martes, 24 de abril de 2012

Flor de peluche


(A propósito de Adelaida recupera su peluche, de Juan Carlos Quiñones, y Flor de ciruelo y el viento, de Rafael Acevedo. En un encuentro de narradores, Feria del Libro de Utuado, 21 de abril de 2012. Fotografía de Frank Vélez.)


Adelaida recupera su peluche

Juan Carlos Quiñones

Cita encontrada:
"El escritor tiene que incendiar el lenguaje, acabar con las formas coaguladas e ir todavía más allá, poner en duda la posibilidad de que este lenguaje esté todavía en contacto con lo que pretende mentar". Julio Cortázar, Rayuela.

Las formas coaguladas dominan el imperio de la metáfora. El imperio tomado por las fuerzas del mal en el sentido de Star Wars.
 
Adelaida es la performance de una destrucción. La historia no tanto de un incendio como de un baño de sangre, tinta sangre del corazón. Una historia de violencia contra el lenguaje coagulado en la encendida calle de la noche antillana. Esa violencia contra el lenguaje, para mi gusto,  elige las armas del canto. Es decir, el libro se instala - plataforma espacial - sobre el imperio del mal y lo bombardea con cruentas armonías. Al auto/personaje Soreno que lo registren.
 
El primer canto del interludio es puro deseo del agente provocador del canto. Deseo, provocación, envidia, canto.
 
En este libro reaparece una nota casi imborrable en la literatura de la isla, la nota del canto, el contrataque de la metáfora musical, sucesión de sonidos eufónicos y rítmicos con ramificaciones infinitas: peluche, luche, chelo, pelo, pera, recupera, rapera, la Adela que se lo dijo, Adela la leída del ELA, dale con la pela, la Australia de Adelaida, el peluche de Teddy, el elefante de Juan Carlos. No tiene fin el contrataque de la música a las formas coaguladas, esa nota que ha sido siempre en la literatura puertorriqueña, incluso en textos paradigmáticos del neorrealismo social. Pienso en “Que sabe a paraíso”, “El sapo en el espejo”, “Los desquites”. Este lenguaje destructor es “la estrategia del lenguaje propia de la poesía, que consiste en constituir un sentido que intercepte la referencia a aquello a lo que el lenguaje alude o denota, [estrategia violenta] que llevada al límite, abole la realidad.” (Ricoeur, La metáfora viva).
 
La abolición de la realidad es imprescindible para que el deseo de Adelaida insista, para que la adicción de Adelaida prospere. La violencia contra Adelaida equivale a la cura del deseo de Adelaida. Así, con violencia contra la insurrección violenta, han actuado siempre las perversidades del poder.
 
Yo me quedo con las palabras abolicionistas de Adelaida:
 
“¿No te ha pasado, lector, que buscando requetebusca una cosa que se te había perdido (unas llaves, una peinilla, la mitad de un par de zapatos rojos) encuentras otra, insospechada y hace mucho tiempo olvidada, cuyo hallazgo acaso te hace olvidar lo que buscabas en un principio? Hay quien propone que, en esos casos, lo que se encuentra es lo que realmente se estaba buscando, aunque uno no lo sepa. Sobre esto último, a mí que me registren. Yo no sé. Pero sí sé que las búsquedas son modos del deseo, y que los hallazgos implican siempre un fraude.” (48)
 
Marta Aponte Alsina

 

Flor de ciruelo y el viento (novela china tropical)

Rafael Acevedo

Este libro se cura en salud, contiene su propio aparato crítico engañoso,  ingiere el veneno de las lecturas invasivas. La sinología, me es ajenísima, pero sí constaté que algunas citas, las referentes a las guerras del opio, por ejemplo, son tan veraces como pueden serlo las narraciones de los historiadores de las sedes imperiales occidentales. Es decir, en este libro hay trabajo, y el trabajo genera plusvalía, aunque se pretenda disimularlo.
 
Los laberintos de citas recuerdan las veredas torcidas de los jardines barrocos, más que las geometrías del zen, pero de todos modos invitan a pasar una temporada extendida en este libro de artes amatorias relajadas. Flor de ciruelo es un estuche de decires indirectos ligados con la sexualidad, el terreno por excelencia del decir indirecto.
 
Mis quinientas palabras van por otra ruta, la de añadir una nota al calce del aparato crítico. Hago una nota parcial sobre las apariciones previas del tema chino en la literatura de la isla.
 
Hacia 1867, Alejandro Tapia y Rivera escribió un reportaje sobre la fábrica habanera de cigarros La Honradez, mencionando, de paso, los “malos hábitos” de los culíes chinos, que vivían cautivos en el edificio de la fábrica.

A principios del siglo 20, Cayetano Coll y Toste inventó una crónica con leyenda, “El calabozo del chino”, tan brutal como las notas rojas que eran fuente de pasto alucinógeno y alimento inseguro para los periodistas tísicos de aquel tiempo.
 
En 1924 J.I. de Diego Padró publicó Sebastián Guenard, novela ambientada en el Barrio Chino neoyorquino, con una sobredosis decadente de narcóticos y tópicos del Oriente que medraba en la decadencia de un Occidente feminizado.
 
En 1931, los amigos del difunto Alfredo Collado Martell incluyeron, en el volumen Cuentos absurdos,  un relato de ciencia ficción con brujería y espermatozoides chinos. Sospecho un calco de las películas de Fu Manchu.
 
En 1969, Violeta López Suria publicó un libro de cuentos, entre los que figura “Mariposas de Taiwan”:  “Las aguas del archipiélago de Ryn Ku resplandecen eléctricas. Es como si entrásemos en un maravilloso verde perla”. Violeta, como yo, debe haber sido aficionada a los programas radiales del chinito Chanclé.
 
Seguramente recuerdo mal, pero me parece que el detective de Manuel Ramos Otero en “Página en blanco y staccato” heredó los cromosomas afrochinos de sus progenitores.
 
Si tampoco recuerdo mal, hay monjes budistas en algún cuento de Tomás López Ramírez. Pero seguramente recuerdo mal.
 
La sinología caribeña, pasada por las permutaciones de Lezama y las sierpes de Sarduy, encuentra en Flor de Ciruelo un nido labrado con oficio de miniaturista, lleno de sentidos dobles, triples e interminables, un poco avergonzado quizás de su belleza, de sus lecturas librescas y cibernéticas, del refinamiento que no se puede manifestar en un país regido por esa filósofa del tocador vespertino, convidada de mierda de las familias puertorriqueñas, la Comay. Flor de ciruelo plebeyiza –José Luis González dixit- el saber milenario de las culturas pacientes.  Es una invitación al juego. Y es también, como Adelaida, un río de metáforas que dando saltos mortales descubren semejanzas entre diferencias. Esa escritura - la que hicieron Tapia y López Suria, la que hace y transforma Rafael Acevedo- sigue construyéndole pisos a la isla. Hermosos y necesarios.
 
Marta Aponte Alsina





































     


1 comentario:

lookingglass dijo...

Muy bueno. Interesante el inventario. Puedes añadir a tu inventario unos poemas míos incluídos en el libro: Samandar: Book of Travels (Tsé Tsé). Son 'Ciudad Prohibida'y 'Carta de una prostituta en Shangai'.