sábado, 3 de diciembre de 2011

Marta, es Fernando Cros, llámame

Me llamaba para proponer empresas descabelladas que nos harían ricos, para invitarme a almorzar en alguna fonda, para anunciarme con un chiste el envío de poemas.

Varias veces me habló de Girona, de las carpas que se multiplican en los canales de la ciudad, de la leyenda del sabio Isaac el Ciego.

Según Fernando en la tapia del huerto de Isaac había una puerta secreta que comunicaba con un barrio oculto, la judería, donde los conversos vivían en estado de suspensión animada: practicaban los restos de la fe de sus mayores, estudiaban, de otro modo, la cábala, conversaban con sus muertos. Después, como una invasión en esta Girona “medieval” de tres imágenes, se me coló la figura de algún relato de Bolaño situado en las afueras, en una casa en ruinas, atenta a las luces parpadeantes de la ciudad.

Cuando por una de esas vueltas inesperadas viajé a Girona, y por otra vuelta afortunada conocí a Gemma Carbó, Benet Coll y Mireia Tresserras, les hablé de Isaac el ciego y el barrio secreto. Sí, por supuesto, y nada más. Entonces mencionaron un museo del cine, fundado por ellos, un museo que no pude visitar.

Quizás en ese museo, a la sombra de los fantasmas de Gloria Swanson y Dolores del Río, se encuentre una de las puertas comunicantes con el barrio hermético.

Fernando, Gemma, Bolaño, Benet, Mireia. La Girona de Isaac el ciego, esa que Fernando vislumbró antes de su partida el 5 de diciembre de 2010.
Quien dude, lea:

Enemigo rumor

Hay un mundo que naufraga en el misterio.
Su sentido es muy oscuro; se parece al de una hilacha
Sostenida por el soplo de la brisa en la orilla
de un abismo…
Nadie levantará su velo; solamente se insinúa
En las gotas de escritura que han marcado
Un cielo ardiente
Con el golpe alucinante de la llama.




(Fernando Cros, Fragmentos del habla, Editorial de la Universidad de Puerto Rico)

martes, 22 de noviembre de 2011

Pariente del mar




Un río insondable inspira pavor. El pavor debe ser la madre de la palabra, canto y ensalmo. La madre.

El misterioso Paraná es madre de una literatura: corrientes de tinta espejean en la “espléndida monotonía” del poema de Juan Laurentino Ortiz; voces alucinadas deslumbran en Río de las congojas, la estremecedora novela de Libertad Demitrópulos. La escritura del Paraná deriva ahora hacia estos catorce relatos de otros tantos narradores, habitantes de las ciudades fluviales. Trascendido el lenguaje hiperbólico de lo real maravilloso, narran de otra manera las iluminaciones del agua y sus estaciones de paso. Actis, Callero, Catela, Convertini, Crochet, Gorodischer, Kozameh, Lagunas, Morán, Ortiz, Pfeiffer, Riestra, Solomonoff y Vignoli –la música de estos apellidos, la extrañeza que provoca su aproximación– cartografían el río en sus islas, barrancas, luces, olores, remolinos, pueblos, suciedades, marismas, camalotes, crímenes, memorias, cruces.

La civilización es barbarie; la naturaleza es cultura; el agua dulce es salada. Si el Mississippi arborescente se cifra en el “old man” del spiritual, en Twain y en Faulkner, el sinuoso Paraná (¿será cierto que su nombre significa pariente del mar?) encarna en el cuerpo femenino de la protagonista –asesina lujuriosa– de Angélica Gorosdischer.

En algún emblema imperial el Paraná fue uno los cuatro ríos que nacen en el paraíso: el río mestizo de la fuente de Bernini. Los mitos fluviales figuran entre los relatos más antiguos. Se han usado para pulir las armas de los imperios y, en el clamor a los dioses de la fertilidad y de la muerte, para conjurar la fragilidad del ser.

En todo caso, el río se “concibe” como cuerpo. La personificación del Paraná recorre estos escritos, incluso de manera oblicua, como en la crónica de Jorge Riestra, donde las aguas se miniaturizan en torno a una taza de té. El cuento de Marta Ortiz –irónico homenaje a la lectura, transformadora de la sordidez prostibularia en episodio elegante – contrasta con el duro relato “rulfiano” de Carlos Morán. La dignidad que aún conserva la literatura aflora en estos cuentos habitados por un río feroz.


Marta Aponte Alsina

El río en catorce cuentos
(Selección de Gloria Lenardón y Marta Ortiz)
Editorial Fundación Ross, 2010
Rosario, Argentina
ISBN: 978-987-1747-07-8
167 páginas

(Nota publicada en la revista Boca de Sapo, Buenos Aires, 21 de noviembre de 2011)

miércoles, 12 de octubre de 2011

Tiempo




por Andrea Benavídez


Poesía, me tienes harto de mordeduras de serpiente. Ahora recuerdo, cómo no, por qué había dejado de buscarte.

Las letras que esconde El cuervo han encendido mi vena y no me dejan en paz; me impulsan a recordarlo todo, nuevamente: tu plaza, mis caballos; todo lo que fuiste, en mis huesos, aún está presente.

Y mi lengua se desangra por torturado silencio que me obliga a no nombrarte. Ahora que tu amor ha pasado y nada te detiene ¡cuánto y cuánto permaneces! Tus ojos se han secado de llorarme y los míos se han vuelto ciegos de mirarme desesperado. Los espejos de la casa: los he roto todos para no verme buscarte. Los relojes, los muebles, todo he vuelto astilla para no recordarte.

No comprendí entonces tus dominios; sobre mi fibra íntima tuviste el privilegio; me atolondré las manos sin poder acariciarte. Nada de lo que hubo podido urgirme sufrió postergo. No hay sueño que te albergue sin maquillaje.

Ahora los clamores bajo la higuera no son escuchados por nadie. Ahora, el hueco en el que cabes está más desolado que nunca.

Por seguir tu paso he abandonado el mío; me he perdido del todo y ni siquiera puedo culparte. He caminado sobre los géneros mancillándolo todo. He abandonado la alta poesía para volverme un confesor epistolar de mi tragedia infinita.

No tenerte es lo menos importante; no saber quién eres ahora que no estás conmigo es lo que me induce al desquicio.

En las cuevas más antiguas me he escondido, intentando no buscarte, pero no he sabido contenerme en silencio. Todo el tiempo que he podido lo he hecho; hoy abandono las promesas que un día me hice.

Es noche cerrada dentro de la montaña que me crece por dentro. Mis garras se han secado de sed de tu piel. Ya no encuentro formas que sean menos dañinas. Veo el pájaro malicioso revolotear en círculo, esperando mi muerte.

No sabes, acaso, que un hombre enamorado se asemeja a un humano.

(Andrea Benavídez nació en 1976 en San Juan, Argentina, donde cursó la licenciatura en Filosofía en la Universidad Nacional de San Juan. En 2008 obtuvo un Máster en la Universidad de Murcia. Actualmente trabaja en la tesis para obtener el grado de Doctor en la Universidad de Alicante. Ha publicado durante 2010 y 2011 algunos cuentos en Destiempos.com.)

domingo, 11 de septiembre de 2011

Bette Davis fue mi madre



En la primera época del Canal 6, entre la una y las cuatro de la tarde, transmitían películas hollywoodenses de los años cuarenta. Jack Delano era el director del canal. No sé si su estética determinó el banquete de noir y melodramas, pero dudo que alguien recuerde aquellas maravillas con más gusto que yo. A mediados de los años cincuenta comenzaban a envejecer, arrolladas por la vulgaridad Tupperware style de Pillow Talk y las épicas bíblicas. Bendito sea el productor de los matinés televisados. Le dedico el recuerdo de The Magnificent Ambersons, Casablanca, Watch on the Rhine, la ternura de Franchot Tone, la voz de Paul Henreid, la belleza de Tyrone Power. El enigma de Heddy Lamar, “la mujer más hermosa del cine”, quien fue tan mala actriz como inventora importante, y sigue inspirando biografías.

Bette Davis tiene capilla aparte. Los sabios releen. Los no tan sabios volvemos a los lugares comunes del cine. Anoche he vuelto a verlas, a Bette (y a su rival Miriam Hopkins), en Old Acquaintance (1943). Es una película “para mujeres”, modalidad típica de la Segunda Guerra Mundial. Las hembras trabajaban en las industrias bélicas. Se quedaban solas. Despedían en los muelles a sus machos "carne de cañón" y después se iban al cine.

Anoche caí en cuenta. Bette Davis fue mi madre. En Old Acquaintance Davis interpreta a una escritora, Kit Marlowe, modelo de “self-effacement”, algo así como el gesto de “auto-borrarse”. Bette-Kit Marlowe es la “madre postiza” de la hija descarriada de su mejor amiga. Repetición de otro personaje de Davis: la amiga (maternal, solterona and gorgeously dressed) de una muchachita fea en Now Voyager.

Cuando pienso en mis padres biológicos –ausentes como casi todos los padres– y en mi adolescencia –enferma de inseguridades, temores y represiones, como la mayoría de las adolescencias– entiendo. Ese personaje de Bette Davis fue mi madre: brillante, radiante, valiente.

Cierto, el mensaje de los filmes para mujeres afianzó las cadenas del patriarcado. In the end, las mujeres inteligentes no sirven para amas de casa. Además son tramas de consolación. Las escritoras –las buenas y las malas escritoras– se pasean del brazo de hombres guapísimos que terminan en los brazos de otras. Las intelectuales desgraciadas se consuelan con abrigos de armiño y apartamentos de lujo. Y,como consortes vírgenes,sin mediación de la carne, se convierten en madres.

Pero a fin de cuentas las madres, biológicas o virginales, son siempre, radicalmente, patriarcales. ¿O no? Las cosas como son. O las cosas como no son, a la hora de reconocer que aquellas fantasías de luz y de sombra salvaban. Nadie fuma como fumaba Bette y por supuesto, nadie, jamás, ha bajado unas escaleras como ella.

También he vuelto a ver Whatever Happened to Baby Jane y Hush Hush Sweet Charlotte. La vieja murió maquillada y con el sombrero puesto. Es la GRAN ACTRIZ del cine hollywoodense. Dicen que Katherine Hepburn se le compara. Quizás a partir de Suddenly Last Summer, pero Davis tuvo siempre un registro insuperable: villana, puta, santa, reina, mujer dura. Aprendí a leer sus gestos como los hijos aprenden a interpretar el mundo leyendo las caras de sus padres.

Murió alejada de su familia. Su hija renegó de ella. Bette Davis, en el rol de ama de casa, fue otra madre ausente. Otro des-madre.

Baby Jane ces´t moi? Ya quisiera Marta. Baby Jane is my mommie.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Margó lee a Beatriz







(Margarita Iguina, gran lectora, nos envía esta reseña de un libro ya comentado en Angélica furiosa: las ciudades de Lucía, de Beatriz Navia Antezana.)


Comentarios



por Margarita Iguina Bravo


"No soy de aquí, ni soy de allá".
Facundo Cabral




Las ciudades de Lucía de la escritora Beatriz Navia Antezana es una novela que atrapa al lector desde los comienzos del libro. Dos características principales son fáciles de detectar a medida que se continúa con la lectura: el delineamiento de los personajes principales, nieta y abuela, como el ensamblaje de su estructura como si fuera un trabajo arquitectónico con un diseño donde se incorporan los saltos temporales junto a las idas y venidas entre San Juan, PR y La Paz, Bolivia.

Los datos se presentan como si fueran hilos o fotografías para completar un cuadro. Sin haber visitado Bolivia, la contemplas por la capacidad de la autora de descripción en detalle de los paisajes del altiplano: El Illimani, El Alto, Charazani, La Paz, junto a la variedad de modismos al hablar en español urbano, coloquial, familiar, quechua y aymara. Además, Navia borda la narración utilizando un lenguaje erudito, lírico con símiles y metáforas originales.



El conflicto comienza en San Juan. Una modalidad del tema literario el ubi sunt es reconocible en el texto en los inicios de la obra. Ubi sunt, ¿dónde está? ¿Dónde está aquello que fue? Y como si fuera una especie de telemaquia, una búsqueda del pasado en este caso datos sobre la vida de una abuela en lugar del padre, su vida se paraliza y sale al encuentro de una verdad.

Acostumbrada a una vida adulta en un exilio involuntario sin nostalgias ni sobresaltos hasta que un día, en el momento menos esperado aparece una foto, olvidada o ignorada, se da cuenta de que esa persona ya no existe. Comienza entonces la vuelta a los orígenes en busca de contestaciones a las preguntas que luego del enfrentamiento llueven a raudales y cambia su vida.
¿Qué insatisfacción de la existencia la lleva a esos comienzos? En la búsqueda reconstruye la historia de una abuela con características muy adelantadas en una sociedad machista durante el primer cuarto de siglo 20. A la misma vez recuenta la vida de la nieta y la de la familia inmediata en momentos críticos de incertidumbre social y política de Bolivia.

Sin embargo, es a través de un encuentro que podríamos llamar místico con personajes que se formaron junto con cada célula del altiplano que se enfrenta a una filosofía de vida que cambia su perspectiva.

Termina la obra con un ritual efectuado por una especie de chamán creyente de una divinidad protectora de los pueblos andinos, Pachamama, donde le transmite a la protagonista una enseñanza que hace de la novela una pieza admirable. Yéndote te quedas, quedándote te vas. Siempre va a ser la misma aunque viva en diferentes lugares. Su esencia no va a cambiar. Tiene que disfrutar lo que le tocó vivir. Solo tiene que estar en paz con ella y con su entorno.

Colofón

Quiero añadir que como obra literaria además de la belleza de la palabra utilizada y todos los recursos para desarrollar la misma, presenta una filosofía de vida que se extrae al finalizar la obra y que puede aplicarse en el aspecto personal y familiar tanto como en la relación con los pueblos. Aunque esto no haya sido el propósito principal al escribirla.

Luego de conocer la historia del país hay que tratar de hacer lo mejor posible con los elementos que tenemos a la mano para adelantar como pueblo y como personas sin estar continuamente lamentándonos y rebelándonos por lo que pudo haber sido. Hablo en esta ocasión de la Isla.

viernes, 8 de julio de 2011

De olvidos y "Old Africa hands"



Tierra de nadie


Antes de borrar el mundo, Carmen Goldblum aceptó la última misión de su carrera. Su jefe no la presionó, ella misma había insistido en el viaje final, quién sabe si con la intención de estrenar placeres solitarios en uno de los escenarios de sus pesadillas.

Lo de los placeres solitarios era un capricho. Cuando llegó a su destino se dio el lujo de estrenar dos: admirar la viscosidad de su piel en el pliegue del codo; observar a través de la ventana de la caseta un paisaje de cartilla infantil: bajo un árbol monstruoso se alzaba una tela marrón estirada sobre cuatro varas de la misma altura. Un viejo con camisa morada y sandalias custodiaba la frágil estructura y al niño en sombras. Desde el amanecer se les iban acercando algunos hombres, muchas mujeres y hormigueros de infantes esqueléticos en una fila cerrada que levantaba una nube roja, pero a las doce sólo quedaban unos cuantos refugiados. Imposible fijarse en las colinas que el sol castigaba, todo dormía en la luz cegadora, menos las moscas.

Carmen usaba binoculares sin depender demasiado de ellos. Confiaba más en los olores, en los sonidos y silencios. Siguió redactando el informe, una mano sobre el teclado de la laptop y la otra empeñada en espantar moscas y evitar que se le asentara la mugre en la cara sudorosa.

“Al Programa llegó la noticia de una actividad anormal en la frontera entre Kenia y Tanzania, en una franja larga y estrecha que es tierra de nadie, zona de amortiguamiento donde se levanta un campamento de refugiados. Un habitante del territorio sin dueño solicitó ingreso en la Organización de las Naciones Unidas, exponiendo un solo motivo para el reclamo: si esta tierra de nadie fuera un país, al menos tendría el peso de la realidad. Mi misión consiste en evaluar los méritos de ese posible país.”

Qué lenguaje Carmen, dijo en voz alta. Por suerte pronto te dedicarás a sembrar lirios y a pintarte las uñas de los pies.

Pensando en uñas pintadas sintió un vacío en el estómago. A esa hora su única hija estaría vendiendo esmaltes de uñas, en una tienda desoladoramente enorme, en un centro comercial de New Jersey. Se llamaba Alicia y no aspiraba a fundar un país; sólo atendía un puesto de cosméticos, de sábado a miércoles, entre las diez de la mañana y las tres de la tarde. Carmen no la había entendido nunca, ni siquiera cuando siendo una madre soltera la llevaba en el vientre. En contraste con el misterio que le oponía su propia carne, sabía muchas cosas sobre los mercados del mundo.

Cuando era niña y tía Ramona la llevaba al mercado sabatino improvisado en Union Square, Carmen se preguntaba cómo los vendedores podían desprenderse de sus tomates y cebollas, sin saber que aquellos frutos no eran producto de cuidados amorosos, sino de las secreciones impersonales de máquinas y abonos. La otra tía, la hermana del padre, la llevaba a los mercados cercanos a Princeton, donde vivía con su marido, un físico nuclear. En las ferias princetonianas se vendían cebollas, antigüedades, candiles, retratos de tías anónimas. Tanto le intrigó la venta de cebollas mezcladas con recuerdos familiares, que se hizo especialista en mercados.

Carmen guardaba los retratos de sus tías en una cadena colgada al cuello. No hubiera sido capaz de venderlos, no podía darse el lujo de prescindir de aquellas minucias; no la bendecían la armonía genética ni la complicidad familiar de quienes se enfrentan a la locura y organizan el horror armados de un puñado de recuerdos infantiles.

Se levantó. Hacía demasiado calor para escribir. Le gustaba contrarrestar los ardores del sol con la ingestión de bebidas abrasadoras. Derramó agua hervida sobre una bolsita de orange pekoe, abrió una silla plegadiza bajo el toldo de la entrada de la caseta y se sentó, taza en mano, pensando en Bob Schiller. No había pasado una semana desde el encuentro en la terraza del hotel donde la arqueología del África victoriana revoloteaba en las notas transparentes del instrumento musical de la región, el mbira.

Bob era un “old Africa hand”, etiqueta de rancia ingenuidad imperialista. Alto, escapado de un cuento de Hemingway, se emborrachaba con ginebra entre iniciativas burocráticas de la Fundación Ford. Carmen era de baja estatura, una herencia de ambos padres, el judío neoyorquino y la puertorriqueña de Santa Isabel. Ante el cuerpazo de Bob, que al cabo de dos tragos se calentaba como un inmenso B-52, le costó atenerse fríamente a lo que el “old Africa hand” narraba con su voz profunda, sutilmente irónica. Sí, en Nairobi se sabía de las pretensiones del viejo de tierra de nadie, su loca ambición de fundar un país, sus ínfulas de comerciante, aunque Bob ignoraba lo que allí se vendía. Había visto el tinglado del anciano y el niño en ocasión de una visita a los campamentos de refugiados, en la ruta del lago. “Es una región bellísima, tengo que llevarte”, dijo.

Ella no le comentó que ya había solicitado los servicios de un guía nativo, ni lo despertó al día siguiente, cuando se liberó del abrazo del hombre entre sábanas sudadas.

El guía la ayudó a armar la caseta en la ribera del lago, a unos pasos de la frontera. Se fue prometiendo regresar a los dos días. Cuando la dejó sola Carmen se distrajo en la tarde silenciosa con la emoción de quien palpa una realidad que sólo ha conocido a través de los libros.

Notó que el viejo recibía objetos de manos de los refugiados, los metía en la cavidad abierta en el tronco del árbol y autorizaba la entrada de los donantes. Entonces las mujeres y los hombres, doblándose hasta la cintura, se escurrían bajo la tela marrón, se sentaban junto al niño y le hablaban al oído.

La cavidad en el tronco del árbol parecía un dibujo anatómico, un tajo practicado desde la barbilla hasta el diafragma. Aunque estaba lleno de obsequios, siempre había lugar para uno más. La mugre de aquellos presentes impregnaba la carta que había llegado a las Naciones Unidas, con la textura borrosa de un billete de país pobre, gastado como un puñado de tierra, y fue bajando de niveles en la metódica ruta del abandono, cuyo punto de partida era la Secretaría General, hasta el escritorio de la especialista en mercados más antigua del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. La firmaba Francis Moloi, Veterano de Cien Guerras y Presidente de Tierra de Nadie.

Carmen decidió alterar sus métodos habituales. En vez de espiar por los binoculares o solicitar formalmente una entrevista, llegaría como una clienta más, sumada a las legiones de niños esqueléticos.

Apagó el abanico; se desnudó. Se olió los sobacos, los limpió con toallas desechables. Escogió un sombrero de alas anchas y unas sandalias adornadas con flores para enmarcar su vestido de gala, un traje de algodón con estampado de lirios rojos.

Pareces un jardín, se dijo mirándose en el espejo de mano. Cruzó la frontera saludando al guardia que se había acostumbrado a la mujer madura y bajita, alojada en una caseta identificada con la bandera de las Naciones Unidas, donde tomaba el té como una inglesa.

Ya olía los cuerpos, ya sentía el murmullo de las sangres, ya estaba muy cerca, cuando notó que el viejo usaba espejuelos redondos con montura de metal. Iluso. Si el caso se planteara ante la Asamblea General de las Naciones Unidas podría interesar a algún periodista dotado de imaginación para urdir una nueva utopía desechable. Sobre Tierra de Nadie descenderían los placeres del capitalismo seductor, derribarían el árbol para edificar un MacDonalds, construirían sobre el polvo rojo un mall largo y estrecho, establecerían fundaciones y agencias caritativas, desterrarían al presidente fundador, y Francis Moloi acabaría sus días de millonario exiliado jugando a la ruleta en Las Vegas.

Había pocos cuerpos en la fila. Madres niñas; hijos niños que no parecían niños sino aperitivos para la muerte. Le avivaron el recuerdo con un reflujo nauseabundo. Había presenciado incontables escenas parecidas. Pisando los talones de las guerras llegan las reconstrucciones, anunciadas por toda suerte de iniciativas humanitarias. Escoltada por técnicos y asistentes de la Cruz Roja, entraba Carmen en las aldeas, en los pueblos, en las ciudades recién masacradas por hombres de gafas oscuras, armados de machetes o armas de fuego. El silencio de aquellos asentamientos que habían pasado sin remedio de la vida a la destrucción dolía tanto como los pasos de los niños que no dejan ni un suspiro en prueba de su tránsito por la piel de la tierra. Los cadáveres enamorados de las moscas exigían la clemencia de un entierro.

En su memoria Carmen se desvía hacia una capilla de puertas abiertas. Sobre el altar, un sacerdote en descomposición, incompleto. Un brazo encajado en un florero de alabastro saluda graciosamente en dirección al púlpito, donde la cabeza boquiabierta se ilumina con una vela pascual prensada entre los dientes erosionados.

La escena del sacerdote desmembrado cifraba una minúscula versión de otra matanza en un país donde la cifra de habitantes muertos superaba la de los vivos. En aquel país no vio un cadáver completo, sólo brazos arrancados de sus omoplatos, cráneos apilados como cocos, ojos extirpados de sus cuencas y estrellados en la tierra arisca, lenguas apacibles, riñones que parecían desechos de la sección de carnes congeladas de un supermercado. No había sido una matanza premeditada, quizás por eso los verdugos descuartizaban los cadáveres de sus vecinos, para borrar la hostilidad de sus miradas, el recuerdo de sus voces. A la analista le tocó poner un poco de orden en el ojo de las atrocidades. Se convirtió en una máquina de contar cantos de cuerpos que luego se enterraban en fosas comunes excavadas con máquinas. Recordaba el comentario cínico del médico que la asistía, qué desperdicio, tantos riñones, hígados y corazones trasplantables.

La madre que la seguía en la fila tenía deformes los dedos de los pies. Carmen dejó que ella y su hijo se adelantaran. Antes de desvanecerse en el horizonte, la mujer se desahogó en los oídos de la criatura que seguía inmóvil, sentada bajo el toldo.

Cuando llegó el turno de Carmen, el viejo la saludó, ceremonioso. Francis Moloi lucía un diente de oro cuya permanencia denotaba la astucia de un sobreviviente. Su dialecto híbrido se le metió en la conciencia con la pesadez de un sedante.

–Ya era tiempo de que llegara, antes de que la guerra nos devore. La veo en sus ojos, usted la trae en los ojos, en la ropa, en los dientes. Despójese de ese perfume sangriento. Cuéntele todo. Deje algo en prenda para que sus recuerdos se queden aquí y no la sigan. Cuando termine la guerra, esa guerra que no la deja dormir, vuelva por ellos.

Desde el tronco abierto, los objetos pobres, los pedazos pulidos de vidrio, los restos de biblias quemadas, los tapones de cantimploras, le hablaron con limpieza. Sin darse cuenta de lo que hacía, se quitó el sombrero, metió dentro el relicario con los retratos de sus tías y abandonó las prendas en manos del viejo sobreviviente. De inmediato dobló la cabeza y entró en el espacio de las confesiones, sintiendo en la garganta la inminencia de un desahogo. En sus viajes de ida y vuelta al mundo del insomnio se le había ido ocurriendo una cura radical, un remedio insuperable para llenarse de paz y buen dormir: olvidarlo todo, menos cinco cosas, una por cada continente. De su memoria dilatada saldrían las alturas de Guatemala, los barrios de Dublín, las colinas de Ruanda, las calles arruinadas de Bagdad. En su memoria reducida cabrían las menudencias más absurdas. De Asia Menor retendría unos versos atribuidos a la fantástica al-Khansa, una mujer improbable; de Oceanía la palabra Atnwengerrp; de Europa la mitad de un toro que había visto colgando en un mercado primitivo. Del continente propio guardaría varias escenas polvorientas de una visita al país de su madre. Casas pintadas de rosa y verde. Cabras, canales de riego. En la esquina, una frase musical: la canción de mis recueerdooos.

De vuelta a casa, mientras enterraba bulbos de lirios en el jardincito del Bronx o preparaba la cena de Acción de Gracias sin perder la esperanza de que Alicia la visitara, recordaría el desenfreno de su corazón al momento del acercamiento. El pozo de las confesiones no era un niño, a pesar de su tamaño, ni un pigmeo, con todo y sus arrugas, ni una criatura espacial, no obstante su palidez verdosa. Olía como la desaparición de ciertos insectos que mueren liberando el espíritu ponzoñoso. Carmen le habló sin respirar, furiosamente, mientras él o ella, que a pesar de su gracia no era muchacho ni muchacha, trazaba letras claras y redondas en la penúltima página de un cuaderno forrado con una tela sucia.

Antes de cruzar la frontera Carmen se despidió del relicario de las tías. Al día siguiente el guía taciturno vendría a buscarla, pero no se daría cuenta de su estado. Y es que nadie se fija en nadie, en ninguna parte. Nadie lee entre las líneas de los informes ni espía los silencios.

Francis Moloi sabía que para sobrevivir bastan cinco recuerdos y un lugar donde guardar el resto, pero no entendía de mercados. Para protegerlo de su inocencia y amparar aquella tierra donde había dejado un buen caudal de atrocidades, a Carmen se le ocurrió mentir en su informe. Entre la siembra de bulbos y el corte del pavo vuelve a verse en la caseta, encendiendo la laptop, escribiendo tres oraciones, enviándolas: “No hay un país más frágil que esta Tierra de Nadie. No recomiendo su admisión. Sin embargo, aunque carezca de recursos para unirse al concierto de las naciones civilizadas, es acreedora al rango de pueblo pendiente”.

Qué dicha sembrar lirios y pensar que pronto recuperará el sueño tranquilo, cuando logre rasparse el polvo de la última pesadilla. Porque, en honor a la verdad, de nada le han servido las sesiones con la psiquiatra, de nada las curas radicales del olvido. Sigue atormentándola un sueño. A veces, ante la monotonía de sus noches de una sola pesadilla, echa de menos la multitud de despojos acumulados en una vida transeúnte por los mercados del mundo.

En su única pesadilla, Carmen habla con Alicia y las tías, un solo lenguaje indefinible. Incautas, juran que la felicidad es aquel diálogo entre mujeres discordantes, alentado por la amistad de Francis Moloi, todo un banquero de la pobreza. Y, en efecto, así sería si el paraíso fuera como lo pinta la esperanza.

En el sueño, las mujeres se repliegan de pronto, abrazándose. Les sorprende que alguien se acerque, anticipan la repetición de algo desagradable. No entienden el gesto del hombre de gafas oscuras, pero siempre gritan cuando el árbol recibe una ráfaga de disparos.

Qué raro, piensa Carmen. Éste ya no es el árbol de los obsequios. ¿Qué pasó?, pregunta. Alguien comenta que el mundo anda mal, que la especie humana se extingue, que afortunadamente es domingo, hace frío y no hay nadie en la calle. Entonces la despierta el silencio. Cuela café, revisa el catálogo de una compañía que vende bulbos de lirios, trata de alejar un temblor de añoranza. Abre las páginas del periódico en la sección de viajes, repara en la imagen de unas casas pintadas de rosado y verde, bajo la sombra de un árbol que refresca la figura de un vendedor de cocos, sólo que en lugar del negro folclórico se trata de un hombre blanco y altísimo, con la mirada oculta por unas gafas oscuras, sentado junto a una mesa de cuya superficie sobresale una hoja cortante para mondar las cáscaras.

Cierra el periódico, no recuerda el nombre del hombre. Se oye musitar unas palabras: la canción de mis recuerdos. Sólo eso, cinco palabras y un largo día de placeres solitarios.

Por Marta Aponte Alsina
Fúgate, 2005

Primeros párrafos

Recuerdo cuando recibí el envío de mi sobrina. Leí su letra en una nota breve: quizás me interesaría conservar aquellas cartas. No pensé en ...