jueves, 1 de enero de 2009

Las propuestas de Javier Sáez de Ibarra


Propuesta imposible (cuentos)

Javier Sáez de Ibarra

Madrid: Páginas de Espuma, 2008

 

Abre la puerta, descubre otras puertas, las abre. Una de ellas podría ser la entrada a un parque donde un niño se pregunta cómo percibirán el universo los peces del estanque. Otra podría llevar al estanque donde transcurre la vida misteriosa de los peces. Otra quizás nos descubra al acompañante del niño, un hombre que, acorralado por una obsesión, no ve más que una puerta cerrada.

Hace treinta años Jean Baudrillard llevó al límite la intuición de Walter Benjamin sobre la pérdida de valor de la experiencia, minimizando el gran trauma del final del siglo veinte a un efecto de la evolución tecnológica: la decadencia de referentes fuertes. Entre los estertores de muerte de lo real y lo racional comenzaba la edad de la simulación. Ya no se era parte de la marcha de la historia. Por el contrario, se vivía en una “nebulosa, atravesada por corrientes pero vacía de referencias”.

La encerrona paranoica prospera en la simulación virtual del lenguaje humano por sus modelos: máquina, mapa, espejo, programa. Una de las propuestas imposibles del libro de cuentos de Javier Sáez de Ibarra parece ser la de un lenguaje que, desde las entrañas del monstruo, se resiste rabiosamente a la nebulosa del simulacro. El autor construye su propuesta en espacios cerrados y hasta cierto punto controlados. Las múltiples prisiones de la identidad se aíslan, como si respondieran a las condiciones de un experimento: un atasco, el cerebro de un enfermo de Alzheimer, el territorio minado de las relaciones familiares, el escenario de una catástrofe sin nombre o la sinrazón de un espectáculo peligroso y absurdo. En todos los casos, y a pesar de los lugares banales, el sujeto de la propuesta es un hombre “encarnado”, cuya materialidad se opone al nihilismo exangüe o militante.

Las estructuras narrativas, como los escenarios desarraigados, provienen de modelos reconocibles: la ciencia ficción, el policial, el cine, el thriller sicológico, incluso la parodia humorística. En contraste, el lenguaje de estos relatos es siempre un salto mortal, un más allá del límite de la palabra y de los géneros que se simulan. Desde esa capacidad para “narrar lo incontrolado e incontrolable del hombre dentro de un esquema controlado y cuidado” (Raúl Brasca) Sáez de Ibarra se atreve a proponernos un desvelo de las cosas, un cuerpo a cuerpo con los grandes temas de la existencia.

Quizás el eje central -como en toda narrativa que se atreve a forzar los límites del lenguaje- es el tiempo. En el cuento “Propuestas sin posible” se eliminan las relaciones causales entre varias escenas incomparables entre sí, cuya aproximación en la página plantea un enigma. Sin arriesgar una interpretación cabe sugerir que se trata de encerronas brevemente atisbadas por la iluminación fugaz que sugiere la escena final: “Una señora mayor que recuerda el nombre de un vecino al que maltrataban con sus juegos infantiles, al ver cómo una misma memoria lo borró y se lo ha traído… comprende entonces”. (9)

El cuento policial “Resolución”, cifrado en la figura paterna y los conflictos entre la ley y el deseo, despliega un lenguaje de una precisión visual implacable en una trama cuyos desdoblamientos -así como los diálogos truncos y arrancados de contexto- recuerdan la gramática del cine. Es una escritura de la elipsis, de la voz desperdigada y socavada. De pronto el narrador se suma a las voces de los personajes como si fuera un fragmento de vida más. Se corre el riesgo de sofocar y hasta sabotear la tensión que distingue al policial tradicional al detener la “acción” para explicar dos métodos tranquilizantes. El primero es pensar intensamente hasta convencerse de que en realidad no existe nada, es decir, nada que no sea esa sensación total de ser nada, de estar fuera del tiempo: no hay movimiento, luego no hay tiempo, por tanto, nada sucede. El otro: “Se trata de que adelantemos el reloj de la mente unas horas o varios días, tantos como se quiera; no es difícil. Entonces uno percibe que la gravedad de ese momento se disuelve, tiene que disolverse con el suave empuje del tiempo”. (18)

Estas libertades destructoras de la verosimilitud realista hacen pensar en una poética de la escritura como traducción, es decir, como generación de textos fronterizos, que jamás podrán ser transparentes y unívocos. Entre los personajes de estos relatos se distinguen las criaturas simples y paradójicamente sabias para quienes el lenguaje es siempre un descubrimiento, la invención personal de seres en trance de aprenderlo u olvidarlo: los niños y los ancianos desmemoriados. Cierta belleza brutal se refleja en la construcción de unas tramas que parecen erigirse como arquitecturas extrañas conforme a las artes de una composición musical o multimediática: repeticiones, contrapuntos, poesía concreta. No obstante el canto, no dejan de ser cuentos, esas criaturas que emanan de la capacidad de ver, y que añoró en su diario Alejandra Pizarnik.  

En “Suceso”, la aparición en “el pueblo más esquinado de Almería” de largas filas de hombres negros vestidos con sombreros y abrigos reinterpreta la pesadilla de los replicantes de Blade Runner. El contraste entre el happening delirante y la ingenuidad del narrador en un escenario casi folklórico, de comedia de costumbres, matiza con humor un relato abierto. También tiene ecos de ciencia ficción el magistral montaje de una catástrofe en “Como una historia de amor” cuyo protagonista en fuga lucha por salvar a su familia de la avalancha de una muchedumbre amorfa. En “La vida parece” un hombre se enfrenta a su hijo recién nacido pensando que la criatura podría ser un “robot de última generación” sin nadie darse cuenta, pues “nadie sabe, en realidad, si otro vive”. Más allá del enigma teológico, este curioso relato puede leerse como una reescritura del tema del monstruo asociado con los procesos reproductivos, y que aquí se manifiesta desde otra propuesta imposible: la histeria masculina.

Lo que no medra en estas narraciones, -donde sí hay espacio para la broma y la ternura sin sentimentalismo- es la frialdad. “Donde está” -uno de los relatos de infancia más hermosos que he leído desde “A Christmas Memory”, de Truman Capote- narra una epifanía que irrumpe en la sordidez, al tiempo que ennoblece la memoria como vivencia individual “entre el recuerdo y lo que después es sabido o imaginado”. “Vamos a ver a Dios”: así entiende el narrador la promesa del padre, cumplida en el ambiente de una feria callejera. Nos cruzamos de nuevo con el resabio de la exploración teológica, sólo que aquí la ley del padre tiene un aire generoso y apunta a una poética que es también una ética: “Mi padre decidía acelerando la marcha o cambiando el rumbo. Así se acostumbra el hijo a discriminar lo que merece la atención de lo que no. Así se le enseña a apresurar las decisiones y separar en porciones el inasible tiempo”. (85)

Más que un libro, Propuesta imposible es un viaje contra la corriente inasible, tan incitante -para cerrar en clave de humor este recorrido brevísimo de unos textos fuertes- como el cruce del Niágara en bicicleta. En la nota de contraportada del libro se recomienda a los lectores:

Lea estos cuentos, preferentemente, durante la noche. Cuando la jornada para el trabajo, el engaño y los crímenes ha concluido. Trate de no leer más de uno o dos cada vez; han necesitado años para formarse. En un relato, como en un poema, la brevedad se ha llenado de alusiones y misterio; permítase un tiempo de respiro en el que abrirse a la contemplación de la literatura.

La riqueza de las propuestas de Javier Sáez de Ibarra merece mucho más que estos apuntes, pero el libro trascenderá por la estremecedora verdad de sus enigmas. Volveremos a visitarlo como se regresa a los lugares inolvidables que pasan la prueba del tiempo.

 

Marta Aponte Alsina

31 de diciembre de 2008

3 comentarios:

Juan Casamayor dijo...

Querida Marta,

muchas gracias por tu valioso comentario sobre el libro de Javier. Y aprovecho esta nota para desearte un 2009 donde todas tus propuestas las veas hechas realidad.

Abrazos

Juan Casamayor
Editorial Páginas de Espuma

Estíbaliz dijo...

Yo añadiría, para el que no haya leído el libro, que "El blanco de los ojos" es una maravillosa historia de amor. Un cuento que hay que leer al menos una vez, y que con cada lectura revela algo nuevo que tenía escondido.

libro dijo...

guaaa!! me ha encantado espero que os guste el mio