a pensar la literatura, de nuevo. Vivimos en espacios subordinados a la violencia, más poderosa en sus armas, más estética en sus puestas en escena que el peso de lo inmediato. Se cierra la distancia entre “fake-news” y la presentación, sensacionalista, espectacular, manipulada, de los noticieros. Se insinúa que la verdad no importa,  que hemos cruzado el umbral entre el nihilismo y la época de la “pos verdad”. Puesto que la literatura ya no ocupa un espacio notable en el escenario de las ficciones, y sus espacios tradicionales se abren y difuminan sin pena ni gloria, vale preguntarse qué se nombra todavía con la palabra literatura.

Los dos relatos de Arboretum, el segundo libro de Jotacé López se relacionan con el tema inevitablemente, porque se publicaron y se dejan leer en un momento aplastante. Han caído los dados y los poderes no tienen que molestarse en presentar un frente seductor para imponer durezas. En Puerto Rico colapsaron las apariencias de legitimidad del régimen colonial. El vacío se palia con ofertas baratas de paraísos artificiales para contrarrestar la precariedad, el expolio, las desigualdades, el feminicidio, los secuestros, las tratas de órganos, los narcotráficos. Los alardes del poder desnudo, sin ambages, son parte de nuestra dieta cotidiana, servida en dosis incrementales, con táctica de bombardeo, esa que estipula la doctrina de shock and awe descrita por Naomi Klein. El terror no incita a la respuesta, sino al apocamiento.  



Arboretum  (Instituto de Cultura Puertorriqueña, 2016) se suma al género de la ciencia ficción especulativa. Además se relaciona con la tradición violenta de la novela gráfica. Cuenta el  autor que las novelas gráficas son claves en la representación visual de su mundo del futuro: las de DMZ y The Massive, de Brian Wood, entre otras. Los dos relatos se sitúan en un futuro cuyas imágenes nos rodean con el peso dominante de lo imaginario y transcurren en territorios insulares sometidos a dos economías: la plantación y el turismo. Esos dos modos de producción también fueron la base económica de Puerto Rico hasta mediados del siglo 20. Asimismo, el espacio de la isla concebido como laboratorio o terreno experimental, que no puede desligarse de la explotación de sus recursos y habitantes como seres abyectos, colonizados, se vincula con el relato de la historia. Las zonas boscosas y los llanos agrícolas de un Puerto Rico histórico han sido y siguen siendo campos experimentales. Basta mencionar las expediciones botánicas de los siglos 18 y 19, la constitución de los bosques reales y de un jardín botánico en el siglo 19, el bombardeo de los bosques de El Yunque con napalm durante la guerra contra Vietnam y, de unos años a esta parte, los terrenos experimentales cedidos por el gobierno a las semilleras de Monsanto.

Los dos relatos de Arboretum tienen nombres de especies vegetales. En el primero, “Coffea arabica”, accedemos a la plantación en la cordillera de una compañía que controla dos terceras partes de la producción de café en el mundo. Los recolectores del grano, vigilados por gendarmes armados, trabajan sin descanso, como espejismos de seres parientes de los zombis conforme a la percepción más difundida de los secretos cultos haitianos. La voz de un narrador anónimo va desvelando su propia transformación en un ser híbrido que se desnaturaliza, desprendiéndose a la par de sus afectos: un novio, la comida “nativa” que nunca le gustó, pero que relaciona con los recuerdos familiares y el trauma de un infantilismo crónico. Ingresa a una academia de policía con la ilusión de poder manejar un NX-65, vehículo robotizado de dos patas y ocho metros de alto, equipado con radares, rifles de alto impacto, visión nocturna y otros dispositivos.

En el segundo relato,  “Plantae_Unknown_Mahal”,  los errores y la violencia bruta de las partes borran distinciones entre los adversarios. En una isla que podría ser la misma del primer relato el bombardeo, por un grupo ambientalista llamado Horizon Green, de una represa construida por una compañía china provoca una inundación catastrófica, que además dispersa un virus relacionado con la planta fantástica que da nombre al relato. La planta es el arma increíble de antiguas hechicerías chinas.



El estereotipo  del chino siniestro oculta, quizás, uno de los grandes frentes en conflicto en el seno del capitalismo global, que se alimenta virulentamente de sentidos corruptos de la nacionalidad y los nacionalismos. Para las lectoras y lectores familiarizados con la literatura puertorriqueña, la filiación china de falsas pistas culturalistas remite a la novela Flor de ciruelo y el viento (Editorial Folium, 2011), de Rafael Acevedo. El relato de una emperatriz que se nutre, como la condesa sangrienta, de los despojos de una planta carnívora es, en efecto, una fábula que evoca, también, y sobre todo, a Jorge Luis Borges, quien aprovechó los tópicos fumanchescos y funambulescos de una China de “pulp-fiction”.  La flor es un objeto mágico tan poderoso que altera el espejo simbólico de la hembra. Los sentidos de la mujer al cuidado de la tierra y sus recursos en rol de activista de Horizon Green se invierten en una transformación perversa.

De prosa precisa, ágil, con la atractiva flexibilidad de un cuerpo atlético, pero detallista y evocadora de los puntos de mira de los personajes, así como puntual en la creación de atmósferas y la trepidante descripción de escenas de violencia, estos relatos están muy bien escritos. Más allá de la calidad estilística exponen la circunstancia de nuestro tiempo: la guerra sin diferencias éticas definidas entre las partes adversarias.  Todos somos destructores.

Sin embargo, leo una mínima y mutable esfera donde se expresa un resquicio altruista. Se trata de un valor que atraviesa el arte de la violencia del pasado medio siglo desde The Godfather, hasta Mad Max: la lealtad a “la familia”. Disueltos los lazos del reñido contrato social entre clases dominantes y  ciudadanos comunes, las fidelidades se limitan a un núcleo reducido de lealtades. No siempre se es familia por lazos de sangre. En el ordenamiento de una nueva edad de las tinieblas, la familia, ganga, comuna o iglesia, es un clan auto erótico de fieles obedientes. 

Es posible leer un remoto antecedente en el truculento teatro isabelino, particularmente Shakespeare, con sus personajes despreciables y grandiosos, como ha visto Jorge Carrión (Teleshakespeare, errata naturae, 2011). La devoción al clan está anclada en el terror, no puede desligarse del miedo y de la impotencia ante el desastre. Veo en esa fragilidad el sutil antagonismo dinámico de los relatos de Arboretum. En el deseo de la protección del clan como sola respuesta –desenfocada, mínima, patética- ante un mundo de violencia, leo la propuesta del libro en tanto literatura. Leo, además, representaciones que remiten al mal sin paliativos que se ajusta a un descripción que Terry Eagleton propone en On Evil: “Some of the main features of evil are assembled here: its uncanniness, its appalling unreality, its surprisingly superficial nature, its assault on meaning, the fact that it lacks some vital dimension, the way it is trapped in the mind-numbing monotony of eternal recurrence… On the one hand it is a kind of insidious deficiency of being; on the other hand, it is just the opposite – a monstruous spawning of meaningless matter”.

De lazos sociales comunitarios solo queda en las islas de Arboretum la inclinación a convertir el rito funerario en fiesta. Esas ceremonias son desmembramientos de la escena representada en El velorio de Oller. Los ritos funerarios provocan la repulsión del mercenario extranjero que los consiente en tolerancia de borrachera, el mismo soldado a sueldo que se alza con el horrendo talismán de los chinos. Por lo demás, ese gendarme es un instrumento de fuerzas impersonales, como si fuera cierto que el mercado todo lo resuelve y disuelve en curvas de oferta y demanda. El mal es justamente la neutralidad que comunica la imagen de una persona mediocre informándose sobre alzas y caídas de acciones en el Wall Street Journal.

El mercenario comparte el ojo crítico de aquel don Manuel  Zeno y Gandía que veía en los pálidos de los montes a un pueblo irredimible. Jotacé López incluye La charca en la lista de fuentes de estos relatos, y encuentra en la lectura del clásico uno de los tonos que se propuso escribir: el choque escenificado en el ambiente rural entre lo científico médico y lo natural, no artificial. Pesan sobre la masa anémica el determinismo, las taras del servilismo.

También puede llevarse a la mesa (de disecciones), a propósito del cafetal como escenario de tramas literarias, el único libro de Antonio Oliver Frau, Cuentos y leyendas del cafetal (“heroicamente impreso en Yauco en 1938”, según Emilio Colón). En ese libro hay un relato, “Noche de brujas”, de sesgo naturalista con un toque de humor que jamás visitó las páginas de Zeno Gandía. La protagonista de ese relato maneja los miedos y las supersticiones de sus parientes y vecinos para ocultar encuentros amorosos. En contraste,  las protagonistas del segundo relato de Arboretum no tienen “agencia”, caen en una madeja de males desenfrenados, “un monstruoso desove de materia sin sentido”.

En tanto literatura de la post crisis y la precariedad, los cuentos de Arboretum se vinculan con una línea de ciencia ficción como escritura del desastre, compartida por Caja de fractales (Ediciones Entropía, 2017) de Luis Othoniel Rosa. Como retrato frontal de la tragedia de la violencia y la explotación se relaciona con varios libros notables: El Killer, de Josué Montijo (Ediciones Callejón, 2007), La belleza bruta, de Francisco Font Acevedo (Editorial Tal Cual, 2008) y, más recientes, Seis sucesos siniestros, de Juan Berríos (Editorial Tiempo Nuevo, 2016)  y De fronteras, de la salvadoreña Claudia Hernández, que acaba de publicar en Puerto Rico la editorial Trabalis. 


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