A propósito de William Carlos Williams: conversación con Julio Ramos. La actividad fue auspiciada por el programa de creación literaria, New York University.
viernes, 13 de noviembre de 2015
sábado, 29 de agosto de 2015
Narraciones puertorriqueñas en línea
Ya se encuentra en el portal de Ayacucho la versión digital del primer tomo de Narraciones puertorriqueñas (1849-1975), el título 253 en la Colección Clásica. Pueden descargarlo por aquí o ir directamente al portal de Ayacucho:
"La crónica, la leyenda y la fábula son formas de narrar que caracterizaron en sus inicios al cuento puertorriqueño. Este primer tomo del volumen intitulado Narraciones puertorriqueñas que Biblioteca Ayacucho pone en manos del lector contemporáneo, agrupa una muestra significativa del acervo creador de autores y autoras de Puerto Rico nacidos en el siglo XIX. Aquí podrá leerse a Manuel Alonso, Ramón Emeterio Betances, Eugenio María de Hostos, Ana Roqué, Manuel Zeno Gandía, Carmela Eulate Sanjurjo, Tomás Blanco, Luisa Capetillo, entre otros. El segundo tomo ampliará el corpus hasta los nacidos en el año de 1948 del pasado siglo. En ambos casos podrá observarse que la producción de estos narradores y narradoras está comprendida entre los años 1849 y 1975. El lector podrá acercarse al desarrollo de la cuentística puertorriqueña a través del prólogo que acompaña este volumen y que fue redactado por la escritora Marta Aponte Alsina, quien también llevó a cabo la selección para esta antología."
http://www.bibliotecayacucho.gob.ve/fba/index.php?id=97&backPID=2&tt_products=387
"La crónica, la leyenda y la fábula son formas de narrar que caracterizaron en sus inicios al cuento puertorriqueño. Este primer tomo del volumen intitulado Narraciones puertorriqueñas que Biblioteca Ayacucho pone en manos del lector contemporáneo, agrupa una muestra significativa del acervo creador de autores y autoras de Puerto Rico nacidos en el siglo XIX. Aquí podrá leerse a Manuel Alonso, Ramón Emeterio Betances, Eugenio María de Hostos, Ana Roqué, Manuel Zeno Gandía, Carmela Eulate Sanjurjo, Tomás Blanco, Luisa Capetillo, entre otros. El segundo tomo ampliará el corpus hasta los nacidos en el año de 1948 del pasado siglo. En ambos casos podrá observarse que la producción de estos narradores y narradoras está comprendida entre los años 1849 y 1975. El lector podrá acercarse al desarrollo de la cuentística puertorriqueña a través del prólogo que acompaña este volumen y que fue redactado por la escritora Marta Aponte Alsina, quien también llevó a cabo la selección para esta antología."
http://www.bibliotecayacucho.gob.ve/fba/index.php?id=97&backPID=2&tt_products=387
domingo, 19 de julio de 2015
Espartaco no es un cautivo
Andrea Benavídez
Una historia tan blanda
que se estira y crece como una delgada cuerda que cruza a través del tiempo los
anchos mares subterráneos de las culturas. Levanto una de las capas de las
colchas que abrigan mi imaginación para ver siempre la lámina que está debajo, donde algunas cosas cambian de matiz pero no de forma.
Espartaco es un amigo
que vive en el Louvre, 75001 Paris, Francia, cultivamos en secreto un afecto
que no ha dejado de crecer en los últimos veinte siglos. Para verlo en su
calidad de mármol hay que pagar una entrada en euros, yo no la hubiera pagado
por respeto a su historia de esclavitud, antes ni ahora tampoco. Exhibe sus
atributos impúdicamente, no hay forma de vestirlo, siempre está desnudo, forzado
por Foyatier a posar su modo histórico, histriónico. Quizás es injusto para él
haber quedado petrificado en un museo de élite, en el centro del centro de lo
que alguna vez centró a la cultura y ahora sólo sobrevive como eco. Expuesto
como un objeto de lujo tan distante de su linaje rebelde, el cuerpo de
Espartaco se erige contradiciendo su destino de esclavo, de dios imaginario y
contradictorio de la libertad. Nada más humillante que ser presa del mercado
del arte para Espartaco. Aunque también es una irrealidad que un hombre así
haya conquistado su existencia eterna y entonces, a lo mejor sea justo que
quede así, en ese estado de mostración, como una piedra preciosa, cuidada, a
salvo de la intemperie que haría de su cuerpo una ruina, de su recuerdo una
lástima.
Un esclavo es un esclavo
aunque pasen dos mil años, aunque haya nacido sin esa condición o logrado
conquistar su precio de libertad con la prosaica muerte, aunque haya perfumes
de alto costo con su nombre. Un esclavo como Espartaco siempre está liberándose
de lo que la cultura le obliga a colgar sobre sus hombros como estigma, pero sobre
todo, él vive dentro de un espiral en el que continuamente está aboliéndose a
sí mismo. No es por instinto de autodestrucción es porque entiende, del modo
más futurista posible, que la identidad es una masacre continua de pasados
yuxtapuestos que se consumen consecutivamente en las lenguas de fuego. Espartaco
no es un hombre libre, nunca lo será y él lo sabe. Vive dentro de la tensión
que le tiende la pasión por ser un esclavo de cualquier destino; tampoco es un
cautivo que rueda por la eternidad en ese estado. Espartaco es un gesto, un
grito, un movimiento libertario que se repite a sí mismo, un deseo freudiano,
una causa perdida, un izquierdismo de toda derecha. Espartaco es un hombre dos
veces dual, bicéfalo y bicéntrico.
Estuve con él en el sitio
donde fue liberado, en un rapto alado dejó el museo de cosas eterna y
coincidimos en la Península Ibérica, no había tropas, ni grupos de rebeldes
pulsando la línea histórica por su libertad, allí sólo estaba él sentado, contándome
su historia de frentes de batallas. No estaban sus verdugos, ni las cadenas que
lo ataban a sus trabajos forzados en las canteras de yeso. Espartaco estaba solo,
sin vanidad, con su cuerpo cincelado por el tiempo y el mar, todo él vuelto
piedra que un día golpeó con la ira suficiente para librarse del mundo. En ese
gesto perpetuo de esclavo en la cantera de piedra Espartaco se talló
a sí mismo, quizás porque supo desde siempre que nadie le daría la vida
que él no se diera. Se volvió precursor de todos los que iban a esculpir su
figura para honrar algo que antes que él lo develara no existía.
Espartaco se
sabe símbolo, es un símbolo dual, él lo cultiva con esmero. A un mismo tiempo
es la pesadilla de la esclavitud y el
sueño de la libertad, mientras que por su cuerpo cabalga una legión de
seguidores, que en un sueño hipnótico ven el enigma develarse en su piel. La
piel de Espartaco vale como escudo ante el verdugo que lo subyuga, quizás porque
él siempre lo ha sabido es que fue desarmado al frente. En la intimidad del
diálogo con Espartaco he visto en sus ojos el destello inquebrantable que
convierte todo a su paso. Claro que el descanso del guerrero es necesario, una
copa de vino, un poco de pan y un avistaje de la línea que apresa a los cuerpos
en el yugo del trabajo dan dimensiones inesperadas a la libertad y a la
esclavitud en un mismo movimiento de alas. Yo misma no he sabido si después de mirarlo a los ojos
quedaba libre o cautiva y he sucumbido ante la duda que todo lo transforma.
Entre
lamentos lo he visto preguntarse qué sentido ha tenido darlo todo por la
libertad si en el presente la humanidad sigue siendo esclava, si el hombre que
él creyó liberar sigue siendo en un mismo gesto el esclavo y el verdugo. En la
noche profunda de la historia, Espartaco se ha levantado de la tierra que lo
vio caer muerto y ha mirado con sus ojos todopoderosos los días de trabajos
forzados de hace miles de años. En ese gesto que sólo un cautivo en eterno
movimiento puede pretender he visto tensarse la línea del tiempo hasta el
presente y cruzar las dimensiones tecnológicas del futuro. Espartaco, ha vuelto
en sí de su momento bélico y me ha dado su espada, sus sandalias, su caballo, y
en el silencio alunado ha dicho como hace dos mil años: ¾ si venzo al enemigo en la
batalla, todo esto no me hará falta, si sucumbo en la derrota, tampoco. Acaso le
he visto levantar sus ojos y ardiendo de dolor ha dicho: ¾ sigo siendo en el yugo el
mismo cautivo, pero es ese sino el que me da el nombre y el destino. Siempre
estaré preso, pero no de la historia, ni del destino, ni del ejército enemigo,
sino de mi nombre, de mí mismo, siempre seré Espartaco.
Quizás, el acto de
valentía más íntimo de Espartaco, acaso el único que tiene sentido, fue ir hacia su última batalla a pie. Sigue perpetuando el acto una y otra vez de su
único cautiverio real, en el retorno de
los ciclos. Mató a su caballo con su propia espada, se quitó las sandalias de
gladiador, dejó su vestimenta y se entregó a la lucha armado sólo con su hierro, que perdió en la disputa. Quizás por eso el cuerpo que destella sus brillos en
el museo sigue diciendo que la libertad se alcanza en la desnudez, con el tórax
abierto, donde ninguna espada tiene la fuerza para atravesar el corazón sin
mácula, en el absoluto despojo.
Andrea Benavídez. Nació en 1976 San Juan (Argentina)
donde cursó la licenciatura en Filosofía en la Universidad Nacional de San Juan
(U.N.S.J.). En 2008 obtuvo un Máster en Pensamiento Contemporáneo en la
Universidad de Murcia y un Doctorado en Estudios Literarios en la Universidad
de Alicante. Es docente de epistemología en la UNSJ y ha publicado cuentos en distintos
blogs de crítica literaria y literatura.
http://laflorenlamaceta.blogspot.com/
viernes, 5 de junio de 2015
Los placeres del texto
Hay novelas que se prestan como pocas al comparatismo, a la búsqueda de
filiaciones. Son novelas literarias, novelas “escribibles”, además de legibles
(Barthes). Cuando el pretexto de la novela es la biografía de un poeta, la
pasión comparativa y la alegría de la lectura aumentan, como cuando se leen The Blue Flower, de Penelope Fitzgerald,
o Prodigios, de Angélica Gorodischer.
Ambas son desprendimientos del aura del poeta Novalis. Si, por añadidura, la
novela se inspira en una variedad de poeta que se niega a ser masa, al grado de
enajenarse de los lenguajes naturales de la especie; es decir, si la novela
toma como pie forzado la figura de un matemático, escasea el aire en las
cumbres y prende la risa eufórica. Hay otras novelas de matemáticos, no las he
leído, pero sé que existen. La mejor de todas es esta.
Una novela se puede construir como se construye un mito, en bricolaje de
temas musicales. Coronel lágrimas, podría
leerse como una fuga, un canon, para evocar a Hosftadter o una serie de temas
con variaciones. Entre párrafos, el narrador intercala frases que nombran dieciocho
placeres, si no conté mal. Algunos son rigurosamente
ingenieriles: el placer de los datos, el placer de las sumas mínimas. Otros, traviesos
o irritantes: el placer de los nudos, el placer de la nariz precisa.
Entre las etimologías de la palabra placer, además de plano y apacible,
se cuentan playa y archipiélago.
Hablemos de los placeres de Coronel
lágrimas. No ya de los dieciocho placeres que en el libro se mencionan,
sino de algunos que el libro provoca. Será un guiño torpe a Roland Barthes, autor
de El placer del texto. De no haber
sido un cadáver maduro y hermoso, Roland cumpliría 100 años el próximo noviembre.
Primer placer: historia y ficción o el enigma de la
habitación cerrada
Esta novela, nos indica el autor, “toma como punto de partida la vida
del matemático francés Alexander Grothendieck”. La figura excéntrica del
matemático interesa por la constelación de puntos que en ella convergen.
Supongo que si los matemáticos, los científicos y los filósofos tienen madera
de personajes de relatos ello se debe a que son seres obsesionados. Con seres
obsesionados se construyen novelas del pensamiento, cuya fascinación evoca el
deseo de una teoría unificada de los saberes, que de algún modo se corresponde
con la ambición del género novela; la fe en que la explicación de la realidad
puede resolverse en una teoría general, abarcadora y elegante a la vez. El músculo
duerme como dice la letra del tango, y se ha opacado la influencia de científicos
divulgadores como el biólogo Edmund Wilson y un libro que se convirtió en
lectura de culto, a pesar de sus oscuridades, Gödel, Escher, Bach: un eterno grácil bucle. No obstante, la ambición
de una coherencia radical es muy moderna y muy antigua. Replica lugares del
platonismo, la alquimia, el animismo
romántico y el estructuralismo. Se recoge en las palabras de María Zambrano,
cuando insiste en que el poeta encuentra, mientras el filósofo busca, y que el
sentido de esa búsqueda pasa por la percepción del “ritmo común que abarca
desde el movimiento de los astros a la yerba que brota en el resquicio de las
piedras”. Una atávica pretensión de totalidad se recoge en la forma de la
novela, cómplice y traidora de la historiografía. Lezama Lima nos recuerda,
citando a Curtius, quien a su vez citaba a Toynbee y eso mucho antes de Hayden
White, que para hacer historiografía, “con el tiempo, resultará manifiestamente
imposible emplear cualquier técnica que no sea la de la ficción.” (La expresión americana, p. 55)
En esta novela, tan musical por el fraseo y la sonoridad de sus
oraciones, hay huellas de la trama
detectivesca de la habitación cerrada. El personaje, el coronel, con toda la
carga de frustración, violencia y utopías truncas que arrastra la palabra
coronel, recuerda sus proyectos y traiciones. Un placer algo oscuro, con
reminiscencias de la literatura nazi en América, en ese claustro hermético, materno,
mental, inquietante.
Segundo placer: cajas chinas tropicales
La ubicación de mundos más pequeños al interior de una trama es otro
recurso narrativo muy antiguo y muy actual. Debe ser homóloga de la memoria
celular y de los paréntesis anidados de las fórmulas matemáticas. Estructura
del cerebro, cajas chinas. Estructura de la célula, cajas chinas. La maleta de la
migrante, cajas chinas
El coronel tiene tantas identidades y títulos que con ellas podría
tejerse una letanía. Es un matemático coleccionista empeñado en escribir Los vértigos del siglo pero lo derriban
el tedio y la abulia palesianas, como si
Oblomov se levantara de vez en cuando a comer torrijas y urdir proyectos que se
resuelven en el pavoroso deseo de “codificar la vida en pequeñas postales, construir una
Babel enciclopédica para su memoria en grietas”. Parecería
que en las colecciones del coronel anida el deseo de la construcción deseada y
perfeccionada de nuestras sociedades; proyectos imaginados, inconclusos,
arrastrados, resucitados y vueltos a sellar en la habitación cerrada. El
fracaso de las utopías, de las escrituras correctas, pero también el reclamo de
justicia. Y la búsqueda cínica, pero sostenida, de un continente hecho de
islas.
En colaboración con un discípulo mexicano que tiene nombre de emperador
austriaco, el coronel colecciona. Saltan a la vista (en la obsesión de encerrar
el mundo en la nuez de una colección) el Atlas
Mnemosyne, de Aby Warburg y, en las
grietas de la ambición totalizadora, los montajes del libro Atlas portátil de América Latina, de
Graciela Speranza. Pero el modelo excelso de la colección añadida a una trama se
expresa en los libros de Sebald. Sebald, lector de paisajes y ciudades, encuentra
en sus travesías colecciones de pájaros nocturnos, de estrellas de mar, de
minerales, escarabajos y mariposas. Con frecuencia irrumpe en su soledad algún personaje
que le cuenta una historia. Una de esas historias lleva a los trópicos ardientes
de la explotación esclavista y de ahí a las grandes colecciones de arte de las
familias condecoradas e infames, y a los museos de las grandes ciudades
metropolitanas.
(A todo esto, ¿la isla dónde está? Porque México está, pero la abuela
del autor era de Aibonito, Puerto Rico, la ciudad donde edificó su fortaleza de
halcón el gobernador general Palacios.)
La isla no se repite no. La isla es irrepetible, por eso incita a
contarla. Y creo que justamente porque
no se repite y siempre la estamos perdiendo, se escribe tanto hoy en Puerto Rico
y se ha escrito esta novela entre Princeton y Nueva York. Coronel lágrimas procura “narrar lo propio como si fuera ajeno,
narrar lo ajeno como si fuera propio”, ha escrito Ricardo Baixeras. Apetito
característico, si no exclusivo, de un autor caribeño, que como escribió Barthes
a propósito de Severo Sarduy, hace gala de una estética franciscana que acoge todo
tipo de palabras como si fueran todas las especies de pájaros, para sostenerlas
en los brazos y dejarlos hablar, apretarse, convivir, como vetas de un jaspe
chino.
En las afueras de esa habitación cerrada, el ojo del trópico encuentra
la belleza de la nieve y de la arena, porque en ambas ha dejado el rastro de su
sangre.
Tercer placer: el placer del miedo
El placer del texto lleva como epígrafe una frase de Hobbes: “La única
pasión de mi vida ha sido el miedo”.
¿Cómo se escribe un texto en ebullición en torno a un centro sereno,
casi estático? ¿Adónde va? “La historia es un vendaval pausado”. (p. 146), un
punto estático que se resiste. La
dirección no se encuentra en la historia sino en el lenguaje, que pretendiendo describir
sirve para ocultar, para que no podamos acercarnos a ese coronel coleccionista,
glotón, viejo vagabundo inmóvil. En el vórtice estático hay un monstruo. Como
monstruo moderno está hecho de piezas inconexas. Se le llama bufón, a ratos es
calvo, otras veces ídolo de rizos canosos alborotados. ¿Qué hay en ese vórtice?
¿Será la domesticación de una violencia
abismal, insoportable, como la del hombre inmóvil en el escalofriante montaje Perros héroes, de Bellatin? A juzgar por
la devoción del narrador, que le trata con el cariño y la cautela de un niño
que aprovecha la siesta del monstruo para invadir sus lugares secretos, algo
portentoso y agónico como la potencia herniada de aquel patriarca del otoño. O,
si la palabra miedo fuera femenina, como en francés, algo todavía más
estremecedor; que se piensa, pero no puede nombrarse.
Cuarto placer: el placer de la lengua madre, sea la
que sea
Además de coleccionista, el coronel es biógrafo de divas que en tiempos
medievales y alquímicos fueron hechiceras. Divas alquímicas, nada menos; que le
dan un reposo de medievalista a ese autor violento que pasa por matemático y
militar.
La diva mayor es la madre del coronel. Pintora incansable de volcanes
sagrados es la madre, ese lugar inicial de la repetición, en palabras de Carlos
Fonseca.
“El autor, la autora”, escribe Barthes, “es alguien que juega con el
cuerpo de su madre, ya sea para glorificarlo y embellecerlo o para desmembrarlo
y llevarlo al límite de lo que puede saberse sobre el cuerpo”. Habla de la
lengua materna. Este libro es un inagotable testimonio de belleza. ¿De qué está
hecho? ¿Cómo repercuten en el oído las imágenes visuales, en qué sabores sirve
sus frases, como ilumina sus toques al
lector, a la lectora? Por el camino de la belleza el lenguaje también lleva al
límite: “en el espacio del sueño no existen líneas rectas”.
Conciso y correcto, no hay caídas, ni baches, ni tejidos conectores
meramente útiles en el lenguaje de esta novela.
Es una línea viva, con una voluntad de invención animista y una prosa
eficaz y palpitante, que en ocasiones deposita epigramas como el siguiente:
“tedioso el comienzo que no regala un fin”.
Si no hay estructura lineal, cómo hacer las trampas habituales en la
lectura de una novela; dónde saltar párrafos, qué deseo nos impulsa a seguir
leyendo. La tensión de la música, de una sucesión de raras y precisas
metáforas. Se lee sorbo a sorbo, y es intensa y esa intensidad golpea y
requiere un tiempo de lectura inusual para una novela breve, que puede releerse
a saltos empezando por cualquier página y llegando a una página cualquiera.
Más que un texto de gozos, este es un libro de placeres. El placer erótico
de ver a alguien que lee. La percepción de una criatura hecha a imagen y
semejanza, no ya de un autor, sino de
un lector que reescribe. La eficacia de la novela no se explica por la suma de
sus rasgos gramaticales: “¿Tiene el texto forma humana, es una figura, un
anagrama del cuerpo humano? Sí, pero del cuerpo erótico. El placer del texto no
puede reducirse a su funcionamiento gramatical, del mismo modo que el placer
del cuerpo no puede reducirse a la necesidad fisiológica.” (Barthes, L P. d. T,
p. 30)
Quinto placer: el adentro es el afuera
Carlos Fonseca es autor de una tesis doctoral titulada: States of
Nature: Castastrophe, History and the Reconstruction of Latin America. ¿Será Coronel
lágrimas una limpieza en clave lúdica de las atrocidades que la tesis
consigna? Esa diatriba contra los esfuerzos útiles, ¿es la tesis bajo otro
aspecto, una tesis contra el trabajo invertido en producir una tesis? ¿Es más
útil una disertación que una novela? ¿Es más meritorio y entrañable un proyecto de novela
(con sus abortos, su matanza de textos descartados) que una novela terminada?
¿Está hecha una novela de materiales que no llegaron a redondear otros textos
de toda índole, leídos, imaginados, encontrados, parecidos a los que aquí
refulgen?
El placer del síndrome de Diógenes en un escritor.
Sexto placer: El placer del carpetazo
Este último placer es muy mío, no es seguro que al autor le agrade, ni
se sienta interpelado por él. Si, como insinuó Vilá Matas con etílica mala
leche, Los detectives salvajes fue el
carpetazo a Rayuela, Coronel lágrimas es el carpetazo a En busca de Klingsor, aquel ladrillo
rezumante de diálogos sobreactuados y villanos sin sutileza. En esta novela de
Fonseca hay un pastor televisivo, menos pintoresco que Yiye Ávila. No obstante,
en lugar de vulgarizar y maltratar la fábula de Jonás y la ballena, el pastor
de Coronel lágrimas menciona a Herman
Melville, como es propio. Y de pronto, en el centenario de Barthes, puedo sacar
del baúl una frase snob de El placer del
texto: “Ninguna trascendencia (ningún gozo) puede producirse, estoy seguro,
en una cultura de masas (que debe distinguirse, como el agua del fuego, de la
cultura hecha por las masas), puesto que el modelo de una cultura de masas es
pequeño burgués”. Repito la frase y
celebro esta novela legible y escribible de Carlos Fonseca.
Que la fuerza y la belleza sostenidas de Coronel lágrimas sean la hazaña de un nieto de mujer aiboniteña, y
que el gentilicio aiboniteña todavía no figure en el diccionario de la RAE,
acentúan en mí el placer del carpetazo.
(Presentación de la novela Coronel lágrimas, de Carlos Fonseca, Anagrama 2015, en La Tertulia, Río Piedras, el 28 de mayo de 2015).
(Presentación de la novela Coronel lágrimas, de Carlos Fonseca, Anagrama 2015, en La Tertulia, Río Piedras, el 28 de mayo de 2015).
jueves, 9 de abril de 2015
martes, 7 de abril de 2015
Raquel en Rutherford
Dices que el terror dominó tus
primeros años. Cuentas que en las mañanas invernales de este pueblo, cuando el
sol se queda en la cama y no se asoma en todo el día– aquí donde nos encerró tu
padre, mientras él les despachaba aguas perfumadas a las niñeras de Buenos
Aires – yo lamentaba mi suerte. Te has quejado de que abusara de ti. Usar a un
niño para vaciarse del dolor propio es imperdonable. En tus libros devolviste
la afrenta. Con creces. Mi amargura vencida por el entusiasmo de tus flores fue
tu venganza. Para mí las flores son interesantes de la raíz hacia abajo. Para
ti las flores son pétalos, la resurrección circular de la carne. Te obsesiona
la poesía como descenso a los infiernos, pero no aprendiste a vivir en el
infierno. Tu poesía es el pretexto para la huida de los infiernos. Otra cosa. En
todos tus libros sembraste mi amor a los jardines, lo ocupaste, te lo robaste.
crisantemos
ciclámenes
rosas
flores
del mar
margaritas
astromelias
encajes
de la reina Ana
tulipanes
narcisos
iris
flores
de mostaza
peonías
asfódelos
lirios
verbenas
jacintos
Yo
te hablaba de las flores de Mayagüez, las que recogíamos en los jardines para
adornar el altar de la virgen. Sus nombres te entraban por el oído como soplos
de viento y salían sin dejar huellas. Claveles, nardos, trinitarias, varitas de
San José. Yo habré muerto, tú no me dejarás ir.
Sé que el aura tiñosa fue uno de los
relatos que olvidaste. Es un pájaro de rapiña, cruza de un extremo al otro el
arco de las islas. Carlitos, tú escribes sobre flores, yo puedo hablar de
piedras calientes, hirientes, resistentes. O de piedras redondas, chinos de
río, como aquellas que disparábamos desde la honda que mi hermano me regaló
cuando se cansó de ser niño. Yo me fugaba con los varones hacia la salida del
pueblo. Allá les tirábamos piedras a los pajaritos, los pequeños caían
ensangrentados, pero las auras no. Un día me dio por subirme a un árbol de
mangó y tirarle a un aura con todos los malos sentimientos de mi brazo, pero la
piedra cayó en el ojo de uno de los muchachitos y lo dejó tuerto. Sus padres
eran peones de la finca de papá y no se atrevieron a quejarse. Desde entonces
fue el entenado, el adoptado, el inútil de la familia. Lo usábamos para
mandados livianos.
Pues yo era la zurrapa, atiéndeme
bien. El residuo que se acumula en el fondo de la botella. Y mamá, que bastante trabajo le daba su máquina de coser,
cuando papá murió y ella se hizo cargo de alimentarnos, pero siempre me tenía más
o menos detrás de la oreja y me pegaba hasta dentro del pelo, porque las madres
buenas no sueltan a sus hijos, no hay mejor madre que una buena mala madre, la
que quiere con crueldad egoísta. Recuerda cómo era nuestra casa. Se me ocurre
(la memoria es lo más lejano de lo que fue, mejor recuerdan las manos, la
lengua; la memoria diseca) que no quedaba en una de las zonas centrales del
pueblo, sino más bien cerca del área de los almacenes. Era una casa de cuatro
aguas con tejas de barro dispuestas como escamas. El balcón era… Pero no es verdad
nada de esto. Era de madera. Quedaba en la calle más elegante de Mayagüez,
bautizada con el nombre de un capitán general del imperio: la calle Méndez
Vigo.
Es la hora. Raquel despierta. Se
acaricia la espalda con las manos, respira un aire de azoro. Aunque la artritis
le duele en los huesos carcomidos, no tarda mucho en volver al momento
insoportable del presente donde el hijo la dejó tras administrarle la sopa rala
del almuerzo con medicinas acompañantes que tienen nombres de hechiceras :
calbisma, irradol, sanaka, anasarsin.
Raquel en Rutherford, donde cada
segundo más de vida le parece un desperdicio.
(De La muerte feliz de William Carlos Williams, novela)
jueves, 26 de marzo de 2015
Presentación de Narraciones puertorriqueñas
A primera vista el concepto de justicia parece no compaginar con el mundo de la gran gestión editorial. Los escritores “globales”, los más reconocidos, los aspirantes al Nobel, al Goncourt, al Cervantes, son minoría de minorías; sus voces y figuras se amplían en representación de regiones y continentes que, al reducirse a las visiones de figuras estelares, pierden riqueza tonal y complejidad. Hay, pues, zonas
y culturas excluidas del lente de las industrias culturales globales, de los países
donde se acumula el capital cultural.
Hay, por otra parte, al menos un país en el mundo donde algunos estudiosos, afectados por las mezquindades del país pequeño, juegan a borrar del mapa nacional todo lo que huela a archivo, a cuerpo de letras, a rastro.
Sin embargo, un país pequeño no tiene que tener una literatura menor, insustancial, fofa o débil. Podría escribirse todo un libro sobre literaturas de países pequeños, y de ese modo invitar a una inversión de los modos de lectura, a un desplazamiento de la mirada lectora más allá de los centros. Podría hacerse el mapa del mundo al revés, la versión austral del planeta, que tuviera en el centro la isla continente, al Sudán en el lugar donde acostumbramos ver París y a Tierra del Fuego hacia el norte, como el pico de un ave voladora que apresara en sus garras a Alaska.La última antología general del cuento puertorriqueño anterior a esta (Antología general del cuento puertorriqueño, de Félix Franco Oppenheimer y Cesáreo Rosa Nieves,) se publicó hace más de medio siglo, en 1959. Todavía no se había establecido la Biblioteca Ayacucho, con su misión perseverante de difundir el patrimonio cultural de América Latina.
Hay, por otra parte, al menos un país en el mundo donde algunos estudiosos, afectados por las mezquindades del país pequeño, juegan a borrar del mapa nacional todo lo que huela a archivo, a cuerpo de letras, a rastro.
Sin embargo, un país pequeño no tiene que tener una literatura menor, insustancial, fofa o débil. Podría escribirse todo un libro sobre literaturas de países pequeños, y de ese modo invitar a una inversión de los modos de lectura, a un desplazamiento de la mirada lectora más allá de los centros. Podría hacerse el mapa del mundo al revés, la versión austral del planeta, que tuviera en el centro la isla continente, al Sudán en el lugar donde acostumbramos ver París y a Tierra del Fuego hacia el norte, como el pico de un ave voladora que apresara en sus garras a Alaska.La última antología general del cuento puertorriqueño anterior a esta (Antología general del cuento puertorriqueño, de Félix Franco Oppenheimer y Cesáreo Rosa Nieves,) se publicó hace más de medio siglo, en 1959. Todavía no se había establecido la Biblioteca Ayacucho, con su misión perseverante de difundir el patrimonio cultural de América Latina.
Este volumen, Narraciones puertorriqueñas, es el sexto
de los que Ayacucho ha dedicado a Puerto Rico. La selección abarca más de un siglo, y
comprende textos de 47 autores que publicaron un primer libro entre 1849 y 1975.
La delimitación del periodo responde, sobre todo, a una determinación de
orden práctico y a un criterio sí, de justicia, relacionado con la escasa
disponibilidad de textos puertorriqueños del siglo XIX y primeras décadas del XX.
Hace años que no se reeditan autores dignos de una mirada desde el presente y
el potencial futuro. Ampliar el campo para incluirlos ha requerido limitar el
espacio de los contemporáneos más
recientes, que han sido ampliamente representados en antologías generacionales.
Por otra parte, el año de corte es casi un parte aguas, pues de 1976 en
adelante se produjeron transformaciones profundas en el campo literario que nos
sitúan de lleno en el quehacer de narradores reconocidos y activos en el
oficio.
A partir de Cuentos
puertorriqueños de hoy, antología editada por René Marqués, han sido varias
las compilaciones generacionales, de promociones o grupos afines a una
propuesta colectiva, pero no se ha vuelto a concebir una antología general que
abarcara desde los inicios hasta el momento actual. Para repetir tal
hazaña habría que añadir un tercer tomo al presente libro que incluyera
cuentistas publicados a partir de 1975, y que, por el redoblado cultivo y
prestigio del cuento en décadas recientes, contendría casi tantos nombres y
textos como los aquí incluidos.
Entre los móviles que impulsaron la presente selección
figuró la curiosidad de una autora por conversar con los fantasmas de la
tradición literaria del país propio, unida al sentido urgente de dejar
constancia de figuras y obras desconocidas para la generación actual de
lectores. Una intención que no aspiro a ocultar fue la urgencia de “exhumar”
ciertos textos casi olvidados mediante una convocatoria interrogante que los “liberase”
de su reclusión.
Quizás esa negociación con los muertos, como llamó
Margaret Atwood al diálogo entre una autora, la muerte y la tradición, sigue
teniendo sentido en un presente que muestra cierta vocación anti histórica, agresivamente
desmemoriada o crítica de las visiones providencialistas del devenir histórico.
Quizás no está de más, incluso, la
ingenuidad de dejar constancia, otra vez, de la escritura de ficciones en
Puerto Rico para la misma época en que se construían las literaturas nacionales
en América del Norte y América del Sur. Un país pequeño no tiene por qué tener una literatura
insignificante. La literatura de un país colonizado tampoco debe condenarse a
la exclusión, con lo que ello implica de empobrecimiento para dicho país y para
los lectores del mundo, porque esa práctica de la exclusión, a semejanza de la extinción de especies biológicas, empobrece
a todos los países. No es casual que uno de los temas principales de esta feria
haya sido la bibliodiversidad, definida como “la diversidad cultural aplicada
al mundo del libro”.
De modo que
hay que agradecerle a Biblioteca Ayacucho el deseo de “hacerle justicia a
Puerto Rico” con este volumen y otros en preparación, a cargo de los estudiosos
Áurea María Sotomayor, Malena Rodríguez Castro y Rafael Bernabe. Visto el
proyecto en toda su amplitud hay que agradecer en particular la generosidad de Julio
Ramos, que medió entre las partes para que saliera adelante este volumen y se
concibieran los otros mencionados. En el caso de Narraciones puertorriqueñas, además, al colaborador Armindo Núñez
Miranda y a los editores Moisés Seijas, Shirley Fernández, Elizabeth Coronado,
Gladys García Riera y Livia Vargas.
Durante mucho
tiempo circuló el lugar común de que Puerto Rico es un pueblo de poetas y, en
segunda instancia, de cuentistas. Como en todos los lugares comunes hay más
pereza transaccional que realidad en este. Por algún motivo que tal vez se
relacione con el fin de compilar antologías para suplementar currículos
escolares, prevaleció la brevedad en las selecciones y se olvidaron las novelas
que, sin embargo, se publicaron a lo largo del siglo XX, a veces, al modo del
folletín, en periódicos y revistas. ¿Será la nuestra una literatura de
novelas perdidas? En un país como el nuestro, construido sobre arena movediza,
cada generación parece condenada a recuperar los restos de un naufragio.
Esta antología
de narraciones puertorriqueñas incluye textos que en al menos un caso se acercan
a la novela corta, como el relato Sebastian Guenard, de J.I. De diego Padró; alguna
estampa costumbrista, memorias, crónicas, fábulas, narraciones esperpénticas y fantásticas,
alegorías apegadas a los cuentos morales del siglo XVIII, leyendas y cuentos de
factura moderna. No hay por qué suponer que esa diversidad de formas narrativas
se aleja mucho del perfil de otras literaturas americanas, ya que, a pesar del absolutismo
y la censura del régimen colonial español afirmaba Alejandro Tapia y Rivera, que en 1840:
… la elegancia en la forma, así como el sentimiento y la fantasía
poética, no eran plantas exóticas en el país;… los buenos modelos comenzaban a
conocerse y a estimarse… Desde esa época data la literatura aunque asaz
desmedrada, en Puerto Rico; comenzó como debía, por la canción y el romance; en
una palabra: por las composiciones furtivas y ligeras… Por lo que atañe al
humilde autor de estos apuntes, hijo también del noble ejemplo que hubieron de
darle las nacientes letras en el período a que antes se había referido, se
juzga deudor a aquella época de su persistencia en un campo abandonado por casi
todos y a que (acaso por su desgracia) le llevó a una vocación incorregible. (Prólogo a El bardo de Guamaní, 1862).
Tampoco hay que olvidar la existencia de
revistas importantes, con vínculos
internacionales, desde el último tercio del siglo XIX, y el hecho de que, en un
país sin universidad ni bibliotecas públicas, se gestara esa esfera tan nuestra
de la contra institucionalidad: bibliotecas privadas, sociedades secretas,
gabinetes de lectura y publicaciones como la Revista Puertorriqueña, fundada por Manuel Fernández Juncos, que
contó con colaboradores españoles y latinoamericanos tan relevantes como Rubén
Darío, Emilia Pardo Bazán, Clarín, Galdós, Julián del Casal y José Martí.
Si hubo una
especie de culto a la poesía y al cuento, quizás algo le debe el aprecio de dichos
géneros a la calidad de los poetas y narradores del medio siglo, como el recién
fallecido Emilio Díaz Valcárcel, y a la pujanza, en medio de la instauración del
Estado Libre Asociado, de una crítica contestataria desde la literatura.
La narración
breve, pues, da cuenta y cuenta la trayectoria de un país no tanto invisible como
inexistente, por no haber prosperado en él un proyecto liberador colectivo; de
un proceso de rupturas radicales y violentas. Estas Narraciones puertorriqueñas que publica Ayacucho representan el
intento, no ya de canonizar o alterar un canon que no muchos suscriben, o leen,
y que algunos "nativos" desprecian, sino de presentar, como si nacieran hoy, textos escritos por autores prácticamente
desconocidos. La alucinante sensación de que siempre está todo por hacer es
falsa, desde luego, porque no le hace justicia al trabajo de archivo que desde
el siglo XIX hiciera aquella sociedad recolectora de documentos históricos y
que se consolida, a partir de la fundación de la UPR y, en particular del
Departamento de Estudios Hispánicos.
No obstante, en
otro sentido, está todo por hacer. Como escribió Barthes, de vez en cuando conviene
volver a leer los textos clásicos para ver qué podemos hacer con ellos. Esta selección
no pretende más. Con eso, con avivar la chispa, con mantener los rastros de un
cuerpo, con destacar los rasgos dispares y diversos de un proceso complejo, que
no guarda proporción con la complejidad del país, pero que sí da cuenta de lo
que significa escribir sin medios, sin libertades políticas, sin alicientes,
con suma fragilidad, en irradiación diaspórica, sin preguntarse a veces para
que se escribe y para quién, pero con obstinación de animal herido que lucha
por sobrevivir; si de algún modo estos móviles invitan a la lectura, no se perderá
el esfuerzo.
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