viernes, 23 de agosto de 2013
Puerto Rico en Las Malas Juntas
Se ha dicho que la literatura puertorriqueña es extraña. Cabe el adjetivo para calificar una producción marcada por la anomalía de una colonia donde todavía se habla español aunque en su metrópoli prevalezca un idioma distinto. Lo notable es que exista un cuerpo de libros clasificables como “literatura puertorriqueña” y que el género cuento forme parte sustancial de esa biblioteca.
En un país caribeño determinado por la emigración de buena parte de sus pobladores y sin soberanía en derecho, la existencia de una memoria colectiva como apoyo de universos literarios es asunto complejo. Sin embargo, cierta continuidad define la relación entre memoria, historia y escritura. La tensión entre los encierros de la política y la “soberanía literaria” se encuentra ya en los primeros trazos de los primeros autores, aunque algunos críticos y autores del propio país hayan propuesto, erróneamente, que se trata de una literatura débil, monótonamente atrapada en el dilema de la identidad nacional.
Hoy esa literatura sobrevive a los vaticinios de sus sepultureros. Esta muestra de relatos presenta una diversidad de ámbitos imaginarios, siempre poéticos. En cada caso se deja ver la apropiación de una cultura literaria y mediática sin fronteras, a la par que se ilustra la singularidad de unos modos en nada genéricos, que solo pudieron brotar de una experiencia irrepetible, de una comunidad de vacíos y apetencias.
La literatura escrita por las puertorriqueñas y los puertorriqueños, en la isla y en la diáspora, ha sido una rara literatura. Ha sido, incluso, una literatura invisible e introvertida. Pero esa soledad no le ha restado fuerza. Escribir aquí –un aquí sin precisión geográfica– es deberse nada más que al deseo y a la responsabilidad ética que siempre ha supuesto tomar la palabra. Una extraña literatura, quizás, en el sentido de ciertas especies deslumbrantes y resistentes.
http://lasmalasjuntas.com/
miércoles, 24 de julio de 2013
Lujos de la escritura: Colección de arena, de Marta Ortiz
Colección de arena reúne los relatos que Marta Ortiz ha escrito después de El vuelo de la noche, un libro premiado por la Bienal Internacional de Literatura Puerto Rico 2000 y publicado por la Editorial de la Universidad de Puerto Rico en 2006.
¿Puede el cuento comunicar la densidad del mundo? El detalle
que da espesor y riqueza a la novela no ha tenido buena suerte en las poéticas
funcionalistas del cuento. No obstante, ese espesor es la respiración de los
cuentos de Marta Ortiz, poseídos por una rara calidad orgánica; dejan la
sensación no tanto de verosimilitud en las acciones como de encontrarnos, en
situaciones que no suelen ser extraordinarias, ante objetos palpables y
autónomos, quizás lo desconocido que se desprende de la cosa más pequeña
(Flaubert). Contrasta la transparencia quirúrgica del instrumento con la
complejidad del objeto, pues el ojo es el lente de estos relatos orgánicos como
las perlas de un collar que se disparan cuando la protagonista sufre una
violación que pudiera ser imaginaria, el efecto de su identificación con las
mujeres violadas (“Lunares de sol sobre el verde del césped en el parque”).
Colección de arena
festeja la densidad del lenguaje exuberante, incluso extravagante, como un lujo
verdadero, porque hay lujos verdaderos y la vida más ascética los tiene. El
dolor, al iluminarnos, bordea la belleza que estos cuentos atrapan. En más de
uno, la protagonista es una mujer venida a menos. Si hombre, lector y
despistado. Los personajes masculinos tienen un don que alguien llamó el ojo
femenino para el detalle y una perversa tendencia a la fascinación engañosa (“Muñecas”).
La complicidad entre crueldad y belleza siempre ha sido perversa.
Hay cuentos de familias empobrecidas en un gran país
“bananero” (40); cuentos que contrastan la opulencia con la carencia en un
cumpleaños de frívolos personajes (“Cumpleaños”); cuentos que reflejan la
fragilidad de la clase media en un enigmático relato donde el automóvil tomado
por los mendigos, detenido en el barrio marginal de la costurera de la
protagonista, parece una variación de la casa tomada cortazariana (“El vestido
de moaré”).
El ojo es el lente, pues, y la pérdida el móvil, pero la metáfora
es el medio que privilegia la relaciones de oficio entre la costura bien medida
y el oído y la paciencia: “Mi madre cosía y sostenía la tela bien tirante para
que la costura no se frunciera y yo pasaba horas mirándola, oyendo la lluvia
rebotar en los techos… Tardes de costura, de papel de molde, de hilachas;
recortes de géneros diseminados por la galería donde se instalaba la Singer
cuando hacía calor, tardes que estiraban el tiempo elástico que vertebraba los
veranos de barrio” (“Cumpleaños”, 25-26). En “El piano alemán”, cuento que
hace juego como un gemelo con otro cuento del libro (la casa libro de “Sicómoro”), la música
baila al son de la costura, con esa “tendencia familiar al bordado y recamado
de historias, atizada por el sonido que replica en el aire”, ese “tejido mítico
bordado y recamado aleteó por años en los alborotados interiores de la casa” (130-131)
y, justamente como una obra hecha de aplicaciones, inserta lo que podría ser el
bosquejo de una novela histórica, ambientada en la ciudad embrionaria donde se asienta el
piano, ciudad que pertenece a “un país con vientre de plumas que fue capaz de
ahijar a miles de inmigrantes nostálgicos” (129). El piano y la casa son estuches. La maestra de
piano se llama Cora, como la enfermera del cuento de Cortázar. Ese piano, la
casa de la infancia, la mesita de ruedas llena de frascos y algodones de la
enfermera, son figuraciones de la memoria que, además, traen recuerdos de las
manos que los fabricaron. El piano encierra una historia de ultramar, replica
en la memoria de la niña, así como otras “imágenes seriadas sobre una luz
opaca” (Cierto: es opaca la luz del recuerdo. Cierto: el instrumento supera la
vida de sus fabricantes y de sus dueños).
Marta Ortiz es maestra de escritores en su taller rosarino. El
cuento de taller convencional suele ser un cuento “bien hecho”, con mudas,
cortes y cierres claros. Sin embargo, jamás en sus cuentos incursiona el lugar
común de los cuentos vulgares, con sus cierres impostados. En “La puerta del
paraíso” una anciana sospecha que han sido asesinadas unas amigas en un asilo e
insiste en tocar los cadáveres y constatar la temperatura de los cuerpos,
sospechando que un asesino anda suelto. Un sesgo hábil, un giro al final,
reubica todas las piezas y se aleja de los caminos andados del thriller. En “Sector
de abedules”, la ramificación de las relaciones familiares encuentra un centro
de gravedad provisional y abierto en un lugar común dicho al vuelo, y que por
su familiaridad en el habla de las pérdidas, colocado aquí exhibe toda su
ironía. En otros desenlaces la autora se
atreve a quebrar las reglas ortopédicas y a construir lo que no necesita mucha
más extensión para ser nouvelle (“Lunares de sol”, “Sicómoro”).
Un cuento espléndido con evocaciones de Aura (Fuentes), y por supuesto de Henry James y de Cortázar es
“Sicómoro”. Cómo lo logra es la pregunta que se harán los lectores centrados en
la factura, como si cada pasaje en cada estancia fuera el capítulo de una
novela donde se sumerge la narradora desde el primer gesto que la lleva “a
tientas por el zaguán estucado en la gama de los verdes como apartando aguas
profundas”. (44). La casa puede evocar la fantasmal de Aura, o el vestíbulo donde Alicia se enfrenta a las puertas de su
destino, en todo caso la narradora cambia de identidades y roles y repasa su
autobiografía en familia, centrándose en la anodina imagen paterna. Las cosas
que se aman del padre superan a los odios que el viejo ha sembrado. Porque el
padre es lector de diccionarios y en la entrada que corresponde a un árbol, el
sicómoro, está su cifra: “Mi padre vibraba con los árboles de acá y los de
allá, pero no se movía de su lugar para verlos y tocarlos” (54).
La dictadura militar satura el clima ominoso de cuentos como
“Zapatos de fiesta”, Cada palabra se construye como una sospecha, porque tras la
euforia provocada por un partido de fútbol hay una “experiencia extraña, la
tierra podría romperse y tuviste miedo de caer en sótanos solapados, porque la
tierra no servía solo para plantar ciudades o árboles, también albergaba
túneles inconfesables” (“Zapatos de fiesta”, 61)
Ruina moral, ruina económica y el fetiche de los zapatos de
fiesta y la ropa de modista. ¿Dónde, en esos paisajes aterradores, se recuperan
los lugares del contacto, la pausa para el encuentro? Ya no se habita sin más en
la ciudad en ruinas o capciosa, ciudad de memorias duras; se encuentra un foro más
abierto en el espacio virtual. Habla el argentino que regresa de Europa y
relata a un amigo la historia de Belinda Wong, una mujer indigente que ilustra
acaso como paradigma, el arte máximo de estos relatos, convertir el horror en
belleza: “Acondicionaba el espacio, buscaba rodearse de cierto confort,
limpiaba los lunares blanquecinos de caca de paloma con pañuelitos de papel…
Arrogancia. O sobre estima, o vaya uno a saber qué. Tuve la impresión de que la
plaza arbolada era la sala de un trono; los árboles, cortinados de pana verde;
yo, un bufón con gorro de cascabeles” (“Vigilia con estrellas”, 68). Así son
también las mujeres violadas y cargadas de historias: “pero ni aun dispuesta al
corajudo cruce del pasillo en la oscuridad, porque el óxido inutilizó el farol
de la entrada, pierde esa pátina de princesa venida a menos esquivando macetas,
algún triciclo destartalado, trastos en el pasillo” (“Lunares de sol”, 115).
El ojo de Magritte puede engendrar cuchillos (“Vigilia”, 69)
o, de nuevo, cristales: “La esperanza es una pasión débil, pero a mí me da
forma, forma díscola, pero forma, sentido, ¿viste por el ojo de un calidoscopio
cómo se atraen y aglutinan los trocitos de vidrio?” (“Vigilia”, 79). Ese ojo
quijotesco del lector que devora y deforma está presente en la sátira “Muñecas”
como un valor añadido, un velo tendido entre la percepción y las cosas, veladura
de alucinaciones hechas de literatura: “En cuestión de segundos, cuanto percibo
se carga de la referencia libresca capaz de contenerlo” (“Muñecas”, 83). Y en “Quiet
Zone”, el cuarto clausurado construye una metáfora extendida de la caja negra
del libro y un homenaje al insomnio de Proust, que desmenuza un recorrido
alucinante por los planos sobreimpuestos y sus complejas conexiones en misión
ojiabierta: “cada gota de insomnio confirma mi deseo de sentir que nada desaparece
porque no esté yo allí para dar prueba visual de su existencia; como querer
atrapar la mirada de mi madre. Porque pienso hasta el último borde este
pensamiento... (“Quiet Zone”, 113).
Esa mirada también puede ir a contrapelo del epígrafe de “Ejecución
en la Piazza Navona”, una cita de Susan Sontag: “la horrible fabricación en serie
de la muerte” (93). Un periódico abandonado por un turista reproduce la foto de
dos hombres ante un pelotón de fusilamiento y el ojo recrea a partir de esa
imagen el origen y los ancestros en el segundo culminante de un cuento que dice
mucho en una extensión mínima: “El humo de la polvareda ha desaparecido y los
olores se aquietaron dejando traslucir el aire limpio y un aroma renovado a
café y confituras…… recojo el periódico que el turista sueco dejó en la mesa de
hierro naranja que fosforece en la tarde. Lo guardo en mi bolso. No quiero
olvidar para siempre. El contraste es más que un claroscuro, la grieta ilusoria
se ha ensanchado y la sangre de allá salpica por acá, me salpica. La piazza
asoma a través de un molesto cristal que la enrojece. La encharca (“Ejecución”,
96-97).
En el cuerpo de la narradora se acumulan los excesos, los
sobrantes, las violaciones que germinan. Así en “Lunares, de sol”, que rompe la
fórmula, para añadir al cristal de la narración una extraña adherencia, el
diario de la mujer que se identifica con las mujeres violadas, y que recibe la
semilla: “Hay un cuerpo extraño dentro de mí, rebalso archivos chismosos, una
huella que a pequeñas dosis escupe… De cuando en cuando gotea un grito, una
convulsión, un nombre y apellido, ratas, arañas…. Humo blanco, un chorro de
humo blanco. Alguien levantará la cabeza y leerá lo escrito. Primero creerá en
un juego inocente, pero una segunda lectura develará el dibujo oculto” (“Lunares
de sol”, 124-125).
Este cuento habla de traicionarse, de “sellar un pacto
novelesco”. ¿Puede un cuento simular una novela? El cuento ya no tiene límites,
se ha roto, se ha mezclado, ha sido traicionado por la apertura del
ciberespacio, que de algún modo va armando tramas de solidaridad, derivadas de
la comunicación misma. El enamorado de una china de novela de Marguerite Duras
no la busca acudiendo a un andén o a un aeropuerto, sino pescando en las aguas
de Google, con la esperanza de una repuesta. La red vuelve al auxilio de una
niña maltratada en “El cofre verde”, una rescritura del “Vanya” de Chéjov.
Cada cuento tiene su coreografía, giros elegantes entre
planos y tiempos. Alguna relación tiene esa coreografía con el ojo Magritte
convertido en una cámara cinematográfica, la que en un párrafo gira por un
asilo de ancianos y ata las rutinas enajenadas de los viejos a los lugares del
encierro. Es el caso de “Sector de abedules”, que de todos los caminos que marca, escoge el cierre
más humilde y conmovedor. Esos cierres son una nueva visita al hábito, incluso
al gesto humano de caminar o de cerrar una puerta, apenas un cambio, una
brusquedad en el gesto, la recuperación del color en el fondo de la sombra.
Incluso un desvío o una distracción, como en aquel cuento inolvidable de
Carver, dedicado a Chéjov.
Estos cuentos espesos, armados con planos en contrapunto (entre
las huellas prehistóricas de las manos de un niño en una cueva de la Patagonia,
el “Vanya” de Chéjov y la niña abusada que envía un mensaje por Google) con la
polifonía propia de la novela, tienen la intensidad de un licor fuerte. No se
dejan leer de prisa. Entre ellos hay contrapuntos, como si en efecto se dejaran
entrelazar como capítulos. No solo el oficio de escribir y la pasión de leer y
la resistencia a la pobreza de los personajes, sino un pueblo llamado
Pergamino, que se repite, como los andenes, y el gesto del desborde, “encharcar
el papel con palabras vivas y pastosas, modelar la imagen que peleas por
abstraerse del caos de óxidos y texturas en mi depósito de sentido” (“El cofre
verde”, 155).
En algún lugar se menciona el aleph borgiano, pero en Colección de arena no abundan las enumeraciones,
sino los cristales diminutos que se aglutinan con otros, en un reloj que pauta
la forma y detiene el tiempo y lo fija como el instante del fusilamiento que se
rescata en la lectura de un periódico abandonado en una heladería de Piazza
Navona. El cristal, la luz, el tacto, con sus asperezas hirientes. El que haya
tenido que esperar este libro para publicarse, a causa del clima social que tan
bien se reproduce en estos cuentos (las paradójicas penurias de un país rico) les
dio el tiempo justo para alcanzar su punto de cocción.
Colección de arena
reclama el derecho a la belleza; la extracción de la belleza de la piedra
bruta de la mercancía. Sus piezas facetadas quedarán como un lujo en las casas
modestas, con la materialidad del libro hermoso. Estos relatos de la experiencia
sórdida transformada en solidaridad sin programas ni cuotas son lujos de la
escritura.
Marta Aponte Alsina
Colección de arena, Rosario, Argentina, Editorial Fundación Ross, 2013.domingo, 16 de junio de 2013
Audioeuforia
En el cine no es verosímil un disparo sin el sonido del
disparo. La imagen se hace innecesaria, el estruendo esencial. Esa calidad
imprescindible de lo que entra por el oído, o de lo que la mente guarda como dispositivo al re-conocimiento es el motivo central de un libro rico
en matices, contrapuntos y propuestas audaces: Audioeuforia (Terranova Editores) la colección de ensayos que acaba
de publicar Félix Jiménez, profesor de estudios culturales en la Universidad del Sagrado Corazón. Hace medio siglo este volumen hubiera invadido con
escándalo la sagrada familia de los ensayos de “interpretación nacional”, avalando la cita de Benedict Anderson que sirve de epígrafe a una de sus
secciones: “Communities are to be distingushed, not by their
falsity/genuineness, but by the style in which they are imagined”. Siempre y
cuando se entienda que en Audioeuforia prevalece la imaginación sonora, valga
la sinestesia.
Se diría que el horror al silencio ocupa los resquicios de nuestra
sociabilidad, aquella que provocó un ensayo de Fernando Picó, una empatía que
ahora parece extinta o diluida en las redes sociales. Sobre “nuestro retoricismo” escribió Pedreira,
y Palés le dedicó versos al sonido que escapa del sentido por exceso: “aristocracia de dril/donde la vida resbala/sobre frases de natilla
y suculentas metáforas”, o aquella “jaula de loros tropicales/politiqueando
entre los árboles”.
No obstante sus parcelas de soledad, esta sociedad que aprende y repite de oído, que tuvo
una fuerte tradición oral por todas sus vertientes, articula el interés común en ocasionales brotes de generación espontánea,
con frecuencia de manera inesperada, en reapariciones
sorprendentes que recuerdan una cita de Nancy incluida por el autor: “Lo visual
persiste hasta que reaparece; lo sonoro se manifiesta y se va extinguiendo
hacia su permanencia”. Es curioso que la etimología de noise (náusea) no arroje
mucha semejanza con la de ruido (rugir). Sin embargo a poco que se piense, las
dos raíces son síntomas de exceso, ambas definen nuestro entorno aural, el
ventriloquismo de quien cae en trance y se deja arrastrar por las luces que lleva
dentro.
Sabemos que bajo el barniz de caos, ingobernabilidad y
desacuerdos la vida en la isla sigue unos rituales inalterables. Según Jiménez
se trata de “ceremonias de repetición que constatan la capacidad de absorción y
manufactura del ser que, al sonar, se sintoniza y se transmite a la vez”. Es un
nivel invisible del poder y de las resistencias al poder. Jiménez menciona cómo
la música se ha utilizado para construir la "ciudadanía músical" de los franceses,
por ejemplo, y de los israelíes. Aquí los intentos van y vienen como aves
migratorias.
Recuerdo una marcha silenciosa. Recorrimos las calles de San
Juan confundiendo a los transeúntes, pues para colmo de silencio ni carteles
llevábamos. Tan intervenidos estamos por el ruido que su ausencia derrumbaba paredes
y reescribía callejones. La marcha pasó al olvido, no recuerdo ya contra qué
protestábamos.
Jiménez acota el territorio ocupado por el horror al
silencio y nos entrega un libro de inagotables sugerencias, de registros minuciosos.
Los usos publicitarios (aquel icónico anuncia de las pinturas Harris que se
proyectaba en los cines con su jingle amoroso al verde quenepa y al azul de los
adoquines); el ruido moneda, la publicidad, el fanatismo deportivo, el abucheo
planificado, el totalitarismo de un estado cuya legitimidad se olvidó; la imposibilidad del silencio, la tiranía del ruido de los altoparlantes de las
sectas cristianas; el tema del ruido en la literatura (Hunter Thompson y Luis Rafael
Sánchez; yo añadiría la oreja gigantesca inscrita en La noche oscura del niño
Avilés, de Rodríguez Juliá); la caída estrepitosa de la orquesta del pabellón
de Sevilla; las voces que oía Lolita Lebrón en su celda. La isla experimental,
asediada por objetos voladores no identificados que responden a los ruidos del
observatorio de Arecibo es un campo de fuerzas, como expresa la hermosa
metáfora de Juan Carlos Quintero Herencia: “una fruncida superficie montañosa,
una suerte de esponja levantada”.
Adorno a propósito de
Stockhausen: “la música avanzada no tendría otra verdad que la de ser tan
espantosa como el mundo en que es escrita”. Quizás de la cacofonía de nuestros cuerpos sónicos se desprende una música intemporal que invita a interpretarla. Aquí se fundó
una de las primeras estaciones de radio; aquí existen 112 estaciones de radio
en 10,000 kilómetros cuadrados. Lo escrito se lanza a su suerte en una isla
donde el libro es casi una afrenta, una humillación, e incluso un talismán espantador
de ladrones, útil para dejar abiertas las ventanas del automóvil sin temor a
que se lo roben. Y sin embargo, Audioeuforia
es libro, ese artefacto inquisidor que despliega en un movimiento descriptivo y
enlaza en el haz de una teoría unificadora lo fascinante y temible de nuestras
voces, las que demasiado pronto se rinden ante la música de las propuestas
totalitarias o gregarias, mientras se cierran a la escucha de registros más
finos. En Félix Jiménez hay un oidor sin autoritarismo, cuyo entusiasmo de nombrar
y sonorizar no establece jerarquías; un analista pionero de ondas sonoras y
síquicas, una enciclopedia del sonido y sus ámbitos: desde la a de las aceras
hasta la z de Zizek.
domingo, 28 de abril de 2013
Sobre mi cadáver es ebuk, y está en Amazon.com. Aquí:
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domingo, 23 de diciembre de 2012
Nen Pompeiá
Los reconocí. Eran los niños de mi infancia, era la
odalisca dormida con una pipa de agua en la mano, sumida en sus paraísos
sagrados, acaso pueriles, bajo la mirada atenta de otro esclavo. No recordaba
al niño de dientes expresivos, coronado con una guirnalda de uvas, que
Geraldine identificó, de inmediato como el Caravaggio perdido. Para tener
cuatrocientos años se conservaba demasiado bien.
También encontramos tu retrato, mutilado. Te habían
arrancado los ojos. Tan pronto te vi, tirado en el piso, a merced de los gatos
y las ratas, te reconocí. Eres el cuadro que ocupaba la cuarta pared de
la biblioteca de Alberto.
En el dormitorio de Josefina hubo un espejo art
nouveau de marco dorado irregular. Ya no estaba el espejo, pero sí la huella de
su torcida presencia. Gabriel pulsó un clavo casi invisible, empujó con los dedos
y se abrió una puerta. Con las narices apretadas, lo seguimos mientras bajaba,
linterna en mano, por una escalera estrechísima. En una esquina de la recámara
tenebrosa se apoyaban los cuadros, que a la luz de la linterna fueron
despertando. Me llamó la atención la imagen de una mujer en camisa de dormir
que se dirigía a un interlocutor invisible, cerrándole el paso a una habitación
encendida por un débil resplandor. Al dorso del cuadro había una leyenda y una
firma: Primero pasarás sobre mi cadáver, Ramón
Casas. El más maltratado era tu retrato. Te llamas Nen pompeiá.
Estás de pie soplando una flauta doble en una calzada romana salpicada con
rosas blancas y rojas. Tienes el cuerpecito largo y la cabeza adornada
con una guirnalda. Un cegato podría confundir tus testículos blancos y el pene
con un pajarito hambriento sacando la cabeza del nido.
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Recuerdo cuando recibí el envío de mi sobrina. Leí su letra en una nota breve: quizás me interesaría conservar aquellas cartas. No pensé en ...
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El primer escritor que recuerdo haber visto, René Marqués, era guapo, prepotente, intimidante. ¡Qué manera de hablar como quien pisa fuerte!...
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En la primera época del Canal 6, entre la una y las cuatro de la tarde, transmitían películas hollywoodenses de los años cuarenta. Jack Dela...





