martes, 17 de enero de 2012

Con Gloria Swanson en Yauco


Sorprenderla, tanto como sorprenderla, no tanto. Le resultaba familiar aquella figura ataviada con turbante de aplicaciones, gafas oscuras, bata negra rastrera de mangas largas y anchas sobre un conjunto rosa de pantalón y blusa en una sola pieza y el exclusivo accesorio de un cinturón de resplandores metálicos. Las zapatillas puntiagudas bordadas se sostenían sobre unos tacos altísimos. Sin duda la había visto antes, dormitando de madrugada, en sintonía con el canal de la época de oro de Hollywood.
Gloria apoyó un brazo sobre el marco de la puerta. Laurita, que se moría del estrés, tuvo que aguantar la risa cuando vio que la doña colocaba la otra mano en la cintura y que sujetaba entre los dedos retorcidos como las garras de una gallina señorial –largas y sucias de tanto escarbar en el jardín– una boquilla de marfil con el cigarrillo atascado en las fauces de un dragón. La vieja la miró, las córneas perdidas en el inmenso blanco de unos ojos brotados, enarcando tanto una ceja que parecía la rúbrica de una firma.
—¿Doña Gloria?
—La misma —disparó la otra indignada, con acento de gitana de Metro Goldwin Mayer—. Qué ordinaria eres, cómo te atreves a reírte de mí antes de presentarte. En fin, qué otra cosa se puede esperar, tu mundo es sumamente ordinario. Entra, pero antes dime qué quieres ser cuando seas grande.
A Laurita la respuesta le salió con naturalidad.
—Quiero viajar —dijo.
—Además de ordinaria eres bastante estúpida. Te pregunté qué querías ser, no qué querías hacer. Dime tu tipo de sangre.
—Soy donante universal —dijo Laurita, agraviada.
Gloria la invitó a pasar haciendo un gesto burlón con los dedos torcidos. El dramatismo del lunar junto a la boca competía con el siniestro maquillaje de ojos en un intento de aterrorizar que, tal vez debido al cansancio reflejado entre líneas, en la caída de las comisuras, en las arrugas de los ojos, inspiraba una extraña simpatía. Laurita, que llevaba en la memoria, como se guardan los regalos de un noviecito, las peores escenas de muchas películas ridículas, sabía que el horror siempre ha tenido su lado jocoso y que después de todo la que había llegado en son de repugnancia y relajo era ella, y que se tenía merecida la reacción agresiva de la vieja. Hizo las paces de corazón; nada, ni siquiera el miedo, le arruinaría aquel día perfecto, de nubes gordas e incitante sopa de mar que invitaba a un baño soñoliento. De las adversidades la protegerían su valentía de vieja curada de espantos y la proximidad de don Sebastián, que la esperaba en la plaza para llevarla de regreso a Miramar a cambio de una pequeña fortuna.
Tan pronto perdonó las malacrianzas de Gloria sintió que se quitaba un peso de encima para echarse otro mayor, como esos juegos electrónicos en los que una vez se superan ciertos niveles de dificultad se pasa a otro plano más complicado y horrendo.
En la temprana pubertad, mientras aprendía a simular encantos en la escuela de modelos, pintó de negro las paredes de su dormitorio de hija única sin que lo prohibiera Leonor, quizás porque en aquel tiempo la madre loca coleccionaba cuarzos y, además de tener pretensiones de bruja, no le importaba lo que le pasara a su hijita, punto. La sala de Gloria presentaba otra versión de la negrura. No era lo mismo vivir rodeada de paredes tenebrosas que sumergida en la entraña de un negro tan absoluto que el techo no se distinguía del suelo en el espacio impreciso donde Laurita vio su propio cuerpo descuartizado en fragmentos fosforescentes y móviles. Sintió náuseas, pero aunque quisiera no podría vomitar porque, ¿dónde estaba su boca, dónde, el estómago? Sobre el fondo de perfecta negrura, cual puntos de luz de una precisión incisiva, parpadeaban cientos de retratos de una muchacha disfrazada con trajes de épocas diversas. Entre todas las imágenes se distinguía una más grande que las otras, la cara de una mujer madura visible a través de un velo de tul. Tenía unos ojos enormes avellanados, de mirada tan penetrante, que para escapar de una sensación de asfixia, Laurita se distrajo admirando los detalles del velo, bordado con motivos florales que insinuaban las alas de una sombría mariposa en una hechicera fusión de ojos, alas y hojas.
—Estos son mis personajes: vírgenes, pecadoras, asesinas, frutos de mi belleza decadente y eterna. Lo único que lamento es haberlas entregado sin remedio a un público de ignorantes e insensibles como tú.

De Vampiresas, 2004.

2 comentarios:

Gala Hoogstraten dijo...

Acabo de descubrir tu blog.
Me encanta!
Pasearé más por aquí :)

http://galahoogstraten.blogspot.com

Gala

Marta Aponte Alsina dijo...

Gracias, Gala. Puertas abiertas.