domingo, 2 de abril de 2017

El marqués de Cabo Caribe





para Lizette Cabrera Salcedo

La invasión y apropiación de un territorio exótico, que además traía el estigma de barbarie ligado al imperio de España en América, otorgó a los propagandistas de los invasores estadounidenses cierta licencia para escribir a sus antojos en la página en blanco de un lugar sin méritos. Sin embargo, la percepción de la isla como espacio virgen de iniciativas empresariales no hubiera dado pie ni a la invasión ni a las ambiciones de los hombres de negocios que acompañaron a los militares. En aquel tiempo las firmas de banqueros no jugaban, como ahora, a los dados. Los cónsules estadounidenses habían mantenido al tanto de las condiciones económicas y políticas del país a su gobierno y a sus empresarios. Las colonias de extranjeros domiciliadas en las principales ciudades mercantiles se relacionaban con comerciantes en azúcares de las ciudades del norte, que conocían bien el estado de la economía agrícola y la política proteccionista española, enemiga de sus propias colonias.
Se ha estudiado la situación de la industria azucarera en Puerto Rico en el último tercio del siglo XIX. De todas las causas de su encogimiento, la que menos se sostiene para explicar la decadencia del negocio del azúcar es, quizás, la abolición de la esclavitud. Los hacendados recibieron buenas, aunque tardías reparaciones, a cambio de la manumisión de los esclavos. Otra de las causas señalaba la incompetencia de los productores y la baja calidad del producto. En informes de la época, no se da la misma importancia a los mercados como estímulo para la producción, la situación adversa impuesta por la política española de aranceles y la imposición de tarifas de parte de Estados Unidos.
Un informe sobre factorías centrales publicado en 1882 recogió datos de muchas áreas productoras. En el documento se destacaba la pobre calidad del azúcar moscabada producida en Puerto Rico, incapaz de competir. Ademas, contenía los resultados de un estudio sobre las zonas productoras de azúcar en las Antillas que eran colonias de otras potencias, e insistía en la necesidad de establecer una red de factorías para procesar el azúcar sin refinar:
A propósito de la pregonada abulia de los hacendados “de la provincia”, así como de la negrura e impureza del azúcar producida en los ingenios locales, la historia registra una fascinante y desdichada discrepancia: Leonardo Igaravídez, marqués de Cabo Caribe, propietario de la Central San Vicente. El personaje pudo haber figurado en la gran novela del capital que Tapia quizás pensó escribir y dejó en el tintero cuando murió de un ataque de rabia en una reunión de socios del Ateneo. Igaravídez personifica una visión de expansión capitalista con raros -y arriesgados- destellos visionarios. Sobre él escribió un poeta visitante; al estudio de su figura se ha dedicado fervorosamente algún investigador de su pueblo, además de historiadores académicos. Parece haber una especie de culto en su región a la memoria de Igaravídez, sustentado en investigaciones documentales.
Se informa que su padre era español y su madre puertorriqueña. Nació en Puerto Rico, fue senador en las cortes españolas, y recibió el título de marqués de Cabo Caribe. Fundó en tierras de su esposa, viuda de un tal López, en Vega Baja, la primera factoría central de la isla: San Vicente. 
Entre 1878 y 1880 visitó San Vicente Carlos Peñaranda, periodista y poeta liberal español que entonces era funcionario de Hacienda en Puerto Rico. Peñaranda dejó en sus cartas puertorriqueñas la descripción de las instalaciones de San Vicente.  La central contaba con su propio muelle en la ensenada de Cerro Gordo, y con medios de transporte privados: las goletas Hortensia y Laura y el vapor Enrique, nombres de los hijos de la esposa del propietario.  El paisaje agroindustrial que describe Peñaranda vale por la foto panorámica que seguramente se tomó, y acaso existe, innombrada, en algún archivo, aguja en un pajar.
Ocupa la Central un punto equidistante de todos los extremos de la dilatada vega, que semeja un vasto mar con sus rumorosas cañas mecidas por el viento: desde las más distantes convergen al centro, donde se cruzan, combinan y unen, numerosas redes de vías férreas, sistema Bass, que oprimen diariamente, durante la zafra, pesados trenes cargados del riquísimo fruto. Antes de llegar al molino pasan todos por encima de un aparato de romana, donde dejan como tributo el curioso dato de su peso y el neto de la caña, adelantándose después hacia la máquina. El salón de las máquinas ocupa 42 metros de frente, 17 de fondo y 15 de alto : su fachada principal da al Oriente: rodéalo por los costados Norte y Sur el caserío reformado de la primitiva hacienda : en su parte posterior se alza la robusta chimenea que expele la respiración de aquel monstruo de hierro, mide una altura de 130 pies: un ferrocarril aéreo, que parte del molino o trapiche en forma de herradura, cuyos extremos se unen luego y forman una sola línea, conduce los wagones encargados de recoger el bagazo o residuo de la caña, y llevarlo a sus almacenes: la caja de estos wagones es giratoria en sentido lateral, lo que facilita en gran manera la carga y descarga.
Las cifras subrayan el arrebato del cronista, pero el golpe maestro lo provoca el blanqueamiento, o proceso de dar transparencia al cristal oscuro: “… depurada de toda miel, que filtra a otro depósito exterior, lavada por el vapor, y seca y compacta por la rapidez del aire que la despide con fuerza a las paredes laterales del tambor, forma apretadas masas, y es conducida en andas de blanca madera al almacén general, dando envidia con su pureza y transparencia al cristal y a la nieve”.
Salvadas las diferencias del lenguaje lírico y el tono maravillado, y sustituyendo el vapor por energía eléctrica, la de Peñaranda podría ser una descripción de los trabajos de la central Aguirre en la primera década del siglo XX. Aunque tampoco el pragmatismo yanqui se conformaba con relaciones secas. El tono de exaltación, pavor y vasallaje ante la máquina podría ser un tópico de las descripciones literarias del XIX. La inquietud de Peñaranda y su reiterada devoción ante la máquina (“cree en Dios, arrodíllate y ora, calla y admira”) es comparable a la inquietud del viejo Henry Adams, cuando describe la potencia del imperio nuevo en su autobiografía The Education of Henry Adams.
¿De dónde entonces, la nota pesarosa insistente en aquellos años posteriores a la abolición de la esclavitud, sobre la calidad inferior del azúcar puertorriqueña, sin refinar, en lugar de señalar que las políticas tributarias y de aranceles de España, de Estados Unidos e incluso la del libre comercio de Inglaterra, hirieron de  muerte la industria azucarera de la isla? El ejemplo de Igaravídez, marqués de Cabo Caribe y opulento dueño de aquella factoría” (Peñaranda) podría estudiarse como caso típico de quien asume un destino de independencia y grandeza incompatible con la fatalidad de la historia.
Quizás Peñaranda doblaba como propagandista "de izquierdas", pues las cartas, dirigidas a un poeta mayor, Ventura Aguilera, se publicaron en la prensa madrileña. En todo caso, menciona que en los planes de Igaravídez figuraba un poblado de compañía gestionado por comunidades de obreros organizados:
Pruébanlo la exuberancia de vida que allí se observa, los proyectos de dicho señor de fundar un centro de población en escogido sitio de la vega, sus propósitos de formar asociaciones obreras para construcción de casas, adquisición de tierras y otros fines análogos destinados a promover el mejoramiento de la clase proletaria. La Central del Sr. Igaravídez no es sólo una vasta ó magnífica posesión de un individuo favorecido por la suerte; es la promesa de prosperidad para su comarca; es el adelanto sobrepuesto a la rutina; es el talento venciendo a la impotencia; es el renacimiento de la muerta industria sacarina en Puerto Rico.
Tanto el entusiasmo del visitante como el presagio melancólico de Igaravídez de lo que sería su suerte, se recogen en esta carta:
La noche del 6 era clara y hermosa: nos habíamos sentado en la galería exterior de la casa de recreo Rosario, donde estábamos alojados; formaba nuestro techo un espeso emparrado, entre cuyas movibles y anchas hojas se deslizaban furtivamente algunos rayos de luna, que venían á alumbrar las tazas,  prontas á recibir el aromático café y á convidarnos á las delicias de los aficionados á esta semilla. Al destapar el blanco azucarero para servirse, el señor Igaravídez, mostrándonos el trasparente grano, no pudo menos de exclamar: «Sea la que fuere la suerte reservada á las Centrales en Puerto-Rico, siempre tendré la satisfacción de haber sido el primero en fabricar este azúcar en la Isla.» Noble frase que envuelve un mundo de pasadas contrariedades, de presentes luchas y positivas y venideras victorias.

Ruinas de San Vicente. Foto, Edgar Freytes

San Vicente funcionaba a capacidad cuando la visitó Peñaranda. No tardó en paralizarse. Requería inversiones cuantiosas que el marqués no pudo afrontar, porque una producción necesita, desde el principio, mercados accesibles y suficientes. Tan ambicioso como idealista, Igaravídez adquirió más tierras de las que fue capaz de cultivar y se endeudó irreparablemente. No solo se fue a la quiebra sino que fue a dar al calabozo. Allí firmó un documento que podría llamarse, en léxico actual, un plan de reestructuración de sus deudas.
La realización del sueño o la pesadilla de Igaravídez le correspondería a las centrales de capital estadounidense. Los pueblos invasores no se interesan mucho en leer el paisaje de marcado por sus antecesores, y menos las desventuras de un empresario insensato.  A juicio de los nuevos colonizadores, en la isla todo estaba por hacer. Henry De Ford, como el anciano del grupo de los cuatro inversionistas bostonianos, y custodio del presupuesto del ejército, fue otro personaje en el relato de la incapacidad de los hacendados criollos y el altruismo del capital estadounidense. Sabía, no obstante, que todo el ingenio y la tecnología yanquis no levantarían la industria sin la eliminación de los aranceles sobre las importaciones de azúcar a los mercados de Estados Unidos, como antes hubiera sido necesaria la eliminación de los aranceles españoles. También sabía que si querían allegar los capitales necesarios para reanimar una industria que al estancamiento sumaba la desolación de un monstruoso huracán, él y sus socios necesitarían el respaldo del gobierno de su país, el mismo apoyo que no había sabido proporcionarles el estado español a los empresarios cañeros de Puerto Rico. Además del respaldo que supuso para DeFord and Company la encomienda de administrar la nómina del gobierno militar, la inclusión de la isla en el mercado de Estados Unidos, garantizaba la recuperación total de la inversión y potenciaba ganancias. El puertorriqueño marqués de Cabo Caribe no contó con acceso equitativo al mercado español. En Andalucía también se cultivaba caña de azúcar.
Después de su muerte, sus familiares heredaron el acoso de los acreedores. Tal parece que San Vicente se fue despedazando y que sus solares se fueron repartiendo en litigios, a juzgar por un recurso presentado por Julián Blanco, hombre capaz de redactar documentos ininteligibles: “Recurso gubernativo establecido por don Julián E. Blanco contra dos notas denegatorias de anotación preventiva puestas por el registrador de San Juan de Puerto Rico al pie de dos mandamientos judiciales expedidos en el juicio que sigue contra los sucesores de don Leonardo Igaravídez”. El arquetipo de un capitalista  soñador de comunidades utópicas e inspirador de poetas,  titular de un marquesado puertorriqueño llamado Cabo Caribe, nunca ha viajado bien las largas distancias que se enfrentan cuando desaparece la silueta de la isla en el horizonte.

Barrio Cabo Caribe



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