martes, 6 de enero de 2009

Papi de Reyes



por Eunice Castro Camacho


(Le pedí a mi amiga Eunice Castro Camacho un regalo de Reyes. 
Me envió este hermoso relato sobre su padre. Lo comparto.)

Para María Angélica y Javier, en el Hospital San Jorge; 
Para los niños recluidos en los hospitales del mundo.
Para Víctor.


Era la mañana de Los Tres Reyes Magos…

No tenía nada para regalarle a su primera hija, de apenas un mes de nacida…

No; así no podía ser el primer día de Reyes de su pequeña…

Fueron los Reyes quienes le regalaron su primer instrumento de cuerdas…

Quienes llenaron su mente de fantasías cuando era apenas un pequeño…

Pero había ganado poco en esa Navidad…

Su escasa educación, un poco de nivel elemental, no le permitía aspirar a un empleo remunerado, con un salario seguro… Aquella caja amarilla y marrón, llamada escuela, llena de palabras desconocidas, de miradas interrogantes y expresiones abrasivas, no le había permitido utilizar todo su conocimiento ancestral sobre el campo y las estaciones… No le dio espacio para desarrollar su talento de rimar e improvisar al ritmo de un cuatro o un tiple… Sólo le entregaba palabras extranjeras, enredadas, absurdas e incapaces de recorrer y describir aquellos barrios, aquellas gentes, aquellas costumbres… Y así lo espantó, inmisericorde, de su patio…

Sin la escuela, sus manos llenas de dedos improvisados -que apenas tenían fuerzas para recorrer, toscos, la guitarra con desvelo- sólo parecían aptas para las faenas arduas de la construcción o del desmonte…

Y no tenía con qué agasajar a su pequeña primogénita…

No tenía con qué comprarle el primer regalo de Reyes a su niña…

Por eso, desolado, subió al monte aquella mañana.

Con sus manos amplias, la frente sudada y los ojos llorosos, desenterró frutos de la tierra, cubiertos de suelo…

Depués bajó al pueblo y procuró vender aquel tesoro bronceado, rescatado de la tierra.

Ya de tarde, llegó con un pequeño regalo: apenas un pequeño angelito de vidrio, arrodillado. Lo envolvió con esmero y lo acercó a la cunita de su hijita bebé…

Tres décadas más tarde, aquel joven, que ya se ha hecho viejo, ofrece el mismo regalo, el mismo tipo de regalo, a niñitos desconocidos… a niños pacientes de cáncer, como su única nieta.

Esta vez no ha tenido que subir al monte a buscar ñames, ni bajar al pueblo a vender el producto. Esta vez ofrece su propio fruto, que ha nacido muy profundo, no de la Tierra, sino, de adentro de su ser…

Maduradas por el dolor y la pobreza, abonadas por el sol de la luz de su familia, y endulzadas con las voces tibias de su esposa, nacen dentro de él la música… las canciones… la voz…

Las mismas alas que lo transportaran de joven a visitar países lejanos y lo sacaran de su campo cuando era un chiquillo, ahora le nacdn del alma en forma de décimas, de seises, de plenas, de aguinaldos… y las ofrece, como plegarias, a los niños enfermos.

Les ofrenda canciones que van, secretamente, acompañadas de peticiones de salud y de vigor.

Esta vez no subió solo al monte. Subió al cuarto piso de oncología del Hospital San Jorge, acompañado de su familia, de su esposa, de sus hijas, de sus nietos y de su pequeña nietita, de sus vecinos del barrio La Mesa, de muchos amigos y allegados y, por qué no, de desconocidos que poco a poco fueron uniéndosele para llevar ese regalo, esa ofrenda.

Es el mismo regalo. Sí, aunque algo cambiado, es el mismo regalo.

Continúa siendo eso, un angelito…

Un angelito musical que se anida, como una nota de esperanza, en esas pequeñas almas y, arrodillado, latiendo dentro de esos diminutos corazones, y desde el corazón de sus padres, trata de florecer en salud… y pide transformarse en un poco más de vida, en una segunda oportunidad de correr, de sentir el mar, de bañarse en la brisa, de reír, de disfrutar… de cantar…

 

 

 

 

 

 

 

  

1 comentario:

Terra dijo...

Cuando sabemos de jíbaros como éste, ya sean hombres o mujeres, que se deshacen en actos sencillos con el mero propósito de entregar sus sentimientos, a sus hijos o a los del otro, sin importar el parentesco ni el precio, nos reafirmamos en que el borinqueño no es suave porque sea dócil. Es que le nace el amor desde la memoria más ancestral de sus células.