viernes, 31 de diciembre de 2010

La piel de la nostalgia


Ángel M. Aguirre, La piel de la nostalgia, Obsidiana Press, 2010

Los libros se dejan leer en el momento propicio. Hace casi un año recibí La piel de la nostalgia, de Ángel Aguirre, a quien conocí en la Sala Zenobia y Juan Ramón Jiménez, entre los recuerdos del poeta, custodiados por el simpático y brillante Ricardo Gullón y la juanramoniana más ferozmente leal del reino, Raquel Sárraga. Leí La piel de la nostalgia, me atrajeron las fotos, la poesía sincera, coloquial, directa, pero ahora que este año de profundas conmociones está a punto de largarse, encuentro el momento propicio para la lectura intransferible, esa que me corresponde, cuando los libros leídos se funden con los objetos y espacios personales. Este libro se me ofrece como una capilla de altares a los muertos y una inocente y altiva declaración de repudio a la muerte. En las últimas horas de un año que termina con la muerte de otro poeta, Fernando Cros, encuentro en el claroscuro de sus altares un espacio reconocible.

Altares de una capilla desaparecida, de la que quedan las fotos de seres retratados en vibrantes momentos de belleza: la imagen del propio autor niño, la de su prima, las de su tía abuela y sus tías. Esos altares que Ángel levantó en honor de sus muertos me guiaron hacia una lectura pendiente, la del cuento “The Altar of the Dead”, de Henry James, y al recuerdo de una película de Truffaut, La chambre verte, sugerida por el cuento de James.

El protagonista de James dedica su vida a la muerte, es decir, a recordar a sus muertos. En una iglesia oscuramente evocada por el narrador –en el caso del filme de Truffaut en la capilla de un cementerio- mantiene encendido un infierno de velas votivas, cada una en memoria de alguno de sus muertos. Solo falta el amigo más entrañable, a quien no le perdona una traición. No recuerdo el final del filme pero el cuento de James apunta a una reconciliación con el espíritu del adorado enemigo y con la muerte propia, y a una continuidad de la tradición del culto de los muertos.

Un final macabro y gélido, que contrasta con el carpe diem que a manera de “Fórmula para ahuyentar la saudade”, cierra el libro de Ángel Manuel Aguirre. Porque un carpe diem es siempre una invitación al olvido, un reconocimiento de la otredad infranqueable de la muerte y una exaltación de la vida; no de una vida sola, sino del aliento compartido por las especies vivas. Así leo el libro de Aguirre, y las velas votivas dedicadas a sus muertos, como un brindis por la vida nueva. Despido al año terrible de 2010 con unos versos suyos:

Vivir en un mundo
callado y cerrado
y oscuro de niebla
donde no haya gente
ni blanca ni negra,
ni ciega injusticia.
Donde no haya amor,
odios ni prejuicios,
ni tampoco madres
ni tonto egoísmo.
Ni espejos ni lunas
de absurda ternura.
Tan solo mis huellas,
mis huellas desnudas,
perdidas, a tientas,
por nueva orillas.
¡Qué dicha, la vida!
¡Mi vida, qué dicha!

jueves, 16 de diciembre de 2010

Luis Fortuño Burset, novela por entregas: capítulo 6


En el capítulo final de Do androids dream of electric sheep?, la novela de Phillip K. Dick, el héroe exterminador de androides duerme. Su mujer aprovecha el largo descanso del guerrero para servirse una taza de café caliente, negro y aguado.

El libro se presta para todo tipo de abusos, como los del guionista de Blade Runner, que apenas retuvo una sombra de la deliciosa pesadilla de Dick. Sigamos abusando, pues, y digamos que Rick Deckard, el cazador de androides, despierta de su largo sueño en una cama de pilares, en el Palacio de Santa Catalina. Lo sorprende el ronroneo de un gato persa. El olfato de Rick, debilitado por la rara empatía que le provocara la destrucción de seis ejemplares de la serie Nexus, le indica que se encuentra en una guarida de androides: seres inhumanos condenados a cuatro años de vida. Por su constitución celular, los androides son incapaces de renovarse.

El gato mira al matón con ojos zalameros –los gatos, cuando no son ariscos, son zalameros- da un salto y regresa de inmediato en compañía de un hombrecito delgado de abundante cabellera negra. Rick se levanta con suspicacia. El hombrecito se acerca a la cama y le extiende la mano.

-Welcome to La Fortaleza USA.

-Gracias -contesta Rick, que ha sido traducido a muchos idiomas. Como humano de ficción está programado para responder automáticamente en varias lenguas.

-Ah, qué bien, habla sin acento -comenta el gato con un ronroneo. -I said that you speak without an accent.

-Mais pas vous bien sur -contesta Rick disparatadamente.

El flaco no pierde el tiempo. Le comunica que es el gobernador de Puerto Rico, Estados Unidos de América, y que lo ha despertado de su sueño para que, con los rayos de su pistola laser, escarmiente a los terroristas estudiantes de la Universidad de Puerto Rico.

-Yo solo elimino androides. Soy humano, matar humanos me es ajeno -contesta Rick Deckard. -De hecho, ya ni siquiera podría matar androides, me dispiace. He descubierto que también los androides tienen derechos.

-Derechos my ass -comenta el gato.

-Nadie, pero nadie, tiene derecho a subvertir el orden –dice el flaco con los ojos húmedos y voz de santo.

-Mmm, musita Rick. Piensa: “Ya es tiempo de despertar. Los exabruptos de ma femme y el café aguado son menos aburridos que este tipo de androide subnormal. Es un modelo muy atrasado, de esos que cantan una sola nota hasta que alguien les programa otra. Ya no los fabrican, pero hay muchos sueltos. Tampoco hay que tenerles pena, son dañinos. Cautela, Rick Deckard.“

Cierra los ojos. Al abrirlos todavía los especímenes están ahí. El flaquito y el gato lo miran con la expresión entre desdeñosa y vacía de quienes se criaron esquiando en Colorado, retratándose con Goofy en Disney World y jugando tennis en el Caparra County Club.

-Bueno, si quieren hacemos un trato. Yo me encargo de los estudiantes, pero primero les limpio este lugar. Me huele que está lleno de androides.

-Te lo dije, Luis –gritó el gato. Esto está lleno de espías de Jennifer y Tommy. Se les nota al vuelo en lo cafres que son.

Rick saca el pistolón laser. Lo empuña con las dos manos y apunta al piso reluciente. Busca en los armarios, husmea debajo de la cama. El flaquito y el felino observan embelesados. De pronto, Rick los encañona. Gritan.

-Cristo amado, have you lost your mind?

-Los únicos androides que turban mi sueño son ustedes dos. Ni siquiera son divertidos. La autora de esta serie debería matricularse en una escuela donde le enseñen a escribir guiones. Adiós, infames.

El flaquito y el gato se abrazan, se hincan, rezan implorando la intervención del beato fundador del Opus Dei.

Rick Deckard dispara.

Del cañón de la laser sale un holograma del Rudolph the Red-Nosed Reindeer con aureola de centellas.

-Jesus Christ, Luis, esto debe ser una broma pesada del caballo Romero. Ese hombre te odia.

-Ave María, Marcos, no digas eso -dice jadeante un hombre peliblanco de malos cascos. –Yo que les traigo una musiquita navideña y tú me sales con esa grosería. Ay deja eso, chico, ¿qué esperabas, que te trajera flores? Perdona, sae.

Rick Deckard se debate entre una visión profética y la insistente música de una parranda acompañada con güiros, panderetas pentecostales y latas de sopas Campbells:

Por fin llegaron, las Navidades
Everything about me has become unnatural
Las fiestas reales de Borinquen
It´s time to go home
Un lechoncito en su vara y ron pitorro
Maybe, after I´ve been there a while
Que no me da la gana
I´ll forget.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Podrán cortar las flores, pero no la primavera



(Consigna en la marcha del 12 de diciembre de 2010. 10,000 personas se manifestaron en defensa de la Universidad de Puerto Rico y de la educación pública. Fotos de Paco Vélez Quiñones.)

sábado, 11 de diciembre de 2010

El rastro del caimán



El rastro del caimán, de Bernardo Marqués
(San Juan, Terranova, 2010)


Un libro se puede leer como se leen las huellas de un crimen. Un libro se puede descifrar como se descifra una adivinanza. Un libro se puede interpretar como se interpreta una radiografía. En el fondo de un libro siempre hay un nido de enigmas, y unas claves para acceder al corazón de los enigmas, porque un libro es mucho más que un reguerete de palabras. Es el regalo de entrada a un mundo que no existiría sin él.

Las formas de leer están muy codificadas. Son incontables los libros publicados, pero escasas las innovaciones formales en el género de las ficciones. Italo Calvino escribió hace años que la más reciente invención en el género cuento la hizo Borges, y que era la siguiente: Borges se inventó a sí mismo como narrador. Con esa aparente exaltación de la vanidad, provocaba, con premeditación, el efecto contrario: quitarle a la voz del narrador los residuos de confiabilidad que todavía arrastraba por influencia del realismo literario. Además reivindicó la grandeza de un género chico. Al escribir cuentos que eran resúmenes de novelas, de grandes bibliotecas, incluso de universos, resaltó la capacidad que tiene un gran cuento para incluir la ilusión de una totalidad en una nuez.

Cuando se trata de un libro de cuentos como El rastro del caimán, son más de una las posibles entradas en esa forma, en ese objeto que con frecuencia se nos impone con un aire de familia, pero que a veces, por suerte, cuando el libro forcejea con las estrictas imposiciones del género cuento, nos desconcierta. Apelando a la biografía, los que tenemos el privilegio de conocer al autor, podemos vincular el libro con algunos datos de su persona. El autor es médico, de modo que se le podría comparar con otros médicos escritores. Puesto que estamos en la Navidad y ya se oye el murmullo de una brisa suave en los aires frescos (y el barrunto de aires ominosos en un clima político donde no se respetan ni las ideas ni las buenas tradiciones) cabe mencionar el Álbum puertorriqueño, que recogió prosas y versos de un grupo de estudiantes de medicina en Barcelona. Ese álbum fue una respuesta al Aguinaldo publicado en San Juan en 1843, y que se proponía, con agudeza comercial, como: “un libro enteramente indígena que por sus bellezas tipográficas y por la amenidad de sus materias pudiese dignamente, al terminarse el año, ponerse a los pies de una hermosa o en signo de reconocimiento y de cariño ofrecerse a un amigo, a un pariente, a un protector, reemplazando con ventajas a la antigua botella de Jerez, el mazapán, y a las vulgares coplas de Navidad de nuestros abuelos”.

Quien quiera encaminarse por esta lectura de reconstrucción histórica podría seguirles la pista a los médicos escritores del país, desde Manuel Alonso, Manuel Zeno Gandía y Cayetano Coll y Toste, hasta José Rabelo, Manuel Martínez Maldonado, Eduardo Santiago Delpín y Eduardo Vallés. Dejaré al rescoldo esa posibilidad de trazar relaciones entre la escritura y el ojo clínico, aunque podríamos decir, entre médicos te veas, e invocar al narrador italiano Primo Levi, que era químico e hijo de ingeniero, pero se paseó entre médicos. En un cuento de Levi, un médico joven habla “de las manías obsesivas que tienen los médicos después de cierta edad”. El personaje de Levi, se refería a los "mnemagogos" el invento de un médico mayor de pueblo chico. El invento consistía en una fórmula para aprisionar aromas que estimulaban la memoria con una precisión ajena a la imagen visual. Uno de los cuentos más sugerentes de El rastro del caimán, se llama “El lector de sombras”, y cuenta la historia de otro invento, el ferdiscopio, una máquina que enriquece la percepción mediante la eliminación y control de los colores, y que se dedica a un fin siniestro.

La presencia de lo siniestro, lograda en el suspenso sostenido de algunos cuentos del libro, crea una atmósfera amenazadora en los mundos inestables que aquí se construyen, y nos acerca a otra posible lectura: la que encuentra en los libros unos ejes, unos patrones, unos motivos recurrentes. Sobresale en el libro de Bernardo la descripción de recintos cerrados. En algunos la felicidad es posible gracias al arte, a la inocencia, al ejercicio de la sexualidad sin trabas, a la sustitución del consumo por el placer sin precio. El “Nido de cartón”, una fantasía erótica, traslada el hábitat del deambulante de la calle al supermercado. En esta sociedad fragmentada por el asedio de la estupidez, el paraíso se concibe bajo la apariencia no ya de una biblioteca sino de una megatienda en el reino de la abundancia. El Adán de este relato es un artista; su Eva, reina por unos días.

Los paraísos de El rastro remiten a los orígenes, a la desnudez, a la naturaleza, al arte, a la sexualidad, a la amistad. El paraíso se inicia bajo la tutela del abuelo, que frecuenta a trabajadoras del sexo y convierte en versos transacciones que un escritor naturalista trataría con crudeza. No así el abuelo de “Correo etéreo”, que escribe cartas de amor cortés a sus damas. El narrador es lector de palabras. Apuesta menos a las tremebundas admoniciones de un Zeno Gandía que a la literatura de la imaginación; se acerca más a la escuela de un Juan José Arreola, que no se ganaba la vida como médico, sino como hombre de libros, literalmente, pues era encuadernador y editor.

Los paraísos no lo serían sino tuvieran como contraparte al enemigo: la violencia en todas sus formas fascinantes y terribles. En El rastro del caimán se representa el sórdido patetismo de la destrucción. Ejemplo de ello es “El nuevo creyente” un cuento de humor negro donde el aspirante a suicida se percata de que la forma de suicidio escogida no se presta para haber guardado en el bolsillo sus últimas palabras. La escritura es también exorcismo de la violencia que marca la historia familiar del autor, desde situaciones muy íntimas hasta el fusilamiento del otro abuelo, en la Guerra Civil Española, en la Mallorca oscurantista retratada por otro escritor que fue también médico, Llorenc Villalonga, en una novela admirable, La muerte de una dama, publicada en 1931, y recién editada en traducción al castellano por Veintisiete Letras.

Esa podría ser otra entrada, la más cercana a mi propia experiencia. La escritura como pago de deudas familiares, frecuente en este país de instituciones precarias, donde tantos objetos del patrimonio material y anecdótico siguen en manos de familias y de coleccionistas, y la pedagogía de la historia es siempre frágil, sujeta a la politiquería insultante y al absolutismo del poder imperialista. Entonces recae sobre los escritores el deber de rescatar del olvido esa herencia familiar y por lo general el primer libo propone un acercamiento a esa misión difícil. Y quizás por eso es frecuente esa figura del escritor que comienza a publicar en su madurez, porque tampoco es fácil escribir en medio del ajoro que ya percibía otro hombre de ciencias, el farmacéutico, Tomás Blanco, en los años cincuenta del siglo 20. Este es un país fascinante, que hay que decir y escribir, pero que no se deja ver fácilmente ni ofrece, a causa de nuestra propia torpeza, en buena medida, los espacios despejados que sueltan la mano del escritor: ciudades habitables, caminables, tertulias, conversaciones, crítica abundante, debates fértiles.

Otra lectura, muy cercana a la del libro como pago de deudas familiares, es la que define a un primer libro como paso necesario para abrir compuertas. El libro que hoy celebramos es, en efecto, un dechado de posibles escrituras, de diversos espacios, que se completa con reflexiones breves. Una de las más hermosas es “La antigua pluma Schaeffer”, que fluye como si de algún modo el mandato de la escritura fuera dar voz a la madre que hubiera querido escribir. Otra es la que bordea el impulso ético del arte en el breve “El rastro del caimán”: “Él Caimán sabía de la abundancia por las muestras que de ella llenaban diariamente su saco. Yo sabía de la carencia por el hambre que veía en sus pupilas, y por aquella generosidad tan suya que sólo se le da bien a quien no tiene nada”.

Para mí, y sé que para otros lectores, las posibilidades de lectura que admite un texto son la medida de su riqueza. Los libros más ricos son los que no se agotan en una lectura; los que se transforman con el paso de la luz y de las sombras. Esos lectores encontrarán en El rastro del caimán un regalo navideño que remplace con creces y buenas razones al plasma tv y los “gift cards”. Los invito a leerlo, e invito al autor a que no descanse hasta explorar los filones que anuncia. Hacen falta escritores que sean, ante todo, lectores; que abran galerías entre la sociedad y la sensibilidad, que saquen a la luz sus riquezas interiores.

Marta Aponte Alsina, La Tertulia, 11 de diciembre de 2010

viernes, 19 de noviembre de 2010

Entrevista con Lolita Bosch


“La filosofía debe servir para ir a comprar el pan”: entrevista con Lolita Bosch

por Marta Aponte Alsina

Lolita Bosch, la escritora prestigiosa que nació en Barcelona en 1970, y ha vivido mucho tiempo en México, Estados Unidos y la India, es la misma Lolita Bosch que no sólo lee vorazmente, sino que vive en los libros y los abre y los comparte como si fueran espacios públicos. Porque es una mujer de conciencia, motivada por una convicción personal: “el arte salva”. Con esa certeza arraigada en sus vivencias, propone iniciativas transformadoras.

Esta Lolita me regaló una hora entre sus múltiples ocupaciones cotidianas (un taller de novela; la escritura que la ocupa, y que es su trabajo). Con intensidad, hablamos de tres proyectos: el recién concluido Fet a Amèrica, encuentro de novelistas latinoamericanos en Barcelona; el blog “Nuestra Aparente Rendición”, una respuesta a la violencia en México; y una iniciativa que promueve la formación de bibliotecas en comunidades e instituciones en América Latina.

Primero, el encuentro de novelistas convocado por un grupo de lectores, el Colectivo Fu (así llamado porque fu es un fonema común a todas las lenguas), que en esta ocasión, además de Lolita, contó con el trabajo de María Fernanda Álvarez, Beatriz Patraca Dibildox y Paz Balmaceda. María Fernanda y Beatriz, además de ser muy jóvenes, son editoras y lectoras apasionadas; Paz es una crítica chilena más joven aún. Tiene 25 años y mucha inteligencia. Logró armar en dos meses un libro de entrevistas con los escritores participantes: 18 escritores: la novela latinoamericana contemporánea (Editorial Barataria, 2010).

Le pregunto a Lolita qué impresiones se lleva del encuentro de novelistas que estuvo motivado, según leía la convocatoria, por la curiosidad y la ignorancia:
-Menos ignorancia y más curiosidad. La idea era, no tanto traer a gente que nosotros ya conocíamos o que los lectores ya conocían, sino que basándonos en nuestra curiosidad literaria, y partiendo de que la mayoría de las cosas no las conocemos, empezamos a buscar autores. Cada autor aportó sus lecturas, una cantidad de nombres que queremos leer, y sobre todo su literatura nacional. La curiosidad no era tanto por conocer autores, sino por ver nuestro idioma, que creo es lo único que tenemos en común, porque venimos de tradiciones muy distintas. Compartimos lecturas mastodónticas. Nadie puede escribir sin haberse leído a Rulfo y a Faulkner, por ejemplo. Es la tradición literaria de la humanidad. Pero, sí que cada uno conoce sus literaturas nacionales, esto era importante. Luego, por otro lado, la curiosidad era ver hasta dónde es capaz de llegar el español, es decir, qué es capaz de hacer el lenguaje.

-¿Qué distingue a este encuentro de escritores?

-Buscábamos gente que se atreviera, es una frase de Deleuze, a violentar el lenguaje. Gente que se atreviera a tener una relación muy íntima, casi física con el lenguaje. No es tanto un rasgo generacional. Lo que a mí me interesa en la escritura es una relación casi orgánica con el lenguaje. Una de las escritoras que más la muestra es Marosa Di Giorgio. Creo que la nueva generación quiere hacer ver que hace esto, que es su proceso vital, pero no lo es. No tiene que ver con generaciones, tiene que ver con el respeto y el miedo y la reverencia que uno le tenga al lenguaje.

-¿Es eso lo que tú te llevas y lo que se llevan los organizadores, un poco corroborar ese dato, eso que estabas buscando, la existencia de este tipo de escritura, el hecho de que cruce generaciones y países?

-Por un lado me gusta ver que este tipo de escritores puedan hablar entre ellos. Son escritores que suelen estar mucho más aislados.

- Los raros…

- Los orgánicos, diría yo. Los que tienen esa relación íntima, orgánica, mineral, con el lenguaje. Es distinto verlos reunidos. Normalmente en un congreso te encuentras uno o dos. El resto es lo que yo llamo escritor espectáculo, que a mí me molesta mucho es lo que sueles encontrar en los congresos. Poner en comunicación a dos personas inteligentes, escucharlos, es un placer, esto a mí me emociona. Y luego creo que le hace mucho bien a la literatura. Hemos recibido cartas y correos personales diciendo “gracias por traer a esta gente, qué alegría saber que la literatura sigue siendo un arte respetado”. Hay muchos lectores para escritores de este tipo, creo que hay muchos.

-¿Sí? ¿Cuántos?

-Pues en Barcelona se calcula que 10,000. Se calcula que la población que consume buena literatura, buen cine, buen teatro, son los mismos 10,000 que siempre van a todos sitios.

- Ustedes son como un movimiento “de base”: María Fernanda Álvarez, Beatriz Patraca Dibildox, Paz Balmaceda. Son pocas, no tienen vínculos institucionales.

- Yo funjo como lectora total, nos gusta mucho leer, y es una pasión que compartimos. La curiosidad y el gusto de lectura son muy similares.

- Tienes muchos intereses y has publicado mucho en los últimos años.

- Sí, he publicado muchas cosas que escribí en México.

-¿Ahora mismo hay un proyecto que te atraiga más?

-El blog “Nuestra Aparente Rendición”. Escribo cada día religiosamente, hasta las dos de la tarde, es como mi trabajo. Pero yo, que crecí en México en los años hacia el final del PRI, noto la diferencia. En México los intelectuales son los que hacen la función de faro público: la UNAM, Villoro, era Monsiváis, Margo Glantz. Esa misión, que aprendí allí me importa mucho: la función política del escritor politizado, socializado. No tiene por qué estar en su trabajo, en mi trabajo yo diría que no está, pero sí en la responsabilidad social; sólo porque tengo el privilegio de tener más voz pública que mucha gente.

-Esa función también entra en contradicción con el escritor "de moda", que se empaca como un producto.

-Y es coyuntural y efímero. Pienso que el papel del escritor en América Latina es realmente muy importante. Yo estudié filosofía y literatura. Me interesa tanto la literatura como el pensamiento. La literatura casi como filosofía. Adorno decía que la filosofía debía servir al final, para ir a comprar el pan, no para sentarse en un aula de la escuela de Frankfurt, sino para llegar a comprar el pan. Creo que la literatura puede servir para eso, y en países de América Latina mucho más. Entonces hay proyectos que son concretos y útiles. Por eso me interesa el Colectivo Fu. Fet a Amèrica es un proyecto útil: sube el listón de los lectores, crea cultura, crea diálogo.

-Antes de entrar en los pormenores del blog háblame sobre el proyecto de las bibliotecas, otra iniciativa del Colectivo Fu.

- Les pedimos a tres lectores muy buenos que nos dijeran -pregunta difícil- cuáles son los 300 libros que una buena biblioteca debería tener. Les pedimos que los pensaran para un lugar en el que un libro pueda, de verdad, cambiarle la vida a alguien. El primer lector fue Juan Marsé. Juan nos hizo una lista entrañable, a mano, de los 333 libros que él creía que debía tener una biblioteca de prisión de castigo en Colombia, La Tramacúa, y nos ayudó a hacer unos itinerarios de lectura. En esa cárcel los presos tienen derecho a pasar de una a 13 horas en el patio. El resto del tiempo, de 11 a 23 horas, están aislados. Hemos conseguido que se abra un programa llamado Libroterapia, y hemos recolectado el doble de los libros que pedíamos. El proyecto se llama “Libros para la Tramacúa”. Tramacúa, en el lenguaje de esa zona de Colombia significa gigante. Es una prisión muy grande. El plan de lectura es el mismo para los miembros de las FARC, para paramilitares, para bandidos, para narcotraficantes.

-¿Entonces los libros van acompañados de un plan de lectura y van a tener recursos relacionados en las prisiones?

-Yo voy a acompañar los libros para asegurar que entran y se quedan y luego nos han dicho que los mismos presos los podrán gestionar, y que todos tienen derecho a unas hojas para seguir su plan de lectura. Es mucho en la vida de ellos. Los de las FARC tienen penas de diez años, los paras tienen penas muy largas, los narcos menos.

-¿Hay otras bibliotecas en formación?

-Le hemos pedido a la editora de SM en catalán que haga una selección de libros para la Fundación Lydia Cacho para mujeres maltratadas y niñas que han sido vendidas para la prostitución. En México, en Ciudad Juárez y Cancún, Lydia Cacho, una mujer muy valiente, periodista y escritora mexicana, ha hecho un refugio para niñas que fueron vendidas, cuya virginidad fue vendida, y para mujeres maltratadas y sus hijos. La tercera biblioteca, cuya asesoría ya recibimos y que finalmente será un programa de alfabetización que hizo Cuba, es para una comunidad indígena en el Perú, donde aprenden a escribir con un palo en el suelo, porque no tienen papeles.
A Lolita le interesa organizar un encuentro de escritores que escriben en catalán con escritores de América Latina. Será, como todos los encuentros que ha organizado el Colectivo Fu, un proyecto pequeñito. Hay mucha gente dispuesta a trabajar “por amor al arte”. Para colaborar con el Fet a Amèrica llamaron muchos estudiantes. Según Lolita hay mucha gente así en el mundo.

-En el anterior encuentro Fet a México trabajamos más de 200 personas. No cobra nadie, nada, ni un peso. Pero es muy gratificante saber que la literatura es buena, que hay escritores que se la toman muy en serio, y que sirve. Que le sirve a un preso, que te sirve a ti, que sirve a gente tan dispar como un niño de una comunidad en el Perú y un preso paramilitar de Colombia.

-Pienso que es una respuesta al nihilismo de los tiempos. Se trafica con los módulos del mal y se escribe mal. Pero no siempre se hace buena literatura del mal. Ni se piensa en qué hacer para combatir la injusticia.

-Eso es ser cara dura. Alguien que ha visto un niño salir de una alcantarilla para pedirte un pan y no hace nada es una mala persona. Todo eso genera un problema moral sobre la posibilidad de discernir entre lo que está bien y lo que está mal. Para comprender tienes que ver el espectro, profundizar en algo.

-Sobre el blog “Nuestra Aparente Rendición”, en particular los escritos que se incluirán en la sección “Mapa Latinoamericano de Nuestro Futuro”, has solicitado a escritores de diecinueve países que escriban sobre la violencia en sus países y cómo se la enfrenta. ¿De qué sirve que la gente lo lea?

-De mucho, creo. Para un niño que está en Tamaulipas y acaba de ver cómo matan a 72 personas, que alguien en Ecuador se preocupe por lo que le está pasando, sirve mucho. Un amigo me decía “es que yo ahora tengo una crisis” -que ojalá tuviera más gente- “de qué hacer, cuál es el papel del escritor en este salvajismo que estamos viviendo en México”, donde hay tribus de sicópatas sueltos.

-Eso tiene que ver con lo que decías antes sobre las bibliotecas: el sentido que tiene para alguien leer, y leer ficciones, incluso en condiciones extremas. El sentido que tuvo para escritores que estuvieron presos, como Miguel Piñero o Jean Genet.

-Pero no sólo esto. La literatura sirve, no es sólo un entretenimiento estético burgués. El arte salva y de esto estoy convencida. El poder aglutinador y total del arte, salva. Por ejemplo, ha venido un amigo colombiano a punto del llanto y me ha dicho “estos son libros para La Tramacúa. A mí me cuesta, esa gente a quienes les van a llegar los libros mataron a mi tío y para mí es un esfuerzo muy bestia hacer esto”. Y yo le decía, “es mucho mejor hacer esto que quedarte en casa pensando mataron a mi tío”. Alguien tiene que empezar a perdonar, a dialogar.

- A dejar de lamentarse o regodearse ante la visión de un mundo de las postrimerías, del final de la especie como algo inevitable.

-Fíjate que ayer releía el discurso de García Márquez, sobre la soledad de América Latina. Dijo, “hace cincuenta años vino Faulkner a este mismo escenario y dijo: me niego a aceptar la rendición del hombre”. Yo también, yo soy de Martin Luther King. Si supiera que mañana se acabará el mundo hoy plantaría un árbol.

-La situación actual en México es la que te lleva a armar el blog “Nuestra Aparente Rendición”.

- Hay que hacer algo. Creo que es muy necesario reunir voces pensantes de México. Es urgente porque el país se está desmoronando. Lo peor es el colapso de la gente. Hace poco leí un informe que dice que han aumentado las crisis psiquiátricas en un veinte por ciento. Por un lado quiero reunir a las voces críticas del país, que hay muchas, que son amigos o amigos de amigos y los he podido ir convocando, y luego, proponer temas. Ahora quiero hacer en el blog esta sección llamada “Mapa Latinoamericano”, donde se publicarán los escritos de escritores latinoamericanos. Luego quiero hacer una sobre los niños y el Narco. Se cuentan 10,000 huérfanos en seis años y seiscientos niños asesinados. Creo que hay 14,000 niños trabajando para el Narco. Esto es una animalada. Mi idea es juntarlo todo en el blog y si de ahí salen otros proyectos, qué bueno. Hay situaciones históricas y México está atravesando una terrible que de verdad los que han tenido acceso y derecho a la cultura tienen obligación con los cincuenta millones de mexicanos que viven con un dólar al día.

Yo puedo aportar que conozco a mucha gente. Cuando empezó a sonar el nombre de Lolita Bosch pensé: “esto que la gente usa para adornarse yo lo usaré para los demás”. Es como poner el nombre público al servicio de un colectivo. Esa es mi idea.

(http://nuestraaparenterendicion.blogspot.com)

lunes, 11 de octubre de 2010

Un cuento


El trazo de tu canción


Un explorador blanco en África, ansioso
de seguir adelante con su viaje, pagó a sus porteadores
para que realizaran una marcha forzada.
Ellos se negaron a moverse.
Tenían que esperar a que sus almas los alcanzaran.
Bruce Chatwin, Los trazos de la canción



Detrás del mostrador una negra vieja enjuagaba copas. Harrry le estudió la cara, congelada en una expresión de asombro. Después, en el baño, la imitó con fidelidad ante el espejo, hasta que descubrió sus ojos azules bajo unas cejas de mujer aparatosamentre enarcadas. De vuelta a la mesa ordenó una copa de champaña e interrogó al mozo. Supo que la vieja se llamaba Jewel y que no tenía amigos.


Para conocer la ruta de Jewel esperó al cierre del Panama y la siguió hasta un edificio achacoso en la calle Fulton. La noche siguiente, cuando ella salió a trabajar, Harry invadió el apartamento. Sintió un escalofrío al rozar con las plantas de los pies las pantuflas deformadas por los juanetes de la vieja, antes de superar poquito a poco sus melindres para oler la tosca ropa interior doblada en las gavetas y liberar cierta ternura en plena comunión con los tubos de linimento y las fotografías alineadas sobre la cómoda. Pasó las yemas de los dedos por los pasajes subrayados en una Biblia de páginas endebles. Leyó las cartas guardadas en una caja de cigarros y copió con esmero la letra de la remitente hasta que logró una imitación perfecta. Cansado de husmear, se quedó dormido en la cama abollada, un sueño inquieto que ultimó justo a la hora en que la inminente llegada de Jewel lo obligó a huir con las alas del sombrero y las solapas del abrigo sombreándole la cara.


Esa misma semana Jewel recibió una carta. Su prima Ruby le anunciaba que se había establecido en Chicago y la invitaba a casa de los Green, una pareja de ancianos muy amables. Disfrutarían la vista del lago, la casa se encontraba en un lugar bellísimo. Los viejitos confiaban en Ruby. Apreciaban su inteligencia de empleada doméstica y le permitirían abrir la alacena para obsequiar entremeses exquisitos a su parienta.

El domingo siguiente los vecinos vieron que Jewel vestía su mejor traje, el verde con cuello de encaje, bajo el gastado abrigo de invierno. Llevaba el sombrero adornado con ciruelas y gorriones de papel maché.

En el autobús de Kenwood recorrió las calles del South Side. Luego caminó varias cuadras pasmada de frío hasta llegar a una casona alejada de las demás. Tocó la puerta con el nudillo del corazón. Tuvo la impresión fugaz de reconocer los ojos azules del joven mayordomo.

Tras un breve forcejeo casi cómico, Harry encerró a Jewel en lo que parecía la habitación más discreta de un hotel de lujo, un recinto decorado para el amor. Los cortinajes no ocultaban un ventanal con vista al lago de aguas congeladas rodeado de árboles esqueléticos. En ese cuarto sería servida con devoción por el niño blanco, que la abrumaba a fuerza de un cariño delirante y legiones de platos con nombres franceses. Cuando Harry salía de la habitación, se cuidaba de atarla a un pilar de la cama, tan espaciosa como el piso de la calle Fulton.

Él la animaba a comer y a charlar. Ella probaba sin ganas las salsas extrañas, enmudecida de espanto bajo el fuego azul de los ojos chocantes. De noche no la amarraba, pero el encierro era inapelable. Frente a la ventana no pasaba nadie; detrás de la puerta hermética Jewel adivinaba la existencia de un mundo silenciado como ella. No se oían más voces que la de Harry y el nervioso frenesí de cinco pájaros de especies distintas.

Se le ocurrió que la pasión del niño era una broma gigantesca. Si hubiera sido joven y hermosa, entendería la locura de un muchacho necio. Con el paso de los días, a medida que se acostumbraba a la rareza de su suerte, transitó del terror a la astucia. Si su secuestrador quería cuentos a cambio de manajres y una cama espléndida, ella lo complacería. No trataré de escapar, dijo una mañana cuando Harry, antes de salir rumbo a la universidad para aburrirse en una de sus clases de lujo, la despertó con el desayuno. No es necesario que me amarres, añadió, y de inmediato exterminó dos lascas de jamón, tres huevos duros, cuatro rebanadas de pan untadas con jalea de membrillo, dos cucharadas de caviar y una copa de champaña.

Entusiasmado, Harry olvidó su clase. Se sentó en el borde de la cama, a los pies de Jewel. Movido por la alegría del momento, confesó que era coleccionista desde que tenía uso de razón. Poseer cosas es mi vicio solitario, dijo. Ahora que soy un hombre de 19 años ya no me interesan los juguetes.

Estaba harto de secuestrar pájaros carnívoros, canicas manoseadas, volantines sagrados, libros escritos en lenguas muertas. Al momento coleccionaba personas, o más bien los cuentos de las personas.

Los trazos de sus canciones.

Cada persona es un hilo tramado en la red del universo, explicó con entusiasmo. Una línea melódica que discurre en cierta frecuencia. Cada vida insignificante evoca la totalidad de un conjunto de vidas. Los aborígenes australianos rehacen a diario el mundo volviendo sobre los trazos de las canciones de sus antepasados. Así mantienen siempre frescos los valles, los ríos secretos, las montañas, los desiertos. En esta ciudad americana, sin mitos ni rituales, algunas vidas se agotan en un escaso compás de relaciones. Otras forman parte de un continente de trazos.

Deseaba con delirio los trazos de Jewel. Empezarían esa misma noche.

A las diez, disfrazado con unos pantaloncitos cortos que dejaban al descubiertos sus regordetas piernas blancas, un casco de misionero jesuita en el Congo belga y un halcón vendado que hincaba las garras en un chaleco grueso, Harry, cuaderno en mano, volvió a sentarse a los pies de Jewel. Cuando le brotó el cuento, Jewel tembló; no sabía que había heredado de su familia de campesinos de Tennessee el don de contar historias.

Con lágrimas en los ojos dijo que su padre arrendaba unos terrenos dedicados a la siembra de papas, guisantes y maíz. Vivían en una cabaña mal calentada por una estufa de carbón defectuosa. A veces hacía tanto frío que Jewel y sus diez hermanitos se sorteaban cuál de ellos se levantaría entre sueños para avivar la leña. La madre ponía en una olla un trozo de tocino, lo ablandaba con guisantes, y esa sopa salada les mataba el hambre.

align="justify">Perdón, ¿puedo sugerirte un poco de humor?, interrumpió Harry. Podrías contar la pobreza aligerándole el sufrimiento. Hasta en la basura hay rayitos de sol. Jewel estuvo a punto de enmudecer, pero, amansada por la caricia de las sábanas de seda, concluyó que Harry tenía razón: si el dolor no trajera sus consuelos, ella misma habría elegido el suicidio.

Escarbando en los pocos edenes de su memoria recordó que el más pequeño de sus hermanos se negaba a empeñar el violín que le regaló un negro del vecindario. El chico violinista fue contratado para amenizar veladas en el burdel de Madame Zora. Detrás de él emplearon a Jewel. A los doce años la chica recibió sus primeras propinas y aprendió a mezclar tragos. Su blanda simpatía le permitía confundirse con el empapelado de la barra, escuchar las cuitas de todos, hacerse poseedora, en fin, de los secretos comunitarios. Jamás aburría a nadie, ya que nunca hablaba de sí misma, pero había acumulado un admirable repertorio de historias ajenas.


Con gusto contaría las más gratas.


En el burdel conoció a Shadow Morton, un pianista a quien le pagaban con dosis de morfina. Era el alma más delicada del planeta, tan conmovedora su música que Madame le rogó que pusiera freno a su don y tocara, al gusto del público, piezas breves y sensuales. Para quedarse dormido abrazaba a Jewel como a una perrita faldera, acariciándola con unos dedos colmados de anillos de vidrios de colores. Ella se sentía honrada. Aquel hombre no derrochaba sus humores con cualquiera. Por eso le indignó que acusaran al pobre de mirar mal a la hija del pastor blanco. El mal de ojo era un crimen tan terrible como la violación. Para evitar que lo lincharan Shadow escapó a Chicago.

Jewel también huyó una noche. Llegó a Chicago gracias a otros negros que la transportaron en sus camionetas y fue a vivir en una pensión situada detrás de la vía del tren, donde los niños, las ratas y las cucarachas colgaban como trapecistas de la escalera de incendio. Era graciosa la convivencia entre insectos, humanos y roedores, una recreación de la cordialidad legendaria disfrutada por las bestias en el paraíso. Además, en Chicago descubrió la realidad de la palabra hacinamiento, y eso también tenía un aspecto risueño.

Dormir era toda una empresa en cuya ardua acometida salían a relucir las virtudes de un buen cristiano. Cada cama se alquilaba a tres durmientes. A veces le tocaba acostarse desde las cuatro de la tarde hasta la medianoche y después deambular por las calles hasta el turno siguiente. A esa hora, con el frío calándote los huesos, se valora la vida. Harry tenía razón.

Jewel se empleó de rompehuelgas en una empacadora de carne. El olor putrefacto se le pegaba a la piel. Hedionda, se desplomaba en la cama caliente, donde atraía, además de la tibieza, los sueños de los demás ocupantes. Algunos la mataban de risa, como las pesadillas del hombre que se ahogaba en una charca atestada de tiburones.

Un día amaneció febril. No podía moverse. Al despertar encontró que la apresaban unos brazos duros. Con dificultad se separó de la durmiente del turno de las seis de la mañana: Bess, empleada en el cabaret Panama y dueña de una voz de barítono. Claro que sí, dijo Bess. Había oído hablar de Shadow Morton. Y añadió que para sobrevivir en el Panama más valía no ser una mujer atractiva y que Jewel sí lo era. Jewel rechazó con diplomacia el abrazo de Bess, y le pidió que la llevara al Panama.

En el Panama Jewel empezó limpiando baños y escuchando rumores. No perdía la esperanza de ver a Shadow. El cabaret era uno de los más favorecidos por los amantes del jazz. Se cansó de explicar que ella mezclaba cocteles, pero en el territorio de la barra dominaba el viejo James. Tanto jorobó la paciencia del gerente, que le asignaron una tarea odiosa: cuidar a la cantante Emerald Brown. Qué nombre más típico, bostezó Harry, pausemos hasta mañana.

La cantante se llamaba Emerald Brown, repitió Jewel la noche siguiente, saboreando el fulgor de sus palabras suspendidas en el aire escarchado que entraba por las ventanas abiertas. ¿Por qué los negros tienen unos nombres tan concretos?, suspiró Harry. Se oía un murmullo de voces detrás de la puerta. A ver qué pasó con Emerald, dijo, llevándose el lápiz a los labios.

Esa noche el niño vestía pantalones y camisa verdes de cirujano. El pájaro escogido era un cuervo que a Jewel le puso los pelos de gallina. Había oído que algunos de esos animales arrancan los ojos de sus seres queridos. Le amainó el terror de ver con cuánta atención la observaba Harry, con cuánta intensidad anotaba detalles.

Al igual que Shadow Morton, el pianista de dedos cadavéricos, Emerald se entregaba al vicio terrible de la morfina. Despertaba a medias de su languidez, así que vestirla era como meter a un muerto en las ropas de su entierro. Para colmo, Jewel tenía la misión de hacerla cantar.

Emerald era perversamente amorosa. Sabía que la manera más eficaz de ser malo es comportarse como una caricatura de alguien bueno que se deja guiar sin interés por los adoradores de su talento o las víctimas de su incompetencia. Pero en el escenario era toda una señora cómplice de su destino. Cimbreaba su cuerpo gordo y elástico por regiones, desde la punta de las caderas hasta los senos sísmicos y las pestañas que sombreaban los ojos verdosos. Jewel imitó los gestos de la diva, el cuervo graznó y Harry chilló una risita nerviosa.

A mí Emerald me trataba con cierto distanciamiento cortés, sin agredirme, dijo Jewel. En eso la cantante se diferenciaba de las grandes damas vulgares, pero no era fácil enfrentarse cada noche al reto de resucitarla. Jewel lo hacía con el talento que practicaba desde su niñez para no morir de invisibilidad en una familia grande y pobre: escuchar hasta los silencios del otro, cuidándose, sobre todo, de que su compañía no resultara molesta, sonriendo con su cara blanda, velando las pausas de Emerald para recordarle tímidamente que ella sabía mezclar todo tipo de tragos y que podía servirle a la señora el coctel que se le antojara, o algún trago fuerte y puro. Sumándole Southern Comfort a la morfina, Jewel consiguió que Emerald lograra las mejores notas de su canto. A veces la diva ponía atención cuando Jewel le contaba chistes sosos que siempre daban pie a que ella los hiciera mejores. No llegó a escucharlos todos porque se murió.

Jewel disimuló una lágrima con una sonrisa al recordar cómo encontró a la gorda. Había recibido la muerte con una expresión alegre en los labios. Jewel se acostó junto al cadáver, sin olvidar las disculpas correspondientes por haberse retrasado. Sabía de cierto que los muertos tardan en irse y que seguramente Emerald se encontraba rondando el camerino. La muerta se reía como siempre de sus embustes halagadores. Entonces a Jewel se le ocurrió que Emerald debía salir de todas maneras, ya que nunca la había visto más fiel a sí misma. No pensó en las consecuencias. Logró acomodarla en una mecedora y, cuando la luz abrasó la escena macabra, el público ronroneó de placer.

Emerald, correctamente maquillada, el negligé negro y las zapatillas rosadas, apareció en el escenario de siempre, una habitación de hotel bañada en las luces parpadeantes de un barrio bajo, criadero de cucarachas ancestrales. Aunque ni siquiera sabía entonar, Jewel sintió que en la garganta se le colocaba un objeto exótico, no para que salieran al aire las escalas cromáticas de The Man I Love, sino otra melodía de resonancias silvestres. En la mesa del fondo, zigzagueante en la luz torneada por volutas de humo, vio la figura de Shadow, y a su lado el fantasma gordo de Emerald. Ésta es para ti, Shadow, y para ti, Emerald. Ahora soy otra, dijo que había dicho.

Abroquelada detrás del cadáver caliente, le salió una versión horripilante de Backwater Blues: I woke up this morning, can´t even get out of my door, ain´t no place for a poor girl to go, con la nostalgia de un bajísimo fondo de aguas estancadas. Los gangsters y los señoritos del público se dejaron vencer por una histeria alimentada de sí misma, como las orgías de gritos de los rituales pentecostales.

El gerente del Panama estaba acostumbrado a manejar reyertas a tiros y navajazos, pero no le agradó el desorden de las lágrimas de los penitentes, ni la broma macabra que había provocado el ascenso del Dios de los muertos a los infiernos de la tierra. Decidió trasladar a Jewel a la barra.

Pasaron los años. La búsqueda de Shadow fue mudando de grosera obsesión a dulce nostalgia. Un maleficio indescifrable lo mantenía tan metido en el corazón como alejado de sus brazos. Hasta que un día…

Basta Jewel, descansa, la historia de Emerald da por cuatro, dijo el niño Harry. Jewel coincidió en que lo mejor estaba por venir. Valía la pena esperar hasta la noche siguiente.

Harry, cortés e impaciente, le indicó que ya no estaba sola. Los ruidos tras la puerta eran de otros invitados que había ido acumulando desde que desatara su pasión de coleccionista en el cabaret Panama: un puertorriqueño vendedor de sombreros, un rabino ruso de apellido Panofsky, una violinista ciega y Giacomo, un pícaro nacido en Venecia. La presencia de otros inquilinos en Soul House transformaba el diálogo entre dos en un encuentro de muchos, obligándolos a economizar cada palabra. Después de todo no les convenían los excesos; ni a ella, que había excavado trazos de canciones estremecedoras en su memoria, ni a él, que se enfrentaba a la tediosa labor de anotar y clasificar en sus especies las palabras fértiles y descartar las inútiles, como compete a un coleccionista culto. La historia de Shadow prometía ser una der esas madejas sentimentales que los humanos necesitan en días difíciles, cuado sólo queda la satisfacción de saber que el horror y la desdicha se alejan de nuestra órbira para invadir el universo desarmado de un prójimo indefenso.

–No te ofendas, primero se te fue la mano en la sal, tu canción sabía a lágrimas, a sopa de guisantes con tocino. Ahora se desvía por el rumbo de un cuento de fantasmas repetidos que se niegan a desaparecer. En la categorá de cuentos de negros basta y sobra con la resurrección de Emerald, para no hablar del cuento de tu pesadilla, la historia del tipo que se ahogó en la charca de su propio sueño.

Bostezando, Harry cerró el cuaderno. Tan pronto culminara ciertos detalles podría regresar al pisito de la calle Fulton llevándose unos bellos obsequios y su agradecimiento. Con las cejas enarcadas en expresión de asombro, Jewel reconoció que el niño empezaba a aburrise, obligándola a cortar de golpe, como en una caída desde la azotea de un edificio achacoso, el trazo de su canción.

Entonces se le hizo amarga la inagotable cordialidad de su rencor. No era cierto que cruzando aquella puerta se doblarían, pesarían y archivarían las palabras que recién se atrevía a formar, no estaba dispuesta a confundirse de nuevo con el empapelado del mundo.

–No entiendes –le dijo tuteándolo–. Ya es demasiado para detener el trazo, hace rato que nos salimos de la raya.

Harry la miró como si la escuchara por primera vez; no estaba acostumbrado a que los objetos de su benevolente coleccioniso hablaran sin permiso.

–Te equivocas, esos pasos que oyes no son los de tus invitados –añadió Jewel.
Harry se acercó a la bandeja de los alimentos, extrajo unos polvillos de su maletín de médico de teatro infantil y los disolvió en una copa de champaña. Pobre vieja, primero no quería hablar y ahora no paraba, así de egoístas son los moribundos, se niegan a ceder su espacio.

–Shadow no existe, yo te ofrezco la libertad, rehaz tu vida, corta de un tajo esa madeja de fantasmas–, escupió Harry con dureza, pero de inmediato se percató de que las voces angustiadas de sus invitados desertaban de una larga espera al otro lado de la puerta. No pudo evitar un escalofrío cuando oyó el toque leve de unos dedos cadavéricos aderezados –de ello no cabía duda, los veía en el origen de su propio trazo– con anillos de vidrios de colores. Una sombra caliente ennegreció el añil de sus ojos.

–Toma, es un calmante. Mañana te marcharás en un carro magnífico, te regalaré el más violento de mis pájaros. Nada te faltará.

–Me faltará todo –dijo ella fuera de sí, con un rastro de magnolias ajadas y versos insufribles.

–No me obligues a la crueldad, ¿qué quieres? –rogó Harry, mientras convocaba con un chasquido de los dedos al cuervo dormido, cuyo aleteo no apagó la estrafalaria percusión de los dedos furiosos. Viéndola dormir cerraría el cuaderno, como cerraba los libros y las jaulas de los pájaros. Refugiado en un gesto impasible de verdugo que oculta los temores de su oficio, sosegó el espanto del cuervo antes de repetir la pregunta. Ella lo miró con las cejas enarcadas en una expresión donde ya no cabía el asombro, y contestó:

–Abre la puerta.

Harry reconoció su derrota. Era él, ahora, quien veía, de golpe, como en una caída interminable, el trazo de su canción. Por la puerta entreabierta se metieron todos, sin ton ni son, sin orden ni concierto.

Esa noche se dieron gusto devorando platos franceses, zampándose copas de champaña, bailando marchas fúnebres con la bárbara intermitencia de un regimiento de elefantes borrachos, comportándose, en fin, como lo que eran: los invitados menos sutiles del mundo. Sólo se inclinaban ante Jewel, la dueña de todos, aunque ella prefiriese enroscarse con lujuria al abrazo tenaz del puertorriqueño vendedor de sombreros, que se parecía a la vieja como una gota de agua a otra. Debidamente encontrado tras años de búsqueda, Shadow no pasaba de ser un gigantesco telón de sombras sobre el cual se proyectaba Jewel, monstruosamente fértil como una fruta hendida por una plaga.

Al otro día Harry, que era animoso, se consoló pensando que mientras los locos dormían podría conjurar el terror de la noche encerrándolos en un capítulo de su amado libro de trazos. Conservaba intactas las ganas de trabajar. Jewel, en cambio, dormía como un caníbal satisfecho, con las piernas abiertas, soltando unos ronquidos desvergonzados. Los locos gemían en las entrañas de la vieja, se alimentaban de su libertinaje parlante, con la acumulada pasión de frases escritas en la pared de una barra. Harry sujetaría aquellas voces al mandato soberano. Las reduciría al orden del libro.

Escribió en el cuaderno la primera oración. Trazó las letras tan juiciosamente que al releer lo que había escrito no pudo menos que gritar de asombro. Rescribió la oración varias veces sin lograr que saliera a su gusto. Con un suspiro de resignación comprendió que el extraño caso, como una enfermedad fatal, no tenía remedio, y empezó a vislumbrar el sentido de las palabras que nunca hubiera querido escribir.

Se levantó del escritorio. La mañana estaba perfecta para salir a jugar con el cóndor favorito, para cambiar súbitamente de humor, como cambiaría las magnolias marchitas del jarrón. En el cuaderno, olvidado sobre la jaula del cóndor, quedaron las diez versiones idénticas de la oración traicionera: “Detrás del mostrador un joven blanco muy tonto enjuagaba copas, y copas, y copas, y”.

(De La casa de la loca, Alfaguara, 2001)

Primeros párrafos

Recuerdo cuando recibí el envío de mi sobrina. Leí su letra en una nota breve: quizás me interesaría conservar aquellas cartas. No pensé en ...