jueves, 24 de junio de 2010

Lectora de fantasmas


Agradezco esta lectura de mi tocaya-siamesa-rosarina, la narradora Marta Ortiz.
La copio de su blog: El vuelo de la noche




La línea cantada de Marta Aponte Alsina
Por Marta Ortiz

Aponte Alsina, Marta, El fantasma de las cosas, Teranova Editores, Puerto Rico, 2010.


Los personajes que perfilan la línea matriz de El fantasma de las cosas son dos creadores: la escritora puertorriqueña Silvinia Díaz Torres (Silvinia = contracción de los nombres de sus admiradas “Silvina” –Ocampo- y “Virginia” –Woolf-; en sus palabras la “i” la distingue de Silvina y la “Sil” la aleja de Virginia), y Dugald, cineasta indio. Silvinia escribe la historia de Mitchel y Dugald vive el trance de filmar un disparatado nacimiento de la luna. Ambos, aunque residen en antípodas geográficas, comparten certezas y dudas: creen que el origen de la creación artística puede ser una imagen o un sueño, rastrean con denuedo el conflicto que ordenará la acción, se dice que todo sirve para ser incluido en el cuerpo del relato, y repetidamente se habla de la extraña “resistencia” de los finales que –coinciden- llegará por decantación de lo que letra o imagen vaya produciendo.

Existe un camino que, con ligeras variantes, los dos recorren: “La tierra es una red de líneas invisibles que dejaron los ancestros de la humanidad, caminándola” -líneas cantadas o songlines-; “lo que alguien imagina resuena en otra cabeza desprevenida”, escribe Dugald en su carta a la actriz proponiéndole el papel principal. Sabe que su dominio está en sus pies.

Asimismo Silvinia, cuya historia se ha estancado, conjura vacilaciones recorriendo cada rincón de su casa para pensar con los pies. Esta idea remite a un tiempo originario: “Antes de que se rompiera el vaso comunicante entre los narradores de todos los tiempos, los hombres rehacían el mundo a diario recorriendo los trazos de las canciones ancestrales. Haciéndolos y deshaciéndolos, mantenían fresca la creación”.

Siguiendo este hilo, o línea cantada, El fantasma de las cosas cuenta el cuento de la fragua de la creación. Se indaga en el giro de la palabra a fin de redondear un tributo a la imaginación. Se intenta inventar sobre mínimos datos una nueva ficción que a cada instante tropieza y no acaba de decirse, y esto a pesar de que ambos creadores, rodeados de cuentos de carne y hueso que pugnan por participar, historias que piden ser contadas, tendrían abundante material para elegir; el cuento de la madre de Silvinia grita su deseo de entrar a la página, en tanto la escritora inventa los detalles del cuento de Mitchel a partir de una frase alguna vez oída de boca de su padre: “toca cumbanchero, Mítchel”. Dugald, a pesar de tanta historia próxima y verdadera: la de Miguel, el convocado actor pobre, o su propia autobiografía que cuenta un rosario de infortunios -madre ausente y morfinómana y padre corrupto-, por citar solo algunos, elige la luna y a ella le canta. Silvinia y Dugald ceden al influjo del Romance de la luna luna de García Lorca, se exilian, obedecen a sus sueños fantásticos más allá de la literalidad lisa y llana que los cerca.

Marta Aponte, dueña de un formidable oficio de narradora, sorprende al lector con un lenguaje diferente al de sus producciones anteriores. La frase austera gana en concisión; como Silvinia, Marta, en estas líneas “cultiva el ascetismo”. Dúctil, la narradora se deja llevar por juegos de palabras y provoca giros inesperados y bizarros. Así, la actriz, que no se atreve a contarle a su marido que está enamorada de su pareja en la ficción, resuelve el conflicto camuflada en la piel de uno de sus personajes anteriores y desde esa otra voz, que facilita el extrañamiento deseado, se confiesa. Larry, a su vez, la induce a no creerlo, desde su condición de actriz –le explica-, ella vive una ficción: “Actuar es una forma de exponer la mentira de las verdades. Un falso tributo a la realidad”.

Atravesada de literatura, podría decirse que El fantasma de las cosas es un tributo a la lectura, un edificio de ladrillos literarios. Desde las primeras líneas se evocan las voces de Silvina Ocampo, de Virginia Woolf, de Clarice Lispector; se alude a Faulkner, a Hemingway, a Katherine Mansfield, por nombrar solo algunos. En la voz de Larry -lector de literatura argentina cuya bisabuela nació en la ciudad de Rosario (Santa Fe)- se rinde un claro homenaje a muchos de sus creadores emblemáticos. Un capítulo lleva por nombre un título de Silvina Ocampo: Los grifos, “un cuento sobre el lugar donde nacen todas las aguas”. Se menciona a Bioy Casares, creador de una isla imaginaria en la que no se puede vivir (La invención de Morel”), muy semejante a la que habita el cineasta Dugald, y también a Borges, maestro del idioma, y a la poetisa Alejandra Pizarnik, además de la omnipresencia del Che Guevara, cuyo diario en esta trama múltiple, alguien se está ocupando de escribir.

Este cuerpo textual se compone de tramas que son líneas, y las líneas acaban uniéndose, se recuperan los vasos comunicantes rotos, se tejen y destejen y retejen las historias. Se sigue, claro, la línea ya cantada de los creadores de todos los tiempos, bajo la luz blanca del romance de García Lorca sobrevolando, o del poema de Palés Matos. La resultante es esta original línea cantada que también podríamos llamar novela corta o nouvelle.



lunes, 31 de mayo de 2010

Rocas en el agua, esa que las rodea y gira


por Juan Carlos Quiñones

(del Libro de las apariencias)


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Sunday, April 4, 2010 at 2:20pm | Edit Note | Delete

“Perdón”. “Gracias”. Alrededor de estas palabras gira toda posibilidad real de lo humano, como gira el agua alrededor de una piedra (la imagen no es mía, es de Paul Celan). La ausencia de estas palabras deja tras de sí, debajo de sí, un hueco enorme. No es idéntico al agujero que deja el ser en su retirada (Heidegger) ya que este último es el hueco que algo deja en su partida, mientras que los primeros dos son los cráteres de un espacio que debía ocupar alguna cosa que nunca estuvo, los receptores de algo que debía pero nunca fue ocupado, que nunca recibió lo que siempre esperaba. Pero su efecto es igual de devastador, igual de abismal y catastrófico para el espíritu. Yo no oigo el sonido de esas palabras pronunciarse, acaso no resuenan en mí, porque no están en mí acaso, nunca estuvieron, aunque comprendo su sentido, o digamos, escribamos que lo presiento. Yo las pronuncio, algunas veces hasta el cansancio, pero no las escucho. Mi oído no las recibe de la voz precisa de la que las espera. Puede que esa ausencia conjunta y gemela, sea el nombre del infierno. Al menos así se siente, así lo siento: dolor infinito. Porque sin ellas reina el polemos más tóxico, personal e irreversible, contra uno mismo y contra el otro, sin posibilidad de reparo, total y devastante. Porque de eso se trata: “perdón” es un gesto triunfal en contra de la entropía, porque permite la suspensión, la puesta en epoche del mal pasado, esto es, la posibilidad de un rumbo distinto del desastre. “Gracias” es un gesto triunfal de la presencia del bien, porque implica que no pasa desapercibido. El bien se presenta, viene a ser en el lenguaje gracias al “gracias”, y solo así. Esto salva, porque implica que es posible un rumbo distinto del desastre; o mejor, que el desastre, una vez el bien es en el lenguaje, ya no es posible. Una falacia, un disparate: el bien es bien aunque nadie lo perciba. El bien es bien solamente si lo percibe el otro, porque solo hacia el otro se dirige el bien, nuna hacia sí mismo. Esse es percipi dijo, escribió Berkeley.

¿Qué será peor en este mundo o en cualquiera otro: que yo no escuche estas dos palabras, que no oiga el ruido dulce de su inmersión en el agua porque esa voz única (de la que hablé, de la que escribí) no las pronuncia nunca en su acepción más radical (esto es, la única que importa), o que dicha voz las pronuncie en un lenguaje que yo no comprendo? La primera, si es cierta, es dolor infinito porque implica la inhumanidad del otro, su radical monstruosidad, pero es reversible, ya que el otro siempre puede sorprender pronunciando esas palabras en cualquier momento. No sabemos, no conocemos al otro, y esta ignorancia es redentora, nos salva de la total desesperación, porque en esa ignorancia radica otra palabra fundamental, otra roca rodeada de agua: esperanza. La segunda, si es cierta, es dolor infinito, pero irreversible porque implica la propia inhumanidad, la propia radical monstruosidad. Y la sensación de que algo sí sabemos de lo propio, del disparate del yo, y de que por lo tanto sospechamos que nunca entenderemos las palabras, torna este modo de la desesperación en una de tipo insoportable.

Es la sensación que roza la certeza de que nunca comprenderemos el lenguaje, de que las dos bellas palabras han estado ahí siempre, y de que nuestra incapacidad de comprenderlas nos vuelve monstruos andando por el mundo. Digo, escribo, debo escribir me vuelve, porque esto es un asunto mío, radicalmente mío aunque implica al otro radicalmente. Aún así, la primera duele más, porque permite la ilusión de que amamos y no nos aman, y nada duele más, ni la muerte del otro amado, que de algún modo siempre deseamos (“amar”, he ahí otra palabra imprescindible, otra roca lanzada al agua produciendo bellos círculos concéntricos. “Amar”, que conste, que no “amor”, quien es un dios, y por lo tanto algo despreciable). Aun así, prefiero la segunda. Prefiero la humanidad en el otro aunque esta esté ausente de mí, como aquellas palabras, porque amo al otro. Prefiero ser un monstruo en el mundo rodeado de humanos que un humano en el mundo rodeado de monstruos.

miércoles, 26 de mayo de 2010

De estudiantes y poetas









DECLARACIÓN DE APOYO


A LOS ESTUDIANTES EN HUELGA


DE LA UNIVERSIDAD DE PUERTO RICO


7mo Festival Mundial de Poesía de Venezuela



Los poetas del mundo, reunidos en el 7mo Festival Mundial de Poesía de Venezuela, apoyamos a los estudiantes en huelga de la Universidad de Puerto Rico y su lucha para disfrutar de una educación pública de excelencia y que ésta esté sustentada en procesos democráticos, que cese el uso y presencia de la Policía para lidiar con la situación de la huelga y que el gobierno garantice los derechos humanos y civiles de todos los sectores involucrados. Del mismo modo que los poetas puertorriqueños han dado en recitales su voz para unirla a la esperanza de sus estudiantes universitarios, desde Venezuela los poetas del mundo despliegan los trazos de sus nombres para que juntos, como una sola caligrafía —porque todos fuimos, y todavía seguimos siendo, estudiantes—, llegue nuestro abrazo solidario.



En Caracas, Venezuela, a 24 de mayo de 2010




Gonzalo Ramírez – Venezuela


Luis Alberto Crespo – Venezuela


Marcos Silber – Argentina


Floriano Martins – Brasil


Alvaro Miranda – Colombia


John Curl – Estados Unidos


Juan M. Rodríguez Tobal – España


Mariella Nigro – Uruguay


Rei Berroa – República Dominicana


Sigfredo Ariel – Cuba


Roger McTair – Canadá


Keith Ellis – Jamaica


Bill Hmut – Escocia


Edward Baugh – Jamaica


Merle Collins – Grenada


Gloria Martínez – México


Jorge Campero – Bolivia


Pablo Penacho – Panamá


Mónica Piscitelli – Venezuela


Judith Migeot-Alvarado – Francia-Venezuela


Francois Migeot – Francia


Enrique Hernández-D´Jesús – Venezuela


Jacobo Rauskin – Paraguay


Malú Urriola – Chile


Rosa Chávez – Guatemala


Pablo Benítez – El Salvador


Marie-Delie Agnant – Haití-Canadá


Arnold Itwaru – Guyana


Rocío Silva-Santisteban – Perú


Jeannette Amit – Costa Rica


William Osuna – Venezuela


Vanessa Droz – Puerto Rico



(Foto: Frank Vélez Quiñones)

domingo, 23 de mayo de 2010

Eric Darton, cronista de Nueva York




Eric Darton, Notes of a New York Son: 1995-2007, volume I: Things Fall Together



Para Marithelma Costa



God guard me from the thoughts men think


In the mind alone;


He that thinks a lasting song


Thinks in a marrow-bone…



The Thinking Body, Mabel Todd




Análogo a la gran ciudad es el sistema digestivo. Martí enflaqueció en las entrañas y las escribió. En Ulises la identidad ciudadana de Leopold Bloom se asocia con la ingestión de vísceras y la defecación del exceso. La viñeta popular de Nueva York es una fruta monstruosa. Imposible comprenderla sin rendirse al pánico, pero se puede intentar mondarla, morderla.


En este libro de Eric Darton, Nueva York, en una de sus escalas, es un mapa de comidas: las frutas que venden Abu, Basry y Kesban en un carrito con sombrilla en la esquina de la 23 y Octava Avenida; el pastel de cerdo y manzana que se consigue en una tienda de productos ingleses en Horatio Street; la carne cecina y el café con leche de La Taza de Oro; la granita de limón que es la especialidad de Dante, en el Village; la lubina que se sirve en el restaurant del edificio Condé Nast, estructura de los años noventa que para el autor ilustra un estilo “terror-chic”; el agujero negro de la exhibición del planetario, donde la fuerza de gravedad derrota la luz. Para hacerle a la ciudad un hueco en el estómago hay que ponerse en el umbral de lo tóxico.


Empecemos por el principio: quién es Eric Darton. Pero antes digamos dónde vive. Es en Penn South, Chelsea, un conjunto de edificios de apartamientos cercanos al ruidoso Fashion District. Se construyeron en los sesenta bajo los asupicios de un sindicato de trabajadores. No tanto milagrosamente como contra viento y marea han sobrevivido a los intentos de privatización y demolición en medio de un parque bellísimo. En Penn South viven familias nuevas y ancianos sabios sobrevivientes de las luchas políticas de otro tiempo. Una de ellas es Ruth, vecina de Darton, quien la describe con palabras que podrían ser un autorretrato mínimo del autor: “Nothing has dulled her engagement with the world. Which makes her an unimpeachably sincere booster of all she finds of value”.


Darton es autor de dos novelas: Free City, (publicada en inglés por W.W. Norton, y en traducción al español, Una ciudad libre, por Debate) y Orogene. Periodista, crítico cultural, conferenciante, maestro, editor, diseñador gráfico, “habitante de la dúctil y vivificante república de las ficciones”, dentro y fuera del libro. Este “New York son” explora los residuos de la ciudad de la infancia, porque aunque en la ciudad moderna no hay monumentos (Benjamin) Nueva York sí está poblada de memorias personales y colectivas, de hitos fundacionales que ocupan una franja frágil. Ante todo, un residente pensante de la ciudad, que hace suyo el epígrafe de Mabel Todd, “thinking in a marrow bone”. Se mueve por una Nueva York de piedra y carne, en una baja frecuencia propia, en plan de marginado voluntario del mundo de los medios, ese máximo devorador que ha suplantado a las ciudades, instalándose en los cuerpos, en las orejas, en el tuétano de los autistas cibernéticos. Darton no es más ni menos que un hombre sin ataduras a instituciones, sin pretensiones de intelectual dominante; un pensador sensato en tiempos de desvarío. Para no enajenarse “to the point of no return”, tiene que obligarse de vez en cuando a ver televisión en dosis homeopáticas. Frecuenta un café donde no te apuran con la cuenta y hombres solitarios de chaqueta y corbata escriben con pluma fuente. La diferencia está en la densidad de los cuerpos, en la velocidad de los cuerpos.


En los años noventa Darton devoró documentos y libros de historia para proponer en síntesis una teiría de la morfología de Nueva York. El monstruo ha sido siempre un gran mercado de bienes raíces. Sólo que antes también era un gran puerto, donde se traficaba con objetos materiales. Desde hace décadas se trafica ante todo en valores volátiles. El producto de la investigación de Darton se publicó en el libro Divided We Stand: A Biography of NYC´s World Trade Center, una historia de los desaparecidos edificios que fueron emblemáticos de la ciudad. Tras el 9/11 el libro se convirtió en best-seller. El autor, súbitamente elevado a celebrity, otorgó más de 100 entrevistas en un mes a los medios distractores.


A la par con el libro inició un cuaderno de notas de observaciones de la vida cotidiana para poder entrar y salir del aura de las torres y sus sentidos: “In retrospect I was attempting, in the face of what seemed an overwhelming and potentially soul-engulfing project, to deal with actualities at a human scale and to ground myself in the here and now”. A la ciudad siempre le han sobrado cronistas: Dickens, en sus notas de viajero fugaz, Martí, EB White, Djuna Barnes, Bernardo Vega, John Dos Passos, James Baldwin, Piri Thomas, Tom Wolfe, decenas de observadores. Sin embargo, este libro es distinto y revelador. Escritos en segunda persona, los apuntes de Darton alumbran visiones de la ciudad en su declinante madurez, a sabiendas de que el lugar de la enunciación es ahora un imperio en decadencia, pero sin pesimistas fanfarrias de fin de mundo.


Las Notes se extendieron hasta 2007 y alcanzaron un millar de páginas que Darton publicó en su portal de Internet. En febrero de 2010 comenzó la publicación en papel. Notes of a New York Son, volume I Things Fall Together, sondea acontecimientos en la historia doméstica del autor al cumplir los cincuenta años y en la historia de la ciudad en el umbral del ataque a las torres, que más allá de la tragedia, representó la destrucción de elementos inasimilables; lo que concebido desde el narcisismo depredador provoca el odio malsano, y a lo que debe responderse con anticuerpos devoradores, enfermar de sus efectos, describirlos.


Uno de los observatorios es otro café ya abandonado, en la Novena Avenida. Allí se ordenaron los retratos de los turistas, las excéntricas, el misántropo de la cuadra y los insufribles yuppies de la burbuja del dot com; allí se apuntó el desconcierto ante actos de violencia posteriores al Desfile Puertorriqueño, y escaramuzas territoriales en el subway. Allí el ojo memorioso, el ojo que olvida: “Nor does it take long for your mind to unbuild the structures you can no longer see”. Es una prosa de lúdicos sentidos, de juegos de palabras que se inventan mientras el monstruo se recorre. La ciudad existe, es reconocible: está hecha de esquinas y de calles que se identifican por sus personajes, por sus árboles, por sus perros, por la caída de la luz y los enigmas del viento. Esta ciudad que nunca fue humana ahora ya no puede dejar de serlo; ya no es el centro del mundo, pero está más viva que nunca. Es objetiva: la segregación social se vive públicamente, descaradamente, en las cocinas de los restaurantes, en las nodrizas colombianas que arrastran los cochecitos de los herederos. La ciudad es una maestra. La palabra quisiera su energía, disminuir su ritmo, decir la indecible experiencia de un anonimato devorador de ilusiones y protecciones.



November 1 – Late Afternoon


Uptown 23rd Street subway platform. Three young women, office workers, wait for the train to take them homeward. Where to –upper Manhattan? Queens? One talks louder than her mates, more energetically, something about the Halloween goings-on in her neighborhood. You´re only half-listening, but one line cuts through. “Why would ya throw a toilet off the roof? That´s something you´re going to need later!”.



January 18 – Dr. Johnson´s Office – Midafternoon


Chief among the charms of this place is that Dr. J. hasn´t knuckled under to post-modernity. Taking pride of place in the waiting room, a huge, empty fish-tank, its tin top askew, glass sides streaked with a violently green, organic-looking substance –dessicated since who knows when. And the wall paneling is of the sort you associate with uncle Mike´s suburban basement “den” and the Rutland, VT unemployment office – a material from another era that tries half-heartedly to convince you it´s wood.



December 2


Pull quote for an article by Jane Smiley in the Times Magazine: “The pictures of Afghan women that we have been seeing in the last few days have been beautiful, moving and an unequivocal good thing”. Each day official language presses further into the territory of unmeaning. Does someone write such a sentence – its grammatical torture so evident– in full possession of their will? Can this prose represent the thought process of a free person speaking her own will? Or is it, like the veiling of the face, an act of ritualized submission?



El registro, en escalas variables, de objetos, de voces, de estilos, de escrituras, de una oficina, de un edificio, de una cuadra, del panorama, del cielo, traslapa formas análogas: “Symbols aplenty in the naked city, so who knows which one truly signifies?”; “Grafitti on subway wall; GHANDI WUZ RITE “; “Sign taped inside window of an electronics shop on Fifth Avenue and 27th Street: YES! WE SPEAK ANDORRAN!”; “The caprices of the wind are a great mystery. Along some streets it rips awnings down, on other streets one hardly feels it”; “How do you know you live in today´s city and not in one of the many Manhattans of the past? Because as you walk you navigate a labyrinth of scaffolds”; “You suddenly get a sense that this few square miles of Manhattan Valley culture constitute the park preserve of a race in the borderline of survival”; “Take your freedom as you find it. You always have”.


Para mí la belleza del libro de Darton está en la restauración de cierta sintaxis de la belleza. Una escritura flexible, aforística sin dureza. Cuando Marithelma me envió el enlace de su página con muestras del "work in progress" del autor, “Scroll of Wonder”, pensé que era un poeta Neorrican, por sus experimentos de escritura bilingüe. El “tono exacto” de una frase hecha a la medida del oído que la compone, del oído que la recibe. No es consolación y engaño esta música; si acaso obstinación en el deseo de otra especie de libertad. Un recorrido por Francia, país regido por la cultura de la letra y de lo literal (“One thing you love about France is their utterly literal brand of WYSIWYG”) establece por contraste la adicción urbana del residente pensante. Pero no tanto, porque en el Museo del Louvre:


Pei used the same strategy in post-modern Paris as Yamasaki did in late modern New York. Both spaces induce a disconcerting sense of nowhereness. Both do away with the ritual of crossing a meaningful threshold. Instead they position the visitor half in the grave, half out of it, bathed in a weirdly brilliant light. Both architects create illuminated nether wells – waiting rooms for a people unsure whether they´re alive or dead, trapped in a culture that, as the saying goes, doesn´t know whether to shit or go blind.


Si han tenido la generosidad de leer hasta aquí olviden todo lo anterior menos las citas. Vayan a la fuente. Hay libros que son libros. No pueden asimilarse y desecharse sin más. Así es éste. La ciudad que tantos amantes y detractores tiene en todo el mundo, cuenta con pocos familiares como Eric Darton.


(Para información sobre el libro y el proyecto editorial del autor: www.ericdarton.net)


lunes, 17 de mayo de 2010

Juan Carlos Quiñones sobre la universidad


La universidad no tiene afuera

Por Juan Carlos Quiñones


La universidad no es un lugar. Al menos, no es meramente un lugar, o es un lugar meramente en último lugar. Tampoco es meramente un modo de pensar, ni meramente un estilo de vida, ni meramente nada. Digamos, escribamos que el lugar geográfico, la ubicación material de esa cosa, esa institución que convenimos en llamar universidad, es una dramatización o una materialización de una modalidad humana, muy occidental. Chévere. No todo lo occidental es malo. Igual que la ubicación espacial de la institución dramatiza y concretiza una cosa mental (pienso en Hegel, en cierto despliegue material de la conciencia), los conflictos que vive la universidad (sí, también es un organismo, también vive y respira y recula y también muere) dramatizan en condensado una trama más universal.


No voy a explicitar esa trama, porque soy, como tú y como cualquiera, parte de ella. Es el mundo. Es Puerto Rico. Sí creo en los síntomas, como se cree en los demonios. La inquietud, el encojonamiento de los estudiantes no es distinto a una inquietud, un encojonamiento social no tan fácilmente articulable. Precisamente, el síntoma es lo que no puede expresarse de otro modo. Sino reventando. Esto no debe sorprender a nadie, y menos a los estudiantes. Digamos, que de todas esas cosas que la Universidad no es, una sí es: un experimento constante, continuo, aunque muy parable. No solo los laboratorios, las aulas, las bibliotecas, lo que podríamos denominar “zonas universitarias”, son áreas de experimentación, sino que la universidad misma es una zona de experimentación del estado, de las ideologías, del poder en sus diversas manifestaciones, en las fantasías de poder en todas sus manifestaciones. Esto suena muy abstracto, pero solo hay que ver a la fuerza de choque frente a la universidad o sufrir un macanazo para sentir la contundencia, lo concreto de esta cosa. O ver estudiantes enmascarados como en una intifada, ready para la guerra, cuando uno diría que ese no es el lugar de un estudiante, no es la guerra (ironía: ¿puede estudiar significar un acto bélico?, definitivamente).


Creo, sin ninguna humildad, que si la universidad, esa universidad, es un campo de experimentación, debe serlo para todos los involucrados. Si es un lugar (voy a proponer que es, que debe ser, para salvarla, un no lugar) para pensar, que haya al menos la oportunidad de todos pensar. Esto no es un clisé democrático, aunque lo parezca. Modo de salvar la universidad: ¡Al carajo la Universidad! Si el dogmatismo la quiere, quiere ese espacio, ese lugar, démoselo. Como un templo, un museo, una tumba. Yo digo que cada pulgada del territorio, de éste, sea la universidad. Es difícil acordonar el país entero. No imposible, pero difícil. Que la universidad sea todo Puerto Rico, y su matrícula sea la población entera. Así, le regalamos la torre a quien quiera que sea interino, para que disfrute o sufra con el eco que produzcan sus alaridos. Así, en la parada de la guagua, en la barbería, en Plaza las Américas, yo estoy en la Universidad. Que se haga una Universidad permanente, constante, como la escuela invisible de los rosacruces, que nadie, repito nadie, le pueda quitar a nadie, porque no dependería de nadie dependiendo de todos. Digo, todos a los que les interese. En último caso, que la universidad sea, como en la novela de Orwell, un lugar en la mente de cada uno de nosotros. Así, imposible aniquilarla. Imposible. O que lo intenten.

(Foto: Frank Vélez)

jueves, 13 de mayo de 2010

Malena Rodríguez Castro lee La nave del olvido


La nave del olvido o la imposibilidad del naufragio


Malena Rodríguez Castro

Departamento de Literatura Comparada

Universidad de Puerto Rico


La escena, entrañable para mi generación, guarda el aura de aquello imborrable, precisamente por irrepetible. En 1970 un joven José José canta “El triste” ante un público cautivado en el II Festival de la Canción Latina en México. Su fino oído, formado en la música clásica heredada de sus padres, se fusionaba con el canto melancólico del bolero que ya había hecho su entrada triunfal en la industria cultural de masas, notablemente el radio y la televisión. Una década después “El príncipe” era ya una referencia obligada. Una canción sería su impronta en toda América: “La nave del olvido”. En esos mismos años un joven narrador impactaba nuestra literatura y los modos de registrar la cultura urbana con la publicación de dos crónicas: Las tribulaciones de Jonás y El entierro de Cortijo. En ellas, como en aquellos boleros, la muerte –incitación del olvido– ahuecaba la letra y el tono, forjados tanto en la rectitud de una educación marianista y una universidad benitista como en una disposición por la fonda, el trago y los traseros. En ellas, como en sus novelas, la memoria, indeleble derrame de la tinta sobre el papel, hacía rescate. Imposibilitaba el naufragio.

Hoy se trata de escuchar esas voces convidadas por La nave del olvido de Edgardo Rodríguez Juliá. Como El cruce de la bahía de Guánica estas crónicas ensanchan e iluminan, a jadeo y brazada, diversos tiempos, lugares y experiencias. Todos los aquí reunidos hemos leído estas crónicas en sus versiones completas o en distintos montajes, así como en los cambiantes contextos culturales e históricos a lo largo de los 22 años de su periplo, ya cumplida su mayoría de edad. En esa lectura su imán fue la fuerza icónica de la crónica, su captación de un evento singular que, bajo el ojo inquisidor y empático de un flaneur indiscreto, se abría al fulgor de un evento compartido. En esta edición otro es el efecto. Como los camarotes del navío, cada uno portador de su propia trama, a la sincronía, captación de un instante que irradia múltiples cruces y sentidos, la emplaza la diacronía, una disposición metonímica que va asociando estos textos al modo de una novela. De ese nuevo cuerpo, hecho de retazos, se podría decir recurriendo a la manida sentencia de Rimbaud: Yo soy otro invitando al recorrido de su proa y de sus interiores. En la yuxtaposición de fragmentos que, en su lectura particular, hicieron del presente y de lo efímero una exploración sobre el propio sujeto y sobre las varias y no siempre coincidentes creencias y hábitos de una cultura, La nave del olvido aparece como aquellos buques fantasmas, justo en este cruce de milenio y en el ámbito de la globalización y la informática, tan sospechosas del ver y el escuchar no mediatizados por la alta tecnología o tan adeptas a la borradura de cualquier seña de identidad. Nos oferta encaminarnos a la nave del olvido, perderse tras sus fotos y sus palabras para encontrarnos, quizás, con la ciudad propia, tan singular y múltiple, propia y ajena, como la aquí se ofrece. Esta presentación incita a ese viaje.


"En las civilizaciones sin navíos los sueños se secan, y el espionaje toma el lugar de la aventura y la policía el de los piratas”. Espacios otros, Michel Foucault.

Al explicar la heterotopía como lugares otros, espacios reales pero que ponen en crisis, desvían o confirman la realidad, Michel Foucault destaca un modo - la literatura- y tres figuras: el navío, el espejo y el cementerio. Propongo abordar esta nave del olvido, trazar su bitácora de paso, siguiendo ese compás. De la crónica, escritura híbrida por excelencia cuyo saber y sabor se nutre de las múltiples fronteras discursivas que incorpora, destaca su impaciencia, su inclinación por el flujo y la heterogeneidad, incluso en aquellas que antecedieron las ciudades modernas: las de las conquistas, la de los viajeros. En las de Rodríguez Juliá, como en las de otros cronistas contemporáneos, el paisaje es la ciudad. En esta colección ese ir y venir se metaforiza en la figura del navío, un espacio flotante, un lugar sin lugar que existe por sí mismo, cerrado y abierto a su vez a la infinidad del mar. De puerto a puerto se lanza al misterio de lo desconocido en lo conocido: una antillanía entre las dos orillas textuales y geográficas que surca con el primer encuentro con los dos vates de las utopías modernas y su fracaso: Luis Muñoz Marín Muñoz, en San Juan en 1978, y Fidel Castro, en La Habana en el 2000. En El cruce de la bahía de Guánica asiste otro vate. Aquel cuya sueño de ciudad sólo hizo morada en la poesía, Juan Antonio Corretjer en un 25 julio que condensa, para algunos, la llegada a puerto seguro y, para otros, el naufragio. Para algunos, la impunidad del estado, para otros la sangre vertida en el Cerro Maravilla. Así, cruzar a nado es aquí más que la venganza del intelectual que aspira a la medalla deportista; es cruzar lealtades y afectos, cruzar de un imperio a otro, de una lengua a otra.

Múltiples son los cruces aquí, los contagios. De ese friso de padres del nacionalismo cultural y político, cifras de una era que ya partió, estas crónicas anticipan los nuevos héroes. La cultura mediática en el culto a las estrellas: del espectáculo como Iris Chacón, del deporte como Peruchín Cepeda y Roberto Clemente. Del sujeto que juzga y reflexiona al que degusta hecho sentidos menores: olfato, tacto y sabor de Elogio de la fonda y sus sabores prohibidos por la sensatez que aconseja un cuerpo sano en mente sano. De poses e inflexiones, como si de camarote a camarote el cronista adecuara su voz. Así, en Las tribulaciones de Jonás las preguntas retóricas y los reclamos acompañan la perplejidad de un incipiente cronista formado en novelas de factura barrocas, de una “rectificación íntima” que ajusticie la historia. En El entierro de Cortijo la otredad marca al “bebé Carnation” del entierro del patriarca. Asume la forma de la cercanía intolerable de los cuerpos de Maelo y Cortijo, de una “jeringonza privada a una sola voz entre dos capitanes del mandinga soneo mayor”. En “Una noche con Iris Chacón” su contundente trasero, ese ojo ciego y abismal, se domestica en el preámbulo documental, más cerca del cronista de Indias que del mirón enmascarado tras la fascinación absorta de Eduardito. “Nueva York y otras sonrisas” imposta un diálogo atrapado en las reflexiones del cronista. En “Mi hijo el rapero” priva la consolación de una complicidad masculina enmarcada en el entorno ominoso de la domesticidad de la convivencia. En San Juan ciudad soñada, la literatura vence al artífice de ficciones, confunde las voces de la ciudad con la de sus personajes de novela. En Caribeños, notablemente en “Cenando con Nietzsche y Fidel”, la voz alcanza su frontera límite. Esta crónica que bien pudiera llamarse “Cena en familia” reordena las anteriores. Si la primera foto del libro presenta al Vate Muñoz con peloteros, ésta última es el Vate Fidel con intelectuales. La voz que se había prestado a otros ahora se recoge, regresa a su cuerpo original. Aquí el reclamo es otro: la imposibilidad de escuchar. Cito de las palabras adjudicadas a Fidel: “No he aprendido nada en esta conversación. A mí me gusta escuchar para aprender.” Al exceso de la enunciación, el cronista adelanta la complejidad de la escucha. Podemos ver, escuchar la historia, nos preguntamos. ¿O sólo sus ecos, sus auras? ¿O, se trata de una fallida y obsesa persecución, como la de los marinos a las sirenas?

Y, en todo ese trayecto, como en un juego de espejos, allí donde estoy estando ausente, desde la proa y desde sus entrañas, desfila el ojo curioso e indiscreto, por tramos desengañado, desconcertado o melancólico de un cronista con vocación de panóptico quien, igual se disimula tras la pose de una foto desde una azotea, como la de los inmigrantes a Nueva York a quienes se dota de una biografía interesada en “Nueva York y otras sonrisas”, o se exhibe sin pudor desde el promontorio del bar “The Reef” en San Juan, ciudad soñada. Y es, que, afirma el cronista, “Hay algo que tiene la azotea… Ahí evitamos esas miradas indiscretas que reconocen nuestra extranjería. En la calle seríamos testigos perfectos.” Un cronista desdoblado en sus espejismos sobre todo en esa trama familiar que organiza la cultura entre el padre y el hijo. Hijo tanto de próceres y letrados como de músicos mulatos y peloteros. De un padre, el de Aguas Buenas, habitando al hijo, el que recorre Isla Verde, ambos perseguidos por un temporal a dos tiempos. Un padre desdoblado en los hijos de su sangre, Pablo y Alejandro, y en el de sus indiscreciones, Eduardito.

Orhan Pamuk, otro extraordinario cronista contemporáneo, en otra lengua y en tierras distantes, escribe en Istanbul, Memories and the City sobre el huzun, una melancolía que imanta, a su vez, un sentido de nostalgia asociado al sujeto en la sociedad occidental, como también de honor, de afirmación de vida: como si se tratara de un ánima que permea la ciudad y que, en vez de singularizar, acerca. No de lo perdido para siempre, o del deseo incumplido, sino de aquello que impregna y se adhiere a las cosas y a la gente. Ahí resta su presencia, apenas insinuada, no en la bilis negra de los humores sobre los que escribiera Burton, sino en un vaho triste y gozoso que acerca comunalmente a los habitantes de su ciudad permitiendo ver en cada gesto u objeto un indicio de una pertinencia a una cultura, a una atmósfera.

Luis Muñoz Marín, Rafael Cortijo, Iris Chacón, Peruchín Cepeda, Fidel Castro. Un adolescente desplegado, espejeado en padres e hijos, fisgoneando asombrado aquello que aún no le es o no le será dado. O, tal vez las ruinas siempre elocuentes de una ciudad, San Juan, sitiada por sus propios sueños de modernidad. O, de La Habana “rodeada de los fantasmas de la ciudad que pretendió ser.” ¿Qué queda después de la muerte? ¿Qué sobrevive a los entierros o la contemplación de aquellos? Si el rito está moribundo (como afirma el cronista espejuelado que asiste a cortejos fúnebres reales o imaginados), quizás, por sobre el llanto y el rumbón, de la algarabía de una fonda o un estadio de béisbol, o el silencio forzado de la pose que mandata la foto tomada en la azotea o en la entrada al subway de esa otra ciudad que habitamos, resta un eco rumoroso y diligente que dibuja un gesto, una intención. ¿Será el del nombre propio, familiarizado en un Muñoz, Cortijo, Iris, Fidel? ¿De aquellos atributos que le adjudicamos? ¿Qué queda tras la letra que hace de ese nombre propio, ficcional o no, propiedad de la memoria de una cultura, de sus varias tribus como reclama esta crónica hecha de crónicas? Acaso la imposibilidad del olvido; esto es, una nave tan nuestra y tan suya como la que ha armado Edgardo Rodríguez Juliá. Una nave que aún no ha partido, que no condena al naufragio lo vivido y que reincide en zarpar surtida de melodías para darnos.

(Presentación de La nave del olvido, de ERJ, Argentina, Beatriz Viterbo, 2010. La Tertulia. 24 de febrero, 2010)


Primeros párrafos

Recuerdo cuando recibí el envío de mi sobrina. Leí su letra en una nota breve: quizás me interesaría conservar aquellas cartas. No pensé en ...