jueves, 30 de abril de 2009

Carlos Vázquez Cruz en la mirilla



Sotano Editores acaba de lanzar cuatro libros en tres colecciones: cuento (El Conejo de Connie), poesía (Las Zapatillas de Dorothy) y ensayo (La traición de Wendy). El 29 de abriil, en la Universidad de Puerto Rico, tuve el honor de presentar el primer libro de ésta última colección, La mirilla y la muralla: el estado crítico, de Carlos Vázquez Cruz. 


Si puede decirse, como afirma Carlos Vázquez Cruz, que la crítica es un género que se nutre de otros géneros, aunque ostente “el arte de aparentar lo contrario”,[i] ¿qué dejaremos para el comentario de un libro de crítica? Tratándose de sobrescribir a un lector como éste, tan atento a las ramificaciones de la palabra, aumenta el riesgo de que el palimpsesto desemboque en un palique incestuoso. Acepto la virtud de los límites. No criticaré al crítico, sólo intentaré “rastrear” algunos de sus métodos.

Quienes hayan visto cómo Carlos marca los libros que lee, sabrán por qué escojo como punto de partida el método de las referencias cruzadas. El autor realza, en tintas de colores variados, los segmentos que advierte como repeticiones u homologías en el texto. Son las puntadas de sus interpretaciones, son patrones afines en una estructura de voces, sonidos y sentidos que tejen un contrapunto. Imitando al perseguidor, no hay que empezar el rastreo de sus propios cruces referenciales en el orden de presentación de los once ensayos que componen su libro. Basta seguir el rastro de un solo tema.

Entremos por el ensayo que le dedica a una obra teatral escrita para niños, La cueva mágica, de José Luis Figueroa y Marvia López. Vázquez relaciona el aprendizaje del héroe con la liberación de la bruja, y comenta que “se hacía indispensable liberar el mal para armonizar el escenario fantástico”. (Vázquez: 99) Esta nota sobre la liberación o desencierro del mal es un motivo que se repite en el ensayo dedicado a Manuel Ramos Otero, Miguel Náter e Iván Segarra Báez, cuando se afirma que el “cambio de polaridad” que surge de la imagen especular invierte lo “bueno en malo (lo) beneficioso (en) nocivo”. (Vázquez: 162) También aparece en el estudio dedicado al libro Ankh de Zuleika Pagán, donde el crítico observa que, para la autora, “la eliminación de los males terrenales repercutirá en el aburrimiento”. (Vázquez: 114) Otra muestra es el epígrafe del ensayo inicial, “La mirilla y la muralla: el estado crítico”, una cita de Foucault:

Pienso que en mucha gente existe un deseo… de encontrarse, ya desde el comienzo del juego, al otro lado del discurso, sin haber tenido que considerar… cuánto podía tener de singular, de temible, incluso, quizás, de maléfico. (Vázquez: 13) 

El salto extendido de las referencias cruzadas también se establece entre diversos textos de un solo autor, como en el prolijo ensayo dedicado a la obra poética de Carlos Roberto Gómez Beras y en la presentación de la novela Candela, de Rey Andujar. En esta última sirve para caracterizar “el fluir literario del autor… su “procedencia”, su “genética inmediata”. (Vázquez: 132) Desde luego, esos patrones formales pueden corresponder a las obsesiones, a los materiales del autor o autora. Entonces el análisis es comparable a una exégesis clínica, algo pervertida, como si leer el texto condujera al destape de ese algo maléfico y reprimido, desterrado por la crítica respetuosa con aspiraciones canónicas. No es casual que en este libro se hable desde adentro, desde las obsesiones entrañables de la escritura, con la mirilla en sus materiales y mecanismos, con la voz de un crítico practicante, para usar la frase atribuida a T. S. Eliot. El autor de La mirilla es un crítico que también escribe ficciones, que “escribe como escritor”. (Vázquez: 11).

La puesta en escena del crítico practicante me recuerda las obras teatrales Marat Sade, de Peter Weiss y Los negros de Jean Genet, en cuyas acciones el paciente y el esclavo parodian los discursos del médico y del amo. El crítico practicante se siente atraído por textos difíciles, resistentes e incluso cuestionables o inaccesibles a la crítica que él llama “académica y “normativa”.  

Si la referencia cruzada es la organización en contrapunto de los materiales de trabajo, la lectura cercana y minuciosa constituye el pulso rítmico del método. En la terapia psicoanalítica la interpretación es “algo que pertenece al paciente, pero de lo que él no tiene conocimiento” .[ii]  No obstante, el libro publicado ya no le pertenece a su autor, por razones obvias. Quizás de esa limitación se deriva lo contrario: la libertad, el privilegio que reconoció Freud en su análisis de la Gradiva de Jensen, el “indiscutible derecho” del poeta “a apartarse de las normas reales”. [iii] La autora, el autor, tienen, como derecho, el paso franco a la irrealidad. Dicho de otro modo, el texto es incurable. El historial clínico del texto está basado en una “hipótesis inverosímil” (Freud: 143) y, por lo tanto, no puede ser definitivo, ni conducir a otra cura que no sea la del lector. Lo reconoce Vázquez Cruz tras su lectura de varios textos herméticos -y, por lo tanto, interminablemente sugerentes- de Alberto Martínez Márquez.

La libertad del autor no equivale a la del crítico. Es el texto mismo el que propone sus claves. La apertura, la amplitud de los saberes del crítico, resaltan “el valor genuino de la pieza”. La crítica, afirma este crítico, debe ser “educativa” en el sentido de propagar el deseo de leer los textos que analiza y “tener como punto de partida la buena fe”, pues: “Cuando se asume la responsabilidad de comentar las producciones ajenas –o a sus productores- las palabras del crítico son espejos de carnaval en que se refleja el crítico mismo”. (Vázquez: 20)

Ahora bien, la crítica de buena fe no es blanda. El crítico relee y reescribe; violenta. En el ensayo sobre Ramos Otero, reescribe a Ramos Otero alterando la puntuación de un poema. Punza, rompe, deshace y hace. Las variaciones sobre un tema sugieren la viveza de lo que no está escrito para siempre, del texto que invita a que lo sigan “tentando”.

Cuando la sospecha (ese deseo de “iluminar un valor que la obra no dice, pero contiene”) es el móvil de la lectura, ello equivale a una puesta en crisis de la crítica basada en lo que Vázquez llama “el terreno seguro de lo denotativo… el discurso visible que dota de unidad al libro...”. (Vázquez: 43-44)  Desde el primer ensayo se las canta a la crítica que “ha cercenado el placer de leer" y cuya aspiración es demarcar “los límites de lo punitivo y lo endiosable”. (Vázquez: 28) No se trata únicamente de la crítica conservadora, por cierto:

Literatura urbana, literatura queer, literatura erótica, literatura de la diáspora… En el sistema de consumo que caracteriza la “civilización” capitalista actual, resulta paradójico escuchar personas que emiten panfle­tos de democracia y comunión “indispensables” para la óptima calidad de vida, mientras admiten etiquetar la producción artística disponiendo de ella como de artículos expuestos ante el comprador en las góndolas de un supermercado. Si bien las taxonomías satisfacen la finalidad inductiva de centrarnos en las partes para descubrir aspectos de un todo, las clasifica­ciones resultan peligrosas cuando se emplean para marcar parcelas literarias en donde cada cual reclama su expertise en aras de “autor-izar(se)” (erigirse como voz de autoridad). (Vázquez: 93)

La variedad de registros y reinvenciones de este libro indica que han sido las obras comentadas las que han inspirado los caminos del crítico y no a la inversa. Varios de estos trabajos son, además, ejemplos de cómo se ha construido siempre el capital cultural mediante presentaciones, prólogos e incluso artículos de opinión.

Resumo: Los saltos de las referencias cruzadas; la rigurosa, a la vez que irónica, “re-presentación” del análisis clínico; la erudición palpable; las reescrituras de un crítico practicante; los juegos de palabras, el tono sentencioso cuando no lúdico y las salidas del humor, esa “química lógica” que, para citar a Esteban Tollinchi citando a Schlegel, “es la capacidad de descubrir las analogías y las afinidades entre los objetos y los momentos más incongruentes y más remotos entre sí”. [iv] Acaso por esas saterías propias del humor, el crítico también se da el lujo del chiste pueblerino, cuando dice que en Cannibalia Rafael Acevedo se la comió, o cuando ante los poemas conjeturales de Martínez , confiesa que él está dispuesto a hacer sus conjeturas. Irónicamente, uno de los  ensayos más sobrios es el prólogo a un libro de poemas dedicados en buena medida al juego: La luz necesaria, de Julio César Pol.

Habría más que decir sobre un registro que se aleja de la analogía musical, el de la mirada: portadas de libros, comentarios sobre la representación de la xenofobia en el cine, e incluso la cubierta de La mirilla y la muralla, una recomposición del panóptico a la manera de Escher. La náusea del texto analizado, o quizás del analista, se expresa en el muñeco con articulaciones, cifra del malestar de la persecución, pero también del estado crítico de la crítica ante su hermana etimológica, la escritura. Habría mucho que decir, pero afortunadamente para ustedes se me va acabando el tiempo.

Si algo queda después de haber acariciado, violentado, pasado por la mirilla textos resistentes y maneras de leer y de excluir, es una lealtad a la escritura. Nada más ajeno al nihilismo. Deshieladas páginas, páginas sin hiel o con la hiel destilada. El ensayo que da título al libro empieza así: “El universo literario es, por demás, fascinante”. Lo mismo puede decirse, con el mismo candor y el mismo placer, de este libro de Carlos Vázquez Cruz: es fascinante. El adjetivo es preciso, aunque parezca ajuar extraño para un libro de ensayos críticos investigados con rigor y escritos con elegancia.

Sin duda esta presentación ha sido “un ejercicio elemental de transferencia”. Como, además, padezco la enfermedad de los finales felices o, lo que es igual, de los no finales de lecturas felices, mi voz no es confiable. Que hable el autor, en honor a la verdad. Leeré el párrafo final del ensayo que cierra el libro:

La aceptación de las propuestas presentadas por cada uno de ellos (y la que se deriva de este ensayo), constituirá otro ejercicio de poder. Esto elevará a on the ground la denuncia que, históricamente, se distinguió como underground, enfrentará a estos escritores ante el canon literario…. –a menos que ellos prefieran otras batallas-, y promoverá la búsqueda de nuevas luchas en manos de “los invisibles”, en su búsqueda constante de causas para pelear, para probarse en todo esplendor como transformadores del mundo. Así como hemos tenido el derecho, bienvenidos los otros. (Vázquez: 173)


[i] Carlos Vázquez Cruz. La mirilla y la muralla: el estado crítico. Arecibo: Sótano Editores, 2009.

[ii] R. Horacio Etchegoyen. Los fundamentos de la técnica psicoanalítica. Buenos Aires: Amorrurtu Editores,  2002, 353.

[iii] Sigmund Freud. Psicoanálisis del arte. Madrid: Alianza Editorial, 1970, 142.

[iv] Esteban Tollinchi. Romanticismo y modernidad. Vol. I. San Juan: Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 1989, 83. 

1 comentario:

Eniocuadrado dijo...

Nada más cierto que la portada, vaticinio que acabas de cumplir. Alguien me ha mirado como miro a los demás. La verdad es que jamás imaginé que sacarías partido de cómo marco los libros. Tampoco me pasó por la mente que realizarías la referencia cruzada y, mucho menos, que serías tan malévola que te irías por el tema del mal. Párrafo tras párrafo, una "sorpresa sorprendente". Gracias por esas "palabras ordinarias en boca extraordinaria".