sábado 29 de octubre de 2011

Gotham

(Este cuento lo escribí a petición de una amiga, para una colección de relatos "góticos" que no se publicó. Sale a las tinieblas en la antesala de Halloween)

La ventana del refectorio da al antiguo cementerio de los sefardíes. Las lápidas derrumbadas, la hierba que arropa la vereda, el estado herrumbroso de la verja, proclaman el más inútil abandono. Por lo visto los dueños de esta ciudad de comerciantes no saben que de los muertos también se extrae algún beneficio.


Antiguo, lo que se dice antiguo, no lo es tanto. Este, el tercer cementerio de los españoles y portugueses, se fundó en 1824, como quien dice ayer. En cuanto al refectorio me gusta llamarlo así, aunque sea una salita comedor donde en ocasiones, cuando éramos al menos dos, nos reuníamos para ver algún partido de fútbol por la tele.

No me desagrada la pequeñez de los pisos característica de esta ciudad, ni el brutal grosor de las avenidas, aunque echo de menos los callejones de Toledo y las habitaciones que ocupaba la Orden frente al costado de la catedral. Pero mi nostalgia no se compara con la sabiduría de los padres que alquilaron este piso colindante con un lugar propicio para el cultivo de la planta. Aquí soy invisible, puedo trabajar en paz. Cuando salgo a la calle es muy raro que alguien se fije en mí. Son miles los transeúntes y cada uno lleva un disfraz que lo protege de la mirada ajena, si bien en ciertos días del mes, en plenilunio, el giro de la brisa estimula las pieles ávidas al punto de provocar la locura del encuentro.

No sé bien cómo contar esta historia ni para quien la escribo, sin desconocer que mi destino depende de quien lea estos apuntes escritos al vuelo, como si ya el cuerpo se me hubiera acostumbrado al ritmo de la ciudad, que tiene más misterios de los que ostenta su fachada de urbe funcional, alejada de todo lo que no sea la idolatría del dios dinero. Si me atreviera a cultivar también la esperanza, anhelaría que esta relación de antecedentes, más que una defensa, obrara como un candil de esos que colocados al dorso de un pergamino van revelando en el trasluz las tintas de una escritura secreta.

De mi madre aprendí todo lo que sé, y de mi hermana. Los tres nacimos en Toledo; Madre a mediados del viejo siglo, mi hermana el año de la muerte del caudillo, yo cuando España ya se había ido al infierno. En verdad me parece que vivo desde siempre. Quien conozca Toledo entenderá lo que digo cuando hablo de cierto aire peculiar a sus habitantes, descendientes de nobles y villanos por igual; esa expresión que algunos tildarán de desvarío, pero que yo prefiero describir como una especie de respiración mística, y que se traduce en miradas brillantes, en una forma hermética de sonreír, en una expresión de dientes desnudos que puede parecer obscena cuanto más espiritual es su fondo.

Siendo yo el varón de la familia se esperaría que fuera el llamado a sustituir a mi padre, que murió poco antes de que yo naciera, de causas desconocidas. Soy alto y fuerte. Pude haber aprendido el oficio de papá, pero madre quiso que fuera fraile. Desde pequeño me vestía con una sotanita negra, y cuando llegaba de la escuela me obligaba a usarla. Ella y mi hermana me enseñaron las ocupaciones que son útiles en una comunidad de hombres. No me daban tregua hasta que hacía la cama perfectamente, las sábanas estiradas con todos sus dobleces. Aprendí a teñir telas y a mezclar soluciones para limpiar los cristales de las ventanas. Se me revelaron los misterios que guarda la botica doméstica. El hombre que no sepa lo que es un hogar y los secretos de su manejo será siempre una bestia callejera; carecerá de la delicadeza imprescindible para confeccionar un postre o rematar un zurcido. Lo que la bestia callejera no se imagina es que todas las artes del horror y de la guerra están contenidas en el hábil manejo de una casa.

Los conocimientos de mi madre debieron haber pasado a mi hermana, pero la Olvido nos salió rebelde. En su juventud escapó a Madrid con un novio que se perdió por ella. Volvió cinco años después, horra de niños y de honra, según Madre, que ya me había hecho el heredero de su legado. Actué como la Virgen María que en el drama de Lope sustituye a la pecadora hermana tornera.

La rapidez con que -tras la vuelta de mi hermana- se verificó mi ingreso en la Orden de San José de la Planta, Patrón de la Bella Muerte, me ha inspirado algún desaliento. Hasta ahora no había tenido un instante para mirarme al espejo y descubrir quién soy. Estoy seguro de que Madre acordó mi ingreso en la Orden, quién sabe si a cambio de alguna suma que gastaría en velas para sus promesas. Nunca me trató con ese amor excesivo y desvergonzadamente injusto con que otras madres tratan a sus hijos varones, aunque ciertas caricias suyas me marcaron a fuego, para siempre.

Ya, no me quejo. Mi oficio es un privilegio. Son pocos los frailes que lo practican. Además de preparar la materia prima, también bordo las casullas; es decir, de mis manos salen los materiales y el producto final que vendemos a sacerdotes pudientes en todo el mundo. Lo proclamo, por si el lector -sea quien fuere- gusta de comprar una casulla, un diván tapiado o una alfombra.

Para despejar el aire de las maledicencias me trasladaron a esta ciudad, donde no me alcanzan las miradas suspicaces de las vecinas que pertenecían a la cofradía de mi madre. La ciudad de los rascacielos le hace honor a su otro nombre: Gotham. Hay más iglesias que en Toledo, y más discotecas. En esos cruces radica, para mí, su magia profunda. El cementerio que se ve desde esta ventana queda a pocas cuadras del Empire State Building. A pesar de la lejanía he notado, en ciertas noches, cómo los resplandores de las luces azules y rojas de la torre hacen juego con la lividez de las lápidas.

Al principio me sentía a gusto deteniéndome en espera del cambio de semáforos, viendo pasar a los amos que salen con sus perros encadenados a media mañana o de noche. Era feliz ejerciendo con sencillez mi oficio. Despedí a tres frailes mayores y bordé unas casullas primorosas.

Todo cambió cuando llegó Fray Ignacio de la Sagrada Herida del Costado Luminoso. La muerte y el desamor lo acompañaron desde su nacimiento. Era casi transparente. Tenía el pelo del color de una zanahoria podrida. No había cumplido treinta años y era una ruina. Una ruina feliz, para colmo. Tanta alegría me pareció una obscenidad. Verlo soltar risotadas que salpicaban sangre no me provocaba piedad sino todo lo contrario, la exacerbación de una violencia incomprensible. Lo abracé, nunca había sentido tanto amor. Ese sentimiento se mezcló de inmediato con el horror y el asco. Ignacio era un desvergonzado. Poniendo los ojos en blanco musitaba que si eso formaba parte del tratamiento tanto mejor. Era impúdico y bueno hasta cuando se entregaba al pecado con alegre ferocidad.

Nadie me exigió la casulla de sus carnes. Pretexté que la debilidad del joven, su constitución enfermiza, no daban para mucho, y que prefería usar sus escasas prendas como accesorios en otras obras. Me creyeron o no les importó. Además, como todos los hermanos que reciben mi asistencia, no tenía parientes que reclamaran su cuerpo.

Yo, que tantos moribundos acompañé, no he podido aceptar la pérdida de Ignacio. No sé describir el placer que me causaba abusar de su cuerpo enfermizo y cariñoso.

La calidad moral de los jóvenes habitantes de esta ciudad no ha variado mucho a lo largo del tiempo. Los de hoy, como los de hace un siglo, profesan el culto de la muerte, pero no tienen idea de sus primores. Una noche me siguió el primero, atraído por el vuelo de mi manto. Saltó la valla del cementerio y se acercó al rincón donde cultivo la planta que sólo prospera entre muertos. Se me insinuó. Le arrojé la luz de la linterna sobre la cara y descubrí su delgadez provocada por el vicio y la anorexia, las uñas de los dedos y los labios pintados de negro, el pelo erizado a fuerza de laca, un olor nauseabundo. Le dije que era el guardián del cementerio y que prefería trabajar de noche para no ser interrumpido por niños curiosos, pero que su atrevimiento me había quitado las ganas de trabajar. Lo invité a tomar una copa.

Dominado por la impaciencia, alteré el protocolo. Añadí al vaso de cerveza la dosis pura, tanto deseaba volver a ver los ojos en blanco de Fray Ignacio. Por lo general toma unos días la reducción del hálito vital. Esa lentitud de gota no hace sino acrecentar la sensación placentera del letargo que finaliza en el primer y único encuentro con Dios, el resplandor irrepetible de la bella muerte. Dudo que algo de eso sintiera el muchacho, en la rápida y dolorosa agonía que culminó con un vómito sangriento, perdido en la noche de mi sotana.

Hace meses que no me envían a un fraile moribundo para que lo encamine por el sendero de la muerte misericordiosa, asistido por los destilados de la planta. Sin embargo, han sido varios los encuentros con jóvenes indiscretos, así que no me aburro. También he aprendido a recuperar la paciencia, madre de todas las artes. Ante todo, el placer, puesto que mis cuidados lo prodigan. La planta no crece mucho, sus hojas son menudas y sus flores amarillas más chicas que granos de arroz. La semilla, que viajó conmigo desde una de las criptas de la catedral, germina sin dificultades en este cementerio neoyorquino de judíos españoles.


Me han dicho, pues no consumo mis remedios, que la primera dosis es muy superior en sus efectos que las sucias drogas callejeras. Al cabo de unos días la piel se va secando y el pecho uniéndose a la espalda, hasta reducir el cuerpo a dos dimensiones. Las orejas, dependiendo del azar, pueden quedar a la altura del ombligo. Tras el último suspiro se acelera la sequedad y el cuerpo, que ya no conocerá los horrores de la putrefacción, parece obra de gusanos de seda. Entonces extiendo la piel, la corto, la bordo, destaco las bondades personales de cada hijo de Dios en una obra primorosa.

Esta semana he dormido bien. Me anunciaron que el lunes llegará un nonagenario. Mientras lo espero escribo estas notas sin tener idea de quién las leerá. La vida solitaria tiene placeres incomprendidos. ¡Qué diría Madre de mi poca atención a la forma de las sábanas, de los trastes sucios que se acumulan en la cocina! Los viernes tomo una copita, fumo un cigarro, me distraigo en la contemplación de mi colección personal. Completé una casulla divina. Alrededor del copón bordé los destellos de la Santa Eucaristía con hilos color zanahoria.

Me miro al espejo y reconozco las facciones de Olvido en mi propia imagen, sobre el diván donde reposo envuelto en un manto de anchos vuelos. Qué maja estás, le digo, y acaricio con la lengua, como ella lo haría, los relieves del respaldo: los ombligos como pozos sabios que hablan de la historia familiar de cada uno; las bocas negras que se abrieron con inocencia al nacer; las orejas abismales, las narices glotonas, los testículos disecados.

Mi oficio es divino. Lo he visto cuando los jóvenes, machos y hembras, en lugar de persignarse y pedir clemencia, suplican que los inmortalice asesinándolos. La belleza que nunca tuvieron los seduce. Si no fuera porque pongo a Dios por delante, en todo, dejaría la Orden y me dedicaría al comercio lucrativo. Tú también, Olvido, y Madre, recibirían el derrame de mi riqueza, pero no es posible; ya no sufren en este valle de lágrimas. Devotas, piadosas, son los ornamentos más deslumbrantes de la casulla del Arzobispo.

miércoles 12 de octubre de 2011

Tiempo




por Andrea Benavídez


Poesía, me tienes harto de mordeduras de serpiente. Ahora recuerdo, cómo no, por qué había dejado de buscarte.

Las letras que esconde El cuervo han encendido mi vena y no me dejan en paz; me impulsan a recordarlo todo, nuevamente: tu plaza, mis caballos; todo lo que fuiste, en mis huesos, aún está presente.

Y mi lengua se desangra por torturado silencio que me obliga a no nombrarte. Ahora que tu amor ha pasado y nada te detiene ¡cuánto y cuánto permaneces! Tus ojos se han secado de llorarme y los míos se han vuelto ciegos de mirarme desesperado. Los espejos de la casa: los he roto todos para no verme buscarte. Los relojes, los muebles, todo he vuelto astilla para no recordarte.

No comprendí entonces tus dominios; sobre mi fibra íntima tuviste el privilegio; me atolondré las manos sin poder acariciarte. Nada de lo que hubo podido urgirme sufrió postergo. No hay sueño que te albergue sin maquillaje.

Ahora los clamores bajo la higuera no son escuchados por nadie. Ahora, el hueco en el que cabes está más desolado que nunca.

Por seguir tu paso he abandonado el mío; me he perdido del todo y ni siquiera puedo culparte. He caminado sobre los géneros mancillándolo todo. He abandonado la alta poesía para volverme un confesor epistolar de mi tragedia infinita.

No tenerte es lo menos importante; no saber quién eres ahora que no estás conmigo es lo que me induce al desquicio.

En las cuevas más antiguas me he escondido, intentando no buscarte, pero no he sabido contenerme en silencio. Todo el tiempo que he podido lo he hecho; hoy abandono las promesas que un día me hice.

Es noche cerrada dentro de la montaña que me crece por dentro. Mis garras se han secado de sed de tu piel. Ya no encuentro formas que sean menos dañinas. Veo el pájaro malicioso revolotear en círculo, esperando mi muerte.

No sabes, acaso, que un hombre enamorado se asemeja a un humano.

(Andrea Benavídez nació en 1976 en San Juan, Argentina, donde cursó la licenciatura en Filosofía en la Universidad Nacional de San Juan. En 2008 obtuvo un Máster en la Universidad de Murcia. Actualmente trabaja en la tesis para obtener el grado de Doctor en la Universidad de Alicante. Ha publicado durante 2010 y 2011 algunos cuentos en Destiempos.com.)