martes, 17 de junio de 2008

The Cost of Cotscoing


Para Bernardo Marques, en respuesta a un cuento suyo.

Hoy volvió. No le bastó una temporada en el paraíso. Insensata.

No hay mejor carnada que la paciencia, A él le sobra la paciencia. Tampoco le faltó ingenio para improvisar con vuelo imaginativo un nido de amor hecho de desperdicios flamantes. Ahora añadirá un par de lujos: vinos oxidados, langostas fallecidas hace un año. La mujer pensará que han tomado por asalto el reino de la abundancia. Embriagados con pareja ilusión de libertad mugían y cacareaban nuestros padres, los pobres.

Esta noche el paraíso se poblará de fantasmas.

No hablamos del aura de los niños baratos que fabrican muebles enfermos. Tampoco de las almas de los obreros que perdieron la vista ensamblando locuras electrónicas.

En la carnicería todavía exhiben los costillares de nuestras madres. Los reconocemos con el mismo terror que esos huesos sienten ante nuestra desollada presencia.

Hoy volvió, peor para ella. Llegó la hora de salir del frigorífico, recorrer las avenidas, de los cereales, hacer escala en el estante de las flores pintadas, invadir el sueño de los invasores hasta que los ansiolíticos salgan disparados de sus frascos.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Una piedra, y un perro. Yo podría escribir y describir toda la literatura de los perros y la literatura de las piedras. Desde Ulises y su Argos hasta Cortazar y su última línea de Rayuela. Podríamos incluir a Pascual Duarte, de Cela. Podríamos incluir a Pedro Cabiya y su novela Trance. Cabe el mundo. Desde el peñon de Gibraltar hasta la piedra flotante de Saramago. Desde los objetos infinitamente pesados de un cuento de Borges hasta la piedra que le descalabró la quijada a Don Quijote, luchando con cabras y ovejas. El mundo es un perro. O una piedra. Se puede. Escribir. No es el caso.

Esta escritura, la de Marta Aponte, toda ella, requiere un nombre que no existe. Porque, como escribí, esto no es literatura. Es otra cosa. Esto parecerá un clisé, o un gesto extremadamente adulatorio pero no lo es. Igual, la escritura de Aponte parece literatura pero no lo es. Es otra cosa.

Juanca

Anónimo dijo...

Una piedra, y un perro. Yo podría escribir y describir toda la literatura de los perros y la literatura de las piedras. Desde Ulises y su Argos hasta Cortazar y su última línea de Rayuela. Podríamos incluir a Pascual Duarte, de Cela. Podríamos incluir a Pedro Cabiya y su novela Trance. Cabe el mundo. Desde el peñon de Gibraltar hasta la piedra flotante de Saramago. Desde los objetos infinitamente pesados de un cuento de Borges hasta la piedra que le descalabró la quijada a Don Quijote, luchando con cabras y ovejas. El mundo es un perro. O una piedra. Se puede. Escribir. No es el caso.

Esta escritura, la de Marta Aponte, toda ella, requiere un nombre que no existe. Porque, como escribí, esto no es literatura. Es otra cosa. Esto parecerá un clisé, o un gesto extremadamente adulatorio pero no lo es. Igual, la escritura de Aponte parece literatura pero no lo es. Es otra cosa.

Juan Carlos