viernes, 28 de abril de 2017

Esther Williams





Con la facilidad de lo inevitable le pedí una entrevista cuando coincidimos en una manifestación contra la planta carbonera AES en Jobos. José, que sabía de Aguirre porque allí nació, me regaló un adelanto. La hija de Eugene F. Rice, uno de los últimos administradores americanos de la central, había publicado un libro de memorias. A él le queda el recuerdo de haberlo visto.
Una mañana de enero llegamos antes que José Claudio a la plaza del poblado. Salía del correo un viejo moreno, delgado, apoyado en un bastón, con pantalones cortos que dejaban al descubierto unas piernas de hombre joven. Le dije que habíamos quedado en reunirnos con José para hacer un recorrido de Aguirre y, sin que viniera al caso, nos informó su edad, la credencial de una permanencia en el tiempo: 79 años, a punto de cumplir 80. Recuerdo su apellido, Alméztica, y que siguió hablando de los lugares menos conocidos del barrio y de la playa que queda detrás del campo de golf. Vengan, nos invitó, y nos fuimos como niños detrás del flautista.  Rompí el hechizo y me excusé. Alguien tenía que quedarse en la plaza esperando a Claudio. Paco se fue con Alméztica, yo me eslembé tomando fotos de casas desiertas, silenciosas ruinas ahogadas de enredaderas, picadas por las ramas de los árboles. En Aguirre, me dijo Claudio luego, hay almácigos que ya eran viejos cuando yo era niño. Nos prohibían jugar en el campo de golf, pero qué es la vida del niño sin aventurarse más allá de las prohibiciones. Sobre todo en un espacio, pienso, donde la luz proyecta sombras. No quiero imaginarme una tormenta en Aguirre, con el agua golpeando los techos de cinc y el viento castigando ventanas.
José llegó conduciendo una guagua grande, color vino, brillante, con la dureza de un vehículo militar. Tan pronto nos sentamos en un banco de la plaza empezó a contar la historia de sus antepasados paternos y maternos.  En Aguirre, en 1919, nació la madre de José. La casa del abuelo materno está en una de las esquinas que da frente a la plaza. Es una de las mejores casas del sector boricua de Aguirre, donde residían los trabajadores diestros y los oficinistas. El abuelo Seda era herrero de oficio, un trabajo manual de precisión. Producía tornillos y otras piezas de remplazo para las maquinarias del ingenio.  Antes de ser herrero construía carretas. Fraguaba sobre carbones encendidos como los cigarros que  fumaba.
En el company town -segregación y orden de ingeniería- el orden estamental partía de los ejecutivos e ingenieros blancos, descendía a los profesionales puertorriqueños, médicos e ingenieros y luego a los capataces y obreros diestros. Estos últimos tenían derecho a la ocupación transitoria de viviendas de las cuales eran evacuados forzosamente cada cierto tiempo para que las casas, esas casitas primorosas a dos aguas, fueran limpiadas con mangueras a presión y sus fachadas pintadas. 
Alméztica nos había mencionado a un americano malísimo, Mr. Gordon, que  apedreaba a los muchachos insolentes que se metían en la zona de los americanos. No poca de la resistencia en las zonas más visiblemente intervenidas de Puerto Rico la hicieron los niños. Paco me cuenta de cómo perseguían a los soldados borrachos cuando salían de la base Ramey, en Aguadilla. Los soldaditos y los muchachitos eran de la misma clase, casi de la misma edad.  
Silencio y viento es la historia de los pueblos, así desaparecieron los americanos de Aguirre y de ellos no quedan más huellas que las estructuras inertes y los recuerdos de la generación que los conoció. Sin movernos de la plaza, Claudio señala el edificio en ruinas donde estuvo  el cine segregado, cerca de la barbería y el viejo telégrafo. En el paraíso, o gallinero, a diferencia de otros espacios semejantes, se acomodaban los hijos de los americanos y de los puertorriqueños profesionales. Los boletos de entrada al paraíso eran más caros. La taquillera se llamaba doña Merín. Aquí queda la memoria de su nombre en reconocimiento de las veces que se habrá hecho la ciega para que se le colara algún titerito
Un día impreciso llegó Mr. Peter Pond. En mi libreta de apuntes leo el nombre  y me doy cuenta de algo que no había visto cuando lo anoté. El nombre evoca a Peter Pan, el joven que se negaba a madurar. La misión del Peter de Aguirre, enderezar a los muchachos ariscos, no iba por ahí. Pond fundó la YMCA y organizó brigadas juveniles de trabajadores comprometidos, jóvenes útiles. Bajo su régimen de despotismo ilustrado se construyó el piso de la cancha de baloncesto. 

La temeridad y el deseo de los niños varones excluidos del sector americano y del hotel prohibido donde se bañaban las mujeres, las hijas, las madres, las visitantes en el redundante hueco de una piscina situada a unos pasos del mar, encontraron el punto de vista perfecto para observar  las carnes blancas en la ceremonia del bronceado, cuando se bajaban los tirantes de sus trusas de una pieza marca Esther Williams. Cuando los descubrían, los guardianes de la honra de las damas llamaban a los guardias de la central y los guardias a los padres castigadores. Mr. Pond, no obstante, renovó en Aguirre, el discurso benevolente que a fines del siglo 19 había implantado la filantropía de Alice Bacon. Por mediación suya se llegó a un acuerdo. A los niños nativos se les permitió el uso de la piscina un día de la semana. Nadaban y ejercitaban el cuerpo hasta el cansancio, para ahuyentar tentaciones. En la misma noche del día acordado, dice José, se limpiaba la piscina con clórox, para que al día siguiente pudieran sumergirse en ella los cuerpos blancos, sin peligro de contagiarse con un tono más oscuro que el rubor de las langostas hervidas


(Pasaje de un capítulo más extenso dedicado al dirigente ambientalista José Claudio Seda).

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