domingo, 31 de octubre de 2021

luz y silencio

 



La historia de los jardines botánicos es inseparable de las historias del colonialismo, de las historias de la ciencia y de las biografías de los mecenas fundadores. Y de la historia del deseo de belleza.

El papel de los mecenas se ha destacado tanto o más que la valentía de les recolectores, hombres y mujeres que trabajaban por encargo.La trinitaria, buganvilia, flor de papel, o flor de Santa Rita, como se la conoce a lo largo de las Américas, llegó a ser mercancía, aunque sin provocar el delirio extravagante de los tulipanes. Pero igual debe haber sido puro asombro la primera vez que un europeo centró su mirada sobre esa planta nativa del inmenso Brasil, tan generosa en su paleta de colores florales.

En una visita a Vista Farms en Juana Díaz, cerca del mediodía, vimos mariposas amarillas y blancas. Son las polinizadoras, nos explicó nuestra guía Naomi. En esa cuna de trinitarias y amapolas establecida hace treinta años trabajan unas cincuenta personas. El ambiente de un cromatismo múltiple y el silencio de campo abierto suavizan el ánimo. En los viveros hay decenas de plantitas que viajarán por carga aérea a mercados tan distantes como Hawaii, Canadá y algunas ciudades europeas o tan cercanos como los comercios de Puerto Rico. La amable tocaya Martita nos enseñó la lista de especies y sus procesos. 




Yo les prometí esta nota, y la escribo bajo los efectos de la luz silenciosa del recuerdo del jardín multicromático y, sobre todo, del marco histórico de ese jardín, el llano costero, tan alterado desde hace siglos por el monocultivo de la caña de azúcar. Se me ocurre que si en cada espacio público se dedicaran unos lugares adecuados a sembrar colores y aromas, algo respondería en nuestros cuerpos, adormecidos por los golpes de la violencia; primero, alegría; y tal vez la conciencia de la continuidad que une nuestros órganos vitales al hambre de belleza. Porque la belleza es ante todo un estado del ser. El objeto incitante, afinado en la tónica del cuerpo, solo lo provoca.

Luz y silencio es la calidad de esos llanos costeros del sur. Fueron colonias cañeras y ahora espacios intervenidos por empresas agrícolas o poblados por comunidades amantes del silencio. Silencio elocuente, pues tras las tonalidades del verde, de las sombras azulosas y los fulgores amarillos del verde, abundan los insectos y las aves en sus fases evolutivas: gusanitos, orugas, turpiales, ruiseñores, guineas, huevos, larvas, mariposas. El silencio blando del paisaje del secano, que despliega sus variaciones del verde tras las lluvias de la temporada, atrae especies animales con toda la fuerza de la tierra que sostiene sus raíces. De la belleza que alegra los sentidos, de la vista, el tacto y el olfato, dependen.

La leña de la espinosa bayahonda tiene un aroma que contagia los objetos quemados. Las flores de malezas y arbustos perfuman el aire al día siguiente de nuestra visita al jardín de las trinitarias. La cuna de las trinitarias y el campo abiero de un sector de Salinas: dos paisajes del sur que sugieren las riquezas de las entrañas de la tierra, de los acuíferos, de las milenarias formaciones de las cavernas.


Como todo lo que pasa por el fuego y retiene su forma, rastros de esos lenguajes no humanos quedan en las piezas de barro de Javier Orfón. Me permito aproximar esta imagen de una obra suya al escándalo festivo de las trinitarias.




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