domingo, 25 de noviembre de 2012

15


 
 
Hay cosas que no le dije a Gabriel. No le hablé, para qué, de la inquietud que me provoca volver a las sombrías alturas de Jájome por el antiguo puente de hierro que cruza el río Guamaní, rumbo a la quinta donde pasé los días raros de mi infancia. Papá nos dejaba los viernes en Guayama, en la casa que fue de los abuelos, y que seguía siendo la residencia principal de Alberto y Josefina. A primera hora del día siguiente subíamos por la carretera 15. Siempre ha sido solitaria, pero ahora más. La construcción de la autopista la fijó en ámbar como a un insecto prisionero del asombro. El silencio, la soledad, la velocidad moderada que imponen las curvas, permiten una marcha a la medida del cuerpo. Cortada a pico al contorno de la montaña, la carretera atraviesa una variedad de microclimas. Casi a nivel del mar, los árboles menos sedientos: almácigos, quenepos, algarrobos centenarios, bayahondas, flamboyanes. Abandonados, muestran deformaciones grotescas. Más arriba, yagrumos y alguna ceiba majestuosa. En la altura húmeda, lechos de piedra y saltos de agua, tierras dormidas donde crecían en mi niñez las fresas silvestres. Por todas partes, los perros realengos sarnosos y las gallinas, que son las reinas del mundo.  

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