Sit-in en el Expreso Piñero.
sábado, 12 de febrero de 2011
jueves, 27 de enero de 2011
Entrevista con Camilla Feibelman

Naturaleza, pan y belleza: entrevista con Camilla Feibelman
por Marta Aponte Alsina y Frank Vélez Quiñones
(Publicada en Prensa Comunitaria)
Un sol ardiente adorna el portal cibernético del estado de Nuevo México. Para fomentar el turismo se destacan los contrastes naturales, desde montañas nevadas hasta desiertos de arenas blancas y desiertos rosados, cavernas, mesetas y cañones. Esa belleza pintoresca atrajo a artistas como Georgia O'Keefe, Bruce Nauman y D. H. Lawrence, el autor de Lady Chatterley´s Lover. Bajo el influjo del paisaje y la seducción de creencias ancestrales se han establecido en Nuevo México colonias de escritores, así como comunidades new age de “místicos” adinerados; bajo el signo de la belleza y el deseo, sigue vivo el arte de los Navajo y los Zuni Pueblo.
Con una extensión de 121, 412 millas cuadradas y 1, 984, 356 habitantes, la densidad poblacional del estado es muy baja. Cuarenta y cinco por ciento de los residentes se clasifican como “hispanics”. La frontera colindante con los estados mexicanos de Chihuahua y Sonora promueve el ir y venir de lenguas y prácticas culturales y el recuerdo de leyendas como la de los colonizadores españoles sedientos de oro que dieron crédito al espejismo de las Siete Ciudades Doradas de Cibola.
En Albuquerque, la ciudad más poblada de Nuevo México (521,999 habitantes) nació Camilla Feibelman, coordinadora del capítulo puertorriqueño del Sierra Club. El papá de Camilla es físico de profesión y especialista en estudios del agua. Su mamá dirige una organización sin fines de lucro para personas mayores de bajos recursos. Su hermano es artista gráfico. Ciencia, arte y activismo ambiental han sido temas comunes en los afectos, estudios y vida profesional de Camilla Feibelman. Cuando le pregunto qué le gustaría hacer si no hiciera lo que hace, no lo duda mucho:
-Guardabosques.
-¿No es un trabajo aburrido?
-Nada de eso. Tienes que reparar veredas, organizar excursiones para niños. Pero a fin de cuentas soy activista, esta es mi carrera.
-¿Dónde perfeccionaste el español?
-Estudié español desde la escuela elemental. Luego viví en Perú un año y ahí lo “grabé”.
-¿Eres un poco nómada?
-Nací en la misma casa donde me gradué de escuela superior. Luego he vivido en Nueva York, Perú, San Francisco, Providence y Washington DC. Seis lugares en doce años. Pero llevo seis años viviendo en Puerto Rico, en el mismo sitio.
En el Sierra Club de Washington DC era la oficial de enlace con los medios hispanos de comunicación en Estados Unidos. Allí conoció a tres estudiantes de la Universidad Metropolitana interesados en formar un capítulo del Sierra Club en Puerto Rico. El mismo se dedicaría primordialmente a la conservación del Corredor Ecológico del Noreste (CEN). Camilla se mudó a la isla para colaborar en la fundación y consolidación del organismo. En 2005 se fundó el capítulo de Puerto Rico, que ahora preside el señor Ángel Sosa, con la participación destacada de ambientalistas puertorriqueños. El Sierra Club tiene 64 capítulos en Estados Unidos, Canadá y Puerto Rico y cerca de un millón de miembros voluntarios y participantes. Su junta de directores aprobó una resolución en defensa de la conservación permanente del CEN, al que brinda su respaldo constante.
-Contamos con un sinnúmero de recursos de medios, de abogados. Hemos podido llevar el tema a una audiencia más amplia. Cada miembro de la Coalición pro CEN hace su aportación: la Asociación de Comerciantes y Profesionales de Fajardo, la Asociación de Pescadores a nivel isla, muchas organizaciones que tienen cada una algo que aportar.
La Coalición pro CEN propuso que el área se protegiera como reserva natural. Tras múltiples obstáculos, la reserva se formalizó con la firma en 2008 de una orden ejecutiva por Aníbal Acevedo Vilá. La orden fue rescindida en 2009 por Luis Fortuño Burset. El actual plan de manejo, según el Sierra Club, “ha cortado el corredor como si fuera un bizcocho” para beneficiar a desarrolladores que financiaron la campaña política de Fortuño. En este momento se citan vistas públicas en torno a dicho plan de manejo, mientras el Sierra Club y la Coalición pro CEN han demandado al gobierno en los tribunales de primera instancia.
-El plan crea una serie de huecos dentro de lo que es el corredor, fragmentándolo –dice Camilla. Esos huequitos coinciden con proyectos propuestos y actuales. Por una parte fragmentan el corredor y por otra pretenden que lo están expandiendo entre el corredor y el Yunque, cambiando una serie de zonificaciones de agricultura y bosques, pero en ciertas áreas convierten zonificaciones de agricultura a uso mixto, para permitir proyectos pendientes de aprobación. El Servicio Forestal ya ha demostrado que el 85% de los casos alrededor de El Yunque no cumplen con los requisitos de zonificación.
-En la situación actual, ¿hay formas de dejarse oír, de resistir?
-Hay un proceso que el Gobierno tiene que cumplir. Ahora es más fácil para los constructores. La nueva ley de permisos limita mucho la participación de la comunidad en los procesos de evaluación ambiental. Nos enfrentamos a una situación bien preocupante, donde las comunidades que normalmente han podido participar ahora no pueden. Pero, por otro lado, creo que es importante que la gente tome en serio la participación en esos procesos. Tenemos que dejar de en récord cuán fallido ha sido un proceso donde no se ha incluido al público de ninguna manera en la preparación de este nuevo plan. Es importante que el próximo 5 de febrero, en Fajardo, asista mucha gente; que participen, y dejen en récord sus planteamientos.
Es innegable la importancia del CEN como recurso para el turismo sustentable, el que cuida del ambiente, apoya directamente la economía de las comunidades trabajadoras y enriquece la sensibilidad de los ciudadanos. No obstante, esa no es la única aportación del Sierra Club. La ponencia que leyó Feibelman a nombre de la organización en las audiencias relacionadas con el status es un resumen más que alarmante de la degradación ambiental en la isla. Debería ser lectura obligada en las escuelas y para las organizaciones de la sociedad civil. El Sierra Club se distancia de la polémica del status, pero reconoce que el cuidado de los recursos naturales es determinante para el destino político que escojan los puertorriqueños.
Sobre su conocimiento del país esta “boricua in training”, como declaró en una entrevista con Radio Universidad, destaca su amor a la música y al baile, y el honor de haber participado por invitación en toques de bomba en Piñones. A propósito de la relación entre arte y naturaleza, recordamos una cita del escocés John Muir, fundador del Sierra Club: “Todos necesitamos la belleza tanto como el pan; espacios donde jugar y orar, donde la naturaleza sane, alegre y vigorice el cuerpo y el espíritu”.
Le pregunto a Camilla sobre sus lecturas.
-Estoy haciendo mis estudios de Planificación Urbana en la Universidad de Puerto Rico y todo mi tiempo de lectura ha sido dominado en los últimos años por la lectura académica. Pero en las noches, antes de dormir, tengo que leer, y tiene que ser ficción. Normalmente sólo logro cinco páginas antes de quedarme dormida, pero me encanta la ficción. Fui a Trinidad durante las navidades porque un amigo mío se casó y estoy leyendo A House for Mr. Biswas, para entender un poco mejor a Trinidad. Allá me di cuenta de que, aunque reconocen el valor literario de Naipaul, lo ven como un snob que no respeta a la gente local.
-¿Qué otra lectura te marcó?
- Walking with the Wind, de John Lewis, congresista de Georgia. Era el presidente del Student Nonviolent Coordinating Committee durante la época de los derechos civiles. Hicieron los primeros lunch counter sit ins para integrar las cafeterías de las tiendas Woolworth's y otros lugares. Mucha gente sabe de Martin Luther King pero no necesariamente de toda la gente que lo apoyó. Los estudiantes estaban liderando el camino. Ese grupo de estudiantes tenían un profesor que estudió las técnicas de no violencia de Gandhi. Regresó de la India e hizo talleres de no violencia con los estudiantes. Los muchachos iban a las cafeterías. Los racistas blancos los golpeaban y escupían y los estudiantes no reaccionaban. Todos esos incidentes se transmitieron por televisión y mucha gente se dio cuenta de la fuerza del prejuicio racial.
-Es impresionante cómo llegan de tan lejos las tradiciones de la cultura política y se van integrando a las luchas locales. Aquí también hay una tradición de lucha de las organizaciones comunitarias. ¿Qué han aportado? ¿Cómo se pueden utilizar en otros lugares? ¿Cómo se distingue o caracteriza esta tradición de lucha nuestra?
-Ha habido organizaciones locales que han podido lograr maravillas en diversas luchas: la gente de Cataño en su lucha con Palo Seco, la gente de Vieques, la gente de Casa Pueblo. Comunidades que han podido defender sus lugares, y otras organizaciones como Misión Industrial, que han apoyado a esas comunidades con adiestramiento y apoyo técnico. Lo que el Sierra Club aporta es un espacio para personas que no necesariamente están vinculadas con la lucha de una comunidad, pero los mueve el deseo de mejorar las cosas. Nuestro modelo de justicia ambiental es no entrar a una comunidad si no es por invitación. Por eso hemos trabajado con el corredor, porque hubo esa invitación.
-¿Qué visión tenías del Caribe y de Puerto Rico antes de venir y cómo ha cambiado?
-Yo sabía mucho de México, pero a diferencia de mi papá, que nació y se crió en Nueva York, no sabía mucho de Puerto Rico. Después fui a estudiar a Nueva York, Biología Ambiental, y aprendí más. Aunque en realidad lo que prevalece es la visión de West Side Story. Me sorprende que la gente que no ha visitado Puerto Rico no tiene idea de cuán amplia y diversa es esta sociedad. Es la tendencia que todo grupo tiene de hablar mal de otros grupos hasta que nos tomamos el tiempo de conocernos. Esa oportunidad la he tenido en Puerto Rico.
-¿Escribes, Camilla?
-Escribo, pero me cuesta admitirlo, porque no me gusta que lean lo que escribo. Poesía, pequeñas reflexiones en un diario. Mi trabajo requiere escribir comunicados y artículos.
-Me parece que cada vez hay menos personas de origen estadounidense en la isla, pero ha habido personajes importantes en las luchas progresistas del país. Pienso en Muna Lee, en Sarah Paige. Tú has sentido esa solidaridad. Además del ambiente que no tiene fronteras, también está esa comunidad de un país al que perteneces en tu vida diaria y el hecho de traer un bagaje, una cultura que te ayuda a ver las cosas con cierto distanciamiento. ¿Qué has aprendido, y qué has tratado de aportar?
-A veces vivir en un lugar donde no naciste o te criaste te permite cierta libertad de ver las cosas como son. No es que la gente local no las pueda ver, claro que pueden verlas, pero cuando se ha estado en un lugar durante mucho tiempo el cambio no es tan obvio. A veces tener ojos de afuera ayuda a traer diferentes ideas y perspectivas. Pero el de afuera tiene que tener cuidado de respetar la manera de hacer las cosas y el liderato local y su empoderamiento. Saul Alinsky decía que un organizador comunitario no debe ser de la comunidad donde él o ella trabajan, pues están sujetos a las normas internas, tabúes y restricciones que no permiten criticar el sistema. No siempre sucede, pero puede ser así. Puedo decir que muchos puertorriqueños en Estados Unidos han hecho grandes aportaciones, por ejemplo, Gloria Tristani, en Nuevo México. En resumen, si uno va a vivir en un lugar tiene que estar dispuesto a aportar, y esa ha sido mi actitud, además de servir como un puente entre el nuevo capítulo y la sede de la organización.
-¿Qué has recibido tú?
-Mucho interés y apoyo. Hemos llegado al punto en que mi reto mayor es cómo atender bien a todas las personas que quieren participar como voluntarios. Es un trabajo muy intenso. Tenemos muchos líderes activos que llevan a cabo excursiones y forman parte del comité ejecutivo local, estudiantes que ofrecen charlas, en fin, mucha actividad.
-Y has visto el crecimiento…
-Al principio teníamos 45 socios. Ya contamos con 1,300. Empezamos con cien personas en la base de datos y ya contamos con más de 25,000.
-Entonces esa apatía que a veces se menciona es relativa. Siempre será una minoría la que participe, pero en Puerto Rico hay un interés sustancial en las luchas ambientales y sociales.
-Sí, hay interés. No veo apatía, no la he visto. Los que no están activados es porque están ocupados, tratando de criar a sus hijos, tratando de satisfacer sus necesidades básicas. El problema realmente es que el gobierno no está escuchando. No les importa lo que opina la gente. Entiendo que haya diferencias, pero simplemente cerrar la oportunidad de participar y activar es feo.
-Y peligroso para la estabilidad social.
-Sí, no hay diálogo ni intercambio. Ante el nivel de problemas que hay en Puerto Rico con el desempleo y demás, para mí que el gobierno está desperdiciando su tiempo en tumbar la reserva del CEN, atrasando el proceso y cancelando vistas públicas. Obviamente no tienen el tiempo de atender bien el asunto. Entonces que nos dejen intentar desarrollar la visión que tenemos para el corredor, que es como destino complementario de El Yunque, que recibe un millón de personas anualmente. Así tienes la alternativa de una economía verde, que no requiere la destrucción del corredor.
-La vida de un activista ambiental tiene sus riesgos.
-Yo no los he experimentado. Me alegro de vivir en una sociedad como ésta diferente de la de Arizona, por ejemplo. Aquí siento que todavía, hasta el momento, hay espacio para disentir. Por el momento.
Ya al cierre de la entrevista, después de apagar la grabadora, volvemos a interrogar a la paciente Camilla con lo que pudo ser la pregunta inicial. ¿Qué anécdota de tu infancia te encaminó hacia tu vocación? Y Camilla nos contó una historia.
Camilla fundó un grupo ambiental en su escuela superior: Students for Environmental Action. Consiguieron fondos para hacer una siembra de cien árboles a tono con el ambiente, en la periferia de la escuela. Una mañana se encontraron con que alguien los había talado. Llamaron a la prensa. Nunca encontraron al culpable, pero la joven cobró conciencia de que “hay herramientas para denunciar las barbaridades que los humanos hacen. Ahí empezó mi activismo”.
En todos los paraísos asechan fuerzas destructoras. Los conquistadores alucinaron que las casas de adobe de los pueblos de Nuevo México estaban hechas de oro. En el desierto de Los Alamos, también en Nuevo México, se encuentran los laboratorios donde se diseñó y fabricó la primera bomba atómica. En Puerto Rico sólo la voluntad de los ciudadanos y ciudadanas conscientes será capaz de poner freno a la loca epidemia de violencia, corrupción y codicia que pretende arrasar la isla sin miramientos. Es ardua la batalla por el Corredor Ecológico del Noreste -que continúa con las vistas públicas del 5 de febrero en el Centro de Usos Múltiples de Fajardo- pero no podemos perderla.
miércoles, 5 de enero de 2011
El otro círculo de Praga

El narrador –dice Walter Benjamin– toma lo que cuenta de la experiencia propia o ajena, y lo convierte en experiencia propia de los que escuchan su historia.
Antonio Jiménez Morato
…
Hoy se cumple un mes de la muerte de Fernando Cros. Una oración como ésta sólo puede escribirse desde la distancia que la literatura otorga. El espacio de la literatura es parecido al de la muerte. Ambos dan forma a la vida, y le confieren cierta trascendencia. Las palabras son la marca del vacío. Donde están ellas falta lo que ellas designan. Creo que esa insuficiencia fue el tema obsesivo de Fernando. Su poesía bordea el abismo, la necesidad y el fracaso de nombrar.
Sin embargo, el Fernando que conocí era la antítesis de la melancolía: brillante, irónico, elocuente, rebosante de anécdotas que me contaba sabiendo que mi papel de escucha era callar, registrarlas y alguna vez, que es ya el presente, compartirlas. Sus memorias nunca fueron una relación de hechos. Evocaban una atmósfera irreal. Los personajes y acontecimientos más aburridos seducían cuando él los contaba.
Fernando y su esposa Deledda vivieron unos años en México. Varias tramas del anecdotario tienen como protagonista a un narrador: José Luis González. Una de ellas se da el lujo de incluir como personaje al excéntrico escritor jalisciense Juan José Arreola.
La historia de González y Arreola es el relato de un viaje y fue un regalo de viaje que Fernando me hizo. Creo que lo escarbó de la memoria y me lo regaló cuando lo visité en el hospital, en julio, y le comenté que tenía la ilusión de aprovechar un viaje a España para visitar Praga.
El cuento es más o menos el siguiente. Lo recobro empobrecido, sin el talento y la feroz ironía de mi amigo, pero recordando su voz entrañable.
…
En alguna ocasión José Luis González viajó con su familia a la antigua Checoslovaquia. Arreola se enteró del viaje y, antes de que José Luis partiera, le hizo un encargo. La petición era frecuente en otros tiempos; los viajes eran acontecimientos poco comunes y los viajeros se convertían en mensajeros entre mundos distantes y casi fabulosos en el imaginario de cada extremo. Tratándose de Arreola, el encargo no podía ser ordinario. Acorraló al viajero en ciernes y le dijo:
“José Luis, por lo que más quieras, visita el cementerio donde está enterrado Kafka y tráeme alguna piedrita que encuentres cerca de su tumba”.
“Claro que sí”, balbuceó José Luis, que si no recuerdo mal era gago, así que seguramente tartamudeó la respuesta. Pasó el tiempo –entonces las estancias se extendían hasta que maduraban como una fruta que cae del árbol por su propio peso–, y llegó el momento inevitable de abandonar Praga, esa ciudad que con tanto embeleso describen los que la conocen. José Luis y los suyos regresaron a México.
Un día González fue a visitar a su colega Arreola. Justo antes de tocar a la puerta recordó, golpeándose la frente, que había olvidado por completo la encomienda del otro, el regalo mínimo y a la vez precioso de una piedrita encontrada junto a la tumba de Kafka. José Luis, que además de escritor era hombre sensato, y para colmo materialista y espiritista a un tiempo, es decir, capaz de integrar el arte con la sociología, y el realismo social con el humor, recorrió el jardín de la casa de Arreola. Le llamó la atención una piedra pequeña. Esa piedra le dijo algo; si no, hubiera escogido otra. La guardó en el bolsillo del pantalón y tocó la puerta.
Entonces, cuando se abrió la puerta, tras el abrazo de rigor, le regaló a Arreola la piedra kafkiana sin que el dueño de la casa pareciera sospechar que provenía de su propio jardín.
Así terminaba el cuento, con el círculo perfecto de un abrazo y una piedrita enaltecida, que a partir de aquel momento se hizo visible y mágica, y nunca más fue pisoteada.
viernes, 31 de diciembre de 2010
La piel de la nostalgia

Ángel M. Aguirre, La piel de la nostalgia, Obsidiana Press, 2010
Los libros se dejan leer en el momento propicio. Hace casi un año recibí La piel de la nostalgia, de Ángel Aguirre, a quien conocí en la Sala Zenobia y Juan Ramón Jiménez, entre los recuerdos del poeta, custodiados por el simpático y brillante Ricardo Gullón y la juanramoniana más ferozmente leal del reino, Raquel Sárraga. Leí La piel de la nostalgia, me atrajeron las fotos, la poesía sincera, coloquial, directa, pero ahora que este año de profundas conmociones está a punto de largarse, encuentro el momento propicio para la lectura intransferible, esa que me corresponde, cuando los libros leídos se funden con los objetos y espacios personales. Este libro se me ofrece como una capilla de altares a los muertos y una inocente y altiva declaración de repudio a la muerte. En las últimas horas de un año que termina con la muerte de otro poeta, Fernando Cros, encuentro en el claroscuro de sus altares un espacio reconocible.
Altares de una capilla desaparecida, de la que quedan las fotos de seres retratados en vibrantes momentos de belleza: la imagen del propio autor niño, la de su prima, las de su tía abuela y sus tías. Esos altares que Ángel levantó en honor de sus muertos me guiaron hacia una lectura pendiente, la del cuento “The Altar of the Dead”, de Henry James, y al recuerdo de una película de Truffaut, La chambre verte, sugerida por el cuento de James.
El protagonista de James dedica su vida a la muerte, es decir, a recordar a sus muertos. En una iglesia oscuramente evocada por el narrador –en el caso del filme de Truffaut en la capilla de un cementerio- mantiene encendido un infierno de velas votivas, cada una en memoria de alguno de sus muertos. Solo falta el amigo más entrañable, a quien no le perdona una traición. No recuerdo el final del filme pero el cuento de James apunta a una reconciliación con el espíritu del adorado enemigo y con la muerte propia, y a una continuidad de la tradición del culto de los muertos.
Un final macabro y gélido, que contrasta con el carpe diem que a manera de “Fórmula para ahuyentar la saudade”, cierra el libro de Ángel Manuel Aguirre. Porque un carpe diem es siempre una invitación al olvido, un reconocimiento de la otredad infranqueable de la muerte y una exaltación de la vida; no de una vida sola, sino del aliento compartido por las especies vivas. Así leo el libro de Aguirre, y las velas votivas dedicadas a sus muertos, como un brindis por la vida nueva. Despido al año terrible de 2010 con unos versos suyos:
Vivir en un mundo
callado y cerrado
y oscuro de niebla
donde no haya gente
ni blanca ni negra,
ni ciega injusticia.
Donde no haya amor,
odios ni prejuicios,
ni tampoco madres
ni tonto egoísmo.
Ni espejos ni lunas
de absurda ternura.
Tan solo mis huellas,
mis huellas desnudas,
perdidas, a tientas,
por nueva orillas.
¡Qué dicha, la vida!
¡Mi vida, qué dicha!
jueves, 16 de diciembre de 2010
Luis Fortuño Burset, novela por entregas: capítulo 6

En el capítulo final de Do androids dream of electric sheep?, la novela de Phillip K. Dick, el héroe exterminador de androides duerme. Su mujer aprovecha el largo descanso del guerrero para servirse una taza de café caliente, negro y aguado.
El libro se presta para todo tipo de abusos, como los del guionista de Blade Runner, que apenas retuvo una sombra de la deliciosa pesadilla de Dick. Sigamos abusando, pues, y digamos que Rick Deckard, el cazador de androides, despierta de su largo sueño en una cama de pilares, en el Palacio de Santa Catalina. Lo sorprende el ronroneo de un gato persa. El olfato de Rick, debilitado por la rara empatía que le provocara la destrucción de seis ejemplares de la serie Nexus, le indica que se encuentra en una guarida de androides: seres inhumanos condenados a cuatro años de vida. Por su constitución celular, los androides son incapaces de renovarse.
El gato mira al matón con ojos zalameros –los gatos, cuando no son ariscos, son zalameros- da un salto y regresa de inmediato en compañía de un hombrecito delgado de abundante cabellera negra. Rick se levanta con suspicacia. El hombrecito se acerca a la cama y le extiende la mano.
-Welcome to La Fortaleza USA.
-Gracias -contesta Rick, que ha sido traducido a muchos idiomas. Como humano de ficción está programado para responder automáticamente en varias lenguas.
-Ah, qué bien, habla sin acento -comenta el gato con un ronroneo. -I said that you speak without an accent.
-Mais pas vous bien sur -contesta Rick disparatadamente.
El flaco no pierde el tiempo. Le comunica que es el gobernador de Puerto Rico, Estados Unidos de América, y que lo ha despertado de su sueño para que, con los rayos de su pistola laser, escarmiente a los terroristas estudiantes de la Universidad de Puerto Rico.
-Yo solo elimino androides. Soy humano, matar humanos me es ajeno -contesta Rick Deckard. -De hecho, ya ni siquiera podría matar androides, me dispiace. He descubierto que también los androides tienen derechos.
-Derechos my ass -comenta el gato.
-Nadie, pero nadie, tiene derecho a subvertir el orden –dice el flaco con los ojos húmedos y voz de santo.
-Mmm, musita Rick. Piensa: “Ya es tiempo de despertar. Los exabruptos de ma femme y el café aguado son menos aburridos que este tipo de androide subnormal. Es un modelo muy atrasado, de esos que cantan una sola nota hasta que alguien les programa otra. Ya no los fabrican, pero hay muchos sueltos. Tampoco hay que tenerles pena, son dañinos. Cautela, Rick Deckard.“
Cierra los ojos. Al abrirlos todavía los especímenes están ahí. El flaquito y el gato lo miran con la expresión entre desdeñosa y vacía de quienes se criaron esquiando en Colorado, retratándose con Goofy en Disney World y jugando tennis en el Caparra County Club.
-Bueno, si quieren hacemos un trato. Yo me encargo de los estudiantes, pero primero les limpio este lugar. Me huele que está lleno de androides.
-Te lo dije, Luis –gritó el gato. Esto está lleno de espías de Jennifer y Tommy. Se les nota al vuelo en lo cafres que son.
Rick saca el pistolón laser. Lo empuña con las dos manos y apunta al piso reluciente. Busca en los armarios, husmea debajo de la cama. El flaquito y el felino observan embelesados. De pronto, Rick los encañona. Gritan.
-Cristo amado, have you lost your mind?
-Los únicos androides que turban mi sueño son ustedes dos. Ni siquiera son divertidos. La autora de esta serie debería matricularse en una escuela donde le enseñen a escribir guiones. Adiós, infames.
El flaquito y el gato se abrazan, se hincan, rezan implorando la intervención del beato fundador del Opus Dei.
Rick Deckard dispara.
Del cañón de la laser sale un holograma del Rudolph the Red-Nosed Reindeer con aureola de centellas.
-Jesus Christ, Luis, esto debe ser una broma pesada del caballo Romero. Ese hombre te odia.
-Ave María, Marcos, no digas eso -dice jadeante un hombre peliblanco de malos cascos. –Yo que les traigo una musiquita navideña y tú me sales con esa grosería. Ay deja eso, chico, ¿qué esperabas, que te trajera flores? Perdona, sae.
Rick Deckard se debate entre una visión profética y la insistente música de una parranda acompañada con güiros, panderetas pentecostales y latas de sopas Campbells:
Por fin llegaron, las Navidades
Everything about me has become unnatural
Las fiestas reales de Borinquen
It´s time to go home
Un lechoncito en su vara y ron pitorro
Maybe, after I´ve been there a while
Que no me da la gana
I´ll forget.
domingo, 12 de diciembre de 2010
Podrán cortar las flores, pero no la primavera
sábado, 11 de diciembre de 2010
El rastro del caimán
El rastro del caimán, de Bernardo Marqués
(San Juan, Terranova, 2010)
Un libro se puede leer como se leen las huellas de un crimen. Un libro se puede descifrar como se descifra una adivinanza. Un libro se puede interpretar como se interpreta una radiografía. En el fondo de un libro siempre hay un nido de enigmas, y unas claves para acceder al corazón de los enigmas, porque un libro es mucho más que un reguerete de palabras. Es el regalo de entrada a un mundo que no existiría sin él.
Las formas de leer están muy codificadas. Son incontables los libros publicados, pero escasas las innovaciones formales en el género de las ficciones. Italo Calvino escribió hace años que la más reciente invención en el género cuento la hizo Borges, y que era la siguiente: Borges se inventó a sí mismo como narrador. Con esa aparente exaltación de la vanidad, provocaba, con premeditación, el efecto contrario: quitarle a la voz del narrador los residuos de confiabilidad que todavía arrastraba por influencia del realismo literario. Además reivindicó la grandeza de un género chico. Al escribir cuentos que eran resúmenes de novelas, de grandes bibliotecas, incluso de universos, resaltó la capacidad que tiene un gran cuento para incluir la ilusión de una totalidad en una nuez.
Cuando se trata de un libro de cuentos como El rastro del caimán, son más de una las posibles entradas en esa forma, en ese objeto que con frecuencia se nos impone con un aire de familia, pero que a veces, por suerte, cuando el libro forcejea con las estrictas imposiciones del género cuento, nos desconcierta. Apelando a la biografía, los que tenemos el privilegio de conocer al autor, podemos vincular el libro con algunos datos de su persona. El autor es médico, de modo que se le podría comparar con otros médicos escritores. Puesto que estamos en la Navidad y ya se oye el murmullo de una brisa suave en los aires frescos (y el barrunto de aires ominosos en un clima político donde no se respetan ni las ideas ni las buenas tradiciones) cabe mencionar el Álbum puertorriqueño, que recogió prosas y versos de un grupo de estudiantes de medicina en Barcelona. Ese álbum fue una respuesta al Aguinaldo publicado en San Juan en 1843, y que se proponía, con agudeza comercial, como: “un libro enteramente indígena que por sus bellezas tipográficas y por la amenidad de sus materias pudiese dignamente, al terminarse el año, ponerse a los pies de una hermosa o en signo de reconocimiento y de cariño ofrecerse a un amigo, a un pariente, a un protector, reemplazando con ventajas a la antigua botella de Jerez, el mazapán, y a las vulgares coplas de Navidad de nuestros abuelos”.
Quien quiera encaminarse por esta lectura de reconstrucción histórica podría seguirles la pista a los médicos escritores del país, desde Manuel Alonso, Manuel Zeno Gandía y Cayetano Coll y Toste, hasta José Rabelo, Manuel Martínez Maldonado, Eduardo Santiago Delpín y Eduardo Vallés. Dejaré al rescoldo esa posibilidad de trazar relaciones entre la escritura y el ojo clínico, aunque podríamos decir, entre médicos te veas, e invocar al narrador italiano Primo Levi, que era químico e hijo de ingeniero, pero se paseó entre médicos. En un cuento de Levi, un médico joven habla “de las manías obsesivas que tienen los médicos después de cierta edad”. El personaje de Levi, se refería a los "mnemagogos" el invento de un médico mayor de pueblo chico. El invento consistía en una fórmula para aprisionar aromas que estimulaban la memoria con una precisión ajena a la imagen visual. Uno de los cuentos más sugerentes de El rastro del caimán, se llama “El lector de sombras”, y cuenta la historia de otro invento, el ferdiscopio, una máquina que enriquece la percepción mediante la eliminación y control de los colores, y que se dedica a un fin siniestro.
La presencia de lo siniestro, lograda en el suspenso sostenido de algunos cuentos del libro, crea una atmósfera amenazadora en los mundos inestables que aquí se construyen, y nos acerca a otra posible lectura: la que encuentra en los libros unos ejes, unos patrones, unos motivos recurrentes. Sobresale en el libro de Bernardo la descripción de recintos cerrados. En algunos la felicidad es posible gracias al arte, a la inocencia, al ejercicio de la sexualidad sin trabas, a la sustitución del consumo por el placer sin precio. El “Nido de cartón”, una fantasía erótica, traslada el hábitat del deambulante de la calle al supermercado. En esta sociedad fragmentada por el asedio de la estupidez, el paraíso se concibe bajo la apariencia no ya de una biblioteca sino de una megatienda en el reino de la abundancia. El Adán de este relato es un artista; su Eva, reina por unos días.
Los paraísos de El rastro remiten a los orígenes, a la desnudez, a la naturaleza, al arte, a la sexualidad, a la amistad. El paraíso se inicia bajo la tutela del abuelo, que frecuenta a trabajadoras del sexo y convierte en versos transacciones que un escritor naturalista trataría con crudeza. No así el abuelo de “Correo etéreo”, que escribe cartas de amor cortés a sus damas. El narrador es lector de palabras. Apuesta menos a las tremebundas admoniciones de un Zeno Gandía que a la literatura de la imaginación; se acerca más a la escuela de un Juan José Arreola, que no se ganaba la vida como médico, sino como hombre de libros, literalmente, pues era encuadernador y editor.
Los paraísos no lo serían sino tuvieran como contraparte al enemigo: la violencia en todas sus formas fascinantes y terribles. En El rastro del caimán se representa el sórdido patetismo de la destrucción. Ejemplo de ello es “El nuevo creyente” un cuento de humor negro donde el aspirante a suicida se percata de que la forma de suicidio escogida no se presta para haber guardado en el bolsillo sus últimas palabras. La escritura es también exorcismo de la violencia que marca la historia familiar del autor, desde situaciones muy íntimas hasta el fusilamiento del otro abuelo, en la Guerra Civil Española, en la Mallorca oscurantista retratada por otro escritor que fue también médico, Llorenc Villalonga, en una novela admirable, La muerte de una dama, publicada en 1931, y recién editada en traducción al castellano por Veintisiete Letras.
Esa podría ser otra entrada, la más cercana a mi propia experiencia. La escritura como pago de deudas familiares, frecuente en este país de instituciones precarias, donde tantos objetos del patrimonio material y anecdótico siguen en manos de familias y de coleccionistas, y la pedagogía de la historia es siempre frágil, sujeta a la politiquería insultante y al absolutismo del poder imperialista. Entonces recae sobre los escritores el deber de rescatar del olvido esa herencia familiar y por lo general el primer libo propone un acercamiento a esa misión difícil. Y quizás por eso es frecuente esa figura del escritor que comienza a publicar en su madurez, porque tampoco es fácil escribir en medio del ajoro que ya percibía otro hombre de ciencias, el farmacéutico, Tomás Blanco, en los años cincuenta del siglo 20. Este es un país fascinante, que hay que decir y escribir, pero que no se deja ver fácilmente ni ofrece, a causa de nuestra propia torpeza, en buena medida, los espacios despejados que sueltan la mano del escritor: ciudades habitables, caminables, tertulias, conversaciones, crítica abundante, debates fértiles.
Otra lectura, muy cercana a la del libro como pago de deudas familiares, es la que define a un primer libro como paso necesario para abrir compuertas. El libro que hoy celebramos es, en efecto, un dechado de posibles escrituras, de diversos espacios, que se completa con reflexiones breves. Una de las más hermosas es “La antigua pluma Schaeffer”, que fluye como si de algún modo el mandato de la escritura fuera dar voz a la madre que hubiera querido escribir. Otra es la que bordea el impulso ético del arte en el breve “El rastro del caimán”: “Él Caimán sabía de la abundancia por las muestras que de ella llenaban diariamente su saco. Yo sabía de la carencia por el hambre que veía en sus pupilas, y por aquella generosidad tan suya que sólo se le da bien a quien no tiene nada”.
Para mí, y sé que para otros lectores, las posibilidades de lectura que admite un texto son la medida de su riqueza. Los libros más ricos son los que no se agotan en una lectura; los que se transforman con el paso de la luz y de las sombras. Esos lectores encontrarán en El rastro del caimán un regalo navideño que remplace con creces y buenas razones al plasma tv y los “gift cards”. Los invito a leerlo, e invito al autor a que no descanse hasta explorar los filones que anuncia. Hacen falta escritores que sean, ante todo, lectores; que abran galerías entre la sociedad y la sensibilidad, que saquen a la luz sus riquezas interiores.
Marta Aponte Alsina, La Tertulia, 11 de diciembre de 2010
(San Juan, Terranova, 2010)
Un libro se puede leer como se leen las huellas de un crimen. Un libro se puede descifrar como se descifra una adivinanza. Un libro se puede interpretar como se interpreta una radiografía. En el fondo de un libro siempre hay un nido de enigmas, y unas claves para acceder al corazón de los enigmas, porque un libro es mucho más que un reguerete de palabras. Es el regalo de entrada a un mundo que no existiría sin él.
Las formas de leer están muy codificadas. Son incontables los libros publicados, pero escasas las innovaciones formales en el género de las ficciones. Italo Calvino escribió hace años que la más reciente invención en el género cuento la hizo Borges, y que era la siguiente: Borges se inventó a sí mismo como narrador. Con esa aparente exaltación de la vanidad, provocaba, con premeditación, el efecto contrario: quitarle a la voz del narrador los residuos de confiabilidad que todavía arrastraba por influencia del realismo literario. Además reivindicó la grandeza de un género chico. Al escribir cuentos que eran resúmenes de novelas, de grandes bibliotecas, incluso de universos, resaltó la capacidad que tiene un gran cuento para incluir la ilusión de una totalidad en una nuez.
Cuando se trata de un libro de cuentos como El rastro del caimán, son más de una las posibles entradas en esa forma, en ese objeto que con frecuencia se nos impone con un aire de familia, pero que a veces, por suerte, cuando el libro forcejea con las estrictas imposiciones del género cuento, nos desconcierta. Apelando a la biografía, los que tenemos el privilegio de conocer al autor, podemos vincular el libro con algunos datos de su persona. El autor es médico, de modo que se le podría comparar con otros médicos escritores. Puesto que estamos en la Navidad y ya se oye el murmullo de una brisa suave en los aires frescos (y el barrunto de aires ominosos en un clima político donde no se respetan ni las ideas ni las buenas tradiciones) cabe mencionar el Álbum puertorriqueño, que recogió prosas y versos de un grupo de estudiantes de medicina en Barcelona. Ese álbum fue una respuesta al Aguinaldo publicado en San Juan en 1843, y que se proponía, con agudeza comercial, como: “un libro enteramente indígena que por sus bellezas tipográficas y por la amenidad de sus materias pudiese dignamente, al terminarse el año, ponerse a los pies de una hermosa o en signo de reconocimiento y de cariño ofrecerse a un amigo, a un pariente, a un protector, reemplazando con ventajas a la antigua botella de Jerez, el mazapán, y a las vulgares coplas de Navidad de nuestros abuelos”.
Quien quiera encaminarse por esta lectura de reconstrucción histórica podría seguirles la pista a los médicos escritores del país, desde Manuel Alonso, Manuel Zeno Gandía y Cayetano Coll y Toste, hasta José Rabelo, Manuel Martínez Maldonado, Eduardo Santiago Delpín y Eduardo Vallés. Dejaré al rescoldo esa posibilidad de trazar relaciones entre la escritura y el ojo clínico, aunque podríamos decir, entre médicos te veas, e invocar al narrador italiano Primo Levi, que era químico e hijo de ingeniero, pero se paseó entre médicos. En un cuento de Levi, un médico joven habla “de las manías obsesivas que tienen los médicos después de cierta edad”. El personaje de Levi, se refería a los "mnemagogos" el invento de un médico mayor de pueblo chico. El invento consistía en una fórmula para aprisionar aromas que estimulaban la memoria con una precisión ajena a la imagen visual. Uno de los cuentos más sugerentes de El rastro del caimán, se llama “El lector de sombras”, y cuenta la historia de otro invento, el ferdiscopio, una máquina que enriquece la percepción mediante la eliminación y control de los colores, y que se dedica a un fin siniestro.
La presencia de lo siniestro, lograda en el suspenso sostenido de algunos cuentos del libro, crea una atmósfera amenazadora en los mundos inestables que aquí se construyen, y nos acerca a otra posible lectura: la que encuentra en los libros unos ejes, unos patrones, unos motivos recurrentes. Sobresale en el libro de Bernardo la descripción de recintos cerrados. En algunos la felicidad es posible gracias al arte, a la inocencia, al ejercicio de la sexualidad sin trabas, a la sustitución del consumo por el placer sin precio. El “Nido de cartón”, una fantasía erótica, traslada el hábitat del deambulante de la calle al supermercado. En esta sociedad fragmentada por el asedio de la estupidez, el paraíso se concibe bajo la apariencia no ya de una biblioteca sino de una megatienda en el reino de la abundancia. El Adán de este relato es un artista; su Eva, reina por unos días.
Los paraísos de El rastro remiten a los orígenes, a la desnudez, a la naturaleza, al arte, a la sexualidad, a la amistad. El paraíso se inicia bajo la tutela del abuelo, que frecuenta a trabajadoras del sexo y convierte en versos transacciones que un escritor naturalista trataría con crudeza. No así el abuelo de “Correo etéreo”, que escribe cartas de amor cortés a sus damas. El narrador es lector de palabras. Apuesta menos a las tremebundas admoniciones de un Zeno Gandía que a la literatura de la imaginación; se acerca más a la escuela de un Juan José Arreola, que no se ganaba la vida como médico, sino como hombre de libros, literalmente, pues era encuadernador y editor.
Los paraísos no lo serían sino tuvieran como contraparte al enemigo: la violencia en todas sus formas fascinantes y terribles. En El rastro del caimán se representa el sórdido patetismo de la destrucción. Ejemplo de ello es “El nuevo creyente” un cuento de humor negro donde el aspirante a suicida se percata de que la forma de suicidio escogida no se presta para haber guardado en el bolsillo sus últimas palabras. La escritura es también exorcismo de la violencia que marca la historia familiar del autor, desde situaciones muy íntimas hasta el fusilamiento del otro abuelo, en la Guerra Civil Española, en la Mallorca oscurantista retratada por otro escritor que fue también médico, Llorenc Villalonga, en una novela admirable, La muerte de una dama, publicada en 1931, y recién editada en traducción al castellano por Veintisiete Letras.
Esa podría ser otra entrada, la más cercana a mi propia experiencia. La escritura como pago de deudas familiares, frecuente en este país de instituciones precarias, donde tantos objetos del patrimonio material y anecdótico siguen en manos de familias y de coleccionistas, y la pedagogía de la historia es siempre frágil, sujeta a la politiquería insultante y al absolutismo del poder imperialista. Entonces recae sobre los escritores el deber de rescatar del olvido esa herencia familiar y por lo general el primer libo propone un acercamiento a esa misión difícil. Y quizás por eso es frecuente esa figura del escritor que comienza a publicar en su madurez, porque tampoco es fácil escribir en medio del ajoro que ya percibía otro hombre de ciencias, el farmacéutico, Tomás Blanco, en los años cincuenta del siglo 20. Este es un país fascinante, que hay que decir y escribir, pero que no se deja ver fácilmente ni ofrece, a causa de nuestra propia torpeza, en buena medida, los espacios despejados que sueltan la mano del escritor: ciudades habitables, caminables, tertulias, conversaciones, crítica abundante, debates fértiles.
Otra lectura, muy cercana a la del libro como pago de deudas familiares, es la que define a un primer libro como paso necesario para abrir compuertas. El libro que hoy celebramos es, en efecto, un dechado de posibles escrituras, de diversos espacios, que se completa con reflexiones breves. Una de las más hermosas es “La antigua pluma Schaeffer”, que fluye como si de algún modo el mandato de la escritura fuera dar voz a la madre que hubiera querido escribir. Otra es la que bordea el impulso ético del arte en el breve “El rastro del caimán”: “Él Caimán sabía de la abundancia por las muestras que de ella llenaban diariamente su saco. Yo sabía de la carencia por el hambre que veía en sus pupilas, y por aquella generosidad tan suya que sólo se le da bien a quien no tiene nada”.
Para mí, y sé que para otros lectores, las posibilidades de lectura que admite un texto son la medida de su riqueza. Los libros más ricos son los que no se agotan en una lectura; los que se transforman con el paso de la luz y de las sombras. Esos lectores encontrarán en El rastro del caimán un regalo navideño que remplace con creces y buenas razones al plasma tv y los “gift cards”. Los invito a leerlo, e invito al autor a que no descanse hasta explorar los filones que anuncia. Hacen falta escritores que sean, ante todo, lectores; que abran galerías entre la sociedad y la sensibilidad, que saquen a la luz sus riquezas interiores.
Marta Aponte Alsina, La Tertulia, 11 de diciembre de 2010
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
Primeros párrafos
Recuerdo cuando recibí el envío de mi sobrina. Leí su letra en una nota breve: quizás me interesaría conservar aquellas cartas. No pensé en ...
-
El primer escritor que recuerdo haber visto, René Marqués, era guapo, prepotente, intimidante. ¡Qué manera de hablar como quien pisa fuerte!...
-
Los premios literarios tienen detractores. En muchos casos con razones bien fundadas. Sin embargo son importantes donde no hay otros medios ...
-
En la primera época del Canal 6, entre la una y las cuatro de la tarde, transmitían películas hollywoodenses de los años cuarenta. Jack Dela...